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Full text of "Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de la Plata"

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SITEHSTICIONES 



DEL 



RIO DE LA PLATA 



RESEÑA 



HISTÓRICO- DESCRIPTIVA 

DE 

ANTIGUAS Y MODERNAS 



SUPETtSUCIOXES 



JDEL 



RIO DE LA PLATA 



POR 



D. DAXIKL GRANADA 



MONTEVIDEO: 
A. BAKUEIUO Y RAMOS, Editor, 

355, C.VLLK 2.) DK Mayo, 355. 

1896. 

V.» |iro|ii «Miad. 



— — p-N 




18 9^ 



Imprenta Artística, de Djrualoche y Royes, 18 de Julio 77 y 79. 

MONTEVI DKO. « 



INTRODUCCIÓN. 



SiTMARio. — Las cosas nimias en la filosofía y en la historia.— Las alnci- 
naciones de la mente y las diversas formas de mafjnetismo: maj^ia 
y dcncia oculta. — Dispersión y mezcla informe de elementos tra- 
dicionales. — Restauración de mitos y leyendas. — Modernos estu- 
dios del folk-lore. — Literatura y sistemas literarios. — Condénase 
el realismo. — Fuerzas ó leyes del mundo físico: espiritualízalas 
la misma ciencia experimental. — El positivismo: cómo invade y este- 
riliza la vida.— Combátese la indiferencia en el arte. — Literatura lla- 
mada criolla: sus defectos. —Belleza en las obras literarias. — Cri- 
terio espiritualista. — Utilidad de los estudios tradicionales en el arte. 
— Benevolencia en la censura de supersticiones y errores comunes. 



Nada liay inútil, para el historiador y el filosofo, de 
cuanto el vulgo conserva tradicionalniente en hábitos y 
creencias. El observador hallará, entre unas y otros, cosas 
que mueven á risa y aun á lástima, por la simplicidad 6 
ignorancia de quien las ejecuta ó tiene por ciertas. Con 
todo, algún interés han de ofrecer y utilidad para el más 
cabal estudio y conocimiento de la condición hiunana, de 
sus inclinaciones v tendencias, de la vida íntima de las so- 
ci edades en el tiempo y en el espacio. Ya se trate de me- 
ras ilusiones de los sentidos y de la mente, ya de juicios 
deducidos de falsas premisas, ya de fenómenos sorpren- 
dentes, pretei'natnrales, cuya manera de engendrarse per- 
manece oculta aún al hombre, que los contempla ofuscado, 
atribuyí^ndolos á recóndita acción misteriosa de inteligen- 



VI INTRODUCCIÓN. 

eias 6 potestades superiores al movimiento y obrar nece- 
sario del orden físico, importa mucho sacarlos á plaza. 
Puede hoy emprender llanamente y sin rebozo una tarea 
semejante el más encopetado de los historiadores ó de los 
sociólogos. Muy poco enterado estará de lo que hacen y 
escriben muchos hombres de ciencia en París, Londres, 
Berlín y otros grandes centros del saber, quien al presente 
intentare aplicar al pie de la letra la advertencia que encie- 
rran aquellos versos de antaño : 

Las cosas de admiración 
Xo las digas ni las cuentes; 
Que no saben todas gentes 
Cuáles son (i). 

Pocas serán hoy las personas que ignoren cuánto inte- 
rés despiertan en nuestros días los estudios que se refieren 
á las alucinaciones de la mente. Los presentimientos, las 
apariciones, los anuncios que nacen (al parecer) espon- 
táneamente en el alma y otras alucinaciones ó fenómenos 
psíquicos de la propia índole, que los cuerpos científicos no 
pueden admitir como representativos de cosas reales, ocu- 
pan actualmente el entendimiento y la pluma de fisiólogos, 
médicos, físicos, filósofos y hombres de letras, en el Anti- 
guo y en el Xuevo Mundo. Distínguense principalmente 
en este género de estudios los ingleses y los franceses, 
quienes, para dar mayor amplitud á sus tareas, han plan- 
teado asociaciones y periódicos especialmente dedicados á 
ventilar cuestiones psico- físicas graduadas de preternatura- 
les. Enlázanse tales materias, en multitud de casos, real ó 

il) Cantar anónimo. Cuáles son: cómo son. 



INTRODL'CCIOX. Vil 



aparentemente, á diversos fenómenos peculiares del maccne- 
tismo nnimal, del hipnotismo, del espiritismo (en lo que 
tiene de cierto ), de la sugestión mental ó de la auto-suges- 
tión, de la llamada fascinación, etc.; los cuales, á su vez, 
tienen mucha similitud y notoria correspondencia con las 
doctrinas y prácticas de la magia y de la titulada ciencia 
oculta de la India y del Egipto, tan de moda en nuestros 
días. El hombre de ciencia que por medio de experimentos 
trata de estudiar la naturaleza y efectos de las diversas ma- 
nifestaciones á que se presta el magnetismo animal, hallai'á, 
pues, en las fuentes de la tradición de que el vulgo con- 
serva rastros en hábitos é ideas, tal cual dato que le con- 
duzca á esclarecer nociones no bien determinadas. 

Las tradiciones populares, en nuestros tiempos de obser- 
vación científica, van desapareciendo con mayor rapidez 
que nunca de la memoria de las gentes. De ahí nace que 
con frecuencia se confundan y trabuquen los hechos y cir- 
cunstancias que concurrieron originariamente á constituir 
un mito. Teniendo esto presente, no le tomará á uno de 
sorpresa el hallar diversificado el origen y pormenores, y 
hasta el sentido, de una leyenda, enlazada tal vez á hechos 
históricos ó sociales, ó al modo que tuvo el entendimiento 
humano de comprender ó de explicarse los fenómenos de 
la naturaleza que sorprendieran la inocencia del hombre 
primitivo. La mano del hombre y la acción continua de 
los elementos van con el tiempo modificando y dispersando 
los variados y numerosos restos de un palacio abandonado. 
Las losas de un pavimento concurrieron á formar una ta- 
pia, los pilares de una galería hacen el oficio de mojones 
en la línea divií^oria de dos heredades, y en la pihi del ora- 
torio beben agua limi)ia y fresca las gallinas de un corral 



Vni INTRODUCCIÓN. 

de la vecindad. Reconstruir el edificio con los mismos ma- 
teriales de que estaba formado, sólo un loco podría inten- 
tarlo : los chapiteles de las columnas, deshechos y mezcla- 
dos con otros escombros, han ido á cegar un pozo que no 
prestaba ningún servicio. Mas el hombre observador quiere 
conocer las reglas arquitectónicas á que obedecía un edi- 
ficio característico de la época en que fué levantado, y 
busca y trata de reunir los restos dispersos de los mate- 
riales empleados en él. El viajero que visita los derruidos 
pueblos de las Misiones del Paraná y Uruguay, indaga con 
ansiedad si por acaso se halla alguna reliquia que conserve 
la memoria tangible de los tiempos heroicos de los imper- 
térritos soldados que militaban bajo la ensena de Ignacio 
de Loyola. Los vecinos de Cayastá sacan entre la reja del 
arado v 2:uardan con estimación diversos utensilios de hie- 
rro y de peltre que los conquistadores que acaudillara 
D. Juan de Garay, acosados por los indios, dejaron allí per- 
didos, al trasladarse precipitadamente, y quizás de noche, 
al punto en que ahora se yergue la esbelta capital argen- 
tina de la provincia de Santafé. 

Lo propio que en los derruidos edificios y pueblos, su- 
cede en los extinguidos organismos sociales, cuyas ruinas 
forman la tradición que el vulgo conserva diversificada en 
leyendas, mitos, cuentos, aprensiones y creencias supersti- 
ciosas de toda laya. Los objetos materiales curiosos que 
nos dejaron las generaciones precedentes van á parar á los 
museos. Los restos que de tales generaciones han quedado 
incorporados á las costumbres, ideas y aficiones particula- 
res de cada nación ó de cada pueblo, tienen oportuna ca- 
bida en los archivos de la historia, museos del mundo mo- 
ral que ávidamente escudriña el hombre observador y de 



INTRODUCCIÓN. IX 



ciencia. Los modernos estudios del folk -I ore ^^\ que tanto 
favor alcanzan en los centros de mayor cultura, se propo- 
nen recoger las tradicioneshistóricas, cosmogónicas y gentí- 
licas conservadas en la mente vulgar y en hábitos y costum- 
bres, sin despreciar las más pueriles aficiones y ridículos 
entretenimientos de la gente sencilla, niños y viejos. Junta 
y almacena ú folJdorida (que así titulan á este nuevo rebus- 
cador de cosas viejas) cuantas curiosidades y rarezas halla 
en el seno de la sociedad actual, ofreciendo á la conside- 
ración de los eruditos multitud de pormenores y, digámoslo 
así, desperdicios dejados en el campo de la observación 
por la pluma grave del historiador y el sociólogo. Los es- 
tudios del folh-lore (que comprenden las supersticiones 
hoy reinantes aún) y los de la magia y ciencia oculta de 
asiáticos y africanos, hermanados con fenómenos ciertos del 
magnetismo en sus formas diversas, coinciden frecuente- 
mente en puntos esenciales, influyendo en las aficiones de 
los pueblos. La literatura, expresión, como dicen, de la 
sociedad, necesariamente ha de experimentar, según ya se 
viene observando, el efecto de tales fermentos ^"-^. El hom- 
bre, por su natural propensión, se presta á recibir con faci- 
lidad esa influencia. Tiende el hombre, en cualquier estado 
de cultui-a, á desprenderse del campo de la realidad, el cual 



(1) El eriuÜto paremiólogo I). Josó María Sl)ail)¡ censura con 
justicia la introducción en nuestra lenj^ua de la voz inglesa fhlk-lore 
(folk: vnljío; lorc : leer», sustituyéndola con la expresión: saber tra- 
dicional popular, en mi artículo de su .V'>//o7/"fl/*/a sobre los Refranes^ 
A'Jafjios ¡I Proverbios Castellanos, premiada por la Biblioteca Xacional. 
Madrid. 1^01. 

(2) ManiKéstanlo singularmente en el numdo literario, por lo que 
al habla española respecta, La Buena Fama, El Hechicero y El Bcr- 
mejino Prehistórico recientemente publicados por D. Juan Valera. 



INTRODUCCIÓN. 



no satisface plenamente la alta ambición de su espíritu, 
que busca en fuentes superiores el origen y las causas de 
los hechos y fenómenos del mundo físico (ó del psico- 
físico), que le confunden, que suspenden sus sentidos con 
mucha frecuencia. 

El realismo ó naturalismo, que intentaran alzarse con la 
soberanía en el mundo del arte, van perdiendo actualmente 
á las claras su influencia y gloria efímeras. La belleza, 
íntimamente hermanada á la verdad y al bien, con quienes 
se unifica su esencia en la alta esfera de lo absoluto, á que 
responden las inspiraciones del genio, comunica nuevas 
formas esplendorosas á la vida y movimiento del mundo 
físico y del moral. Allí, en el espacio ilimitado que ofrece, 
despliega sus valientes alas el entusiasmo creador, y hasta 
profetico, que engendra los cantos de Homero, del Dante, 
de Camoens, las cartas y relaciones de Colón, la novela 
satírico - caballeresca de Cervantes, el teatro de Shakes- 
peare y de Calderón, la poesía lírica de Schiller, de La- 
martine, de Víctor Hugo. Late ahjo de teurgia, dice un 
orador ilustre, en las intuiciones de la mente inspirada : 
centellean todas con relampagueos de milagro. Así las 
apoteosis de los tiempos antiguos vuelven, los semidíoses 
resurgen, y el cariño d los hombres superiores concluye 
por teñirse con los arrobos del culto ^^\ 

Poco ó casi nada es ya, á los ojos del físico, la materia, 
como principio activo. Mayor es el prestigio de que gozan, 
en el orden y movimiento de la naturaleza, las leyes que 
informan los fenómenos de la vida en el universo. La teo- 



(Ij D. Emilio Castelar, Discurso en la Real Academia Española, 
en contestación al de D. José Echcgaray. 



INTRODUCCIOX. XI 

ría de la unidad de las fuerzas, cuyos diversos modos de 
acondicionarse, segíin la intensidad y la dirección de sus 
movimientos, engendran el calor y la luz, la electricidad 
y el magnetismo, la atracción universal y la afinidad quí- 
mica, las impresiones que los cuerpos causan en los sentidos, 
en suma, cuantas formas y cualidades ó estados presentan 
los objetos, elevase necesariamente á la ]nn'a esfera de las 
ideas, desde donde el espíritu columbra y escudriña los 
resortes impalpables de la máquina del mundo. La ciencia, 
partiendo de la observación de la naturaleza corpórea, llega 
casi á las plantas del Creador. Y si la ciencia asciende fa- 
talmente hacia la idea de Dios, el arte pide más : le nece- 
sita. Sin el concepto de la divinidad, sin el concepto del 
mundo moral, el concepto del arte desaparece. « La natu- 
raleza no sería otra cosa que una inmensa máquina, si se 
suprimiese de ella lo sobrenatural, lo ideal. Con semejante 
naturaleza, la poesía y el arte están de más. ^ ^^^ 

El materialismo, ó sea el positivismo (que en resumidas 
cuentas viene á ser una misma cosa y á producir el mismo 
efecto en el orden moral), ha tratado de incrustarse, y no 
sin eficacia, en el seno de las sociedades americanas. A la 
par con esta calamidad, hállase por demás bastardeado el 
campo de la [)()Htica, cuya^ nnlltiples ramas se extenúan y 
deforman, con grave daño de his gentes. Adelantando sus 
raíces el fomes del pudi'iniicnto, estrechase más y más el 
círculo ya de suyo tan estrecho del egoísmo desconíiado y 
receloso, abátese el ánimo, esterilízase el ingenio y sfcmse 
las fuentes del entusiasmo. I^sta dohMUMa es universal. Así 
se advierte hai'ta escasez do frutos es})()ntáneos en el orbe 

(1) Víctor (l(^ F/iprado, Íj' Srnfimrnf (Ir laXnfurc rhrx les Mídcrncs, 



XII INTRODUCCIÓN. 



literario. Fuera de los inventos y adelantos de las ciencias 
físicas Y déla industria, cuyo número y grandeza nos va qui- 
tando el habito de asombrarnos de cosa alguna que nos 
anuncien, por estupenda que sea en realidad, el pensamiento 
humano se haUa como suspenso ante la inminencia y rumor 
sordo y alarmante de profundos trastornos en orden social. 
Ciertamente la situación política y económica de los pue- 
blos europeos y americanos, por causas más ó menos seme- 
jantes, llama y concentra la atención de los hombres pen- 
sadores en las cosas que más inmediatamente interesan á 
la vida civil: poco dispuesto se halla el ánimo á expandirse 
en ambientes halagadores que no están en consonancia con 
el aspecto borrascoso y lúgubre del horizonte. 

Entretanto hase visto crecer y diseminarse en todas par- 
tes la planta espinosa y mefítica del realismo, que importa 
la extinción de todo ideal en la vida y en el arte. Mas en 
vano ha intentado acabar con el fuego sagrado y perenne 
de las ilusiones, en que tanto se goza el hombre y á favor 
de las cuales eleva el ánimo y el entendimiento á grandes 
cosas. En torno de las taperas y de los ranchos (que 
ofrecen á nuestra mente la ima«:en de o;eneraciones muer- 
tas ó moribundas) nacen abrojos, cardos, cicuta y otras 
plantas análogas, que lastiman y envenenan. Tal levanta 
su cabeza el realismo en el campo de la poesía y del arte. 
Los frutos que produce están erizados de espinas y contie- 
nen sustancias nocivas : hieren el alma y degradan al hom- 
bre. Florece; pero con pálidas flores privadas de gracia y 
perfume: flores que se cultivan en agria tierra, la que no 
les ofrece otro alimento que las hojas caídas del árbol de 
la esperanza. 

No son, por tanto, cosas vanas, ni, para el Bio de la 



INTRODUCCIÓN. XIII 

Plata, forasteras y despreciables, como quiere que lo sean 
un distinguido escritor argentino ^^, los sistemas litera- 
rios que han divididu á poetas y artistas. Todo pueblo 
que constituye una nacionalidad es un factor que, en su 
esfera y condiciones, actúa más ó menos poderosamente en 
el concierto de las naciones á que está incorporado por sus 
vínculos y estirpe. Las relaciones políticas y comerciales 
yuxtaponen á los pueblos ; mas las étnicas é históricas los 
hermanan fatalmente: aquéllas dependen de la voluntad; 
éstas son necesarias, ni pueden deshacerse con leyes ni con 
tratados. Las naciones menos poderosas, así vinculadas, 
reciben su influencia de las más grandes, que les comuni- 
can sus ideas, buenas 6 malas. Y aquí entra la labor del 
crítico y del publicista. Las cosas malas hay que repug- 
narlas á todo trance, á fin de atenuar, ya que no sea posi- 
ble extinguir, sus efectos dentro de casa. Los sistemas li- 
terarios^ que pueden ser buenos ó malos, importan grande- 
mente á la vida íntima de una nación, como que las ideas 
y afectos de los hombres individualmente y el colectivo 
pensar y sentir de las sociedades son el fermento interior 
que ha de producir á la larga su felicidad ó su desgracia. 
El realismo es un sistema pernicioso, y en donde causa 
mayores males es precisamente en aquellos países en que 
la literatura está en la infancia. Sus cultivadores, habi- 
tuándo:?e á no despegarse del terreno material en (pie tu- 
rnan los asuntos de sus composiciones, acaban por perder 
toda noción verdadera de la belleza artística. El pueblo, 
á fuer de inculto, se aficiona fácihnente á toda lectura ó 



(1) D. Junn Antonio Ar<:;:er¡cli en v\ prólogo ;í la sección argen- 
tina (le la Ainñica Lucraría. 



XIV INTIíODUCCIüX. 

espectáculo que le ofrezca una representación descarnada 
de los episodios más detestables de la vida civil. La casta 
diosa de la l)elleza parece como que se oculta avergonzada, 
abandonando el florido campo de sus legítimos triunfos, 
que sólo ella debiera llenar con sus brillantes resplandores. 
Entonces desenfadadamente aparecen y se ganan el favor 
popular multitud de engendros literarios, que avergüenzan : 
descarnadas pinturas de la vida privada, en que naufragan 
juntamente la virtud y la inocencia, el buen gusto del au- 
tor y la cultura de los lectores. Pueden muy bien compa- 
rarse con los yuyales, que invaden las tierras labrantías 
abandonadas por la mano del cultivador, ó los bañados, ane- 
gadizos y otros lugares bajos de los campos de pastoreo. 
Al lado de los engendros del realismo, brotan otros frutos 
sin belleza. Feas y repugnantes son las relaciones de críme- 
nes y las vidas de gauchos vagabundos borrachos y asesi- 
nos, con formas y pretensiones de novela. Sin embargo las 
composiciones gauchescas, así como los que han dado en 
llamar dramas criollos, aunque desposeídos de las condicio- 
nes que indispensablemente pide el arte, no dan siquiera con- 
tra los principios morales en que descansan las sociedades. 
Ki son obras propiamente literarias, ni sus autores intentan 
presentarlas como tales ante el tribunal de la crítica. Inspí- 
ralas generalmente el amor al suelo nativo, y dan idea de 
lo que es el ])aisano y de su manera de expresarse ^^\ Es 
detestable, empero, la representación de los dramas crio- 
llos, en circíos, bajo un toldo, por hombres vulgares : espec- 
táculo por demás grotesco. 



(1) El Martín Fierro por D. José Hei'Jiández es la obra maestra 
en el género de composiciones gauchescas. 



INTRODUCCIÓN. XV 

No ya en lenguaje <janclic>^co, como las composiciones 
(le este genero y los dramas criollos, sino en lenguaje 
corriente, escribió la fácil, cuanto incorrecta, pluma de 
D. Eduardo Gutiérrez su celebrado Juan MoreWa, y otras 
relaciones en prosa de la vida asendereada, criminosa y 
triste del paisano. ¿Entrarán estos escritos en el movi- 
miento literario de una ilación, cuyos frutos piden la obser- 
vancia de las condiciones de toda obra perteneciente á los 
dominios del arte ? Los escritos de Gutiérrez ¿ son una 
novela? Nada menos que eso: ninguna de las condiciones 
intrínsecas de la novela reúnen. ¿ Una historia ? la histo- 
ria de la vida asendereada y vagabunda de este y de aquel 
gaucho i)endenciero? Ni responden á la forma histórica 
(pues tienen apariencias de novela), ni en ellas se describe 
y caracteriza una época ó un as^iecto particular de la vida 
de una nación en sus ejemplares individuales más señalados 
que representen convenientemente el conjunto colectivo "^^^ 
Las obras de Gutiérrez no pertenecen á ningún género 
literario, si bien con todos los elementos que se hallan dise- 
minados en ellas pudo haber creado un tipo que represen- 
tase la índole, carácter, condiciones, hábitos, excelencias v 
defectos peculiares del paisano, del f/aúcho, conuniicándole 
una acción (en novela ó cu drama) en que se manifestase 
ampliamente su 2)ersonalida(l. El asunto sería tanto más 
apreciable el día de hoy, cuanto los usos y costumbres 
exóticas, no siempre mejores, van modificando á toda ¡)r¡sa 
las que eran ])ro])ins del ]^nisano rioplatense. 



(1) I). Doiningo F. Sarinaiito, \x\v ejomplo, v\\ su iH>pular /«- 
cu)idu, ahra/.a ó pinta con vivo coloiitlo un iH?n'oilo tuihult'nto y dosiis- 
troso i\v la Artrentina. 



XVI INTRODUCCIÓN. 

El artista, para que lo sea de le}^ para que tenga legí- 
tima entrada por sus méritos en el templo de la fama, con- 
templará el inmenso y variado cuadro de la naturaleza, 
observando y escudriñando, con elevado y libre espíritu, el 
continuo movimiento y evolución de las fuerzas que la in- 
forman, los fenómenos extraordinarios con que sorprende 
nuestro ánimo, el revolver y batallar de los elementos que 
entraña, cuando buscan el equilibrio y la armonía á que 
responden ; contemplará y observará de la propia manera 
la vida del hombre y de las sociedades humanas en el 
tiempo y en el espacio ; lo inquirirá todo y se penetrará de 
todo, pero sin apartar entretanto los ojos del altar de la be- 
lleza, y quien dice de la belleza, dice de la verdad, dice del 
bien, que son esencialmente una cosa misma, tres modos 
de manifestarse la causa absoluta y soberana del uni- 
verso. 

Las disposiciones estéticas, digámoslo así, de la gente 
castiza rioplatense son favorables á las creaciones legítimas 
del arte. Pero si, en lugar de ofrecerle en composiciones 
literarias los sanos perfumes poéticos que el buen gusto 
canoniza, se le acostumbra á entretenerse en ridiculas vul- 
garidades y en repugnantes escenas feroces, cuyos actores 
han ido á parar por sus cabales á la penitenciaría, y eso 
merced á un falso sentimentalismo que los libró de la pena 
de muerte á que los condenara su delito, acabará por de- 
sechar lo verdaderamente bello y delicado. Y esto es cosa 
natural. La masa del pueblo, á fuer de inculta, propende 
naturalmente á lo grotesco. El salvaje de la Pampa, del 
Uruguay, de la Patagonia preferían la carne de yegua, 
condimentada con la grasa hedionda del ñandú, á los man- 
jares más exquisitos de nuestras mesas. 



INTRODUCCIOX. XVri 



Ni es necesario que un escrito sea propiamente literario, 
para que reúna las condiciones que pide el arte. Obras 
hay que, sin que tengan nada de artísticas en su forma, 
sin ser novelas, ni dramas, ni poemas, épicos ó líricos, pre- 
sentan en sus páginas el resplandor de la belleza. Los fru- 
tos del realismo, negados á la belleza moral, no pueden 
presentarle. Tampoco la misei'able vida aperreada de un 
bandido. Xo hay talento que baste á suplir la pobreza de 
asuntos empequeñecidos en la corta esfera de la vida ma- 
terial. Pero el gusto del arte legítimo embellece la vida, 
aun en los desiertos, en las tolderías del indio salvaje, en 
las luchas horrorosas del bárbaro con el cristiano'^'. 

El criterio es])i ritualista, como se apoya en la persona- 
lidad humana, (pie el materiahsmo de¿cunoce y niega, 
tiende necesariamente hacia un ¡dcal, en alas de la activi- 
dad Ubre del inspirado adoi'ador de lo bello en la natura- 
leza, en l<i vida y en el mundo moral, que es su centro. 
En el campo estrecho del realismo vemos imperar como 
criterio el fuego de las emociones nerviosas, exclusivamente 
vinculadas á la naturaleza material-'l 



(1) SeMaladnnuMito \o (Icinue-traii la K.mursiñn ii los Indios: línn- 
quclcs por I). Lucio V. Mansilla. y (allnnuni, lírlmú y Painr por 
D. Eslaiiislai) S. Z('))allos. A po-ar de (luo su objeto es relatar el 
estado en (jiie se hallaron la Pampa y comarcas circunvecinas cuando 
los indios bárbaros, que hace pocos anos las enseñoreal)an, mantenían 
una líuerra iíorrii)lemente feroz é implacal)ie con los cri>lianos, olreivn 
gratísinjo esparcimiento al ánimo y le elevan. VA a>unto no es lite- 
rario; pero el buen «?usto de acpiellos autores le ha revestido de for- 
mas bellas. He ahí cómo la naturaleza y la vida, aun en lo ipie apiña 
y horroriza, ofrecen materiales de buena ley al arte. 

(2) «La libi'rtaíl (jue el arte conquistara ante la autoridad rejij^iosa, 
va ahora lí perderla ante el escabel de la ciencia fí>¡ca, Kl alma 
humana, objeto único del arte en las mayores épocUí- de grandeza 



XVIII INTRODUCCIÓN. 

El criterio espiritualista repugna toda autoridad coerci- 
tiva. Condena el materialismo ; pero no le aherroja. Ni 
desconoce la conveniencia de la oposición de elementos, 
inherente á toda transformación, á todo progreso en el 
orden físico v en el moral. Y, precisamente, porque la 
crítica espiritualista proclama el principio de la libre 
actividad como garantía y condición necesaria del arte, 
condición sin la cual el arte se desenvuelve sofisticado y 
da frutos ilegítimos, por eso analiza con esmero los que 
brotan del seno de la época en que actúa, repudiándolos, si 
son malsanos, y señalando los vicios del sistema á que obe- 
decen. 

Así como el historiador y el sociólogo utilizan el sentido 
simbólico de los mitos en las leyendas populares y las me- 
nudencias y puerihdades del folk-lore, para rastrear el ori- 
gen y seguir el rumbo de los sucesos y comunicar mayor 
apoyo y certidumbre á las conclusiones y juicios que for- 
mulan; de la propia manera el poeta, el novelista, el pintor, 
el escultor, en suma, el literato y el artista (que necesaria- 
mente han de conocer á fondo el modo de obrar, sentir y 
pensar de la sociedad en que viven, á fin de no equivocarse 
con respecto al móvil, frecuentemente complejo, que im- 
pulsa el hombre á proceder en la vida) acudirán, si quie- 
ren dar colorido local á sus obras, á aquellas turbias, pero 
indígenas, fuentes tradicionales, en busca de elementos 



clásica, cede su primacía á la naturaleza.» (Víctor de Laprade, Essais 
de Critique Idealista. ) Un profundo pensador y eximio literato, D. An- 
tonio ("ánovas del Castillo, hablando de la libertad y el progreso, 
formula, con alusión al positivismo, este pensamiento tan exacto: ^< á 
la larga deja de estar en la vida cuanto en la ciencia falta. » (Pro- 
blemas Contemporáneos. ) 



\ 



INTHODÜCCIOX. XIX 

apropiados á su objeto. T/a presente Reseña HlM rico- 
Descriptiva, harto iinperfectíi sin duda, no importa otra 
cosa que abrir el camino á esta clase de estudios en el llío 
de la Plata. Le ha parecido al autor «pie los datos diver- 
sos que por vía de entretenimiento había ido recogiendo 
de la boca del vulgo, no debía relegarlos al desierto del ol- 
vido, adonde precipitadamente se encaminan ideas vetustas, 
creencias supersticiosas y costumbres que el hombre escu- 
driñador aún con facilidad desentierra de entre las ínfimas 
capas que forman la masa social, señaladamente la que 
está desparramada en los campos. 

El célebre benedictino Fray Benito Jerónimo Feijoo y 
Montenegro pugnó, en el siglo decimoctavo, por romper la 
densa niebla de supersticiones y comunes errores en que 
estaba envuelto el suelo ibérico. Los resplandores de su 
doctrina, clara, aguda y elocuente, alcanzaron con facilidad 
á las colonias españolas del Nuevo Mundo. VA peruano 
D. Pedro de Peralta Barnuevo, que era un portento de 
erudición, elevóle sobre el pedestal de los héroes en las oc- 
tavas de su poema Lima P'nndada. Diclio se está que el 
autor de la presente Reseña no pretende seguir las huellas 
del ilustre autor del Teatro Crítico y (le las Cartas Ern- 
ditas. Indicado (pieda ya su objeto. Mas eso no (juita (pie, 
de pasada, haga tal cual ve/ alguna ligera censura, si cen- 
suras pueden llamarse esas observaciones im[)ensadas, acaso 
festivas, que el relato de un hecho curioso suele sugerir al 
que habla ó escribe. Toda superstición, toda creencia erró- 
nea procede del entendimiento, no de la voluntad: que nadie 
quiíM'e hacerse nial á >í mismo. Aun los má^ claros entendi- 
mientos, los h(>ml)res íle genio, han rendido tributo á esta 
ó á aquella preocupación que por causas singulares ha lie- 



XX IXTRODUCCIOX. 



gado á ecliar raíces en su espíritu. El poderoso influjo de 
la tradición, que tan avasallados tiene en general los 
afectos humanos, rodea el ánimo de una penumbra que no 
todos se atreven á romper ex abrupto. ¿Quién no tiene al- 
gún flaco? El que crea que no tiene ninguno, comete una 
inocentada : esa creencia es su flaco. Por otra parte, lo que 
para unos es una idea muy acertada y luminosa, para otros 
es un desproposito, una locura. El hidalgo Don Cleofas, 
al ver tanta diversidad de manías y extravagancias en la 
casa de locos de Madrid, dijo á su compañero: vamonos, 
vamonos de aquí; no sea que nos embarguen y encierren 
también á nosotros, por algún ramo de locura de que ado- 
lezcamos, sin sospecharlo, 6 que á los encargados de esta 
casa les parezca que padecemos ^^^. Sea, pues, indulgente 
la censura, y, si es posible, hágase de un modo indirecto. 
La agresión, la censura acerba, cierra la puerta al conven- 
cimiento; porque irrita y subleva el ánimo, que entonces 
se emperra. Persuádase con benevolencia; y si nada se 
consigue de este modo, aun así respétese hasta en sus erro- 
res al prójimo; que bastante tiene con no alcanzar más. 
Lo mismo ha de hacer el que se considere indebidamente 
perjudicado por otro. Exponga con moderación sus razo- 
nes; que, ó conseguirá su objeto, si tenía derecho, ó se 
desengañará, si estaba equivocado. Para enojarse y romper, 
siempre hay tiempo y ocasiones. De lo contrario se expone 
á empeorar lo que tal vez hubiera tenido fácil remedio. El 
que, proponiéndose clavar una tabla, da un martillazo en el 
clavo con toda su fuerza, rompe el clavo, rompe el martillo. 



(1) «Porque c-n ol iiiuiido todos somos locos, los unos de los otros,; 
El Diablo Cojudo por Luis Vélez de Guevara. 



iNTHODrcriox. xxr 

y no clava la tabla. Acomode pri inoro el clavo donde con- 
venga, dé luego sobre él unos golpocítos con el martillo, y 
finalmente remáchelo con un par de buenos martillazos. 
De ese modo entrará el clavo y quedará asegurada la 
tabla. 



RESEÑA HTSTORTCO-DESCRTPTIVA 

di: 

ANTIfiUAS Y MODKIIXAS SriM'llSTK'IOXKS 

DEL 

RÍO DE LA PLATA. 



CAPÍTULO PRIMERO. 

Primeras ilusiones y desengaños de los españoles 
en el Río de la Plata. 



Sumario. — Dilatación de España en el Nuevo Mundo. —Juan Díaz 
de Solís descubre el mar Dulce y perece ú ^us orillas. — D. Pe- 
dro de Men<loza expira, mísero y tullido, en un piélago de ilusio- 
nes. — Juan de Ayolas, con gente ilustre, perece en una embos- 
cada.— Sustituyele Domingo ^Martínez de Irala por elección popu- 
lar. — IjOs conquistadores, en la ciudad de los Huenos Aires, se 
comen hasta los zapatos. 



Diversas naciones extrañas, instigadas por sed de rique- 
zas, placeres y mando, invadieron sucesivamente el com- 
batido suelo ibérico, asentando en el sus lare.s. Los mora- 
dores indígenas, defendiendo su autonomía nativa sin darse 
jamás á partido, su})ieron, cuando no echar de sí el irresis- 
tible torrente advenedizo, todavía estancarlo y absorberlo 
en su mismo seno, convertirlo en substancia pro[)ia, en sa- 
via de su vida. Así, en resolución, latinos, godos y árabes 



2 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

acabaron por constituir una nueva nacionalidad en los 
campos de batalla, fundiendo en molde acerado sus opues- 
tas costumbres, índole y lenguaje. Tan luego como la gente 
hispana, de este modo robustecida y transformada, hubo 
desliedlo el último atrincheramiento de los moros, á su 
vez se hizo avasalladora: exuberante de energía, derramó 
con profusión su vida y fuerzas por el mundo ^^\ Ofrecióle 
el alto genio inventor de Colón, atraído y fascinado por el 
fiero genio de la guerra, propicia ocasión y grandioso es- 
cenario en que poder esparcirlas. La parte del globo que 
hasta entonces permaneciera oculta al occidente del tene- 
broso Atlántico, habíala vislumbrado el filósofo Séneca jus- 
tamente al tiempo mismo en que se iban á forjar y á tem- 



(1) La superioridad de las armas trajo consigo la celsitud del in- 
genio. En honiérica frase recuerda este período histórico un eminente 
escritor. «Yióse á los españoles, durante el siglo decimosexto, apren- 
der ,v enseñar en las sabias universidades de Francia ó Flandes; ri- 
mar y construir estrofas en la ribera de Ñapóles ó las orillas del Po, 
al tiempo mismo que el Ariosto 3^ el Tasso, estudiando á la par con 
ellos al Petrarca y al Boccacio ; predicar en Inglaterra la verdad ca- 
tólica á los mal convertidos subditos de la reina María; disputar doc- 
tamente en Alemania, secundando con sus silogismos los golpes de la 
temida espada de Carlos V; plantear, profundizar, ilustrar en Trento 
las más complicadas cuestiones teológicas ; contribuir más que nadie á 
extender el imperio de la filosofía escolástica, produciendo con arre- 
glo á su método y principios, abundantes y preciados libros, no ya 
sólo de teología, sino de derecho natural y público, de jurisprudencia 
canónica y civil. Ni los estudios lingüísticos, ni los escriturarios, ni 
las matemáticas, ni la astronomía, ni la topografía; ni la geografía, ni 
la numismática, ni la historia en general, materias tan descuidadas 
más tarde, dejaron de florecer tampoco durante el período referido, 
con ser aquel mismo el que vio nacer, por causa de la oculta y ame- 
nazadora invasión del protestantismo, los mayores rigores de la cen- 
sura real y eclesiástica en España. » ( D. Antonio Cánovas del Cas- 
tillo, Discurso sobre la literatura castellana en el siglo XVIII, 3Ie- 
morias de la Ikal Academia Española.) 



(ArMTri/) pniMERO. 



s 



piar los ferreos elementos (iiie informaron y dieron impulso 
a la nueva generación paia (juien estaba destinada y cjue 
de ella se adueñó a íines de la déciina<piinta centuria ''\ 
Eí^paña, cuyos guerreros, avezados á matar y morir sin 
lastima ni dolor, escuchaban atónitos los imprecatorioí 
apostrofes de Fray Bartolomé de las Casas, enseñoreóse 
prestamente del indiano hemisferio. Hízole segunda pa- 
tria de sus hijos y suya propia, no escrupulizando mez- 
clar su sangre generosa con la sangre de las razas con- 
quistadas. Conquista, que, como dice un sabio historió- 
grafo^"^, no tiene precedentes en la historia del mundo, 
que realiza un ideal caballeresco y cristiano, y cuyos 
soldados llevaban en la punta de sus picas los fueros mu- 
nicipales de las ciudades peninsulares y la religión del 
Crucificado. 

A fines del año 1515 y principios del 516, el ilustre 
piloto Juan Díaz de Solís descubrió y navegó el dilatado 



{ 1 ) Tnidujo el pasaje de Séneca Cristóbal Colón en esto^ térmi- 
nos : « Vernán los tardos años del imindo ciertos tiempos en los cuales el 
mar Océano aHojarii los atamientos de las cosas y se abrirá una grande 
tierra; y un nuevo marinero, como aquel (jue fué irnía de Jasón que 
hubo nombre I'^ipliis, descobrirá nuevo nuuido: ya entonces non será 
la isla Filli la postrera de las tierras. » ( Colección de los Viajes y Des- 
cubrinñcnlus que J/icieroii por M ir los Españoles debele fines del Siido 
A'r por T). ^farlín Fernánde/ de Navarrete. ) 

Colón, dando cuenta á los Reyes Católicos de los nuevos descubri- 
mientos que hacía en su tercer viaje á las Indias Occidentiilcs, se 
expresa de la siixuiente manera : 

«Todo pasaiá, y no la palabra de Dios, 

*Y se cumplirá todo lo quo á\']o; 

«El cual tan claro habló de estas tierras por la boca de Isaías en 
tantos lu^iares de su lOscriptura, afirmando que do España les sería 
divulgado su santo nombre.» ( Colrcción citada de Navarrete. > 

(2) D. Vicente Harrantes, Discurso de recepción en la Real .Vca- 
demia de la Historia. 



4 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA, 

río e inmenso golfo de la Plata hasta cerca de la junta del 
Uruguay, denominándole, á estilo de su tiempo, mar dulce, 
que lo parece, en efecto, pues en partes no se divisa otra 
cosa en el horizonte que cielo y agua. 

liOS que sobrevivieron á Solís (muerto á manos de los 
charrúas), haciendo justicia á la memoria del descubridor, 
dieron su nombre al río: río de Solís. Pero, habiendo Se- 
bastián Gaboto, en 1527, enviado á España, para ante el 
monarca, unos indios adornados con baladíes objetos de 
plata que entendió ser metal propio de las regiones que 
estaba reconociendo (las que baña el Paraná), donde los 
obtuvo, el río de que se trata cambió el nombre de su 
infortunado descubridor por el más halagüeño con que ha 
venido decorado hasta nosotros : río en que se halló la 
piafa, en que abunda la plata, río de la plata, brillante 
denominación muy á propósito para encender más y más 
el ánimo inflamable de los hombres de la época. 

D. Pedro de Mendoza, gentilhombre de cámara y ma- 
yorazgo de Guadix, había adquirido, al par con ingen- 
tes riquezas, buena reputación de soldado. Contagiado del 
entusiasmo bélico y aventurero de sus contempoi'áneos, 
concibió la idea, que le halagara sobremanera, de conquis- 
tar y poblar las ignotas regiones bañadas por el mar dulce 
de Solís, que ya entonces suscitaban la natural ambición de 
las gentes, y especialmente la más noble délos héroes, con 
el nombre, por todos estilos lisonjero, de Bío de la Plata. 

Ofreció D. Pedro organizar y conducir la expedición á 
su costa, obh'gándose á llevar de España, entre las demás 
cosas necesarias para la ejecución de su designio, cien ca- 
ballos y yeguas. Aceptada la propuesta por el emperador 
Carlos V, otorgóse el correspondiente asiento y capitula- 



CAPITULO rRIMKRO. 



ción en Toledo á 21 de mayo de 1534^^1 Dióse prisa el 
proponente á ponerla en efecto: ya el 24 de agosto y 1.** de 
septiembre del propio año zarpaba sucesivamente de Sevilla 
y de San Lucar de Barrameda, acompañado del más dis- 
tinguido ejército (pie quizás haya pisado en las Indias, con 
haberlo sido tanto el que en el año loOt) llevó Nicolás de 
Ovando á la isla de Santo Domingo. Componían la ar- 
mada que jnevino para el viaje, catorce navios, en los que 
embarco (dice Ulrico Schmídel, soldado de la expedición, 
natural de Baviera) setenta y dos caballos y yeguas '-I A 
poco, deri'otadas y dispersas las naves por efecto de nn 
temporal, fondearon en las Canarias, donde, á solicitud de 
D. Pedro, se incorporó á la expedición Pedro Benítez, ca- 
ballero jirincipal de Tenerife, á quien siguieron ^liguel Ló- 
pez Gallego, Alonso López y Francisco Benítez, no menos 
distinguidos por sus dotes militares, los cuales, levantando 
en las islas tres compañías de soldados, fletando tres em- 
barcaciones y proveyéndose de armas, municiones y caba- 
llos, hicieron rumbo al Plata ^"^^ Vióse D. Pedro en la 
precisión de arribar á Río Janeiro, donde hizo matar á 
puñaladas, por motivos livianos, á su maestre de campo 



(1) Colección de Documentos inúl. etc. del Archiro de Indias, i>or 
D. Luis Torivs fie Mendoza. 

(2) J'iaje al IHu de la Plata. 

(3) I). José de Viera y Cía vi jo, Xoticias de la Historia General 
de las Islas (^^anarias. Todo so coinpriiel)a, dice el autor, por las dos 
escrituras de conci(M"to (pie para el arinaiueuto se celebraron con 
D. IVdro de Mendoza: la una en la villa de Orotava ú V\ do octulm^ 
de ir^r) por ante Juan Navarro, y la otra en el puerto de Santa (Vuz 
á 21 (le soptienihre del mismo ano ante Hernán (ionzález. Kxiste tam- 
W\ó\\ la fe en relaciíMi dada por 1). Andró< de V¡llarr(H'l, KscriUano 
Mayor del ( oncej(\ el informe del Cabildo y cartas oriirinales de la 
América. Sclunídel no dice nada sobre este particular. 



6 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

Juan de Osorio, lionibre de gran experiencia militar y de 
excelentes dotes personales, respetado y querido de todos 
los individuos de la expedición, que lloraron amargamente 
su perdida, echándole mil veces de menos en sus ulteriores 
conflictos y adversidades. Por fin, entrando en el río de la 
Plata, surgió el adelantado en la isla de San Gabriel, 
que está en la margen septentrional, frente á la Colonia 
del Sacramento, donde le esperaba su hermano el almirante 
D. Diego de Mendoza, que había seguido su derrota al 
sur, cuando aquél aportara en el Brasil. De allí atravesó á 
la costa austral, desembarcando junto á la boca del Ria- 
chuelo y construyendo un fuerte y viviendas con adobes y 
¡laja próximamente en el mismo paraje en que hoy ostenta 
sus magníficos edificios de sillería la grande y fastuosa 
ciudad celebrada por la bondad de sus aires : que privile- 
giados debían de ser los aires donde los ríos eran de plata. 
Quedóle el nombre de Buenos Aires al primer puesto 
que se fundaba en las regiones del Plata; porque el pri- 
mero de los conquistadores que en dicha ocasión saltó en 
tierra, agradablemente impresionado con la suavidad del 
temple que á la sazón endulzaba el ambiente, exclamó : 
¡(]iic buenos aires! ¡Era la estación de las flores! y los 
españoles, en aquella época de brillantes ilusiones, miraban 
á través de su imaginación oriental las vírgenes regiones 
del Nuevo Mundo, de suyo sorprendentes. En busca de 
países fantásticos, penetraron en lugares conocidos sólo de 
las fieras y de las aves, en los cuales suponían poderosos 
reinos, como los de Paititiy Quivira en Méjico y el Perú, 
fundados por príncipes fugitivos, tras la destrucción de los 
imperios de Motezuma y Atahualpa, ó como el Dorado en 
Tierra firme y la ciudad de los Césares en Chile y la 



CAPITULO PRIMERO. í 

Argentina, que tenían de oro macizo las tejas de los techos 
de las casas y las rejas de los arados ^^. Por el mismo 
estilo, no dudaron los españoles hallarse en medio de 
regiones abundantísimas de plata, cuando la casualidad les 
deparó insignificantísimos dijes que délas opulentas manos 
de los indios del Perii pasaron á las tristes y mendicantes 
délos que desnudos corrían la costa occidental del Paraná, 
por donde üaboto y sus CM)nq)añeros iban navegando. 

Ejecutábase el susodicho establecimiento á principios 
de febrero del año 1535, entre las furiosas acometidas de 
los indios comarcanos, que trataron de impedirlo á todo 
trance. Mas })ronto veremos á los mismos españoles des- 
aparecer de la orilla austral del Plata, dejando en ella 
simiente de futura riqueza en el más generoso de los ani- 
males útiles; pero desaparecer trágicamente al golpe mor- 
tal de la certera bola del querandí, quemadas sus casas y 
entre las angustias del hambre. 

Cupo á I). Pedro de Mendoza la suerte más cruel. Fué 
su menor desdicha el (piedar airuinado j^or causa de la 
expedición en que había })uesto su fortuna; pues descora- 
zonado y reagravadas sus antiguas dolencias, acabó sus 
días entre horribles padecimientos físicos y morales, reci- 
biendo luctuosamente su cadáver las aguas del Océano, 
pura fjKc (i /(>>' rdiK).^ pcn-^diit irntosy dice Oviedo, no Jal- 



(1) No estnviiroii muy distantes de la rt'aÜdad ile lu? lu'chos las 
¡liisioncs de aniudlos nue con sus dcscubriínicntori y coiiqui?taá dieron 
ocasión á (lue dijera el poeta: 

lU'sntatla la Anu'iira sus viMias, 
QiK' uno osloiit»^ y otro iucIhI puro, 
¿(im' miiclio si, pisanilo oí cuinpo v^nlo, 
Piula calzó el caballo, qiio oro imirnlv? 

((jiÚNOORA.) 



8 SÜPfíRSTlCrOXES DEf. RIO DE LA PLAtA. 

tase ¡(na scpolfura niut/ mayor que aquella del rey 
Jlau.'^eolo, que los historiadores po7ien por uno de los 
siete miraylos del mundo ^^\ Este infortunado magnate, 
que al regi'esar tullido á España, recomendaba encarecida- 
mente á sus lugartenientes^-^ que, pues sabían la estrechez 
á que había quedado reducido, le enviasen á la brevedad 
posible la primera joya ó piedra que topasen, murió en el 
viaje, después de un grande desasosiego que le produjo el 
haber comido la carne de una perra que hizo matar para 
suplir la falta de víveres frescos. ¡Ríos de plata y aires 
paradisíacos! cuan bárbaramente desengañasteis á los que 
tales os soñaron, haciéndoles pagar con espantable fiereza, 
por cuantos medios de expresión tiene el dolor, copiosísimo 
tributo de muerte! 

Juan de Ayolas, en quien D. Pedro de Mendoza había 
delegado el mando, perdió la vida en una emboscada que 
le armaron los indios bayaes y payaguaes confederados, 
cuando regresaba á la Asunción del Paraguay, después de 
su audaz travesía por el norte del Chaco hasta la falda de 
la cordillera de los Andes. Pereció con todos sus compa- 
ñeros, entre quienes se hallaban D. Carlos de Guevara, 
D. Carlos Dublín, hermano de leche del emperador Carlos V, 
D. Juan Ponce de León, hermano del duque de Arcos, y 
Luis Pérez de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús. 

Los conquistadores, en virtud de famosa real cédula 
dada en Valladolid a 12 de septiembre de 1537, eligieron 
á mayoría de votos por gobernador y capitán general á 



íl) Historia General y Natural de las Indias. 

(2) Oirtíi que D. Pedro de Mendoza dejó á Juan de Ayolas, al 
partir píira España, inserta en la Colección de Documenios inéditos 
del Archivo de Indias por D. Luis Torres de Mendoza y otros. 



CAPITULO PRIMERO 9 

Domingo Martínez de Irala. Este, vista la impo.sibili(la<l 
de mantener, con los pocos españoles (pie la muerte había 
respetado, un puesto (jue, como el de Buenos Aires, estaba 
tan distante de la Asunción, centro de las operaciones de 
la conquista, resolvió despoblarlo. Hallábase la ciudad, u 
la sazón, hostigada incesantemente por los indios y privada 
de medios de subsistencia. Llegó á tal punto el hami)re 
el año de 1530, seíun refíere el soldado historiador 
Schmídel ^^^, que, acabándoselos gatos, ratones, culebras y 
otros animales inmundos, se comieron hasta los zapatos, 
situación reagravada con la implacable severidad de su 
entonces gobernador Francisco Ruiz Galán, que mandó 
ahorcar tres españoles, porque secretamente habían muerto 
y devorado un caballo. Así los míseros pobladores de 
Buenos Aires se apresuraron á embarcarse en los bergan- 
tines y bateles que llevaba al intento el comisionado para 
el despueble, ese mismo leal caballero y altivo capitán 
Diego de Abren, que, después sublevado contra Irala, 
anduvo vagando por los bosques del Paraguay, desde 
donde ejecutaba sus temidos asaltos, hasta que, sorpren- 
dido á favor de la oscuridad de la noche en una espesura 
donde yacía doliente y casi ciego con algunos españoles, 
fue muerto como una fiera de un saetazo. 



(1) ]lajc al Rio de la Víala. 



CAPÍTULO II. 

Apariciones al tiempo de la conquista entre indios 

y cristianos. 



Sumario. — El indio, entre el fragor y carnicería de las batallas, ve 
en los aires y en los torreones al genio feroz de la guerra. — Se 
espanta y huye á su presencia. — San Blas salva á los españoles 
en Corpus Christi. — Sálvalos el símbolo de la Kedenciún en la 
barranca de Arazatí. — Sálvalos la virgen en Tucumán. 



La pujanza hercúlea y feroz denuedo de los españoles 
asombraron, terrificaron al indio. Llegó á figurarse el in- 
dio que las nuevas gentes que tan audazmente ocupaban 
la tierra, al acometer y llevar á feliz término empresas im- 
posibles, obraban en virtud de un poder sobrenatural que 
los favorecía y auxiliaba personalmente en los trances más 
peligrosos de sus conquistas. Así el ánimo espantado de 
los hijos de los desiertos y de las selvas, en medio del fra- 
gor y carnicería de la pelea, dibujaba con la mente en los 
campos de batalla y en los torreones de las fortalezas for- 
midables guerreros esgrimiendo poderosamente enormes es- 
padas con que amenazaban anonadarlos. Así también creían 
que era género de brujería, obra del diablo, llamárasele 
añaiifja ó (fualicho, un objeto extraordinario, nuevo para 
ellos, el símbolo de la Redención ó una imagen, por ejem- 



CAPITULO II. 11 

pío, que los conquistadores reverenciasen y tomasen por 
seguro de sus triunfos. Fácil cosa debieran ser para los 
indios estas iniaL;¡iiaeiuiu's, al c(jnt('nq)lar (jue una y otra 
vez reconocieran los españoles á su glorioso apóstol San- 
tiago cabalgando en blanco brioso corcel por los aires y 
derribando enemigos á los certeros golpes de ponderosa y 
reluciente espada, como le vieran los soldados de Cortes en 
Méjico, los de Pizarro en el Perú, los de Valdivia en Chile. 
El primer adelantado del Ivío de la Plata 1). Pedro de 
Mendoza, una vez fundado el puesto de Buenos Aires, des- 
pachó á Juan de Ayolas Paraná arriba para descubrir y 
hacer una casa fuerte en sitio conveniente. Establecióla 
Ayolas después de haber tratado amigablemente con los 
timbíies, en la margen derecha de aquel río, entre el Carca- 
rana y el Salado, con el nombre de Corpus Christi, día de 
su arribo. Posteriormente continuó navegando río arriba en 
busca de una comunicación con el Perú, por encargo de 
]). Pedro de Mendoza, que, por las Inicuas noticias que 
del nuevo establecimiento recibiera, hizo á el una visita v 
dio á su [)ucrto el nombre de Buena Espcrair^a. 1 ). Pe- 
dro, nuiy enfermo y abatido, se volvió luego á ]>uenos Ai- 
res y en seguida embarcóse para España, muriendo míse- 
ramente en el camino. Quedó gobernando á Júnenos Aires 
y los puestos ya fundados Francisco Ruiz (Inlán. Durante 
su gobiíM'no lo.^ españoles (pie estaban en Corpus Ciiristi 
irritaron á los timbúes y caracaraes con extorsiones y tro- 
pelías vandálicas. Azara^' quiere eximir de íoda nspon- 
sabilida<l en el hecho á Ruiz (ialán, ¡mj»utánd()K> al co- 
mandante de la fortaleza I'rancisco Al varado y á los ma- 

(l) Dcscyi[KÍúu c Ilifilüria del raruf/naij ij del ¡iio de Li Piala 
3. 



Í2 suPERStrcroNEs del río dé la plata. 

los consejos del cura Juan Pavón y del escribano Pedro 
Hernández. Mas, sobre decir Schmídel y Puidíaz^^^ que 
Ruiz Galán, de paso á Buenos Aires desde la Asunción 
del Para2;uav, adonde babía ido en busca de víveres, mató 
á nuichos indios, les incendió sus ranclios y cautivó muje- 
res y niños, por sospecbas de complicidad con parcialida- 
des enemigas, no liay duda de que era liombre muy capaz 
de una maloca semejante. En Buenos Aires, cuando la 
gente se moría de hambre, y cuando, después de haber 
devorado hasta los zapatos, la aplacaban con los cadá- 
veres y excrementos humanos, ahorcó a tres soldados, por- 
que secretamente mataron un caballo para comer de su 
carne: á otro, por haber robado una lechuga, le cortó las 
orejas: á una dama noble, que recibió un pescado de ma- 
nos de un marinero con tal de rendirse á su voluntad, la 
obligó á cumplir el pacto inicuo; y a una mujer, á quien 
el delirio de la desesperación la condujo á los indios, la 
mandó atar de un árbol para que fuese pasto de las fieras. 
Quien tal hacía con los españoles, ¿ de que no sería capaz 
con los indios? Ello es que los caracaraes y timbúes de- 
terminaron vengarse. Para el efecto, se presentaron varios 
caciques en Corpus Christi, solicitando la protección de 
los españoles contra parcialidades que (decían) á unos y á 
otros eran hostiles. Concedióseles, y al intento salieron en 
busca del enemigo, bajo el mando de Alonso Suárez de 
Figueroa, cincuenta españoles de los ciento veinte que 
guarnecían el fuerte. Mas los españoles auxiliares, durante 
una comida, fueron atacados y muertos, tras cruda pelea, 
por los mismos que sirnulaban obsequiarlos, salvándose 

^1) Viaje al Río de la Plata. Argentina. 



CAPÍTULO ir. 13 

solo un niucliacho, que volvió á Corpus Christi con la no- 
ticia de la traición. Sin perdida de tiempo los envalento- 
nados indios comarcanos, en gran número (diez mil, se- 
gún Sclimídel; dos mil, ^('<¿nn Ruidíaz), asaltaron el fuerte 
con ímpetu. Rechazados con denuedo, repitieron sus asal- 
tos con rabia y furor durante catorce días continuos, pe- 
gando fuego á las casas de los cristianos. Se peleaba de 
día y de noche; y ya muy trabajados los españoles, pudie- 
ron (á favor de dos bergantines que llegaron á Buena Es- 
peranza, y al ruido de las bocinas y gritería de los bárba- 
ros acudieron en su auxilio) hacer una impetuosa salida, 

r 

con su comandante á la cabeza. Enilo á la sazón, Anto- 
nio de Mendoza, que murió en la batalla. Los sitiadores 
volvieron las espaldas, dejando cuatrocientos muertos en el 
campo y huyendo á la desbandada. Los cristianos, á no 
estar rendidos del cansancio, los hubieran acuchillado á su 
salvo: tal era el espanto y confusión con (pie los infieles 
se retira])an. Un guerrero vestido de blanco, con una es- 
pada desnuda en hi mano, cuyo brillo ofuscaba, habíase 
encimado, en lo más recio de la jK'lca, sobre uno de los to- 
rreones de la fortaleza: los bárbaros, á su presencia, ciegos 
y atónitos caían al suelo. Esta acción y retirada acaeció 
el .') (le fe])rero del año Is.')!), día de San l>las, de (piien 
los crisli;in(>s supusii'ron lial)rr rcriltido la milairrosa avuda. 
Con tal motivo, fue' San I>las aclamado y ¡m-ado especial 
patrono de la coiuiuista del Kío de la Piala v Parairuav, v 
de entonces en adelante celebróse su totividad con fervo- 
roso v solemne culto ^\ 



(1) Uiiidúiz di' (íuzínáii, An/rnfinfi. K\ V. \\\\ro Íá)7a\\\0, Ilisluria 
del ranvjndj, ¡íio de la Flatri ¿/ Tticuiiuin. 



14 SUPEÉSTICTOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

El adelantado Juan de Torres de Vera y Aragón, año 
de loSS, mando fundar cerca de la confluencia de los ríos 
Paraguay y Paraná un puesto y ciudad que dominase el 
territorio (jue vierte al último sus aguas por el lado del 
oriente. Encomendó la empresa á su sobrino Alonso de 
Vera el Tupí, sobrenombre que le dieron los españoles, 
por haber hallado mucha semejanza entre su rostro y el 
muv feo y espantable de los feroces guaraníes que ocupa- 
ban la margen izquierda del alto Uruguay. Los españoles 
de aquella época, tan galantes con las damas, eran crueles, 
sin respetar dignidades, con los hombres desfavorecidos de 
la natm-aleza en sus personas: llevaban hasta el escarnio 
la sátira y la befa. Las superiores prendas del ánimo, que 
hicieran tan calificada la nobleza de los Vera y Aragón, 
no estaban, por lo visto, en consonancia con las del cuerpo, 
que debieron de ser harto contrarias á las formas que es- 
maltan la belleza, cuando á otro de los sobrinos del ade- 
lantado, que llevaba el mismo nombre que el primero, le 
pusieron, para distinguirlo de él, un apodo tan horrible 
como el de Cara de Perro, aludiendo a lo mal agestado 
que era de su condición el teniente general de gobernador de 
las provincias del Paraguay y Río de la Plata. Alonso de 
Vera el Tupi, y Alonso de Vera Cara de Perro: tales 
eran los sobrenombres con que los conquistadores distin- 
guieron a dos insignes caudillos de gran prestigio y auto- 
ridad. 

Alonso de Vera el Tupi, bajando el río Paraguay con 
ochenta es[)añol(íS, en la orilla izquierda d(íl Paraná, legua 
y media más abajo de la junta de entrambos, desembarcó 
con su gente. Construyó luego sobre una barranca, en Ara- 
zatí, algunas chozas y un fortín ó empalizada, con abatíes 



CAPÍTULO ir. 15 

ó estacas de los montes imiiediatos, plantando tainl>ién, ii 
un tiro de arcal)uz próximamente, una eshelta cruz de fé- 
rreo é incorruptible ii nnulfo/'^K Este fue el fundamento 
de la ciudad de San Jinm de Vera dcJd.^ Siete Oíkriex- 
TES, capital hoy de la piovineia ai-gentina (pie lleva este 
nombre. Parapetada la gente, el animoso caudillo, con 
parte de ella, salió Paraná an'iba en busca de provisiimes. 
En esta ocasión los indios comarcanos (parcialidades de 
raza guaraní), que ya, con la llegada de los españoles anda- 
})an alborotados y reuniéndose pnia expulsarlos, determi- 
naron dar un asalto á la improvisada pol)laeión. Los si- 
tiados, unido ya á ellos su capitán, resistieron con esfuerzo 
sobrehumano, durante ocho días continuos, las furiosas 
acometidas de más de seis mil bárbaros combatientes, cpie 
confiados en la superioridad de su numero se prometían 
una fácil victoria. Xi el hambre, ni la sed, ni las heridas, 
ni la falta de descanso, fueron parte á hacerlos desmayar. 
Pareciendo á los sitiadores que aquella heroica resistencia no 
podía ser efecto del valor y fuerzas personales de tan ]^o- 
cos individuos romo guarnecían el puesto, dieron en >o>- 
pechar (jue algún otro obstáculo tendrían (pie remover para 
vencerlos, (pie no eran sólo los sitiados el único enemigo 
con (piien estaban combatiendo. Sin duda, la cruz ¡flau- 
tada cérea de la fortaleza tenía algún hechizo (pie hacía 
invencibles á sus defensores: resolvieron prenderle fuego. 
Juntan leña y acuden con ella al lugar en (pie ibnn á ha- 



(1) Asiruiíiuiu JKijIandifol'uu)), anncurdiaccd . \\< \mo do los árlio- 
les más eminentes de la ciienea norte de los afluentes del Plata. Su 
madera, eolorado- oscura, es resinosa y sirve para curtir y para tabla- 
zones de buques, tirantes, pilares, ejes de carretas y nuieblos. La cruz 
tenía de cuatro v media :í cinco varas de altura. 



16 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

COY la fogata. Mas el primero que se acerca, cae muerto 
al pie de la cruz. Vn arcabuzazo le derribara. Esta cir- 
cunstancia casual aterra á los bárbaros, que ya miraban 
con espanto a(|uel objeto de veneración para los españoles. 
Cunde el pánico entre los sitiadores y echan todos á huir 
despavoridos, abandonando la empresa y abrazando mu- 
chos voluntariamente la fe del Crucificado. Los caciques 
Paragiiarí, Jlboipí y Aguará, en seguida, rindieron va- 
sallaje á D. Alonso de Vera el Tujn. La milagrosa cruz 
de urunday conservase con religioso respeto dentro de una 
caja de madera negra custodiada en una de las iglesias de 
la capital de la provincia. Expónese con gi-an pompa to- 
dos los años el día 3 de mayo, en que se celebra la fiesta 
de la Santa Cruz del llílagro. Aunque el hecho que se 
conmemora aconteció el 3 de abril, hase trasladado la ce- 
lebración de la fiesta al 3 de mayo, á fin de hacerla coin- 
cidir con la de la Invención de la Cruz en Jerusalén. La 
generosa provincia de Corrientes ostenta figurada en su 
escudo la santa cruz del milagro plantada en la barranca 
del Paraná por sus primeros intrépidos pobladores, y el 
año de 1888 ha celebrado oficialmente el tercer centenario 
de la fundación de la ciudad ^^l 

La conquista del Tucumán, después de la tan célebre 
de Chile, fué una de las más arduas y sangrientas del 
Nuevo Mundo, por la ferocidad, pujanza y valentía de las 
numerosas generaciones de indios bravos é indomables que 
poblaban el territorio, en cuyas escarpadas serranías se 



(1) Lozano, Historia del Paraguay; Martín de Moussj^ Desarip- 
tion Gf'ofjraphífjue el Statistique de la Confódératíon Argentine; Doctor 
Ramón Contreras, Recuerdos Históricos de la Fundación de Corrientes. 



CAPÍTULO ir. 17 

encastillaban, cuando, vencidos en los valles, no les quedaba 
otro recurso que la fuga. Ciento treinta años próximamente 
estuvieron luchando los españoles para hacerse dueños de 
la tierra. Allí, de paso para Chile (1542), batalló l)¡ec:;o 
de Almagro con los omaguacas y calchaquíes. Allí, por el 
mismo tiempo, sus primeros conquistadores Diego de Rojas 
y Felipe Gutiérrez, y luego (lo.lO) Juan Núñez de Prado 
con pocos soldados, se hicieron temer dcí calchaquíes, juríes 
y otros fieros enemigos, peleando casi siempre uno contra 
cien. Años adelante insignes capitanes siguieron sus pasos, 
con igual esfuerzo heroico. La sola presencia de Nicolás 
Carrizo y Juan Sedeño aterraba á los indios. Francisco de 
Aguirrc, con cuarenta soldados, peleando como leones, 
resistió en campo raso el repentino asalto de un ejército 
compuesto de cuatro mil calchaquíes. Con el mismo numero 
de soldados penetró en el Chaco Gregorio Bazán. Tris- 
tan de Tejada, Jerónimo Luis de Cabrera, Bernabé Ibáñez 
del Castillo, entre otros conquistadores del antiguo Tucu- 
nián, ejecutaron hechos portentosos. Finalmente I). Alonso 
de Mercado y Villacorta sojuzgó con mano poderosa á los 
calchaquíes, que defendieron su suelo y su inde}>endencia 
con la misma constancia y valor que los araucanos, ]>refi- 
riendo algunas de sus parcialidades, como los quihnes, 
estrellar sus hijos contra las piedras y arrojarse por los 
despeñaderos para morir despedazados, antes que entregarse 
á los españoles. El 23 de septiembre de lOGS celebrábase 
la fiesta de la Virgen del Valle (Catamarca), con asistencia 
de cierto numero de j^ri^ioneros calchaquíes, (pie se le 
presentaban como trofeo de las milagrosas vit'torias me- 
diante su })rotección obtenidas por los cristianos. lOntoná- 
base el tedeum, cuando se empieza á sentir entre los cal- 



18 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

cliaqilíes un niiinnullo y una inquietud que, creciendo con 
rapidez, acaba en alaridos y tumultuosa fuga precipitada. 
Las tropas que en la plaza rendían los debidos honores 
en aquella solenniidad, contienen á los fugitivos, á quienes 
el gobernador Mercado pregunta : — ¿ Porqué huíais ? — - He- 
mos reconocido, respondieron los calcha quíes, en la imagen 
que se halla en el altar de la iglesia, á la misma excelsa 
mujer que, cabalgando en brioso corcel por los aires, nos 
acometía lanza en ristre, junto con los españoles, en las más 
crudas batallas, y nos confundía y desbarataba. Al go- 
bernador, á quien las palabras de los indios suscitaron 
el recuerdo de sus victorias, se le humedecieron los ojos^^l 



fl) La Virgen del Valle y la Conquista del Antiguo Tucumán 
por el Presbítero Pascual P. Soprano. 



CAPÍTULO III. 

Supersticiones indígenas y supersticiones 
advenedizas. 



Sumario. — Analogía de creencias entre el Viejo y Nuevo Mundo. 

— Sus causa>. — Concepto que formaron los misioneros de las 
creencias indígenas que se asemejaban á las que el catolicismo 
consagra. — Los nuevos pobladores asimílanse costumbres é ideas 
indígenas. — Magos indígenas: privan aun después de la conquista. 

— Fermento fie supersticiones indiano -europeas. —Plaga de hechi- 
ceros en Tucunu'ui.— ^íagnctizadores y fakires ante el^ tribunal 
del Santo Oficio. — La I nquisición persigue ii los hechiceros. — 
Castigos que les imponían los jesuítas. — Adivinos, hechiceros, 
magos, invocadores del demonio. — Sus artes. — Plaga de alufn- 
hrnflas.— \u(xe\íi de Luz. — El espíritu infernal obrando mara- 
villas.— Relajación i\o costumbres al tiempo de la población de 
América. — Depravación del clero. — Casos varios curiosos que la 
manifiestan. — Martín del Barco Centenera, historiador de la 
Argentina, ante el tribunal del Santo Oficio. — El soldado y el 
clérigo disputando sobre buenas costumbres. —Caso señalado del 
conquistador Francisco de Aguirre. 



Considerable luniiero de sii])ersticiones originarias de 
Europa y del Oriente se hallaron también esparcidas por 
todo el continente americano á la entrada de los es])añoles. 
Los adivinos, hechiceros y saludadores, que aun levantan 
de vez en cuando cabeza, ]>rivaban igualmente en los 
imperios de Motezuma y de Atahualj)a y entre las hordas 



20 SUPERSTICIONES PKT. RIO DE LA PLATA. 

salvajes de toda la tierra firme é islas del Nuevo Mundo 
Sor])rendentes analogías se hallaron también entre las 
creencias de los moradores del orbe de Colón y las que en 
el orden superior de la religión profesaba la nación con- 
quistadora : el diluvio, el misterio de la Trinidad, la comu- 
nión, el ayuno, el bautismo, la confesión, la penitencia, etc. 
El opacuna, en el Perú, era un lavatorio ó baño en agua, 
para quedar limpios de pecados. En determinadas fiestas 
solennies repartíanse unos bollos sagrados ó cancos (cancu), 
que las mamaconas (monjas de los templos del Sol) hacían 
con harina de maíz, teñida y amasada con la sangre de 
corderos blancos sacrificados: símbolo de unión íntima 
y eterna con el Sol y el Inca (Dios y su representante 
en la tierra). Todas las desgracias y enfermedades que les 
sobrevenían, eran castigo de la divinidad por sus peca- 
dos. En desagravio de la divinidad ofendida y para re- 
medio de aquellos males, sacrificaban animales y niños, 
confesábanse y recibían penitencias. Penitente y confesor 
(ichurij íbanse á la vera de un río. Postrábase aquél 
primeramente de pechos sobre el suelo; luego, levantándose, 
decía sus pecados al íchitri, que estaba obligado á guardar 
secreto bajo pena de muerte. Los pecados que debía mani- 
festar el penitente, eran el homicidio, el robo, el adulterio y 
estupro, la sodomía y bestialidad, la maldición (la tierra 
me trayiie, el rayo me parta), la mentira y murmuración, 
el uso de hechizos ó hierbas para hacer mal, el no celebrar 
las fiestas, el deshonrar padre, madre, abuelos ó tíos y no 
socorrerlos en sus necesidades, el sacrilegio, la omisión de 
los sacrificios ú ofrendas obligatorias, decir mal del Inca, 
etc. Imponíase al confesante una penitencia conforme á los 
pecados de que se acusaba, cumplida la cual, recibía unos 



rAPÍ'rri.í) iii. 21 

ligeros golpes en las espaldas con una piedra. Después ]>eni- 
tente y confesor escu})ÍMn sucesivamente en uu manojo de 
heno. El confesor decía ciertas oraciones, maldecía los 
pecados que el penitente confesaba, y arrojaba el manojo 
al río, imprecando á los dioses pnra que lo llevase al abismo, 
donde rjucdase eternamente sepultado ' . 

La idolatría y supersticiones de todo género luin >¡do 
siemi)re más 6 menos semejantes, y aim á veces entera- 
mente iguales; en las diversas partes del nnuido, ])or leja- 
nas y faltas de comunicación conocida (¡ue huyan estado 
entre sí. Esto ha dependido de varias causas: de ser una 
misma la naturaleza y aspiraciones del hombre en to<las 
partes, de haberse hallado rodeado de objetos y circunstan- 
cias analogías v de luia remota conuinicación ú origen co- 
mun que sin dudn han tenido los jmeblos más ai)arta(los 
entre sí v más distintos en fisonomía, color, hábitos v ca- 
rácter. 

Los misioneros y escritores eclesiásticos de la concjuistíi 
veían la niMiio de Satanás en las susodichas semejanzas de 
la idolati'ía v la religión revelada. Satanás, intentando ser 
adorado como Dios, excogita, para inducir á ello á los 
hí^nbres, cuantos medios ])uede inventar la malieia de un 
ser tan perspicaz y ladino. ^las, como preilielio e>tá (pie 
se h' ha de (jHcIn'dr ¡a cabeza, siempre ha salido derro- 
tado eji sus encuentros con los soldados de Cristo, que, ar- 
mados con las armas del Evangelio v llevando la eruz en 



(1) Costutnbrrs Antif/uos dr ¡os Xnturnlcs drl Vcn'i, en la ol>r:i 
Tres I^clacioncs (le Antiijiícdadcs /V/v/<7/íí/.v publii-adns por el Ministrrio 
(1(* Fomento. C'ju'ta- Prólofro de D. Marc» s .üim'iie/ <le la Kspa«la. 
Madrid, ISTO. 1^1 V. José Ac(\<ta, Historia Xafurnl y Moral dr las 
Indias. 



22 SUPERSTICIONES DEL Kl'o DE LA PLATA. 

la mano, desbaratan sus planes y le confunden irremisible- 
mente. Tal se ha visto realizado y cumplido en las predi- 
caciones de los misioneros que España y Portugal enviaron 
al Asia, al África y al Nuevo Mundo. La astucia y maña 
de Satanás, cuya naturaleza intelectiva es tan superior á la 
del hombre, hale permitido tomar cuantas formas convi- 
nieron á sus designios, desde la de ángel de luz, hasta la 
de serpiente. Así conseguía (halagando las aficiones y 
tendencias de los hombres, señaladamente de aquellos que 
se hallaron privados de la lumbre del Calvario, en quienes 
el triunfo era más fácil) que le tributasen honores divinos. 
De ahí tienen origen los extravagantes y variados modos 
de adoración que los españoles hallaron en el Nuevo 
Mmido^^l 

El morador de las desiertas campañas, por vía de asi- 
milación, tomó de los hábitos, usos, lenguaje y aficiones 
del indio, que unió á su destino después de la conquista, lo 
más análogo y adaptable á su modo de ser, á sus necesi- 
dades en tierras desconocidas y hasta á sus preocupaciones 
respecto de los hechos y fenómenos que no era capaz de 
explicar su pensamiento. Los elementos que de tal suerte 
se asimilaron las nuevas gentes que poblaron la tierra mez- 
cladas con los indios, entraron en sus costumbres como 
una mera accesión. Pero no por eso dejaron de modificar- 
las considerablemente y de imprimirles su sello. Así los ele- 
mentos indígenas vinieron á confundirse con los peculiares 
de los nuevos pobladores en muchos accidentes, á favor de 
la oscuridad con que regularmente se presentan las causas 
de los hechos relativos á la vida íntima de las naciones, 

( 1 ) Monarquía Indiana por Fray Juan de Torquemada. Madrid, 1723. 



>fTi:LO líl. 



23 



que, ó no linn or*n[ri\)a(loV; sólo lian ocupado inciden tal- 
mente líl atención es tndiydora del historiador y el filó- 
sofo en los j)asa(los si^Wlos 

Los nia<^os, heehieeiVos, jiivinos ó hrnjos indíi;enas con- 
tinuaron, después de hiA coiViista, ejerciendo sus artes va- 
nas, no ya en el seno da* su.>itolderías ó puel)los indepen- 
dientes, sino entre cristia\nos.Infinito era su número, dando 
nuicho (pie hacer á los m\¡nistos de la Iglesia, ()cui)ados en 
extirpar de la vina del Seííor un iKJciva y contagiosa pes- 
tilencia^'-. Los magos, hechiceros, adivinos y brujos crio- 
llos, de la grey cristiana, adlP])ta'on de los indígenas cuanto 
se acomodaba á sus designios \v prácticas tradicionales, 
sustituyendo con la señal d^la cr\z, y eon })reces á su ma- 
nera dispuestas, las palabras y acciones simbólicas (pie les 
pareció desechar. \ y 

Unidas á las de los europeas las supersticiones de los 
indios, prodújose un vigoroso fermento en tan a})artadas y 
desiertas regiones, cuyos nuevos pobladores, á pesar del 
yugo con (pie los sujetaban los p)deres real y eclesiástico, 
dieron constantemente, en cuantas o^*asiones se les presen- 
taron, muestras señaladas del indi.idualisnio congénito de 
una r.i/a ¡nformada en los cani[)0:^de batalla, abundante- 
mente regada con sangre de iberos)^ de latinos, de godos, 
de árabes. Los retoños de las ideas supersticiosas así amal- 
gamadas extendiéronse \)nv campos y ciudades, como la 
mala hierba (pie invade los terrenos labrantíos cuando de 
continuo no la trabajan sus cnltivad(Ves. Consta de un 
memorial presentado al Consejo de Indias el 7 de octubre 
de 17.')!' por el pi"(K*ui'ador de lia ciudad de Córdol)a del 



(1) El V. José (le Acostji, Ifi.stariays'atinal y Moral de las Indias. 



/ 

24 SUPERSTICIONES DEL Rl'f"- L^PLATA. 

Tueuináii D. Gregorio de Arras^^^ ^^ ^^ provincia que 
para ante el le confiara la gestic^^^ ^^ negocios hallábase 
verdaderamente ¡alagada de lo^^^^y*^^ vicios y herejías 
y con más especialidad de cliifo^^^ siendo tanta su 
abundancia que, á pesar del Jectc^^^*^^ ^F^ ^^^ inhabi- 
litaba para todo servicio en /sa fiesta, encontrábaseles 
de criados hasta en los moní/teri/ J conventos. Casi no 
había un enfermo que deia/ de^^'i^iuir sus dolencias á 
los efectos de algún malenca. ^ informaciones (raras) 
que el comisario del Santo/)ñ(/^^^' la Inquisición hiciera 
acerca de algunos de talesÁelit' qiiedaban allá en Lima, 
sin que se volviese á oir/iabl ^^ semejante cosa en la 
vida; y como á los iuecab rfP ^^^ estaba vedado el en- 
tender en causas de esa i/atup^^? ^^^ bergantes hechice- 
ros, cuyo pacto con el dfmc/ ^^^^ notorio, campaban por 
su respeto ^^l / / 

A las cárceles de lai Ii^sición fueron á dar muchos 
sujetos bien humorados jíabilidosos, que hoy hubieran 
podido presentarse en el'^^^^^^^^'^^ ^^ ^^^ teatro á ley de 
magnetizadores ó faki/'es^ig^^i'^^ ^^^ 1^'^ procesos del siglo 
décimosqDtimo un m^rA üi-giles, de Riohamba (Quito), 
que, al son de la g\A'4<\ l|<icía bailar un huevo y levan- 
tarle del suelo hastJ/ altpa de su cabeza. Cien azotes 
valieron sus gracias //lelclior de Anáribar, joven de diez y 
nueve años, que, hatóndo lelebrado pacto con el diablo en 
el Cuzco, tuvo la a/lanteJde ofrecer algunas pruebas de 
manos á los mismos iníiisidores que le estaban proce- 
sando, á quienes con ellas ctjo espantados. José Nicolás Mi- 



(1) Memorial inserto en hJ flistoría del Tribunal del Santo Oficio 
de la Inquisición de Lima paVO. J. T. Medina. 



CAPÍTULO in. 25 

clicl, maestro de niños, en Oruro, eoii artes iiiaLiieas con- 
vertía, á la vista, en neí»;ros á los hombres hlaneos^^^ De- 
sesperado, intentó v;n¡as veces en la cárcel (jnitarse la 
vida. Condenosele en las [)enas de doscientos azotes y des- 
tierro por siete años en el presidio de Valdivia ^"^. 

Los mastines celadores del católico rebano, como llamo 
Cervantes ^^^ á los agentes ó comisarios del Santo Oíieio, eran 
pocos y mansos en las regiones del Plata, dependientes en- 
tonces, y tan apartadas, del virreinato del Perú. Los mas- 
tines peruleros tenían harto con lo de casa, especialmente 
en lo respectivo á luteranos y judaizantes, (pie eran mu- 
chos. 

Por lo demás, la Liipiisicion persiguió en America, del 
propio modo que en España, a los que en las artes diahó- 
licas ejercitaban su ingenio 6 su malicia. De su temida 
jurisdicción estaban exentos los indios; mas los hechice- 
ros que con yerbas ó maleíicios produjesen la nuierte ú 
otro daño en las personas, eran castigados por las justicias 
reales ^^\ Los jesuítas, en el gobierno de cuyas misiones 
eran libres, saho la obediencia y sumisión al soberano, al 
Rey, nunca dejaron en paz á los magos y hechiceros que 
pululaban, generalmente con gran prestigio, entre los indios 
de todo cacicazíío. Con un centenar de azotes, en medio 
de la plaza, los despojaban de los atributos de la divinidail 



(1) Troprlia llaiiiaroii ala ciencia de prc^ontar una cosa por otra 
á los ojos del espectador. Véase el Coloi¡itio de tus Perros por Miu'iiel 
de Cervantes. 

(2) Relación de procesos en la llisforifi del Trihuiml del Sanio O/i- 
cio de Ifi Innuisiriñn de Ijinid por !>. J. 'P. >rrd¡na. entre ellas la del 
Dr. D. Pedro de Peralta IJarniuvo. 

(3) Pcrsilcs // Si</isninnda. 

(4) Ley X), tít. l/\ lib.'^ G.'' de Indias. 



26 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

qiio cleeíaii po^?oov pava obrar maravillas. La experiencia 
tenía demostrado ()ue esta mhidable medicina era bas- 
tante á extirpar una pestilencia que tanto daño hacía en 
las ahnas. 

IjOs adivinos, hechiceros y magos invocaban al demonio 
con n()nd)re de ángel de luz, rindiéndole cierta manera de 
adoración y ofreciéndole perfumes y hierbas olorosas. Ha- 
bía evocadores del demonio (que venían á ser los espiri- 
tistas de nuestros días), el que se les aparecía en la figura 
dr un animal ó bien representando las personas, vivas ó 
muertas, percadoras 6 beatificadas, con quienes querían co- 
numicarse cara á cara. Le hablaban, y recibían sus res- 
puestas, sobre sucesos pasados, actuales ó futuros. Encen- 
díanle luces y quemábanle incienso, al propio tiempo que, 
con una bebida hecha de yerbas y raíces (el acliiima, el 
chamico y la coca), se enajenaban y entorpecian los sen- 
tidos hasta el punto de engendrar en su mente las ilusio- 
nes y representaciones fantásticas que luego tenían y pu- 
])Hcal)an por revelaciones inequívocas de las cosas ó de los 
hechíjs (pie deseaban conocer ó de que prometían dar noti- 
cia. Aparte de los invocadores del demonio, militaban en 
America los astrólogos, levantando figuras para formar el 
horóscopo de las personas y formulando -juicios sobre ca- 
sos futuros y contingentes ó sobre acciones dependientes 
de la voluntad divina ó del libre albedrio de los hombres. 
Para las a(Uvinaciones v hechizos valíanse, asimismo, los 
que en aitcs dia])óhcas ejercitaban su malicia, de habas, trigo, 
maíz, monedas, sortijas y de otras semillas y objetos seme- 
jantes, mezclando lo sagrado con lo profano: evangelios, 
agmisdeyes, aras consagradas, agua bendita, estolas y otras 
vestiduras sacerdotales. Tenían y usaban ciertas cédulas 



CAPÍTULO ni. '27 

Giiigmátieas y recetas 6 inemoriales ; palal)ra.s ú oraciones; 
círculos, rayas y caracteres; relií|iiias de santos; piedra 
imán; cabellos, cintas y polvos; candelillas, redomas, ollas j 
vasos de agua, alfileres, etc. Aparecieron muchas alum- 
bradas, mujeres que hacían milagi'os, recibían favores del 
cielo, tenían visiones y revelaciones, sabían lo que pasaba 
de tejas arriba y de tejas abajo, adivina1)an y ¡)redecían, 
dal)an fructuosos consejos y sanaban á los enfermos. Co- 
sas eran estas que alarmaban á las conciencias timoratas 
y alguna vez impulsara á los ministros de la Inquisición á 
considerar y averiguar si la nuijer favorecida con tales vir- 
tudes albcTgaba en su alma y en su corazón el ef^píritu y 
experimentaba los arrobos de ángel de luz ó de dnfjel de 
tinieblas. Las mujeres iluminadas constituían por sí solas 
una plaga ^^\ 

Cclel)re fue en el indiano hemisferio la titulada madre 
Angela ó Angela de Dios, cuyo apellido era Carranza, 
natural de Córdoba del Tucumán, (piien, ])asando al Perú 
y frecuentando los tenq)los de Lima, logi"ó (pie la tuviesen 
por santa. Para llenar con la mies católica los trojes del 
infierno, habíase valido (como suele) el de/nonio de una 
de esas mujeres que llaman beatas. Lo era la tucumana 
del hábito de San Aí^ustín. Era la mac^trd de la mis- 
tica, la abogada del pueblo, la mararilla del orbe: éxta- 
sis, raptos, inteligencias misteriosas con seres superiores, 
revelaciones, milagros. Juzgábase compendiado el cielo 
en aquella mujer. Yineulab;i l:i h'licidad de las personas, 



(1) Carta del ¡iKiiiisidor Andivs Juan Gaitán y edicto ¡iiquisitorial 
proiiiuliiado en Lima td año de IG'Jl insertos en la Historia del Tri- 
bunal del Sanio O/iciu de la Inqnisuión de Lima por D. J. T. Meilina. 

4. 



28 SUPERSTICIONES DEL RÍO £>E LA PLATA. 

el buen c'xito do los negocios, aspiraciones y empresas, á 
los objetos (pie sn nt i íieaba: rosarios, medallas, campanillas 
V rencerros, cuentas, pañuelos, espadas y dagas, papeles 
escrito- V íirnias, sus cabellos y muelas y uñas, sus enaguas^ 
vendas y paños teñidos en su sangre. Tan enorme era la 
cantidad de prendas santificadas y de amuletos, que, cuando 
el tribimal de la IiKiuisición publicó edictos mandando en- 
tregar todos los que hubiese en manos de particulares, se 
IK'uó con ellos una sala espaciosa. Sólo las cuentas y ro- 
sarios contábanse por millones: en diez j^ontijicados no 
distribuyera tantos la Sede Apostólica. Muchos llegaron 
Con su fama v celebridad hasta la misma Roma. En los 
quince años que la tal Angela de Dios ejerció su ministe- 
rio, escribió quince libros en materias teológicas, com]3ren- 
didos en quinientos cuarenta y tres cuadernos, con más 
de siete mil quinientas fojas. Tuvo engañados hasta á los 
virreyes y arzobispos. Era vana y arrogante, im2:>aciente, 
iracunda y codiciosa en extremo ^^^. Fallóse su causa en 
2U du diciembre de 1G94. 

Obra han sido del espíritu infernal las brujerías, los he- 
chizos y ensalmos, la Ijuenaventura, el prestigio y la ma- 
gia, la adivinación y el sortilegio, los agüeros, la simpatía 
y palabras, las visiones, todo hecho, en suma, ó todo fenó- 
meno, ya puramente imaginario, ya real ó ya sofisticado, 
que ofreciera condiciones, apariencias, caracteres ó inthcios 
de responder á una alteración del orden regular de las co- 
sas ante el criterio teológico. Ciertos accidentes raros del 



(1) Carla al Consejo do la Inquisición escrita por el inquisidor Fran- 
cisco Várela el L", de en(;ro de KiOó é inserta en la Historia del Tribu- 
nal del Santo Oficio de la Inqimicióii de Lima por D. J. T. Medina. 



CAPÍTULO lií. 2d 

liistorismo, ciertas onferniedacle.s nerviosas, no vinienjn á 
ser sino nianifestaeiones de la presencia de espíritus ma- 
lignos ó demonios (jiic ro(lcal)an (obsc><iónj 6 se* liai)ían 
introducido í posesión J en el cucrj») del ó de la paciente, 
á (juien estaban atormentand(K idea (¿ue tenía sus raíces 
en la gentilidad y el judaismo. El exorcismo era su re- 
medio. 

La relajación de costundjres, durante el siglo décimo- 
sexto, 2>i'('^<?iitiíbase con mayor desenfado aún que en la 
Península entre los poldadores del Nuevo Mundo. El 
clero se dejaba llevar de la fácil corriente desencadenada 
que al gusto convida con deleites, demostrándolo con so- 
brada notoriedad el crecido número de solicitantes en con- 
fesión que registran los anales del Santo Oficio ^^\ Co- 
rrían de boca en boca, á manera de sentencias, frases indi- 



(1) Á la .-ocirdad española de la época á que no> referimos en el 
texto, endereza los s¡<^ii¡(.'nte< conceptos un escritor ilustre de nuestros 
díjis, D. Gaspar Núnez de Arce: «Una moral laxa y acomodaticia 
bahía invadido todas las clases y condicione?, desde los favoritos y 
mairiiales de la corte, concusionar¡(v< y escandalosos, que cn-ían acallar 
el remordimiento de sus conciencias turbadas emi)leando parte de sus 
rapiñas en fundaciones y mandas piadosas, basta los salteadores de 
caminos, que resguardaban supersticiosamente sus pecbos, cerrados á 
la clemencia, con imágenes de santos y escapularios benditos. La per- 
versión era general; y como, cuando el cuerpo social se inficiona de 
malos buinores, llega á todos sus miembros el virus delelértH^, ni .•si- 
quiera el clero, encargado de la dirección de las almas, pudo preser- 
varse del pestilente contagio. 

* Como no (juiero lastimar los delicados y cjLstos oídos del bello 
sexo, que bonra este acto con su asistencia, ¡nvsr'tndo de ciiar casos 
abominables, que siiministra en abundancia hi historia de aquel sitjh 
(el XVII )y y tampoco evocare el recuerdo de crímenes cjcecrables é 
impioSy no sienijur castiyados como tuereciaUj cuyos ¡trocesos duermen 
en los empolvados leyajos de nuestros arcbiros.-» (Discurso inserto en 
las Mcínorias de la Jíeal Academia KspañolaJ 



30 SUPERSTICIONES BEL RIO DE LA PLATA. 

cativas Je un estado social nada ascético, de gentes mejor 
halladas con las comodidades y placeres de la vida terrena 
que con las prácticas austeras de la perfección cristiana. 
En Cfitc inundo no me veas mal pasar, que en el otro no 
me verás peiiar, era refrán valido entonces, que de España 
lo recil)iera gustosa la placentera América. Una beata de 
la Merced, llamada Francisca Ortiz, en Santiago de Chile, 
declaraba ante el comisario del Santo Oficio que realmente 
ella había i)rocurado siempre no verse contrariada en sus 
gustos, recordando que en España oyera muchas veces de- 
cir: en este mundo no me veas mal pasar, que en el otro, 
etc. Otra nmjer, Lucía de León, fué igualmente procesada, 
por haber dicho que los vecinos de Cuyo (Argentina), 
cuva c(jnducta se censuraba, se atenían acaso, para su go- 
bierno, al refrán : en este mundo no me veas mal pasar, 
etc. Jerónimo de Ortega, clérigo, confiesa haber firmado 
cédula al demonio, y que, arrochllado en medio del campo, 
ofrecíale coca, que para el efecto levantaba con sus manos 
en alto, invocándole en esta forma: tú, á quien dicen se- 
ñor del África, como tan poderoso, ayildame y dame 
fortuna, así en el juego como en amores. Clérigos segla- 
res y religiosos criticaban la apatía y cortedad de las in- 
dias. Fray Juan Prieto quejábase de que las indias fuesen 
desamoradas, manifestando que lo eran tanto, que de ordi- 
nario se veía oljligado á forzarlas. Fray Diego de Sana- 
bria, comendador de Esteco, en Tucumán, preciábase de 
payar bien los buenos servicios de sus confesadas, cuando 
á sus instancias le visitaban en su aposento. Fray Mateo 
de Alvíirado, en Tucumán también, contaba que, por la in- 
dolencia natural de las indias, tenía que llevarlas á empu- 
jones hasta su celda. Córdoba, Salta y Santiago del Estero, 



CAPÍTULO IIT. 31 

á mediados del sido drciinoseptiiiio, fueron teatro de las 
galanterías y aventuras del fastuoso y perfumado ol)is|>o 
de Tueumán Fray jMelchor Maldonado de Saavedra, que 
escalaba de noche las casas de las doncellas. Los procesos 
contra los propios comisarios del Santo Oficio ocupaban 
una buena parte de las horas de tra1)ajo del austero visi- 
tador Juan Kuiz de Prado. Entre los comisarios procesados, 
figura uno de los primitivos historiadores del Kío de la 
Plata, el arcediano Martín del Barco Centenera, que en la 
expedición del adelantado Juan Ortiz de Zarate habíase 
embarcado con bistre y mucha costa de hacienda. El fa- 
moso autor de la Argentina, que ejercía por el año de 
1589 el cargo de comisario inquisitorial en Cochabaml)a, 
fue condenado en j^rivación de oficio y multa, entre otras 
causas, por atropellar la jurisdicción real, nunitener ban- 
dos y conducirse con grande indecencia y escándalo, ha- 
ciendo púl)lica ostentación de sus aventuras amorosas y 
emborrachándose y abrazándose con las botas de ^'ino en 
los banquetes ^^\ 

La ruda condición marcial Mel soldado meritorio de la 
conquista en los desiertos, nada casto, malamente hubiera 
de recibir, por lo tanto, las violentas censuras que contra su 
conducta })iiva(la fulminara el encono y la ira de renci- 
lloso vicario. El de Santiago del Estero ^"\ capital antigua 
del Tueumán en la Argentina, enderezó las suyas á Fran- 
cisco de Aguirre, soldado valeroso, (pie había adíinirido alto 



(1) Véanse los procosos rcirist nulos en la Historia del Trifmnol 
del Sa)ito Oficio de la Iiuiuisiriñn dr Lima por H. J. T. Medina. Meni 
de (Viile por el misino autor. 

(2) Julián Martínez, clérigo, rieario de las j)rovine{as de Tueumán, 
Dioguitas y Juries y Argentina ). 



32 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

prestigio y fanin cu las guerras de Arauco, al lado de Val- 
divia. IIal)iiMido pasado al oriente de la cordillera délos 
Andes, para sujetar, como lo ejecutó con su acostumbrado 
brío y celtM'idad, los indios rebelados del Tucumán, se hizo 
cargo dv\ mando do la provincia. Concertado con sus ému- 
los, el malevolente vicario se propuso perderle, y, tras se- 
rias desavenencias y dis])utas, denuncióle á la Inquisición, 
formulando contra él nudtitud de cargos significativos de 
su impiedad y herejía. Confesó Aguirre llanamente, entre 
otras cosas, haber dicho: que era mayor el servicio que se 
liacía á Dios, procreando mestizos, que el pecado en que 
se ineurría: que ningún sacei'dote podía menos de estar 
amancebado, so pena de cometer otros delitos más feos: 
que si se viese en la alternativa de desterrar á un herrero 
ó á im clérigo, antes desterraría al clérigo que no al he- 
rrero: que la misa estaba de más, porque Dios sólo miraba 
los corazones: que él comía carne en días prohibidos, por- 
que no vivía en ley de tantos achaques: que en su gober- 
nación del Tucumán no había más papa ni obispo que él: 
que las excomuniones solamente eran temibles para los 
hombrecillos: y que él había conocido un hombre que re- 
zaba mucho y se fué al infierno. Habiéndole excomulgado 
el ciu-a vicario, el gobernador Aguirre contestó que en Tu- 
cumán no había más excomulgado que el cura yicario: que 
en todo caso consultase al puel)lo, y si, con arreglo á su 
opinión, le quería absolver, que le absolviese. Preso Agui- 
rre, fué conducido á Lima con barra de grillos y á lomo de 
muía (más de quinientas leguas). Ni sus eminentes servi- 
cios á la corona, ni la dignidad de su mando, ni su edad 
ya casi se])tuagenaria, fueron parte á librarle de una con- 
dena tan humillante como arbitraria, precedida de ocho 



fArÍTí'i/) I ir. 33 

años consecutivos de sufViniiciitos físicos y morales en las 
sombrías cárceles del terrible ti-¡lnin;il cnijíedeniido, cuya 
conducta censuro con severidad, })()r lo injusta y desarre- 
glada, el visitador Ivuiz de Prado '\ IVro, á t(xlo esto, ¿ no 
creería uno estar oyendo en los asj)eros labios del soberlno 
conquistador de Chile y de 'J'ucunian los mismos dicluira- 
chos que á ley de frases retoricas espetan boy día á la 
muclie(hnnbre oradores y escritores populacheros? YÁ niodo 
que ha tenido antaño el hombre de pensar, y sentir, y de 
obrar y expresarse, no ha variado tanto como pudieran 
quererlo significar los cam])ios de instituciones. 



(1) Colección , de Documcntns i ni di tos del A rehiro dr Indias ix)r 
D. Luis Torres de Mendoza y otros, ó Iíist')rin del Tribnnil del ^nto 
O/icio dr la In'¡nisirióii en (^hilr por D. J. T. Me l¡ii:i ' extractos del 
visitador Kuiz (le Pnido). 



CAPITULO IV. 

Gualicho y Añanga. 



Sumario. — Personificación de las fuerzas de la naturaleza. — Su 
interpretación gentílica por los vates. — Inteligencias maléficas.— 
Teogonias: unidad de los elementos que las integran y de las 
fuerzas naturales. — Añacuá ó añanga de los guaraníes y gualicho 
de los pampas conviértense en microbios. — Estragos que causan. 
— Las chinas se afanan por exterminarlos. — Gualicho en las tol- 
derías de] indio castiga con terrible severidad á los que faltan 
al deber sagrado de la limosna. — El mal y el bien en el mundo 
moral y ei\ el físico. — Las divinidades indígenas á los ojos del 
misionero. — Oportuno uso de voces indígenas castellanizadas re- 
ferentes á las teogonias del indio. 



El hombre, en los albores de la vida, supone inmediata- 
mente enlazados á inteligencias ó poderes superiores é 
invisibles los hechos y fenómenos que en el orden físico 
se cumplen, á virtud de las fuerzas de la naturaleza que 
los informan, respondiendo á leyes que, establecidas por la 
mente suprema, rigen el movimiento y equilibrio del uni- 
verso. Todos creen (los m(]io^) que las fuerzas y el bien 
son en el cielo, decía Cristóbal Colón, desde las Antillas, 
en carta a T.uis do Santangel^^'. El soberbio guaicurú, ava- 

( 1 ) Cohcción de los Viajes y Descubrimientos que hicieron por Mar 
los Españoles desde fines del Siglo XV por D. Martín Fernández de 
Navarrete. 



CAPÍTULO IV. 35 

sallador do las naciones circuiivccinas, en el Chaco, salía 
denodadamente al encuentro de las tormentas, re<]!;idas por 
los demonios, á (jiiienes creía vencer y abatir, ol)ligándolos 
á sepultarse de nuevo en la nes^a mansión de los al)ismos 
que los vomitara. Diversas generaciones guaraníes alejaban 
las pestes y otras calamidades cí)n algazara y con el canto, 
acompañado este del ruidoso sonido del harnea fmbaracd, 
calabaza con chinas dentro). Las tribus de la región pata- 
gónica procedían de la misma manera. Los pampas, cuando 
advertían los síntomas de alguna enfermedad ó les amena- 
za! )a algún peligi'o, se armal)an de todas sus armas (lanzas, 
l)olas, cuchillos, garrotes, lo que habían á las manos), mon- 
taban á caballo, y, prori'umpiendo en gritos desaforados, 
arremetían contra el invisible enemigo y no dejaban de 
asestar golpes al aire hasta que se persuadían haberle 
echado de sus toldos. 

Aun el hombre culto, por instinto y por hábito, se inclina 
á personificar, y metafóricamente lo hace á cada paso, 
las variadas fuerzas de la naturaleza, en especial cuando la 
máquina del mundo oculta sus resortes. Los poetas (que 
ejercitando })rimor(Ualmciitc la faculta<l imaginativa, revis- 
ten sus conceptos de formas pci-egrinas y metafóricas) hanse 
convertido, consagrados por el numen (pie los inspira, en 
apóstoles universales de esta interpretación idolátrica de 
la naturaleza, (pie esconde su modo de obrar y su destino 
á los ojos del limitado entendimiento hiunano, ávido de 
levantarse á mejor y más amplia esfera que la estrecha y 
mísera (jue le encarcela en el planeta. La nnisa de l:is 
sociedades cristianas ha hecho sentir y hablar á los pro- 
montorios y á los ríos por boca deCamoens en el tormen- 
toso cabo de Buena Esperanza y de Fray Luis de León en 



30 SUrEüSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

el Tajo protVtizaiulo la perdida de España al confiado 
Rodrigo. 

Es i'l ser humano, para todo pueblo naciente, objeto pri- 
mordial del orbe, la meta a. (pie se dirige y en que termina 
ordinariamente el universal ccmcierto, á que cooperan bajo 
el gobierno de la divinidad aquellas inteligencias. Hay, em- 
j>ero, intelig(MU'ias maléficas, que conspiran á destruir ó 
alterar este concierto en daño del hombre, á (piien de todos 
modos pei'siguen. Estas inteligencias son engendros del 
genio del mal, del diablo, que cada pueblo concibe en con- 
formidad a las coiidiciones del suelo en que vive y de sus 
tradiciones indígenas ó advenedizas. El conjunto y modo 
de obrar de las inteligencias que gobiernan en uno íí otro 
sentido el orbe, constituye las teogonias, imaginaciones for- 
jadas por la mente colectiva de las sociedades que van 
despertando a la vida del espíritu. En medio de la multi- 
plicidad de inteligencias que pueblan el mundo imaginario 
de las sociedades primeras, propende el espíritu á la unidad, 
(pie á la postre alcanza, atraído por la armonía que reina 
entre el orden físico y el moral. Así como las fuerzas de la 
naturaleza tienden á la unidad, manifestándose a fuer de 
modificaciones de una fuerza tánica y fundamental que obra 
incesantemente })ara dar forma ó vida á los objetos; de la 
propia manera las inteligencias que componen el mundo 
imaginario de los puel)los gentíKcos y primitivos, propen- 
den á reconocer la existencia de un ente soberano que las 
rige y avasalla. 

Hay, j)or tanto, notoria identidad entre las fuerzas de la 
naturaleza y las inteligencias que imaginó el hombre pri- 
iniliví). Estas inteligencias ó agentes invisibles, por lo 
general son antropomorfos. Mas á veces tienen la forma de 



CAPÍTL'hO IV. 37 

ciialí|uiera otro sor animado de la naturaleza. Así, por ejem- 
plo, ahniKjd, (pie era el diablo de los guaraníes, tenía |)ara 
algunas generaciones la forma de un insecto í aj/acnid ó 
añacucí, í\\'á\)V) ternezuelo ), (pie hacía tinit») daño en las 
nn'eses, y, lo (jue es más gi'ave, en el cuerpo del hombre, 
Cierno los terribles microbios (pie diezman la-; poblaciones, 
especialmente si han salido de las lj(jcas del Ganges, del 
Kilo 6 del Misisipí. 

El V. José Guevara, tratando de lo^ lul''s, (pie eran in- 
dios salvajes moradores dd Chao, dice del at/acud ipie 
era un f/on/ojo del campo, que, á parte de otras diabluras, 
se entretenía en mortificar al hombre, introduciendo en su 
cuerpo diversos elementos de destrucción que le causaban 
el dolor y la nuuTte^^^. Iba este diablillo armado, á lo 
indio, de arco y flechas. 

Mas el af/acud de los hiles no es, en substancia, otra 
cosa que el añacud de las demás generaciones guaraníes 
(á cuya raza seguramente }KTtenecieron aípK'Uos). ^u figura 
de (joryojo del campo, ¿4^^^^ ^'-^ '"^^'^^^ ^^'^'^ ^^^' '«*^ infinitas 
transformaciones que ha sabido tomar y toma el diablo de 
los indígenas todos del Nuevo Mundo, ])or su índole y con- 
diciones idc'ntico al espírilii maligno de los eristianos, (pie 
todas las regiones del globo tiene invadidas y contaminadas? 
Aijacjid, anacudy añanyd son formas varias de un mismo 
vocablo. A/laiif/a decimos, castellanizada la voz. La lengua 
cast(>llana, del proj»io mo(lo (|ue la portuguesa, á la po>tre 
conviei-íe en llanas las voces agudas (pie se asimila. Por eso 
también los bi-nsilcnos dicen comúnmente c//"/í7 ;///</, sin jx-r- 



(l) Historia (le la Conijuista thl Parnrumi/. Hio de la Pinta ;/ Tu- 
cunnin. 



38 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

juicio (Ir proiuiiu'iiir, cuando les place, afíangd. Vivas aún, 
bien que luoiibuiulas, subsisten en parte de la Argentina 
(Corrientes, ^Misiones), en el Paraguay y en el Brasil las 
lenguas guaraní y tupí, una y otra originarias del mismo 
tronco y solo diferenciadas entre sí por accidentes análogos 
á los que distinguen la portuguesa de la castellana. Las di- 
ficultades que ofrece el penetrar bien el sentido de las pa- 
labras en boca de gente bárbara, lia impedido á los misio- 
neros (que eran los que regularmente averiguaban estas 
cosas) juntar datos precisos que sirviesen para determinar 
la naturaleza y cualidades ó atributos de las divinidades 
indígenas. Añaiiga, gualicho, zo])ay significan respectiva- 
mente el maligno espíritu entre guaraníes, araucanos (in- 
clusos los pampas) y peruanos. Añacud ó ayacuá es un 
dial)lill(), un diablo diminuto é imperceptible entre los gua- 
raníes, que para algunas generaciones lia tomado la forma 
de un gorgojo del campo. Aílangapüanga es otra manera 
de dialjlo, el diablo colorado (pitavg) ó ardiente, por la si- 
militud del rojo y de la llama. 

La idea de un viviente diminuto é imperceptible (de un 
viicrohio) productor de enfermedades en el hombre y en los 
animales, sin duda ha sido general entre los bárbaros del 
continente americano. Tal era, á lo menos, la imaginación 
reinante entre los indios de las regiones comprendidas entre 
el Plata y el Onnoco, entre los del Chaco, de la Pampa, 
de la Patagonia, de Arauco, de la Tierra del Fuego. El 
gualicho de los pampas se halla en las aguas pútridas de 
los pantanos ú otros receptáculos, como las desemboca- 
duras de los gi-andes ríos que forman deltas, en las frutas 
nocivas, en las yerbas venenosas, en las emanaciones dele- 
téreas de toda índole, en los cerrados bosques sin ventila- 



CAPÍTULO ÍV. 39 

cíón, en el aire que respiranics viciado ]^or eiialquior causa 
accidental, en el cráter de los volcanes, en donde se aglo- 
mera mucha gente, en torno <le ranchos y de tapera.'^, en 
los árboles secos y vetustos que ha aishido la suerte, cual 
si de ellos liuyese la vida. Introducido en el vientre, le hace 
doler; introducido en las piernas, las paraliza; introducido 
en los ojos, los ciega: en los oídos, los ensordece: en la len- 
gua, priva del habla ^^\ Los pampas y los charrúas, em- 
badurnados con gi'asa de yegua ó de nandú (avestruz) y 
amontonados bajo un toldo, hondjres, nuijeres, chicos y 
gi'andes, perros y gatos, comían y dormían entre un infi- 
nito mundo de microbios: ni sns narices advertían lo más 
mínimo que pudiese desagradar, ni habría mod(j de liaeerles 
entender (si uno se lo propusiese) el significado preciso de 
la palabra nauseabundo. \a\ catinga (hediondez, peste), 
para ellos, era algo parecido á la fragancia del azahar 6 del 
nardo. Las madres acomodaban á los recien nacidos en 
una armazón de tal)litas de caña tacuara, amarradas con 
tientos (tiritas de enero) á dos listones paralelos. Por 
uno de los extremos los listones formaban ángulo, termi- 
nando en punta, á fin de (pie, clavada en tieira la armazón, 
(piedasen libres y pendientes los nuislos y j)iernas de la 
criatura, afianzada solamente desde la cintura hasta los 
honderos y de espaldas. De ese modo las madres podían 



(1) Expedición (i la sierra de la Ventana por D. PtHlro Andrts 
(í.'uvíii (18J1), en Iji Calece. Ámjelis: 1). Ijicio V. M;uir>ill:i, Cna 
Excursión á los Indios lian(¡neles; I). Manuel J. Ohisroaixa, La (on- 
(¡nista del Desierto. 

Con razón I). Juan Valera, lial)lan(lo. on carta al autor, ilrl at/a- 
cuá (le los líuaraníes, li» eonii)aral)a íestivanu'ntc á los microbios de 
M. Pasteur. (Xneras Cartas An)eric(¡nas.) 



40 su^í:RSTr^ro^'E.s DriL vdo de La í^íatá. 

ocupa rso en sus fnenas (que oran niucbas, pues todo lo ha- 
cían })ara ollas y para sus oonipañoros ó maridos, esencial- 
nionto porozosos y Iiaraganos), al paso que sus hijuelos, 
estirando y saeudiendo las piernitas, favorecían el des- 
arrollo de su nuisculatura, entretenidos en mirar el campo, 
los caballos y perros, y rodeados de moscas. Cuando los 
indios se ponían en marcha, las madrees echaban á la es- 
palda la susodicha armazón, y la presión continua que ha- 
cía en el fondo de ella la parte posterior del cráneo, daba 
por resultado que á la larga se les aplastase. De ahí que 
í'l indio pampa tenga achatada la parte posterior de la ca- 
beza. Pues bien : tan luego como la criatura podía andar 
y sostenerse, prendían fuego á la armazón que le sirviera de 
cuna. El objeto de la quemazón no era otro que destruir 6 
matar ct (jualicho, como si dijéramos los millones de mi- 
llones de microbios que sin duda alguna albergaría un 
nnieble de caña y correas que durante mía porción de me- 
ses consecutivos, sin solución de continuidad, había ido al- 
macenando toda la innumdicia que se desprendiera del 
cuerj)ito del incUo. Si no destruían el gualicho de que el 
nmeble (piedalja infestado, creían firmemente que hijo y 
madre habían de ser víctimas de enfermedades y desgracias 
inevita])les. Les acarreaba el desprecio y aborrecimiento de 
los demás, quedando condenados á vivir eternamente per- 
seguidos y maltratados, como si estuviesen contaminados 
por el demonio. 

El mal en el mundo, sean cuales sean las formas con que 
se presente, responde á causas que más ó menos remota- 
mente se hallan enlazadas con las fuerzas de la naturaleza, 
que, obedeciendo á las leyes impuestas por el supremo or- 
denador de las cosas, mantienen el equilibrio universal. El 



CAPITULO IV. 41 

liomljro, empero, atendiendo sólo á los efectos y causas in- 
mediatas, considera el mal como una perturbación, como 
un trastorno de las leyes (que son necesarias, constantes) 
del organismo (¿ue mantiene y mueve el universo. El ge- 
nio del mal, j^or tanto, mirado bajo un respecto como ele- 
mento de destrucción y desorden, es en realidad un agente 
del bien, uno de los resortes que concurren á hacer efecti- 
vas y eficaces las leyes de la vida en el orden físico y en 
el moral. 

La mortandad de criaturas, entre los indios, es infinita: 
mueren como chinches. Cada familia en su toldo, es un ha- 
cinamiento de inmundicia: verdadero gualicho que mata 
la gente. La comida no es menos higiénica que el cuidado 
de la persona: carne de yegua medio cruda, ó de cualquier 
bicho que atrapa su hambrienta perrada, grasa de nandú, 
yerba mezclada con azúcar ( que mastican ), aguardiente 
( pues son muy borrachos ) y tabaco. Una de las enferme- 
dades (jue más estragos han hecho éntrelos indios, ha sido 
la viruela: pavorosa deidad de la muerte, (pie dejaba sin 
hijos á las madres, cuando no arrastraba á todos a su lú- 
gubre mansión, dejando desiertas las tolderías. Si (lo (pie 
era muy frecuente) había vn los toldos alguna cautiva, al 
momento le achacaban la desijjracia. — ; Cri.sHana ccJiando 
(jualiclin! gritaban con furia infernal; y la infeliz moría 
martirizada. Huccnvú ó Jfnccufá era el Luzbel ó 8ata- 
nás que, suscitado por el cristiano, enviaba al indio los 
agentes del mal. Ll diablo ó (/iidllc/to (corrupción de Ifiu- 
cunl ó ¡[uccufú) anda diversificado por el nnindo, ha- 
ciendo daño por mil medios, c(.)mo los innunicral)les demo- 
nios arrojados al abismo que á manera de nú(.'robios han 
quedado en el aire. Estos seros malditos cuinplí;in, en vir- 



42 SÜPÉRSTrCION*ES DEL Ilfo DE LA PLATA. 

tiul de SU propia inaldiul, una función terrible que, sin que- 
rerlo, obstaba al (|uebrantamiento de las leyes del orden 
moral, ofreciendo un concepto verdaderamente original, que, 
ptn- lo bárbaro y sorprendente, merecería la calificación, si 
puede decirse así, de sublime salvaje. Quien faltaba al 
deber sagrado de la limosna, estaba expuesto á las vengan- 
zas de JInccuní, que en este caso hacen estremecer. «Ja- 
más dejes de suplir la miseria ajena, decía á su nuera la 
mujer del feroz Calvaíñ; porque Huecuvil tiene emisarios 
que disfrazados de pobres piden limosna, y si se les des- 
precia ó niega algo se vengan en las criaturas dándoles 
onapuc ( veneno), para hacer derramar lágrimas á sus pa- 
dres. » '^^ 

YA mal, del mismo modo que el bien, se presentan de 
infinitas maneras en el mundo moral y en el físico. Así 
en grado como en forma, son las manifestaciones del mal, 
en la naturaleza y en la vida, múltiples. Con frecuencia asi- 
mismo el mal se halla asociado al bien : el bien y el mal 
relativamente al hombre, se entiende; que el bien y el mal 
en un orden superior no cal^e concebirlos unificados, puesto 
que esencialmente se excluyen, ni el mal existe en abso- 
luto. Personificadas por el hombre primitivo las fuerzas 
de la naturaleza y los móviles de las acciones humanas, ha 
de resultar necesariamente un conjunto de divinidades ó 
seres sobrenaturales diversos en forma, en poder y en ín- 
dolí' y atributos. Unos serán buenos, otros malos, y los 
habrá que reúnan ambas cualidades. 

Las manifestaciones aparentes del concepto que de la 



(1) Paine ij ¡a Dinasita de los Zorros (sucesión de caciques raii- 
quele») por V. Estanislao 8. Zeballos. 



CAPÍTULO IV. 43 

divinidad tenían los indios salvajes, eran, á juicio de los 
misioneros v de todo Ijucn cristiano, artes diabólicas. Así 
el (jualiclio de los pampas y de los araucanos, el ahanya 
de los guaraníes y otros muchos entes fantásticos, no fue- 
ron sino el d labio j que lia querido extraviar y dominar á 
estas generaciones indígenas. Las noticias transmitidas por 
los misioneros han sido la fuente más inmediata á su ori- 
gen, como (|ue los i)i*opagadores del Evangelio se comuni- 
caban íntimamente con los indios que reunían en torno del 
signo de la redención del genero humano. Mas, á fuer de 
soldados de la milicia de Cristo, poco se afanaron por in- 
dagar las cosas buenas (jue los dioses de los gentiles pu- 
dieran ejecutar (aunque en realidad de verdad no debieron 
ser muchas ni muy señaladas), contentándose, por lo ge- 
neral, con dar á conocer al más ladino entre ellos, á a(piel 
á quien el sacerdote, hecliicero ó mago indígena invocaba 
y consultaba en sus desvarios e imposturas. Este dios más 
sacudido era el diablo ; pues, mediante él, los indios perse- 
veraban en las reprobables idolatrías que les inculcara, y 
los magos ó hechiceros que desempeñaban el sacerdocio 
recibían de él sus ins[)iraciones. 

Kl lenguaje rioplatense lia cistcllanizado diversos voca- 
blos ([uichuas, ai"aucano-|)am]):is, guaraníes y africanos '^^. 
Su us(> importa á la mayor precisión de las ideas. Ésta y 
a([uella voz (jUc cu castellano eorr(»spondeii á diabhK por 
ejemplo, expresan ideas análogas, piro no idénticas. Por 
tanto, cuando se hable del dialtlo de los pampas, cumple 
divlv (/(((dicho, y cuando del de los guaraníes, <'^7r7//</<^ i'tc. 

La abundancia de voces para expresar una misma iilea, 

(1) Véase la liilrotluccinii dil íucibulurio Iiioplatensc del autor. 
5. 



44 SUPERSTICIONES DEL KÍO DE LA PLATA. 

sin qwo al*j.una diferonda, aunque no sea sino modal, la di- 
versifunu'ju) arguve propiainente riqueza ni menos perfec- 
ción de leniíuaj(\ I^a ricpieza y perfección consisten real- 
mente en (pie á ninguna, cosa del mundo físico ó del moral 
les falte expresión breve, clara y eufónica, por cuyo medio 
penetre con facilidad en el entendimiento de todos la idea 
que un(^ se propone comunicar. La concurrencia de tér- 
minos homólogos en una lengua puede tener causas diversas. 
Unas son meramente accidentales; y entre estas se cuenta 
la asimilación innecesaria de voces exóticas, cotno sucede 
cuando, teniendo en la propia lengua nombre adecuado una 
cosa, se hace uso del que lleva en un idioma extraño. Esto, 
que en general procede de ignorancia, es un mal. Pero á 
veces la concurrencia de términos homólogos dimana de 
los orígenes diversos que tiene la cosa que representan. La 
idea de brujería, de hechizo, del diablo, hallaráse expresada, 
según los casos, ora con las palabras propias de nuestra 
lengua: diablo, hechizo, brujería; ora con la voz pampa 
castellanizada gualicho; ora con las guaraníes añanga y 
payé; ora con la quichua huacanque ó guacanque ; ora 
con la africana mandinga. Los nombres castellanos se 
usan necesariamente en el lenguaje culto. En estilo familiar, 
y sijbru todo entre la gente del campo, suele decirse gua- 
licho, añanga, payé, guacanque, mandinga. 

Gualicho, j)ciyé y mandinga expresan los tres conceptos 
de diablo, brujería, hechizo. Payé significa, además, he- 
chicero. Añanga equivale á genio del mal, aunque algunas 
de sus acciones no tengan precisamente por objeto dañar 
al hombre y á los animales, ó alterar el orden de la ña- 
tumi c/.a. 3landinga es, más })ropiamente que diablo, 
duende. Su residencia ordinaria es el hogar. Huacanque ó 



CAPÍTCTLO IV. 45 

guacanquc roprosontn on general la i^íca de brujería; mas, 
en partieular, eijinvalc pi'opiaincntc á talisináii ó eneanto. 
El (jiie es afurtiniado en el amor, en <•] jiici^'o, en los eom- 
bates, con segnridad X^wxw (juaccnupir. (Juacanfiuc G Jiua- 
canquc son, por ejemplo, h\>^ plumas de cahuré que lleva 
consigo aquel a (piien no hay nuijer que le desaire. ¿Qué ca- 
rrera no ganara? ¿(¿ue carta oportuna para el triunfo en el 
juego de naipes no vendrá á sus manos? ¿(¿ué cuchillada 
no tajará la oreja del adversario? Del muy afortunado en 
el juego se dice (pie ücne Jiuacanquc. Fai/r {^n el Paraguay, 
Misiones y (\)rrientes, significa lo propio que guacanquc. 
«Este individuo //V//r yvrty/r, » dicen de a(|uel á (piien la 
suerte favorece con hartii frecuencia. Tener^j^^yr 6 (juacan^ 
que equivale á ser poseedor de un talismán con cuyo auxi- 
ho supera las nrayores dificultades que no son capaces de 
venc3r el esfuerzo, inteligencia é industria ordinarios del 
hombre. Quien tiene pdyé <> hiiacanquc es casi un mago. 
Lo regular, })ues, y más conforme á la vei-dad histórica 
y á la propia significación de los vocablos será usar, caste- 
llanizados, los nombres que tuvieron en sus respectivas len- 
guas las diversas ideas que en onlen á las cosas imagi- 
narias ó preternaturales tenían formadas los guaraníes, 
chaípienos, pamj)as, patagones, fueguinos, araucanos, pe- 
ruanos, etc. De esa manera el concepto será más verda- 
dero, más exj)resivo, más cabal; al paso ipu' l;i lengua cas- 
tellana, la lengua di'l legítimo poblador de América, se en- 
ri(piecerá más y más v^m determinado númei'o de voces 
(pie llevarán iinpre-a la forma (pie les impuso el troípiel de 
su antigua dominaciíai p )r el nuuido, euyo brillo glorioso 
no tiene igual, ni parecido, en los anales de la historia. 



CAPÍTULO V. 

Médicos indios 



Sumario. — El primitivo médico es hechicero. — Enfermedades, cosa 
de brujería. — Hechicero, á la vez que adivino y sacerdote. — Pia- 
ches del Orinoco. — Magos del Río de la Plata: modo de inspi- 
rarse y de conjurar: sus maravillas: sus penitencias. — Semejanza 
de sus prácticas con las de los santones del continente asiático.— La 
magia en la España árabe. — Aborígenes del Misisipí: su modo 
de curar: como los del Orinoco y del Plata. — Boratios de Vene- 
zuela: cómo curaban. - Indios de la Florida: su modo de curar. 
— El genio del mal: causante del dolor y la muerte: de qué me- 
dio se vale para producirlos. — Cómo extrae el hechicero las cau- 
sas inmediatas del mal. — Identidad de creencias del hombre pri- 
mitivo, en todas partes, respecto á las causas de las dolencias hu- 
manas. — Chupadores y sajadores. — Ventosas é hidroterapia cha- 
rrúas. — Las chinas paren á la orilla de un río. — Yerbas y fár- 
macos de los pampas y pegüenches. — Modo de ahuyentar al 
gualicho. — Médicos araucanos. — Médicos del antiguo Perú. 



Los médicos, entre las sociedades salvajes, han sido 
siempre los hechiceros, como que, para ellas, toda dolencia 
humana, lejos de proceder de causas naturales que por me- 
dios idénticos pudiese ser combatida, no es sino cosa de 
brujería, que sólo podrá deshacerse por personas que de 
una manera ó de otra tengan comunicación ó pacto con el 
diablo ó genio del mal. El hechicero reunía al mismo tiempo 
la cualidad de adivino y el oficio de sacerdote. Los jpia- 



CAPÍTULO V. 47 

ches, de mucha fuma oii las regiones que ])aña el Orinoco, 
ei'an a la vez sacerdotes, adivinos y hecliiceroH. Para infun- 
dirse el espíritu de entusiasmo é inspiración que necesi- 
taban en las ocasiones más arduas, internábanse en los ar- 
cabucos ó montes de mayor espesura, y con clamorosos 
alaridos y gesticulaciones estrambóticas y espantables, in- 
vocaban al demonio, que acudía á sus ruegos, asistiéndoles 
en el trance que motivaba el llamamiento. Contando ya 
con el auxilio del demonio, metíanse en oscuros bohíos 6 
chozas diputadas para oratorios. AUí, á fuer de oráculos, 
absolvían las consultas que se les dirigían, y sus consejos ó 
decisiones eran aceptadas como un fallo inapelable ^^\ 

En la propia forma, ni más ni menos, procedían los magos 
ó adivinos y hechiceros de todas las generaciones que ocu- 
paban el Nuevo Mundo. Los del Río de la Plata, metidos en 
lomas recóndito de un monte, donde se hallaba lachozuela 
que les servía de templo ó locutorio, enardeciendo su espí- 
ritu con abundantes libaciones de chicha, vociferando v 
brincando y haciendo visajes y contorsiones como un hom- 
bre que está fuera de sí, entre los bramidos del tigre y 
otros gritos aterradores de diversos animales, dirigían sus 
reverenciadas alocuciones al pueblo, que los escuchaba es- 
tupefacto. Eran árl)itros del bien y del mal, de la vida y 
de la muerte, de la fuerza de los elementos : hacían bra- 
mar y enfurecerse las fieras, desencadenarse las tempesta- 
des, alterarse los mares, crecer ó secarse los ríos y lagunas, 
inundar las tierras. Referían puntualmente lo que estaba 
pasando en lugares remotos y encantaban á una persona 



(1) Oviedo, Ilist. den. >/ Xa(. i/r las Jnil.; Las Casas, JIist.de las 
Jnd.; Ilerreni, Decadas. 



48 SUPERSTICIO^'ES DEL RIO DE LA PLATA. 

(lo modo (]uo no le era posible moverse, comer, dormir, 
hablar ni estar trancuiila sin que ellos se lo mandasen. 
Observal)an, para merecer el don de magia, rigidísimos 
ayunos v morl¡ílcal)anse con acerbas penitencias corpora- 
les, absteniéndose entretanto de todo genero de baños ó 
lavatorios. \^¡vKin desnudos y solitarios en lugares lóbre- 
gos, fríos V :!p;u'tados. No probaban otro alimento que el 
maíz tostado y el ai'diente ají ó pimienta. Andaban des- 
o-reñados, lariras las uñas, macerado el cuerpo, causando 
horror a las gentes, hasta que, desfallecidos y enajenados, 
recibían de la divinidad, que invocaban con sumo recogi- 
miento y fervor, la privilegiada facultad de hacer cosas es- 
tupendas 6 milagros ^^^. Como se ve, las prácticas de estos 
magos no se diferenciaban de las que observaron los dis- 
cípulos de Zoroastro, de las que siguen hoy los fakires ó 
santones en el continente asiático, de las que prohijara la 
Grecia y el Egipto, de las que extendiera en la Península 
la dominación arábiga. 

En una novela de Cervantes ^-^ figura una Cenotia, nacida 
y criada en Alhama, ciudad del reino de Granada. Salió 
Cenotia de su patria, huyendo de la vigilancia de los mas- 
tines veladores del católico rebaño, esto es, de los inquisi- 
dores. Su estirpe es agarena, sus ejercicios los de Zoroas- 
tro. ^- ¿ Ves, decía, este sol que nos alumbra? Pues, si para 
señal de lo que puedo, quieres que le quite los rayos y le 
asombre con nuiles, pídemelo; que haré que á esta clari- 



(1) El P. Antonio Kiiiz de Montoya, Conquista Espiritual del Pa- 
rnf/najj, I'aran>í, í'n(f///ni/ y Tujíp, y iníls especialmente, los PP. Lo- 
Ziino y ÍIiK'vara, 1 listona de, la Cottquisla del Paragiunj, Río de la 
Plata ¡j Tufumán. 

(2) PérsUes y Sigismunda. 



CAPÍTULO V. 49 

dad suceda en un punto escura noche. O ya, si quisieres 
ver temblar la tierra, [)elear los vientos, alterarse el mar, 
encontrarse los montes, bramar las fieras íi otras espanto- 
sas señales que nos representen la confusión (h'l caos pri- 
mero, pídelo; (jue tú (lucdaiás satisfecho y yo acreditada.» 

Los magos que la concpiista hallo en América tenían 
no pocos rasgos de semejanza con los (pie acompañaron 
á los nuevos ¡Habladores. Los magos advenedizos, como que 
se encontraron con hermanos de oficio, tomaron de ellos 
cuanto les pareció convenir á sus designios. Por eso se 
advierte en los ensalmos y hechizos y en las ceremonias de 
los magos criollos mucho de indígena mezclado con lo de 
tradición oriental y europea. 

Los aborígenes del Misisipí usaban los propios medios 
de curar que los del Orinoco, del Amazonas y del Plata. 
Todos curaban, más ó menos, de la misma manera: impo- 
niendo y pasando las manos á guisa de magnetizadores, 
soplando, sajando y chupando, operaciones que ejecutaban 
los curanderos má2;icos ó sacerdotes. 

Los boratios de Venezuela eran sacerdotes que reves- 
tían el triple carácter (común á todos los sacerdotes indí- 
genas) de adivino, de hechicero y de medico. Curaban á 
los enfermos inqxjsibilitados de levantarse de sus hama- 
cas por la gravedad de sus dolencias. Preguntaba el hora- 
fio al enfermo que le dolía, y luego si (pieria sanar, á lo 
que c'ste respondía (]ue sí. I Preguntábale en seguida si sa- 
bía que él lo podía curar, y el enfermo respondía que sí lo 
sabía. Respondiendo á todo (pie sí, eon persuasión íntima 
del [)od('r (jue tenía el hora fio j)ara dejarlo sano y bueno, 
empezaba la cura, ya tan favorablemente preparada. Por 
de contado mandaba el horntio (pie todos los de la casa 



50 SUPERí^TICIOXES PEL RIO DE LA PLATA. 

uv uñasen, permitiéndoles solamente comer un poco de ma- 
zamorra de maíz una vez al día, y eso rala. Esto proba- 
l)lemente sería una hábil precaución del curandero, para 
evitar que, comiendo los demás, cayese el enfermo en la 
tentación de liacei" lo mismo: conocía bien la flaqueza de 
la condición humana. Cuando le parecía, volvía el horatio 
y preguntaba al enfermo que es lo que más le dolía ó in- 
comodaba. Si decía que en la cabeza, por ejemplo, aplicá- 
bale á ella las manos, cerrándolas y abriéndolas y pasán- 
doselas por encima, como quien junta alguna cosa. Por 
último, cerrando apretadamente la mano derecha, soplaba 
en el puño, abríale y decía: allá irás, mal. Luego al punto 
rompía á gritar desaforadamente, atormentando durante 
dos horas ó más al enfermo. Cuando quedaba ronco de 
dar tantos y tan feroces alaridos, preguntaba al enfermo si 
se hallaba mejor. Si respondía que sí, recibía la paga y se 
iba. Pero si respondía negativamente, se metía con disi- 
mulo una espina li otra cosa aparente en la boca, y, chu- 
pando en la parte dolorida, escupía la causa del mal que 
hacía creer al enfermo tenía en el cuerpo. Si á pesar de 
todos estos arbitrios, seguía malo el enfermo, el horatio se 
disculpaba con el diablo, echándole la culpa de la inefica- 
cia de sus esfuerzos^' I 

Los indios comarcanos de la Florida, en la América del 
norte, curaban á los enfermos sajando la parte del cuerpo 
en que éstos sentían el dolor, si era en donde pudieran ha- 
cerlo, y chupando al rededor de la sajadura ^^l En esto no 



( 1 ) fíisforia Grrín-al ij Xatural de las Indias por Gonzalo Fer- 
iiáiulez (le Oviedo, riiblicada por la Heal Academia de la Historia. 

^(2) Xaufragios y Jornada á la Florida de Alvar Núñez Cabeza de 
Vara. 



CAPÍTULO V. 51 

se diferencia])an de las demás generaeíones indígenas del 
Nuevo Mundo. Curaban asimismo cauterizando con fuego, 
y soplando en seguida el cauterio. Luego, con las manos, 
hacían el ademán de echar afuera ó despedir de ellas el 
mal que simulaban ó creían haber sacado de hi herida. 
Tampoco en esto habí;i diferencia en lo substancial. Las 
causas del dolor y de la nuierte eran análogas en todas 
partes. Ni el dolor ni la muerte procedían de causas na- 
turales. El genio del mal introducía en el cuerpo del indi- 
viduo á quien quería hacer sufrir ó matar, instrumentos 
punzantes, cortantes ó roedores, 6 seres vivientes, que [iro- 
ducían el dolor y la nuierte. A veces las causas del dolor 
son invisibles; pero tienen siempre el mismo origen. I n 
mago ó hechicero, que tenía comunicación con el genio del 
mal, á quien invocaba en ocasiones graves para ejercer su 
ministeri(\ extraía con la boca ó echaba afuera con las 
manos las causas materiales ó invisibles de los padecimien- 
tos humanos. 

Sin duda alguna ha sido general en el mundo, aun en 
pueblos de cierta cultura, la idea de suponer causante de 
los males ó enfermedades del hombre á un agente perso- 
nal que le persigue y mortifica. Los judíos atribuían casi 
todos sus males al espíritu inmundo. Especialmente las 
enfermedades más terribles v extraordinarias eran obra 
del demonio. Por medio de los exorcismos creían ahuyen- 
tarle 6 librar á los pacientes de su maléfico influjo. Entre 
muchas gentes selváticas del crbeusan fórnudas, conjuros, 
ensalmos, cantos, succiones, so})los y estrépito de voces é 
instrumentos para hacer salir del cuerpo del enfermo los 
seres que le destruyen enviados por el genio del mal. 

El modo más constante, casi el modo ordinario que te- 



52 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

luaii los iiulíiiviias de curar las enfermedades en todo el 
continente americano, lia sido la succión mañosamente 
ejercida por liccliiceros (sus médicos), á fin de extraer por 
su medio las causas materiales del dolor: un insecto, un 
f^usano, una astillita, uua espina. Desde el estrecho de 
Magallanes, hasta el Orinoco, hase ya visto que le usaban 
multitud de generaciones. En la América Central y en la 
ilel Norte no pocas igualmente le han usado. Usáronle los 
panameños, los nicaragüenses, los californios, los flori- 
denses^^l 

En el lugar donde se hallaba, ó donde creían que se ha- 
llaba la dolencia, chupaban. Para facilitar la extracción ó 
salida de las causas del mal, solían también, antes de pro- 
ceder á la succión, sajar la piel en el punto en que debían 
efectuarla. Esto era práctica universal, que estaba en per- 
fecta armonía con el concepto que tenían formado de las 
causas inmediatas del dolor. Los chupadores ó sajadores 
aparecen en las tolderías del guaraní, del chaqueño, del 
pampa, del patagones, del fueguino, del araucano; apare- 
cen á las orillas del Orinoco, en las regiones bañadas por 
el Misisipí; aparecen en las tierras comarcanas al istmo 
de Panamá. 

Actualmente usan el arbitrio de la succión muchas de 
las generaciones que sobrevivieron á la conquista y pobla- 
ción de América, y consérvanse las ceremonias que acom- 
pañan á la operación misteriosa, como obra de hechicería 
que es para los indios. Los chiriguanos, avecindados entre 
Santa Cruz de la Sierra y Chiquitos (Bohvia) proceden 



(1) Véase la Ilisíoria General de América desde sus tiempos más 
remotos por D. Francisco Pí y Margal I. 



CAPÍTULO V. 53 

del modo siguiente. Fuman en una gran pipa, echando el 
humo á los enfermos, 6 bien les ehupan la parte dolorida, 
presentándoles luego una astillita, una ('S})¡na, un liueso ó 
un gusanillo, que de antemano se meten en la boea para 
hacer creer cjue los sacaron del cuerpo y que eran la causa 
de la dolencia ^'\ Esta es la |)arte de refinada bellaquería 
que se nota existir en t(jdo hechicero indígena, sea cual 
sea su esliij)e, desde el estrecho de ^íagal lañes hasta las 
márgenes del Misisipí. Usan además otro medio. El de 
expulsar con soplos ó ademanes apropiados la causa del 
mal, cuando es invisible como el espíritu maligno de que 
procede. 

Las causas ordinarias del dolor no son otra cosa, para 
el hombre de la naturaleza, (pie objetos materiales que en 
contacto con el cuer[)o lo des])edazan y destruyen. Raras 
veces podrá suceder que una sensación dolorosa no esté 
enlazada á un cuerpo material que la produzca. Pero el 
hombre de la naturaleza no desconoce asimismo que las 
sensaciones dolorosas pueden emanar de causas invisibles 
e intangibles, como el agente maleíico que las envía. Lo 
ordinario será, sin endjai'go, que el diablo dañe al hombre, 
introduciendo en su cuerpo instrumentos punzantes, cor- 
tantes y desgarradores, ó seres aniniados, que destruyan 
su organismo: un dardo 6 íiecha dimiiuita, un hueso, una 
espina, una pedrezuela, una astilla, un gusano, un insecto 
voraz y i'cpugnante. Algunos diablillos, como el (n/acud, 
que era un [lor(jojo del cain¡)o''~\ estaban armados de arco 



( 1 ) Las Misiones Franrismnas mire los Infieles de fíolirin por el 
R. P. Fr. José Canliis. 

(2) El I*. José GuevnrM, Historia de la Conquista del Paraguay, fíio 
de la Plata y Tucumán. 



54 SUPERSTICIONES DEL RIO DE I A PIATA. 

V ílocluis con que asestaban certeros y fáciles tiros a las 
personas que elegían }H)r víctimas. Cuando esto no bas- 
taba, enfurecidos, se abalanzaban al paciente, mordiéndolo 

V arañándolo con tal saña, que dejaban clavadas en él 
uñas y dientes. De alú que el cbupador, ora fuese el j^a^/d 
de los guaraníes ó el machí de los pampas, becliiceros que 
tenían ]xicto con sus respectivos añanga y gualicho^ apa- 
rentasen sacar de la boca, después de la succión, los gusa- 
nos, insectos, astillitas, flechillas, unitas, espinas, huesecillos 
ó dientecitos que el enfermo tenía en el cuerpo. 

Un historiador moderno ^^\ tomando como resultado de 
la observación de las causas y de los efectos en el orden 
natural las prácticas engañosas de los hechiceros, ha lle- 
gado á suponer cierto género de conocimientos terapéuti- 
cos en los aborígenes del Uruguay. Pondera las dotes ctil- 
minantes de ¡a raza que poblaba las comarcas uruguayas, 
de la que hace un retrato moral muy hermoso. Con tal mo- 
tivo asevera que los indios á que se alude conocían el uso 
de la ventosa (sic): chupaban C07i/z6<?r2;a la parte dolorida 
del cuerpo, hasta conseguir la inflamación cutánea. De 
donde resulta que la chupadura tenía por fin hacer afluir 
los humores á la superficie del cuerpo, ó bien efectuar una 
revulsión, como sucede con las ventosas que aplica la me- 
dicina. Tal idea supondría, con efecto, en los charrúas bas- 
tante buen criterio y algún estudio de la naturaleza. Pero 
lo que hacían los charrúas, como todas las demás parciali- 
dades indígenas del Pío de la Plata, era aparentar que 
extraían del cuerpo del paciente el maleficio que había 



( 1 ) D. Francisco Bauza en su Ilistoria de la Dominación Española 
en el Uruguay {2."^ ed.), 



CAPÍTULO V. 55 

introducido auaiuja ó (/ualicho; para lo cual h)> mé<lioos 
ó hechiforos (machíeí^, payés), quo en realidad de verdad 
eran unos grandes bellacos, llevaban disimuladamente en 
la boca, debajo de la lengua, como queda indicado, los 
gusanos, espinas 6 huesos que después de la succión mos- 
traban con aparato y farsas al enfermo y circunstantes'' . 
Chupaban con fuerza precisamente para hacer creer que 
trabajaban con afán por extraer el objeto 6 ser maléfico 
introducido por el diablo en el cuerpo del paciente, donde 
se había prendido, digámoslo así, con uñas y dientes. Uno 
de estos médicos dejo tuerta á la mujer del cacique Lin- 
c6n, de tanto chuparle un ojo que tenía inflamado ^■^. 

Supone asimismo el historiador impugnado que las mu- 
jeres de los indios iban á parir al río, inducidas de una 
idea que tuvieran formada acerca de los beneficios del 
agua, que aplicaban, junto con las fricciones, como método 
terapéutico, á todas las enfermedades en ambos sexos ^^\ 
Los charrúas fueron poseedores, según esta aserción, de 
un método hidropático. ¿(^ue dato histórico ó que deduc- 
ción invocara el autor en su apoyo, si hubiese de abonar lo 



(1) Kuiz <le Moiitoya, Conquista Espiritual del Purayaau, Parauú, 
Vniguay ¡j Tape. Lozano, Guevara, Historia de la Couquista del Pa- 
racjuaii. Rio de la Plata y Tucuuidn. 

{'^i) Diario de la Krjtediciñn noitra los ludios Teijüdclu's por el 
Capitán 1). Juan Antonio Ilcrnándt'Z (1770), en la Colección de Obras 
y Documentos del Rio de la Plata por D. Pedro de Ánjiídis. 

(ii) El Sr. Bauza se expresa a>í: -En el aeto de alumbrar, eehá- 
base al ai^nia la recién parida con su cría y después de esta operación 
la frotaba y calentaba contra su seno, nii(Mitras otras nuijeres la fric- 
cionaban á vWw. \'\Av método terapéutico de las fricciones y los baños 
era la principal medicación que conocían, aplicándola á toda enfer- 
medad iMi cual(iuiera de los dos sexos.» ( Jíist. de la Doniin. Esj>. en 
el Urufj.l 



56 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

que afinna? ¡Tinpo.-ible tarea! Lo que á las claras le condujo 
II suponer qne los charrúas usaban, por sistema curativo, 
el agua y las fricciones, ha sido el hecho conocido de ir á 
parir á la oriUa de un arrojo 6 laguna las chinas silvestres, 
como acostumbran aún hacerlo en la Patagonia y el Chaco. 
Pespues de parir, se lavan ó las lava su acompañante, si 
le tienen. Si no, ellas solas se despachan sin dificultad. 

El modo de parir de las charrúas hanlo tenido, no sola- 
mente todos los salvajes del Kío de la Plata, sino los del 
Bnisil y probablemente los de otras regiones de América. 
Ponense en cuclillas las parturientes en la orilla de un río ó 
de una laguna: paren: se lavan ellas y lavan á la criatura. 
LuesiO se vuelven á sus casas tan serenas como si nada 
les hubiera pasado. Eso de echarse al agua con su cría, 
parece demasiado arrojo. Los baños y fricciones á fuer de 
medio terapéutico, y aplicados á toda clase de enfermeda- 
des, estuvieron muy lejos de conocerlos y de usarlos ni 
los charrúas ni otra generación alguna indígena. Pero no 
es de extrañar que creyese ver sistemas curativos más 
ó menos semejantes ó algo parecidos á los que hoy co- 
nocen los pueblos civilizados, quien en la historia del 
Uruguay presenta contrarrestándose dos civilizaciones: la 
europea y la charrúa (!). Un estado de civihzacion arguye 
la existencia de una sociedad que, habiendo salido del 
natural ó salvaje, adquiere y posee nociones, costumbres y 
usos fundados en la ordenada a^^licación del entendimiento 
á la observación de la naturaleza y al estudio de las nece- 
sidades del hombre. En tal situación, no fuera mucho que 
los í)rimitivos ocupantes del Uruguay conocieran y aplica- 
ran metódicamente los benéficos efectos del as^ua, de las 
fricciones y de las ventosas en determinadas dolencias. 



CAPÍTT'LO V. 57 

Pero la realidad histórica no admite semejante supuesto. 

Magos, que reunían los atributos de sacerdote, médico y 
hechicero: que invocaban al demonio, haciendo ayunos y 
penitencias rigurosas para merecer que se les j)resentase y 
respondiese y comunicase el don de adivinar y curar las 
dolencias humanas y sujetar á su albedrío el poder de los 
elementos, aparecen acá y acullá entre las diversas gene- 
raciones indígenas que poblaban el Nuevo Mundo. Y apa- 
recen curando de un modo casi uniforme, como que todos 
ellos atribuían el dolor y la muerte á causas en substancia 
idénticas. Usaban algunos de yerbas, de cauterios de 
fuego, etc.; pero siempre acompañados de aparatos y vi- 
sajes y gritos ó del hablar entre dientes. Unos lo hacían 
soplando la parte enferma ó dolorida y pasando á C(^rta 
distancia de ella las manos con ademán de arrastrar v 
echar afuera alguna sul)stancia impalpable, como los mag- 
netizadores de nuestros días: otros sajando y chupando; y 
otros chupando solamente, y íhigiendo que sacaban del 
cuerpo doliente la causa del mal, que consistía en algíin 
instrumento cortante, punzante ó roedor, introducidos en 
él por entes análogos al ayacudáo. los hiles y wX (jaaUcho 
de los pampas ''\ 

Los ])nmpas y pegüenches tenían, aparte de los proce- 
dimientos mágicos, sus yerbas (pu* la Pampa v sierras de 
los Andes les ofrecían, y hasta sus compue-tos medicina- 
les. Usaban, con efecto, una bebida, (pie, por lo calmante, 
haría sin duda las veces de un te de malvas. Componíase 



(1) Oviedo, ///.s7. Gen. y Xuf. dr Ins huí.; L:is Cnsns, ¡list. de las 
Ind.: Tlcrrcra, Ih'rnd. dr Ind.; 'roniucmada, Mununiuiu Indiana; Ca- 
beza de Vaca, Jornala d la Florida, etc. 



58 SrPERSTICIOXRS DKL RIO DE LA PLATA. 

(le pólvora, jabón y piedra lipis ó vitriolo (sulfato de co- 
bre), disueltos en agua. ¿Qné (jualícho resistiría la acción 
urente de este fármaco? Si por fortuna se hallaba aquel 
al alcance de la mano, como en una llaga, de seguro no se 
les escapaba: metían en la llaga un puñado de pólvora: ó 
curarse, ó reventar. Ya se deja ver que tales procedimien- 
tos son modificaciones que los indios introdujeron en el 
arte de curar después de la conquista. Tampoco descono- 
cieron la cirugía, y, por ende, la anatomía y la fisiolo- 
gía. Así, por ejemplo, si la enfermedad era interior, abrían 
el vacío del paciente, cortaban un pedazo de entraña y se lo 
hacían tragar. Pero lo que da más envidia es ver á un en- 
fermo, debajo de un toldo de mantas ó ponchos, ya mori- 
bundo, rodeado de mujeres y hombres que por medios eje- 
cutivos y con infernal ruido de cascabeles y voces estentó- 
reas intentan ahuyentar á las deidades adversas (gualichos 
de otras generaciones ó de hechiceros enemigos) que intro- 
dujeron el mal, entretanto que el ó la médica se esfuerza por 
extraerlo, chupando la parte dolorida. El paciente contempla 
resignado esta baratlnda y aguanta el baqueteo, hasta que, 
vivo ó nuierto, sale de su cobertizo ^^\ Si no lo aguanta, y 

(1) Descripción de la Patagonia, diario de D. Antonio de Viedina 
(ITSü), en la Calece. Angelis. Expedición á los Tegüelclies, diario de 
D. Juan Ant. Hernández, en la misma Calece. He aquí cómo des- 
criíj»' la ceremonia de la expulsión del gualicho, en la viruela negra, 
un exacto narrador: 

Allí soporta el paciente 
Las terribles curucioiics ; 
PuoH, íi golpes y estrujones, 
Con los remedios aquellos, 
J.o agarríiii de los cabellos 
Y le arrancan los liiecliones. 

Mácenle mil herejías. 
Que el presenciarlas da horror: 



CAPÍTULO V. 59 



en su desesperación, huyendo, aplastado [)or la fiebre, cae 
al suelo, allí le ultiniaii á lanzadas. A patadas y j)urie- 
tazos, que por de contado recibe el paciente, echan de su 
cuerpo al maligno espíritu los indios de Tierra del Fuego ^^^. 

iJraina ol indio do dolor, 
Por Ifi» loniicnlos que pasa ; 
Y, unláiidolo todo en grasa. 
Lo poiifu á licrvir al sol, 

Y, puesto allí boca arriba, 
Al rededor le hacen fuego. 
Una china viene luego, 
Y al oído le da gritos. 
Hay algunos tan malditos, 
Que sanan con este juego. 

{La Vuelta de Martin FUrro por D. José Hernández.) 

(1) "Cuando un indio írcíiére-c ii los onas de la Tierra del Fuego), 
hombre o mujer, viejo ó joven, grande ó chico, se halla enfermo, se 
llama al módico, el cual hace colocar al enfermo á sus pies y después 
de repetidas fricciones en la i);ute dolorida, si ésta es, por ejemplo, el 
vientre, se pone encima de pie 6 de rodillas y lo pisotea híista más 
no poder. Cuando la parte enferma es la cabeza, las ospahhi- ó el 
hombro, etc., entonces se cambia de procedimiento, ivemphizando los 
pisotones con tremendos puñetazos, que el enfermo recibe con dulce 
resignación, pues los juzgan tan necesarios, que, si no pudieran reci- 
birlos, \{i:^ parecería faltarles el mundo entero. Es verdad que muchas 
veces la impaciencia del alma por abandonar el cuerpo la obbga á 
marcharse antes de que la operación termine; mas esto no es suficiente 
para que ellos cambien de sistema. Estáis operaciones van general- 
mente acompañadas de gritos, impnM'acion(>s, amenaza-, gestos y con- 
torsiones rich'cuhis para obligar al espíritu mahgno á huir; pues, según 
ellos, vive en oí cuerpo del enfermo. De e?to he sido yo mismo ti's- 
tigo, no una sino nmchas veces al día, pues á estn operación se sn- 
jetíin los enfermos, no sólo tvxlos los días, Ano varias veces durante él; 
y sino siempre, con frecuencia he logrado impedir ó aminorar tan 
bárbaros procedimientos. Como á jefe de la Misión se me presentan 
con frecuencia enfermos para (lue los opere á su manera; mas yo me 
contento con hacer el signo de la cruz sobre la izarte dolorida, y les 
despido aconsejándoles la templanza, á cuya casi absoluta falta debe 
atribuirse la mayor parte d(^ sus dolencias. " (D. José María Ik^auvoir, 
Presbítero, carta á sn snperior, «latada en Río (irande (Misión de iu 
Candelaria de la Tierra del Fuego) en el mes de octubre de lí^ííó y 
l)ubl¡ca(la eii el lioicini ."^alcaiano: Buenos Aires. "^ 



60 SUrERSTlCJONES DEL KIO DE LA PLATA. 

Los araucanos toiiíaii, de la propia manera que los 
j^anijxis, sus ntacJn'c.^ 6 maches, encantadores y hechiceros 
que ejercían el arte de curar por medios supersticiosos, 
como que atribuían á IIuccuvú ó Pilldn la causa de sus 
dolencias. Entre ellos había una clase á que daban el 
nombre de //í/í7/(V^ (nefandos), que llevaban por vestido 
una camiseta y un delantal llamado ¡mno, al modo de las 
nuijeres. Usaban el cabello largo y suelto, y las unas cre- 
cidas. Las ceremonias en el acto de curar eran semejantes 
más 6 menos á las de todos los pueblos salvajes del Nuevo 
^lundo. Xo había de faltar, siendo posible, una rama de 
su reverenciado canelo, valiéndose asimismo de la succión 
para extraer de la parte enferma el objeto destructor de 
la existencia que en él había introducido .Pilldn ■'^\ 

Con palabras y acciones supersticiosas, precedidas de 
algún sacrificio y suertes, curaban los médicos del Perú, á 
quienes daban los nombres de camasca y soncoyoc. Los 
sacrificios se hacían en obsequio de la persona que decían 
habérseles aparecido en sueños y dádoles la facultad y los 
medios de curar las enfermedades^ -I 



Cl) D. Francisco Núncz de Pineda y Bascuñán, Cautiverio FeliZ) 
y otroj». 

('¿) El 1*. Hernabí; Coljo, Ilisloria del Nuevo Mundo. 



CAPÍTULO VI. 

Condición moral del campesino rioplatense. 



Sumario. — Supersticiones y iiimjíÍíi en la península ibérica. — Preí^lo- 
niinio de la tradición gentílica. — Religiosidad del campesino rio- 
platense. — El paisaíio, ajeno de doctrina. — Influencia jesuítica. — 
Los párrocos: sus giras por la campaña. — Bendición de padres y 
padrinos.— Uso de escapularios. — Santiguase la comida. — Misas 
l)or las almas de los desiertos. — Velación de cruces. — Cruces en 
los caminos y en medio del campo, en jjasos y picculas. — Velorios. 
— Negros, pardos, indios, mulatos, mestizos y blancos. 



Aunque el grado de credulidad de las diversas castas 
varía, el ciuiiulo de ideas supersticiosas que poseen es 
idéntico: su origen casi totalmente europeo. Las supersti- 
ciones indígenas eran, en su mayor parte, idénticas ó nuiy 
parecidas á las de los nuevos pobladores, á las que Eurojni 
entera conoce, á las muy antiguas del Oriente. Respecto de 
las de España, que trasladé) éi América la conquista, cum- 
ple recordar (pie los godos, además de las suyas propias, 
recibieron las tradicionales del gentilismo que hallaron en 
la Península. Judíos y árabes introdujeron, bajo luievas 
formas, casi todas las mismas supersticiones orientales ([ue 
griegos y romanos habían aceptado siglos antes. Don 
Alonso X de Castilla, por sobrenombre el Sabio, reúne en 
torno suyo éi los maestros hebreos y arabo, (|ue tlesde las 



02 SUPERSTICIÓN j:s del nío de la plata. 

escuelas ile ToleJo, como ya antes lo hicieran las de Cór- 
doba y (í ranada, irradiaban libremente en la Península, 
entre la población cristiana, los brillantes resplandores de 
la ciencia del Oriente, hermanada por tales medios á la 
entonces no superior del Occidente. De ahí nació que en 
una ú otra ocasión y circunstancias aparecieran el Libro 
del Tesoro (atribuido al Rey Sabio, y que se supone obra 
posterior á su época), que trata de la piedra filosofal ó 
transnnitación de los metales en oro '^^, la xistrología Judí- 
ciarla compuesta en arábigo y trasladada al castellano 
por el físico (médico) Rabí Yeuda Mosca, la Fascinología 
ó Aojamicnto por D. Enrique de Villena^^'^, el Tractado 
del Ad crinar et del Arte Mágica por Fray Lope de 
Barrientos, y otros escritos de plumas doctas, tocantes á 
diversas ramas de la hoy tan favorecida ciencia oculta ^^\ 

(1) Comienza w.á\ 

Lloga'Iu la faiui á los mis oídos 
<iue eu tierra de Egipto im sabio vivía 
Con tanto saber, que facer podía 
Presentes los casos que no eran venidos 

In.-ertúle D. José Amador de los Ríos en el tomo 3.° de su Rís- 
ioria Critica de la Lilemtura Española. 

(2) Con el título de Tractado de la Fascinación ó Aojainienlo apa- 
rece este mismo libro, eu uu códice, como obra de Fernando de Rojas, 
ano de U(Á). (Historia de la Literatura Española por G. Ticknor, 
trad. por D. Pascual de Gayaugos y D. Enrique de Vedia, Adiciones 
de los traduct.) 

(3) La biblioteca de 1). Enrique de Villena fué mandada exa- 
minar por D. Juan II, encomendándose la tarea á Fray Lope de Ba- 
rrientos, que echó al fuego cuantos libros le parecieron infectos de 
ma^ia y hechicería. Corría valido que D. Enrique 9braba maravillas: 
que embermejecía el sol, adivinaba lo porvenir, ocultábase á la vista 
común, congelaba el mercurio, hacía tronar y llover, condensar el aire 
en forma de esfera, ele. Atribúlasele esta visión: liermes, sobre un 
pavón, llevando una pluma, una tíibla con figuras geométricas y una 



CArírrr/) vr. 63 

En la materia (]o que so trata, del propio modo que en 
pinito á costnmljros y a lenguaje, predomino, entre la de 
todas las naciones que por mas o menos tiempo se pose- 
sionaron de la Península, la influencia latina. De tal ma- 
nera predomino, que en los conjuros frecuentemente cam- 
paron por su respeto las divinidades gentílicas. El con- 
juro que Eernando de Rojas pone en boca de la madre 
Celestina, cuando toma esta sobre sí la tarea de forzar 
la voluntad de Melii)ea á que amase a Calixto, da una 
elocuente idea de los que ordinariamente usaron los he- 
chiceros. «¡Conjuróte, triste Pintón, decía, señor de la 
profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capi- 
tán soberbio de los condenados anídeles regidor de 

las tres furias Tesífone, ^legera y Aleto, adnn'nistrador de 
todas las cosas negras del reino de Estigie y Dite . . . . , 
mantenedor de his volantes arpías, con toda la otra com- 
pañía de espantables y pavorosas hidras! .... Yo, Celes- 
tina, tu más conocida clientula, te conjuro por la virtud y 
fuerza do estas bermejas letras, por la sangre de aquella 
nocturna ave con que o^tán escritas, por la gravedad de 
aquestos nombres y signos que en este papel se contienen, 
por la áspera ponzoña de las víl)oras de que este aceite fue 
hecho, con el cual unto este hilado, vengas sin tardanza á 



lliiví», condúcelo pov una ílorcst-i á Iji ciiid id de las arto^ y de la-í 
ciencias. TraiisHLrnra«' Hernias de varias maneras, ha^^ta que, oonver- 
Udo en nube, lleiía ji un tabernáculo, en que hay una an[ueta con 
variíis inscripciones: altrrnnrión, digestión, corrupción, generación; 
cuerpo, ííninii, espíritu: rnhifi'a''iún, putrifl'ar'ión, disolución, aumen- 
tación, congelación, purgación g formación; en las cuales están como 
cifradas todas las operaciones que producen la transmutación de los 
metales. (Historia Critica de la Literatura Española por D. José 
Amidor (U^ \o-< Kíos.) 



04 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

oboileoor mi voluntad: ou ello te envuelvas y con ello estes 
sin un momento te partir, hasta que Melibea, con apare- 
jada oportunidad que haya, lo compre, y con ello de tal 
manera quede enredada, que cuanto más lo mirare, tanto 
más su corazón se ablande á conceder mi petición, y se 
lo abras y lastimes del crudo y fuerte amor de Calixto .... 
Y esto hecho, pide y demanda de mí á tu voluntad. Si no 
lo haces con presto movimiento, ternasme por capital ene- 
mií^a: heriré con luz tus cárceles tristes v escuras, acu- 
saré cruelmente tus continuas mentiras, apremiaré con 
mis ásperas palabras tu horrible nombre .... Y otra y 
otra vez te conjuro. Así, confiando en mi mucho poder, 
me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya 
envuelto.»'^' Cristo y Satanás, ángeles y demonios, san- 
tos y deidades, cosas sagradas y cosas profanas, todo mez- 
clado y confundido, entraban á constituir los conjuros que 
el hechicero de Europa y el de América usaron. El de Amé- 
rica introdujo además deidades y cosas indígenas, á que 
atribuía poder y virtudes sobrenaturales. No se hallan en el 
mismo caso las fórmulas ó palabras que usa el mago. Éstas 
encierran generalmente una bendición, una maldición, una 
plegaria, acomodadas á las creencias del que las profiere 
y del que recibe el beneficio. Las cuevas encantadas mues- 
tran paladin^nnente la tradición oriental, y los cerros bra- 
vos descubren al hombre primitivo en presencia de las 
fuerzas naturales personificadas. 

La poderosa influencia de las ideas por el cristianismo 
informadas, ni la coacción ejercida por las autoridades 



(1) La Ce'c-ifina ó Trarjkoni'^.dia da C díxío y Mzlíbea por el Ba- 
chiller FiTimndo de Rojas (siglo XV ). 



fAPÍTí'i.o vr. 05 

civil y eclesiástica, fueron parte á (lesterrar las infinitas 
aprensiones que, orii^iiiarias de diversas gentes, se apode- 
raron del espíritu y del ánimo de los pueblos meridionales 
de Europa. Conserváronlas estos hasta el día de hoy, es- 
pecialmente en los campos 6 regiones apartadas de los cen- 
tros de cultura intelectual y social, que tampoco se hallan 
exentos de su contagio. Lo propio ha sucedido en el Nuevo 
Mundo. En sus vastas y casi desiertas campañas penetran 
harto débilmente los rayos de la lumbre intelectual que 
disipa las tiniel)las de la ignorancia. 

El ^ftí*.sa?í o, ú hombre del campo, en punto á religión, 
vive ayuno de toda doctrina. Pero guarda en su alma, 
aunque enturbiado con supersticiones diversas, un ('sj)í- 
ritu de religiosidad (jue le dispone á recibir con fruto la 
simiente del Evangelio. T^a pol)lación mestiza, que forma 
la masa de la po])laci(Hi del Ivío de la Plata, cuyos an- 
tepasados fueron adoctrinados 2>or los jesuítas, es la más 
apta para ello. Concurrió á formarla, en las regiones ba- 
ñadas por las vertientes de los ríos Paraguay, Paraná y 
Uruguay, la raza guaraní. Kedujeronse los guaraníes, ex- 
cejito algunas parcialidades excesivamente bravas é indo- 
mables, al celo heroico de los jesuítas, que supieron avasa- 
llarlos ante el símbolo de la fe. Tan hondas raíces echo ^sta 
en su ánimo, (pie no podrá borrarse de v\ Jianfa cl (f(\^aj)n- 
rccimicnto del úlfinio i /td triduo (jcnuiuo de la raza^^K 

El j):iisano es i'eligioso, ó más bien dicho, se considera 
católico, por razón del bautismo y por tradición; pero no 



(1) A Celchrariln da Pairun de JrsHs Christo cutre os Guamni/s por 
D. José Jojiquín ^faclindo do Olivrini. i Rrrisln do Insiituto líistoriro 
c Gcínjyuplt'n'u linisilriro.) 



66 SUPKRSTÍCIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

portille fonozíMi ó poi^iiu^ prnetique los deberes que impone 
la liilesia á todo cristiano ortodoxo. Las jmrroqnias están 
en las ciiidadí^s, villas y pueblos. En el Río de la Plata no 
liav aldeas. Los eanipesinos viven unos de otros á largas 
distancias, y de la parroquia quedan á diez, veinte, cuarenta 
ó sesenta le2;uas. Donde haA" casas ó establecimientos al2:o 
j)r6xiinos, á ])edid() de los vecinos suele fundarse una es- 
cuela, á la que asisten los niños de todas edades, andando 
])ara ello diariamente á caballo unas cuantas leguas. Poca 
ó niuLiuna religión se enseña en tales escuelas á la niñez, y 
eso s¡ un maestro poco considerado no la induce á irreve- 
rencias con la palabra y el ejemplo. Los párrocos ó sus te- 
nientes, acompañados de un sacristán, salen á caballo todos 
los anos, después de la zafra (venta de lanas, ganados, etc.), 
á liacei' lo (pie llaman giras por la campaña, cuyo objeto 
exclusivo es bautizar, en rueda á veces, apresuradamente, 
en las casas de negocio ó pulperías, donde se detienen un 
par de días al intento. Cobran por cada bautismo, por lo 
regular, una esterlina á todo el que más ó menos buena- 
mente puede pagarla. No todos los sacerdotes tienen y 
practican la virtud de la caridad y de la mansedumbre. 
Algunos, no raros, son bruscos y despóticos, é inexorables 
en lo í|ue toca á sus intereses. Milagro es que, con una 
carencia absoluta de doctrina y con tales ejemplos, no haya 
perdido enteramente la fe el habitante de las vastas re- 
giones que tributan al Plata ^'\ 



(1) La rGl¡í,MÓii e^ la nave do la Ií>l(sia, 3' navega entre dos escollos: 
la superstición y la impiedad. Hacia el de la superstición es tan res- 
baladizo el vulgo, que para no estrellarse en él, se necesita una ex- 
trema vigilancia por parte de los que rigen la nave. (Feijoo, Cartas 
Kniflilas. ) 



íAPÍTiT/) vr. 67 

Véase, eoii todo eso, lo que pasa en iina estaneia. Al rom- 
per el m11);i, anda ya el mate en manos de los peones y llei^a 
á las del patrón, no el último en levantarse, tan luego eomo 
aparece en la delantera de la casa 6 se sienta debajo de la 
ramada. A su presencia acuden, uno tras otro, sus hijos, chi- 
cos y grandes, y sus numerosos ahijados, quienes, con las 
manos cruzadas, le piden la bendición. El padre ó padrino la 
otorga con esta fórmula consagrada: Dios te dé su gracia. 
Lo propio hace con sus hijos y ahijados el último de los peo- 
nes, sea blanco, indio ó negro, y las madres ó madrinas. A la 
fórmula Dios te dé su gracia, suelen sustituir otros, espe- 
cialmente en las ciudades, la de Dios te haga bueno, una 
santa, etc. «Al elevar su mano para bendecir, dice subli- 
memente un ilustre prelado, tienen conciencia de que ejercen 
una función divina, y los hijos veneran, en el padre que 
bendice, a Dios, que desde los cielos ratifica lo hecho. »'^^ 

llaro sei'á el paisano que no lleve un escapulario, ])or lo 
regular, de la virgen del Carmen, que le valdr¿í en las oca- 
siones. ¡Cuántas bidas, ]);)r su favor, han dejado de pene- 
trar en el pecli(j á (jue iban enderezadas! En el último 
trance de la vida y en los peligros no deja el paisano de 
encomendarse á Dios y de invocar la protección de la vir- 
aren ó de alíiún santo de su i)articular devoción --^ 



(1) El Cardennl ^roiicscillo y Viso, Letras Dirinas if Iliímauas, 
Cap. Costumbres mncn'canas. 

Como a jHMTO «imnrron, 
Mi' rt tlt'anuí «Mitro tantos: 
Yo ino oncoiiuMuir' A los miitos. 
Y ocliú luaiio & lui facón 

{El Gaucho Martin Fierro por D. Josc Ilcrndncloi.} 

Yo le «lije : si iiio ¡«ni va 
La virgen en osle npiiro, 



68 SUPERSTICIONES DEL KÍO DE LA PLATA. 

Con ol primor podíizo de carne que echo á la olla, el 
paisano lia solido liacei', acompañada de la correspondiente 
invocación, la señal de la crnz. Comida santignada, libre 
de maleíieio. Se la santigno, para que el diablo no echase 
pelos en la comida. Multitnd de prácticas y de expresiones 
por el estilo descnbren con frecuencia el espíritu de tradi- 
cional religiosidad mezclada de supersticiosas aprensio- 
nes, con C[\w procede en casi todos los actos de su vida 
el Ciimpesino rioplatense. 

El paisano consagra su piedad, no solamente á rogar 
jx)r los SUJOS y por las almas de aquellos que en vida 
conociera, sino también por los desventurados que perecie- 
ron trágicamente en los campos de batalla, en las arries- 
gadas expediciones contra los indios, en las penosas trave- 
sías de las desiertas pampas. De tarde en tarde acude á la 
parroquia de su lugar y encomienda al cura una misa 
por las almas de los desiertos ^^K Rézala con profundo 
recogimiento y confía en la misericordia del todopoderoso. 

La velación de una cruz es otra de las prácticas pia- 
dosas de la gente campesina. Pide al cura jxtrroco que le 
bendiga la cruz. Una. vez bendita, la vela diu^ante una ó 



En adolanto lo juro 

Sor más buono que una malva. 

(ídem, ídem. ) 

Hay no niíis me lo afirmé, 
Diciéndolo : Dios te asista, 
Y de un re\.6s lo voltié. 

(ídem, ídem. ) 

Jfyj, por: ;ihí. ]\Ic lo afirma: lo a.s3guré. Lo voltio: lo volteé, lo 
ílerribé. 

(1; Llamó la atención osla co3tunil)ro al ilustre cardenal Mones- 
cillo en su preciosa obra, ya citada, Ldras Divinas y Humanas. 



CAPÍTULO VI. 00 

iiiíls iloí'lios, 011 casa de uno de los vecinos, con luces y 
oraciones fervientes de JioniUres, nnijercs y niños. Velada 
la cruz, se la conduce en procesión al sitio en que se lialla 
enterrado el difunto, ])lantándola con toda solenuiidad junto 
á la sepultura, del lad(> de la cabecera. 

Xo sieinj)re la cruz ar<;uye la existencia de un cnteiTa- 
miento. A veces no indica otra cosa sino cjue en el luiíar 
donde se halla plant-ada (en un camino 6 en medio del campo) 
nuu'ió repentina 6 trágicamente un cristiano. Aunque le 
lleven á enterrar al campo santo, plantan una cruz bendita 
y velada, 6 no velada, en el punto cu que exhaló el ultimo 
suspiro. Allí el alma se desprendió de su envoltura, que 
es el cuerpo material y perecedero (en sentido religioso). 
Allí el finado, al morir, (li'l)ió de haber puesto su corazón 
en la víctima del Calvario. 

í]n los pasos y plcndas de los arroyos suelen morir aho- 
gados el jinete y la cabalgadura. La corriente arrastró aguas 
abajo al muerto. Pues en el árbol más ])róximo á la catás- 
trofe, si el arroyo tiene monte, se coloca una cruz bendita, 
ant(^ la cual el viandante rogará por el alma del ahogado. 

Velación y sepultura del cuerpo del difnnto son dos so- 
lemnidades que, en ])udiendo, ningún cristiano omite. La 
velación de un difunto (|Ue está de cuerpo ])resente, lleva 
el nombre de velorio entre la g(»nte vulgar, en sentido fa- 
miliar entre la gente culta. Va\ sentido figurado se llama 
velorio á lo que es de imposible ó dudosa realización, y que 
sin embargo se ofrece 6 se U' (juiere ]n'esentar como lison- 
jero. Tambión en sentido figurado y burlesco dícist» (pie 
ha sido un relorio una tertulia desanimada ó á la (|ue ha 
asistido poca gent(». Lo ])ropio dícest» de cualquier otro 
género di' reuniones (pie no han estado como era de espi'- 



70 SUPERSTICrOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

rirs(\ dada su naturaleza. ]Mas no toda clase de velorios 
son rr/orio; pues los liay harto animados y estrepitosos, 
que el ínfimo vuIíío suele dedicar á la muerte de los jmr- 
vulos. Rcnmidos en la casa mortuoria hombres y mujeres, 
deudos, amiiTos y convidados, entre los cuales nunca han 
lie faltar soldados, chinas v toda lava de 2:ente aleoTe, se 
entretienen durante la noche en cantar y bailar y en diver- 
sos juegos .de ])rendas, como las aves nocturnas, el pul- 
prro, la cortina de amor, tan significativos, sin dejar de la 
mano el cigarro, el mate y la copa de aguardiente ó caña, 
i'xeitantes de marca y muy a propósito para avivar más y 
más el fuego encendido con el roce continuo de multitud de 
cuer])os desigualmente cargados de electricidades de ambos 
géneros (positivo y negativo), que ora se atraen, ora se 
neutralizan y ora se repelen. Movidos de tales estímulos, 
no es de extrañar que tei'mine la fiesta, como sucede fre- 
cuentemente, con tormenta de rayos y truenos: palos y 
trompadas y tajos, amenazas, gritos, lamentaciones. Tal es 
el coro de danza y canto que acompaña al recien fallecido 
angelito en su dichosa ascensión á la celestial morada de 
los inocentes. La verdad es que el termino velorio tiene un 
olor á pulpería, que trasciende hasta la medula de los 
huesos. Decir velorio es casi decir bochinche, ó jarana, 
con escándalo y ])endencias. 

El velorio de un ángel solía durar dos, cuatro, seis ó 
más días; ])ues los vecinos y amigos solicitaban de los pa- 
dres ó deudos el cuei'po de la criatura para celebrar en su 
casa la bienhadada fiesta. Andaba á ese intento el cadáver 
putrefacto de casa en casa, dando motivo á que la juventud 
se divirtiese, jugando, bailando, chacoteando, comiendo y 
h('hmv]c). rV'ñía el cuerpecito del ángel y colgaba de él, una 



CAl'ílL'LO VI. 71 

cinta rojíi ó azul, \)()V lo regular, qu(» tcriín un:is cuantas 
varas tk; largo y cu l;i cual hacía un nudo cada uno de los 
concurrentes, á la cuenta [)ara (pie llevase de ellos al cielo un 
recuerdo de los (¡ue tan hicn le (juerían y (|uedaban, menos 
felices, en este valle de lágrimas. 

La gente más su})ersticiosa, entre el vulgo «juc pucMa 
las comarcas platenses, son los negros, zambos ó pardos, 
indios y imdatos; no tanto los mestizos; })oco ó nada los 
Illancos. Menor, mucho menor, es en el campo 6 campana 
el número de blancos que el cíjnjunto de a(piellas castas, 
entre las que })redominó el mestizo ó indio. Es de adver- 
tir que indio se llama indistintamente al verdadero indio 
(silvestre ó civilizado) y al mestizo. Basta (jue un indivi- 
duo ostente sangre del indio en sus venas, para (j[ue le lla- 
men V se llame él mismo indio sin el menor em])acho: ni 
lo tienen á gala ni á mengua. A las mujeres, .sean indias 
puras (salvajes 6 cristianas), sean mestizas, se les llama 
comúnmente chinas. Eso de cliinas no ticiu^ (pie ver nada, 
ni aun figuradamente, como |)udiera presumirse, con las co- 
sas de aipiel gran imperio del Asia dogmatizado ])or Con- 
fucio. Es cosa de los Incas, en cuyos dominios las vírge- 
nes escogidas que en los tcnq)los del sol tenían á cargo, 
entre otros ministerios, conservar el luego sagrado á seme- 
janza de las vestales de la gentilidad griega y romana, lle- 
vaban el nond)re de chinas (criadas ó siervas ) de la luz 
del día. Chinas, asimismo, llamábanse otras mujeri's su- 
jetas á determinados servicios en los tenq)los del Inca. De 
ahí dimano (pie los es])añoles llamasen al })rincipio en el 
Perú chinas á las indias jt'ívenes y solteras que servían en 
los conventos de monjas; después á las indias y mestizas 
que servían en las casas de familia ; y per último, como su- 



72 srrEiíSTicioNES del rio de ea plata. 

eoi.k' al prosonte, no sólo a toda mestiza y á toda india in- 
cori)Oiada á la masa social, sino también á las indias que 
moran salvaj(\>^ en pampas 6 en arcabucos. Los que llaman, 
pues, chinos á los indios y á los mestizos, no limitando á 
las nuijeres esta calificación, se expresan con chocante im- 
propiedad; pues jamás se ha aplicado, ni podido aplicarse 
históricamente, ni se aplica entre el elemento nacional cas- 
tizo de las comarcas platenses, semejante vocablo al hom- 
bre. El paisano que oyese llamar de ese modo al indio ó 
mestizo, difícilmente contendría la risa. 

Negi'os, pardos, indios, nmlatos, mestizos y blancos: tal 
es el orden descendente que sigue el achaque de la creduli- 
dad en el liom])re. No por eso ha de creerse que el rico 
caudal de aprensiones que el campesino rioj^latense alma- 
cena en su memoria proceda del negro ó del indio. Nada 
menos que eso. El origen de ellas, en su mayor parte, en 
su casi totalidad, es europeo. A toda la gente de color ha 
co]>ijado debajo del mismo manto el tejido de las leyes di- 
vinas y humanas que el Viejo Mundo introdujo en el Nuevo. 
Sólo (|ue unas castas han conservado más pertinazmente 
que otras las trazas que el paganismo había dejado de sus 
eiTores en la masa del pueblo cristiano. 



CAPÍTULO VIL 

Preocupaciones acerca del cabello y la barba 
entre indios y cristianos. 



Sumario. — Guerra^; tic frontera. — Exterminio del indio. — Indios y 
cristianos: se odian á nuicrte. — Concepto que el indio forma del 
cristiano: es para él, el diablo. — Concepto que el cristiano forma 
del indio: no tiene crux en el mate. — Matanza de indios. — (ienio 
feroz de la guerra. — Greñas del indio. — Cabellera de las chinas. 

— Vestimenta de las chinas. — Baños invernales en obsequio del 
Bautista. — Ofrendas culinarias á los muertos. — B;u'ba del paisajio. 

— Trénzasele la paisana. — Castigo de la nuijer inconst.inte. 
Cabellera y honor femenil de la antigua España. — Cabello y 
barba entre griegos y romanos, en Europa toda, en el Oriente. 



Sorprenda' toldoa, matar ¡nd'wa, tomarles la rhusfiía y 
rescatar cautiros: lie alií el modo con ([uc tiicron conce- 
bidas y ejecutadas las cx^ndiciones á los indios, después de 
la caída de Kosas, que mantuvo paces con ellos lai-j^o 
tiempo ^'\ Como este género de gui'rra y defensa no mejo- 
raba en nada la situación de cosas; antes, exacerbándose 



(1) Memoria presentada al Congreso Nacional rl 1.'' de ago-io de 
1877 por el Miii¡>n-o dr la ( Juerra l>r. j). Valentín .VI>ina. La- i>;da- 
bras (le letra cur-iva son tv'Xtuales. 



7rt SL'rEI{8TlClO-NKS DEL lilO DE LA PLATA. 

más V más ('1 rencor de los salvajes, recrudecía el daño con 
nia\ores \- más frecuentes venganzas. Para remediarlo en 
parte, ideóse construir un foso y paredón en la dilatadísima 
línea de frontera del sur de Buenos Aires. De ese modo, á 
semejanza de la gran muralla de la China, el ancho foso y 
paredón, guarnecido por los fortines, contendrían las irruj)- 
ciones de los bárbaros de la Pampa. Aun no se había termi- 
nado el foso (que hubiera debido cruzar próximamente, para 
SU3 fines efectivos, un espacio de doscientas leguas), cuando 
la audacia de los indios demostró su ineficacia. La desolación 
iba en aumento, y fue necesario acabar con los indios : des- 
truir para siempre sus tolderías; acuchillarlos; cautivar sus 
familias; arrojar sus restos destrozados al otro lado de la 
Cordillera y cerrarles la entrada de tal suerte, que jamás 
volviesen á li(jllar la tierra que durante tantos años regaran 
de sangre cristiana ^^\ Por entonces ya el odio y furor entre 
cristianos e indios rayaba en delirio. Huínca (que equivale 
á extranjero), cristiano y eiiomígo mortal, eran, para el indio, 
una misma cosa. Los mismos odios suscitaron los cristianos 
entre los in(Hos del Chaco, en los que se ejecutaron matan- 
zas injustificables, no pocas por medios alevosos. A la 
postre unos y otros indios, crudamente perseguidos, llegaron 
(i persuadirse de que el cristiano es una especie de salvaje 
])rupaga(lo ])ara su daño por el espíritu del mal, y que sólo 
pur excepción puede hallarse mi hombre blanco que no sea 



•(1) D. Estani.slao S. Zeballos, La Conquista de Quince Mil Leguas, 
y otras obras del mismo autor sobre la Pampa. 

El rifMieral D. Lucio V, Mansilla, mal avenido con el exterminio, 
parece dar a entender que los indios eran malos, porque no se ha 
sabido ó no se ha querido hacerlos buenos. ( Una Excursión á los 
Jad ¿OH Ha nq ucles. ) 



CAPITULO VI r. 75 



pérfido, cruel, ladrón, traidor, asesino, poseedor en >uina de 
cuanta disposición ó tendencia inaliuna es capaz de alíripir 
la ci'iatura humana ' . 

Kl eiistiano, á su ve/, encendidas sus pasiones con la 
guerra cruel y asaltos desoladores del indio enihi-avecido, 
le miraba con i^ual 6 peor repugnancia (pie á una fiera 
sanguinaria de los bosques intertropicales. Ha llegado hasta 
nuestros días la calificación de bárbaros, salvajes, bravos 
é infieles que se ha dado siempre á los indios, cosa que no 
tiene nada de singular ni de chocante, pues lo eran en rea- 
lidad. Pero en los uhimos tiempos llegó á ser ])roverbial 
entre los cristianos la idea ó preocupación de (pie los indios 
bravos no tienen cruz en el mate. El genero de vida (pie 
lleva el indio salvaje, á la intemperie, sujetas las gi-eñas 
con una bincha, sin nada que [)reserve del sol, del agua y 
del polvo el casco de la cabeza, va desvaneciendo la señal 
de las articulaciones del cnnie(j, que en su estado ordinario 
presentan la forma de una cruz. En sentido familiar se da 
el nombre de mate (voz (piichua castellanizada) al casco 
de la cabeza del liond)i-e, por la semejanza (]ue tiene con una 
calabaza, cuando carece de cabello. Ahora bien, ha rayado 
en pre()cu})ación el habito de llamar cristiano al hombre 
civilizado, en o[)osición al infiel ó salvaje. Parece como 
que diesen á entender que el hombre no bautizado care- 
ciese de racionalidad y (pie, j)or consecuencia, se le bo- 
rrase del cráneo el signo de la cruz. Xo tiene cruz eíi 
el mate es frase (pie se usa para signiíicar, en sentido 
burlesco y des[)ectivo, (pie el indio salvaje no debe ser 
tratado con la consideración tpie merece el hombre. Por 

(1) D. l'\'l¡>b('rlo (k- OÜvriía (V-;ir, Viajf al Pilis de los Tolms. 



76 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

lo inisnio, c'uaiulo ha liabido que matar, los cristianos, tra- 
táiulose (lo indios, lian nuierto sin piedad ni escrúpulo de 
conciencia todos los que han podido. La frase proverbial: 
parvee una matanza de indios, con la que se repre- 
senta un disforme cúmulo de objetos oscuros, en peda- 
zos, entre un lítpiido negro, bien claramente lo dice á la 
fantasía : muchedumbre de imUos ferozmente acuchillados 
V apiñados sus trozos en un charco de sangre. La fero- 
cidad no tiene patria. El hombre civilizado llega, en oca- 
siones, á ser esclavo de esta pasión, con tanta vehemencia 
como el hombre salvaje. 

La ferocidad, en el hombre, es un monstruo que nace 
allí donde se ha vertido mucha sangre de seres humanos: 
consecuencia natural de la constante ocupación de matar 
gente en las lides. Críase entre la sangre derramada, y con 
ella se alimenta, sin saciarse: cuanta más sangre bebe, 
tanto mayor es su ansiedad por beber sangre. Así el cris- 
tiano del sigl(j decimoctavo, criado en las hdes, no fué, en 
el Río de la Plata, menos feroz que lo fuera el del décimo- 
sexto. 8i no ha cometido precisamente las mismas atro- 
cidades, no ha sido por falta de disposición para ejecu- 
tarlas, sino porque no ha tenido oportunidad de cometer 
otras semejantes. Odiosísimas acciones, hechos horripilan- 
tes imputó á los conquistadores el ardiente celo de Fray 
Bartíjlomé de las Casas, quien, más que ningún otro histo- 
riador ó cronista de la época, ha servido de fuente á los 
que modernamente han juzgado la conquista. Mas los in- 
gleses, los franceses, los italianos, los alemanes, los rusos, 
lí)s norteamericanos, los chilenos, los argentinos, etc., en el 
siglo actual, en el sigh) d(i la líhertad, de la igualdad y de 
\i\ fraternidad, en el siglo del derecho de gentes, en el si- 



CAPÍTULO VIÍ. 77 

glo liumanitar'w por oxceleiifia, de las sociedades protee- 
rí)ras de aniniídes, ei) el s¡i;lo de la prensa periódica, de la 
pro})a<;anda política y social, de las luces, del progreso, del 
telégrafo, del va[)or, de las revoluciones pojudares aborta- 
das por el dolor, hanse manifestado tan feroces, cuand(j la 
ocasión se les lia presentado, que hubieran dejado con la 
boca abierta, atendidas las circunstancias, á los soldados 
de la con(|UÍsta. Llevada á efecto i)or hombres feroces, 
tem})lados en la dura guen-a de los moros, dui*a y férrea 
hubo de ser la conquista. Abusos, excesos, atrocidades: 
tal es la escuela obligada del uso de la fuerza entre los 
puel)los, del compiistar invadiendo y matando. Los espa- 
ñoles no habían recibido de la naturaleza nini^un don ó 
favor espt'cial y privativo (pie los constituyese en la obli- 
gación de ser más buenos y mejores que el resto de los 
hombres. 

Abusos y excesos de todas clases ha habido en la con- 
quista, desde que desem])arcó Colón en las Antillas, hasta 
que los nuevos poseedores, hispano ó aiiglo-americanos, se 
apoderaron de las tierras (pie ocu})aban, ó aun ocupan, los 
primitivos habitantes del Nuevo Mundo. El indio, para 
unos y para otros, no tiene cruz en el mate, no tiene de- 
rechos, no merece ningún genero de consideraciones: debe 
ser exterminado, y lo fue y sigue siéndolo. Los norte- 
americanos, sobre todo, se singularizaron v\\ el cumplimii'uto 
de este designio, y aun hoy, en lo (|ii(' de él (pieda por 
cumj)lir, se ])intan solos para engañar al indio, pai'a juTse- 
giiirle con ruda inhumanidad, á muerte, para exterminarle 
y destruirle hasta el j)Uiito de no dejar, si es posible, ras- 
tro alguno de su existencia en la tierra que enseuf^rean sin 
el lustre que da el sacriileio y la misma tmu ridad de la> 



78 SUiMOKSTlCIONES DEL iíiO DE LA PLATA. 

iuvioiu's c'jrcutíulns por c'l soldado español en sus empresas 
civilizadoras por el inundo ^^^. 

Lt)s indios oxMíeralniente usaron el pelo largo. Era, para 
ellos, molesto, á la par (pie afrentoso, el cortárselo. Así, una 
de las eosas que distinguen al indio salvaje son las greñas. 
Los ([ue se cortaron la cabellera fueron j^ocos; y, entre es- 
tos i)ocos, los más lo hacían, no por gusto, sino por nece- 
sidad. Con efecto, muchas parcialidades se cortaban las gre- 
ñas, para que los españoles no pudiesen prenderse de ellas 
en las batallas. Los jesuítas consiguieron que sus neófitos 
se cortasen el pelo ; con lo que se distinguían a la chstan- 
cia los cristianos de los infieles y los hombres de las nnije- 
res. Es sabido que el indio tiene poco ó ningún pelo en la 
cara. 

Las nmjeres indígenas reducidas conservaron larga la ca- 
bellera. Vestían, entre los guaraníes de las misiones jesuí- 
ticas, una camisa talar, ceñida á la cintura con una faja ó 
cJiuinhc, y una túnica llamada ti^oy, que llegaba bástalos 
tobillos ■'. Cuando trabajaban en sus huertas ó chacras, 



(1) La íictiuil guerra de Cuba (1896), alimentada por los Estados 
Unidos de la América del Norte, que aspiran á la absorción de la pro- 
ductiva isla, demuestra patentemente cuan natural es á la generación 
hispana el espíritu de expansión civilizadora que con esfuerzo heroico 
animaba sus empresas en la época de la conquista de América. Desde 
el eminente hombre de Estado (D. Antonio Cánovas del Castillo), 
que con graves prov^idencias encamina los sucesos al restablecimiento 
(ie la paz entre millares de obstáculos que arredran, hasta el soldado 
hisono trasladado á mortífero clima, causan la admiración de las gen- 
tes. La concisión del Manwje á las Cortes, en su apertura (el propio 
año), no ha obstado á que en él se consignaran aquellos levantados 
propósitos del dominador hispano. 

(2) También usaron solamente el tipoy, sin cuello ni mangas, ce- 
ñido con el cíiumhr. 



CAriTULo VI r. 



se quitaban c*l Upoy, y con su larí^a cabellera tendida, se- 
mejante (i un velo, parecían de lejos unas religiosas la- 
brando la tierra ^^\ En la iglesia entraban siempre con el 
pelo tendido, costumbre ípie lian conservado después que, 
destruidas las Misiones, se mezclaron con las demás po- 
blaciones cristianas. La víspera del día de San Juan I>mu- 
tista, después de media noclie, iban en procesión al lío 
mas iiunediato, con la cabellera tendida, y se metían en el 
agua, bañándose todo el cuerpo, aun cuando ya el frío del 
invierno no convida á semejantes lavatorios. El santo, (pie 
iba delante, era de los ])rimeros en dar el ejemplo. Como 
sus carnes eran de palo, diría j^ara sus adentros: ahí me 
l(h^ (Jen todas. D.» lo contrario no le hubiera hecho nuicha 
gracia la valentísima devoción de las misioneras en un si- 
glo tan poco ascético como el nuestro. El día de difuntos 
acudían al Campo santo y depositaban sobre los sepulcros 
toda clase de alimentos: huevos cocidos, gallinas, patos, 
mandioca, butifarras, queso, etc. Después de los responsos 
y de los rezos, el sacerdote distribuía santificados entre los 
mismos fieles concurrentes los comestibles que ofrecieran 
á los difuntos. 

El gaucho usó ];i l)arba entera, no afeitándose nunca. 
Con el eueliillo solía, empero, recortarla (tomándola de las 
})unt^is con la mano iz(¡uierda), cuando le estorbaba, por 
estar demasiado larga. El cabello cubríale^ las orejas y á 
veces le ilígaha hasta la espalda. No había (ni aun hoy 
mismo se ve (>ntre los ])aisanos) un raj)a(lo. l']-o no lo con- 
sentiría en manera alguna. Raparlo huhirra >¡do tan igno- 



(1) ^rimiti^ri, Hrlaflnn drs Missions du Pdvnguan. París, 1S2T. 
Socirlr C((tholi(¡nr drs líons IJrrrs. 



80 SÜPERSTIl'IONE^ DEL RIO DE LA PLATA. 

minioso como si \o cortasoii las orejas. El sombrero no se 
lo rala, sino que lo lleva, 6 eeliado sobre la frente con el 
ala derecha, ó caído hacia nn lado, 6 descansando en la 
nuca. Cuando viaja ó hace viento, le asegura con el bar^ 
hijo (barboquejo). 

La mujer del campo, ó del paú, forma con su cabellera 
una ó d(^s trenzas ; las que xuinca arrolla ó recoge, sino qne 
lU'va colgantes sobre la espalda y á veces echa por sobre 
los hombros. Considera nn deshonor la falta del pelo, qne 
cuida como una prenda de gran valía. El ofendido amante 
desenvaina su afilado cuchillo, corta de un tajo las trenzas 
de la mujer infiel y las ata luego, por escarnio, á la cola 
de su caballo. ¡Suplicio infamante de la inconstancia en el 
amor! La mujer que lo snfre, sufre mía pena cruel. ¡Desdi- 
chada I ¿Quien, de entonces más, la librará del martirio de 
oír y de saber que dicen de ella: la tusaron por putaf 
Imposilde librarse de esa nota difamatoria. Litentarlo, se- 
ría poner puertas al campo. 

IIal)ía en el Salto (Uruguay) una china, que enfermó 
gravemente. Estaba conchabada en una casa de familia, y 
sus amos llamaron al medico para que la asistiese. El mé- 
dico, después de haberle aplicado varios remedios, dispuso 
que le cortasen el pelo. Todo lo había llevado con pacien- 
cia, mostrando mucho agradecimiento á las 2:)ersonas que 
la cuidaban. Pero cuando vio que se le acercaban con las 
tijeras ])ara cortarle el cabello, se puso á llorar con la ma- 
yor aflicción. l\)mó con ambas manos sus largas trenzas, 
apretándolas contra el pecho. A fuerza de ruegos, consi- 
guieron ípie se dejase cortar la cabellera. Pero la pobre 
diina, al contemplarse privada de ella, empeoró acelerada- 
mente, imu'iendo ;i las v(;inticuatro horas. Otra china vieja 



CAPÍTL'LO vir. 81 

que hi liii])ía acomjKiuado hasta el último instante, reeoi^ió 
las trenzas de la difunta y las puso en el féretro, debajo de 
la yerta cal)eza que en vida las conservara eon tanto celo. 

El uso del cabello lai'^o lia sido general y muy preciado 
en todo tiempo entre las mujeres. Las de al<:;unas regiones 
sobresalieron v fueron muv celebradas ])or la hermosura 
de sus cabellos. Las nuijeres de Salta, en la Argentina, 
fueron reputadas las más gallardas del Tucumán: en la 
hermosura de la tez y señaladamente en la abundancia y 
dilatación de sus cabellos creíase que excedían á todas las 
de América ^^\ 

Las mujeres de España, en lo antiguo, como ahora, de- 
jaron crecer enteramente el cabello. Llevábanle tendido 
las doncellas. Recogíaide y cubríanle con una toca las c<i- 
sadas. Usanza era ésta aconsejada por la seriedad pro})ia 
de su estado ^-'l La airosa modestia de las solteras y el re- 
cogimiento de las casadas haría creer que el concepto ilel 
honor en las mujeres de aípiellos tiempos estaba grabado 
en sus corazones por la mano de la delicadeza. Véase sin 
embargo cómo entendían las cosas á tal respecto los legis- 
ladores de la é})oca. La mujer honesta que recibiese grave 
ofensa en su honra (cosa, por lo visto, nada rara en los ea- 
minos), debía entrar por las calles del piiel)lo arrancándose 



(1) «Muy raní liuy (luo no lk;4ik' á cubrir la? cadenus con esto apro- 
ciable adorno; y por esta razón le dejan comunmente suelto ó trenzado 
alo largo con gallardía.» (Kl Laxarillo de Ciet/os Caminantes desde 
Buenos Aires hasta Lima por 1). Calixto Bustamante Carlos Inca. Vm 
Gijón. Aí\o de 1773.) 

(2) La mujer casada, en los siglos undécimo y duodécimo, llevaba 
el pelo atado, la viuda usaba toca y la soltera andaba en cabello { largo 
y suelto). El cabello atado es sitnholo germánico. (I). Tei')rtlo Bniga, 
Epojnas da liara Mosiirabc. [Historia da Poesía rorinuuesa.) 



82 surEiiSTicioxES del río de la plata. 

las tocas, arrastrándose por ol suelo y gritando: ¡fulano 
í/ic forzó f^^^ ¿Cómo hubiera salido de la danza la ofen- 
dida quo con taK\s medios de prueba hubiese acudido en 
demanda de justicia ante el sesudo gobernador de la ínsula 
Barataria ? La prueba de su jnidor y recato no podía ser 
más clara y v(M"dadera. 

Barba cunipüda (larga) y bellida (hermosa) tenía el 
Cid Cami)eador, segíin la gesta ó poema de sus hazañas. 
Los antiguos españoles no gustaron de cortarse el cabello 
y la barba, prefiriendo usarlos medianamente largos. Me- 
sarlos rra una de las más vulgares y mayores afrentas ^""l 
Castigábase en la Península este genero de agresión y 
ofensa poi* diversas leyes locales ó fueros. Algunos mani- 
fiestan cu su singular severidad la rudeza de los tiempos. 
El que, segíin el fuero de Alcalá, arrancaba á otro la barba 
ó el cabello, además de pagar una multa, tenía que mante- 
ner en su casa aldanuiificado, con el mismo regalo ó como- 
didad (pie á su propia persona, hasta que todo el pelo de 



(1) «A la primera villa que allegare, debe echar las tocas en tierra, 
e rastrarse, e dar apellido diciendo: fukín me forzó. ^> — { Ordenamiento 
de las Corles de NdjeraJ 

(2) A lo? hidalgos pobres, que de ordinario traen la bolsa tan llena 
de soberbia como vacía de moneda, llamábanlos en España (siglo de- 
cimosexto ) peloncft. Aludíase con esta expresión á una diosa de la 
gentilidad, Pandora, á ([uien, por soberbia cuanto pobre, la despluma- 
ron y pelaron (para afrentarla) los mismos dioses que le habían en- 
gíilanado. (La Picara Montañesa llamada Justina por Francisco Ló- 
pez de Ubeda. En ^ladrid, por Juan de Ziiniga. Año de 1735. ) Pe- 
lado, entre otras acepciones que indica el Diccionario de la Academia, 
ef|uivale en el Río de la Plata á pobre, desprovisto de lo más necesa- 
rio. La caterva fie muchachos que se reúne en las puertas y atrios de 
la-s ¡glesia-s cuando hay un bautismo, grita al padrino que no les arroja 
unos cobres (cuartos): «Padrino pelao, padrino pelao, que no tiene un 
cobre para bacalao.* 



CAPÍTULO VIL 83 

la cara 6 cahcza quedase* parejo. «Todo aquel (pie homo 
e.squirare, pecheXmaral)itinos,(' aun dele comer en su casa 
cuerno a el mismo, fasta que la barba 6 los cabellos sean 
equados. »^^ Aun^jue este lai'o modo de reparar el daño 
ocasionado no podía tener lugar sino entre gente plel)eya, 
como íjue los ca])a]leros tenían otros medios muy distintos 
de velar por su honra, denuiestra cuan mirados eran aque- 
llos hombres en eso de conservar la inteín-idad de la bar])a 
ó cabello, pues cuando en él 6 ella recil)ían agra\io se pri- 
vaban de salir n la calle. Con arreglo a otros fueros pe- 
ninsulares, al que arranca])a la barl)a le an-ancaban la suya. 
Si el agresor no tenía b!U-l)a, le cortaban una porción del 
])ellejo de la cara, igual ú la (jue ocupase el mechón ó me- 
chones que hul)iese an*ancado. 

Los primitivos griegos y romanos usaron la barba larga. 
Casi todos los pueblos de Europa, en la edad antigua y en 
la media, prefirieron la barl)a larga, distintivo de gente hi- 
dalga, no])le, superior. Aun en la edad moderna prevale- 
ció esta idea. Francisco I, por edicto del año 1535, ordenó, 
bajo pena de muerte, í]UO tod*^ villano y labriegí^ anduviese 
afeitado. 

Los orientales consideran la bai'ba y pelo largos como 
un signo de grandeza moi'al. La barba de un maliometano 
es el adorno mas preciado de su persona. I na creencia su- 
persticiosa les induce a conservarla como una cosa poco 
menos (pie sagrada. Hombre afeitado, hombre afrentado. 
Quien pierde su barba no se atreve á presentarse en pu- 
blico, por temor del general desprecio. 

Así, los pueblos dil norte como del mediodía de la anti- 

(1) Kl Farro de Alcalá. 



S4 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

i^ua Kuropa, estimaron cu mucho una larga cabellera. Afei- 
tar á uno la cabeza era cruel castigo. El esclavo, el villano, 
ó andaban raj)ados, 6 llevaban el pelo corto. El rey Wamba 
fue desposeído del trono, porque, hallándose dormido, la 
alevosía de un malvado le cortó la cabellera. ¿Que mucho 
que (^1 paisano, godo y árabe de casta, gustase de ostentar 
una larga barba y sobre todo una larga cabellera? 



CAPÍTULO VIIL 

Salamancas. 



Sumario. — ^Fagia natural, goéliea y teilrgica. — Escuelas máí^icas de 
la Península. — Las cavernas ú los ojos de los antií^uos, de la 
iinaginación vulgar. — La de San Patricio en Irlanda. — La de 
Trofonio en (¡recia. — La de Montesinos. — Lo que ve y oye el 
vulgo riojílatense en las cavernas. — El apagar de las luces. — El 
frío que hiela. — Loque se aprende en las snlmunncas. — Caudillo 
consultando el oráculo de \\\\{\ salamanca. — Salamanca (\q\'í\yi\o. — 
El cristiano encantado. — La onza encantada. — Maravillas de las 
salcunancas. — Jjíxs brujas en los bailes de las salamancas. — Jun- 
tas nocturnas 6 snharlos. 



TLiy vai'ios ííoiioros de innuíia. I. Mauia nafural. T.a 
que consiste en obras (\\u\ si l)ien cansan admiración, no 
son sino efectos do cansas natnralos, ii^noradas del eomnn 
de los hond)res. Llámase también mágica hlanca. II. Pla- 
gia diahóHca, negra 6 (jorticn. La (¡ne afecta ejecntai' co- 
sas (extraordinarias y estnpendas, con ayuda del demonio, 
de nn ser sobrenatural, de fuerzas misteriosas y personifica- 
das. De ella nace el ai1e de la beclncei*ía y di' ella tienen 
origen multitud de supersticiones. III. Magia fnín/ica. La 
niaiíia santa de los irentiles, fundada en el íntimo trato v 
comunicación con deidades ])enelicas, á favor del ]H'rf(Tcio- 
jiamiento moral del individuo (jue la practica, cuya inten- 



86 ST^PEKÍ^TrCTOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

cióii dvhv ('st:ir constantoniento ordenada al bien de los 
hombres. Al trasladarse al mundo cristiano la magia del 
«i'entilismo, niTdió el demonio la soberanía de deidad con 
(jue imperaba. Entre los magos de la gentilidad era de rito 
efectuar sus invocaciones en cuevas ó lugares subterráneos. 
Xo solamente el vtilgo, mas también graves escritores cre- 
veron en la existencia de escuelas de artes mágicas en Sa- 
lamanca, Córdoba, Toledo y otros puntos menos famosos 
de España. Atribuyese á los moros la introducción de ellas 
en la Península. T^a cueva de Salamanca, en especial, echó 
hondas raíces. Del nuirqués de Santillana decían que en 
ella se había hecho un consumado mágico ^^ I 

Las tradiciones de la magia goética, en lo que respecta 
á las habitaciones maravillosas y escuelas soterradas en 
antros profundos y esj)antables, hanse continuado, aunque 
muy descaecidas, en la Península y con no menos persisten- 
cia en la América EsjDañola. 

Los ritos de la magia goética celebrábanse ordinaria- 
mente de noche, cuyas sombras favorecían su ejercicio, y 
en cavernas ó lugares subterráneos, donde se anida el es- 
j)anto. De ahí, empero, no debe inferirse que el primitivo 
origen de las cuevas encantadas sean las prácticas de la 
magia goética introducida en España por la conquista ará- 
])iga. Ese es el origen inmediato de las cuevas de Sala- 
manca, de Córdol)a y de Toledo. Pero las cavernas liabi- 
tiidas por seres fantásticos no tienen patria originaria: son 
comunes á todos los pueblos en su estado de infancia. 

Las cavei'iias, desde las más remotas épocas, en los pue- 
blos jtrimilivos, en las sociedades que en el conocimiento 

(1) Feijoo, Tmlro Crílico. 



CAI'ITULO VJir. ^i 



(Ic la ii;iliiraK*/a y du los principio.s i'acioiíales no lian .ca- 
lido aun (le un estado relativo de infancia, lian servido para 
localizar las maravillas iniai^inadas por el espíritu poético 
y teurgico á la sazón i'einantes. Transformadas las s(K-ie<Ia- 
dcs, destruidas sus teoi;-onías, desvanecidos con la luz <le la 
experiencia y de la razón despreocupa<la los errores y fan- 
tasmas de la mente primitiva, todavía el vulgo ignaro, ele- 
mento conservador en (jue lo tradicional arraiga tenaz- 
mente, continúa dando asenso á las concei)ciones teiírgicas 
y goeticas y revistiendo de formas peregrinas t(jdos aque- 
llos lugares que se prestan a tales imaginaciones, por cual- 
quiera singularidad que los distinga, como las oscui'as ca- 
vernas inexplorables^^^, las dilatadas lagunas, los elevados 
cerros breñosos, las ruinas de castillos, de monasterios, de 
jmeblos, de casas antiguas. 

La sustitución de unas creencias a otras cambia los ]>or- 
menores y accidentes del nuuido hechizo de la fantasía. 
El molde primitivo permanece intacto ó easi íntegro. La 
era de la Encarnación, conforme á esta evolución necesaria 
6 inevitable, cristianizó muchas de las tradiciones gentíli- 
cas que sobrevivida )n á la caída de los ídolos de la aiui- 
güedad pagana. La vieja Erín tuvo, en medio de un lago, 
en una isla, su caverna encantada, en <[Ue la magia goe- 
tica obraba sus prodigios. í^os (pie el glorioso apóstol de 
L'landa obi-ó des[)ues en la propia isla, transformaron la 
caverna niáuiea irentílica en caverna máiiica cristianizada, 



(1) «¿V qué? ¿No h:iy jiUí ojos {[uv lian v¡>l(> >al¡r de la >¡ina 
faiitiisnias, imas veces blancos, otras veces iieji^ros? ¿No hay oídos 
que han escuchado, llenos de terror, lamentos y sollozos, ruidos de 
cadena<, aullidos y carcajadas? (I). José Selgas, en la novela titu- 
lada: Dos Muflios ¡'iras./ 



88 SUPERSTICIONES DEL lUO DE LA PLATA. 

(hudo nacimiento al Fioyaforio de San Pat)'icío^^\ Una 
(le las comedias de Calderón, el dramaturgo sublime de la 
España i-atóliea, tiene ¡jor título: El Purgatorio de San 
Patricio, euvo interior, eon arreglo á las creencias popula- 
res, describe largamente en una de sus escenas. 

A mediados del siglo quinto, un varón insigne, San Pa- 
tricio, natural de Escocia, propagó con ferviente celo apostó- 
lico en la antigua Erín, hoy Irlanda, la fe del Crucificado. 
Reliacios a sus [uvdicaciones, que despreciaban, persistían 
los irlandeses en seguir tributando homenajes á sus falsas 
divinidades. Fue necesario mi prodigio del cielo, para que 
abrazasen las santas doctrinas. Con efecto, ábrese rej)enti- 
namente nna cueva profunda, que horroriza, en una isla pe- 
queña del lago Derg. Los curiosos irlandeses acudieron á la 
novedad, y no faltó quien se atreviese á j)enetrar en la honda 
cueva, siguiendo el camino subterráneo que conducía, ¡ qué 
espanto! al horrendo lugar en que ardían las llamas del 
])urgatorio que purificaban las almas de los que, una vez 
limpios, merecieran ascender á la celestial mansión de los 
bienaventurados. Constancia y valor estoico en el visitante, 
espantables escenas, grandes peligros, tinieblas, luz, persona- 
jes vestidos de blanco, demonios de diversas formas mons- 
tniosas, voceSjgemidos, estanques, llamas, cuanto caracteriza 
á las salamancas del Río de la Plata, á las cavernas del 
Oriente, de Grecia, de España, de Europa entera, aparece 

( 1 ) P. Christian (Histoire de la Magie, du Monde Surnaiurel et de 
la FataliléJ desconoce evidentemente esta evolución de las ideas, supo- 
niendo que del Purí^atorio de San Patricio nació lo que llama teología 
demoniaca, y aü-ibuyendo las ¡maí^inaciones vulgares sobre el particu- 
lar á la influencia de un clero fanático y á las supercherías de los 
monjes agu.itino» que establecieron un convento á inmediaciones de la 
caverna. 



CAPITULO VIH. b{) 

igiiíilinciite en la cueva de San Patricio. Toda cueva encan- 
tada es semejante en el fondo: todas refi})onden á una 
misma falsa idea del liumano espíritu insipiente. Dragones 
6 sierpes aladas custodiaron, así l;i caverna de Trofonio 
en la gentílica Grecia, como la de San Patricio en la cris- 
tiana Irlanda ^^\ Una serpiente inmortal custodiaba la caja 
de hierro que, en medio del río Coptos, en el Egipto, con- 
tenía el libro de Totli, cuyas paginas encerraban Ioh secre- 
tos de la magia ^"l Dragones ó seri)ientes custodian las 
cuevas encantadas ó .salamancas de que la imaginación del 
vulgo campesino en el Kío de la Plata puebla las cordille- 
ras, los cerros, las barrancas de las regiones que habita. 
Uno de los más célebres oráculos de la Grecia fué Tro- 
fonio, á (piien estaba dedicado un tenq)lo en medio de un 
bosque de la Beocia, así como una caverna, junto á él, (pie 
estaba llena de serpientes, á las (pie aplacaban los visitan- 
tes arrojándoles tortas de miel. Allí había dos fuentes, una 
de las cuales borraba de la memoria los hechos pasados 
y la otra imprimía en el espíritu las cosas nuevas que se 
veían y oían en la caverna. Timarco refiere lo (]ue vi(') en 
la cueva de Trofonio: sonidos melodiosos, voces inarticula- 
das, a(pií torrentes de fuego y allí luces suaves y apacilíles, 
grandes islas movibles, abismos ¡n'ofundos, densos vaporen, 
gritos de animales, (piejumbres de hombres y mujeres, ge- 
midos de niños. Kstas cosas las presenciaba, sin Hai)er si 



(1) -Es iiatciite la scincjaiiza dt' la cueva dv Trofonio vn GrocMa y 
la de San l^atricio en Irlanda, Kn una y otra preciMlían expiaeionos. 
En luia y otra había visiones infernales. En una y otra em «rriospuln 
la entrada. De una y otra se cuenta que, <le los que i-ntraron, uno se 
quedó allá en i>oder de los deinonios. ^ ( Feijoo, Trtifrn CritiroJ 

;,«) Tabubúy liowan r(j!/¡>(irn, puhl. por ,1. U. Uosny. 



90 srrKiiSTiciONES del rio de la 1»LATA. 

clormiclo ó despierto las pereibíaii sus sentidos. Cayó en un 
desninvt), del (jue no volvió hasta que le sacaron fuera de 
la caverna, como le sucedió á D. Quijote en la cueva de 
^lontesinos. De todos los oráculos de la Grecia (que tan- 
tos oráculos tuvo), ninguno manifestó más á las claras la 
bella([uería de los sacerdotes consagrados á ellos, que el de 
Trofonio en la Beocia^^l 

La preocupación vulgar que reinaba en España con res- 
pecto á este género de encantamientos subterráneos, dio 
asunto al inmortal autor del Quijote para componer una de 
las admirables páginas descriptivas que el famosísimo libro 
atesora. Caminando j^or el término de la Osa de Montiel, 
en el corazón de la Mancha, proj^úsose D. Quijote penetrar 
en la cueva de Montesinos y « ver á ojos vistas si eran 
verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos 
aquellos contornos. » Andado cierto espacio, en una con- 
cavidad (|ue hace la cueva, « éntrale una pequeña luz por 
unos resquicios ó agujeros, qne lejos le responden, abiertos 
en la su})erficie de la tierra. » De repente acometióle un 
sueño profundísimo, y, cuando menos lo ^^cnsaba, despertó 
de él sin saber cómo, hallándose en medio del más ameno 
y deleitoso prado que puede criar la naturaleza. Despabiló 
los ojos, limpiólos; y vio que no dormía, sino que realmente 
estid^a despierto. Pero desconfiando aún de este testimonio, 
se tentó la cabeza y los pechos, á fin de certificarse más y 
más de que era él mismo el que allí estaba, y no algún 
fantasma engañoso. El tacto, el sentimiento, los concerta- 
dos discursos que entre sí hacía, desvanecieron toda duda 
á ese respecto. Ofreciósele luego á la vista un suntuoso 

(1) J. J. J3arthéleiiiy, Viaje de Anacarsis tí la Grecia. 



CAPÍTILO VIII. 91 

palacio, ciivos muios traii^íparontcs parecían de claro cris- 
tal fabricados. Abi'iciidosc dos ^Tandcs puertas, aeercósele 
un venerable anciano, vestido con un capuz de ])ayeta mo- 
rada que por el suelo le arrastraba, por s(jbre los hombros 
y ú los pechos una Ijcca de raso verde, en la mano un ro- 
sario de cuentas mayores que nueces, la Ijarba canísima y 
hasta mas abajo de la cintura, lento el })aso, gi*ave el con- 
tinente. Era Montesinos, quien se congratulo de que el va- 
leroso caballero de la. Mancha hubiese ido á visitar á los 
que en aquellas soledades estaban encantados. Sintió gran- 
des alaridos v aniíustiados sollozos. Dál)anlos hermosísi- 
mas doncellas, que, vestidas de luto, iban en |)rocesióii 11(.- 
rando endechas sobre el cuerpo de Durandarte, que yacía 
allí encantado en magnífico sepulcro. Estas y otras cosas, 
muy análogas a las que el vulgo cree ver en las salamancai<, 
contó D. Quijote haber visto en la cueva de Montesinos. 
Sancho, que, aunque burdo, tenía buen meollo, no pudo tra- 
garlas, y se explicaba de un modo discreto la alucinación de 
D. Quijote. I^ecía Sancho con desenfado: los encantadores' 
que encantaron á la chusma que J). (Quijote dice haber 
visto y comunicado en la curva de ^lontesinos, le encajaron 
en el magín toda esa máípiina (jue refiere. Quiso decir San- 
cho que D. Quijote era víctima de una ilusión. \jO^ encanta- 
dores á (pie aludía su maheia, eran las preocupaciones y 
fantasías (pie engendran de una parte la ignorancia y de otra 
la imaginación mal gol)eniada, las cuales acal)an por tia>- 
tornar el juicio délos hombres mejor acondicionados, cuan<lo 
(5stos no han sabido sustraerse á la perniciosa inliuencia ava- 
salladora del error entronizado en el enteiubmiento v eu el 
animo de la mucliedundjiH* irrellexiva y poco daila á con- 
formarse con las S(M(;iedades de l;i v¡(l:i i'eal y peivcedera. 



92 SUPERSTICIÓN IvS mih KIO DE LA PLATA. 

Así en las serranías qne se encadenan á los Andes, 
como en las que cruzan las comarcas que riegan el Paraná 
V Uru^niav, v en las barrancas de ríos y arroyos, albér- 
(«-anse en cuevas v grutas profundas é inexploradas, que la 
imaiíinativa vulgar convierte en alcázares encantados, mu- 
chedumbre de entes fantásticos, dotados de cualidades su- 
periores V capaces del bien y del mal, que, eutre las diver- 
sas cosas que misteriosamente ejecutan, desde afuera se 
siente que llaman, conversan, amenazan, gritan, munnu- 
ran, lloran, disputan, suspiran y se lamentan. Siéntense 
asimismo ruidos extraños, músicas, estruendos, y hasta ti- 
ros V sablazos, Estas cuevas encantadas llevan el nombre 
de salamancas en todo el Río de la Plata, lo propio que 
en Río Grande del Sur del Brasil. Cavernas profundas é 
impenetrables, socavadas por las aguas ó formadas por 
accidentes terrestres, infunden terror y espanto á quien osa 
dar algunos pasos hacia el interior de ellas. El apagar 
de las luces que lleva en la mano el receloso explorador 
(que ignora los efectos del ácido carbónico depositado 
naturalmente en la caverna), le sorprende y acobarda. 
Añádase á esto el intensísimo frío ( miedo ) que hiela y 
las roces y rjolpes que el curioso siente á sus espaldas al 
retirarse, como si le fuesen persiguiendo para matarlo ó 
prenderlo y hundirlo en un abismo; y se tendrá corrido el 
velo que oculta tanto misterio en la cueva. ¡Dichoso, em- 
pero, quien, siendo bastante osado para internarse en ella, 
mereciere aprender las nmchas cosas que allí se enseñan, 
así en materia de ciencias, como en las artes y habilidades 
que hacen más y más apetecible y fácil la vida! De allí 
han Sil 1 ido encantadores y adivinos, hombres de fortuna, 
guerreros siempre; vencedores, políticos eminentes, músicos y 



CAPÍTULcj VIH. 93 

2)oetas suhliiiics, (juíinicos y mecaiiico.s maravillo.sOH, mujeres 
que hechizaron por sus encantoH. Muclias de las nimpatíaü 
(para curar) que se conocen, allí fueron aprendidas. Allí 
se satisfacen hasta las pretensiones más triviales. A este le 
2)ro|H>rcionan los medios ó le dan el secreto de que nunca le 
falte dinero : á a(piel los de salir hien en tal ó cual empresa 
6 lance dificultoso v arriesi^ado: á este otro los de granar á 
los naipes 6 á otro juego: á aquel otro los de tocar bien la 
guitarra 6 no errar un tiro. Todo está en tener coraje y 
meterse dentro de la salamanca: quien se atreve á ello, de 
se2:uro sale con akuna virtud. Cuando Onofroff anduvo 
por Buenos Aires y Montevideo asombrando con sus expe- 
rimentos y cumpliendo las ordenes mentales de los curio- 
sos con sor})rendente puntualidad, el paisano, á cuyos oídos 
llego la noticia, decía entre bromas y veras : « de juro ha 
de haber entrado en una salamanca. >> En la salamanca se 
satisfacen todos los deseos y aspiraciones : el que entra, pide 
lo que quiere. De nmclios liom])res acaudalados y caudi- 
llos poderosos cuéntase (pie tlebieron su buena fortuna en 
los negocios y en las lides á los datos y consejos obtenidos 
en una salamanca |)ara su g()bierno individual. En la gue- 
rra (1835-1845) 6 revolución re})ublic:nia llamada de los 
farrapos (rotos), en la antigua provincia de Río Grande 
del Sur (Brasil), figuró en primera línea un caudillo (pie, 
á sus grandes riquezas e intluencia, reunía la circunstancia 
de que la suerte le favoreciese en sus empresas y en casi 
todos los lances (pie hicieran peligrar su vida ó sus desig- 
nios. El vulgo atribuía la estrella incomparable del famoso 
caudillo ((pie era el general lientos Manuel Kibi'iro, cono- 
cido connuimeiite por ¡ycnfos Manuel á secas) á las con- 
sultas (pie suponen hacía tal y tal vez en la sa/a/nanca (jue 



[)l SUrERSTICIOXES DKL RIO DE LA PLATA. 

hav CU uno do los cerros de. Yarao (Jarcio), que están al 
norte del río Cuarev, por donde pasa la línea divisoria en- 
tre el Uruguay y el Brasil. 

La sala manea del eerro de Yarao es una de las más cele- 
bradas. Todos los propietarios de los campos donde se 
hallan los cerros de Yarao, han hecho fortuna: favor que 
deben á las consultas que hacen al oráculo de la salamanca. 
Yendo cierto sujeto á una vaquería (batida de ganado 
vacuno cerril), sobrevínole mía tormenta que le hizo perder 
el rumbo. Aflojo las riendas á su caballo, para que le llevase 
adonde su instinto le condujese. Caminando, caminando, 
fué á ptu'ar ¡unto á los cerros de Yarao, donde topó con un 
hombre, que le dijo: «Yo también soy cristiano, de la 
ciudad de Santo Tomé (antiguas misiones jesuíticas del 
Uruguay ) . Aquí me han traído y estoy encantado . » Instó 
el hombre encantado al peregrino que lo siguiese, prome- 
tiéndole hacerle participante de las grandes cosas que es- 
condía en su seno la salamanca que le servía de albergue. 
El extraviado caminante, revistiéndose de todo el valor que 
pudo, siguió paso á paso al desconocido, entrando en mía 
caverna que le condujo por extrañas y dificultosas veredas 
á mansiones resplandecientes, donde las pedrerías y el oro 
derramados con profusión por todas partes era lo menos 
capaz de causar suspensión y maravilla. El desconocido, al 
despedir al visitante, dióle una onza, diciéndole que nunca 
se le acabaría. Así sucedió en efecto: aunque repetidas ve- 
ces gastó la onza, otras tantas volvió á encontrarla en el 
Ijolsillo del chaleco. Pero una dicha tan singular llegó á in- 
fundirle temor; y un día tiró la onza, prefiriendo vivir po- 
bremente del fruto de su trabajo. 

Espaciosas ha})itaciones y salas cuyas paredes y techos 



CAPÍTCLO VI ir. 95 

centellean como eldiamantey cloro bruñido, donde multitud 
de jóvenes tan ])el]Ms eu;d las pudo imau'inar la fantasía de 
Malioma danzan í;Taeiosamente al compás de músicas sua- 
vísimas, alegran deliciosamente los ojos y los oídos de los 
afortunados que penetran en una salamanca, a cuya entrada 
se le aparece, saliendo de entre las breñas, una teiTÍfica ser- 
piente, que le reci])e solitaria, como si se intentase someter 
la constancia del ex2)lorador a las pruebas espantosas que 
diz que usa la masonería en la recepción de sus neófitos. 
Las l)rujas asisten á los bailes de las salamancas. Las 
salamancas de Tucumán se singulaiizan á este respecto. 
Las fiestas que organiza el salamanquero en las temidas 
mansiones subterráneas de ciertos lugares encantados, vie- 
nen á ser aquellas celebres asambleas nocturnas conocidas 
en Europa con el nombre de danzas del sábado. Presumen 
algunos que el nombre de sábado, aj^licado á las juntas 
nocturnas de brujas, hechiceros y magos, procede de ser 
ese el día de la semana en (|ue los judíos, á quienes se 
tenía por maestros en el arte de hacer maravillas, cele- 
braban sus asambleas, eligiendo para el efecto, por causa 
de las ])erstruciones religiosas, un lugar escondido y soli- 
tario. .V estas asambleas llamábaidas sábados, dándose el 
mismo nombre, en sentido despectivo, á los ccmvites ó 
juntas de (|ue se trata. Otros quieren que se derive de una 
voz griega (sábados) que signiüea algazara y frenesí pro- 
ducidos poi- el abuso de los dones de Baeo, en euyo honor 
se celebraban grandes fiestas (las bacanales) que degene- 
raban en tumultuosas orííías'^l 



(1) L. F. Alfred Mauíy, La Magie ci VAslrologie, V. Chiistian, 
IIis!oirc (k la Majie. 



/ 



9G SUrERSTIC IONES DEL RIO DE EA PLATA. 

Las brujas, á iiunlia noche (que es su hora oficial), des- 
pués de invocar al demonio y de untarse de pies á cabeza 
con el maravilloso ungüento^'- que para el efecto preparan, 
transformadas en buhos ú otras aves (6 bien en su propia 
fii>'ura de viejas feas, escuálidas y desabridas, (caballeras en 
palos (.le escoba ), salen volando hacia el lugar secreto y 
apartado donde tienen sus juntas nefandas. Retínese allí 
gran concurso de gente de ambos sexos y de todos estados, 
y, reverenciando á Satanás, que se les j)resenta con la 
cabeza y pies de macho cabrío, por lo que suelen llamarle 
cabrón ^-\ danzan en torno de él, celebran, por escarnio, la 
misa negra, ¡íarodia de la sagrada, hártanse de viandas 
execrables y entréganse desenfrenadamente á impúdicos 
placeres. Eligen, para estas asambleas y fiestas, lo más 
escondido de un espeso bosque no frecuentado de seres 
liumanos, ciertas islas misteriosas de que huye la gente, un 
gi-ande edificio antiguo arruinado y solo, la espantable so- 
ledad de un campo santo, las profundas cavernas inexplo- 
radas de cerros y ¡tarajes inaccesibles. ¿Qué sitio más á 
propósito que las espaciosas y recónditas salamancas f En 
todas, como que todas son obra de la misma negra mano 
del ¡)ríncipe de las tinieblas, han de merecer hospedaje sus 
más devotas siervas. Mas las salamancas de Tucumán 
gozan, á este respecto, de fama tal, que pareciera ser pri- 
vilegio exclusivo de ellas la asistencia de las brujas á sus 
convites. 



(1) Producíale.^ un sopor (lurante el cual creíaiiHe transportadas por 
los aires y que pasaban roalmoiito por ollas las cosas que imaginaban. 

(2) « Muchas veces he querido preguntar á mi cabrón qué fin ten- 
drá vuestro suceso.^ (Cervantes, Coloquio de los Perros.) 



CAPITULO IX. 

Salamancas. 



Sumario. — Condiciones morales necesarias para entrar en una ftala- 
manca. — Pruebas terribles. — Arraigada ¡dea del destino en la 
ícente hispano -anierieaiía. — Relación de un percíxrinante á quien 
la fatalidad hace infeliz. — Ln\ blanca y lux, ticfjra (el bien y el 
mal). — Kl negrillo, símbolo de la desgracia.— Espíritu fantástico 
de los pueblos hi'ípano-americanos. — Su influencia en el bien de 
la vida. — Cueva encantada de Salamanca f España ).— Su nuicha 
r.una traspasa los mares. — El nombre propio de Salamanca pasa 
á ser apelativo en el Río de la Plata. — San Cipriano patrono de la 
cue^-a de Salamanca. — El y Santa Justina alcanzan juntos la 
corona del martirio.— Cipriano en la comedia de Calderón El Má- 
(jico Prodigioso. — Cuevas encantadas entre los indios del Nuevo 
jMundo. — Su perfecta analonía con las del Viejo.- Las cavernas 
en la historia y en la prehistoria. — En Méjico y el Perú. — En 
i'hWc. — Mar/NCs y It nccurn ¿/es. — hlon del historiador Eray Juan 
de Torquemada.— ObsíM-vaciones á su respecto. — J^iacJirs del Ori- 
noco: lugares donde hacían penitencia y ensei^aban. — ídem entre 
lo> nuigos guaraníes.— Adoratorios en las alturas y adoratorios en 
las cavernas. — En las Aiitilla-í. — En el Perú. 



El acceso al interior de las salamancas, {[ la manera de 
los templos 6 escuelas mái^icas del Egipto y del Asia, está, 
])()!• lo general, vedado. Tara merecer y poder entrar en 
ellas, es necesario revestirse (h mucho coraje y de mucha 
iiuliferencia á todo cuanto rodee y sea capaz de hacer im- 
presión leve ó vcluMUíMitc en lo." s(Mitidos y en el ánimo del 



98 8riM:KsrK'io\Es del kío de la plata. 

aspirante, que Jebe tener al intento la impasibilidad de un 
estoieo. Pruebas terribles, aparatos y ceremonias magní- 
ficas, que ti-aen a la mente las que usaron los pueblos del 
Oriente y las que diz que usan los masones en la recep- 
ción de sus neóíitos, esperan al sujeto que quiere iniciarse 
en los misterios de una salamanca. Mas aun así, con todas 
estas purificaciones, todavía el neófito no sabe si, al salir de 
la salamanca, será feliz ó desgraciado en su vida terrenal. 
Acaso flaqueó la santidad de su intención en el acto de 
manifestar sus aspiraciones, acaso en el libro del destino 
está escrita de antemano su suerte. El destino es cosa C|ue 
anda en boca del paisano á cada paso -^^ como que la tradi- 
ción arábiga no ba abandonado atín del todo la imagina- 
tiva de la gente hispana ó hispano-americana. La expre- 
sión tan usual en los pueblos de raza española: estaba de 
Dios que había de se?' asió que asi había de suceder, si 
bien indica propiamente que en ello ha intervenido la vo- 
luntad divina, que el hecho se ha ciniiplido por disposición 
de la Providencia, todavía es notorio que el sentido en que 
el vulgo la aplica se ajusta y se refiere á la doctrina del 
fatalismo predicada por Mahoma, por el profeta y enviado 
de Ala. En la forma y en el fondo responde á una idea 
fatalista el siguiente proverbio representativo de la desgra- 



\-*^/ Vive (.'1 íigiiila en su nido, 

ICl tigre vive en la selva, 
Kl zorro en la cueva ajena ; 
Y, en su destino inconstante, 
Sólo el gaucho vivo errante 
Donde ¡o lleva la suerte. 

(El Gaucho Martin Fierro por D. Josó Hernández.) 

Pero contra el plan mejor 
Kl destino se revela. 

(ídem, ídem. ) 



CAI'ÍTLLO IX. í)9 

eia: rl honthrc dcsíjraciado cae de Cfipaldaa, y se apiada 
las narices. 

Cuentan que liiilx) un lií)iiii)re (juc, siguiendo los conse- 
jos de un amigo, se piopiiso ir á buscar á una salamanca 
los medios de ser feliz, (juc no encontral)a ni creía fáciles 
de hallar en el tráfago del mundo. Para el efecto, encami- 
nóse, con arreglo á las instrucciones que d(íl amigo reci- 
biera, hacia el ocaso, á puesta del sol. Después de andar 
un largo trecho, sin saber cómo ni cuándo, topó de manos 
á boca con dos formidables yaguaretés, ó tigres del país, 
que estaban peleando enfurecidos. El peregrinante debía 
proseguir su camino, sin temor, sereno, imperturbal)le, en- 
tre los mayores peligros ó daños que pudieran amenazarle 
ú oponérsele al paso. Así lo hizo; y pasó innmne por en- 
tre las ensan2:rentadas uñas y colmillos de los dos tigres 
horripilantes. Halló en seguida dos bravísimos leones des- 
pedazándose; y ])or entre sus garras y sus dic^ntcs })asó 
tranquilo y pausado, sin (jue la más mínima lesión hubiese 
herido su epidermis. Luego pusieron en inminente peligro 
la \áda del caminante las desnudas espadas de dos irrita- 
dos combatientes; por entre las cuales pasó él, sin embargo, 
ileso. Más adelante se halló en medio de una espaciosa 
campiña alfombrada de césped, asond)rada con esbeltos 
árboles frondosos, esmaltada con ñoridas plantas odoi'íh'- 
ras que encantadoras ninfas cultivaban, cubierto el cielo 
de bandadas de pájaros maravillosos por la hermosura de 
su plumaje y la dulcísima melodía de su canto. Pero el 
peregrinante debía ser tan insensible á los atractivos de la 
belleza y de los halagos más eficaces 6 tentadores, como 
indiferente á los peligros y á las cosas que mayor repulsión 
causan ordinariamente al hombre. ¿Quién creyera, cono- 



100 SUPKRSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

cioiulo la c'Diulicióii lili mana, quo también en esta parte 
había de cumplir al pie de la letra el peregrinante las ins- 
trucciones que le diera aquel su amigo ya iniciado en los 
misterios de las salamancas? Nada le valió empero el sa- 
crificio hei'oico que hiciera de los más legítimos afectos, la 
constancia con que sobrellevara los más temibles trances 
que pusieron á prueba su fortaleza é inmutabilidad du- 
rante su peregrinación por sendas y regiones nunca holla- 
das de su planta. O alguna vez flaqueó, cuando menos con 
la intención, siempre insegura en medio de tantas solicita- 
ciones como las que rodean al hombre en el mundo y le 
rodearon á el en la subterránea mansión de los seres en- 
cantados; ó el destino, contra el cual vana es toda resis- 
tencia, le conducía ineludiblemente á un termino fatal en 
una vida llena de peripecias crueles. Entre densas tinie- 
blas, tras larga jornada, apersonósele un individuo que por 
la voz y gi'a vedad con que hablaba conoció ser un anciano, 
quien, haciéndole sentar, le preguntó que buscaba y que 
quería: Luz, dijo el peregrino. ¿Qué clase de luz? repuso 
el anciano. Llanca ó negraf Maquinal mente, sin hacerse 
cargo de las consecuencias que pudiera traer una respuesta 
inconsiderada, sin pensarlo, respondió: negra. El anciano 
colgó del cuello del peregrino una bolsita que contenía un 
negrillo de palo, diciendole: ahí tienes lo que me ¡yides. 
Una serie no interrumpida de contrariedades y amarguras 
ocasionadas, ora por lo que se llama desgracia ó mala 
suerte, ora por propia imprudencia, por propio vicio y por 
propia malicia: tal fue la vida del peregrino, después de 
8U salida de la salamanca. 

La luz negra, (pie, junto con los rayos visibles, á los 
ojos dr' la ciencia ilumina los espacios, concurriendo pode- 



CAPi'Trr/) rx. 101 

rosamente á la vida uiiiver.sal ^^, para el mago y para el 
vulgo surge de los abismos y envuelve al hombre en lúgu- 
bres sombras de muerte que le hacen desgraciado en el 
mundo. 

Multitud de cuentos y leyendas por el estilo, aunque 
mal hilvanadas, andan en boca de la gente campesina. 
Varias en accidentes y pormenores, identifícalas una común 
semejanza, que descubre su origen primero. Muy alejado 



(1) «El espectro solar se compone de muchos rayos, cada uno de 
los cuales es una línea de vibración de las partículas del éter: al 
menos esta es la hipótesis dominante, el simbolismo más perfecto y 
más fecundo de cuantos se han inventado para explicar el fluido lu- 
minoso. Cada rayo es como una nota nuisical del éter: las hay í^ravcs, 
las ha}' agudas, y el prisma las abre en abanico irisado, es decir, 
las dispersa en forma de espectro solar. Pero nuestros sentidos son 
mozriuinos, }• en esa orquesta del espacio, maravillosa irama de colore-, 
sólo vemos los colores comprendidos entre el rojo y el violado: el 
color rojo, que supone 477 millones de millones de movimientos vibra- 
torios en un segundo de tiempo, es la nota baja de la escala musical 
de los cielos: el color violado, para el cual cada átomo de éter vibra 
734 millones de millones de veces en un segundo, es la nota alta, la 
de las t¡{)k's celestes. 

« Pero hay otros muchos rayos de luz inferiores al rojo y superiores 
al violado por el número de sus vibraciones; y esos, que rayos de luz 
son, que se componen de vibraciones, que trabajan á luiestro alrededor, 
como rayos de calor ó como rayos químicos, esos, repito, no los 
vemos. 

«Precisamente los rayos eficaces par.; la fotografía son rayos obscu- 
ros, son los superiores al violado, los invisibles para nosotros. Xo hay, 
pues, que asombrarse, si los rayos negros de luentgen graban sobre 
la plancha fotográfica la mano espectral. 

« Existe, pues, la luz negra, y pov lo tanto invisible, como existe la 
luz blanca ó la luz de colores. La luz, .<egún las teorías modernas y 
objetivamente considerada, es vibración del éter: la veremos ó no, 
según la agudeza de luiestros sentidos y lo agudo ó lo grave de la 
nota luminosa.» 

( fj)s; nn/os X, cinuicd c¡(/ih/ir:[ (,si»i)re el iiivciUo de lv»entgcn) por 
I). f]o>0 Echegaray. ) 



102 .SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

está el tiempo presente de aquellos en que nacieran esas 
imaginaciones v en que el vulgo las creía sin reparo. Em- 
pero la fantasía popular maniñéstaseles propicia y antes 
aviva que descolora los fantásticos visos, el tinte germá- 
nico y oriental ó hispano - árabe de los cuentos y leyendas 
de la Península ^^': cualidad no contraria al bien de la vida. 
La mitología de genios y hadas agranda el mundo y mul- 
tiplica las riquezas y las fuerzas humanas. Los antiguos 
cuentos y romances que de ella tienen origen hanse exten- 
dido por todas partes, pasando por conductos generalmente 
desconocidos de nación en nación, de lengua en lengua; y 
al presente hállanse vinculados á todas las reminiscencias 
y goces morales que alberga y saborea la imaginación de 
una parte considerable del género humano '-\ Tal se ob- 
serva realizado, así en las consejas que la gente campesina 
transmite de boca en boca, de una á otra generación, como 
en los fantásticos seres de que puebla cerros, cavernas, 
l)Osques y lagunas. 

Salamanca, tratándose de cuevas má2;icas ó encanta- 



\*) Páxaros verdes que fablau, 

Ilomes qiiü los eiitoiidíau, 
Et platicas que d'Oriente 
A Occidente nos venían. 

Yeredes del Septontrión 
Las negras fechizerías ; 
Cíaballeíos que á dragones 
En guerra campal vencían. 

Veredes feos enanos. 
Gigantes por otra vía, 
Vestiglos que del infierno 
Eu la tierra aparecían. 

(Leyenda de las Tres Toronjas por D. Agustín Duran, inserta en 
las Memorias de la Real Academia Españoh.) 
(2) Littcraturr du Midi de VEurope par Sismonde de Sismondi. 1813. 



caim'ti'lo IX. 10.*] 

das, no es otni cosa etiniol6<^icamente que el nombre sustan- 
tivado de la antigua y celebre ciudad que como propio le 
lleva en España. Hubo en tei minos de Salamanca (y sin 
duda habrá aún) una cueva llamada de San Cchrldn, 
famosa de antiguo por la creencia vulgar de que allí ense- 
naban la nigi'omancia y otras artes de encantamento^''. 
Conociósela también en la Península por el nombre liso y 
llano de cueva de Salamanca. Cervantes intitulo Za cueva 
de Salamanca uno de sus graciosos entremeses, al que 
pertenece el siguiente diálogo: 

— Pancracio. — ¿Y quien os había de dar, amigo, me- 
jor cena y mejor cama? 

— Estudiante. — ¿Quién? Mi habilidad; sino que el 
temor de la justicia me tiene atadas las manos. 

— Pancracio. — Peligrosa habilidad debe de ser la 
vuestra; pues os teméis de la justicia. 

— Eí<tudiante. — La ciencia que aprendí en la cuera de 
Salamanca, de donde soy natural. Si se dejara usar sin 
miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara 
á costa de mis herederos. Y aun quizá no estoy muy fuera 
de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me 
fuerza y me disculpa. Pero no sé yo si estas señoras serán 
tan secretas como yo lo he sido. 

— Pancracio. — No se cure de ellas, ann'go, sino haga 
lo (|ue quisiere, que yo les haré cpie callen. ^' ya deseo en 
todo extremo ver alguna de estas cosas que dicen que se 
aprenden en la cuera de Salamanca. 



(1) I). Sebaslláii do ( 'oviurul)¡;is, 'írsoro dría íymjnn Ctisirllnnn. 



104: SUrKKSTlCIONES DEL KÍO DE LA PLATA, 

LuoiTO canta un sacristán: 



O' 



Oigan los que poco saben, 
Lo que con nii lengua franca 
Digo del bien que en ai tiene 
La cueva de Salamanca. 

Oigan lo que dejó escrito 
De ella el bachiller Tudanca 
En el cuero de una yegua 
Que dicen que fué potranca, 
En la parte de la piel 
Que confina con el anca. 
Poniendo sobre las nubes 
La cueva de Salamanca. 

En ella estudian los ricos 

Y los que no tienen blanca, 

Y sale entera y rolliza 

Ija memoria que está manca. 
Siéntanse los que allí enseñan 
De alquitrán en una banca; 
Porque estas bombas encierra 
La cueva de Salamanca. 

En ella se hacen discretos 
Los moros de la Palanca, 

Y el estudiante más burdo 
C'iencias de su pecho arranca. 
A los que estudian en ella 
Ninguna cosa les manca. 
Viva, pues, siglos eternos 

La cueva de Salamanca. 

El insigne dramaturgo Juan Kuiz de Alarcón compuso 
también una comedia con el título de La cueva de Sala- 
manca. Otros muchos escritores de más ó menos nom- 
bradla contribuyeron á hacer proverbiales, en son de burla, 
mediante graciosas escenas y descripciones, la ya vulgari- 
zada patraña de la cueva de Salamanca. 



CAPÍTULO IX. 105 

El vulgo complacíase cu tales con.scjas; pero el iiuírt 
crédulo lio por eso dejalni de tomar á lo serio las cosas. 
!No era sólo la de íSalamanca, siuo tauíljiéu la de Toledo, 
cueva eueautada fauíosa. Dceíau (pie eu uua y en otra 
se l]a])ía eusefíado la magia eu tiempo de los sarrace- 
nos. Después de la exj)ulsi6u de los moros, continuo aso- 
ciada á esas y muchas otras cuevas la idea de los encan- 
tamientos. 

La fama de las maravillas de que era testigo el que vi- 
sitaba la misteriosa cueva de Salamanca, extendiéndose 
l)or toda España, pasó á los mares de Occidente en bocji 
de los pobladores del Xuevo ^lundij, cuyas cavernas lle- 
naron de encantadores y adivinos. La cueva de Sala- 
manca produjo así en América no corto numero de sala- 
mancas. 

El nombre de San Cchrián, hoy San Cipria/io, con 
que aparece bautizada la famosa cuera de Salamancay 
alude á que Cebrián ó Cipriano (que cuando gentil habíji 
sido mago de gran resonancia en el mundo ) mereció des- 
pués de su conversión al cristianismo que la divina bondad 
le favoreciese con el dou de hacer milagros. Cosas estu- 
pendas y prodigiosas hizo, en efecto, merced á su jdta el(^- 
cuencia y á esta graeia (jrafis data, en provecho y honra 
de la religión del Crucificado. He acjuí, eu breves términos, 
la historia de su vida. 

San Cii)riano nació en Antioquía de Siria, celebrada 
ciudad del lujo y de los [)laceres, la reina del Oriente. 
Sus nobles y ricos padres, eui papados en todas las supers- 
ticiones del 2;eutilismo, le i'ducarou é instruveron en las 
cieucias de los encantaiuieutos v la maiiia, en la astroloiría 
judieiaria y en el arle de los sacriíicios: facultades para las 



lOl) SU1»E1ÍST1CI()>'ES DEL IIÍO DE EA PLATA. 

cuales mostró una disposición nada común desde sus pri- 
meros ensayos. Dióse á los viajes, á. ñn de adquirir ma- 
yores conocimientos v enterarse de cuanto secreto ence- 
rrara la escuela de los astrólogos y de los adivinos y he- 
chiceros, recorriendo sucesivamente la Grecia, el Egipto, 
la India y la Caldea. Iniciado en todos los misterios que 
ambicionaba conocer, llegó á ser el mago más hábil que 
hasta entonces habían conocido los siglos, reputándosele so- 
berano maestro del arte de los demonios. Mas desespe- 
rábale el ver que con los cristianos eran inútiles sus en- 
cantos. 

aloraba en Antioquía una joven llamada Justina, que, 
de gentil que era por nacimiento y educación, habíase con- 
vertido á la fe de Jesucristo. Tan modesta como hermosa, 
rara vez salía á la calle, y eso cubierta con su manto ó 
con su velo. Esta precaución no fué parte á impedir que, 
ciegamente prendado de su belleza, codiciase la posesión 
de su persona, para satisfacer impura pasión sensual, cierto 
joven antioqueno que por acaso la contemplara. Hizo al 
intento muchas diligencias el enamorado ; pero resultando 
todas inútiles, recurrió al favor de Cipriano para reducir á 
la casta doncella. Cipriano, abrasado en el mismo fuego, se 
abalanzó á la empresa, en la que, no obstante los esfuerzos 
del jefe de los magos del Oriente, salió siempre triunfante, 
merced á sus penitencias y oraciones, la perseguida virgen 
de Jesucristo, sostenida de la gracia celestial de que se hizo 
merecedora. Bastábale hacer la señal de la cruz, para des- 
vanecer las ilusiones y artificios con que los demonios la 
tentaban. Cipriano, observándolo, encárase con Satanás y 
le dice: « ¿ Qué poder es el tuyo, que no le tienes para 
rendir á una tierna doncella?» Satanás se vio forzado á 



CAPÍTULO JX. 107 

confesar que la cruz le ponía en preci{)ita(la fuga. <^ ^Iny 
loco he sido yo, prosiguió Cipriano, en no liaberme dedi- 
cado á servir á un señor que puede más que tú. Renuncio 
á tus prestigios . » 

El padre de las misericordias había escogido á Cipriano, 
como á otro Saulo, para hacer de el un vaso de elección, 
mediante el arrepentimiento. Desnuda la cabeza, cubierto 
de ceniza y postrado en titira, imploraba el perdón de sus 
pecados. Otorgóle Dios los tesoros de su gracia y el don 
de milagros, talentos con que se dedicó á la conversión de 
los idólatras. Obtuvo un éxito tan feliz y extraordinario en 
esta conquista espiritual, que el emperador Diocleciano lo 
mandó prender y despedazar. El y la virgen Justina, que 
también fué condenada por su eminente santidad, alcan- 
zaron juntos la corona del martirio ^^\ 

Calderón de la Barca, el antiguo estudiante de teología 
de la universidad de Salamanca, á cuya sublime facundia 
no se escapaba ningún asunto ca2)az de impresionar viva- 
mente el ánimo religioso de sus contemporáneos, presentó 
en el teatro, con su comedia El Mdy'ico Prodi(jioso, las 
dramáticas vicisitudes, tentaciones y martirio de Cipriano 
y Justina. El demonio, que, cuando fue espíritu puro, con 
su rebelión perdió la gracia, pero no la ciencia, que era (y 
es por ende) inlhiita, logra que Cipriano le venda su alma, 
firmando cédula al efecto con sangre de su brazo, á trueque 
de poseer á Justina, de quien se había enamorado con fre- 
nesí. Enseñaríale la magia, mediante la cual sabría ga- 
narse irresistiblemente la voluntad de su amada: y para 



(1) Año Cristiano \\o\' el I*. Croisset, traducido por rl V. Francisco 

(le Isla. 



f 



108 supp:esticioisES dp:l río de la plata. 

aprenderla tendría que estar encerrado con el un año en 
una cueva. Así lo verifica Cipriano, y al cabo sale de la 
cueva, ufanándose de su saber en estos términos : 



Ingrata beldad mía, 
Llegó el feliz, llego el dichoso día. 
Línea de mi esperanza, 
Término de mi amor y tu mudanza; 
Pues hoy será el postrero 
En que triunfar de tu desdén espero. 
Este monte, elevado 
En sí mismo al alcázar estrellado: 
Aquesta cueva oscura, 
De dos vivos funesta sepultura; 
Escuela docta han sido 
Donde sutil la mágica he aprendido, 
En que tanto me muestro. 
Que puedo dar lición á mi maestro. 
Y, viendo ya que hoy una vuelta entera 
Cumple el sol de una esfera en otra esfera, 
Á examinar de mis prisiones salgo, 
Con la luz, lo que puedo y lo que valgo. 
Hermosos cielos puros. 
Atended á mis mágicos conjuros; 
Blandos aires veloces. 
Parad el sabio estruendo de mis voces; 
Gran peñasco violento, 
Estremécete al eco de mi acento; 
Duros troncos vestidos. 
Asombraos al horror de mis gemidos; 
Floridas plantas bellas, 
Al son os asustad de mis querellas; 
Dulces aves suaves. 

La acción temed de mis prodigios graves; 
Bárbaras, crueles fieras, 
^lirad las señas de mi afán primeras: 
Porque, ciegos, turbados. 
Suspendidos, confusos, asustados, 
Ciclos, aires, peñascos, troncos, plantas. 
Fieras y aves, estén de ciencias tantas. 



C A TÍTULO IX. 109 

Mas el Dios de los cristianos, protcgieüdo á Justina, la 
libra de las asechanzas del demonio, cuyo pacto borra Ci- 
priano (con ser martirizado) también con su propia san- 
gre, arre})entido de su flaqueza ^^\ 

Auníjue las aalaniancas dr (jue se trata sean originarias 
de la Pc^nínsula, no por eso ha de creerse que toda cueva 
encantada tenga hi misma procedencia; pues no pocas hay 
en las regiones del Plata, así como en el resto del conti- 
nente, que fueron reputadas albergue de prodigios \yoY los 
naturales que antes del descubrimiento pol)hd)an la tierra, 
y en ellas asimismo estal)lecieron su escuela y su orat<jrio 
los magos indígenas, mensajeros y ministros de añan<ja, 
de gualicho y otras divinidades representativas del de- 
monio. ¿Que superstición lia])rá que, nacida en el Viejo 
Mundo, c¿n*ezca de otra análoga ó semejante en el Nuevo? 
La condición humana y la naturaleza exterior en todas 
partes son idénticas. Variarán los accidentes, ofrecerán di- 
versas particularidades; pero, en el fondo, el que nació c^n 
* 

Europa hallará en el Asia, en el África, en la Oceanía, en 
la [)rimitiva America, re])roduci(las las mismas cosas: el 
hombre de esta ó de aquella casta, tales ó cuales montes y 
llanuras, ríos y mares, peces, aves y cuadrúpedos, el propio 
cielo variamente estrellado. Las supersticiones vienen á 
ser la interpretación primaria de los fenómenos naturales; 
y siendo uno mismo el iuterpi'ctc (el hombi-c en su estado 
primitivo) y una misma la cosa que se interpreta (el (es- 
pectáculo del universo), aínies habrán de ser, salvas dife- 
rencias de forma, las conclusiones (jue se fornuilen al res- 



(1) l'U Máijico Prodii/toso, ('(^iiudia l";uiu)>;i do 1 >. IVilio C'iiKloróii 
(lo lii IJtirca, puhl. por Alt'red Morel-Fatio. Ht'ilbronii. 



lio SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

poeto. Sustrácnse raras veces á esta regla aun las supers- 
ticiones que nacen en el seno ele las sociedades modernas, 
por nuiv alejadas que se hallen de la fuente común á todas 
las que privan por el mundo. En la averiguación de estos 
hechos, determinando circunstancias y deslindando épocas, 
interesadas están la historia y la prehistoria, á quienes tan 
útiles son los restos y vestigios, por mucho que las inju- 
rias del tiempo los hayan desfigurado, del hombre y de los 
pueblos primitivos. 

En las cavernas procura hallar la ciencia prehistórica 
vestigios ó muestras claras de la naturaleza y del género 
de vida del hombre primitivo. Sin duda á veces los restos 
del hombre prehistórico y de su modo de existencia, en 
profundas é impenetrables cavernas, habrán sido ocasión 
de que generaciones posteriores las poblasen de seres fan- 
tásticos. Otras veces, por el contrario, habrá sucedido, ó 
podrá suceder, que se tomen por prehistóricos de remoto 
origen los despojos y restos confusos de adoratorios, luga- 
res de purificación y penitencia y escuelas ó noviciados de 
la magia, pertenecientes á generaciones de épocas más in- 
mediatas. 

Entre los restos fósiles, dice un sabio geólogo, de una 
época inmediatamente anterior á la actual, enterrados en 
cavernas y en los depósitos de aluvión, hállanse, en la 
América del Sur, esqueletos de megaterios, megalonios, 
gliptodontes^^^, milodones, toxodones y macranquenias, for- 
mas extinguidas, genéri carnéente afines del perezoso, del 
armadillo, del capibara ó capincho y de la lama. Hállanse 
también, en las cavernas del Brasil, junto con las especies 

(1) Tatú gigante llanian al güptodonte en el Río de la Plata. 



CAPÍTULO IX. 1 1 1 

antedichas, mono.s, igualmente extinguidos, de rabo corto, 
semejantes á lo3 géneros Ccbíis y CaUitJtrix . . . . Profun- 
das grietas y abismos han ai)ierto los terremoto?, y las 
masas montañosas han sido violentamente fracturadas y 
dislocadas, durante su elevación sobre el nivel del mar. 
De ahí, por la simple acción de los terremotos, esas gran- 
des cavidades que encubre bajo su corteza la tierra, á parte 
de las que proceden de las excavaciones ejecutadas por el 
curso rápido de las aguas. Pero hay cavidades, señalada- 
mente en las rocas calcáreas, que al paso que en general 
tienen comunicación con alguna hendidura, aquí se dilatan 
á manera de vastas galerías y allá se reducen á un corto 
recinto, ofreciendo á la vista del espectador formas tan ca- 
prichosas, que á veces el ánimo se resiste á convenir en 
que deban realmente su origen á una simple rotura ó á un 
simple cambio de lugar de sólidas masas ^ ^ K 

En Méjico, en el Perú, en todas las regiones del nuevo 
continente ha habido cuevas y cavernas habitadas de bru- 
jos y de demonios que hablaban con los indios, con altares 
y rastros de sacrificios y huesos humanos, con lagos tran- 
quilos, con ruidos de truenos y vientos impetuosos -^ Es 
que allí, del propio modo (|ue en lo más recóndito de los 
bosques y en lo más inaccesible de las altas montañas, 
buscó sombras y espanto la magia y estableció sus escuelas 
ó noviciados misteriosos y aterradores. 

En cuevas y lugares ocultos, donde rendían culto á su 
divinidad infernal, á quien invocaban en sus consultas y 



(1) Prinriprs de Grolorjie por Sir Charles Lyell, trad ]ior M. J. Oi- 
nestoii. 

(2) Véaso el C/ron¡sta Antonio «1(» llt-rriTa, Dicadas de Indias 6 
Historia (irncral etc. 



112 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

empresas graves, encerrábanse también, entre araucanos, 
por largo tiempo, los que aspiraban á iniciarse en las doc- 
trinas y secretos de la magia que los machíes j JiuecicvU' 
ycit practicaban. Allí permanecían todo el tiempo necesario, 
sin ver entretanto el sol, pasando por diversas pruebas, 
entre ellas las aparentes de arrancarles los ojos y la lengua, 
para sustituir una j otros con la lengua y ojos de Pillán 
6 Huccuvú (su dios tutelar), y el meterles una estaca por 
el vientre, sacándola por el espinazo ^^\ 

Los huccuvuycs ó rentes, entre los araucanos, andaban 
vestidos con unas mantas largas, llevando también largo 
el cabello. Los que no le tenían naturalmente largo, su- 
plíanle con una cabellera postiza de cochayuyo ó de otro 
filamento vegetal. Vivían separados del concurso de las 
gentes y durante largo tiempo permanecían incomunicados 
en lóbregas cuevas de montañas escarpadas. El nombre de 
huecuvuyes^-^ les viene de Hueciivil, que, del mismo 
modo que Pillán, representaba una divinidad, que para 
los nuevos pobladores no significaba ni podía significar 
otra cosa que el demonio, á quien consultaban para dar 
sus respuestas y ejercer los demás actos propios de su 
ministerio. 



En hondos y secretos soterrailos 
Tienen capaces cuevas fabricadas, 
Sobre maderos fuertes afirmadas 
Para que estén así nestóreos anos : 



(1) Diego de Rosales, Historia del Reino de Chile (pasaje trans- 
cripto por D. J. T. :\[edina en sus Aborígenes de Chile) . 

(2) Boquibuyas en la Conquista Espiritual de Chile por el P. Diego 
de Rosales. Corrupción de Jmecuvuyes, 



CAPÍTCLo rx. 113 

Las cuales, en luf^ar de ricos paños, 
Están (le abajo arriba entapizadas 
Con todo el suelo en ámbito do esteras 
Y de cabezas hórridas do fieras O). 

Los hitecuvuycs sacrificaban víctimas liiimanas j de 
animales á su deidad, incensando con el humo del tabaco. 
Ni faltaban en las cavernas las serpientes y los lagartos, 
las transformaciones de seres humanos en cóndores y en 
otras clases de animales, el fuego, los estruendos y otros 
encantos. Las ramas del canelo, árbol sagrado, figuraban 
en sus ceremonias, como en las de los machíes cuando 
hacían sus curaciones ^-^ . 

Observa el historiador Fray Juan de Torquomada que 
por regla general los pueblos de todas las regiones del 
glo])o han :idorado y hecho sacrificios á Dios en lugares 
eminentes, y en cuevas y sitios bajos á las divinidades in- 
fernales e inferiores. Así, los dioses que el paganismo re- 
putaba celestiales, recibían sacrificios en los alfares (quasi 
alta ara, porque eran altos ) : los terrenos, en las aras; y 
los infernales, en cuevas y cavernas, como que hondo y pro- 
fundo era el lugar donde tenían su morada '''^\ 

Lo qu(^ especialmente, empero, debió arrastrar á las ca- 
vernas al mago, ó al hechicero y adivino, es la necesidad 
de ocultar sus procedimientos y medios falaces de que se 
valía })ara cautivar el ánimo de las gentes, sinmlando re- 
cibir inspiraciones y protección y ayuda en sus empresas y 



(1) Pedro de Ona, Amura Doviado, canto sejjundo. 

(2) D. Francisco Núnez de Tin. da y Has<«uniui, CmUiverio Friiz^ 
c Infontiacióu del C^ipitsín Antonio de Soto Pedreros (en Los Abori' 
goies ele Clillc por I). J. T. Meti¡n;0. 

(3) M()}iai'i¡n¡a hidinit'!. 



114 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

acciones de la temida deidad á quien servían. Con el mismo 
proposito sepultábanse en los espesos montes apartados y 
en las montañas ó sierras inaccesibles. Cuevas y bosques y 
serranías prestábanse por igual al propio intento. 

hos piaches de las regiones bañadas por el Orinoco, en 
lugares ocultos y retirados, en medio de los bosques, ini- 
ciaban á sus neófitos en el arte de la magia. Solitarios, 
observando una vida rígida, puro el cuerpo y el pensa- 
miento, permanecían sus discípulos dos años bajo su guarda 
y dirección, hasta que, imbuidos en la eiencia oculta (di- 
remos) que ellos les comunicaban, volvían de nuevo al 
mundo, aptos para ejercer el arte de la nigromancia y para 
curar á los enfermos ^^\ 

Los que aspiraban á iniciarse en los arcanos de la ma- 
gia, entre los guaraníes, sufrían rígidos ayunos, mortificá- 
banse con duras penitencias, absteníanse del contacto del 
agua, de toda loción de su cuerpo, de todo abrigo, de toda 
otra comida que la pimienta y maíz tostado en cortísima 
cantidad, en lugares fríos, lóbregos y retirados, donde el 
demonio acudía á sus fervientes invocaciones. Cuando vol- 
vían al mundo, invocábanle bebiendo la yerba del Para- 
guay, que para el efecto reducían á polvo ^^'^. 

Xi tampoco fueron mirados los esplendores del cielo 
como la fuente única del bien que pueden merecer los mor- 
tales y liacia el cual, por ende, debieran éstos encaminar 
sus adoraciones en altas cumbres. Los isleños de Santo 



(1) Pedro Mártir de Anglería, Fuentes Históricas sobre Colón y 
Amérirn, dadas u luz y traducidas por el Dr. D. Joaquín Torres 
Asonsio. 

(2) El P. Pedro Lozano, Historia de la Conquista del Paraguay, 
Rio dn la Piala y Tucumán. 



CAPÍTULO rx. 115 

Domingo reverenciaban una caverna, adornada con mul- 
titud de pinturas y á cuya entrada figuraban dos zemcs ó 
ministros preternaturales de la divinidad, de la cual salie- 
ron el sol y la luna que alumbraron al mundo. De las ca- 
vernas de Caunaná supusieron haber salido seis parejas de 
que tuvo origen el genero liumano. Custodiábalas Maclio- 
chael, (]uien, sorprendido por el astro del día cuyo aspecto 
le estaba vedado, quedó convertido en piedra ^^^. El primero 
de los Incas ó reyes del Perú salió igualmente de una cueva, 
á seis leguas del Cuzco, después del diluvio, que también 
le hubo para los indios como para los pueblos del Oriente. 
Agua de los dioses bebíase en una fuente que brotaba den- 
tro de encanüida caverna '"\ 

Los indios del Perú adoraban y sacrificaban en los picos 
más altos de las sierras, en lo más eminente de los montes, 
en elevados cerros, en medio de los desiertos y en hondas 
cuevas. Adoraban y creían dotado de los atributos de la 
divinidad cuanto ofrecía algo de extraordinario ó sorpren- 
dente á sus ojos en cualquier línea -'^l 



(1) IVdro ]Múil¡r de An.iílería, Fuentes I [isf úricas sobre Colón y 
América, dudas á luz y traducidas por el Dr. D. Joaquín Torres 
Asensio. 

(2) El Cronista Antonio de Herrera, Décadas de Indias ó Historia 
General etc. 

(3) El Inca (Jarcilaso de la Vei^a, Comentarios Reales del Perú, 
El Cronista Antonio de Herrera, Décadas de Indias 6 Historia Genc^ 
Vid etc. 



CAPÍTULO X. 



Cerros encantados. — Fuego y oro. 



Sumario. — Personificación de las fuerzas de la nutuvúezíi. — Fuerza 
déla tierra: madre del oro. — Tesoros y salamanqueros (sus cus- 
todios).— Héroes mitológicos. — Draí^ones y demonios variamente 
visibles. — Fenómenos ígneos de las regiones andinas á los ojos 
del vulgo. — El carbunclo. — El /aro/. — El mhoitatá 6 culebra de 
fuego. — Transformado en genio, protege los campos contra los 
incendiarios. — Meudii, madero encendido, los abrasa. —Concepto 
del mhoitatd por escritores brasileños. — El ñandá-puitd ó avestruz 
colorado de Corrientes. —Tesoros y salamancas de otras regiones 
indianas. — Cueva encantada de Mixco (en Guatemala).— 7^¿erra 
r/rfl, llamaradas y encantos. — Apariciones de demonios en los so- 
cavones de las minas y demás subterráneos: parecer del más anti- 
guo mineralogista. — Mitos indígenas. — Su fusión con las creencias 
de los conquistadores.— El cerro de Añapuraeítd. — Yél teyuyagud, 
leyenda guaranítico- misionera. — Misiones jesuíticas del Paraná y 
Uruguay. — Carbunclos, artan,ga¡)itan(jas, encantos y salamancas 
en el cerro célebre de Yarao. — En qué para el apego al oro. 



El hombre primitivo personificó las fuerzas de la natu- 
raleza, que le parecieron inteligencias ó potestades sobre- 
naturales que obraban conscientemente de una ú otra ma- 
nera en el mundo en provecho ó en daño de los seres que 
le pueblnn. Personificó asimismo los objetos, así anima- 
dos como inanimados, que bajo cualquiera forma dan idea 
matíM-¡al de la existencia de fuerzas capaces de producir 



CAPÍTULO X. 117 

algún cfoeto extraordinario. Personifico la t('m})e.Htad, el 
trueno, el relámpago, los eeli})se8, el sol y la luna, los ma- 
res, los lagos, los árboles y hasta los cerros y las piedras. 
Las luces del cani])o, de los entierros ó f/iiacas, de las 
ruinas 6 taperas, de los i)antanos y de los bosques, indi- 
carán la presencia de alma.^ en pena ó almas del otro 
rmcndo. Pero el fuego, llamas y llamaradas de los lugares 
altos y peñascosos, donde regularmente hay ¿salamanca, 
serán para el vulgo la madre ó fuerza del oro y de la 
plata, sin perjuicio de revelar asimismo la existencia de 
encanto, que los hace mansión de agigantados genios, de 
grandes serpientes, de pájaros enormes íí otros seres extra- 
ordinarios y poderosos que custodian los tesoros allí en- 
cerrados. El custodio de los tesoros ó del lusrar encantado, 
custodio que á veces será un cristiano (un hombre), lleva 
el nombre de salamanquero. Creencias son éstas, utili- 
zadas de la poesía ^^^, notoriamente originarias del viejo 
mundo, l)ien que hallaron en el nuevo otras análogas que 
con ellas se mezclaron y confundieron. Dragones 6 serpien- 
tes con garras y alas, grifos (mitad águila, mitad león), 
monstruos varios de diversas formas es})antosas, agiganta- 
dos genios, ladinos enanos, moros (en la j)enínsula ibérica) 
que esgrimen poderosamente enormes alfanjes ó cimitarras, 



( 1 j Y es voz c'oim'in (|iu' A su rctlt'jo oscuro, 

Kn In cncRnt:ula torro ni lunr vociim 
Do fl conde Don Julián gozó sonuro 
Kl pn'niio vil »1p su traición indina, 
VugH en custodia d*>l hondido muro 
Palillo espectro vi\ la desierta ruina, 
Y ni tiviuulo fulgor do opacn ten 
Disf]>nse hi souihni gigantea. 

(D. Francisco Martínez, de In Rosa, 
Fratpnmto» dr un /Vwia. ) 



lis SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

esjnritus 6 demonios que cruzan los aires en figura de 
relámpagos, bramando con furor y estrépito aterradores, 
custodian los tesoros escondidos en el suelo de Europa. El 
di-agon, que no es sino una de tantas formas con que el 
demonio se disfraza, viene custodiando tesoros desde muy 
antiguo. Su fiereza y voracidad, sus terribles garras, la ra- 
pidez que le dan sus alas, su vista perspicaz, unidas á una 
fuerza proporcionada á su corpulencia, le habilitaron para 
defender tesoros ocultos contra el común de los hombres. 
Mas á la postre muere á manos de un héroe ó semidiós. 
Perseo, Hércules, Cadmo respectivamente dan muerte á los 
dragones que custodiaban el jardín de las Hespérides, el 
vellocino de oro v la fuente máo'ica de Beocia. Edison, 
Pasteur, Roentgen, disipando las tinieblas del mundo visi- 
ble, ejecutaron en nuestros tiempos hazañas semejantes. 
El dragón y los demonios bajo diversas formas custo- 
dian igualmente los tesoros ocultos en el Río de la Plata. 
En las regiones andinas especialmente tienen centinelas de 
fuego. El fuego es señal constante de tesoros ocultos y en- 
cantos. Pero en las regiones andinas más señaladamente 
que en otras partes. Hombres y animales, en contacto con 
el suelo en que circulan, se cargan de fluido eléctrico posi- 
tivo y negativo que se aislan y recomponen á favor de con- 
diciones atmosféricas especiales. El cuerpo humano, con- 
vertido en una verdadera botella de Leiden, á veces se ha- 
lla envuelto en nifagas de fuego, que se meten y deslizan 
])or entre la ropa. El viandante, que esto ve, y que siente 
las detonaciones de las descargas de electricidad en sus pro- 
pios vestidos, y observa que los hilos del fleco de su poncho 
se atiesan y bailan como las laminillas ó bolitas de un elec- 
troscopio, y que la crin de su caballo chisporrotea brillando 



CAPÍTULO X. 119 

(le noche al pasar por sobre ella la mano, se sorprende y 
asusta, si no está prevenido de la novedad del fenómeno. 
Los indígenas atribuían estos fuegos á la industria del de- 
monio, entretenido en infundir vanos temores en el ánimo 
de los transeúntes^^ I 

En los lugares metalíferos de las propias regiones andi- 
nas aparecíase ante la imaginación de los indios comar- 
canos un ser viviente (jue despedía de la cabeza una luz 
vivísima extraordinaria, que nmclios presumían fuese el 
ambicionado carbunclo, según refiere el P. Techo. Esta 
aparición, ó farol, ha continuado presentándose hasta el 
día de hoy á los ojos de los arril)eños, (pie miran en ello 
un indicio ine(}uívoco de las muchas ri(|uezas que oculta 
aún la tierra, ahora en minas, ahora en tesoros escondidos 
por la mano del hombre^ "I Buen modo de esconder un 
tesoro: encendiendo un farol. 

El carbunclo, por tanto, de las regiones próximas á los 
Andes, que no es sino, bajo alguna forma parecida, el 
tcyuyacjud de las Misiones del Paraná y Uruguay, se halla 
en relación íntima con el origen de los metales, con la 
madre del oro y de la plata ([ue entrañan los cerros, (pie 
ocultan las salamancas: es la luz y el movimiento i)erso- 
nificados. En la antigua luu'opa, en el Oriente, en la India, 
hubo dragones y serpientes aladas que des})edían de la 
cabeza una luz vivísima, semejante á un rubí ó carbunclo 
de color muv encendido. Simbolizaban, seiiún antiiiuas 
leyendas, el sol de la [)ii nía vera (pie comunica á la natu- 

(1) El P. Nicolás del Techo, Historia Provinri^c Paraquari(C So- 
cictatis Jesu. — Samuel A. Lafone y Quevcdo, Londres // Catamarca. 
— Francisco Latzina, (iroc/nijthic de ¡a íi('¡nd)lit¡uc Argentinc. 

(2) Lafone y Que vedo, Londres y Catamarca. 



120 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

raleza el movimioiito de la vida: la luz desvaDeciendo las 
tinieblas ^^^ 

Las generaciones guaraníes del Eío de la Plata y del 
Brasil tuvieron, á parte del tcijuyaguá, que mora actual- 
mente en los cerros de Yarao, la culebra de fuego. Lláma- 
sele mhoHatd^-\ y es muy pequeña. Recorre aun el día de 
liov las campañas del Brasil y del Río de la Plata y Para- 
guay, zabulléndose en las lagunas y escondiéndose entre 
los peñascos de cerros y cerrilladas^^^ Pertenece á la fa- 
milia del tcj/u¡/a(j2id de las Misiones y del carbunclo ó 
farol que alumbra las serranías de las regiones andinas. 

Los tres son pequeños, los tres (en todo ó en parte) de 
fuego; los tres andan por los cerros ó lugares donde regu- 
larmente hay imaginarios tesoros, y por entre las aguas 
de los lagos, cuyas arenas esconden á veces en diminutos 
gi'anos luciente oro. El mhoitatá es en su esencia un repre- 
sentante, como el carbunclo y el teyuyagiid, de la madre 
del oro. Oro, fuego y encanto, y culebras ígneas que los 
8Íml)olizan, son ideas asociadas en la mente vulgar y del 
hombre primitivo. Mas el mhoitatd, del propio modo que 
los demás fantasmas nacidos del fuego y el oro, representa 
asimismo en la imaginación popular otros conceptos varios 
misteriosos de la vida y de la muerte: luz, a veces, que 
viene de la morada de los espíritus, con algún fin descono- 
cido, al mundo. A su cumplimiento responden las transfor- 
maciones con (jue diversifican su ordinario modo de pre- 
»entarse. 



(1) E. Salvfrtc, Las Ciencias Ocidtas. 

(2) De vilxA, víbora ó culebra, y lata, fuego. Mboí significa también 
fjuítiisma. 

(3) Coíitiiiuidad de peñascales. Provincialiamo del Río de la Plata. 



CAPÍTULO X. 121 

Por eso el mhoUald aparece en algunas regiones del 
Brasil cual genio protector de los campos contra los incen- 
diarios. Sin embanco las tradiciones no le conocen sino 
corno una pequeña sei-piente de fuego que ordinariamente 
reside en el agua. Suele transformarse en gi'ueso madero 
hecho brasa, al que denominan mcucín. El madero encen- 
dido, representando la divinidad airada, aplica la ley del 
talión á los que, por hacer daño ó sin necesidad, incendian 
los campos: abrasa á los incendiarios ^^\ 

El poeta, en la amplia esfera de la imaginación, campa 
por su respeto. El historiador suele espaciar su ingenio 
con iíTual libertad, cuando escudrina el oriíren v la índole 
de hechos singulares que no ofrecen documento instnictivo 
que los explique. Así aparece el nihoitatd saliendo, a los 
ojos del indio, de entre las llamas (pie levantan los árboles 
de los bosques por su mano incendiados. El indio, donde 
ha de constniir sus ranchos, en regiones montuosas del 
Brasil, pega fuego á los árboles (pie le estorban. T.evántanse 
en espirales llamas poderosas, que corren iin[)ulsadas por 
el viento. Las serpientes, que estaban dormidas entre la 
espesa hierba, se retuercen, al sentir los ardores del luego, 
y tratan de huir. De ahí, á juicio de escritores brasileños, 
el inhoitatd, la scrpicnfe de fuc<jo que protege los bos- 
ques ^"\ ¿No jxnrece ^ste, para un bárbaro, un origen algo 
retónco del mhoitatd .^ La Kcrpicnic de fuafo, en d caso 
j)ropuesto, es una metáfora, y no un mito. Y ¿cómo una 



(1) O Sclrof/nn ( Lcndas Tupis: Oriijcns, Cosf untes, Rcí/ÍiIü Sel- 
vagcm) por Couto de MMuallifics. Río do Jnnolro. 

(2) A lírligiao dos Tujtjfs- (tnnranf/s por il Dor, Josó Vor¡ssinu7 
de Mattos, citado (para apoyjirso vn él) por D. \\ .). de Santa- Auna 
Nerv en su ohra Lr Piif/s drs Ania\onrs. 



122 SUPERSTICIOÍÍES DEL RIO DE LA PLATA. 

víbora, nuierta entre las llamas de un bosque incendiado, 
había de ser precisamente la potestad vengadora de los 
ái'boles destruidos? 

Una creencia popular ó selvática, enlazada á fenóme- 
nos natnrales ó al espectáculo que ofrece el mundo ante 
el ánimo espantado del hombre primitivo, regularmente no 
se halla circunscrita á los términos geográficos que señalan 
la residencia de las generaciones ó pueblos en que aparece. 
Ya sea por la comunicación necesaria de ideas entre pue- 
blos vecinos, aunque desafectos ó enemigos, ya por su co- 
mún origen, ya porque de iguales causas y disposiciones 
congénitas nacen conceptos análogos ó semejantes, es casi 
seguro hallar en una vasta región, en un continente, mitos 
idénticos ó parecidos entre las diversas generaciones indí- 
genas que lo habitan. 

Las manifestaciones ígneas ó luminosas de la tierra, que 
ahora tienen por almas en pena ó del otro mundo^ ahora 
por explosiones de la madre del oro ó por influjo ó fuerza 
del encanto á que está sometido un lugar determinado, y 
que ya llevan el nombre de es¡yíritus, ya el de luces de la 
viuda, ya el muy común de espantos en las regiones andi- 
nas y provincias inmediatas, conviértense en ñandú- puitd 
ó ñandú- tata, ó, lo que es lo mismo, avestruz colorado ó 
avestruz de fuego, en las comarcas mediterráneas del 
Paraguay, Paraná y Uruguay. El avestruz colorado, sacu- 
diendo las alas en medio del campo ó en la cumbre de un 
cen'o, representa esas llamaradas que suspenden el ánimo 
de la gente campesina, arguyendo la existencia de un en- 
tierro ó tesoro escondido, ó de terrenos metalíferos exube- 
rantes. 

Ciertamente la posesión de salamancas y salaman- 



CAPÍTULO X. 12;] 

queros, de tesoros escondidos y fuet^os y estruendos, de 
carbunclos, de cerros (jue hnonan y se conmueven, de 
laginias que se tragan d los transeúntes, de encantos en 
suma, no es cosa privativa dd Ivío de la Plata, del Pa- 
raguay, del Brasil. YA diablo es el mismo en todas par- 
tes. El es quien tales enjuagues ordena j)ara sus fines. 
Y ¿como liabía de pi-ivarsc voluntariamente, sin (pié ni 
para qué, de la comidilla (pie le ofrecían Méjico, Vene- 
zuela, Nueva Granada ó Colondjia y demás países ameri- 
canos? Guatemala, })or ejemplo, tiene la cuera cncantcuJa 
de M¿.vco en una eminencia (pie, á manera de ond)ligo n 
reventazón ^^^, se levanta en el valle de Jilotepe})es. Nadie 
se atreve á penetrar en la cueva; poi-([ue, al llegar á la 
segunda de sus bocas, tiembla con ruido esi)antoso la tierra. 
Los indios llanulbanle, por ende, fierra rira. Decían (pie 
había encerrado en ella un gran tesoro: cosa muy probable, 
segiin se explica un historiador del siglo decimoséptimo, 
porque d la cuera, sólo por la cuera, sin otro inferes, )to 
la habían de defender con encantos. J)a mayor certi- 
dumbre á la sospecha la circunstancia de salir de noclie 
por la boca de la cueva (jrande.^ llautaradas e incendios, 
que se ven desde muy lejos; pero en llegando cerca, se 
extingue y apaqa la claridad de aquella (jran cande- 
lada, que por fuerza del tesoro ó del encaidn se enci('nile. 
La fuentecilla Cate)/d, que signilica madre del a(/ua, era 
el dios de la cueva de Mixco "'. 



(1) JirrrnfdiÓH. KiniíuMicia no muy oii('iiml)rn(l:i. (|U(^ p:uvoo snlúla 
violfiitiiinonto (le la tierra ó «li'SLíJijada de una conlillirM. N'éase ]'ocn- 
bulario Jíio/ilnlriisr por el autoi-. 

(2) llistoriii (Ir (iiuilcmahí \)ov «'1 eapitán 1). Antoni.» d»- Fueiitoá 
y Guznuin, pul)l¡eada por I). Justo Zaragoza. 

lu. 



124 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

Demonios, genios, serpientes aladas, carbunclos, añan- 
qapitanqas ó tcijuiiaguaes, todo es lo mismo, todo tiene una 
misma causa ú origen y representa una misma cosa ante la 
imao'inaeión del vulgo v del hombre primitivo: la madre 
del oro, la fuerza de la tierra, el cerro ó la montaña en- 
cantados, que braman, tiemblan, se iluminan, relampaguean 
y truenan: la tierra viva de los indios guatemaltecos. 

Estas ideas vagas y oscurecidas, que el ,vulgo conserva 
a \v\ de cuentos y tradiciones caseras, enlázanse á las teo- 
rías de los primeros escritores que trataron científicamente 
de los fenómenos naturales. La razón y la experiencia des- 
préndense a duras penas de los sueños del alma. Jorge 
AgTÍcola, alemán, el mineralogista más antiguo, no estuvo 
exento, aunque era un sabio, de las preocupaciones reinan- 
tes en su época (primera mitad del siglo decimosexto). 
Tratando de la naturaleza y generación de los minerales, 
consigna como un hecho comprobado que en los pozos, 
galerías y socavones de las minas de metales eran muy 
frecuentes las apariciones de demonios, y que lo mismo 
2)asaba en todo lugar subterráneo ^ ^ \ Corría ya la décima- 
séptima centuria, y todavía los más sabios magistrados, 
que ilustraron la jurisprudencia con obras afamadas, tra- 
taban seriamente de los peligros y grandes molestias con 
que concurrían á hacer más y más duro y aflictivo el tra- 
bajo de las minas, peor mil veces que el de galeras, los de- 
monios suhterrdncos, encargados de la guarda délos teso- 
ros que esconde en sus entrañas la tierra. Estantiguas ó 
fantasmas, de diferentes y extrañas figuras espantosas, pre- ' 
sentábanse de continuo á los ojos de los mineros : ahora 

(1) Feijoo, Teatro Crítico Universal. 



CAPITULO X. 125 



(Icinonios, ahora duendes, que ya los dañaban on sus per- 
sonas, ya con burlas y sorpresas los traían in(|uict(^s y al- 
borotados. ¡Tanto costaba el codiciado metal! Bien decía 
el antiguo adagio: raro, cuanto difírH, es iodo lo her- 



moso ^ '. 



Por d()(|uiera hallaron los conquistadores ceiTOS encan- 
tados, con sus correspondientes cavernas, al])ergue de los 
dioses ó potencias sobrenaturales (pie el indio reveren- 
cia])a con espanto. En ellos el añatuja de los guaraníes 6 
el (jualícho de los 2:>ainpas se entronizaba, para recii)ir los 
homenajes de lo^ ¡^aycs y de los niacJiícs, (pie acudían allí 
confiados en merecer su favor y ayuda en las ocasiones 
solemnes. Después de la entrada de los españoles, entre 
los guai'aiiíes especialmente, (pie fueron, por lo general, los 
menos indóciles, los mitos indígenas mezcláronse con los 
ritos, creencias y tradiciones del viejo mundo. 

El cerro de ^íhapuracitd, en Santa Cruz de la Sierra, 
al pie del cual pereció el conquistador Xuflo de Chaves 
asesinado por un cacique, ei'a el espanto de los chiriguanos. 
Allí el (lial)l() ((inaiKi) entonaba canciones ( piiréilicí/j 
que los indios aprendían y cantaban á manera de hinnios. 
Quien se atreviese á subir al cerro de ^ÍÑapuracild, moi'ía 
asombrado. Solamente á los hechiceros ó j;«//rx, que tenían 
concierto con ((íianf/a y de él recibían sus eontidencias y 
facultades javternaturales pura obrar maravillas, 1<'S estaba 
permitida la ascensión á a(piel lugar sagrado y espan- 
table -\ 



(1) Politicn IinH'um por 1). .In.ni «If í^olórzaiio y Pt-rfini. di'l 
Consejo (le Su M:ij(sl:i(l cii Ks Siipiriiios de (';i>t¡ll;i v Iii(li:;s y an- 
tiguo Oidor de hi lu-al Audienciji do liinia. 

(2j Icáreo (Vntciiera, l^d Argaitimi. 



12G smoRSTicioxEs del río de la plata. 

En la ,^ala manca de los cerros de Yarao mora el teyú- 
i/a(/i(ir^\ De allí salió la vez primera que ojos humanos 
oontemi)laron maravillados el peregrino resplandor que le 
hermosea. 

Las misiones jesuíticas del Paraná y Uruguay se funda- 
ron primitivamente, á fines del siglo decimosexto, en la 
antigua provincia de Guaira. Poco después los pobladores 
de San Pahlo, llamados mamelucos en sentido despectivo, 
por lo desordenados y pei'versos cuanto audaces y temibles, 
devastaron á sangre y fuego, robando y esclavizando, las 
va florecientes reducciones. Los miserables restos de ellas, 
antes de mediar el siglo decimoséptimo, emigraban desas- 
tradamente, navegando aguas abajo el río Paraná. Mucho 
más adelante del punto en que éste confluye con el Iguazu, 
tan famoso por el salto colosal que dan sus aguas, la deso- 
ía la grey peregrinante, dejando las balsas, asentó sus mus- 
tios lares en nuevas comarcas desiertas, que abrieron desde 
luego su seno á la reja del arado, produjeron el trigo, 
sazonaron la vid y embalsamaron el ambiente con la fra- 
gancia* del azahar. Casi á orillas del Uruguay levantóse la 
ciudad de Santo Tomé, cuyas ruinas suministraron en la 
é})0ca actual fuertes materiales á los habitantes del nuevo 
pueblo, dedicado al comercio, que lleva el mismo nombre ^■^'^. 

Un día el sacristán de la iglesia de Santo Tomé observó 
que las aguas de una laguna vecina hervían alborotada- 
mente, como si estuviesen caldeadas por una gran hoguera 
subterránea. Fuese andando hacia la laguna, arrastrado por 



(1; \<)7. guaraní: (Morto género de lagartijas, 

(2) Ciudad y departamento de la provincia de Corrientes ( Argen- 
tina J. 



CAPÍTULO X. 127 

la novedad del fenómeno. Tuando, ya algo alejado del pne- 
blo, estuvo próximo al objeto (pie le atiaía, salió, cesando 
de hervir las aguas, y se eneaminó hacia el, una especie de 
lagailija, cuya eaheza, velada por una envoltura indeíinihlc, 
parecía de fuego é irradiaba nna \\\a jx'regrina (pir ofus- 
caba la vista. El sacristán de la iglesia de Santo Tome, 
niíls feliz (pie Barco Centenera en caso idéntico, sea|)oderó 
del mirífico reptil, y metic'ndolo en una (/ffa//tjfa (vaso de 
cuerno de buey) con agua, se lo llevó a su casa. ICntendió 
el sacristán (pie, habiendo salido del agua la lagartija, 
había de gustai'le ó necesitar el agua para vivir. En seguida 
se fue en l)usca de alimento, proponiéndose regalarla con 
la rica miel de la IccJdijnana (al)eja silvestre, que fabrica 
su nido ó panal en las matas, á poca altura del suelo). 
El arcediano ^íaitín del Barco Centenera, autor del 
2)oema histórico La Arycnt'uia, vino al Río de la Plata el 
año 1578 con la expedición del adelantado D. Juan 
Ortiz de Zarate. Por este tiemj)o corría valida la especie 
de que en las Indias había un animalejo (pie tenía en la 
cabeza una ])ie(lra preciosa, semejante a una brasa vivísima, 
del color del rul)í. Llamábanle carbunclo ó carbúnculo. 
J>arco Centenera dice haberle visto mas de una vez en el 
Río de la Plata y (pie pasó inlinitas congojas y trabajos 
])or darle caza. El maravilloso reptil se le escapaba de 
entre las manos, j)(>r decirlo así, merced á la extremada 
agilidad de (]Ue estaba dotado. La misma luz (pie despedía, 
ofuscando la vista, extraviaba al jx-rseguidor. Lo^ guara nít's 
denominábanle añ(nt</pi/au</, ó sea, diablo (h' pul colo- 
rada, j)0i' el aspecto ígneo (pie presentaba su cuerpo ó su 
cabeza. El (( ña/n/apifa/ií/a ó carbunclo (|Ue Icáreo Cent(^- 
nera tuvo la fortuna de ver repetidas vece> en las comarcas 



128 srrERSTiciONES del rio de la plata. 

rioplnteiisos, no os otra cosn, ni menos real y verdadera, 
(jiie el frt/ín/a(/U(( de la salamanca del Yarao que vino á 
meterse en la (juampa del saeristán de la iglesia de Santo 
Tome. 

De vu(^lta el sacristán con las provisiones qne había 
ido á buscar para su huésped, venía diciendo entre sí: 
¡l^lreee mentira (pie de la noche á la mañana, sin quererlo 
ni pensarlo, uie vea convertido en un millonario! Con esta 
preciosidad que poseo, ¿cuántas riquezas no allegaré? ¡Sun- 
tuosos palacios en Buenos Aires, bien pobladas estancias 
en el Uruguay, ricos trapiches en Tucumán, excelentes yer- 
bales en Loreto, que tan exquisito mate ofrece á los vicio- 
sos, y aun criaderos de diamantes en Matogrosso para dar 
realce á la presencia de la china más gallarda que viste 
tipoy ^^"^ en cuanto bañan los ríos que corren á henchir el 
Plata ! El sacristán hablaba con el entusiasmo de un poeta. 
Y no vvw para menos. Él habría oído decir muchas veces, 
sin duda alguna, que el conquistador Rui Díaz Melgarejo 
solía lamentarse, según cuenta Barco Centenera, de que, 
habiéndosele volcado una canoa en que navegaba, se le hu- 
biese caído al agua un carbunclo que había encontrado, con 
el cual pensaba prestar grandes servicios á su rey. El sa- 
cristán de Santo Tomé no era hombre que levantase el 
pensamiento á grandes cosas. En sujetos de esta condición, 
los bienes de fortuna son ídolos en que adoran, sin acertar 
á disfrutarlos: gózase el bastardeado ánimo en la mera 
posesión de riquezas. A fuerza de posponer todo lo demás 



(\) Saco fio lienzo ó rlc algodón, sin cuello ni mangas, que, ceñido 
á la cintura con el cJuimhr, usaban las mujeres guaraníes. Llegábales 
ba.'tta los tobillos. 



CAPÍTULO X. 129 

á este objeto de su pasión, vji sccáiuloselcs el alma, y aca- 
]);in por ser impíos. Kii este resbaladero vino a j)onerse 
el pobre sacristán de ►Santo Tomé, á (juien el diablo ípii.so 
escoger por trofeo en la ocasión pi*esente. 

I*asmado quedó el sacristán, cuando, al entrar en su 
aposento, se baila de manos á boca en ])resencia de una 
inuj(;r bellísima, verdaderamente encantadora, (pie le dirige, 
para atraerle sigilosamente, blandas palabras de afecto. 
Si andjicionas, anadió, el oro y la plata, y los diamantes y 
los i'ubíes, sígneme: volveré á entrar en la r/f/ampa donde 
tu me pusiste, y me llevarás en tu man<j adonde yo te en- 
camine: allá tendrás rifjuísimos tesoros que todo caminante 
envidia. 

El sacristán, aunque lieeln'zado, no respondió inmediata- 
mente á la t(^ntaeión de la encantadora: ó no tuvo suficiente 
coraje para irse en seguida, ó le faltaron la ocasión y los 
medio?. El becho es que los padres de la Compañía que 
tenían á cargo la reducción de Santo Tomé, notando tibieza 
en la fe por parte del sacristán y no disinuilable aban- 
dono en el cumplimiento de sus deberes, dieron en obser- 
var sus pasos. El resultado fué que descubriesen todo lo 
que pasaba. El ícyici/a(/ud, que repetidas veces babíase 
transformado en inq)udica mujer becliicera, desapareció. El 
sacristán, que otras tantas veces babía j)ecado, fué preso. 
Se le juziió V condenó. Pero cuando le iban á castiu'ar, un 
gran ruido y sacudimiento, (|U(\ rajandí^ la tierra, bizo tem- 
blar los edilicios de la ciudad, consternó á todo el pueblo, 
terrificado á la vez con el fragor d(* agudos gritos extraños 
y formidables, (pie ])arecían salidos de la l)oca de algún es- 
])íritu infernal, (^)rrió al pinito la voz de (pu', si castigaban 
al sacr¡>tán, Santo Tomé >e liundiría. Lo> padres cebaron 



130 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

SUS l)eiulic-iones, exoi-cizaiido al espíritu maligno que pro- 
ducía aipiella confusión y escándalo. Mas al cabo, creciendo 
el tuundto y la angustia de los tomistas, fué preciso re- 
nunciar al cMstigo y dar libertad al procesado. El trayecto 
j)or donde se abrió la tierra, dando paso al fcyuyagiid que 
acudiera tan estrepitosamente en auxilio del cautivo sacris- 
tán, está aiin patente en Santo Tomé, desde cuyos arraba- 
les, hasta la orilla del Uruguay, corre una zanja que las 
chinas é indios misioneros señalan como testimonio del 
suceso. 

El tcijuijarjud con su presa, pasando á nado el Uruguay, 
estuvo unos días en San Borja (sin duda para descansar 
y reponerse, después de tanto baqueteo), y luego siguió 
hasta los cerros de Yarao, en uno de los cuales está la sa- 
lamanca de donde en noche oscura salió al encuentro del 
extraviado caminante de la vaquería el desconocido que le 
dijo ser también cristiano natural de Santo Tomé y que le 
dio una onza con la que, por más que gastase, nunca se 
hallaría falto de dinero ^^\ 

Hace ya cerca de doscientos años que el teyuyagiid en- 
carceló en el cerro de Yarao al sacristán de Santo Tomé. 
Hoy es, y todavía el sacristán de Santo Tomé, bueno y 
sano, pero arrepentido y triste, habita los inmensos pala- 
cios maravillosos de la salamanca de Yarao: rodeado de 
riquezas, las contem¡)la impasible, sin disfrutar de las satis- 
facciones y regalos que, debidamente aplicadas, proporcio- 
na n fáciles en el mundo. 



(1) Véase Cap. VIII. 



CAPÍTULO XI. 

Cerros bravos. 



Sumario. — Cómo mira el villero los cerros y cavernas. — Sus apren- 
siones utilizadas por el arte. — Antropomoríisnio de la naturaleza. 

— Personificación de cerros 3' serranías. — /"¿/¿T^a de la tierra: ma- 
dre del oro. — Los naturales de Santo Domingo personifican >u 
isla. — Las fuerzas naturales á los ojos de los antiguos. — Vida 
del universo. — Ll mundo con narices. — Sus cr/í//a.v. — Encantos 
de cerros. — Riquezas ó tesoros y encantos. — Enojos y bramidos 
de cerros. — Emigraciones de la madre del oro. — Cerros bravos. — 
Kl de Ocompíes en Santafé. — El de Tafí en Tucumiin. — El de 
Famatir.a en la Kioja. — Fortalezas de los Incas ó ¡airaras. — 
Cerros de Pan de A\úcar en Salta. — La sierra de Ambato en 
Catamarca. — Causas naturales de los estremecimientos y brami- 
dos de cerros y serranías. — El Tronador de las regiones andinas. 

— Música en las restingas de los ríos y en el fondo de las aguas. 

— Sus causas naturales. — Piedras vivientes. — La Itacuin't de Co- 
riientes. 



Corros y ciivci'niís Imn dado constaiitciiu'ntc n la ¡iiiaL:,!- 
nacióii del vii1í;-o niotÍNos fáciles de ('sj)ac¡arsi' en la iiclai- 
losa csfcfa de los fantasmas. Llainai'adas niisici-iosas y cs- 
tniondos fofiiiidaMcs, saciidiiinciitos y tcinltlorcs (jiio rajan 
la tiori'a y ahi'cii lioyos profundos, ojuilcnla^ minas di' ore» 
y plata y tcsoi'os ocultos, mon-tiMios li(»ri-cnd(>>, alcrradn- 
i'cs espectáculos, magiu'licas halutacioiics de pei-sonajes ex- 
traordinarios, de genios, de magos, de plañidei'as jóvcne^s 



132 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

lu'rino:^as, todo oso y otros infinitos encantos maravillosos 
oíriH'cn á los ojos dd candoroso esj)íritu del hombre ignaro 
é imaginativo los cerros elevados y las cavernas ó sala- 
mancas (|ue en sus faldas ostentan. De ahí sacó (que no 
del solo ingenio) el lino (*antor de Envero y Almcdora una 
de las hellas pinturas que enriquecen el esmerado poema: 



Puebla feliz alígera cuadrilla 
Plátano y palma, 5' cedro y ciuamoiiio, 

Y ali^o y sauce en la bañada orilla, 

Y las copas que esmalta el áureo pomo. 
Segura de temor la tortolilla 

No se esconde arrullando á su palomo; 
No aguarda el ruiseñor que el día acabe, 
Para entonar su cántico suave. 

Hurtos del aura, en la campiña amena, 
Con su fragante soplo se disfruta 
Jazmín y rosa, y nardo y azucena, 

Y cuanta esencia cada ñor tributa. 

Súbito estruendo, cmjjero, el campo airíiena .... 
Parece, retemblado, interna gruta 
El cerro abrir: muestra entre roca y roca 
Un espacio capaz de áspera boca. 

Llega, entra Esvero, ¿adonde? Arde luciente 
^Magniñcada cúpula de estrellas, 
A reverberación resplandeciente 
Lanzando un mar de fúlgidas centellas. 
Adonde quiera que la planta asiente, 
Ve que hervirá debajo de sus huellas: 
Creyera verse, adonde quiera mira, 
Ileso, en medio de flamante 2^ircc(^'>. 



(1) Esvero y Almcdora por D. Juan María Maury. «Ve que her- 
virán debajo de sus huellas,- reza el texto (edición de París, Librería 
Hispano -Americana, 1840): error manifíesto. 



CAPÍTULO xr. 133 

Suertes varias de (iK-aiitamicntos distinfriK'n á las sala- 
manca.^ o C'iicvjis niistoriosas, a los con'os v sierras v á toda 
eniineneia barrancosa. Cada una tiene, por lo rciíular, su 
individual origen, su earaeter, su historia, su destino. Pero 
las nií1s coiinnics, las (juc careeen de un;i historia particular, 
las (jue ])rescntaii una hi/ característica, nn lipo general, en 
el Río de la Plata, son acjuellas cuya \ irlud estriba en los 
tesoros y minas que guardan, albei'gando en su escondido 
seno la madre del oro ij de ¡a plata. 

Inclínase naluralniente el espíritu drl hombre, en la 
época de la infancia de las sociedades, cuando la luz de la 
razón ajilicada á la observación de la naturaleza no ha di- 
sipado aun las luibes que encapotan el cielo de las ideas 
en el mundo de la verdad, á, suponer en las inteligencias ó 
númenes, en las divinidades gentílicas, en diversas clases 
de ángeles y demonios, en nudtiplicidad de entes incoq/)- 
reos ó monstruosos, la actividad generadora de los hechos 
y fenómenos preternaturales ó extraordinarios cuya expli- 
cación y conocimiento no se hallan al alcance de su com- 
prensión ó de sus sentidos. En todos los ])ueblos primi- 
tivos aparece el antropomoríismo poblando la naturaleza 
de agentes personificados de casi idéntica manera. 

Suponen algunos autores que la personiíicación de las 
fuerzas de la natnraleza corresponde á una ej>oca |)oster¡or 
á la infancia de las sociedades, quienes primitivanuMite no 
pudiei'on levantar el pensamiento de la limitada esfera del 
antropomoríismo. Pero, biiMi miradas las cosas, el antropo- 
morfismo ¿que es, en suma, >iiio la personificación de las 
fuerzas de la naturale/a? Al pe!-soiu*ficarlas, no procede el 
híuubi'e jH'imitivo por vía de análisis y (1(> abstracción, sino 
vaga é intnitivanu'iite, por efecto de la mieva impresión 



134 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

([ue hwccn en su luiiiuo inculto los fenómenos naturales. 
Las inteligencias 6 potestades superiores que forja su 
mente, ¿qué son, en substancia, sino concepciones antropo- 
niórticas de la vida del mundo físico? Las fuerzas y los 
resultados de las fuerzas constituyen la materia de todo 
género de pei'soniñcaciones. La magnitud y las formas 
extraordinarias de ciertos objetos notables de la naturaleza 
despiertan espontáneamente en la imaginación la idea os- 
cura de un inmediato y poderoso elemento dinámico que 
los iuforma y los anima; y de ahí la personificación de 
estas ó aquellas montañas, sierras, quebradas y cerros, de 
abismos y hondas cavernas, de dilatadas lagunas, etc. 
Seres conscientes, generalmente monstruosos, dotados de 
cuaHdades y de afectos ó pasiones semejantes á las que 
al hombre caracterizan, han sido el molde más común en 
que han fundido sus impresiones, ante el espectáculo de 
la naturaleza, los pueblos primitivos. 

Los cerros y lugares breñosos medianamente elevados 
llaman la atención del hombre campesino. La tradición de 
que en ellos han solido hallarse minas y tesoros, le hace 
sospechar que encierran los medios de sacarle de pobre, si 
la fortuna ú otras causas naturales ó extraordinarias le fa- 
cilitan su adquisición. Ofrecen á sus ojos y á sus oídos fe- 
nómenos varios que le suspenden y maravillan: llamaradas, 
estruendos, voces, bramidos, estremecimientos, ayes. Un es- 
píritu, un ente sobrenatural, fantástico, los informa ó vive 
en ellos. Son lugares encantados. 

ííenchidos con la substancia metalífera cuya fuerza cal- 
dea sus entrañas y dotados de individualidad, reúnen, para 
el hombre primitivo y el vulgo ignaro, las condiciones pro- 
pias de los seres organizados. I^as piedras que sirven de ci- 



CAPÍTULO xr. 135 

miento y ni'mMzon á la sierní, niontnñ;i ó cerro, forman los 
huesos y musculatura del monstruo: la tierra «juc los relle- 
na, compone su carne: los filones y vetas metálicas equiva- 
len á sus nervios y sus venas : las ju'ofundas cavernas nnies- 
tran sus ne<i;ras bocas. Tienen asimismo un alma : la madre 
(Irl oro, \^ fuerza de ¡a tierra, como si dijéramos el foco 
de su sensibilidad y sus ideas ^^\ Por eso se olíscrva que d 
monstruo se enoja y tiembla con furor, estreméeesc con de- 
lirio, ¿rrí//¿ a de ira, y que estalla con estrepito (tronando y 
relampagueando ) el concentrado fuego de sus pasiones •-^. 
Los isleños de la Española ó Santo Domingo personi- 
ficaban la región de (jue eran poseedores. Creían que la 
isla estaba dotada de organismo viviente: (pie respiraba, 
comía y digería como lo hacen los animali's. Tno de los 
efectos fisiológicos de la ultima de dichas funciones vitales, 
tenía su órgano a})ropiado en una cueva insondable y mis- 
teriosa que del lado del mar ostentaba la isla'". 



(1) Entro luinero:;, madre del oro es, ?o<íÚii el P. InTiiabó Cobo, 
el meUil (coinininieiite cohre ó plata) con i\\\v sale mezclado el oro. 
( Historia del Xncro Miimlo. ) 

Tomóle ciertas piedras doradas, fiiie eran como Jiiadrcs de oro, que 
por tiempos todas se convirtieran en oro > etc. (El Cronista Antonio 
de Herrera, hiendas de Indias: Historia (¡en. etc.) 

El vuljío desmaterializa más el siirnificado d.- la expresión. í^os 
indios del Perú decían (pie el sol criaba todas las cosas y que les 
daba mailrr. (Fray Bartolomé de las Casas, J)r las Anfiíjaas (trufes 
del Pera, public. i)or I). M. Jiménez de la Espada.") 

(2) < Cuando caían malos (alude á los indios del PoiiT, vn aquel lu- 
gar decían que la tierra estaha e.'iojada, y derranjaban ebicha y quema- 
ban ropa para aplacarla. ^ (El Licenciado Fernandodc Santillán, lielarion 
del Oriíjru // (íohirrno de los Incas, en la obra 7Vr.s- ¡íi hirionfs de Anfi- 
güedades I^eruanas \n\\)\\ci\ihi-i \)ov d Ministerio de l'nmcnio, .Ma«lr¡d.) 

(ii) Pe;lro ^í:í^lil• de Anulcría, Famtrs Histtnicas sobre ( olón // Amé- 
rica dadas á luz y traducidas por el l)r. D. Joaquín Torres Asensio. 



136 supfnjSTicioxES del rio de la plata. 

Plinio el Antiguo, nacido el año 23 de la era cristiana, 
compuso con toda la elevación de espíritu que permitían 
los escasos conocimientos científicos de sn época, nna his- 
toria natural que vino á ser harto famosa. Valióle el so- 
brenombre de Xaiiiraltsta. Considerando el globo terrá- 
queo en los más notables productos y fenómenos que pre- 
senta : en los volcanes que fiamean y rngen, en las fatídi- 
cas cavernas cuyas exhalaciones embriagan é inf anden 
el don de adivinación, en los tesoros, en las piedras pre- 
ciosas, en las aguas medicinales, en tantas otras cosas que 
maravillan, pregunta: ¿qué causa pueden tener, si no se 
mira en todo ello la divinidad de la naturaleza, que, espar- 
cida por doquier, bajo infinitas formas varias se mani- 
fiesta ?^'^^ 

La ciencia contemporánea ha querido ver representada 
la vida orgánica en el planeta que habitamos y en el uni- 
verso todo, tendiendo á identificarla con la de los seres 
propiamente animados. La vida del globo terráqueo (y la 
del universo) redúcese á una esfera exclusivamente mate- 
rial: fenómenos puramente físicos y acciones ó reacciones 
químicas, movimiento, concurso, oposición y equilibrio de 
fuerzas. En este sentido, el universo, los millares de milla- 
res (le numdos que le componen diseminados en el espacio, 
todos los seres que los pueblan y todos los fenómenos que 
en ellos se manifiestan, hállanse dotados de vida, sujeta á 
un solo y único principio informante (el movimiento, se- 
gún algunos) en el orden material, así como único y solo 
es (la soberana esencia) el de quien emana todo lo que 
existe en el mundo del espíritu y de la materia. Como 

(1; C. Pliiiü SecuiKÜ Naturalis IJislorice líber II. 



cAPÍTrr.o xr. 137 

principio originario de todas las cosas, como creador de to- 
das las cosas, cabe decir que el ser divino se halla virtual- 
niente en ellas. La misma idea de Plinio, que descubría en 
todas las cosas á la divinidad difnndida ])or la níitnraleza 
y manifestítndose de mil maneras admii'ables, no se ale- 
jara, en tal concepto, desciu-tada toda idea de i)anteísmo, 
de la noción cierta del mundo y del universo. Alejase de 
ella el concei)to de (piien contempla en la causa primera, 
no un ente espiritual consciente superior á la naturaleza, 
sino un m(!ro principio activo, despojado de personalidad, 
que, transformando fuerzas, produce inmediatamente todo 
cuanto existe en el universo. 

Filósofos y geógrafos antiguos, equi])arando á la vida 
del cuer|)o en los seres animados la del globo terráqueo, 
hanse propuesto hallar en este órganos similares ii los que 
poseen los primeros pai-a ejercer las funciones j)r()pias clel 
organismo. Solino ( C. JuUtis Solinuí^), (pie en el siglo 
tercero de nuestra era escribió, siguiendo y extractando a 
Plinio, si bien con algo de su cosecha, una descripción de 
la tierra ^'\ preséntala á modo de ser viviente y le pone 
unas narices en el fondo del ( )eéano. Así, las mareas, el 
tliijo y el reílnjo del mar, representa, en la economía del 
mundo, el fenómeno lisiológico de la respiración ejercida 
por sus pulmones. 

T.a magia y la rirnda ocuUa, en (|Uc aquella se funda, 
considci'an al liombi'e, al animal, á la planta, al globo te- 
rrá(pieo, al sistema [>lanetario, á los intinitos numdos tpie 
ruedan })or el espacio, como una serie de cdulaa del uni- 



(l) De Siiu ct Mirabilihus Orhis. VA primitivo nomlnv de la obra 
era Polijhistoria. 



13S SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

verso, catla una de las cuales encierra análogos elementos 
do vula orgánica, enlazados entre sí por un principio único 
(juc pone todo en perfecta armonía y correspondencia. Este 
concepto de la vida universal es la base de los razona- 
mientos por analogía en que apoya sus inducciones y 
deducciones la ciencia oculta^^"*. 

El oro y la plata son los productos de la tierra que más 
determinadamente representan la riqueza en el sentido 
vulgar (no cientíñco 6 económico) de la expresión. Las 
riquezas suscitan en la imaginación la idea del oro y de 
la plata, metales que el descubrimiento y conquistas de 
America hicieron aún más famosos y significativas. Pues 
bien, el oro y la plata encierran, para el vulgo, un elemento 
dinámico, (pie á la j)ar con el químico, producen el fuego 
y el estruendo misteriosos que forman el ejicanto de los 
cerros y serranías. La madre de los metales, la fuerza de 
la tierra, responde á un encantamiento, á un oculto y 
misterioso hervir de la naturaleza. 

Encantos y personificación de las fuerzas de la natura- 
leza son conceptos imaginarios á que el vulgo ha vinculado 
las riquezas que el suelo encierra. El terreno pedregoso y 
generalmente elevado que las contiene, á parte de ser á 
veces en sí mismo un lugar personificado, alberga seres fan- 
tásticos de varias formas aterradoras ó demonios subte- 
rráiieoH. Estos, entre otros ministerios de que están en- 
cargadíjs, custodian los tesoros ocultos. Las propias ma- 
neras de manifestarse que el vulgo atribuye á la madre de 
los metales nativos, á las minas de oro y plata, hálla- 



(1) Traiié Mdthodique de Science Occulle por Papus. Lettre-Pré- 
face de Ad. Fraiick, de l'Li.stitut. 



CAPÍTULO xr. 139 

las también su iinaginacióii cu los tesoros escoudid(js p(n* 
la mano del liomljre, como talegas de onzas ó alhajas y 
otros objetos de subido valor. El encanto unifica las cau- 
sas y los efectos. En uno y otro caso trátase de rique- 
zas, que los espíritus (leíicndcn contra atrevidas manos co- 
diciosas ^ ^ \ 

El concepto que el hombre pi'imitivo foija en su imagi- 
nación de los fenómenos y objetos naturales diversifícase 
en cada país ó nación conforme á las particularidades de 
su cosmogonía y de sus mitos, pero conservando sus carac- 
teres primordiales. Mauritanos y etíopes tenían sus ceiTos 
ha])itados de seres fantásticos. Por la noche fuegos varios 
iluminaban sus cumbres y sus laderas: rústicas Haut^is, 
acompañadas de })anderos ó adufes y de sonajas, hacían 
oir de lejos dulcísimas melodías que nunca oíd(js humanos 
overan. Un mediano cerro había en África, en la Libia, 
que suponían, i)or su forma, sepulcro de Anteo, gigante 
nacido de la diosa Cibeles ó Gea (personificación de la 
tierra). Era un tirano á (juicn nadie se atrevía. Hércules, 
suspendiéndole en alto á fin de (jue no recibiera del suelo 
las fuerzas que le constituyeran invcncii)le, ahogóle entre 
sus l)raz()s. Cuando algún codicioso, allegándose al cerro 
encantado, extraía de él algún ol)jeto, desencadenábase una 
tempestad (jue, con el })avor (pie infundía, le obligaba á 



(1) «Las niina^ de este cerro i^del Potosí) no fueron labradas on 
tiempo de los Incas, que fueron señores del Perú antes de entrar los 
españoles.... I^a causa debió de ser no tener noticia de ellas; ann- 
que oíros vurnfun no sr, qnr, fálmln : i¡ur tiuisicron hihrar aquellas 
miuas, ij Olieron rirrfas roces que (leñan á los indioa (¡ue no íoi'asen 
allí, que estaba aqarl cerro quanlailo jtara otros. » ^^ VA P. Josó de 
Acosta, Historia Xatural y Mural de las Indias.) 

11. 



140 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

dejarlo ^^^ Ho allí un cerro que se enoja, como dicen en el 
Eío de la Plata de los que relampaguean y truenan y bra- 
vian, cuando alguno se les acerca ó intenta extraer de 
ellos ¡os tesoros que esconden ó guardan en su seno y en 
sus antros, habitados de gigantes, de negrillos y de mons- 
truos diversos, y de los cuales salen voces, gritos, ayes y 
melodías indecibles. Análogo concepto formaban del oro y 
sus minas los indígenas de otras regiones americanas. Cre- 
yeron los de Tierrafirme que el oro contenía una deidad, 
sin duda emanada del sol, á quien adoraban. Las altas 
montañas de Dabaida proceden de una divinidad, que, 
cuando se enoja, manifiesta su ira por medio de ti'uenos y 
de relámpagos. De más es decir que tales regiones encerraban 
opulentas minas de oro y abundancia de piedras pre- 
cíosas --' . 

La madre del oro, ó de la plata, la madre de los me- 
tales, se traslada á veces de un punto á otro, ó se va, 
como dicen, á la manera del alma que se separa del cuerpo 
de un ser viviente que ha llegado al término de su existen- 
cia, que la ha ya completado. Despréndese, por consecuen- 
cia, del foco en que actuaba, para ir á dar forma á otros 
elementos apropiados á su tendencia, ó para volver al seno 
de la naturaleza, al centro ó fuente de que provino. Por eso, 
cuando se observan en un cerro ó serranía esas llamara- 
das, esos ruidos misteriosos, y esos sacudimientos, que se- 
mejan á los últimos alientos, á las convulsiones, al estertor 



( 1 ) Compendio fleooráfico ó Il/stúrico del Orbe ÁJiiigno según 
Pompoyo Mela, tniduc¡(Jo é ilustrado por D. Jusepc Antonio González 
de Sala>. Edición Sancha. 

(2) Pedro Mártir de Anglería, Fuentes Históricas sobre Colón y 
América trad. por el Dr. D. Joaquín Torres Asensio. 



CAPITULO xr. 111 

de un moríbundo, dice la <;'cntc del campo que la madre 
del oro se va, ó que y>«.srt de un liujar d otro^^K A las 
veces la madre del oro se escapa, antes de (pie el cerro se 
lialle henchido del precioso metal que alimenta. Y hay 
ocasiones en que no se aleja para siempre del luiíar de (pie 
se desprendiera; sino que, al cabo de cierto tiem[)0, Aiielve 
allí y continua manifestándose por los propios medios pre- 
ternaturales con que antes de su ida maravillaba á los tran- 
seúntes. Un ser viviente (jue ^inn no ha alcanzado su com- 
pleto desarrollo y })erfecci6n, suele morir por causas extra- 
ñas al orden natural y progresivo de su existencia; y la 
madre que informa los metales subterráneos, suele ejer- 
cer su actividad alternativamente en uno v otro luírar, en 
este y en acjuel cerro encantados. Muchas veces han visto 
los vecinos, y no vecinos, de los cerros de Yarao, salir de 
él y dirigirse hacia los tres cerros de la Cruz, en Corrien- 
te:?, la madre del oro. Otras tantas veces los vecinos, y 
no vecinos, de los cerros de la Cruz la han visto despren- 
derse de ellos y encaminarse en direccitai á los de Yarao, 
desde cuyas respectivas cumbres se divisan uno y otros. 
Ve y señala la imaginaciíai vulgar una zanja, cubierta, con 



(1) Kl historiador Fray Juan tío Toriiuciiiada, que escrilu'ti en una 
época en que naturalmente era desconocida la hipótesis dtd fuego cen- 
tral del globo, relativamente á los volcanes y á otros fenómenos te- 
rrestres, así como la más moderna teoría de las acciones químicas, 
caloríHcas y diiuínncas, expl¡('ái)ase de este modo: « Teniro para mí 
que hay luirares que tienen propiedad de atraer á sí exlíalaeiones so- 
cas y cálidas, y esas se convierten i^w fuo<ro y v\\ lunn«>, y con la fueraa 
d(í ellas lanzan tamhién otra materia irruesa (jue se resuelve en ceniza 
ü en pi(>(lra pómez ó semejante. Y que esto sea así, es indicio bas- 
U\nte el echar á tiempos el humo, y no siempre, y á tiempos fuep\ 
y no siempre; porque es según lo (luo ha podido atraer y digerir.» 
(Monarquía Indiana.) 



142 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

el andar do los años, de un pasto amarillento, que formara 
el tcijuijagud (otros dicen que una serpiente de tres ca- 
bezas) en un viaje que hizo desde el cerro de Yarao á 
los cerros de la Cruz. Hace unos cincuenta anos reventó 
con gran estrépito un cerrito de los muchos que contiene el 
quebrado territorio del Uruguay. ¿Cuál seríala causa? La 
madre del oro, que se fué para el Brasil, en cuya direc- 
ción iban las llamaradas que despidió al dar el estampido. 
Cuando el tiempo se descompone, ó á mediodía en los de 
mucho calor, es la ocasión en que los susodichos fenóme- 
nos, sobrenatm-ales para el vulgo, se verifican. 

Enójanse los cerros, las cordilleras y montañas, los ríos 
y lagunas, tronando, estallando, relampagueando, encapo- 
tando con nubes el cielo, embraveciendo las aguas, so- 
plando con furor, desencadenando tempestades. « Muchas 
veces me han querido persuadir los naturales, dice el 
P. Guevara, que no llegue á tal cerro, monte ó laguna, 
porque es muy bravo y sabe enojar se.yy^^^ De ahí el 
nombre de cerro Bravo que lleva el de Ocompíes en la 
provincia argentina de Santafé, cuyos habitantes aseguran 
que da bramidos, cuando quiere mudarse el tiempo ^"^^ 
Y de ahí tantos otros cerros bravos de la cuenca del Plata. 
El de Tafí en Tucumán y el de Famatina, con su respec- 
tiva salamanca, en la Rioja, son harto mentados, por los 



(1) Hist. de la Conquist. del Parag., Rio de la Plat. y Tucum. 

D. Samuel A. Lafone y Quevedo, aludiendo al modo que tienen de 
exprenar^e los catamarqueíios segini las creencias vulgares, dice así: 
«Si algún afortunado tiene el derrotero que le indique el paradero de 
ali^iui tapado 6 rica mina por aquellas alturas, ahí está el cerro que 
se enoja, brama y hace que se descomponga el tiempo. » (Londres y 
Catamarca.) 

(2) El P. Guevara, obra citada. 



CAPÍTULO XI. 143 

nubarrones, truenos y relanipa^íos que despiden, cuando se 
enojan. Del eerro de Faniatinu sacaron los niinistros de 
los Incas, según tradición, grandísimas ricjuezas de oro y 
plata. En su laboreo ocupábanse millares de indios comar- 
canos. Para su defensa tenían construidas en el varias for- 
talezas 6 pucaras, en las que resistieron con denuedo á los 
españoles durante largos años. Vano fue empero el es- 
fuerzo de los conquistadores; pues, auncjue se apoderaron 
del codiciado cerro de Famatina, no disfrutaron de sus ri- 
quezas: los magos, al a])andonarle en manos de los enemi- 
gos victoriosos, le dejaron encantado. De entonces nuis se 
divisan á lo lejos las brillantes vetas de oro y j)lata (juc á 
los rayos del sol manifiestan la opulencia del Famatina; 
pero, en acercándose á buscarlas, desaparecen, ó bien se le- 
vantan horrísonas tempestades que hacen retroceder al 
más osado ^^\ En medio de una vasta llanura de la pro- 
vincia de Salta se encaraman dos cerros que, por su forma, 
les llaman Pan de Azúcar, denominación (¡ue los conquis- 
tadores aplicaron á muchas otras eminencias semejantes 
del Nuevo efundo. Cuando algún transeúnte (de los nuiy 
contados que á ello se atreven) intenta cruzar por entre 
los cerros de Pan de Azúcar, ó subir á sus no explo- 
radas cumbres, tiend)lan y braman espantosamente, como 
si un monstruo colosal, escondido en sus entrañas, des- 
pertase y se revolviese con furor, al sentir turbado su 
sosiego^"-''. 

Corre de norte á sur, desde Tueumán hasta la Kioja, cru- 



(1) Kl I\ L(>/.:iiio, llisf.ilrla Coiuinist, iJrl ñim;/., líio df la Plat. 
y Tucum. 

(2) Buenos Aires y otras rrovincins Argentinas por T. .1. llutclun- 
son, trad. y aiiot. por D. T.. V. Vanla. 



144 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

zaiulo Catamarca, cuyo valle forma con la sierra de An- 
casti, la famosa de Ambato, que aterra con sus bramidos 
á los transeúntes. Visiones, gritos, ayes dolientes, se ven y 
se sienten durante la noche en sus laderas y en sus cum- 
bres. La nevada y tormentosa cordillera de Aconquija es 
su tronco matriz, ofreciendo, como éste, altísimas cumbres. 
Cuando la sierra de Ambato brama, tiembla el suelo y agí- 
tase la atmósfera, fenómeno que atribuyen algunos á las 
reacciones químicas de las substancias metálicas que sin 
duda alguna encierra en sus entrañas. Duda el P. So- 
prano que los muchos y ricos veneros de Ambato sean 
siempre la causa de sus estruendos y temblores ; porque en 
la sierra Grande de Córdoba, donde no hay indicios de 
metales, ha sentido bramar y moverse el suelo de la propia 
suerte ^^l 

La causa verdadera de los estremecimientos y bramidos 
de que se trata, no es otra visiblemente que la explosión de 
gases ó vapor de agua encerrados en las cavidades de los 
cerros y de las sierras. A favor de determinadas condicio- 
nes atmosféricas, especialmente de la humedad y el calor, 
revienta el peñasco hueco, impulsado por la dilatación del 
agua ó gases que contiene, á la manera que dicen se efectúa 
la explosión de las geodas ó cocos ^~\ 

Las causas generales de los temblores y terremotos, lo 
serán, á veces, de aquellos fenómenos, y en muchos casos 
producirá el ruido y sacudimiento la simple caída de un 
peñasco. Así sucede que piedras enormes que se desgajan, 
y que, ahora caen á ¡)lomo de una altura considerable, ahora 



(1; La Virrjoi dd Valle y la Conquista del Antiguo Tucumán. 
(2) Véase Cap. XXVI. 



CAPÍTULO xr. 145 

se precipitan rodando y cliocand(j contra otras semejantes 
que, ó bien se despedazan, ó bien inmobles resisten el golpe 
formidable de la que desciende, haciéndola saltar y revol- 
verse, producen ruidos estrei)itosos y retumbantes en todas 
las eminencias escarpadas de constitución peñascosa. Cuando 
el tiempo se descom[)one, más fácilmente se efectúa el de- 
rrumbe de los peñascos agrietados, á favor de la humedad 
y el calor, por su propio peso, una vez que las aguas, soca- 
vando su apoyo, los dejan en falso. El estruendo que pro- 
duce el derrumbe, es mucho mayor también naturalmente, 
estando carchada la atmósfera. 

El Tronador es un alto monte nevado, cuya ruidosa de- 
nominación le viene del espantoso estruendo que produce 
con frecuencia la constante caída de los aludes que se pre- 
cipitan rodando por sus laderas. Hállase el Tronador no 
lejos de la laguna ó lago de Xahuelhuapí, cuyas aguas 
duermen del lado oriental de los Andes, hacia las puntas 
del río Negro de Patagonia. En la más gi*ande de sus islas, 
inmediata á la orilla, misioneros jesuítas establecieron, á 
fines del siglo decimoséptimo, una reducción de indios puel- 
ches y poyas, que poco duró, asesinados los intre[)idos pa- 
dres é incendiada la iglesia. 

Ha sido creencia generalizada en el Viejo ^íundo, y por 
ende en el Nuevo, hasta ya nniy avanzada la (nlad mo- 
derna, que los grandes ruidos ó truenos y la aparición de 
relámpagos y llamaradas donde y cuando no podían ordi- 
nariamente esperarse unos íenónienos semejantes, indica- 
ban, á la manera de los cometas, guerras, sequías, pestes y 
otras calamidades entn^ los hombres. Mucho [)reocuparon 
á los moradores de la Ciudad de los Reyes (Lima) dos 
formidables truenos (|U(\ Me(»nij)aíiados de s(»ndos relám- 



146 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

pagos nunca vistos por lo fuertes, se sintieron en el próxi- 
mo cerro de San Cristóbal el ano de 1G80^^-. 

Otro género de sonidos, sonidos dulces y melodiosos, 
percibe el paisano rioplatense en el fondo peñascoso de las 
aüuas V en las restingas de los arroyos. Música de arpas, 
de órganos y de guitarras endulza de noche, especialmente 
pocas horas después de la caída de la tarde, el ambiente de 
las costas y de las islas donde forma su cmicha el leñador 
ó carbonero ó donde el vecino de la comarca arroja el largo 
aparejo'-^ tranquilamente sentado en la alta pesquera. La 
gente campesina ve en ello el encanto que infaliblemente 
acompaña á todo hecho extraordinario é inexplicable á sus 
ojos. 

Alejandro de Huml^oldt, navegando el Orinoco, oyó de- 
cir á todos los del país que á ciertas horas del día se sen- 
tían salir de los peñascos ruidos extraños. Inquiriendo 
por sí mismo lo que en ello hubiese de verdad, pudo con- 
vencerse de que no se trataba ya de una preocupación cam- 
pesina, sino de un hecho real y verdadero. Ex23lícale del 
modo siguiente. Las peñascosas moles ó restingas están 
llenas de hendiduras tan delgadas como profundas. Cal- 
déanse durante el día. Entre 48'' y 70° varía el calor que 
adquieren, calculándose en 28'' el del aire ambiente. Fácil- 
mente se concibe (pie la diferencia de temiDcratura entre el 
aire subterráneo y el exterior llegue á su máximum hacia 
la salida del sol, cuando menos próxima está la hora del 



( 1 ) £1 Dor. D. Diego Andrés García, Tratado del Origen de los 
Indios del Perú etc. ( carta al fin ). 

('!} Instrumento de peí-cn, que con>¡?«te en un brannante de diez ó 
quince brazas, con uno ó más anzuelos en la punta. Sobre la voz can- 
cha véase Vocahnlario Rioplatense por el autor. 



CAPÍTULO XL 147 

mayor calor del día. Esos sonidos semejantes á los de un 
órgano que aplicado el oído á uii peñasco se sienten. ;. no 
serán, por lo tanto, el electo de una corriente de aii-e (pie 
sale por las hendidiuas? El roce del aire con las hojuelas 
elásticas de la mica, (|ue interceptan las liendiduras, ¿no 
contribuirá á modificar los sonidos? Creíble }>arece que los 
antiíí;uos habitantes del Eiripto, que incesantemente subían 
y l)ajal)an el Xil(>, hayan licclio en la Tebaida la misma 
observación que los moradores del (Jrinoco, dando luiíar á 
las farsas de los sacerdotes con la estatua de Memnon. El 
aire que durante el día se caldeara, escápase de noche por 
los resquicios, produciendo los cantos de que los viajeros 
dan noticia. Huidos semejantes hanse observado en las 
])layas del Océano. ]\raniíiestanse precisamente en el j)unto 
y hora en (jue apunta el día y cierra la noche, como si con 
armonías sobrenaturales (pusiera algún genio de las aguas 
saludar á la aurora, cuando apareces y consolarnos de la 
ausencia del sol, con la esperanza de su retorno, cuando se 
ha se})ultado en el hoi-izonte^*l 

Pero ;;([ué mucho que los cerros se estremezcan y bra- 
men, si una piedra desnuda, sola, vive y crece como si fuera 
una planta? Parece que l^emóci'ito, filósofo griego (pie se 
reía de todo, y (pie ])or tanto dcbín de reírse á carcajadas 
de liis maravillas de los magos, se proj)Uso demostrar (pie 
las cosas (pie más tenían de soi)renaturales á los ojos del 
vulgo, no eran sino fenómenos debidos á las propiedades 
ocultas de los cuerpos. Por consiguiente la magia, para De- 
mócrito, consistía en la aplicación de las l(>yes de la nalii- 



(1) Mf/sfirrs (ifs Srirurrs Orcidlrs por I ii liiilit'. Tmiís. Lilíinirie 
lllustréo. 



148 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

raleza, en vas obras presentaba extrañamente modificadas 
a la vista del hombre ignaro. Supuso el valiente filósofo 
que las piedras tenían un alma vegetativa. Sabios natura- 
listas, como Tournefort y Lineo, que en el siglo decimoc- 
tavo ilustraron las ciencias, admitieron como j)Osible el su- 
puesto crecimiento de las piedras. 

Creencias análogas tiene el vulgo americano, las cuales 
enlaza con otras naturalmente imbuidas de misterio en re- 
giones pobladas de almas en pena y fantasmas. En Co- 
rrientes de la Argentina, á pocas leguas de la ciudad de 
^lercedes, vendo de Curuzú-Cuatía, osténtase en una caída 
del terreno una piedra de forma piramidal, que hace como 
una cintura á un par de varas de su base. Llamante Ita- 
cupú, voz guaraní, que significa piedra alta. Su altura 
será de unos cinco 6 seis metros; el ancho, de unos dos 
metros. Asegura el vulgo que esa piedra se cina, crece; 
y añade que se ven luces y apariciones en torno de ella: 
que primitivamente fué una cruz, labrada ó puesta allí por 
los jesuítas ó teatinos, y que, después de la expulsión de 
estos solícitos misioneros, á medida del crecimiento fue- 
ron desapareciendo y ocultándose sus formas, de que aun 
quedan patentes indicios. Las piedras carecen de vida or- 
gánica, y por lo mismo no pueden desarrollarse como los 
vegetales y animales, ni crecer por intususcepción, to- 
mando y asimilándose interiormente los elementos nece- 
sarios para el efecto. Pueden, sí, aumentar de volumen por 
yuxtaposición, como todo mineral; pero, hallándose en la 
superficie de la tierra, expuestas á la acción de las aguas y 
al natural desmedro por otras causas exteriores, antes lle- 
garán á empeíjueñecer y extinguirse, que á adquirir mayo- 
res proporciones. Sólo que las aguas, arrastrando la tierra 



CAPÍTL'LO XI. 149 

que rodea la partc^ inferior de una piedra, la hatean apa- 
recer cada vez mas alta y vohnninosa. Entonces, para el 
ánimo ya preocupado con la idea del crecimiento, día á 
día irá siendo mayor la (•()r])nlencia de la animada j)iedra 
misteriosa. Esto es lo (iiiu en todo caso sucederá con la 
famosa Itapucú de Mercedes. 



CAPITULO XII. 

E ntierros y guacas. 



Sumario. — Lugares encantados. — Tesoros escondidos ú ocultos: mi- 
nas, entierros, tapados, guacas. — Guardianes de tesoros. — Supues- 
tos tesoros de los jesuítas. — Casa Manca de Mbororé. — Casa blanca 
del valle de Catamarca. — El secreto eterno: cuento misionero.— 
Destrucción de las Misiones por los portugueses. — Castigo del cielo 
padecido por un soldado. — El cuadrante de la Cruz. — Espíritus 
elementales de la tierra.— 6^no???o.9. — Los enanos de Europa re- 
partiendo con parsimonia las riquezas de la tierra. — Prodigalidad 
de los salamanqueros del Río de la Plata. — Trabajadores de mi- 
nas: criaturas muertas sin bautizar. — Za/¿orie5. — Los rayos invi- 
sibles de Roentgen ante el tribunal del Santo Oficio. — Proce- 
sos de varios brujos zaharíes. — Zaharíes modernos. — Rique- 
zas reales y riquezas supuestas del Nuevo Mundo. ~ Entierros y 
almas en pena.— Fuerzas naturales. — Creencias vulgares enlaza- 
das con ellas. — Doctrinas científicas bosquejadas por los españo- 
les de la época subsiguiente al descubrimiento de América. — La 
magia y la ciencia ante la naturaleza. 



Raro es el cerro peñascoso y escarpado, desde la cor- 
dillera de los Andes hasta las comarcas del Uruguay, Pa- 
raná y Paraguay, que no tenga su salamanca ó cueva 
encantada, que no encierre considerables riquezas de oro 
y plata en sus entrañas, que no se embravezca y dé bra- 
midos estrepitosos, que no presente en su cumbre algunos 
negrillos que desaparecen á los ojos del que curioso se 



CAPÍTULO xir. 151 

les acerca, que no emita luces y resplandores que á veces 
iluminan una vasta extensión de territorio. Aprensiones 
son éstas generales en toda la America, sin duda nin- 
guna, como que, habiendo traído su origen de Europa, 
hallaron terreno fértil y a[)ropiado en (pie arraigar y desen- 
volverse ^ ^ \ 

Tesoros naturales, que consisten en ricas minas de oro 
y ])lata descubiertas, pero generalmente ignoradas de los 
hombres, ó, sino, tesoros escondidos, con cuyo paradei'o 
nadie atina, están custodiados por gigantes y por serpien- 
tes, amén de hallarse rodeados de otras particularidades 
que se oponen al intento del temerario que los busca. El 



(1) «Durante las guerras entre moros y cristianos que asolaron este 
país (España) por espacio de algunos siglos, las ciudades y los casti- 
llos estaban expuestos á cambiar repentinamente de dueño, y sus ha- 
bitantes, mientras duraban los bloqueos y los asaltos, se veían preci- 
sados á esconder su dinero y sus alhajas en las entrañas de la tierra, 
á ocultarlo en las bóvedas y pozos, tal como se hace hoy día en los 
despóticos y bárbaros países de Oriente. Cuando la exi)ulsión de los 
moriscos, muchos de ellos escondieron también sus mas preciosos obje- 
tos, creyendo que su destierro sería solamente temporal y que ellos vol- 
verían y recuperarían sus tesoros en el porvenir. Se ha descubierto 
casualmente algún que otro dinero, después de pasados algunos siglos, 
entre las ruinas de fortalezas y casas moriscas; habiendo bastailo unos 
cuantos hechos aishidos de esta clase para dar pie á un sinnúmero 
de narraciones fabulosas sobre tesoros ocultos. ■» 

«Las historias que de aquí brotan tienen generalmente cierto tinte 
oriental, y participan de esa mezcla de árabe y cristiano que parece 
característico en las cosas de España, especialmente en las provincias 
del mediodía. Las ri(iuezas escondidas han de estar casi siempn» bajo 
la influencia mágica, ó guardadas por encantamientos y talisnianes, y 
algunas veces, defendidas por horril)les luoii^triios ó tiero-- <lragones, 
ó bien por moros encantados (pie >e iialhm maravillosamente vestidos, 
con sus férreas armaduras y desnudas las espadas; pero inmóviles como 
estatuas y h.aciendo una desvelada guardia durante nuichos siglos.» 

(Washington Irving, Cuentos de l<i Allianihm, trad. por I). José 
Ventura Traveset. (rranada.) 



152 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

tesoro oseoiulido, eoinúiiineiite se llama entierro. En las 
provincias argentinas qne están situadas entre la cordillera 
de los Andes v los ríos Paraná y de la Plata, llevan el 
nombre quichua castellanizado de huacas ó guacas los te- 
soros que, durante las conquistas del Perú y de Chile, se 
supone escondieron ú ocultaron las gentes de la tierra que 
rindieran vasallaje al Inca. La voz huaca, entre los in- 
dios del Perú, tenía diversas acepciones, que regularmente 
envolvían la idea de cosa adorable ó sagrada. Explícalas 
el Inca Garcilaso en sus Comentarlos. También dicen ta- 
pados los arribeños á las guacas y á todo entierro ó te- 
soro escondido. El primero de estos nombres procede del 
que los nuevos pobladores daban á las minas que, ha- 
biendo sido ya beneficiadas ó descubiertas en tiempo de 
los Incas, estaban ocultas ó tapadas, por diligencia de los 
naturales, que intentaban sustraerlas á los ojos de los es- 
panoles ^^l 

En el Perú enterraban los caciques y personas principa- 
les en cerros hechos á mano, llamados i'áxnhién guacas. Eran 
altos: de veinte ó treinta varas y aun mayores. Con los cuer- 
pos de los difuntos, enterraban, según su costumbre y con- 
forme á sus creencias sobre la vida futura, multitud de útiles 
y muebles que les habían servido en su primera existencia 
terre lal, entre ellos, y principalmente, alhajas de oro y pie- 
dras preciosas. Había asimismo cerros artificiales diputa- 
dos para adoratorios ó templos, donde sacrificaban. Dis- 
púsose en tiempo de los Incas que los templos del sol se 



(1) «S¡ la iniíia está en cerro nuevo, se le da al descubridor una 
mina de sesenta varas, y si es tapada, del tiempo de ios reyes Incas, se 
le da de ochenta.» (El P. Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo.) 



CAPÍTULO xir. 153 

edificasen en los lugares niits eminentes. Si a inmediacio- 
nes de la ciudad en que debían ser edificados, no se ha- 
llase, por ser tierra llana, una altura conveniente al intento, 
formábase un cerro artificial y en su cumbre se establecía 
el adora torio ^^\ 

Hacíase el enterramiento, con todo secreto, en lugar re- 
cóndito. Confia l)ase únicamente á algún deudo 6 amigo de 
los más graves y reservados, á la vez que más ancianos, 
como (|ue su próxima desaparición del lunnero de los vivos 
alejaba más y más la posibilidad de (pie llegare á oídos de 
nadie la noticia del escondr¡j(j. Tal entierro, que acompa- 
ñaban además con mazorcas de maíz y otros géneros de 
alimentos, respondía, como queda insinuado, á la creencia, 
dogmática entre ellos, de que los muertos habían de resu- 
citar corporalmente en el nnmdo. Las prendas, riquezas, 
íitiles y comidas que ponían en la sepultura con el cuerpo 
del difunto, estábanle reservadas para el día de la resurrec- 
ción, á fin de que, en la nueva vida terrenal (pie le espe- 
raba, no careciese de lo necesario conforme á su (.'on- 
dición. A los Tucas difuntos dábanles de comer y beber, 
como si estuviesen vivos todavía, mediante ciertas cere- 
monias, de los productos de chacras y ganados especial- 
mente administrados por caniaijos. Xo siemlo persona 



(1) Kl Inca Oarcilaso de la Vt'^^ji, Comentarios líenlrs del Perú. 
Fray Bartolomé do las Casa-^, 7V las Anfi;/nas (icntcs del Prrá, pu- 
blic. por D. M. Jimérioz do la E>p:»d;i. I>. Jorji» Juan y I). Antonio 
de Ulloa, liclariñn llistñrirtí ilrl Vinji ti la Anti rna Mt ritliona! Iniho 
de ordrn dr S. Maif. 

Llaüiaban hitaras (en el I*ei ú ^ e>t<i> ttMiiplos ó a<iorator¡o3 y eii- 
tierrojj, y aun á los ídolos y fifruras que en ellos se adoraban. I). Juan 
de Solórzano, Pol'dica Indiana.) 



154 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

de alta jerarquía, el entieiTO se hacía simplemente en el 
suelo ^ ^ \ 

Los españoles, tan luego como tuvieron conocimiento de 
estas cosas, se dieron a buscar tesoros escondidos. El ánimo 
de los nuevos pobladores estaba ya predispuesto á ello, 
como que la tema de buscar tesoros escondidos era antigua 
y general en Europa. Moros encantados y sierpes volado- 
ras los custodiaban en España. Entes fantásticos y ser- 
pientes ó víboras ^^' custodian asimismo hoy día las gua- 



(1) <^Los mayores y má-! ordinarios tesoros que se suelen buscar 
y hallar en las Indias, así de la Nueva España como del Perú, son 
los que se sabe y la experiencia ha mostrado que hay en los templos 
ó adoratorioá y entierros antiguos de los indios, cuya costumbre, como 
lo reíicren los Padres Acosta y Torquemada y otros autores, era ha- 
cer las figuras de sus falsos dioses de plata y oro, y servirles con va- 
jiHas y ofrendas riquísimas de lo mismo (especialmente los mejicanos), 
y enterrar á los que morían (y más si eran de los principales) con 
muchas joyas, piedras y atavíos, por ricos que fuesen. Y lo que juz- 
gal)an ser necesario para ponerles casa en el otro mundo y servicio 
igual al que tuvieron en éste; para lo cual enterraban ó quemaban 
también con ellos sus mujeres y sus criados.» (D. Juan de Solór- 
zano, Política Indiana.) 

« Y cada uno de los reyes Ingas dejaba todos sus tesoros y hacienda 
y renta para sustentar el adoratorio donde ponían su cuerpo, y lo mismo 
hacían otros indios principales y particulares, cada uno según su posible. 

Y les ponían plata y oro en la boca, en las manos y en los senos; y cu- 
raban y conservaban los cuerpos muertos con tanta curiosidad, que per- 
manecían enteros, sin oler mal ni corromperse, más de doscientos años. 

Y yo doy fe de híiber visto algunos y las grandes huacas ó entierros 
de los valles de Trnjillo, Pachacama y Chincha, y otras que están en 
medio de sus llanos. Y arrimados y sobrepuestos unos sepulcros á 
otros (que los hacían de tapias de barro pintadas y labradas por den- 
tro y fuera ), vienen á ocupar tanto sitio en largo, ancho y alto, que 
parecen nniy grandes montes.» {VA mismo autor, en la obra citada.) 

(2) D. Sanmel A. Lafone y Quevedo supone que la ideado las ví- 
boras en los tesoros escondidos es superstición proveniente de las po- 
blaciones indígenas del Tucumán. Véase su obra Londres y Catamarca. 



CAPÍTULO xir. 155 

ca.y y fapadoH de la Rioja, Cataniarca, Tucuináii, Santiago 
y demás comarcas argentinas díjnde se supone su existen- 
cia. Porque es de advertir que los españoles, buscando y 
rebuscando tesoros, encontraron lí millaradas, en lugar de 
oro y plata, desengaños; mas esto no bastó para desarrai- 
gar del espíritu la idea de hallar cosas de gi*an valórenlos 
entierros. 

Presume Teófilo Braga que la tradición relativa á mo- 
ras encantadas procede de una mala inteligencia del voca- 
blo mahra ó niahr con que en los pueblos del norte de 
Europa sedesigna al espíritu infernal. Añádase á esto (dice) 
que la idea de los tesoros enterrados es el tema fundamen- 
tal de las epo})eyas germánicas, y se reconocerá que aquella 
tradición ¡)ortuguesa (peninsular) tiene Origen de los pue- 
blos del Norte. En las tradiciones portuguesas (y lo propio 
en las españolas) las inoras (y moros) encantados son los 
guardianes (muy comunmente) de los tesoros escondidos ^ ' \ 
Sigue este parecer D. Marcelino Menendez Pelayo, atribu- 
yendo á la voz celtii niahva ó nialir hi significación de un 
cierto espíritu y también demonio íncubo ^-\ 

La violenta expulsión de los jesuítas decretada por Car- 
los III (lió mayor pábulo á la idea lija del })r()bable ha- 
llazgo de tesoros. Supónese erradamente (pie los jesuítas 
escondieron, al tiempo de la expulsión, grandes riípiezas. 
Ignora el vulgo (pie los padres (1(> la C()nq)añía, en Misio- 
nes, fueron sorprendidos en sus camas, y sin permitírseles 
tomai" ninguna disposición, ni habla i- con nadi(N ni siquiera 
despedirse de sus neóíitos, se les condujo hasta Montevi- 



(1) K¡)n])ras (la Rara Moí^iirabe ( Ilisforia da Pocsia Purtuijucxa). 

(2) Historia de los Heterodoxos Españoles. 

12. 



15G SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

deo V Buenos Aires, donde los embarcaron para Europa. 
De modo que aunque hubiesen tenido riquezas, no hubie- 
ran podido esconderhis. Pero el hecho es que en los de- 
rruidos pueblos de las antiguas Misiones hay, por todas 
partes, junto á los arboles más añosos y á los ruinosos 
muros, pozos excavados por los mismos vecinos, que, pro- 
vistos de una ¡hiedra de toque en que examinan cualquier 
cacharro que desentierran, nunca pierden la esperanza de 
sacar, cuando no un talego de onzas, algún cojDÓn ó ban- 
deja de oro ó plata macizos que los saque de pobres. Por 
eso mismo, en medio de los inmensos bosques que pue- 
blan una parte considerable del territorio de Misiones se 
halla, según las ii)iaginaciones tradicionales de sus habi- 
tantes, la casa hlafica sin j^uertas ni ventanas (sin vanos) 
de Jlbororc, donde los jesuítas expulsos encerraron los 
riquísimos tesoros que poseían. 

Casa blanca encantada hubo otra en el antiguo Tucu- 
mán. El audacísimo impostor que con el nombre usurpado 
de Pedro Bohorques Girón intentó primeramente engañar 
á los ^'irreyes del Perú conde de Chinchón y marqués de 
Mancera, al presidente de la Peal Audiencia de la Plata ó 
Charcas y al gobernador de Chile, diciéndose descubridor 
del país de la Sal y del opulento imperio de Paitití, pasó 
después, huyendo de la justicia, al oriente de los Andes, 
por la cordillera de Chile, y fué á dar á Tucumán. Hizo 
creer á los indios calchaquíes del valle de Catamarca que 
era él uno de los descendientes legítimos de los antiguos 
monarcas del Perú y que se llamaba Gualpa Inga. Con- 
siguió luego, seguido de un acompañamiento de curacas 
que lo reverenciaban como rey, que los españoles diesen 
crédito á sus patrañas, en las que figuraba la existencia de 



CAPÍTULO xir. 157 

riíjuísimas minas, tesoros ó huacas, y de una casa blanca 
donde los Incas escondieran sus inmensas riquezas al tiempo 
de la conquista. Este celebre aventurero puso á la postre 
en serios apuros el dominio español en Tucuman, acabando 
por morir ahorcado en 1()04'^'. 

Las riquezas de los jesuítas que se suponen escondidas 
en la rasa blanca de Jlbororé, nunca existieron. Las hubo, 
sí, que brillaron en la majestad de sus templos. Tal era el 
empleo que en especial tenían. El resto era enviado á Eu- 
ropa para los fines de su instituto. Las minas de que sa- 
caban estas riquezas no se hallaban en los cerros, en los 
peñones ni debajo de tierra, sino en los brazos de los in- 
dios reducidos. La madre del oro y de la plata, en Misio- 
nes, era la product(^ra fuerza del ti'aljajo aplicado con mé- 
todo y esmero á la ganadería, al beneficio de la yerba del 
Paraguay y á la labranza. La ley suprema (pie allí regía, 
era la caridad. Basta saber que los jesuítas fueron sustituí- 
dos en las Misiones por franciscanos, dominicos y merceda- 
rios, y cuando alguno de estos religiosos se distinguía por 
sus virtudes, decían de él los pobres indios: 2)arece tui 
padre de la ('oinixiñía. 

Había, hace años, en la Cruz (antiguo pueblo misio- 
nero, hoy de Corrientes) una eliina nniy vieja, (pie decía 
haber ayudado á esconder muehas ricjuezas de los padres 
misioneros. Acordábase perlecta mente del sitio donde ha- 
bían sido enterradas; pero nunca (pliso manifestarlo, por 
más que la trabajaron en ese sentido amigos y deudos: te- 
mía que se cumpliese la predicción que á tal respecto le 
habían hecho los padres. Dijéníule: <t (.inania religiosa- 

(1) Lozano, 'Conquist. tUl I\mi(j., Rio de la Pial, y Tucum. 



158 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

mente el secreto de que sólo tú, después de nosotros, eres 
depositaría. Ten sabido que, cuando intentares revelarlo, la 
divina providencia castigará tu infidelidad con la muerte. » 
Las chinas misioneras tienen mucha fe, y respetan gran- 
demente la palabra del sacerdote. La anciana cruceña, ade- 
más de temer el castigo del cielo, era una mujer buena de 
su condición. Pero esta, misma bondad, unida al menoscabo 
que los años habían causado en sus facultades mentales, 
como (]ue no contaba menos de una centuria, á juzgar por 
su aspecto y por los hechos que refería, la indujo á condes- 
cender con las instancias de los solicitantes. Un sujeto. 
Acuña de apelhdo, que servía el cargo de juez de paz en el 
pueblo de la Cruz, considerando vanos los temores de la 
vieja misionera, tomó sobre sí la empresa de hacerla hablar. 
Sabiendo que tenía un hermano al norte de las Misiones, 
puso empeño en averiguar su paradero. Dio con él, y le 
mandó un recado, pidiéndole que viniese á la Cruz. Fué á 
la Cruz el indio. Eateróle Acuña de lo que su hermana de- 
cía, ofreciéndole comprarle una casa en el pueblo y una 
chacra en los alrededores, si conseguía persuadirla con bue- 
nas razones á que descubriese el escondite. Prestóse el indio 
á ello, y después de muchas idas y venidas obtuvo de su 
hermana la promesa de que le revelaría el secreto cuando 
estuviese por morir. Pasó uno y otro año sin que la china 
misionera, aunque longeva, diese señales de estar próxima á 
la muerte. Impacientes su hermano y Acuña volvieron á 
instarle sobre el asunto. Entonces la misionera prometió á 
Acuña revelarle el secreto. — «Pero lo haré, dijo, de aquí á 
tres días. » A los tres días enfermó de pronto la china 
vieja. Acudieron los vecinos. Halláronla ya muy mala, ago- 
nizante; pero todavía podía hablar, y, con palabras entre- 



CAPÍTULO XI I. 159 

cortadas, oyeron que decía: — Acu/la . . . . Acuna. . . Co- 
rrieron á llamar á Acuña, para que recibiese de labios de 
la moribunda la noticia del escondrijo. Acudió presuroso 
Acuña, acercóse it la moribunda, hablóle .... La mori- 
bunda pronunció con voz apagada y apenas perceptible el 
nondjre de xVcuña, exhalando en sus brazcs el ultimo sus- 
piro: faltóle aliento para revelar el secreto ^^\ 

El pueblo de la Cruz, así como otros varios de las Mi- 
siones de la costa occidental del Unisruav, fue arrasado 
el año de 1817 por el general portugués Francisco das 
Chagas, enviado al efecto ^-^ por el marques de Alégrete, 
gobernador de Kío Grande del Sur (Brasil). Incendió Cha- 
gas los edificios, cautivando y pasando á cuchillo los habi- 
tantes: hondjres, mujeres y niños. Las riquezas mas pre- 
ciosas de los templos incendiados fueren conducidas á 
Porto Alegre y de allí enviadas en su mayor parte á Río 
Janeiro. Sesenta y cinco arrobas portuguesas (1,040 kilo- 
gramos), en vasos sagrados, candelabros, lustros, coronas, 
etc., de plata maciza, llegaron a Porto Alegre ^"^ Kn el 
acto de saquear una iglesia, uno de los soldados de Cha- 
gas divisó en lo alto del retablo del altar mayor unos ricos 
pendientes qu(» adornaban la imagen de Nuestra Señora. 
«Aquella china vieja, dijo el .^oblado, no precisa de a([ue- 
llos pendientes: voy á sacárselos. » En seguida subió por 



(1) Acuna y otros te.<t¡<ío.> del lucho n-firioron d í'Mx^ al autor tui 
el mismo pueblo de lii Cruz. 

(2) El objeto (1(1 Marqués de Aleixrete era impedir que el (Ten(^- 
ral Artiíras, recientemente derrotado i>or los portujíueses, pudiese re- 
hacer sus fuer/.as en los pueblos de Misiones. , 

(8) Mémoire Ilistorique sur la Drnuirnrr el la Jxuiur des Missions 
des Jcsidtcs (lans Ir Ihssin dr la Plata por V. Martín de Mouss}'. 



160 SUPERSTICIOXES PEL RIO DE LA PLATA. 

la e.-^ealera lateral del altar en que estaba la imagen. Pero, 
al ir á arrancar los pendientes, sintió de repente un dolor 
tan fuerte en lo interior del cuerpo, que, no pudiendo sos- 
tenerse, cayó rodando por los peldaños de la escalera. So- 
brevivió tres años a este suceso, sufriendo terribles dolo- 
res que los recursos de la ciencia no pudieron mitigar: lo 
que se tuvo como un castigo del cielo ^'\ Entre las ruinas 
del pueblo de la Cruz, quedó en pie, sustentando un cua- 
drante, una elegante columna estriada, que lleva en su 
cornisa la siguiente inscripción: xí Soh's Ortu Usqiie Ad 
Occasum Laúd ahile Est N ornen Domini. 1729^^\ 

Los antiguos, entre la multitud de seres imaginarios de 
que poblaron el mundo, pusieron los grifos, monstruos que 
tenían el cuerpo y patas de león y la cabeza y alas de 
águila, que respectivamente representan la fuerza y la agi- 
lidad, símbolo de la vigilancia, por lo que solían grabar 
uno en los sepulcros y urnas funerarias, cuyos restos cus- 
todiaban. Los grifos extraían el oro de las entrañas de la 
tieiTa. I^os arimaspos, naturales de la Moscovia, que tenían 
sólo un ojo en medio de la frente, trabajaban de continuo 



(1) Historia da Repiiblica Jesuitica do Paraguay pelo conego 
J. P. Ga,v, Vigario de San Borja das Missoes Brasileiras. Río de Ja- 
neiro. 

(2) Un gobernante de Corrientes se propuso trasladar á la Capi- 
tal do la provincia el cuadrante de la Cruz. Para el efecto se valió 
de un sujeto que se comprometió á hacerlo por la suma de seiscien- 
tos pesos fuertes. Tomó ésto una maromn, amarróla por un extremo 
á la columna del cuadrante y prendió del otro diez yuntas de bueyes. 
Luego, á fuerza de picana (aguijada), hizo que los bueyes tirasen á 
todo tirar. Felizmente la columna (toda de una piedra) permaneció 
inmóvil. Gracias á olio, conserva hoy la Cruz el proííiado monumento 
hi.-tórico (juo marcó las horas que estuvieron ardiendo las llamas en- 
cendidas por la mano feroz de Chagas. 



CAPÍTULO xrr. 161 

por arrebatarlos los codifijidos tosoros on fiinosa irnoiTa 
inacabable ^^\ 

A los ojos (le antií¡::iias escuelas, componíase el mundo 
de cuatro elementos: aire, tierra, fucuo y aí^ua. Su más 
pura substancia hállase representada, según los cabalistas, 
por entes de forma animada: ^^alamandrcn^, silfos, ondinas 
y gnomos ( (jcnios ó espíritus elementales de la tierra). 
Las salamandras, en fií^ura de laí:;artos, habitan las rei^io- 
nes del fuego. Los silfos, con alas de mai'iposa, puel)lan 
el aire. Las ondinas son ninfas que oculta el fondo de los 
mares, de los ríos, arroyos y lagos. Los gnomos, de forma 
humana como las ondinas, pero enanos y contrahechos, es- 
condense en el interior de la tierra, trabajan en las minas 
y custodian los tesoros v riquezas subterráneas. 

Los enanos del norte de Europa, entretenidos en extraer de 
la tierra metales preciosos, tienen sus fiestas nocturnas en 
ciertas épocas del año. Acaso sea en la primavera; porque 
en la primavera celebra sus fiestas nupciales la naturaleza. 
A la luz de la luna (como las vizcachas en el Kío de la Plata) 
danzan, juguetean y chillan en torno de los gigantescos dól- 
menes y menhires que levantara el esfuerzo de los celtas. 

Los enanos tudescos y bretones dan á los visitantes oro 
y plata. Repártenle con parsimonia, castigando la avaricia 
del pedigüeño: al (pie tiende la mano, le dan un [)uñado; 
pero al que trae una bolsa, lo sacan á jnuitapiés. Esta cua- 
lidad de la eccmomía en la distribución de los dones con- 
trasta con la numific(*ncia del .<alaman(juero ric^platense, 
(pie en casos id^^nticos da todo lo que le })idcn. 

Mancio Sierra de Lc^guízamo, uno de los com¡)añeros de 

(1) C. Plinii Secumli Xniuralis llislorur liber XN'II. 



1(32 SUPEKSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

PizaiTO que pasaron la raya que éste les trazó en el suelo 
con el \mñ'd\ señalándoles el lado de donde les esperaban 
los trabajos, el lianibi'e, el dolor y la muerte, perdió al 
juego, en la misma noche en que le tocara en el reparto, el 
sol de oro y piedras preciosas que brillaba con los rayos 
matinales del astro del día en el testero del templo del 
Cuzco. De allí quedó el refrán, aludiendo al derrochador: 
es capaz de jugctr el sol antes de que amanezca. Por el 
estilo de Lesiuízamo eran oeneralmente los demás soldados 
de la conquista del Nuevo Mundo. Los hijos de los espa- 
ñoles que, dedicados á la industria y al comercio con pa- 
ciente economía lograban hacer fortuna, no fueron menos 
pródigos y rumbosos que los conquistadores de ricos impe- 
rios. El resultado de esta educación y conducta era que 
los nietos del poblador acaudalado viviesen pobres y sin 
hábitos de trabajo. Tal fué el origen de la frase prover- 
bial: joac/r^ mercader, h^'jo caballero y nieto 'pordiosero. 
Con gente de esta índole, el salamanquero , ó guardador de 
tesoros, no podía observar la parsimonia usada por los 
gnomos ó enanos del norte de Europa. El mismo sala- 
manquero, ó gnomo criollo, debió particijoar del carácter 
general de las naciones donde habitaba. 

Moran también en las cavernas y subterráneos délas re- 
giones septentrionales de Europa las criaturas que mueren 
sin liaber recibido el bautismo, ocupadas en transportar por 
sendas innumerables á las diferentes partes del globo los 
metales y piedras preciosas. Como se les mira con plena 
indulgencia, no están cerradas para esos tiernos penitentes 
las puertas del paraíso. Pero, como se hallaban en estado 
de pecado venial cuando la muerte los sorprendió, han 
menester purificarse, antes de entrar en la mansión de los 



CAPÍTULO xir. 163 

bienaventurados, trabn jando en las Tuinas durante al<íunas 
centurias. Una luz íjue á modo de lamparilla emito pálidos 
rayos desde su frente, es el alma (pie laniíuideee por efecto 
de los malos pensamientos que la enturbian. El arrepenti- 
miento la hace revivir, comunicándole su virtud salvadora ^^\ 
Los gnomos riopíatenses, los salamanrjueros, (jue igual- 
mente viven entre las piedras y cavernas ó lui^ares subte- 
rráneos, suelen aparecer en las cumbres de los cerros en 
figura de negrillos: solo [)or el color se distinguen de los 
enanos (pie albergan las regiones septentrionales de Europa. 
Donde tal sucede, hay salamanca seguramente, que es 
como decir minas y tesoros, (¿uien tiene suficiente virtud y 
constancia para entrar en una salamanca, obtiene cuanto 
quiere y pide. Algo habrá íla([ueado durante su peregrina- 
ción por los extraños, espantables y maravillosos senderos 
que conducen al interior de la salamanca, para que haya 
sido desechada su pretensión. A quien por ventura le fal- 
tan las fuerzas, á grandes ])eligros se expone, tal vez le 
esperan tremendas calamidades. De una misteriosa sala- 
manca, así puede uno salir, ó regresar al mundo real, el 
más feliz, como el más desgraciado de los hombres. Todo 
depende de la fatalidad, unida á las pruebas de estoicismo 
y méritos del peregrino. Los enanos tudescos y bretones 
ofrecen un puñado de (U'o, y el salamanquero rioplatense 
otorga, si se lo piden, la facultad de reconocer y descubrir, 
sin catear, las minas (pie oculta el suelo ó los tesoros que 
en (''1 se hallan escondidos. Pero ¿(piien se atreve hoy, con 
ser hoy tan codiciado el oro, á penetrar en una .<alamancaf 
Ni aun á trueipie de salir de ella hecho un za/iorí, se 

(1) Lcgcndc de ln Vicrge de Miinsfrr por Qiuitn'lles. 



164 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

allana nadie á soportar las pruebas á que para tal efecto 
habría de someterse. Por eso ya no se ven zahories. 

La península ibérica alberga en su seno con especialidad, 
y envió al Xnevo Mundo, una especie de brujos que llevan el 
nombre de zaharíes ''^K Son personas dotadas de la envidia- 
l)le facultad de ver á través de los cuerpos oj)acos, de descu- 
brir lo que está oculto, aunque sea debajo de siete estados de 
tierra. Son sus ojos, ojos que adivinan. No hay paredes ni 
capas de tierra que valgan: todo lo penetra su vista perspi- 
caz. Su pi-incipal oficio es descubrir minas y tesoros. La 
ciencia vulgar enseña que Dios dispensa esta gracia a los 
que nacen el día de viernes santo ^-\ Sin embargo, debe 
de ser, antes que obra de la divinidad, artimaña del genio 
(k'l mal. Este, á fin de que la grey cristiana se persuada de 
que el zahori no es otra cosa que un ministro de la divini- 
dad, ha ideado el engañoso artificio de infundir la virtud de 
clarificar con los rayos visuales los cuerpos opacos á los in- 
dividuos que, á parte de otros favores, nacieran en viernes 
santo. Sucede á este respecto con el zahori una cosa seme- 
jante a lo que pasa con el saludador, que nace con una cruz 
en el paladar, á las tres de la tarde, en día de viernes santo. 

Los archivos de la Liquisición suministran prueba cierta 
é indubitable de que el zahori recibe del diablo la maravi- 
llosa facultad de ver en la obscuridad v á través de los cuer- 



(1) <'É?;te es embuste endémico en España, y acaso heredado de 
los moros; pues la voz %¿if/¿o?'z parece arábiga.» (Feijoo, Teatro Crítico 
Universal.) Zahori es, con efecto, voz árabe equivalente á geomántico, 
el que profesa la geomancia (magia y adivinación supersticiosa por los 
cuerpos terrestres, 6 con líneas, círculos ó puntos hechos en la tierra). 
( Diccionario de la Lengua Castellana por la Real Academia Española, 
12." ed.) 

(2) Feijoo, Teatro Critico Universal. 



CAPITULO XII. 165 

l^os opacos. El fuego y la luz emanados del sol que el indio 
adora, los cuales tMiiiMéii dchou de >^('V una de las fonnas 
y disfraces infinitos c(jn que el diahlo oculta su figura }>ara 
asond)rar y enloquecei" al mundo con invenciones estu|)en- 
das, lian formado sus zahon'cx ó han dado a los hechice- 
ros los rayos invisibles de Eínití^en ' ' . 

Una mulata esclava, de nombre alaría Martínez, declaro, 
en Santiago de Chile, ante el comisario tlel Santo Oíiciu, 
que, cuando le venía en deseo, se ponía {\ mirar el sol á 
mediodía en punto, y, puesta en cruz, presentábase á sus 
ojos el cielo abierto y el esplendor de la gloria, viendo el 
interior de los h()ml)res como si su cuerpo fuera de vidrio: 
en suma, que era zahori. Estas y otras gi'acias le valieron 
á la favorecida mulata, desnuda de medio cuerpo arriba, 
una zurra de doscientos azotes, montada en bestia de al- 
barda, por las calles de la ciudad y á voz de pregonero^"'. 

Hubo en Lima otra mulata esclava, Ana María de Con- 
treras, (pie, j)resa por heeliieera, confesó su delito. Dijo que 
un rayo la había partido, quei laudo, de resultas, zahori. Para 
no ver los difuntos enterrados, solamente entraba en las igle- 
sias los viernes. Como (pie debía su mai'avillosa facultad 
al calórico y luz de la chispa eléctrica, el color imíjo, (pie re- 
presenta el fuego, era materia simpática á su especial virtud 
visiva. Así, dlax mujeres (jhc vestían faldellín colorado, 



(1) Kl profesor (íiiilloriMO Conrado Rontp;iMi, de Berlín, acaha de 
descubrir una nueva forma <le rayt>s luniinoríos ¡nv¡<il)les, que, atrave- 
sando los cuerpos opacos, permite, «'iiíre otras aplicaciones de que será 
susc{>ptil)le, sacar fotojíralías del interior de ellos 6 de los que están 
del lado opu(\-to al en que se halla el ejecutante. De aquí, á ver en la 
obscuridad, no parece haber inuclia di^lancia. 

(2) Ixclación de la causa tiryuiíhi <i Marta Marlinfi etc. en la Ili^- 
torin riel Santo Oficio de la Inquisición oí Chile por I>. J. T, Meiliiui. 



1G6 SUPERSTICIÜXJÍS DEL RIO DE LA PLATA. 

les ría todo cuanto tenían, como sí estuviesen en pelota. 
Muchas otras ventajas por este tenor alcanzaba. Salió al 
auto de fe celebrado en la ciudad de los Reyes á 23 de enero 
de I ()39, con las insignias de hechicera, coroza blanca, soga 
á la garganta y vela verde en la mano. Abjuró de levi j 
recibió en la forma acostumbrada un centenar de azotes ^^^. 

La procedencia de las virtudes del zahori, fuese cual 
fuese, no sería hoy, como no lo ha sido nunca, un obstá- 
culo insuperable para que todo bicho viviente le utilizare 
en su constante anhelo de atesorar riquezas, ora á intento 
de gastarlas con la misma facilidad con que se adquirieron, 
ora con el fm de pasar una vida regalada, ó bien por el 
raro placer de tenerlas bien guardadas ó escondidas debajo 
de tierra, á costa de andar ¡cenando después de la muerte 
en figura de luz vagarosa, hasta que un feliz mortal halla 
el entierro ó tapado que las contiene y es tan caritativo 
que separa una monedita y la invierte en misas rezadas en 
sufragio de su dueño. La dificultad está en dar con un za- 
hori (entre el infinito número de ellos) que no lo deje á 
uno sin camisa. 

El día menos pensado habrá zaharíes legítimos, me- 
diante los recursos del magnetismo. El estado de sonam- 
bulismo espiritualiza los sentidos del tacto y de la vista. 
La visión á la distancia y á través de cuerpos opacos es 
una cosa suficientemente comprobada en nuestros días. 
Como debajo de tierra no hay luz, será muy difícil que el 
hipnotizado (pues con el sonambulismo natural no hay 



(1) Auto (h fe celebrado en Lima el 23 de enero de 1830 etc. por 
el Licenciado Fernando de Montesinos, inserto en la Historia del Tri- 
bunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima por D. J. T. Medina. 



CAPÍTULO XII. 167 

que contar para la empresa) pueda ver el oro y la plata 
que se hallan escondidos. Pero la ciencia va en camino de 
convertirse en magia, por lo maravilloso de sus inventos; y 
no sería un milagro que descubriese el modo de ver en 
medio de la más profunda obscuridad impenetrable á las 
ondas luminosas necesarias á la visión. 

En la America del Sur tendrían los zahoria^ ancho 
campo donde ejercitar sus habilidades. Yacen en ella aún 
ocultos los inmensos tesoros que enterraron los vasallos 
del Inca, y éste mismo, á la entrada de los españoles ^^^ 
Mayor es aún la certidumbre, si cabe, de las cuantiosas ri- 
quezas que al tiempo de la expulsión (año de 1 708) escon- 
dieron los jesuítas, quienes, para hacerlo, han debido estar 
dotados del don de adivinanza, como que los pliegos del 
conde de Aranda permanecieron cerrados hasta el día mismo 
en que el gobernador de Buenos Aires marques de Buca- 
relli procedió á ejecutar las órdenes que le fueron dadas al 
efecto, lo que verificó con tanto celo, que ni dejó que los 
prosélitos ee despidieran de sus neófitos. 

Lo que sí hay de seguro es que durante la guerra de la 
independencia y el período de las civiles se escondieron 
muchas cantidades de oro y plata y otros objetos de valía. 
Tampoco es dudoso que el subsuelo americano ocultii abun- 
dantes minas, (jue á veces parece como ([ue intentara ofre- 
cerlas á la natural codicia en cerros medianamente eleva- 



(1) «S¡, cuando ciiiraroii los (v^pafiolos, so tliorau i^\.x\\< \w\\\\\\< y 
tan jírcsto no cjcciilaran su cruí'ldatl cu dar la uuierto ;í Atahuallpa, 
no sé qué navios bastaran á traer á las Kspafias tan jjmndcs tesoros 
como están perdidos cu las cutianas de hi tierra, y \\o) estarán. p<ir 
ser ya umertos los que Jos enterraron.» (Crónica del l'crú ¡xir Pedro 
Cieza de León, puhlic. por D. Marco- .Tiiuénez de la Kspadn.) 



IGS SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

dos. Túvose en el Perú por más fácil y barato armar los 
soldados y herrar las cabalgaduras con plata, que no con 
hierro. Un entendido historiador (Antonio León Pinelo) 
asevera (}ue, admitiendo que de America á España haya 
dos mil leguas, hubiera podido hacerse con la plata que 
han dado las Indias un camino que tuviese caatro dedos 
de espesor y catorce varas de ancho. Asimismo no habrá 
que echar en saco roto el mucho dinero enterrado aun hoy 
día por personas que mueren sin dar noticia de él á ningún 
cristiano 

El alma del que murió sin dar noticia á nadie del dinero 
que tenía escondido ó guardado en tal ó cual lugar, anda 
penando. Las luces, generalmente azuladas, que se suelen 
ver de noche en el campo y en los alrededores de los pue- 
blos, luces que se levantan del suelo y que á corta distan- 
cia de é\ andan, vuelven, culebrean alrededor del tronco de 
un árbol y al cabo se desvanecen, no son otra cosa que 
almas en pena. ¿Y cuándo cesarán de penar? Cesarán de 
penar, cuando algún afortunado cristiano halle el entierro 
ó tapado, y con parte del dinero que haya sacado de él 
mando decir unas misas por el alma de su dueño. Hay 
quien pone un papel y lápiz en el sitio en que aparecen las 
luces ó en que el alma que anda penando se manifiesta por 
medio de otros fenómenos extraordinarios, como golpes, 
silbidos, ayes ó lamentos, á fin de que escriba en él lo que 
desea é indique el lugar en que está escondido el dinero 
que en vida enterrara. 

El hombre, desde la infancia de la humanidad, ha con- 
templado siempre el astro majestuoso y resplandeciente, 
que disipando las sombras de la noche da calor y alegría 
al mundo, como á un ser personal que guarda en su seno 



CAPÍTULO XIÍ. 109 

las causas de la vida y de las mutaciones que experimenta. 
El fuego y la luz lianle revelado en todas partes la exis- 
tencia de un poder creador ó transformador de la materia. 
El movimiento y el ruido sigiiiíicaron la acción y la voz 
de las fuerzas de la naturaleza, que se atraen, se repelen, 
ahora combaten entre sí formando una confusión de ele- 
mentos, ahora se unifican 6 se asocian y dan origen á va- 
riadas V nuevas formas de vida. Allí donde ha encontrado, 
ó supuesto existir, una reunión de fuerzas productoras de 
las transformaciones cjue la niatrria le ofrece, hale parecido 
ver con los ojos lo que descubría con la mente: veía el 
fuego y la luz, sentía el calor de la vida y percibía el ruido 
del movimiento. De ahí las lagunas y pasos de ríos que 
hierven y se embravecen, y los cerros que se enojan y true- 
nan y braman, y que revientan y se conmueven, y que pnj- 
ducen llamaradas y arden y despiden resplandores que in- 
cendian la atmósfera. 

El hombre primitivo y el vulgo, que juzga del pro|)io 
modo, vagamente concillen á veces el origen cierto de las 
cosas: le rodean de circunstancias misteriosas, le personi- 
fican, forman de él v de ellas un mito. El calor v el in(>v¡- 
miento, hi luz, bramidos, estremecimientos, llamaradas, 
transformaciones varias, han sido ])ara el h()ml)r(^ j)r¡mitiv(> 
v el vulíío las causas v señales del oro v de la piala, la 
madre de los metalcs^^\ Muchas analogías se advierten 



(1) Fray Jnati de Torqncnuula menciona el parecer de los que en 
su tiempo atribuían los derruinhes estruendí^sos de los peñasces de 
cerros y i^ierras ii la acción de tnrtalrs fhijosos, que con el intenso 
calor que en sí tienen proclucen esas alteraciones, (hundes ¡Idnmmuas 
y (jraiule resplandor testiticahan los indios haberse visto en esos lu- 
gares. ( Monarqnia Indiana.) 



170 SUrERSTlCIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

entre las concepciones vulgares y primitivas y las hipóte- 
sis científicas de nuestros tiempos, acordes con las que 
bosquejaron los españoles de la época en que los Colones 
y Magallanes, los Corteses y Pizarros, descubrían y sujeta- 
ban el Nuevo Mundo al dominio de la península ibérica. 
Sorprende, dice Humboldt, hallar el germen de las más 
importantes verdades físicas en escritores del siglo décimo- 
sexto ocupados en historiar un continente nuevo. La ma- 
yor parte de las cuestiones á que hoy día se consagran los 
hombres de ciencia ofreciéronse á la consideración de los 
viajeros españoles del tiempo de la conquista y de los que 
en la Península se enteraban de sus relatos : la unidad de 
la especie humana y sus desviaciones del tipo primitivo, 
las migraciones de los pueblos, la filiación de las lenguas, 
la peregrinación de las especies vegetales y animales, la 
causa de los vientos alisios y de las corrientes marinas, 
el decrecimiento del calor en las pendientes de las cor- 
dilleras y en las profmididades de los mares, la acción 
recíproca de los volcanes y su influencia en los terremotos. 
El perfeccionamiento, en suma, de la geografía y de la astro- 
nomía náutica corrió á la par con los adelantos que en la 
historia natural descriptiva y en la física del globo en ge- 
neral alcanzaron los españoles de aquella época ^^ I Así 
podrá causar novedad á las personas no versadas en el es- 
tudio de los escritores de los pasados siglos que á princi- 
pios del decimoséptimo haya habido en la Península quien 
considerase el calor y al movimiento como la causa uni- 
versal de la vida y formas de la naturaleza. D. Alonso 



(1; Ilistoire de la Géographie du Nouveau Continent por Alejandro 
de Humboldt. 



CAPITULO XII. 171 

Carrillo Lasso de lii Vega, siendo [)residente del Consejo 
de India.s, escribió una obra acerca de las minas de Es- 
paña, en la que discurre sobre la formación de las subs- 
tancias metálicas. La di.sposicióii, dice, (|ue tuvo la tierra 
desde el punto en que fué creada, se modifica en fuerza de 
las causas universales del morí míe uto y dr la luz. Para 
la formación de un metal lia de haber natural dtsjjosiclóu 
que le produzca, introducidas en sus moléculas la vida ó 
forma convenientes. Introdúcese Vdforuui (pie le conviene 
á favor del morí miento, y el calor, que el i<ol envía, in- 
tegra y acabala el cuerpo del m(4al. La [)ro(lucción de los 
metales es constante; pues la naturaleza, madre de las 
cosas, nunca esta ociosa^^'. 

La ciencia de los antiguos, en orden á la naturaleza, 
procedía en general de la oculta (pie, profesada primitiva- 
mente por los magos del Egi})to y de la India, esparcieron 
por el mu}ido las conquistas de griegos y romanos, árabes, 
portugueses y esj)añoles. Siete fueron las diferencias es- 
pecíficas (le metales: oro, plata, azogue, cobre», hierro, es- 
taño y ])lomo; en la generación de cada uno de l(>s cuales 
inrtuía su resj)ectivo planeta. Cada plaiu'ta conunu'eaba su 
actividad y su fuerza á aípiellos de los metales c*(Ui (piic- 
nes tenía más analogía y alinidad: el sol al (M'o, la luna á 
la j)lata, Mercurio al azogue, \"enus al cobre, Mai'le al hie- 
rro, fJupitei" al estaño, íSaturuí) al plomo. Por eso vemos 
que concuerdan las enseñanzas de I^q>us, el moderno v 
más autorizado sistematizador del oculti.^mo, con las ¡deas 
de los hombres doctos ele un tienijM» en (jue ya e>tal>a nuiv 



(1) De las Aitfi(juas Minas de Ksjm/la. Su autor D. .\ntoiuo Ca- 
rrillo Lasso. 1024. 

13. 



172 SUPERSTICION*ííS DEL IllO DE LA PLA^I^A. 

entrada la mayor edad del nmndo civilizado, figurando en- 
tre ellos, como no podía menos de suceder, los misioneros 
que difundieron la luz del Evangelio en los imperios de 
Motezuma y Atahualpa^^-. 

El oro, á los ojos de los iniciados, es la luz condensada^"^. 
Decían los indios del Perú que el sol comunicaba, juntamente 
con su luz, la virtud que tiene el oro resplandeciente^^ I 

Los poetas supieron atribuir de la propia manera al sol 
el origen del oro; y así, censurando el afán de riquezas 
exaltado con las opulentas minas ,del Perú,' compuso Salas 
Barbad i lio el siguiente 

Epitafio. 

Aquí yace, peregrino, 
Un mísero perulero 
Idólatra del dinero: 
¡Sacrilego desatino! 

Mucho de un indio burlaba, 
Que le dijo: al sol adoro; 
Y él adoiaba en el oro 
Que el mismo sol le criaba (^). 



(1) Véase el P. Bernabé Cobo, Cap. XXXIV, Lib. 8.« de la Histo- 
ria del Xuero Mundo, sobre la generación de los metales. Sin embargo, 
Morel-Fatio atírnia que las ciencias ocultas tuvieron poca importancia 
en España en la época de Calderón y aun mucho tiempo antes. «Las 
prácticas de los magos y hechiceros, añade, referidas por Pedro Ciruelo 
en su Iif'prohación de las Supersticiones y Hechicerías parecen harto 
pálidas (anodines) en comparación de lo que por la misma época pa- 
saba en Alemania y en Francia. Los procesos por causas de hechi- 
cería fueron también menos frecuentes en España que en aciuellos dos 
países del norte. - (El Mágico Prodigioso, comedia famosa de Don Pedro 
Calderón de hi Barca, publ. por A If red Morel-Fatio. Heilbronn.) 

(2j Eliphas Lévi, Histoire de la Magie. 

(3j El P. J^ernjíbé Cobo, Historia del Nuevo Mundo. 

(i) D. Alonso Jíirónimo de Salas Barbadillo, en el Parnaso Es- 
jjañol de D. Juan Jo^é López de Sedaño. 



CAPÍTULO xrrr. 

Lagunas bravas. 



Sumario.— Porqué ll(3van el nombre de liravas muchas lacrunas.— A>- 
yros del ri'jn'i. — Bramidos, lamentos, etc. — La^runa Ihcrd. — ha 
serpiente curiijit. — (ranado vacuno y caballar en las islas de la 
Ihcrá. — Los jesuítas: tradiciiui nn'tica. — Islas movientes. — Los 
indios caracaraes habitadores de la Ihrrd. — Tradición errónea 
acerca de los jesuít:is.— Multijilicidad de lag:unas encantadas.— La 
Yupacaray. — Bendícela un obispo. — Famosa virjíen de Caacujic. 
— El pecado nefando entre los indios del Nuevo Mundo.— Or¡«^en 
más connuí de los encantos de lajíunas y demás receptáculos de 
affuas.— La soga de oro de Huaina Capac— El giijante de (niairá, 
pescando á orillas del Paraná. — La peña Poltrc. — Supuestas r¡- 
(juezas de los jesuítas. — Isla de Calimayo, en Tucunián. — Laguna 
de la Cruz, en Santiago. — Isla Encantada tii Rocha i, Uruguav). 



La iionienclatiira geográfica del Río de la I Mata ofrece 
iniiltitiid (le higiinas lira rus, VA origen de su noinhre es el 
mismo (|ue el de los cerros líraros, sierras /¿rardsy pasos 
Bí'drnx de que está sembrado el territoiio v ciivo m.ivor 
mnmro ami no ha sido registrado en los ni:ij):is, dieeiona- 
rios y demás trabajos deserij)tivos del suelo rioplateiise^'^ 
Lagunas linirus, cerros Hraros, sierras I)rar(is y |)asos 

(1) El Dircionnrio (íroi/rd/ico Anicniino por I). I-Francisco Lalzina. 
que es la obra más completa (pie en su géncm posin* el Kío de la 
Plata, >nlo registra un cerro lirnro de San duan y cuatro lagunas lira- 
vas (dos de Buenos Aires, una de Córdoba y uim de Corrientes i. 



174 SUPERSTICrOXES Df:L RIO DE LA PLATA. 

Braros, envuelven algún encanto. Todo lugar bravo pre- 
senta fenómenos ígneos, acústicos y dinámicos producidos 
por causas misferíosaSy que el vulgo atribuye á la acción in- 
mediata de espíritus ó seres fantásticos escondidos en los 
antros de las serranías ó en el fondo de las aguas. Los ce- 
rros tienen sus gnomos, sus salamanqueros. En las lagu- 
nas y en \o^ pasos (vados) de ríos y arroyos moran, entre 
genios diversos, ninfas de formas varias, apareciendo asi- 
mismo ahora alegres y ahora llorosas mujeres generalmente 
vestidas de blanco cendal transparente. Déjanse ver no 
menos en las orillas de los lagos ó bien zabulléndose y 
deslizándose por la tersa superficie de sus quietas aguas cris- 
talinas, que á veces hierven agitadas por mano invisible, 
traviesos negrillos que, tan luego como son descubiertos, se 
sustraen diligentemente á las miradas del hombre. Estos 
seres fantásticos de color de azabache son conocidos con el 
nombre de negros del agua. La bravura de los receptácu- 
los referidos dimana de que sus aguas, embravecidas ó eno- 
jadas, de repente suelen alborotarse y bramar, como los ce- 
rros poseedores de salamancas. Tai fenómeno se verifica 
regulii miente cuando algún ser humano se aproxima á la 
laguna encantada ó brava. Sus irritadas aguas, saliendo de 
madre, se tragan á la gente. Desde su fondo exhalan ayes 
dolientes, lamentos profundos, aterradores alaridos, voces 
airadas y quejas amenazantes. De tarde en tarde permiten 
que salgan á sus márgenes, ó envían á sus inmediaciones con 
fines varios, demonios y monstruos, gigantes y pigmeos, mu- 
jeres y hombres, negrillos, y ciertos animales ó sabandijas ^ ^ '. 



(1) En Santo Domingo de las Antillas hubo una laguna brava 
muy famosa, que describe Juan de Castellanos en estos términos: 



CAPÍTULO XI ir. 175 

Si se biciese un rcronocimionto (hasta hoy no realizado) 
de la famosa laguna Ibera, en Corrientes, de la Argentina, 
¡que de encantos no se desharían I Allí sin duda hahran 
ido á refugiarse, huyendo de la justicia, individuos que han 
tenido una (in^fjrar'ni (cometido un homicidio ), y, bien 
hallados en algún alb:ird6ti ó isla, se han dejado estar de 
mucho tiempo atrás, seguras de no ser descubiertos. Allí 
se cría á sus anchas la gigantesca culebra cur'n/fí. Asegu- 
ran que se traga un animal Vcicuno, dejando la cabeza 
fuera de sus fauces, por causa del obstáculo (pie ofre- 
cen los cuernos ó guampas. Tritúrale luego los huesos, 
enroscándose al tronco de un árbol. En seguida se mete 
en el agua, donde anda un día ó dos con la cabeza fuera, 
al aire, hasta que, podrida, cae la de su víctima. Schmí- 
del, soldado de la expedición de I). Pedro de Mendoza, 
cuenta (jue, subiendo el río Paraná, cerca de la orilla ha- 



01 ro lago, demás de lo que cuento, 
Hay en las altas sierras encumbradas 
Dondr Ni/.ao liare nacimiento: 
J,.is orillas dfl lajro despobladas 
Por el alborotado movimiento, 
Y voces espantosas mal formadas. 
La terribilidad del cual estruendo 
A todos los mortales es horrendo. 

( EUgias lU Varones Ilustres de Indias. ) 

Rofiriéndo.>ío ;il luisnio lago, dico (ionzalo Fornáiidoz do (Oviedo: 
* del qu;il liay d» rramíi(la> por esta i-la mucha> novelas, que yo no 
creo, ni sqii para escivbir sin más ccrtiticación dolías.^ (Historia (ir- 
nrral ;/ Xatiiml dr las indias, puhlic. p<^r la Koal Acadoniia <lo la 
Historia/^ 

♦^La laguna mejicana se alteró sin viento, y hervía y espumaba en 
tanta manera, que levantaba el ajíua y bañó más de la mitad «le las 
casas de la ciudad y otras se anenaion. Muchas veces se aparecían 
dos hombres unidos en un cuerpo, y otras veces se vían cuerpos con 
dos cabezas, que eian llevados á los palacios negros de Moiezuma,» 
(Antonio de Herrera, Pecadas de Indias.) 



176 SUPERSTICIONES DEL lUO DE LA PLATA. 

liaron una serpiente que tenía el grueso de un hombre 
y cuarenta y cinco pies de largo, negra, con pintas leo- 
nadas V rojas. Decían los indios que, cuando se baña- 
ban, esta clase de culebras los rodeaba con la cola, y, 
arrastrándolos al agua, los engullía. Los españoles matá- 
ronla de un balazo, y los indios, partiéndola en pedazos, se 
la comieron cocida y asada ^^\ El P. Pedro Romero halló 
una muerta que tendría de sesenta á setenta pies, siendo el 
grosor, á })rop()rción, cosa estupenda ^-^. Ha pocos años ocu- 
rrió el caso siguiente. Una nmjer, acompañada de su ma- 
rido, estaba lavando en una laguna, á inmediaciones de la 
Ibera. Una niña de ocho ó nueve años de edad, hija suya, 
se había separado algtín tanto, corriendo y jugando. De 
pronto sienten gritos dados por la criatura : era que una 
curiyú, que la había tomado de las piernas con la boca, 
íl)ala arrastrando hacia la orilla. Habiendo acudido el pa- 
dre de la criatura, con un palo, la culebra, asustada, soltó 
su pi'esa y se metió en el agua. Crían se allí á millaradas 
los caimanes ó yacarés, los de pecho amarillo, majores 
que los otros más comunes, y muy feroces. De víboras y 
culebras, de tigres y otras alimañas y sabandijas, no hay 
que hablar, que de todo abundan aquellos bañados, esteros, 
albardones e islas montuosas. 

Refieren que, ahora muchos años, hubo una gran seca 
en Corrientes, y los animales, desesperados, se internaron 
en los esteros de la Ibera ( que entonces dieron paso ), bus- 
cando pasto y agua. Pasada la seca y habiendo vuelto á su 



(1) Viaje ril Hio de la Plata, en la Colecc. Angeli?. 

(2) Lozano, Jli.storia de la Coiiquisia del Paraguay, Rio de la Piala 
y Tucumán, 



CAí'iTíT/) xrrr. 1 < í 



estíidü normal lu Ibení, se cerraron liasia liov, como antes 
lo estiban, los pasos; y las vacas, toros, caballos y yeguas 
que habían penetrado en basca de agua y de alimento, 
quedaron encerrados. Así no sería de extrañar que en las 
i^las y albardones de la íbei'a baya ganado vacuno y 
Caballar, como se supone y nuicbos alirman, oriundo de 
aquellos aninjales que, después de babel* entrado, no j)U- 
dieron salir á sus ípiereneias. 

VA vuliío, (|ue siempic baila una causa misteriosa y so- 
brenatural en l(>s beclios extraordinarios por su rareza ó 
magnitud, cuenta que un padre jesuíta, ó un padre fran- 
ciscano, después de la terrible expulsión decretada por 
Carlos III y cumplida con estricta severidad por los virre- 
yes y gobernadores de las provincias indianas, anduvo re- 
corriendo, armado de unas disciplinas, con las (pie hacía 
ademan de azotar 6 espantar alguna cosa, los dilatados 
campos de Misiones, poseedores de ricas estancias. Luego 
se vieron desaparecer, internándose en la lagiuia Ibera, para 
no ser vistas ni recobradas jamás, las innumerables ma- 
nadas de toros y vacas, y caballos y yeguas, y burros y 
nudas, y ovejas y cabras de <]ue poblara los campos de 
Misiones la perseverancia incansable y edificante de los 
heroicos soldados de Cristo i[\U' militaban bajo la enseña 
de San Ignacio. 

Da origen la Ibera á los ríos Santa Lucía, Corrientes y 
Bateles, (pie vierten en el Paraná, y el caudaloso Miriñay, 
que desemboca en el Uruguay. La Ibera es invadeable, á 
causa de los esteros, embalsados, fangales y bañados que la 
forman (al parecer), y de las islas y albardones montuosos 
que hay en ella. Dicen los naturales que las islas se mue- 
ven, cosa no imposible, si están formadas, como es proba- 



178 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA- 

ble, (le canialotes que eoii el tiempo llegan á ser un monte 
flotante. Varias aprensiones y fábulas corren acerca de la 
Ibera. 

Suponen algunos que en el interior ele la laguna hay 
grandes islas habitadas por indios, cosa de todo punto in- 
creíble; si bien, á la entrada de los españoles, se refugiaron 
en ella los caracaraes y otras parcialidades, en la persuasión 
tle que allí no podrían ser hallados ni perseguidos. Los 
caracaraes tenían por cierto que, si los españoles entraban 
en la dificultosa laguna, se volverían locos ó morirían. De- 
positaban los difuntos sobre los embalsados, y, después 
de podridos los cuerpos, sacaban los huesos, lavábanlos y 
giiardábanlos. Hacían corrales de piedra, en los que tenían 
sus bailes é invocaban al demonio ^^ I 

Creen también los campesinos que la laguna está habi- 
tada por cristianos procedentes de familias misioneras que 
acompañaron á algunos jesuítas qne lograron sustraerse á 
la expulsión llevada á efecto con tanto rigor por Campo- 
manes. Cuando el cielo está límpido, ven con la imagina- 
ción las torres de las iglesias, y en las noches serenas sienten 
sonar las campanas. Ignoran (á parte de lo extravagante 
del supuesto) que de los jesuítas ninguno pudo sustraerse 
á la expulsión; pues todos fueron sorprendidos en sus 
camas. Añaden que se sienten voces, músicas, relinchos de 
caballos, mugidos de toros y vacas, balidos de ovejas, etc., 
y que, dando un grito en ciertos parajes, repercute con ex- 
traño ruido })or entre las apiñadas plantas que los pue- 
blan, las cuales se arquean y agitan como si una ráfaga de 
viento las sacudiese ó ante la novedad se conmoviesen azo- 

(1 ) El P. P. Lozano, Conquista del Parag., Rio de la Plat. y Tucum, 



CAPÍTULO xiir. 170 

radas. T^a imaginación del vvú^n revisto de formas perr- 
grinas á la naturaleza, de suyo maravillosa. 

Muchas lagunas encantadas tiene ocasión de contemplar 
el viajero observador que cruza las dilatadas regiones des- 
iguales del Ivío (]i' la Plata. Todo lugar <jue ofrezca al- 
guna particularidad extraña ó sorprendente, que infun<la 
pavor ó recelo, todo lugar donde en alguna forma se mani- 
fieste el movimiento de la vida de la naturaleza y que sea 
poco frecuentado ó menos accesible (pie los comunes que 
son ya familiares, despierta en el alma del hombre primi- 
tivo y del inculto, que se le acerca, la idea del misterio, que 
lo es en efecto para el cuanto no puede comprender y le 
impresiona vivamente; y de ahí nace el encanto de que, 
juntándose en la imaginación los diversos fantasmas que 
la pueblan, aparecen acompañados los cerros, cavernas, rui- 
nas, lagunas, etc. 

Ríos, lago?, esteros, bosques, cerros, quebradas y sierras 
forman del Paraguay una de las más bellas, varias y pinto- 
rescas regiones de la cuenca del Plata, á que corresponde, 
pues á el tributan las aguas que la riegan. Xo lejos de la 
Asunción, extiende sus orillas la vasta laguna Yupacarat/. 
Ipacaray, suprimida la ?/, llámanle comuinnente. La por- 
ción de tierra que hoy le sirve de lecho, fué en tiempos re- 
motos (reza la tradición (uiginaria de la conquista) asiento 
de un pueblo de indios (pie desenfrenadamente se entre- 
gara al pecado nefando, llonorizada la naturaleza, con- 
virtió de repente en mai* end)ravecido el recinto macula<lo 
jK)r el infame vicio abominable, s(^]>ultando bajo sus aguas 
á todos los (juc le habitaban. 1 >e entonces v\\ adelante sa- 
lieron del fondo de la encantada laguna ) upatuinuj lasii- 
meros ayes y estremecedores alaridos de hombres, mujeres 



180 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

y ni nos, que claman por misericordia é imploran socorro 
á los transeúntes. Horrendas figuras de demonios salían al 
encuentro del que. temerario ó compasiv^o, intentaba acer- 
carse a sus bordes: hacíanle retroceder espantado. Cuando 
el tiempo se descompone, encréspanse las aguas, (^ue, del 
proi)io modo que los cerros personificados, se enfurecen y 
braman, tronando en el interior de la laguna y relampa- 
gueando en la superficie. De estos fenómenos terrificantes 
le vino también el nombre de Acay, que es una exclama- 
eión guaraní equivalente á la castellana: ¡Gran Dios! 
qi((' maravilla! Añaden que un obispo exorcizó la la- 
guna, haciendo posible, mediante el conjuro, que los tran- 
seúntes })udiesen acercársele sin peligro y despojándola de 
las demás circunstancias que la constituían objeto de es- 
panto. De ahí el nombre que lleva de Yupacaray: la- 
guna bendecida ^^\ Sobrenadando en sus aguas apareció 
una imagen de la Madre de Dios, cuyo hallazgo se dispu- 
tiü'on dos caciques. Un misionero decidió la contienda en 
favor del que moral)a en el apartado valle de Caacupé, 
adonde hoy hacen sus peregrinaciones los paraguayos de- 
votos y agradecidos á una imagen obradora de infinitos y 
gi-andes milagros. El 8 de diciembre es el día de su festi- 
vidad, y de clásica romería al santuario de Caacupé. 

El vicio que diera ocasión al encanto de la laguna Yupa- 
caray hallábase harto generalizado en el Nuevo Mundo. 
Casi no había generación, ya salvaje, ya sujeta al imperio de 
los monarcas de Méjico y el Perú, á la que no envileciese 
la sodomía. Muy dados á ella eran los indios pampas. Car- 



(Ij Lozano, Conquist. del Parag. etc. Guevara, Conquist, del Pa- 
rar/, etc. 



CAPÍTur/» xirr. 181 

gabán sienipro a las ancas de su oaballo, cuaiKlo no ¡Imn de 
pelea, á su coneul)ina, o, lo que era unís eouuui, á su Im rm- 
(jáir^K Tvo propio hicieron algunas generaciones guara- 
níes '"^ Los (pie en el P< rú prestábanse á ese vicio infame, 
andaban acicalados los rostros, vistiendo el traje de mujer. 
Llamábanlos orúa.^. Los Incas los castigaban, haciéndolos 
llevar á la orilla de un raiidid v arrojándolos en él atados 
á la cola de un [)erro. 'rand)ién los ahorcal)au, echando des- 
pués sus cuerpos donde nunca pareciesen. Los españoles 
castigáronlos con la nuiei'te. Vasco Núñez de Jíalboa los 
hacía aperrear. Cuando su ¡ornada famosa á hi Mar del Sur, 
aperreó una ve/ á cincuenta indios (pie tenían por costum- 
bre cometer el ¡)ecado nefando^'''. 

El orig(»n de los encantos de lagunas y de otros recep- 
táculos no es, en general, tan horrible como el de la Yupa- 
caray. Con mayor frecuencia hállase vinculado á episodios 
(> accidentes relativos á la ocultacié)n () pc'rdida de tesoros, 
como suced<.^ en la Tberá de Corrientes y en la isla de Cali- 
mayo de Tucumán. Supúsose (jue, en España los moros, y 
en la América del Sur los Incas y los jesuítas, escondieron 
inmensas ri(juezas, guardadas luego por seres fantásticos () 



(1) «Y por esa razón no so aunicntini imicho. ♦ (FU Laxnrillo de 
Ciefjos Cnnu'nantrs desde Ihirnos Airrs hasta Unía por I). Calixto 
Biiíítaniaiilc Carlos Inca, nntunil (\v\ Cuzco. Kn (iijón. Año de ITTÜ.) 

(2) De los pavMLniaes dice el V. Vv.xy Pedro .]o<0 de Parras: 
<^Cnando se ausentan de sus nuijero, llevan un hombre de.-»tina«lo con 
<|uien se eIlt^e^•;u^ torpemente ;í la sodomía. Llaman á iste homi>re 
niariatchi, cuyo s¡y:nificado, en iiuotro idioma castellano, no puedo 
pronunciarse sin ver<>-rienza. i I hnrio // Ihrnttcro dr los l'injes del 
P. l'r. P(>dro José de Parras á América, pul)l. en la Itrrista dr la 
IVddioicca l't'thlira de Buenos Aires por D. Manuel Ricardo Trelles.) 
Los «jfuaranít's llamahan tehiro al sodomita. 

(3) Francisjco López de (iómara. Historia (íeneral de las Indias, 



182 SUPERSTICIONES DEL KÍO DE LA PLATA. 

por deiiionios. Por todas partes se creyó posible encontrarse 
de manos íi boca con nn tesoro escondido ^^ I Un cacharro 
pareció vasija de oro ó plata y sometiósele al examen de 
la piedra de toqne, que a cada paso mostraba á los ojos 
ávidos el error en qne estaban, sin conseguir nunca que 
llegasen á desengañarse. Toda botija enterrada debía de 
estar llena de rico metal; y si acaso, en lugar de oro ó 
plata, ísalía de ella una víbora ó culebra, no podía ser otra 
cosa la causa de este accidente sino el demonio, que to- 
mando forma odiosa y repugnante, sustraía de las codi- 
ciosas manos el preciado depósito. 



Un hombre labrador, cavando acaso, 
Atento á la cultura de su huerto, 
A media vara halló enterrado un vaso. 

Suena la azada, y, á los golpes, cierto 
Y formado salió un cántaro ó jarro, 
Con un betún tortísimo cubierto. 

Era el atapador también de barro 
A modo de pirámide, y tan dura, 
Que le quebrara apenas un guijarro. 

Y como en esta tierra se murmura 
Que hay en ella escondida plata y oro, 
Pensó que estaba dentro su ventura. 



(1) Peregrinando Sancho Panza por Sierra Morena, decía: ^ Ruego 
á Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si me saca 
deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda 
vez, cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé 
un día en el corazón de Sierra ^lorena. Y el diablo me pone ante 

los ojos, aquí , allí , acá no, sino acullá , un talego lleno 

de doblones, que me parece que á cada paso le toco con la mano, y 
me abrazo con él, y lo llevo á mi casa, y echo censos, y fundo rentas 
y vivo como un príncipe. Y el rato que en esto pienso, se me hacen 
fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi 
amo, de quien sé que tiene más de loco que de caballero.» (El Inge- 
nioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes.) 



(\\vÍTv\j) xiir. 183 

'^ Dichoso yo, sin duda que es te-oro, 
Dijo, que en los peliíjro.s de líi guerra 
Aquí lo sepultó algún rico moro.» 



Trastorna la vasija, persuadido 
Que estaba del más fíiio oro, maciza, 
Entre joyas antiííuas embutido. 

Pero envueltos le arroja con eeiii/a 
Huesos meílio quemados (de varones 
Quizá que alguna historia solemniza). 

Atónito, entre varias opiniones, 
Llega á tener por cierto que el demonio 
Aquel tesoro transformó en carbones (i). 



¿Cuántas cliligciicias no se lian licclio })ara descubrir el 
paradero de la famosa cadena de oro que el Inea Huaina 
Capac mandó fabricar en conmemoración del venturoso 
nacimiento de su primogénito? Tenía la cadena trescientos 
cincuenta pasos de largo, ó, lo (jiic es lo nn'smo, setecientos 
pies, y era tan gruesa, que asidos á ella doscientos indios 
orejones no })odían levantarla con facilidad. En las danzas 
de los Incas, (jue eran sólo de bombi'es, tomábanse los 
unos de las manos de los otros, dándolas, no á los (pie 
tenían á su lado, sino á los (jiie les seguían, de manera (pie 
entre todos viniesen á formar mía eadeua : (jue fui' lo ipie 
Huaina Capac (pliso que sirviese de modelo para liacei- la 
de oro. Los indios del [\'V\\ carecían de una vo/ (pie expre- 
sase la idea de cadena, y por e^o llamaron /ntasca, etpii- 
valeiite á -"^of/a en castellano, á la de oro (jiie rebordaba el 
nacimiento del primogénito de Huaina Capac. De aquí el 



(1) Bartolomé Leonardo de Argensola, Sátira, en la colección de 
D. Ramón Fernátidez {D. Pedro Estala). 



1S4 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

nombre de soija de oro que le dieron los españoles y con 
que fué eonoeida en la historia la tradición relativa á este 
lieclio. De ahí asimismo el nombre Huáscar (añadida la 
erre, ]nira disinuilar lo humilde del significado de la expre- 
sión) con que fue sustituido el propio (Inti Cusi Huallpa) 
del último vastago legítimo de la sangre real de los Incas. 
Entre las incalculables riquezas que escondieron los indios 
del Perú á la entrada de los españoles para que no fuesen 
á caer en sus manos, contábase la soga de oro de Huaina 
Capac. Quién decía que el tesoro de los Incas estaba ente- 
rrado en el Cuzco, quién que lo habían llevado á otras 
partes donde menos fácilmente pudiese ser rastreado el 
escondrijo, quién que la imperial soga de oro hallábase 
en el fondo de una laguna. Un religioso de la orden de 
San Agustín fué por Buenos Aires á España, prometiendo 
hacer el descubrimiento. Concediósele licencia ]Dara poner 
en ejecución su designio, estipulándose que la mitad de lo 
que se encontrare sería para el rey y la otra mitad para el 
autor del hallazgo. Mas los afanes del ligero agustino no 
dieron otro resultado que su propio descrédito y la añadi- 
dura de un mievo desengaño á los muchos de que ya había 
sido ocasión el empeño de inquirir el desconocido paradero 
de los ino'cntes y fabulosos tesoros de los Incas ^^l Por 
todas partes creíase poder hallarlos : escondidos debajo de 
tierra, en cerros ó en llanuras, en los tapados sepulcros, 
junto á los derruidos templos, al pie de un árbol añoso, ó 
en los ríos y lagunas ^"l 

( 1 ; El íiicíi (jrarcilíiso de la Vega, Comentario.^ Reales del Perú. 
L). Juan (le Solórzaiio, Política Indiana. 

(2) "(/Omo se supo en todo el reino que habían entrado los espa- 
üoles con mano armada, robando, matando, deshaciendo templos y 



CAPÍTULO XIII. 185 

A orillas del Paraml, antes de llegar, subiéndole, á la 
prodigiosa catai'ata conocida con el nombre de salto de 
Guayrd, un gi,<!;nnte í|ue asombraba por su proceridad y 
corpulencia, con una larga cana tacuiiM ( especie de l)ambu) 
y unas redes y aparejo de recias hebras de chaguar (cuyo 
uso íipi'endiera sin duda de los españoles), solía entrete- 
nerse en la 2)esca del colosal pacú y del no menos enorme 
surubí (que para el serían poco más que mojarras), sen- 
tado en un penon que á la distancia relucía como un 
wo))le metal bruñido de oro ó plata. Kl gigante era de 
tierra adentro, y sólo de vez en cuando aparecía en aquella 
pesquera, })ara el exclusivamente reservada. Que el })eñ6n 
era de un fino metal no fué desde luego dudoso: de parecer, 
aserio, había poco que andar en la exaltada imaginación 
délos que venían siguiendo las ])isa(las de C^ortés y Pizarro. 
Las dudas sólo versaron sobre si era de plata u oro. Pero 
en definitiva se convino en (pie era de plata. Nunca lial)íau 
podido tocarla con sus manos los españoles del Paraguay ; 
por(|ue ocupados en expediciones hacia el lado del Perú, 
en guerras y en poblar tierras apartadas, hubieran tenido 
que distraer su atención y sus fuerzas de estas arduas em- 
presas necesarias para destruir los obstáculos (pie los indios 

oniíor¡o:í, síKjueaii<li) i)n<'l)l<)s, y (Hic uAct su corazón ora plata y on>, 
acordaron (, los indios i de tapar y c-conder todos los sepulcros, y ios 
tesoros que no pudiíaon esconder los echaron en el mar ú laiíunas.» 
( Ixi'lnriñn (le /ns Antitjuds Costumbres dr los \iifnnih's ih I I'irú \ anó- 
nima i, en la obra Trrs Jielrwionrs I'cninHas puMic. por el Ministerio 
de Fomento (Madrid). 

De los indios de Nueva (Jranada i hoy Colombia » dii-e A Cronista 
Antonio de Herrera: ^TtMnan hosijues y laiíunas consajxradas, é iban 
a sacrificar en ellas, y no podían corlar árbol ni ti>mar a^ua. Knte- 
rraban en los bosipies oro y joyas, y lo echaban v\\ las la;íuni:S como 
en ofrenda, y nunca lo tocaban. > ( Dtcadan de Indias.) 



18G SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

de Guaira, bravos y belicosos, hubieran opuesto á su en- 
trada. Llamaban al rico peñón, por antífrasis, la peña 
FobrCy así como al animal más perezoso y tardo de la 
tierra le bautizaron con el nombre de perico ligero. 



La pena Pobre está más adelante: 
Es alta como roca muy crecida; 
Aquí han visto muchos un gigante 
De gran disposición y muy crecida. 
Iso está, según yo supe, él aquí estante; 
(^ue allá la tierra adentro es su guarida. 
]Mas viene aquí á pescar muy á menudo, 
De sus redes cargado, mas desnudo (i). 



El lugar de la peña Pobre estaba comprendido en las 
misiones que los jesuítas tenían fundadas en las vertientes 
del Paraná y Uruguay, donde no querían que entrasen los 
españoles (americanos y europeos), por temor de que 
contaminasen con sus costumbres las muy sencillas de sus 
neófitos. Esta incomunicación dio pábulo al engaño, á la 
par que encendía más y más la hoguera de la discordia 
que desde un principio prendiera entre el áspero conquista- 
dor por una parte (á que más tarde se uuió el clero seglar 
nada limpio), y por la otra los austeros discípulos de Igna- 
cio de Loyola. Corrió entonces la especie de que los jesuítas 
beneficiaban, ocultándolo, un riquísimo venero de plata, con 
detrimento del real erario, á quien se defraudaba en el 
quinto (jue le correspondía por las leyes. Denuncióse el he- 
cho aute el Consejo de Indias, quien, previos los informes y 
reconocimientos que el caso pedía, se persuadió de lo ilusorio 
del cargo. El ludi mentó que las crecientes del río, con sus 

(1; Martín del Barco Centenera, La Argentina. 



CAPÍTULO XI ir. 187 

arenas, producían con frecuencia en el penon o pcíla PohrCy 
loliabía dejado tan liso, ípie á los rayos del sol resplande- 
cía como el oro ])ruriido. ¿De dónde mejor que de ahí pudo 
haber tenido origen el refrán que nos advierte que no es 
oro iodo lo ([uc rcluccf Pero allí había, al decir de los 
2>a(lres de la Compañía, verdaderas minas de oro (pie ellos 
beneficiaban á su sabor: ¡as alniaa redimidas con la san- 
gre del cordero inniaculado^^\ 

Ya\ la isla de Ccdimayo, perteneciente á un arroyo qne 
rieira una de las más deliciosas comarcas de Tucumán, 
jardín de la Argentina, se reúnen los duendes y las brujas 
á sus conciliábulos v festines. Siéntense, á altas horas de 
la noche, deleitosísimos acordes, bullicio y carcajadas de 
aquellos alegres moradores. Los fugitivos restos de un ca- 
cicazgo lule asiláronse en Calimayo, en cuyas aguas arro- 
jaron sus tesoros, para que no fuesen á mano de los espa- 
ñoles ^-\ 

En la laguna de la Cruz, provincia de Santiago, en la 
Argentina, reside una bruja con cuya cabellera, fpie tiene 
dos varas de largo, arrastra á quien se le antoja llevar con- 
sigo ^■'^. ¿Para qué llevará consigo á los transeúntes? ^luy 
apasionada, cuanto pérfida, debe de ser la l)ruja de la la- 
guna de la Cruz. 

Una pareja de [)alomitas blancas habita de antiguo la 
isla Encantada, á quien bañan las ondas del Atlántico, 



(1) Lozano, (í novara, Conquista drl Paraguau, Rio de la Plata y 
Tucumán. 

(2) Provincia de Tucumún por ArsciTuí (TranÜlo. rnhUcación oficial: 
Tiiciiiná!i. 

(3) Buenos Aires ¡i otras Provincias Argentinas por T. J. Hutchin- 
son, trad. por I). L. \'. N'arcla. 

11. 



188 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA l'LATA. 

junto á Eoclia, cu el Uruguay. Matar, aprisionar ó hacer 
daño á una do las inocentes isleñas solitarias de las costas 
oceánicas, acarrearía de seguro una calamidad, una desgra- 
cia, á que nadie naturalmente quiere exponerse. Pobladas 
de lobos marinos las islas de aquella región, ¿ quién mejor 
que sus constantes liuéspedes, los loberos (cazadores de lo- 
bos), sabrán lo que pasa en ellas? Pues los loberos son 
quienes con más persuasión testifican que la isla Encan- 
tada lo está en efecto. Las eternas palomitas blancas, entre 
otras manifestaciones demostrativas de la existencia de un 
encanto, bien á las claras lo publican ^^^. 



(1) Apuntes para la Gaografía del Departamento de Rucha (Uru- 
guay) por D. B. Sierra y Sierra. 



CAPÍTULO XIV. 



El mito en la naturaleza vegetal. 



Sumario. — Arboles y plantas reverenciadas por los antiguos. — Deifi- 
cación de la naturaleza j)or los indígenas (kd Perú y denuís gene- 
raciones del Xuevo ^lundo. — Ofrendas del hombre primitivo á 
los árboles. — Fiestas ó borracheras de los indios ante los árboles. 

— El buiglic ó canelo de los pampas, araucanos y patagones. — 
Sus cayüiiics. ~Fj\ canelo y el Jiambi entre los hechiceros. — El 
ceibo y la tacufira entre generaciones guaraníes. — El algarrobo 
ó tacú presencia las fiestas ó cltiquia de los indios andinos. — Los 
hechiceros guaraníes (pafjrs') sírvimse del CDitjuafj ó benjuí de las 
elisiones. — Kl )ialia(Ii(jua, árbol mítico de los mocobíes. — Plantas 
mágicas. — El hascliisclt ú t/rrha de los fahircs. — Excitantes varios. 

— Usanlos los sacerdotes indígenas de América. — El tabaco entro 
los magos del Xuevo Mundo.— Los amantas d»! Inca ofrecen 
la coca á sus ídolos. — Propiedades é historia mítica de la coca. 

— Su uso en la magia indígena. — Diversas plantas usadas por 
los hechicer«)S indígenas y criollos. — Preciada c/tit/ta del molle. 

— Origen mítico del uso de la y»'ri)a d«'l Paraguay. — Tradición 
relativa á las peregrinaciones de Santo Tomás Apóstol por Amé- 
rica. — Huellas de pies humanos en las piedras.— Conjeturas á su 
respecto. —Leyenda sobrí' la yerba ó caá de los guaraníes. — La 
mandioca. — Sus propiedades, u>o y cultivo. — Leyenda di' la niau- 
dioca. — La cliiclia ó vino de mandioca. — Los ;í<V/(7/r.s- del Orinoco 
hacen uso de la mandioca ó ¡juca en sus conuuiicaciones con el 
demonio. 



Los antiguos, que on todo veían la vida consciente, vie- 
ronla con ojos reverentes en los árboles y j)lantas. Tuvie- 
ron sus bos(|ues sagrados, sirviéronles de templos, y dedi- 



190 supí:rstici()Nes del rio de la tlata. 

carón á los dioses los arboles más notables : el roble á Jú- 
piter, el lanrel á Apolo, el olivo á Minerva, el mirto á Ve- 
nus, á Hércules el álamo '^^ Lo propio sucedió con las 
hierbas del c-nnpo^-\ 

La gentilidad griega y romana reverenció en especial la 
oliva y la encina. Un ramo de oliva era símbolo de paz, de 
concordia. Llevábale en la mano, confiado en el éxito, quien 
iba á hacer una súplica. La encina ó roble, sobre todo, con- 
sagrada al dios de los dioses, á Júpiter, mereció altos hono- 
res. Con ramas de encina coronábanse las estatuas de Jú- 
piter. Los soldados que se distinguían en la defensa de la 
ciudad, que estaba bajo la protección del dios del Olimpo, 
eran coronados con una corona de oliva, con la corona cívica. 
El emperador Antonino Pío consideraba acción de mayor 
precio defender á un ciudadano, que matar mil enemigos. 
Colgaron lámparas encendidas de los árboles divinizados. 
Cubríanlos con mantos de ricas telas, con magníficas colga- 
duras, coronábanlos con floridas guirnaldas, ungíanlos con 
esencias aromáticas. Otros pueblos de Europa y del Asia 
ejecutaban las mismas cosas. Jerjes, caudillo persa, cami- 
nando con su ejército, halló un plátano por acaso. Detúvose 

(1) C. Plinü Seciindi Naturalis Historice líber XII. 

(2) De Demócrito dice Juan de la Cueva: 

Y do.scul)rió también la yerba laipa, 
Que descubre tesoros escondidos, 

Y revela las cosas venideras 
Trayéudola debajo de la lengua. 

(Los Cuatro Libros de los Liventores de las Cosas.) 

La yerba violL contra los encantos: 
Quien la ludió primero fué Mercurio, 

Y Clises el que de ella usó primero 
Tara librarse de la maga Circe. 

( El mismo. ) 



CAPÍTULO XIV. 191 

delante de el, regule eon preeiados vinos olorosof^, adorní'ile 
con joyas, con paramentos de hijo, e hizo que á su alrede- 
dor acampasen las soherhias tropas que conducía. 

Un ])adre jesuíta, que eseiúbió a íincs del siglo decimo- 
sexto 6 principios del decimoséptimo una Uclnrión ( an»")- 
ninia) <lc ¡a.s (/oshi mhrcx Anti<jua>í de ¡os Xa f tírales del 
Pirn''^\ afirma que los indios peruanos reverenciaban la 
tierra y el mar, los montes, cerros y quebradas, los peñas- 
cos tajados a ])lomo, las hondas cavei'nas, los manantiales 
y lagos, etc., no porque entendiesen que C(>nt<*nían en sí 
alguna divinidad 6 virtud del cielo ó (pie eran cosa viva, 
sino porque estaban persuadidos de que el gran Illa Tcccc 
Víracoclin los había puesto en el lugar donde se hallaban 
y señalado con alguna particularidad notable, para que 
sirviesen de temj)lo 6 adoratorio en que él y los otros dioses 
fuesen venerados. Garcilaso de la Vi'ga -' a])un(laba en el 
mismo sentido, por lo que respecta á las creencias poste- 
riores á la creación del imperio de los Incas, atribuyendo 
á Manco Capac y a sus aniaatas (sabios y adivinos 6 
sacerdotes) la extir[)3ci6n de la idolatría de a<[Uellas gene- 
raciones que, no sabiendo levnnínr el [)ensamiento á cosas 
invisibles, adoraban animales v i»lantas, montañas v cerros, 
fuentes y lagunas y otros objetos materiah's de diversa 
naturaleza, sin exeluir los más viles y despreciables. Ía)S 
Incas y sus a manías enseñaron, según (íarcilaso, que no 
debía ser tenido ni adoi'ado por Dios más (pie PacJuicaniac, 
inv¡sil)le y deseonoeido, á la [Kir con el sol, [H)r el l)ien (pie 



(1) Tres lírlacioncs dr Anliunciítnles Vcvnnnns pul)li(';ul:is ]>or v\ 
Miiiislcrio (le I*\)m(Milo (Mnilrid, isTít , ron un Drúloj^o <1»' P. Marcos 
Jiménez de la Iv-pada. 

(2) CuiHCiildiios Jicalcs del Perú, 



102 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

este hacía al nuiíulo, con la luna, 8ii licrniana y mujer, y 
con las r(\^phuuleciontes estrellas, que eran las damas y las 
criadas de su casa v corte. El célebre naturalista in2;lés 
Carlos Roberto DarAvin, que en su viaje al rededor del 
glol)0 visito las pampas argentinas, creyó ver, antes qne 
una divinidad, un mero altar en que se la reverenciaba, 
en el arl)ol qne (4 indio inciensa con el humo del tabaco 
V de cuvas ramas cuel«:a sus ofrendas. El modo de ver las 
cosas á este respecto parece acercarse mucho, en Darwin, 
como se ha1)rá observado, al que manifiesta- el autor anó- 
nimo de la Bclacíón antes citada. Sm embargo es hidu- 
dable que las generaciones selváticas adoraron y adoran 
en ciertos árboles y en otros objetos naturales (hasta en las 
piedras) un ser divino y viviente. Deteníanse ante el reve- 
renciado árbol, hablábanle, y, por medio de los sacerdotes, 
recibían sus respuestas '^\ Entre los idólatras del Perú, eran 
h Hacas ú objetos sagrados todos aquellos en quienes tenían 
por cierto (pie se al])ergaba un ser divino, como en las pie- 
dras grandes, en tales ó cuales árboles, etc. ^"\ Lo propio 



(1) Fr. Bartolomé de las Casas, Historia de las Lidias. 

«Este modo de hablar del demonio en árboles y otras formas, ha 
sido costumbj'c mu}' aiil¡í2,ua suj'a, para tener engañados á los míseros 
hombres, que pareeiéndoles cosas prodigiosas, los adoraban por dioses.» 
(Fr. Juan de Torquemada, Monarquía Indiana.) 

(2) « Eran coFa sagrada todas aquellas en que el demonio les hablaba, 
e.^to es, los ídolos, las penas, piedras grandes 6 árboles en que el ene- 
migo entraba para hacerles creer que era Dios.» (Garcilaso, Conieniarios.) 

'■ Adoran los ríos, las fuentes, las quebradas, las penas ó piedras 
grandes, los cerros, las cumbres de los montes que ellos llaman 
apadñías, y lo tienen por cosa de gran devoción: finalmente, cual- 
íiuicra cosa de nalurah-za que les parezca notable y diferente de las 
«lemas, la adonuí como reconociendo allí alguna pardeular deidad.» 
''El P. José de Acosla, Ilisloria Natural y Moral de las Indias.) 



CAPÍTULO xrv. 193 

cabe decir de las generaciones que poblaron 6 que ])U(blan 
aun el Chaco, la Pain]>a, la Patagonia, etc. Los indios de 
Chubut, en la Patagonia, adoran la piedra sagrada de Ya- 
lalcycurd, cuyos huecos, formados por las piedrezuelas que 
la mai'ga tenía adheridas {[ ella, son los ojo.^ por donde 
mira: regalaida con fi'utos de la tierra y con chicha ^ . Los 
araucanos (y lo juismo acostumbraron ejecutar los pata- 
gones y pam})as), no solamente^ veneraron y colgaron ofren- 
das de las ramas del ho¡(j]ic 6 canelo, incensándoh^ eon el 
luiiiio del tabaco y vertiendo sobre el su chicha, sino (pie 
en sus fiestas y ceremonias y en sus curaciones (que hacían 
los machías no había de faltar nunca un ramo del árbol 
sagrado, al cual rendían homenaje, eomo si virtualmente 
presidiese al acto que celebraban -'"^ 

El hombre primitivo, el salvaje, ofreció cuanto poseía y 
más j)reciaba á sus (Hvinidades arbóreas en todas las regio- 
nes del globo: en Asia, en África, en Ivaropa, en Oceanía, 
en el Xuevo Mundo. Le presentó animales en saerificio, y 
colgó de sus ramas, á título de ofrendas, mechones de peh), 
correas, cintas, dientes, íleclias, crines de caballo, vasijas, 
pieles, botellas, pedazos de tela, restos de cigarro y otros 
ohjetos análogos. El indio de America, además de estas 
olVeiidas, vertió la ehieha y la inbisión de la yerba (caá) 
en las grietas de los árboles, cual si las divinidades vege- 
tales que reverenciaba hubiesen de [>articipar de bebidas 
tan codiciadas y favorecidas del cielo. Incensólas con el 
humo del tabaco, (jue íué siem[)re para él, [)ara el mago, 



Cl^ Viaje li 1(1 Pnfnnonid An.^fni! p»»r I). I'r;iii('¡-c«> ]\ M..r,Mo. 
liiirims Airt'S. 

{2) f)rsrn))rión Ilishuiro- (ico¡/ni/ira drl Itcino lic ( 'hile l^ov I). \"i- 
coMto (\'irvMlI() V ( ¡ovciicclio. Sniiliai;») <lo ('lulo. 



194: SUrERSTICIOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

para el lieclncero, para el sacerdote (del mismo modo que 
la chicha, y la yerba del Paraguay, y la coca del Perú), 
elemento indispensable, ó de gran valía, en el ejercicio y 
cumplimiento de sus altas funciones y ministerio sagrado. 
A presencia de los arboles sagrados, tuvo el indio sus jun- 
tas y i)arIa))iC))fo^^, celebró sus festines ó borracheras, bailó 
sus danzas, entonó cánticos, elevó preces, derramó lágrimas 
de dolor v de ale2:ría. 

Cada generación consagró el árbol que sus regiones le 
ofrecieran más señalado, ó al que se halla vinculado un 
hecho sobrenatural que la tradición perpetua. 

Los iiuhos pampas, patagones y araucanos adoraron el 
canelo (hoiglic), árbol semejante al del mismo nombre de 
la India, en cuya razón se lo dieron los españoles y con- 
serva hasta el día de hoy. El tronco tiene unas ocho ó 
diez varas de altura. Echa las ramas en series de cuatro 
en cuatro, á manera de cruz. Sus hojas, alternas, son gran- 
des y de un color verde claro, blanquizcas por el envés. 
Sus flores, pequeñas, blancas, olorosas, estrelladas, rematan 
los ramos. Este árbol, entre los indios de la parte austral 
del continente, hace las veces que el olivo entre griegos y 
romanos y en la Europa cristiana. Sus ñestas más solemnes 
(cfujiünoi ó cahuines), las cuales, sea cual sea su objeto, 
religiíjso, bélico ó familiar, terminan en borracheras y li- 
cencias, á favor del pulco (pulen) ó chicha, ó bien del 
aguardiente, que es su néctar, celébranlas á la presencia de 
un canelo. A falta del árbol, colocan un ramo de él en alto. 
Llevan otro en la mano, que parece simbolizar el vínculo 
snpciioi- íjue auna sus voluntades y designios. Un ramito 
de canelo es tanibién pnnida de reconciliación y de afecto, 
que afianza C(jn sello sagrado la consecuencia de la con- 



CAPITULO XÍV. 195 

(liicta futura de los (st¡j)ulant('s con las protestas do cons- 
tante y sincera amistad que se han prometido. De las si- 
métricas ramas del reverenciado vegetal cuelgan los indios 
nndtitud de ofrendas á la deidad ó espíritu que su})onen le 
anima, es a saber: cintas usadas, correas 6 f/iia.^cas, trajíos, 
botellas, restos de cigarro ó puc/to.^, y cuantas bujerías, 
desechos y zarandajas pudiera envidiar la mas caprichosa 
urraca. 

Celebraron también sus juntas los hechiceros, ostentando 
como símbolo de su oficio unos canutos y varillas de ca- 
nelo, árbol consagrado á su divinidad protectora. Compo- 
jiían sus hechizos con hierbas y excremento de ihuiícJics ú 
otras sabandijas (pie se crían dentro de las cuevas que les 
sirven de mora<la y punto de reunión para sus conciertos en 
casos graves y dificultosos. Con dichos compuestos unta- 
ban las varillas mágicas de <jue acostumbraban servirse. 
Solían, en sus compuestos, hacer uso del liamhi 6 amhi ; de 
donde la denominación de Jianihicanicn/o.^ que tandjién se 
daba á los hechiceros. Había tanta credulidad en este punto 
entre los indios de Arauco, que, según resulta de las actas 
del Cabildo de Santiago de Chile en los primeros tiempos de 
la con(pnsta, matábanse unos á otros los naturales ó íbansc 
consumiendo con el anihl y otros hechizos que les daban 1(k 
((///hlccmiaf/os y demás hechiceros, siendo julblico y notorio 
que por los })Uebl<)S se hallaban nuiltitud ile nniertos de am- 
bos sexos á causa de tales brebajes. A íin de poner coto á un 
mal tamaño, mandós(» primero (|Ue cada seis meses saliesen 
á visitar la tierra cierto número Av comisarios, i*on k\ en- 
cargo de casligai' á los deliucuelUes con todo el rigor tlel de- 
ret'ho. Luego se dispuso (pie la visita st' hiciesi' cada dos 
mes(s, con espei'ial cuidado de ciisligar. j)revia inb^rmación 



196 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

sumaria, á los ha)nhicamaj/os y hechiceros; porque demás 
(Jcl daño que reciben Io>( nntuvcdes, se desirve d Dios en 
los hechizos que hacen invocando cd demonio^^\ 

El eoib'o y la c^aña tacuara, entre las generaciones gna- 
raníes, tnvo su lugar en las ceremonias y mansiones sagra- 
das. Los guarayos, originarios del Paraguay y establecidos 
luego entre el Chaco, Santa Cruz de la Sierra y Chiquitos, 
inciensan, en sus templos (focáis), con el humo del tabaco 
el interior de las cañas tacnaras, que después llenan de chi- 
cha. ]\Iuerto nn guarayo, le entierran cara al occidente, di- 
rección hacia la cual se halla la deliciosa residencia de su 
viejo progenitor 6 abuelo, llamado Ahaangui, que espera 
á sus nietos ó descendientes con mujeres hermosas, chacras 
ó huertas de mucha fertilidad y abundancia de la codiciada 
chicha que preparan con la mandioca ó yuca, más fuerte 
que la que sale de otras plantas, como que con facilidad 
emborracha y hace doler el vientre. Al salir de su toldería 
en dirección al poniente, provisto de las venturosas tacua- 
ras, de arco y flechas, de un mate ó calabacino lleno de chi- 
cha y de unas cañas dulces para regalo del abuelo, se le 
ofrecen dos caminos. El uno á la derecha, llano, espacioso, 
cubierto de llores, que es el camino de los cristianos ó ca- 
raís, cuyo termino ignoran. El otro á la izquierda, angosto 
desigual y cubierto de makza y de plantas de tabaco. Este 
es el que conduce á las tierras de Ahaanguí ó abuelo de 
los guarayos. Tras largas y penosas jornadas, en las que 
más de una vez le han sacado de apuros las tacuaras que 



(1) Adaa del Oihildo de Scatlia/jo {de 2 de enero y O <le iiov¡em])re 
do líV^i) en líi Cokíxióit de Ilisloriadorcs de dille y Jhcimienlob- re- 
kitu'o.s <i Ifi ¡¡¡íilijria Xacloiial. Hunliago, 18G1 y .siguientes. 



CAPÍTULO XIV. 197 

lleva al intento, entra en la «suspirada rei^ión «londeereoe el 
corpulento ceiho 6 ziiinandíj {\ cuyo pie se sienta a (!(•<- 
cansar. Libando el dulce néctar de sus aterciopeladas llo- 
res rojas revolotean en torno multitud de colibríes, mien- 
tras el peregrino, no (|U('i'iendo ser menos, a])ela á su mate 
y s(^ bebe la cliiclüi. Prosii;'ae su camino, y cuando enti'a 
en la ciudad de ^lhaan(/}fí, recibe un baño de cuerpo en- 
tero, que le deja libre de toda ]K'stilencia y en especial de 
la macula y tufo que liubicre j)odido pe^íarsele de su roce 
con los cristianos -^^e 

El algarrobo, árl)ol en que se ahorco Judas j^ara abogar 
sus remordimientos, fué también entre los indios de las re- 
giones orientales déla Cordillera planta venerada. Llamanle 
(acu (árbol), como quien dice el árbol ]>or excelencia. Hom- 
bres V animales acuden á él en busca de grato alimento. De 
él hacen aloja y la pasta á que llaman patcnj. En torno de 
él celebraban los indígenas la fiesta chiqui, presentándole 
las cabezas de guanacos, liebres, pumas y otros animales, 
excepto de avestruces 6 Huríc.^, que respetaban. Esta cei'e- 
monia era acompañada de borrachera y canto, como toda 
fiesta semejante entre los indios, y se ha conservado hasta 
mediados del siglo actual. Tsában^i por este t¡em])0 los 
cam[)esinos, con el objeto de conjurar la seca y otras cala- 
midades. Terminada la fiesta, coirían á pie una carrera, 
cuyi) premio consistía en unos muñecos Ofucif/fUfsJ de masa 
pendientes del árbol, <jUe era la meta ". 

El (i/njnuf/f copal ó benjuí de las Misiones del Taraná 



( 1 ) í.'is Misifinrs FroHcisrann^' mire los Infirfrs fie llolirin por v\ 
\\. \\ Vv. José C'anlns. 
K^'l) Londres // (Aihmntrra por I). SainiK'l A. 1. áfono y Qucvolo. 



198 SÜPERSTICrONES DEL RIO DE LA PLATA. 

y l^nigiiay, es árbol cuya madera se aplicaba, por su gro- 
sor é ineorruptibilitlad, á la fiUbrlca de las grandes iglesias. 
Sus hojas, medio abiertas, miran siempre al sol. Extraíase 
de él un balsamo á que se atribuían extraordinarias virtu- 
des, aplicado á las heridas, llagas y corrupciones de huesos. 
T Jamábase hál.^ciíno del Brasil. Las mismas propiedades 
tiene el palo, que para el efecto se pulveriza y mezclado con 
agua se pone al sol. Su cocimiento recomiéndase jDara cu- 
rar las úlceras del estomago, del hígado y de los pulmones, 
así como aquellas eufermedades que han hecho famoso por 
el mundo al guayacán y palo santo. Su leña hace un fuego 
dorado y da un escaso humo suavísimo que, al paso que 
recrean la vista, confortan el cerebro. Su olor es semejante 
al del benjuí; por lo vque lleva también este nombre. Los 
sacerdotes ó hechiceros guaraníes, los payés, servíanse de 
la aromática resina del anguay para incensar los adorato- 
rios en que ejercían sus funciones. De ahí el distinguir á 
tan preciado vegetal con la denominación de ihird-2')ayc, 
voces guaraníes que significan literalmente árbol de los 
hechiceros ^^\ 

Los mocobíes, indios del Chaco argentino, imaginaron 
un árbol altísimo, llamado ncdiadiyua, por donde las almas 
de los muertos, de rama en rama, subían al cielo. Un día 
que una vieja fué á pescar á una laguna, volvió muy triste 
á su toldo, por no haber logrado llevar á sus hijos ni uno 
siquiera de los abundantes y ricos pescados que criaban 
las aguas de aquel privilegiado receptáculo. La pobre vieja 



n ) Kl W l^•(l^o Lozano, Ilial. de la CoiKpiisí. del Pcireig., Rio de la 
J'laL ij Tacíim. VA Ilcrinaiio Pedro Montoiicnro, Plantas Medieinales 
de Miniónos, en la llcvii<la del Pasado Argentino por T>, M. R. Trelles, 



CAPÍTULO XIV. lílO 

(letenniíió ir de j)U('i-ta en piicría pidiendo limosna ;1 los 
mocobícs para suplir su iudi^ciicia, y los nioc'ol)íes lo ne- 
garon liniosníj. Entonces la vieja se ti'ansfornio en cdpi- 
(jiiara (por otro nombre capi nclio), cuadrujx'do que vive 
en las rihei-as de las aguas (donde se zabulle con freeuen- 
cia), regularmente pobladas de monte, que es su guarida. 
La ca})iguara (que tiene muy buenos dientes) empezó á 
roer la corteza del ncdiad'Hjua. Después (]ue le hubo des- 
cortezado, continuó su tarea, royendo el tronco. Por ultimo, 
tanto royó y royó, que dio en tierra con el árbol: irrepara- 
])!(' pérdida y desgracia j)ara la nación mocol)!, que desde 
entonces se halla privada de un medio de ascender tan 
agradable y descansadamente á las regiones celestiales. 

Plantas hay, por lo regular aromáticas, cuyas hojas, fru- 
tos ó raíces contienen principios que, asimilados por la eco- 
nomía animal, exaltan la vida nerviosa. Unos son veneno- 
sos; otros inofensivos, ó pocíjs perjudiciales, si se toman en 
corta cantidad. Entre éstos, algunos han venido á consti- 
tuir una necesidad para el hombre en las sociedades mo- 
dernas, necesidad que en unos concurre á la convcMiiente 
alinuMitación ó al legítimo regalo, y en otros llega á dege- 
nerar en abuso nocivo y aun en vicio fatal y repugnante, 
como la embriaguez, (jue degrada y aniquila. 

Pide el ejercicio de la magia (jue la voluntad acaudale 
y sujete enteramente á su dominio, en tienqu) oportuno, la 
mayor cantidad i)osible de fuerza nerviosa. k>iendoen ayu- 
nas, mejor; ponjue entonces el trabajo lisiológico del orga- 
nismo no embaraza la facultad intelectiva de niniriui modo. 
^lanÜiéstase por esa razón en las ceremonias y prácticas de 
la magia una tendencia á dcsma/rriaUzar, digámoslo así, 
progresivamente el ser humano, á separarle de su parte 



200 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

orgánica, á sustraerle de la acción puramente material de 
las fuerzas físicas. Para conseguirlo más fácilmente, para 
favorecer la exaltación y mayor lucidez de las facultades 
que cultiva, se vale de los excitantes ó de ciertas substan- 
cias narcóticas que se califican de estupefactivas. Entre 
ellas ocupa el primer lugar en el Oriente el haschísch, 
voz árabe que significa yerba, queriendo dar á entender 
que es la yerba por excelencia. Llámanle también yerba 
de los fakires. Los árabes, y en especial los del Egipto, 
han hecho un estudio escrupuloso de las sustancias lla- 
madas psíquicas, por sus propiedades excitantes del cere- 
bro. Preparan bebidas que hacen divagar y promueven la 
verbosidad ; bebidas que inducen al canto, á la danza ; be- 
bidas que sumergen al hombre en un piélago de deleites: 
todo lo cual se efectúa mediante una predisposición de 
ánimo, un cultivo mental precedente, que, como la tierra 
labrantía, recibe la substancia psíquica eficazmente, ampli- 
ficando y embelleciendo prodigiosamente el movimiento de 
las ideas y de las ilusiones ^^\ 

La preferente nutrición del organismo acorta el vuelo 
del entusiasmo. El estado de robustez opónese á los des- 
vanecimientos del misticismo. La preponderancia de los 
excitantes, })or el contrario, no puede menos de ser dañosa; 
pero en camijio convida el espíritu á elevarse con valentía 
y lucidez al nuuido de las ideas ^-'. El alcohol, el café, el 
te, el chocolate, el tabaco y el mate figuran en primera lí- 
nea entre las substancias estimulantes de uso cotidiano. 



(1) Traite Tlicüviqíic el Pralajue che IlascJiich etc. aiióiiimo (Eriiest 
Bosc). 

(2) Papus, Traite Élémenlaire de Magie Fratique. 



CAPÍTULO XIV. 201 

El café me rcaní uid, me dcsasiia, decía el cele])re Zíin- 
meniiann, y Napoleón se explicaba sohre el particular de 
este modo: <- El café, bien cargado y en abundancia, me 
hace revivir: me ocasiona cierto escozor, un roimiento i>ar- 
ticular, cierto dolor, (jue no deja de ser placentero; pero yo 
prefiero sufrir algo, li no sentir nada.» «Por eso, dice 
I). Pedro Felipe Monlau (cuya es la cita precedente), lian 
alcanzado tan colosal fortuna el alcohol, el café, el tabaco 
y demás estimulantes que hacen .sentir enérgieamente. ^ ^^^ 
E igualmente por eso usaron algunos de tales estifnulantes 
los adivinos, para encender el entusiasmo prof ético, antes 
de dar sus oráculos. El tabaco de Méjico, de las Antillas, 
de las regiones que baña el Orinoco, la coca del Perú y la 
yerba del Paraguay fueron [)lantas mágicas 6 sagi'adas, 
cuyas virtudes enseño la divinidad al sacerdote, para (pie 
de ellas se embebiese, cuando hubiere de consultarla c^n el 
acto de ejercer su ministerio. El sacerdote no hacía más 
que comunicar á los consultores las respuestas (]ue le daba 
la divinidad, 6 el demonio, á (juien invocaba. 

Las })lantas que })or sus condiciones ó propiedades se 
singularizan de alguna manera, arraigan, florecen y fructi- 
fican en el fértil v dilatado camiw del mito v de la levenda. 
Señaladamente las plantas excitantes, en todas las regiones 
del globo, [)agan tributo á la fábula; como (jue las utiliza 
el mago y el adivino })ara encender en su espíritu il fuego 
del entusiasmo. Así, el tabaco, la coca y la yerba (del mate), 
plantas originarias de América, tienen su historia míliea. 
Los antillanos cultivaban el tabaco en sus huertas, v su 
uso (aspirando el humo hasia el [)uiUo de embriagarse y 

(1) Elementos de Ilijicnc Públieü, 



202 SUPEKSTICIOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

caer como muertos) parecíales, no solamente provechoso, 
sino niuij santa cosa^^K Los mejicanos (asimismo dados 
á su uso) le llamaron pifdcfl, y creyeron ver en la peregrina 
planta (|ue les producía una borrachera deleitosa e inspi- 
radora el cuerpo de la diosa Cíhuacohuatl^-K 

Los indios de las Antillas (Santo Domingo, Cuba) aspi- 
raban el tabaco por las fosas nasales, introduciendo al intento 
en ellas unas cañuelas de carrizo. Los bohiques ó sacerdotes 
y los caciques y hombres principales usaban para ello un 
cañuto de un jeme de largo y un poco menos grueso que 
el dedo meñique, el cual, por uno de sus extremos, se re- 
partía en dos conductos, que se aplicaban conjuntamente á 
las ventanas de la nariz. Al acto de aspirar el humo de la 
hierba de que se trata y aun al instrumento de que se ser- 
vían para el efecto, dábanles el nombre de cohoha y el de 
tabaco, según el primer cronista del Nuevo Mundo Gon- 
zalo Fernández de Oviedo ^^^. Pero, ya fuese que los espa- 
ñoles no hubiesen comprendido bien el sentido de estas 
voces, ya que en realidad significasen también la hierba de 



(1) Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de 
las Indias. 

(2) Fr. Juan de Torquemada, Monarquía Indiana. De la voz me- 
jicana ¡^itciell vino, sin duda, el nombre de peto, que, seg-ún Solórzano 
(Pülií. IndJ, dieron también al tabaco los españoles. De aquí pudo 
nacer asimismo el verbo pilar (fumar), vulgarizado en América. La 
voz guaraní jjeti y la araucana puthem, que signiñcan tabaco, asemé- 
janse bastante á la mejicana ¡yilcietL 

(3) «E á aquel tal instrumento con que toman el humo, ó á las 
caruK'las que es dicho, Haman los indios tabaco, é no á la hierba ó 
sueño fiue les toma (como pensaban algunos). (Gonzalo Fernández 
de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias.) 

< Callabas (cohobas dcíbe leerse) 6 ahumadas que los indios toman, 
que assimismo llaman tabacos.-» (El mismo, en la obra citada.) 



CAPÍTUI/) XIV. 203 

que se trntn, 6 ya que por traslación se liiibicse dado a la 
cosa que usaban el mismo nombre que tenían el uso y su 
instrumento, ello es que llamaron cohoha y mas constan- 
temente, hasta el día de hoy, iabaco á la planta referida, 
á su hoja y á su picadura '^K 

Los magos j sacerdotes, adivinos, hechiceros y médicos, 
hanse valido de los sueños, éxtasis y arrobamientos, de las 
alucinaciones y el delirio, producidos artiík-ialmente por 
medio de substancias, ora narcóticas, ora excitantes, para 
obrar las maravillas de que se decían capaces. Por eso 
los poetas líricos y épicos, comparados á los profetizadores 
y adivinos (vates), han sinmlado colocarse en un estado de 
furor y entusiasmo divinos, que, haciéndoles ver lo que se 
sustrae á los ojos del común de los hombres, les permita 
decir cosas extraordinarias, con poderoso acento que con- 
mueva y arrebate: la naturaleza del asunto que suscita la 
inspiración suele á las veces inducirlos á pedir heleno para 
sus sienes ^-^ Plinio el Naturalista menciona nudtitud de 



(1) Cohoha en Pedro Mártir de Anglería (Fiioites Históricas sobre 
Colón y America, trad. por el doctor don Joaquín Torres Asensioj y 
en Fr. Bartolomé de las Casas (Historia de las Indias). 

(2) 

Noche, lóbrega noche, eterno asilo 
I)el uíiserablo que esquivando el sueño 
Profundas penas en silencio gime, 
No desdeñes mi voz : Ulal beleño 
Presta á mis sieius, y en tu horror sublime 
Empapada la ardiente fantasía, 
I)a A mi pincel fatídicos coloivs 
Con que el tremendo día 
Trace al fulgor do vengadora tea, 

Y el odio irrite de la patria mía, 

Y escándalo y terror al urbe sea. 

(I). Juan Nii'asio Gallego, Klenfa titulada A'/ 'i'.« ./í 
triado, en sus Obras IWticas publicadas por la 
Ucal Acudeiuia Lspaúola.) 



15. 



204 SUPERSTICIOXES DEL RÍO DE LA PLATA. 

hierbas á que atribuían sus contemporáneos virtudes pre- 
ternaturales, preconizadas especialmente por los filósofos 
griegos Pitagoras y Democrito, que habían recogido algu- 
nas enseñanzas de los magos de la Persia, de la Arabia, 
de la Etiopia y del Egipto : hierbas para evocar á los dio- 
ses, para alcanzar el don de adivinanza, para engendrar un 
delirio que hacía ver cosas extraordinarias ^^^ Entre las 
substancias narcóticas ó estupefactivas (como quieren de- 
nominarlas) que han usado y usan los magos del Oriente, 
ninguna ha sido tan celebrada por su excelencia (según 
queda indicado) como el famosísimo haschisch, que se 
extrae del cáñamo de la India ^-\ Los magos del Nuevo 
Mundo han tenido también su haschísch. Su haschisch ha 
sido la hierba sagrada ó santa, el preciadísimo tabaco '^'K 
El uso de él, nacido (al parecer) en las Antillas, pasó 
luego á la tierra firme, donde se extendió fácilmente por 
todas partes: desde el seno mejicano hasta las costas ma- 
gallánicas. Pusieron el tabaco sobre las brasas, inhalando 
el humo por boca y narices. Admira, dice el Dr. Ni- 
colás Monardes, el uso que hacían del tabaco los sacer- 
dotes de los indios. Cuando los caciques y hombres prin- 
ci[)ales tenían que consultar algún negocio de importancia, 

(1) C. Plinii Secundi Naturalis Historia (lib. XXIV y XXV). 

(2) Los negro?, en América, emborrachábanse (y aun lo hacen) 
con lo que en el Río de la Plata y en el Brasil llaman paiigo, que 
es la hoja de cáñamo (quizás el índico). Fiunanle en pito 6 cachimbo, 
y los marea y atolondra, inyectándoles los ojos d.^. sangre y causándoles 
una tos recia y escabrosa; pero para ellos es una delicia. 

(3j Xi ]\rauíy {La Marjie et l'Astrologie), ni Papus (Traite Élé- 
mnntairc de Magia Pratiqíie), ni el autor anónimo del Traite Théoriqne 
el Prattque du líasclü/'h et autres suhstames psiehiques (París, 1804), 
hacen mención del tabaco entre las plantas célebres por sus propie- 
dades y uso en la magia y hechicería. 



CAPÍTULO XIV. 205 

recurrían al .sacerdote. El sacerdote, á su presencia, tomaba 
unas hojas (h tabaco, echábalas en la lami)r(' y recibía el 
humo (le ellas por la boca y por las narices: en tomándolo, 
caía en el suelo como muerto. Lucido, volviendo en sí, daba 
las respuestas, conforme d loa fanta>ímas c ilusiones que 
micnfras rsfaha dr aquella manera vía^^K Además del 
tabaco de cultivo, hay cu la América del ?:^ur uno silvestre, 
de mayor fortaleza y eficacia, al cual los indios del Perú 
llamaron coro y los gw^Y^nxQ^ j)ct¿ zactc y caá yuqui -\ 
Al hortense los indios del Perú dieron el nombre de saire 
sairi^ '. 

Sacerdotes, magos, hechiceros, adivinos y médicos, en el 
Perú, eran oficios que primitivamente estuvieron en mano 
de una sola persona; mas á veces anduvieron divididos. Lo 
más común fué, sin embargo, que los sacerdotes reuniesen 
todos esos ministerios^^'. Lo propio ha sucedido en todo el 
Nuevo Mundo. Desde el norte de América hasta Tierra 
del Fuego, sacerdotes, adivinos, médicos y hechiceros rara 
vez ejercieron privativamente .alguno de estos oficios. El 



(1) «Y él la-^ interpretaba como le parecía ó como el demonio le 
aconsejaba, dándoles de continuo las respuestas ambij^uas de tal ma- 
nera, que, como quiera que acaeciese, podían decir que aquello era lo 
que dijeron y la respuesta que dieron.» (Historia MrJicifnil de las 
cosa.s que se traejí de nuestras Indias OccUlcntalcs por el Dr. Monar- 
des. Sevilla, \'ü\.) 

(2) El P. I^arlolomé (V.bo, Historia del Nuevo Mundo. -El Her- 
mano Pedro Montcneijro, Plantas Mrdirinalcs de Misiones. 

(3) '^Mieses, raíces, hierbas medicinales, en especial las dos que 
llama coca y sairc, sacriHcal)an. Saire es la que por otro nond)re dicen 
tabaco.* ( Ixclaciún de las Costa )nhres Anticuas de los Xaturalcs del 
Pira (anónima), en la obra titulada Tres ¡íclaciones de Antii/iiedade.'i 
Peruanas pul)l¡cadas por el Ministerio de Fomento. Madrid, 1S79). 
También en (íarcilaso, Conient. ¡xeal. 

(4) El P. Bernabé Cobo, lUatoria del Xucvo Mundo, 



206 SUPERSTICIONES DEL REO DE LA PLATA. 

nui2;o lo ora todo: su inspirador, el demonio, no había cosa 
a (^ue no diese satisfacción cumplida. Para ejercer sus fun- 
ciones todos estos ministros de pillán, zopay, huccuvú ó 
ahanga recurría con preferencia á la virtud excitativa de la 
planta privilegiada de su suelo respectivo : el mago de Mé- 
jico 6 de Venezuela al tabaco, el de las Antillas también al 
tabaco ó cohoha, á la coca el del Perú, y el guaraní á la 
yerba del Paraguay. Hacían además uso los hechiceros, en 
diversas aplicaciones, de ciertas semillas. Los indígenas del 
Perú servíanse con mucha frecuencia del maíz y de los frí- 
soles, á la par con unas pedrezuelas negras ó de otro color 
diferente, que guardaban con religioso cuidado, pasando, 
por la muerte, de unas á otras manos. Decían los hechiceros 
que estas piedras, ellos ó sus antepasados, habíanlas obte- 
nido por medios sobrenaturales. A unos se las diera el 
trueno, á otros el alma de algún difunto que se les presen- 
tara de noche, y otros las hallaron en una gitaca^^K 

Los boicios (ó hohiques) de las Antillas, adivinos y 
médicos, consnltaban á los zcmes (ó cemies). Purgábanse, 
ayunaban y embriagábanse (según queda indicado) con 
la cohoha (ó tabaco). Respondían á ley de oráculos, me- 
diante estos estímulos, y curaban gesticulando ridicula- 
mente, soplando y chupando, y simulando arrojar un huese- 
cillo 6 piedrezuela ú otro objeto que les parecía conve- 
niente presentar como causa de la dolencia ^^l 

El adivino del norte del Orinoco encerrábase en su bohío, 
inspirando por boca y narices, durante uno ó más días, el 



(1) El P. Bernabé Cobo. Jlisioria del Nuevo Mundo. 

(2) Pedro Mártir de Anglería, Fuentes Históricas sobre Colón y 
América dadas á luz y trad. por el Dr. D. Joaquín Torres Ascnsio. 



CAPÍTL'LO XIV. 207 

humo del tal)aco, hasta que, adormecido con él, caía al 
suelo como muerto ^^^. 

Los adivinos íamaicfasj del Inca ofrecían la coca á 
sus ídolos. Conocieron esta planta los monarcas peruanos, 
cuando, extendiendo sus coníjuistas, exploraron la cordillera 
de los Andes, de cuyos valles más calientes es originaria. 
Tragaban la substancia, masticando las hojas 6 revolviendo 
en la boca una pelotilla que formaban con ellas y cal de 
conchuelas ^-\ Reponíales las fuerzas quebrantadas por el 
cansancio, mitigábales la sed y el hambre en jornadas por 
desiertos y serranías privadas de agua y de todo alimento, 
encendíales el rostro, y, mezclada con el tabaco, causábales 
un deleitoso transportamiento. A sol(j el Inca estaba re- 
servado el cultivo de la })reciada planta en pequeñas y pri- 



(1) Oviotlo, llist. de las Iiid. — Fucntos y Giizim'iii, lírcordación 
F/orida (.sobre los hondios y iiaijnalcs, sacerdotes de Vcneziiehí y de 
Cíiiateinala). 

(2) «Los indios cuentan de la coca lo mismo que los aficionaílos 
del tal)aco, por ser un equivalente (en cuanto al uso de mascarla), como 
la yerha del Paraj»uay (lo es del) al te y café.» (El Lazarillo de Cie- 
gos Caniinanles desde Buenos Aires husla Lima por D. Calixto l>us- 
tamante Carlos Inca, natural del Cuzco. En (iijón. Año de 1773.) 

En el Perú, en Bolivia y en alj^unas provinciíis ar.Líentinas (Jujuy, 
Salta) mascan ó chupan la coca, como en otras partes lo hacen con el 
tabaco, al que suple con ventaja en esa forma. Hacen una pelotilla, 
que, mezclada con la ceniza del jume, revuelven en la boca. La potasa 
(álcali) del jume se combina ó une liireramcnte con la cocaína i, alca- 
loide), díindolc mejor irusto. Mézclaida también con la ceniza de la 
quinua y, se;íiln el V. J5i'rnal)é Cobo i llist. del Xaev. Mand.l, con la 
de huesos, piedras y conchas de mar (juemadas. La pasta así formada 
lleva el nombre de tjirta. Tam!)ién haiían su i/ir/a con el tabaco los 
indios peruanos, al pn»pit) intento: sufrir la sed y el hambre. .Mascá- 
banlo y mezclábanlo i'on polvo de conchas <le almejas tpiemadas, y 
formando unas pelotillas, las ixuardaban para usarlas en lariras y pe- 
nosas jornada»:, i Ilisl. M>d. de las cosas (¡uc se traen de nueslrtvi Ind. 
Occid. \)oi' el I)r. Monardes. Sevilla, 1371.) 



20S SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

inoroí^a^í el la eras bajo la guarda de celosos camayos, Ee- 
o'alaban una vez al ano una bolsita de coca á los hunos 
(curaeas de diez mil vasallos), quienes les correspondían 
enviándoles un vaso de oro. Hubo al oriente del Cuzco (en 
la región de la coca) una mujer muy hermosa, pero liviana. 
Su vida deshonesta escandalizó, y fué necesario imponerle 
un ejemplar castigo: la mataron y enterraron en medio del 
cam}>o. De su cuerpo brotó una planta: era la coca. Reco- 
gieron sus hojas, y, secándolas al sol, pudieron conocer y 
admirar sus virtudes: la generosa tierra todo lo tapa y todo 
lo ])urifica, transformando los más sucios despojos en frutas 
exquisitas y en bellas flores multiformes que embriagan 
con su perfume. Llevaban la coca en una chitsj)a ó bolsa 
de tejido que á manera de morral pendía de una trenza ó 
'inta que bajando del hombro izquierdo caía hasta la cintura 
del costado derecho. Estábales prohibido probarla, hasta 
después de haber tenido cópula ^^ I 

Los adivinos quemaban la coca mezclada con sebo de car- 
neros de la tierra (llamas, alpacas, etc.). Sus médicos, que 
ordinariamente reunían á su oficio el de adivinos y hechi- 
ceros, liaeían que los enfermos soplasen un poco de coca ha- 
cia el sol, ofreciéndosela y pidiéndole la salud. Los magos, 
])ai'a dar sus oráculos, mascaban la coca, ora cantando, ora 
llorando. Con palabras que tenían consagradas al intento, 
invocaban las almas de las personas de quienes querían sa- 
Ijer algo. Tenían los indígenas por cosa de mal agüero el 
canto de ciertas aves extrañas, como los buhos y lechuzas, 



fl) Iiiformafióa de las idolalrías de los Incas en la Calece, de Do- 
riim. inéd. del Ardí, de Lid. por D. L. Torres de Mendoza. — El Inca 
(jrarcilaso de la Ve;;a, Coiueiilarios Realas del Perú. 



C 



CAPÍTULO xrv. 209 

así como o] aullido di; los porros; y para ahajar ol (laílo de 
que se creían amenazados, ofrecíanles coca, pidiéndoles (pie 
no les hiciesen mal y rpie matasen a sus enemigos ^^^. 

La coca, del niisnKj moílo (pie la yerba del Para^í^nay ó 
del mate, el acliuma, el chamico, el tabaco, el maíz, el mo- 
lle, el ají ó pimiento y otras i)lantas indí<!;cnas, pasaron, 
con sus virtudes mágicas, de las manos del indio á las del 
nuevo poblador de la' tierra. Las nnijeres livianas sobre 
todo y los hombres enamorados acudían á los hechiceros 
criollos en busca de los medios de conquistarse la volun- 
tad de la persona amada. Unos daban á mascar, ante una 
huaca 6 sepulcro, maíz y coca, substancia que el aspirante 
debía ofrecer á las almas de los muertos sin bautismo. 
Buenos eran también al propio intento baños de flores y 
hierbas silvestres cocidas con huesos humanos extraídos 
de las sepulturas. Encendíanse luces de velas formadas 
con los cabellos de la persona (pierida, echándolos después 
en una olla en que se calentaba cierta cantidad de aguar- 
diente con porciones de coca mascada. No faltaba quien pro- 
pinase al enamorado fricciones de ají, como si no tuviese 
bastantcí con el que ya llevaba en las entrañas. Invocá- 
base á Pa//a Iiaja, á la vez que hacían la srual de la cruz, 
mascando la coca, que era manjar grato al demonio, con 
quien firmábanse cédulas o pactos por los que el promi- 
tente (piedaba obligado á servirle y á entregarle su alma, 
con tal (le (pie le favoreciese en sus amoríos 6 negocios ^"^. 



(n l']l I*. TuTiiahc (\)l)o, lüs/ond ilcl \urro Manilo, |)ti!)l¡r;i(|;i por 
1). Marcos Jiiiu'iu'/ (le la ICspada. 

(2) W'nnsr los diviTsos procesos de liccliiccrías en la Historia ilrl 
TrihiataJ del Santo Oficio i/r ln ¡minisirion de Lima por I). ,1. T. Me- 
dina. IdciH i'K Chiir por í'1 iu¡smh> autor. 



210 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

Los adivinos del Perú, llamados timiLS^^\ consultaban 
á zopay, emborrachándose para el efecto con chicha, re- 
forzada con el zumo de la vílca. 

Entre los diversos géneros de chicha, la del molle fué 
la más apreciada. La chicha del molle embriaga más que 
la de maíz ó de cualquiera otra semilla: teníanla los indios 
por la más 2:)reciosa y regalada. Su olorosa resina, que 
extraían del árbol dando cuchilladas en el tronco y en las 
ramas, servía para embalsamar los cuerpos de los Incas, á 
fin de que incorruptos se conservasen en sus guacas ó se- 
pulcros. Infinitas y maravillosas fueron, para los indios y 
para los españoles, las propiedades medicinales del molle 
delPeriV-\ 

Tiene el uso de la yerba un alto origen en la que pu- 
diéramos llamar mitología cristiana. Los misioneros ha- 
llaron multitud de objetos, costumbres, ideas y aun pala- 
])ras que les certificaban de una comunicación remota entre 
los habitantes del Viejo Mundo y el nuevo continente. Dis- 
puesto el ánimo á dar asenso á noticias basadas en esa 
convicción, no titubearon en sospechar y creer que un j)clí 
Zumc'^^\ alto, blanco y barbudo, que, según tradición 
indígena, viniera del lado del oriente y predicara nunca 
oídas doctrinas al morador de la tierra, no era ni pudo ser 
otro personaje que el apóstol Santo Tomás, ó, como en- 
tonces se decía comúnmente, Santo Tomé. Imbuidos en 



(1) Había otros magos 6 adivinos á que daban el nombre de 
IJaifcis. ( Como llar ios Reales del Perú por el Inca Garcilaso de la 
Veífa.) 

(2) El P. ]5eriial)é Col)o, J listar ia del Nuevo Mundo, publicada 
por I). >íarcoH Jiménez de la Espada. 

(3) Pal significa sacerdote, anciano, mago. 



CAPÍTULO XIV. 211 

tal idea, pareciólos hallar, ontro otras señales, milagrosos 
caminos y Imellas del santo a])óstol en todas partes y espe- 
cialmente desde las costas del Brasil Insta las entrañas 
delPeriV^\ 

Huellas de pies humanos, 6, hablando con propiedad, 
figuras representativas de ellas, claramente estampadas en 
piedras, halláronse muchas en America ^-^ En el Brasil y 
el Paraguay se hallaron varias. Las del Brasil, unas junto 
al mar y las otras tierra adentro. Es indudable que las 
huellas de que se trata han sido impresas por la mano del 
hombre para significar algún hecho 6 alguna idea de (pie 
se perdiera la noticia al tiempo del descubrimiento de 
America. Jeroglíficos semejantes ofrecen los antiguos pue- 
blos del viejo mundo. Los egipcios simbolizaron con dos 
pies, en actitud del que va caminando, el acto de progre- 
sión, el paso. Entre los griegos fueron símbolo de cosa 
perdida. Los primitivos cristianos grabaron en sus sepul- 
cros huellas de pies humanos. Pero en general esas huellas 
de j)ies humanos (|ue parecen ir y venir, en los monumentos 
votivos del paganismo, simbolizaron feliz regreso después 
de largo y peligroso viaje ^''. Al norte de San Vicente, en 
elBrasil, junto á Iti costa del Atlántico, hay una peña, que 
la marea bate con el ímpetu de sus aguas, en la cual se 



(1) Historia de la Co)i(¡uis(a del Paraguau, liio de la Plata y 
TticHinán por el P. Pedro Lozano. 

(2) Al}»uiios entienden (jue son iiropianiente huellas hxs, señales de 
plantas de pies luinianos que se han hallado en una toha do Niea- 
ra'::na, suponiéndolas impresas en rcniotísiinos tieinpir-, cuando la toha 
eslaha todavía hlamla. Así v\\ la oi)ra Ai nt rica i llistnria dr su dcs- 
(■H/)rinn'('n/n vio por Rodolfo Cronau (e<l. española: Barcelona. 1S1)2. ) 

(.3) Didionnairc des Antiquites Cltrt'ticnnes par M. lAliltc Mar- 
tiirnv. 



212 SUrERSTICIOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

liallaroii Inipre.^as dos Imellas de pies humanos en actitud 
de quien va caminando hacia el mar^^\ 

Consta que antes de la invención de hi aguja náutica 
(conocida en Europa desde el siglo duodécimo, cuando 
menos), los fenicios y otros pueblos, en tiempos remotos, 
orientándose por las estrellas circumpolares, se aventuraron 
á navegaciones temerarias ^-^ Las de los noruegos, en la 
edad media, pohlando la Islandia y visitando repetidas ve- 
ces la Groenlandia, llegaron á tocar las costas orientales 
de la América septentrional. Corre autorizada la idea de 
una antigua comunicación del oriente del Asia con el occi- 
dente de América. Mas no cabe desconocer que, sustituí- 
dos los falsos conceptos de la figura de la tierra con la 
noción de su esfericidad claramente expuesta y sustentada 
por Aristóteles, no hubo de necesitarse un grande esfuerzo 
de entendimiento para concebir la posibilidad de una na- 
vegación más ó menos arriesgada desde las costas occiden- 
tales de Europa y de x\f rica á las orientales del Asia-'^'\ 
Ni es imposible que, impulsados por esta idea, navegantes 
tan intrépidos como los fenicios y los noruegos, se abalan- 
zasen, sin aguja náutica, á la mirífica empresa de comuni- 
car con el Asia por el oeste de Europa ó África, tropezando 
con América. De esa manera las plantas de pies humanos 



(1) «Ni pudioron borrarlas los siglos pasados, ni creo que podrán 
los futuros, > dice el P. Lozano (Ilist. de la Conquist. del Parag., lÜo 
de la rifd. tj Tucum.), atribuyendo la aparente perpetiiidad de las 
íií,airíis de plantas de pies al supuesto de haber sido hollada por 
Santo Tomás la piedra en que están impresas. 

{'1) J)isrrU(/'/óji sobre la Hisloria de la Náutica por D. jMartín 
Fernández de Navarrete. 

(3) Jíistoire de la Góograjdüe da Nouvcau Contiiieat par Alcxan- 
dre de IIuml)oIdt. 



CAPÍTULO XTV. 213 

grabadíis ou la rooa de la co>ta del Brasil al norte do Síin 
Vicente, pueden simbolizar, |)oi' la disposición en que 
están, el acto del re,íi;reso hacia el oriente, ni África, de 
antiguos navegantes heroicos cuanto felices que aportaron 
á las playas orientales del eontiuente americano mucho 
antes de que el genio de Colón le ofreciera á la corona de 
Castilla. Las In^llas que se hallaron (y aun se conservan) 
en otros parajes demostrarían el itinerario délos visitantes. 
Pero volviendo al viaj(i y predicaciones (como quieren 
Lozano y otros historiadores de la conquista) que el após- 
tol Santo Tomé hizo en el Para":uav, va en las fértiles co- 
marcas de ^Maracayíi, pudo ver-y contemplar, regados por 
el Pai'aná y Uruguay, los inmensos bosques de caá ó yerba 
que allí liberalmente cría la naturaleza. Los indios no sa- 
bían que la planta caá pudiera ser utilizada como medi- 
cina y como alimento; antes al contrario, mirábanla con 
repulsión, porque sus hojas eran venenosas y causaban la 
muerte. Santo Tomé halló en ellos muy buena disposición 
pura i-ecibir la fe de Cristo y aguas del bautismo, si bit-n 
profetizando que con el tiemjx) habían de olvidar la celes- 
tial doctrina, hasta que unos sucesores suyos se las ense- 
ñasen de nuevo, como lo verificaron en el Paraguay los pa- 
dres jesuít-as. El santo a})óstol, complacido de ver su grey 
tan bien aparejada, quiso hacerles un beneficio señalado, 
y para el efecto les enseñó el uso de la yerba. .Vrraneó una 
porción de ramas de ív/r/, en presencia de la nnieheíuunbre 
(pie le seguía cautivada poi* su palabra. Las juntó euida- 
dosameiile, y, liaeiendo con oli-as de otros árboles una In»- 
gnera, tendiólas á eonvi-niente altura de modo (pie, .-in 
quemarse ni alniniarsi», se tostasen. La acción K'iila del ca- 
lor lie la hoguera, hizo [)enler á las h(»jas de cdd, por la 



214 SUPERSTICrOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

evaporación de los elementos dañosos, las propiedades mor- 
tíferas que tenían naturalmente. Para mayor ventura y 
regocijo de los fieles guaraníes, las hojas de caá, luego 
pulverizadas 6 deshechas, manifestaban con riquísima fra- 
gancia cuan benéficas y gratas al 2:>aladar habían de ser 
las propiedades reveladas por la mano del santo. Los indios 
de ^laracayíi, desde entonces, desgajaron ramas de yerba 
y las tostaron. Deshicieron las hojas tostadas, y poniéndo- 
las en agua, usaron una bebida de tanto agrado como pro- 
vecho : la que hoy llamamos mate, 

Vuw terrible peste diezmaba los j)ueblos guaraníes ^^ I 
Los desolados moradores de las regiones infestadas por 
donde el apóstol Santo Tomé andaba predicando, acudie- 
ron á él, para que, con el poder sobrenatural que le reco- 
nocían y como hijo del cielo que era visiblemente, los ampa- 
rase en aquella calamidad. Santo Tómeles dijo : — « En casa 
tenéis el remedio: la misericordia divina jamás desampara 
al bueno.» En seguida mandó traer unas ramas de yerba, 
las tostó, desmenuzó las hojas, púsolas en agua, y bebió á 
presencia de los circunstantes para que no recelasen hacer 
l(j mismo chicos y grandes. — « Bebed, añadió, las hojas de 
esta yerba, y con ella sanaréis los enfermos y quedaréis 
inmunes de la j)este los sanos. » Obedecieron los indios : 
tostaron, deshicieron y pusieron en agua las hojas de la 
yerba; y ninguno murió, que las tomase, si enfermo, ni 
adoleció de la mortal pestilencia, si, estando sano, usó por 
precaución la bebida. Con tal motivo los indios comarca- 
nos de ^Nlaracaytí primeramente, y años adelante las gene- 



( 1 ) llist. de la Conqiást. del Parag., Río de la Pial, y Tucwn. por 
el P. Pedro Lozano. 



CAPÍTULO XIV. 215 

raciones que á su imitación usarrm la yerl)a, invocalnm, al 
tiempo (le bebería, á su iuolvi(lal»le ])enefactor el apóstol 
Santo Tomé, especia hnente en las ocasiones en que á fa- 
vor (le ella esperaban verse libres de los estragos de una 
cruel epidemia. 

Otros grandes beneficios dispensó el apóstol Santo Tom^, 
segíin las tradiciones misioneras, á los indios guaraníes que 
escucharon sus predicaciones con sencilla humildad. Ade- 
más del tesoro de la fe, después olvidado, dióles á conocer 
el cultivo y uso de la mandioca ^^\ que es hoy la comida 
ordinaria del correntino, del misionero, del paraguayo, del 
brasileño: su pan, su patata, su vino: el recurso del po- 
bre. Hay dos clases de mandioca ó yuca: la una dulce, 
que, asada ó cocida, no hace daño ; la otra amarga, brava, 
capaz de matar y que mata, como la yerba, á quien la come. 
Los indios no comían más que papas, maíz (abatí j, maní 
(mandubí J, bananas y alguna otra hierba ó raíz. Santo 
Tomé, viendo en los guaraníes tan Iniena disposición para 
recibir la luz del Evangelio, tomó un tallo de la ¡)lanta, le 
trozó con sus manos y mandó que enterrasen las diversas 
partes en que fué dividido. A los pocos días brotaron, for- 
mándose igual numero de ¡)lantas. Lo que se come es la 
raíz, tubérculo parecido al moniato, blanco y harinoso. 
Como una de las clases de mandioca era (y es) venenosa, 
Santo Tomé mandó que la exprimiesen, ijue después de 
exprimida la pulverizasen y luego la tostasen, con lo que 
perdería sus propiedades nocivas. De» este modo es como 
hov se hace en el JJrasil, en rl Tarairuav v en Corrientes 



(1) Conquista Esjn'rHiial del Parnijuay, Paraná, Uruijuay ¡j Tape 
por el P. Antonio Uuiz de Montoya. 



216 SUPERSTICIONES DEL KIO DE LA PLATA. 

la \\\V^[\vfa)'ina (farinlia). Ala fariña que llaman en el 
l\ío de la Plata, es decii', á la harina de mandioca, dieron 
antiguamente el nombre de harina de palo, tomado tam- 
bién del portugués fan'nha de pao, que es como hasta el 
día de hoy la denominan los brasileños. Así es como debe 
entenderse el siguiente pasaje del P. Antonio Ruiz de Mon- 
toya: « Partimos juntos el P. Antonio de Moranta y yo, y 
á la mitad del camino de cuarenta días de despoblado nos 
faltaron los tasajos y harina de ¡:)alo, que era nuestra 
provisión. » '^^ Palo, por tallo de la planta, como llaman 
iguahnente á todo tronco de árbol. 

En el Brasil hay una leyenda relativa al origen de la 
manchoca. La hija de un cacique mostróse un día emba- 
razada. Su padre, anheloso de castigar al autor de tamaña 
deshonra, preguntóle quién era sa pérfido amante. La joven 
le respondió que ella no había tenido comercio con hombre 
alguno. El cacique la amonestó, por lo que á él le parecía 
una negativa, y hasta llegó á amenazarla con un severo cas- 
tigo, si no decía la verdad. Como su hija continuara ne- 
gando, determinó matarla. Entonces apareciósele un hombre 
blanco, quien le dijo: — «No mates á tu hija, es inocente, 
nunca conoció varón. » Contúvose el irritado cacique, cuya 
hija dio á luz mía niña encantadora, que á los pocos meses 
halóla] )a y discurría perfectamente. Pusiéronle el nombre de 
Jlani, y al cabo de un año murió, sin que dolencia alguna 
hubiera anunciado su próximo fin. Entérresela en la propia 
casa del padre de Maiii, y todos los días regaban la sepultura, 
según costumbre que de antiguo tenía la tribu. Al poco 
tiempo brotó una planta, que dejaron crecer y desarrollarse, 

(1; Conquiat. Espirit. 



CAPÍTULO xrv. 217 

por no ser CDiiocida. Lii planta crec-io y dio fruto. Los pája- 
ros comieron do rl y se eml)riagaron, fenómeno fisiológico 
hasta entonces desconocido de los indios. Por ultimo, la 
tierra en que arraigaba la planta, con el crecimiento de la 
raíz se hendió. Cavaron, y en la forma del tubérculo cre- 
yeron ver representado el cuerpo de Mani. Comieron de 
el, e lucieron una bellida fermentada, que fue su vino^^^ 

Los salvajes del Brasil, al tiempo del descubrimiento, 
sacaban su vino de la mandioca, masticándola v haciénd(da 
fermentar en agua, como la chicha del maíz y otros frutos 
en casi todo el nuevo continente ^"^. Llámanle los naturales 
cauín, ccuifimjyiicra y giiaríba, y QS hoy habida usada en 
el Brasil ^^l 

Los achaguaes, en los llanos regados por el Meta y el 
Orinoco, conservaron también la tradición de que el após- 
tol Santo Tomás enseñó el cultivo y aprovechamiento de 
la i/iica ó mandioca á los indios. De ella hacen allí, como 
en otras partes, el pan llamado cazabe. La yuca mansa 
cómenla asada ó cocida, y de la braca hacen su vino ó 
chicha. La brava, sin tostar, es tan venenosa, (pie mata á 
la gente y á los animales que la comen. A las vasijas de 
calabazas en que ponen la chicha, dan el nombre allí tan 
vulgarizado de muriqucs como en el Río de la Plata el de 
mates. De la yuca y del tabaco, así como de la harina 



(1) Couto do Maíralhries, O Sclragcm { Oriycns, Costumcs^ Rrfjhu) 
Sclvayeni : Lnclds Ttipis). Río de Janeiro. Casa ó transformación 
(oca, tupí) (le Maiii, Mani-uca, de donde, por eorrupeión, niamiiocay 
dice Ma;ralliaes. 

(2) Véiise Vocabulario líioplafrnsc ¡iaxonado por el autor. 

(3) Diccionario de Vocabnlos JJraxilciros por el Vizconde de Beau- 
repaire-Koháii. Río de Janeiro. 



218 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

(yopa) de iiiin frutilla de cierto árbol grande y frondoso, 
y de un pe(|aeño pescado llamado chaca, se valían los 
])iaches 6 hechiceros del Orinoco para simular, comiendo, 
bebiendo é incensando con ellos, su comunicación con el 
demonio 6 divinidad inspiradora de sus ensalmos, adivina- 
ciones y portentos ^^l 



(1) Historia de las Misiones de los llanos de Casanare y los ríos 
Orinoco y Meta por el Padre Juan Rivero, de la Compañía de Jesús. 
Bogotá. 



CAPÍTULO XV. 



Uso y hechizos de la yerba del Paraguay. 



Sumario. — Origen de la voz iiiair.— Yerba del Pararjiía)/. — Diversas 
clases de yerba. — Cultivo de i/rrhales. — Prciiaracióii dv la yerha. 

— Barbacoas. — Modo de tomar el mate. — Kl mate para el paisa nn 
y la cJiina. — Te de yerba para los recién nacido?.— CVía.* hierba 
por excelencia.— Origen mítico del uso de la 3erba entre los gua- 
raníes. — Los caratos y añatuja ( niagos y demonios) se entienden 
por medio de la yerba. — Tsanla los hechiceros y adivinos criollas. 

— Fórnuda supersticiosa, al tomar el primer sorbo de un mate. — 
Uso de la yerba como bebida entre los indios. — Excelencias de 
la yerba. — Su al)uso por los españoles. — Cond)ií tele v\ clero. — 
Uso actual. 



La voz mate es originaria del Pmi, (juichua. Su primi- 
tiva acepción (que es el scntidn en (juc aun se usa conuni- 
niente en el Perü, Bolivia, Chile y Kín <K' la Plata) ñu' la 
de calabaza hueca usada a manera de receptáculo, ya para 
contener líquidos, ya ])ara guardar cualesípiiera ohjetos 
menudos. Conservó el pro})io nondu'e de niaic el calaba- 
cino usado como vasija á propósito j)ara sorber, mediante 
una hoiul)ill(i, la infusión de la ¡icrlxi del Paraf/iiai/. El 
vegetal llamado botánica mente /A'.r pnra</Kai/('nsi.s', así 
como su producto, conocióse primitivamente mu la tlenomi- 



ic. 



'220 SUPKliSTÍCIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

nación de t/crha del Paraguay ^^\ en razón de ser origina- 
rios de la antigua región de este nombre, entonces mucho 
más vasta que en el día presente. Críase el árbol, formando 
extensos bosques, en las primeras vertientes de los ríos 
Uruguay y Paraná y en las orientales del Paraguay. Tiene 
el tamaño y el aspecto, á cierta distancia, del naranjo. Sus 
hojas son permanentes. Tanto al árbol, como á su pro- 
ducto, llámaseles connmmente yerba. Cuando en el Río 
de la Plata y en el Brasil se pronuncia la palabra yerba, 
todos entienden que se refiere al producto de que se trata. 
Un terreno poblado de esta clase de árboles, silvestres ó 
de cultivo, recibe el nombre de yerbal. Famosos son los 
yerbales del Paraguay, de Misiones, de San Pablo del Bra- 
sil ^-l El mate de forma ovalada y sin cabo ó asidero, de- 
nomínase porongo ó poro, voces de origen guaraní. 

Entre las diversas clases de árboles, los de tronco blan- 
quizco y hoja menuda, que son raros, dan la yerba más 
exquisita. Sígnenles en bondad los de hoja grande. Los 
de tronco violado dan una yerba muy amarga y astringente, 
que sólo mediante ciertos lavados puede servir para el 
mate. Los llamados caaberd y caúna son más inferiores 
aún y nocivos á la salud. La yerba del Paraguay es la 
más rica y estimada; pero la argentina y brasileña tienen 
mayor consumo, tanto por su baratura, como por estar 



(1) En tal sentido (yerba del mate en general) debe entendérsela 
expresión yerba del Paraguay comprendida en el título del presente Ca- 
pítulo. 

(2) En el Río de la Plata pasa comúnmente por yerba argentina y 
dan el nombre de yerba aríjentina á la del Brasil, menos agradable y 
que á veces parece un veneno, pero de mucho consumo, por su abun- 
íl:incia v baratura. 



CAPÍTULO XV. 1^21 

más habituadas á su uso la gencTalidad de las personas. 
La misionera (la más suave) es casi tan menuda como el 
polvo, y trae nmclios palo^, ó sea pedacitos del tronco de 
las ramas, defectos de preparación que la hacen desmere- 
cer y aminorar su despacho. En la Argentina consúmese 
nmcha yerba del Paraguay. En el Uruguay prefieren ge- 
neralmente la del Brasil, (pie lleva el nombre usurpado de 
argentina. La propiamente argentina escasea, i)()r lo muy 
limitado de su cultivo y })reparaci6n. La del Paraguay 
suele ser adulterada con la mezcla de otros productos vege- 
tales más ó menos desa«Tadal)les v aun nocivos á la salud; 
entre ellos, las hojas y palos del ¡hirarohi, cuyas propie- 
dades excitantes y estimulantes, tomada puia la infusión, 
producen vértigos y alteraciones nerviosas. 

Casi todas las reducciones de los jesuítas tenían sus 
ycrhalciiy que beneficiaban en tiempo oportuno con el ma- 
yor esmero y perfección de procedimientos. La yerba más 
exquisita era la llamada caminí, de hojas menudas. En el 
Paraguay, hasta el año de 1SG5, en que empezó la desola- 
dora guerra con sus hermanos del Plata y con el Brasil, se 
siguió cultivando con igual esmero y perfección de proce- 
dimientos la yerba del mate, entonces tan exquisita (pie 
nadie escrupulizaba el pagar uno ó dos pesos fuertes por 
la libra, á tmeque de saborear su delicada sustancia. Pero 
eso, á la verdad, era tomarse mucho trabajo y entretenerse 
demasiado. ¿Para (pie tniidar ijcrbalcSy si son árboles del 
monte? Esperar á (pie esti.'n en saz(')n [)ara beneficiarlos, 
impacienta. Eso de ¡r eligiendo y entresacando las rami- 
tas de la j)laiita, sin dañarla, es cosa que sólo á los jesuí- 
tas se les ])()(lía ocurrir, lloy el pi'ocedimiento es más sim- 
ple y ejecutivo. Trepado el i/crhatcro en i*l árbol, y facón 



2'22 SUPERSTICIONES DKL RIO DE LA PLATA. 

011 iiuuu), nieiuulea tojos á diestro y siniestro, derribando 
ramas, chicas y grandes, liíista dejarlo limpio. El modo de 
preparar la yerba está naturalmente en armonía con la ga- 
llarda soltura del yerbatero, al extraerla de los árboles que 
fueron. Así son las yerbas que propinan á los consumido- 
res, las cuales, por lo regular, caen como brebajes en el es- 
tómago. El bálsamo de Fierabrás, que Don Quijote reco- 
mendó á Sancho, no era, sin duda, más bravo. 

La buena yerba se obtiene de este modo. Cortados los 
ramos del árbol, evitando que fermenten, los orean al fuego 
con una lena especial para el efecto, agavíllanlos y coló- 
canlos en una especie de emparrado, ó zarzo, al que lla- 
man barbacuá, con los cabos hacia el suelo, á una altura 
de dos metros ó poco más. Un botánico ^^^ entiende que 
barbacuá es corrupción del guaraní mbaraínbacuá, mon- 
tón ó haz de cosa asada ó tostada. Pero habiendo sido en 
todo tiempo indios ó descendientes de indios (mestizos) 
los que beneficiaron la yerba, y conociendo y hablando la 
lengua guaraní, no es fácil persuadirse de que hubiesen 
trabucado de ese modo las cosas; pues tal cambio de sen- 
tido equivaldría á llamar asado al asador 6 parrilla. El 
barbacuá de los yerbateros no es otra cosa que la barba- 
coa de los indios de Venezuela, Honduras, etc. « E asan 
la carne, dice Oviedo, sobre unos palos que ponen á ma- 
nera de trébedes ó parrillas en hueco (quellos llaman bar- 
bacoas) é la lumbre debajo. » '"^'^ Herrera también define 
claramente el vocablo: «cañizo de palos rollizos, fijo en 

(\) Don Domingo Parodi, riaidas del Paraguay, de Corrientes y de 
3Iis¿oties. 

(2) Ilisloria General y Natural de las Indias publicada por la Aca- 
demia do la Historia. 



CAPÍTULO XV. 223 

tioiTa, en cuatro estacas, y paja. .>^^^ El zarzo de que se 
trata se expresa en guaraní con las voces taqua j)cmhí, se- 
gún Ivuiz de Moiitoya -^. 

Debajo del harhaniá 6 de la harhacoa tienden un le- 
clio de brasas foi'niado de maderas escogidas al intento, 
como la aromática cahrinhn verde; el cual cuidan de 
mantener convenientemente i::raduado con a2:ua. Secan de 
este modo la yerlja, y luego la rrinrl/raN ó pican con un 
grande cuchillo de madera nniy dura, al que llaman fn- 
cón^'^\ Esto lo ejecutan en la candta'^ . Finalmente, des- 
menuzada la yerba mas y más, ó reducida casi á polvo, 



(1) Dé radas de Lidias, 

Las barbacoas, por su naturaleza, usábanse de varias maneras: en 
canias, en habitaciones lacustn^s, etc. 

« Las camas son unas esterillas de yerba, que ponen sobre una bar- 
bacoa, que es cañizo de palos rollizos, fijo en tierra, en cuatro estacas, 
y paja, y encima una estera. (Herrera, Décadas j -Adonde vivían en 
barbacoas, n casas sobre árboles, que estaban en el agua.- El mismo.) 
Lo propio en Oviedo. 

Díjose indistintamente barbacoa y barbacuá, prevaleciendo sin em- 
barf^o la primera de (^stas formas. 

* Todos los dueños de chacras de coca, demás de los Ljalpones que 
tienen, en que moran los indios yanaconas y corpas, tengjín sus gal- 
pones grandes con bcrbacinís altas, en que habiten y duerman los in- 
dios alquilados, con >us mujeres é hijos.> (Ley 2.=*, título 14.'\ libro <>.'' 
de la lirr()p'dació)i dr Indias. I 

La Real Academia Española registra en su Diccionario de la Lengua 
Castellana (duodécima edición ) v\ término barbacoa^ y le define de esta 
suerte: * Aiiirr. Carne asada en un hoyo que se abre en tierra y se ca- 
lienta como los honi>)s. » ¿Kn (lué paí> d»- América tiene est.i si<rn¡fi- 
cación la palabra ba Incoa Y 

(2) Vocabuhirio ij Tesoro dr la Lrnijua (tuarani. 

(3) Kn Huenos Aires, en algunas tiendas de mercancías paragua- 
yas, venden los facones de los yerbateros por macanas de indios sil- 
vestres, á las cuales se parecen bastante. 

(4) Véase Vocabulario ¡lioplate/ise tle! autor. 



22-4 SUPERSTICIONES DEL KÍO DE LA PLATA. 

al prepararla, con una corta cantidad de caúna y de hojas 
de (juahiroha. Comienza la zafra á principios de invierno 
y termina á fines de primavera. 

A la operación de servir la bebida de que se trata, 
dicen con entera propiedad cebar mate; pues, como sue- 
len ser varios los que le tqman por turno, se le va echando 
yerba nueva, á medida que se extrae la que ya ha per- 
dido la sustancia. Si no se renueva la yerba cuando con- 
viene, quedando chirle el mate, se dice que está lavado. 
La calabacita es el mate más usado, y el mejor, des- 
pués de curado; los de metal queman la yerba y pronto 
la dejan lavada. Prepárase poniendo en la calabacita una 
bombilla, regularmente de plata, por la cual se sorbe el 
líquido. 

La bombilla es un tubo del largo y grosor de un lapi- 
cero, achatado, en la parte superior, por donde se chupa, y 
en la inferior rematando en una cavidad llena de agujeros, 
por los cuales se sorbe la infusión de la yerba. Común- 
mente es de plata ó de plata y oro. Los muy pobres la 
usan de hojalata y también de paja. En seguida se echa 
la yerba, y luego, con cierto arte, agua caliente; con lo que 
queda cebado un mate amargo ó cimarrón, que es el más 
tónico. El dulce se ceba poniéndole cada vez, antes que el 
agua, una cucharadita de azúcar. Tómase también con le- 
che, azúcar quemada, cá:?cara seca de naranja y canela. 

El agua no ha de estar muy caliente, sobre todo en el 
mate amargo. Muy caliente, en el amargo, más daña que 
aprovecha. El paisano jamás toma el mate con agua muy 
caliente. Después de hervir el agua, la aparta del fuego, y 
cuando se ha templado un poco, ceba el mate. El dulce, 
con agua templada, ípieda muy mal. 



CAi'íni.o XV. 225 

Gonoralnu'nto ol ])ais;in() toma amarino el mate, esto os, 
tomíi mate ciiiiarróii. YA (jiie le toma dulce (que es raro), 
usa el azúcar rubia. Es azúcar siu i-cíinai\ medio sucia, 
pei'O uuiy dulce y sabrosa (cou el ^^usto de la caña), de co- 
lor i-ojizo auiarilleuto. A^icue del l>rasil. VA paisano la pre- 
fiere á la refinada ^^^. 

Los hombres de campo, cuando tienen que ejecutar 
ciertos trabajos que, como el a})arte de ganados, requieren 
una aplicación continuada ác sus esfuerzos, se desayunan 
con un cJíurrai^co y unos mates al amanecer, y no vuelven 
á probar alimento hasta la noche. Lo mismo hacen las 
cJiinaH lavanderas. Levántanse con el alba; toman unos 
mates, con un churrasípiito, si lo tienen, y echándose á 
la cabeza el enorme atado de ropa, van á la orilla del río 
ó arroyo en (jue lavan. Allí permanecen todo el día ocu- 
padas en su faena, aprovechando solo la ocasión de teniler 
la ropa, ya á mediodía, para tomar de nuevo unos cuantos 
mates. Lo propio hacen á la caída de la tarde, cuando se 
retiran, seguidas ó precedidas de sus hijuelos, (piienes, aun- 
(juc no alcancen una vara de altura, ayudan á sus madres 
á llevar los atados de ro[)a, las caldcu'itas, el mate y sus 
avíos, un hacecillo de leña, etc. 

Cuando nace una criatura, lo primero (pie le dan pobres 



(1) Un conurciantc di- .Montovidi'o, iiroinet ¡endorse un biUMi ne«ro- 
cio, envió á otro del Salto (Urujíuay) una partida de azúcar refinada, 
fabricada en Francia, y que, no ol)stante, podía venderse á un precio 
más módico aún qui' la ruhia del Hrasil. ¡Cómo sería ella I El del 
Salto mandó una porción de barricas á varias pulperías de la campana, 
recomendando la conveniencia del artículo. Pero ¿quó suce<lió? Que 
no tardaron cu dcvolvérschi todos; pon|Uc nadie \x\ «pu-ría, á pesar de 
su brillantez y liinpieza. ICs difícil meter jjato por liebre, en las cosas 
de \\\ nalurale/.M. á (pnen «le ella recibe sus conocimientos y uticiones. 



226 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

Y ricos, parteras y madres, es un te de yerba, al que á veces 
le añaden una cucharadita de aceite de comer. Llaman te 
á toda bebida caliente ó infusión de yerbas, que se da á los 
enfermos: te de malvas, de tilo, de hojas de naranja, de 
borraja, etc. El objeto del te de yerba que se da á los 
recién nacidos es favorecer la expulsión de la pez (meco- 
nio). Esto los médicos no lo aprueban: pertenece mera- 
mente á la medicina casera. El uso del te de yerba para 
las criaturas recién nacidas, es tan general como el de la 
márcela para las indisposiciones de estómago, y difícil- 
mente la ciencia médica logrará desterrarlo de las costum- 
bres nacionales, por el crédito de que goza. 

Los guaraníes llamaban caá a las hojas del ilex paro.- 
guayensis, y, probablemente por extensión, al árbol de que 
procede. De la propia manera los españoles llamaron, y ha 
continuado llamándose hasta el día de hoy, yerba á las 
mismas hojas, así frescas, como tostadas y molidas, y 
yerba al árbol que la produce. Es creíble que, en atención 
á las señaladas virtudes que encierran sus hojas, les lla- 
masen caá los indios en el sentido de yerba por excelen- 
cia '^\ El misionero Antonio Ruiz de Montoya, que pasó 
treinta años entre los guaraníes catequizándolos con pa- 
ciente constancia heroica y estudiando curiosamente su 
lengua, insinúa que la yerba, por sus cualidades excitantes 
y hasta por el nombre de caá que le dan los indios, tiene 
harta semejanza con el te ó cha de la China. Esta obser- 
vación del autor del Vocabulario y Tesoro de la Lengua 



(1) Alúdese á las siguientes palabras de D. Juan Val era, en carta 
al autor: « Cnú, con evidencia, ha de sií»'nificar en guaraní planta, yci'ha, 
árhil, lo vefjelal de modo rjcnárko, y no sólo mate, co'no Vd. añrma.» 
(Nuevas Carlas Americanas.) 



CAPÍTULO XV. 227 

Oifarn/n' (\Q}nor<\ inducirnos i1 creer rpic In voz raá, en el 
caso de í|ue se trata, no corresponde á yerba, ni signiíica- 
ría por consiguiente ycrJ}a por excelencia. Pero, a parte de 
que Montoya pudo carecer de datos ciertos sohre el preciso 
origen de la voz caá, el frita d(» la China no es pi'opiamente 
el nombre del te, sino el mod ) con que los chinos ofrecen 
la mercancía á los compradores ^^\ 

La yerha del Paraguay ])rimitivamente, poco antes del 
descubrimiento del Nuevo Mundo, no era conocida sino 
de un mago. El demonio ( anaiujaj, con quien tenía trato, 
se la mostró, diciendole que, cuando quisiese consultarle, 
bebiese de ella. Bien se comprende que, para los indios, 
el demonio, (pie decían los cristianos, debía de ser una 
diviiu'dad liai'to menos al)()minable que el ángel de tinie- 
blas cuya soberbia le sepultó en el abismo. El mago ó 
carai payé, no despreciando la confidencia que le hiciera 
añanya, bebió de la yerba, y desde entonces hizo maravi- 
llas. Usóla también como ingrediente en sus hechizos. 

El favorecido mago, nada egoísta sin duda, inició a otros 
en el misterio de que era depositario. Estos a su vez lo 
transmitieron á otros. De mod(> ([Ue, al tienq^o de la con- 
quista es})ir¡tua] de las generaciones guaraníes que encen- 
dían sus hoííares en las vertientes del Paraná v l'ruííuav, 
ya había nuichos magos que invocaban al demonio, be- 



(n Los portiii;neso.«, siempre nlicionailísimos al u<o tiel w, >o\\ 
los úiiicos ([uc dan ;i éste su verdadero iKMuhro llamándole rlin, (|ue 
corresponde al tcJid de los cliiiios y al tsjtjii de los japoneses. Las 
denií'is naeion(\< nos hemos ([uedado f.'o\\ Ihr, h\ (pie no es un nomhre, 
sino un verho en im|ieiativo, íjue los chinos emplean para ofrtMvr su 
artículo ;i los forasteros ó extranjeros.» ( .Monlau, I\lnncníos de Hi- 
(jirur Pública J 



228 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

bi Olido, })ara iluiinnar sus facultades, la infusión de la pre- 



ciada yerba ^^^ 



Los hechiceros y adivinos criollos, mestizos, pardos, 
mulatos y mujeres en especial, tomaron de los indios en 
sus maleñcios y ensahnos, así como para sus ceremonias e 
invocaciones, el uso de la yerba, que alternaba con el del 
tabaco, la coca y la chicha. El mate y el cigarro, pero con 
especialidad el mate, ha sido el vehículo más socorrido del 
hechicero. Ninguna cosa como el mate se presta con tanta 
facilidad y disimulo á la propinaci(5n de un hechizo, á cu- 
yos efectos llaman daño^'l 

El uso de la yerba como bebida no tardó en extenderse 
á Chile y al Perú, junto con las supersticiones á ella 
vinculadas. Los hechizos aplicábanse comúnmente á ne- 
gocios de amor. Unos eran aplicados por la misma persona 
que deseaba hacerse amar de aquella en quien había puesto 
su pensamiento. Otros los aplicaban individuos que hacían 
de ello un comercio : hechiceros, que generalmente eran 
mujeres. 

La idea, sin duda, de que el demonio tenía contaminada 
la yei'ba con su maléfico influjo, ha sido causa de que mu- 
chas gentes, cuando iban á tomar mate, arrojasen de la 
Ijoca hacia la espalda las dos primeras chupaduras : una por 



(1) El P. Antonio Ruiz de Montoya, Conquista Espiritual del 
Paraguay, Paraná, Uruguay y TajM. 
(2) 

Me puso {\ coutar mis penas 
Más colorao que un tomate, 

Y se me añudó el gaznate 
Cuando dijo el ermitaño : 
«lleiiiiano, Ií; han hecho daño; 

Y se l(j lian liocho en un mate.» 

{El Gaucho Martin Fierro por D. Josr Tlernáiidez. } 



CAPÍTULO XV. 220 

sobro el liomhro doreelio y la otra ])or solero el iz(|ii¡í'i<l<>. 
Esta costumbre ó superstición li.i llc^'ado liasta nuestros 
(lías; pues no faltan aún cbinas 6 indios, 6 gente demasia- 
damente cerril, que lo practique -^^ 

En la cpoca del descubrimiento de A mélica jiróxima- 
niente, comenzaron los indios <íuaraníes a hacer uso de la 
yerba como bebida. Ponderaban su excelencia, aseu;uran(lo 
que les servía de sustento, los alentaba y disponía a resis- 
tir las fati<;'as del trabajo, les componía el estomago y les 
despertaba los sentidos. Tomábanla con agua fría, que es 
como de))e tomai'se vu tiempo de calor, según el Hermano 
Pedro Montenegro, de la Compañía de Jesús. Aun en 
tiempo de frío, dice el mismo autor, debe tomarse con agua 
templada, y poco. Los que la toman con agua nuiy ca- 
liente, y toman nuiclio, yeri'an y no les hará provecho. El 
agua nuiy cidiente en el mate es harto ])erniciosa: agita el 
corazón, pi'iva del sueño, enerva, mueve á la cólera, á la 
melancolía v á la luiui'ia, causíindo el //ta/ de a)ií<ias^-\ 

Misioneros y paraguayos, cuando, rendidos por la fatiga, 
privados del necesario alimento ó enervados con la sofo- 
cante atmósfera caldeada del estío en zona ardiente, pi*o- 
curan reanimar las descaecidas fuerzas cor[)orales y las 
abrumadas del espíritu, lo hacen ii favor del fcrcrr, (jue lla- 
man á la infusión frín, pero muy concentrada, de la yerba, 
bebiéndola á tragos, con breves descansos, en amplia taza 



(1) Zupají (el diablo): *para nombrarle, o?ícupían primero, en señal 
de maldicinii y abominación. ^ 1 Kl Inca (iarcilaso (li> la Veira, Comen- 
tarios líenles (Id l'cn'i.) 

(2) Descripción de lus IV'ín/ns Medicinales de Misimus por v\ 
Hermano Pedro Moiil('iu\ur«». Inserta en la lírrisla del Pasado Anjen- 
lino por I). M. lí. 'rn>lles. 



230 8UPKRSTICI0NES DEL RIO DE LA PLATA. 

Ó (•iilabacino^^'. Sus propiedades á este respecto son idén- 
ticas á las de la coca, que no es privativa del Perú, de Bo- 
livia y de la parte septentrional de la Argentina próxima 
á los Andes, sino que se extiende á otras regiones de la 
América del Sur y de la Central. El hayo y el yaat, de 
que respectivamente usaron los indios de Bogotá y de Ni- 
ciu'agua, uo pareceu ser sino la coca misma. Idénticas son 
sus propiedades y excelencias: idéntico, y con los propios 
ingredientes, el modo de preparar la mezcla llamada yicta 
en el Perú y en la Argentina; é idéntico el uso de ella, en 
pelotillas que en sus viajes ó durante el trabajo revuelven 
en la boca ^-\ 

Para los españoles, al principio, fué la yerba pura y sim- 
plemente una medicina, una especie de zumaque, capaz de 
hacer arrojar las entrañas. Empezaron, pues, por tomarla 
como vomitivo. Ponían una onza ó más en infusión por 
espacio de una hora, y luego, echándole agua caliente, que- 
daba pronta para bebería ^^l Pero se habituaron á ello de 



(1) Plantas Usiinlcs del Paraguay, de Corrientes y de Misiones por 
D. Domingo Parodi. 

(2) Véase Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Na- 
tural de las Indias. 

LVqM nombra D. Antonio de Ulloa á la pasta de coca (Noticias 
Americanas). Yicta es evidentemente forma castellanizada del vocablo 
quichua Ilipta. 

(3) « En la provincia del Paraguay se llama Caá un árbol grande 
que echa hi hoja parecida á la del Zumaque. Hállase este árbol so- 
lamente en la tierra de los indios gentiles y de guerra, y ellos sacan á 
vender la íioja seca á los españoles, los cuales, como no han visto el 
árbol, sino la lirija, la llaman comúnmente Hierba del Paraguay, siendo, 
como es, hoja d(! árbol. Toman los indios paraguayos esta hierba, y 
á su imitación los españoles de a(iuella provincia, y aun de otras bien 
distantes, pues la vi yo tomar en México; y tumanla de esta manera: 
echan un [)urio de ella en una grande olla de agua, y después que ha 



CAPÍTULO \V. '2'M 

tíil iiiodo, í|n(', ílcííciKTaiiclo cu vicio pcrjudicinl {[ la piedad, 
dio lugar á (jue se adoptasen providencias para ponerle re- 
medio; ¡)ero tan inntil mente como se liabía intentado con 
la coca del Pern, Ñnirada con malos ojos por vigilantes 
prelados, á qnienes inquietaba la tradición demoníaca que 
conservaban de ella los hechiceros v adivinos. Die^co de 
Torres, jesuíta conspicuo, provincial (jue fue del Paraguay, 
Tucumán y Chile, elevo sus quejas sobre el particular al 
tribunal de la In(|uisici6n establecido en Luus.'^\ El uso 
de la yerba, decía, zumaque toxfado que se toma para ro- 
mitar frecucntoncnitc, más (pie un vicio, es una supcrsti- 
Clon (Udhóllca ([ur acarrea nnic/tox (faíios. « Al princi- 
pio la usaron los indios por pacto // su<jes(ió/i clara del 
demonio que se les a})arecía en los calabozos en figura de 
vuerco. :> Probablemente alude el P. Torres con la expre- 
sión calabozos á los antros 6 lugares secretos y oscuros en 
que los adivinos y hechicen ís guaraníes hacían sus evoca- 
ciones y consultas á la divinidad inspiradora de sus accio- 
nes y j)alabras. Auuíjue el demonio se les presentase en 



hervido, bclxMi de esta asíiia t¡l)¡a la mayor cantidad (iiio piu^len ; y 
como la hoja es amarina y vomitiva, y con esto ayiuhi hi mucha airuii 
caliente que se bebe, lanzan al punto cuanto tienen en el cstómajxo. 
Sirve estii hierba, tomada por este orden y cuando la necesidad lo re- 
quiere y no con el vicio que acostuml)ran algunos, para relevar los 
humores de los extremos, como de las piernas hinchadas ó gotosas; 
limpia el estómaj^o de las Hemas, (juita la jíuiueca, y es contra hi ¡jachi, 
abre las vías y facilita el menstruo y la orina \í yo una ve/ á un ri'- 
lijíioso (|ue estaba reventando de detención de t)rina, y en tomando e>ta 
hierba, orinó con onm facilidad, pero primero echó el ajrua clara como 
la había bebido y á lo último la orina, porcpie no bebió para pn>vo- 
car á vómito.» (El P. Hernabé ('ot)o, Historia del Xtirro MkwUk) 

{1) Memorial inserto en la Historia del Trihunal del ¿sitito Oficio 
de la In(¡ffisicióti de I. i/na por I). .1. T. Medina. 



232 suiMoiíSTiciONES dp:l rio de la plata. 

figura (k' puerco, no les parecería a ellos tan feo como á 
nosotros: grumos de oro llama el escarabajo á sus hijos. 
- Agora, prosigue el P. Torres, será pacto implícito, como 
se suele decir de los ensalmos y otras cosas. » Todos los c^ue 
usaban esta bebida decían en confesión y fnera de ella que 
era vicio ; pero que verdaderamente no se podían enmen- 
dar: tanto va se había arrai«;ado. Estorbaba la frecuencia 
de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía ; pues 
ni tenían paciencia para esperar á que se acabase la misa, 
ni después de haber comulgado podían Kbrarse de arrojar 
entre los vómitos la hostia consagrada : inconvenientes 
análogos á los que ofrecía el brebaje que hacían de una 
mezcla de coca y tabaco. Etíam: como la yerba es una 
bebida muy diurética, salían á orinar una ó más veces du- 
rante la misa, con notable irreverencia y escándalo. A es- 
tas gTaves razones añadía el P. Torres la muy plausible de 
impedir que se sujetase los indios á los duros trabajos del 
beneficio de la yerba. Tomábanla en calabazas ó mates 
curados al fuego, aderezados y pintados con primor. Ni 
los mismos aborígenes se aficionaron jamás á la infusión 
de la yerba, como sus pesados huéspedes. Los indios la 
tomaban una vez al día, ó bien cuando tenían necesidad; 
los españoles á cada paso. Los gobernantes y sacerdotes 
no se quedaban atrás. Un obispo y un teniente general 
del Paraguay se entregaron con tal desenfreno á este vicio, 
({ue, cundiendo desmedidamente con su ejemplo, en la sola 
ciudad de la Asunción se consumían por año, en el de 
1G20 (cuando apenas contaba quinientos vecinos españo- 
les), (le catorce d quince mil arrobas. 

Costaba la arroba doce pesos huecos, ó sea cuatro fuer- 
tes. El exceso en i\ beber de la yerba causó muchos acci- 



< APÍTLLíí XV. 238 

dejitcs, y liubo españoles (|ue por a]«;'imos días pcnücron el 
jiiicir) ^K Connaturalizados, al fin, con la yerba, ó sea el 
mate, ha continuado li;ista el día de hoy su uso y su abuso. 
Tiene, sin duda, el mate propiedades estomacales y diuré- 
ticas; i)ero sólo las j)Osee el mate amargo ó cimarrón, como 
llaman al sin azúcar. Kl mate dulce más daña que ai)ro- 
veclia. Sin embargo, cuando se toma mate, no se toma por- 
que sea una bebida saludable, sino por pasatiempo, por el 
solo gusto de tomarlo. J)e ahí, y del modo de tomarlo (en 
rueda, entre la conversación, eoiriendo de mano en mano), 
la facilidad con (jue nuichos se hacen viciosos. .Vlgunos lo 
son tanto, que desde (pie se levantiui hasta (pie se acues- 
tan no dejan de la mano el mate. 

El mate generalmente se toma con algún acompañante 
ó en rueda. Está en hiicna manoj se contesta á (piien tiene 
la cortesía de ofrecerlo. El paisano dice sencillamente: ¡<ir- 
vasc íio nuU. En boca del americano se oye á cada paso el 
modo adverbial no nuís. Tomado un mate, se vuelve á ce- 
bar, presentándolo á otro de los tertulianos; y así sucesi- 
vamente pasa de mano en mano y de boca vn boca. La 
gente prolija recomienda al sirviente (pie limpie la bombi- 
lla después (jue uno ha sorbido por ella y que no chupe el 
mate como acostumbra hacerlo todo cebador al tiempo de 
echarle el agua. Pero lo regular es que el cebador se lo 
lleve á la boca en cuanto lo recibe en sus manos y (pie se 
dirija á la cocina sorbiendo ruidosamente el resto de agua 
que ha (piedado en el fondo. Hombres y nuijeres, chicos y 
grandes, sanos y (.'ufermos, negros y blancos, todos, uno 



(1) Rui/. (If Moiitoyjí, (oNi¡KÍ.s/. h'sj/ir.: Lmzjuh), C.'om/nu^ti. <A/ 
l'arnu.; J. T. Mcdiiia, ¡list. t/r hi Ini¡uis. rn I, una. 



23-i SUrEKSTIClOísES DEL liío DE LA PLATA. 

tras otro, en el campo, apliean sus labios sin reparo ni es- 
crúpulo á la misma bombilla. Quien no acercaría á sus la- 
bios la co})a donde bebió antes que él uno de sus más alle- 
gados, no escrupuliza en aplicarlos á la bombilla en que 
acaba de poner los suyos un extraño ó desconocido : tal es 
la fuerza de la costumbre. 

El paisano toma, siempre que tiene ocasión, unos cuan- 
tos mates, pero amargos. Tomado de noche el mate, sobre 
todo no estando acostumbrado, desvela. Esta y otras pro- 
piedades excitativas colocan al mate en la elevada catego- 
ría de los alimentos nervinos : uno de los más eficaces fac- 
tores con que las fuerzas de la naturaleza concurren á 
avivar el centelleo de la imaginación y el senticniento que 
informan el mundo del arte. 



CAPÍTULO XVI. 

Vicisitudes del ombú y preocupaciones 
á su respecto. 



Sumario. — Destrucción de los montes. — El habitante del Río de la 
Plata corta árboles sin reparo ni tasa. — Cómo limpia un campo. 
— Planta junto á su casa un onibíí. — El higuornn. — El onibil es 
árbol indígena. — Los guarain'es ponían un ombú al lado desús 
sepulturas. — Con qué objeto lo ponían. — El tala en los cerritos. — 
Razón de hallarse en ellos. — El ombú solitario y las plantas que 
s¡<íuen al hombre en los desiertos. — Ideas que suscita el ombú so- 
litario. — Porqué permanece en pie. — Personificación de his fuer- 
zas de la naturaleza y de los objetos que las manifiestan. — Pre- 
venciones actuales contra «d ombú. — Resistencia del ombú á la 
muerte. — Los ombúes y la bruja de Santa Rosa del Cuarey. — 
On'í'en de las prevenciones contra el ombú.— La /rtj>crfl. — Etimo- 
logía de esta voz. — Su significado.- La tapera y el ond)ú en la 
geografía del Río de la Plata y del Brasil. — Lo que la imagina- 
ción tlel vulgo quiere ver en las tapcra.'i. 



General desde muy antii;u() ha sido en el Viejo y Nuevo 
Mundo el uso inconsiderado de los montes de las hereda- 
des 6 de eonuui aprovechamiento. Desmedráhanlos, empo- 
brecíanlos y acal)a])an [)or destruirlos con las cortas [>ara 
leña y madera, (jue ejí^cutahan sin mctodo ni cuidado y sin 
atender á sazón: á veces pcoáhanlt's fui'i;o. Actualmente en 
el Brasil, doudc nhunda id hosiMJc, acostiuuhran iucfU- 
diarlo, á üu de reducir á tcrrcuos de lal)rau/a el suelo en 



2'M) SUPKlJbTlClOXlv'> DEL liío DE LA PLATA. 

que arraiga. Ha use dictado en España, en todo tiempo, 
multitud de leyes y ordenanzas dirigidas á evitar la des- 
trucción de los montes y á regularizar su disfrute ^^\ Don 
Alonso X de Castilla tenía ordenado que al que hallasen 
quemando un monte lo metiesen dentro de él, y si no pu- 
diere ser habido, le confiscasen sus bienes ^^'. Disponían 
las leyes de Indias que el aprovechamiento de los montes 
se practicase con método, procurando que los árboles que 
se cortasen pudiesen crecer de nuevo y multiplicarse. Las 
cortas para enmaderamientos debían ejecutarse en época ó 
sazón conveniente á su duración y firmeza '^\ 

El poblador de las regiones que vierten sus aguas al 
Plata ha cortado en todo tiempo, sin reparo ni tasa, cuan- 
tos árboles ha tenido al alcance del hacha, ya para leña, 
ya para horcones, postes, cumbreras, bancos, mesas, carre- 
tones, utensilios, canoas, etc. El estanciero ó el capataz de 
un establecimiento que, recorriendo con cualquier motivo 
el monte de su campo, ve un hermoso árbol de tronco de- 
recho y elevado, dice al punto: — « ¡Qué buen palo! Cór- 
tenlo. » 

Acostumbraban los antiguos españoles y portugueses 
llamar jialo al árbol, cometiendo una sinécdoque. La con- 
dición de la madera, su utilidad ó excelencia, determinaba 
la clase de palo. Así los árboles señalados por alguna 
cualidad superior de su tronco, por alguna propiedad de 

(1) Véase la Xueva y la Novísima Recopilación. 

(2) «(^ue no pongan fuego para quemar los montes, é al que lo 
fallaren faciendo que lo echen dentro; é si non lo pudieren aver, que 
le tomen lo que ubiere.» (Ordenanza en las cortes de Valladolid de 
1250 citada por D. ^Manuel Colnieiro en su Historia de la Economía 
Pol'iiica en España. ) 

(3j Leyes 12 y 14, título 17, libro 4.^ de hi Reco2nlaciún de Indias. 



CAPÍTULO XVI. 237 

su madera utilizable en la niedieina 6 en la industria, han 
quedado con el nomljre de palo antepuesto á otro que los 
determina, ó l)ien á un adjetivo que los califiea e indivi- 
dualiza. Palo hraiiil, palo canipecJic, palo áloe, palo de 
rosa, falo didcc, palo .santo, palo de lanza, palo mortero, 
p)alo a/narílloj palo blanco, palo borracho, palo de trébol, 
palo de San Antonio, palo de cruz, palo de leche, palo 
de Santo Doniinrjo, palo de yerba (del mate), etc. Estos 
nombres han (quedado como [)ropios de los árboles á que 
primitivamente se aplicaron en sentido translaticio. La 
Academia Española registra algunos ^'^. 8u número podría 
aumentarse considerablemente con los nombres de palos 
diversos que se conocen en la América Española desde el 
uno al otro extremo (norte y sur), sin contar los que sin 
duda habrá en Filipinas y otras posesiones del Asia y del 
África. D. Antonio Batres Jáuregui cita una porción de 
palos de Guatemala, advirtiendo que omite otros cuya lista 
sería nmy larga ^ "I 

El hombre del campo tala á veces sin escrúpulo un 
monte poblado de guabiyúes, pitangas, guaribayes, camba - 
raes y otros árboles fructíferos, medicinales y de adorno, 
sin dejar en pie uno para nuiestra. A esto llama limpiar 
el campo. Si algún árbol ha plantado (y eso C(m sólo arran- 
car un gajo y meterlo debajo de tierra), ha sido el oml)ú, 
que se desarrolla y agiganta frondosamente, sin nupierir 
ningún cuidado, en pampas, cuciiillas y cerros. Al presente 
ha ido dejando el ombú, á (piieii atribuye sus desgracias, 
y le sustituye (¿on el |)araíso, con d liigucrón, con el gua- 



( 1 ) Diccionario de la Lcnyua Castellana^ (luotk'ciina i'ilición, :irt. Palo. 
('i) Vicios (Ir LcHfjuaje // I'rorincialisinos t/e (iHaienmla. 



238 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE JA PLATA. 

ribay ó arnera mansa, con árboles frutales, con plantas 
diversas. 

El higueron ^^\ llamado también agarrábalo j en el 
Paraguay y Corrientes guapoí é ihajjoi, es árbol cuya al- 
tura y ramaje llegan á ser colosales. Da un fruto comible, 
semejante á un liigo, pero nmy pequeño. Prende de semilla 
en el suelo, en la horqueta de un árbol, entre unas piedras 
ó en un muro arruinado. Abraza con cien robustos brazos 
las paredes abandonadas á las injurias del tiempo. Sor- 
prende esta disposición de sus raíces en los restos de los 
dilatados templos y largos galpones ó casas en que se al- 
bergaban los indios reducidos de las antiguas Misiones je- 
suíticas del Paraná y Uruguay: teatro de grandezas y des- 
venturas. Parece como que el selvático íhapoí intentara 
defender fieramente aquellos restos venerandos contra la 
barbarie de los hombres. Cuando el higueron nace en un 
árbol, y luego, ganando el suelo, arraiga en éste, no tarda 
en crecer vigorosamente. Su amplio tronco va envolviendo 
el del árbol en que nació, el cual perece irremisiblemente, 
por fuerte que sea, ahogado por la planta á quien diera 
hospitalidad entre sus ramas. Llama la atención á veces el 
tronco alto y recto de árbol añoso envuelto casi del todo 
por el higueron, que lo ha ido invadiendo perpendicular- 
mente, para luego estrecharlo y, por decirlo así, tragarlo. 
Es curioso ver aparecer las extendidas ramas de la emi- 
nente palmera por entre una abertura del rudo tronco del 
agarrapalo. 



(1) Urostifjma subir ¿pimerviitm. (Plantee Diaplioricoí' Floree Ar- 
genlinr/' por ,1. Hieronymus.) Familia artocarpeas, género nrosiigma. 
í Plantas del Parafjiiaij, de Corric/ites y de Misiones por D. Domingo 
Parodi.) 



CAPÍTULO xvr. 239 

Cruzando los oampo^í, suele deseubrii'se á la distancia, 
en las pampas y oucliillas, un (•()njunt() de arboles. Es 
que, de unos veinte anos (6 menos) á esta parte, ha ha- 
bido estancieros que desearon tener fruta y sombra junto 
á sus casas, y venciendo la natural indolencia del paisano 
ó recurriendo a un extranjei-o (italiano, por lo general, el 
hortelano 6 (¡uiiiicro del Río de la Plata) jmdo lograrlo. 
Por lo demás el estanciero que intentare ver reproducido 
un árbol, de estaca, mediante un simple mandato, chasco 
se llevaría. Para conseguirlo, es necesario (pie, llamando á 
sus peones, les diga: — <^ Desgajen esa rama. . . . Bueno. 
Ahora traigan el pico y la azada.» — «¿Dónde están?» 
preguntíHi los peones. — « Búsquenlos, » responde el estan- 
ciero, sin extrañeza ni impaciencia, « en el galpón. Allí de- 
ben de estar.» Los peones, al cabo de un buen rato, apa- 
recen reposadamente con el pico y la azada enmohecidos, 
rotos y sin mango. — « Pónganles cabo, » dice el estanciero. 
«Ahora,» prosigue, «caven aquí. Primero rompan la tie- 
rra con el pico. . . . Sarpien la tierra. . . . Metan la rama 
hasta la mitad .... Echen tierra. . . . Traigan un balde de 
a2:ua Echeido sobre la tierra ... Traiíran otro .... 

r 

Échenlo. . . . l>ien. ;> Todo esto tendrá que hacer el estan- 
ciero para ver plantado un nrbolito. Pero diga á media 
voz á sus peones, apuntando á un árbol recio y corpulento, 
corten r.^c palo; y en un credo estará derribado el árbol. 
No hay (pie pregunt n* dónde c-tá el liacha. l']l hacha está 
en todas partes y sienq)re á mano. 

Árbol más vulgai* y conocido (pie el ombú, no le hay cu 
el Río de la Plata. Hase puesto .en duda si es indígena, 
presumiendo algunos (pu» pudiese S(»r advcMKMÜzo, por no 
hallársele g(Miei'almente sino plantado, ó donde hay indi- 



240 süpersttci()np:s del rio de ea plata. 

ei(is (lo haberlo sido, por la mano del hombre. Azara ^^^ le 
eiuiinera entre los indígenas y dice qne hay uno en el jar- 
dín botánico de Madrid y otro en el puerto de Santa María 
(provincia de Cádiz), donde han averiguado que sus hojas 
limpian y curan las úlceras. Colmeiro^"^ lo registra tam- 
bién como orighiario del Rio de la Plata (de Buenos Aires), 
si bien da en otro lugar noticia del bellasombra de Má- 
laga, aquél y éste de la misma familia ^"^\ Hieronymus^^^ 
clasificándole científicamente como Colmeiro, le considera 
oriundo de Corrientes y añade que en España se llama be- 
lomhra, que es, á ojos Adstas, el mencionado bellasombra. 
Sin duda es el ombtí planta indígena en efecto. Antes del 
descubrimiento y consiguiente entrada de los españoles, ya 
algunas generaciones guaraníes, los timbtíes, los quiloasas, 
los colastinés, que ocupaban parte del territorio en que hoy 
está asentada la provincia de Santaf é, plantaban junto á los 
sepulcros de sus mayores un ombu. Los sepulcros adorná- 
banlos con plumas de avestruz 6 üandil, que tanto uso 
han tenido siempre entre los indios. Da á entender el 
P. Lozano '^^ que plantaban el ombú, por lo triste. Mas 
nada tiene su aspecto que despierte en el alma ideas de pe- 
sar ó sentimiento. Los indios creían que la muerte era pa- 
sajera: que habían de resucitar un día en cuerpo y alma; 
y precisamente por eso ponían dentro de las sepulturas 
cantidad de provisiones y otras cosas necesarias á la vida, 

(1) Dcscrip. ó lüst. del Parag. y del Rio de la Plat. 

(2) Diccionario de Plantas del Antiguo y Nuevo Mundo por el 
Dr. D. ^Miguel Colmeiro. 

(3) Pircunia dioica Moq. ( fitolacaceas ) . 

(4) Planiúi Diapli.orica' Floree Argentinóe por J. Hieron5'mus. Bue- 
nos Aires, 1882. 

(5) Uist. de la Con/jni.st. del Parag., I ¿lo de la Plat. y Tucum, 



CAPITULO XVI. 241 

ú fin (le que á los sepultos no les faltase nada de lo ])re- 
ciso en los i)nmer()s tiempos de su nueva existencia terre- 
nal. Es el ombú notable por su frondosidad y cor})ulencia. 
Al anochecer acuden á albergarse en sus multiplicadas ra- 
mas muchedumbre de [)ájaros diversos, que al romper el 
alba saludan en coro el nuevo día ccm blandos y alegres y 
estrepitosos cantos varios. Semejan himnos matinales que 
alados interpretes de la naturaleza entonaran al padre de 
la luz y de la vida. ¿Xo parece estar uno viendo al indio, 
en la mañana de la resurrección, recordar con lagrimas de 
a2;radecimieiito y de alearía la benéfica solicitud amorosa 
de aquellos hijos suyos que plantaron el ombú al lado de su 
sepulcro? En los cerritos del Uruguay, junto íl los supuestos 
vicheaderos'^^^ (sepulcros sin duda alguna), hallase siem- 
pre algún árbol, generalmente el tala, bastante; grande y 
nmy frondoso, que da con extraordinaria abundancia un pe- 
queño fruto comible y dulce, de que todo jnijaro gusta. Los 
talas y otros árboles (jue entiM-amente aislados se hallan en 
los cerritos, donde los indios sepultabjii sus muertos, ¿no 
habrán sido plantados allí [)or la mano de los deudos de 
aquellos que esperaron la aurora de la resuiTeccion para vol- 
ver á disfrutai" de la vida? Parecerá éste, á primera vista, 
un concepto algo rebuscado para unos bárbaros. Con todo 



(1) Véase Vorahulnrio ]¡*i<)/>lafrnsc por d autor. Viclicadero (ata- 
laya), del portufíiiós rii/inr, espiar, aecehar. Kii el eitado Vocabulario 
escribimos con be, en luiiar de baeerlo con ve, la- voces vichear y ri- 
clicadcro; por no haber atiiia<lo entonces con el ori«^en de estas expre- 
siones. Dícese tainliién ricJinr y ricínnícro. Viclirnr ( acichar, espiar) 
es expresión muy común entre el vul.u:o. A unos montones piramiilales 
di; piedra que sui'U'U bailarse en los cerritos, Ibiman richradcros ó ri- 
cliadcros, por suponer erra<ianíeu((' (pie los formaban los charrúas pam 
espiar tras ellos. 



2-42 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

adviértase que, aunque menos tosco y estrecho, no por eso 
es menos rudo y material, en substancia, que su análogo de 
encerrar viandas y utensilios en las sepulturas para que en 
tiempo oportuno se aproveche de ellas el difunto redivivo. 
El ombú suele hallarse aislado, solitario, en las pampas 
y en las cuchillas rioplatenses. Raro será que, si han des- 
aparecido de allí las paredes y aun los cimientos y escom- 
bros de un edificio, no aparezca alguna otra señal que 
ariruva haber sido anticua morada del hombre. Verá el 
observador que en torno del solitario y vetusto ombú na- 
cen diversas plantas que, en los desiertos, siguen al hom- 
bre por todas partes: en los caminos que frecuenta, en las 
casas donde habita, en los lugares que guardan sus restos 
mortales. Abrojos, cardos, cicuta, manzanilla, ortigas, mal- 
vas, crecerán, sin que nadie las plante, al lado de la choza 
del labrador, junto al rancho del puestero, entre unas rui- 
nas, al rededor de un cementerio, en los solares y hasta en 
las calles y plazas de los pueblos momificados. Pero, aun 
cuando se haya desvanecido todo rastro de humana habita- 
ción, aun cuando no descubran nuestros ojos indicio alguno 
de que la planta del hombre hubiere hollado el paraje 
donde, en medio de una pampa ó de una cuchilla, dilate un 
añoso ombií sus profusas ramas, casi puede asegurarse que 
allí hubo un hogar, allí días de regocijo y de amargura, allí 
ilusiones y desengaños, allí un casamiento, un bautismo, un 
féretro, allí un luctuoso episodio, un robo 6 un asesinato. 
¿Serán acaso estos, ya alegres y ya tristes recuerdos, la 
causa del respeto con que, al parecer, se ha mirado siempre 
al ombú, que vemos permanecer solo, aislado, en medio 
del campo, á las orillas de un pueblo, junto á una tapera? 
¡Cuánto hubiera sido de desear que así fuera! ¡Qué bellas 



CAPÍTULO XVÍ. 243 

páginas romántica.s no liu])iera sido capaz de inspirar esta 
circunstancia feliz á un alma poética y meditabunda I Mas 
desgraciadamente no es así. La verdadera causa de haber 
quedado (;n pie el ombú, es que no sirve más que ])ara 
dar sondjra. Su tronco y ramas no sirven para nada : ni 
para hacer postes, pues se pudren antes de secarse; ni 
8Í(|uiera para el fuego, pues no arden. Así es que, abando- 
nada 6 destruida la población ó casa, se desprecia el árbol 
poi" inútil. Por lo demás, el agigantado oml)ú no ha podido 
menos de merecer tributo de adoración ante el espíritu 
antropomórfico del hombre primitivo, que en los grandes 
árboles solitarios ha creído ver algumi deidad ó inteligencia 
de quien puede recibir su felicidad ó su desgracia. 

El vulgo ignaro, que en su modo de pensar tiene mucho 
del hombre primitivo, tiende naturalmente á personificar 
las fuerzas de la naturaleza y todos aquellos objetos que las 
manifiestan en una ú otra forma indicante de vida, como 
la arnera ó guaribay maléfico con sus efluvios, los cerros 
bravos con sus estruendos y llamaradas y las lagunas mis- 
teriosas con sus luces vagabundas. Así han dado los cam- 
pesinos rioplatenses en atribuir á la mala influencia de 
los ombues el acal)amiento de los hogares, la ruina de 
las fortunas, la desgracia de las familias. Ca>ia con omhú, 
dicen, acaba en tapera. Ahora (pie el paraíso y otros ár- 
boles forasteros suplen con ventaja, ó sólo por moda, al 
viejo ombu, pregonan su fatalidad, ñachi iíuciio \v reco- 
nocen y si de el se acuerdan es para decir (jue el (]ue se 
acuesta á su sombra se levanta hinchado y eon dolor de 
cabeza. ¡Así paga el diablo á (piien bien le sirve I 

Tarde ó temprano viene á menos ó s(^ arruina (pi¡(Mi 
ti(MU^ (MI su casa un ombú. lOsia es la persuasión g(MieraL 



244 SUPERSTK IONES DEL RIO DE LA PLATA. 

Si no se arruina 6 viene á meno^, no se escapará cuando 
menos de algún contratiempo ó desgracia que le haga re- 
cordar toda su vida la imprudencia que cometiera plantando 
ó dejando crecer un ombú en el lugar de su morada. El día 
ó época de la Cotástrofe no es fijo, pero sí seguro. Algunos, 
sin embargo, entienden que, cuando las raíces del ombú 
llegan á los cimientos de la casa, está próxima la ruina de 
la familia. Mejor sería que considerasen que, cuando la fa- 
milia se arruina, el ombú echa abajo la casa con sus raíces. 

Críase el ombú en toda clase de terrenos, húmedos ó 
secos, y una vez que arraiga, difícilmente deja de vivir en- 
tero 6 despedazado. Ni el hacha, ni el pico y azada, son 
capaces de exterminarlo. Por más que le desmenucen y 
que arranquen sus restos, siempre, por uno ú otro lado, 
levanta cabeza. Así cuando el ombú es ya de muchos años, 
no poco trabajo da á los que se empeñan en destruirlo; y 
hay gente que, no pudiendo acabar con él, abandona sus 
casas y se va á establecer en otro lugar, lejos de allí. Se 
apresura el hombre del campo á cortar y arrancar los om- 
búes, tan luego como le empiezan á empobrecer sus malos 
negocios ó su desidia. Lo que debiera hacer es imitar al 
ombú, que sabe acomodarse á todas las circunstancias y 
que así en tiempo de seca como de lluvias excesivas y 
temporales halla medios de sostenerse. 

En Santa Rosa del Cuarey había tres viejos ombúes, 
que ahogó ha pocos años una extraordinaria creciente del 
Uruguay, cerca de cuyas orillas estaban. Pues de-de en- 
tonces empezó á moverse y adelantar el antes paralítico y 
moribundo pueblo de Santa Rosa. Por el mismo tiempo 
cruzó una bruja á media noche por los aires, soltando una 
carcajada. A juicio de intérpretes autorizados, parece que 



rAPÍTtnx» XVI. 245 

fue una risa samístiea, y que la fea mujer endemoniada, 
que tan á deshora (su hora oficial) iba á perturbar el 
desoanj?o de los pacíficos vecinos de Santa Rosa, quiso sig- 
nificarles que no se engreyesen mucho con la perdida de 
los ombues, porque se les había de caer el gozo en el pozo. 

Arruinada una familia, malvende y abandona su casa, y, 
si permanece en ella, se le \'iene al suelo, como que no 
puede componerla. Solamente el ombú, que no fidtó antaño 
en ninguna casa, engruesa su tronco, multiplica y dilata 
sus ramas, y se afirma cada vez más. Por eso rara serl la 
casa arruinada, particulannente si es antigua, en que no 
haya algún ombú, que es quien se lleva la culpa de todo. 
Xo hay más: junto á una tapera un ombú. Se está viendo: 
el ombú trae consigo la ruina de las familias. Casa con 
ombú acaba por ser tapera. 

Tapera es voz de la lengua guaraní, que significa lugar 
des}x>blado, población que fué. Hase incorp<:>rado al len- 
guaje cjistellano y al portugués en el Río de la Plata y 
Paraguay y i n el Brasil. La voz castellana correspondiente 
sería ruinas, ¡talar abandonado. Aunque no queilen restos 
de eilificios, aunque hayan desaparecido hasta las *señiüe3 
de la estadía del hombre, aunque ni siquiera el ombú la 
recuerde, el lugar que fué habitado lleva el nombre de ta- 
pera^ Es tapera, ya se trate de las miras ó lugar abando- 
nado de una casa, ya de una población. Muchos parajes, 
en el Río de la Plata, en el Paracruav v en el Brasil, se 
designan geográfiai mente con el nombre de tapera.< : la 
tapera de fulano, la (apera de mengano, ó simplemente la 
tapera. Lo propio sucede con el ombú. ¿Cuántos pimtos, en 
la cuenca del Plata y al sur del Brasil, no son conocidos 
sino por el nombre de ombúf Mucho han debido el cami- 



24() SUPEKSTK^IOXES DIOL RÍO DE LA PLATA. 

liante, el explorador, el baqueano, la partida expedicionaria, 
el chasque, á la f apera y al omhú. La geografía del Kío de 
la Plata y del Brasil no pueden ya desprenderse, ni siquiera 
imaginarianiente, de la tapera y el omhú: aunque una y 
otro hayan desaparecido, en los textos y en los mapas 
quedarán escritos sus nombres. 

La imaginación del vulgo campesino quiere ver en las 
taperas, durante la noche, á los padres difuntos de las 
familias que en los días de bienandanza poblaran el lugar 
en que yacen los restos de la casa arruinada y tal vez los 
des2')OJos mortales de algunos de sus deudos. Ayes y luces 
demuestran á las claras la venida de las almas del otro 
mundo á tales sitios. Allí andan penando, y piden misas 
para su alivio y descanso. ¡Qué dolor para los hijos por 
cuya imprudencia ó desvarios pasan hambre y privaciones 
los que, sin sus calaveradas y despilfarros, fueran posee- 
dores de rica hacienda! Las doloridas sombras callada- 
mente los amonestan, enseñándoles con su ejemplo cómo 
empiezan y cuál suele ser el término de las fortunas: una 
y otra noche recogerán los palos, trapos, huesos, cacharros 
y demás restos que hallaren y los amontonarán en un lu- 
garcito del solar deshecho y abandonado. 



CArlTULO X\1I. 

Naturaleza y efectos maléficos de! guaribay 
bravo ó aruera. 



Sumario. — Descríbese c\ ar/ua7-aibá. — Su> benéfica:^ propirdadcs. — I.a 
cJiicha (le nwllc en las iravcsias. — Clases varias <le niollc. — La 
amera mala. — Sus maléticos efluvios. — Efectos íisioló^cos que 
causan. — La arnera mata ú un hombre. — Simpatía para curar el 
(laño de la arnera. — Sivijiatia para precaverse de él. — Saludo al 
rcn's. — Mirar sin pestañear. — 7;r.« veces hácese la misma cer»^- 
monia. — La señora arnera es deidad muy vana. — EHcacia del 
saludo: fenómeno psico-físico de anlo-sngeMión. — A un mi-^terio, 
otro misterio. — La señora arnera muere ahoi^ada, como el tirano, 
por sus propios comensales. — EnsoberbeciíU, mata; despedazada 
y abatida, besa la mano al verdugo. 



El agiLaraihd, aguaraihay ó (juaribay eí^ árbol que se 
halla en los montes de los ríos trilnitarios del Plata, v en 
otros interiores, así como en serranías. Pertenece á la fami- 
lia de las terebentináceas. Bus liojas son estrechas, largas 
á proporción, dentadas, parecidas á his del sauce llorón ; 
su palo negi'o; sus flores chicas, blancas, en racimo; su 
semilla semejante ii los granos de la pimienta. I )e la resina 
de sus hojas y ramas hacían los jesin'tas, en las antiguas 
Misiones del Paraná y rniguiiy, un remedio para heridas, 
illceras, males de orina, debilidad de estómago, cólicos, reu- 



248 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

iiiatismo V otras dolencias: una especie de sanalotodo ^^l 
Llamábasele hdlsamo de agiiaraihd ó hdlsamo de Misio- 
nes. Es el mismo árbol conocido científicamente por schinus 
molle ó drhol de la falsa pimienta ''-\ el anacahuita vul- 
gar. El turhinto del Perú, corrupción notoria de terebinto, 
pertenece á esta clase de árboles. Al occidente del Paraná 
¡lámanle molle, voz peruana; porque allí ha ejercido inme- 
diata influencia la lengua de los Incas. 

No hay correntino, entrerriano ó paraguayo que, al pasar 
por una plaza ó camino donde haya un giiarihay, no se 
acerque á él y arranque una ramita que, colocada en el 
sombrero ó d los tientos de su recado, llevará contento á 
su casa, con el objeto de aplicar sus hojas ó cocimiento 
á cuantas indisposiciones ó males tenga su familia. La fe 
que les merece la planta, con sus virtudes varias, es infi- 
nita. 

Hay un género de molle cuyas semillas sueltan una 
sustancia melosa de que se sirven en la Argentina los 
moradores de las provincias de arriba (próximas á los 
Andes) para dar fortaleza á la chicha. De ellas hacen 
también aloja, que se considera mía bebida refrigerante 
sin igual en el mundo, un néctar divino, en especial cuando 
el viajero fatigado, en las travesías, necesita reponer las 
descaecidas fuerzas: es lo primero que le ofrecen en los 
ranchos ó casas adonde llega pidiendo permiso para des- 

(1) Descrijición de las Plantas Medicinales de Misiones por el 
H. Pedro Montenegro, jesuíta. Inserta en la Revista del Pasado Argen- 
tino por M. R. Trelles. — Descripción é Historia del Paraguay y del Rio 
de, la Plata por D. Félix de Azara. 

(2) Véase Diccionario de Nombres vidgares de Plantas del Antiguo 
y Nuevo Mundo, con su correspondencia científica, por el Dr. D. Mi- 
ííuel Colnieiro. 



CAPÍTL'LO XVÍI. 249 

cansar. Eu la.s campaña.s del Uruguay, i*araná y Paraguay 
ofrecen lo que más apetece allí el caminante: un mate. 

Hiiy el molle que llaman fie curfir, rico en tanino. Le 
hay en cuyas ramas críase una mosca negra, menor (jue 
la connm de las poblaciones. El germen se desarrolla de- 
positado dentro de una sustancia leñosa, esférica, del ta- 
maño de una avellana. Hay el afjuaraihd de espina enco- 
nosa y hojas alternas y opuestas, cuya cascara sirve para 
hacer un cocimiento que, haciendo con él buches, entona 
las encías. 

El molle es una planta rara y privilegiada, cuyas ramils 
y hojas han servido al mago entre los indios, y después de 
la conquista entre los nuevos pobladores, para sus ceremo- 
nias, hechizos y ensalmos. Cuando la Inquisición persiguió 
al hechicero y al adivino, muchos y nuichas del arte fue- 
ron á parar á sus lóbregas cárceles. Repetidas veces apa- 
rece en las declaraciones de los reos el molle, entre las se- 
ñaladas hierbas y árboles de (|ue hacían uso en diversas 
formas los hechiceros, adivinos é invocadores del demo- 
ni(\ Presa fué, por ejercer las artes diabólicas, Beatriz 
de la Bandera, vecina y natural di*l Cuzco, á quien se le 
aparecían los demonios en ligura de monos y de mastines, 
con unas colas muv' lar";as v ramas de mollr en las ma- 
nos. Estos tratos y amistades dieron con la hechicera en 
los dientes de otros iiiasfincs^^^ nmclio más íieros y temi- 
bles que los (jue defienclen de lobos un rebaño, los cuales, 
después (le los zamarreos de costumbre, la llevaron ca- 
mino de la plaza mavor de la ciudad de los Revés (v 



(, I j Mfisfinrs rcItuUnrs del cnfiiliro rrhntlit llaiuó Miguel ilc ( Vt* 
vaMti'8 á los iiKiuisidoiX'S vn su IVrsilrs // Sifjisinundti. 



250 SUPERSTICIO^'ES DEL RÍO DE LA PLATA. 

liioo'O del destierro ), con el capirote blanco del penitente y 
una vela verde en las manos ^^^. 

La odorífera resina del molle, sus celebradas propieda- 
des cui-ativas y la fuerza particular que da á la cliicha, cu- 
yas libaciones, inflamando el ánimo, favorecen la inspira- 
ción, eran condiciones harto apreciables y peregrinas para 
que fuesen desaprovechadas por la perspicacia del mago y 

del hecliicero. 

En las regiones bañadas por el Uruguay es famoso el 
género de molle conocido por aruera. Llámanle también 
cbn más determinación arnera mala, á distinción de la 
mansa ó guarihay de que se hacía el bálsamo de elisio- 
nes. Viene la voz aruera del portugués aroeira (len- 
tisco), que es el nombre que tiene en el Brasil el árbol de 
que se trata. Sus hojas son más dobles que las del gua- 
rihay, más cortas, no tan resinosas, no aserradas, y no 
están adheridas, como las de aquél, á los vastagos de las 
ramas, sino sustentadas de trecho en trecho por un pedún- 
culo (dos opuestas y una en el medio de entrambas). 

Los efluvios de la aruera excitan de tal manera la san- 
gre en algimas personas, con sólo pasar por debajo de ella 
y aun con sólo acercársele, que las enferma de un modo 
alarmante. Á unos les pone el cuerpo como si estuviera 
picado del sarampión. Á otros los llena de turgencias, de- 
jándolos como lazarinos. Éntrales una fuerte comezón, híu- 
chanse, dales fiebre y mareo, tómanseles de sangre los ojos 
y núblaseles la vista. Entre los años 1877 y 78 murió un 

(1) Auto de fe celebrado en Lima el 23 de enero de 1639 etc. 
según relación hecha por el Licenciado D. Fernando de Montesinos, 
inserfí) en la Historia del Tribunal del Sanio Oficio de la Inquisición 
de Lima por \). J. T. Medina. 



CAPÍTULO XVII. 251 

individuo en Catalán ( Urii,u;uay ), por la acción mórbida 
de la arnera. Estuvo labrando un palo de arnera, mien- 
tras uno de sus peones cortai)a otros, con el objeto de 
hacer un gal})6n en su establecimiento. Enfermó con los 
síntomas ordinarios del mal de la amera, y antes de tres 
días dejó de figurar en el número de los vivos. 

Diferente cosa es el manzanillo de las islas de Barlo- 
vento y Tierrafirme, con que los caribes emponzoñaban 
sus flechas. Las hojas de él asemejan á las del peral y su 
fruto al del manzano, de donde le viene el nombre. El 
dormir á su sombra causa un fuerte dolor de ca))eza, hin- 
chando ojos y cara. Sus efluvios, con el rocío de la noche, 
abrasan la piel, y el humo de la leña que de él se saca es 
igualmente malsano ^^\ Colmeiro registra el manzanillo 
de Caracas y del cerro de Veneznela (terehintdceasj y 
el de Cuba ( euforbiáceas )''\ 

También hay otro árbol en Corrientes, Misiones y Pa- 
raguay, cuya sombra (al decir de la gente del campo) da 
dolor de ca))eza y produce náuseas. Llámanle bitambó 
(voz guaraní), y pertenece á la familia de las leguminosas. 
Es enorme, parecido al higuerón, y crece en las vertientes 
de las cuchillas, junto á algún manantial. 

Una fricción de caña, ó un baño til)io de saliiuiera, 
dicen que es bueno para curaise del mal causado por los 



(1) (^udh'o Libros de la Naturcilc\(i 1/ Virtuilcs Mal iri nales dr las 
Plantas de la Nneva España del J)r. Francisco FcrnáinKz, por Fray 
Francisfo Xiinéncz; Goiizal») FcriiániK-z de Oviedo, Historia (ieneral 
y Xatuntl de las Indias: Fcdro Mártir de An.trlería, trad. de D. Joa- 
quín Torres Asensio, Fncntes Jlislóriras sobre Colón y Annrica: v\ 
P. Bernabé Cobo, Historia del Xuevo Mnndo. 

(2) Diccionario de Plantas del Antiyao y Xucvo Mundo por el 
Dr. D. Miguel (olmeiro. 

18. 



252 SUrERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

efluvios (le la amera. Pero lo más expedito es acudir al 
superior remedio de la. símjiatía, que para esto no era na- 
tural que faltare, como que la causa originaria del mal 
encierra á los ojos del paisano un misterio impenetrable. 
Presentan al enfermo una rama de arnera. El enfermo la 
saluda tres veces, mirándola al mismo tiempo con respeto, 
como quien se humilla y pide perdón. El saludo debe ha- 
cerse, como dicen, al revés. Si es de mañana, se le dirá : 
— Buenas tardes, señora antera. Si es de tarde, se le 
dirá: — Buenos días, señora amera. Hecho esto, debe ti- 
rarse la rama. Cuando la rama se haya secado, estará sano 
el enfermo. 

Aunque el remedio es tan fácil, lo mejor es, sin embargo 
precaverse del mal; y así lo hacen los hombres del campo, 
cuando van á cortar una antera ó entran debajo de ella, 
ó pasan á su lado. El medio de precaverse es también una 
manera de simpatía, la misma que para curarse: saludar 
al revés. — Buenas tardes, señora antera. — Bitenos días, 
señora antera El primero de estos saludos se hace, si es de 
mañana, y el segundo, si de tarde. El que va á juntarse al 
árbol, detiénese á corta distancia, con gran respeto, como si 
se presentase delante de la divinidad: descúbrese, clava en él 
la reverente mirada y dice su saludo. Mientras saluda, no 
le es permitido ni siquiera pestañear: tan fija debe tener 
la vista eu el objeto de su atención. Tres veces consecu- 
tivas ha de repetir el saludo. Cumplida esta solemnidad, no 
tenga miedo de que la antera le dañe. Así. el paisano 
que va á cortar de ella un palo, ó aun á derribarla, des- 
pués de haber hecho el saludo, se le acerca sin recelo. Ha- 
cha en mano, tirado el sombrero, ceñida la frente con su 
pañuelo ó vincha, descarga recios golpes en el tronco, hasta 



CAPÍTULO XVII. 253 

dar en tierra con el árbol que ha de servirle de lena en el 
fuego ó de postes en su corral. Es, sin duda, la señora 
arnera una deidad nniy vana. Con tal que la saluden con 
mucho aparato y rendimiento, consiente que la derriben y 
despedacen. ¡Cuántas ameras se arruinan por la misma 
causa! Unos, por aparentar, gastan más de lo que pueden, 
perdiendo, junto con la hacienda, la honra. Otros reciben 
mcienso del mismo fuego (la ñngida amistad y respeto del 
adulador) que ha de abrasarlos y perderlos. 

El saludo de la arnera reúne todas las condiciones ca- 
paces de engendrar en el ánimo del que hace la ceremonia 
el fenómeno psico- físico de la auto- sugestión. Mediante 
este fenómeno, el solemne saludo promueve en el organis- 
mo un movmiiento más expedito que el ordinario de las 
funciones, á favor del cual resiste eficazmente á la acción 
perturbadora de los efluvios de la arnera. El paisano con- 
templa en esta la personificación de un ser maléfico, dotado 
de inteligencia y voluntad para hacer daño. El remedio de 
la simpatía en este caso debía ser por tanto, para el pai- 
sano, el más adecuado recurso. Se trata en su concepto de 
un hecho sobrenatural. Aunque los medios naturales })uc- 
den dar buen resultado, ninguno más seguro en tal su- 
puesto que los que la magia ó ciencia tradicional, oculta, 
tiene acreditados con infinitos ejemplos notorios: á un 
misterio, otro misterio. 

Las cenizas de la arnera, (jue arde en un instante, 
sirven para hacer lejía. Aseguran que sus hojas, cocidas y 
aplicadas á modo de cataplasma, disuelven las hinchazones. 
Por grandes y por malas que testas sean, no resisten á la 
eficacia resolutiva de la arnera. Así resulta que la arnera, 
mientras vegeta ensoberbecida, particularmente en los lu- 



254 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

gares altos ó de serranía y cuando en primavera entra en 
pleno ardor y movimiento la savia, ofende y mata; mas 
despedazada y abatida, convierte en bálsamo su veneno. 
La aruera suele morir ahogada entre las profusas ramas 
sarmentosas de una parásita trepadora que parece elegirla 
para matarla, como si se propusiese librar á la humanidad 
de tan peligroso viviente. Contrahecha, tuberosa, mori- 
bunda, lucha en vano la aruera contra su aleve y tosco 
huésped, fiera imagen de la ingratitud. Nace el isipó ó 
bejuco matador en las ramas de la aruera, de cuyo jugo 
se alimenta mansamente mientras las raíces no llegan al 
suelo. Pero una vez arraigado, engruesa, echa tronco, ex- 
tiende y multiplica sus brazos y estruja y ahoga al árbol 
á quien debe la vida. Así perecen generalmente los tira- 
nos. Cría cuervos, y te sacarán los ojos. 



CAPÍTULO XVIII. 

Personificación y supuesta influencia de las aves. 



ScMARio. — iinitacióii de la^ cualiilade.-^ y oricio?; ik'l hombre por los 
animales. — Pájaros varios. — Domiiucoá y cardenales. — I litlalgos 
pobres, monjitas y viudas. — Dormilones y charrúas. — Naranjeros: 
hermosura incomparable de al^^unas de sus variedades. — Boyeros. 
— Beiiteveos: indios y cristianos interpretando los sonidos de hi 
naturaleza. Anuncian huéspedes. — El rayador. — Herreros, leñeros, 
pedreros y carpinteros. — El carpintero, ave de mal ai,aifro. — El 
terutero, enemigo de los contrabandistas. — El ñacurutú contagia 
el vicio de la pereza. — Lechuzas y vizcachas: su compañerisnio. — 
El hornero y la golondrina: analogía de las preocupaciones á su 
respecto. — Palomas y gallinas. —El avestruz entre las diversas 
generaciones indígenas: sus i)lumas, adivinos, gualicho, bt>rrache- 
ras, encantos, bienandanza. — Pájaro hechicero. — Mal agüero del 
t(fi/ar?if/m'r</. —El caburé y el urutaú. — El ju«g(> y el amor: su 
papel importante en el campo de la magia y hechicería. — El vicio 
(U'l juego en el Río de la Plata. — Patronos preternaturales del 
juego. — La blasfemia en el juego, y sus penivs. - as, com- 

posfi/ras y nrompnñrimirnfns. — VÁ rf}tncn}}q}fP y \\\< ¡diurnas tio los 

pájaros. — C'onsagracinll de l;l- ;iVi> elillr \c<- indio- 



Ciertos animales, y en especial las aves, por su as|>ecto, 
por sus instintos 6 por su manera de vida, j>arecen imitar 
las enalidades de la persiuia ó ejecutar aquellas cosjis de 
que sólo es caj^az im ser raeion.d. T^a imai;inaeión, á vista 
de ello, se eoni])laee en liimir dentados á esos animales de las 
enalidades Iniínanas que dt' iin modo más 6 menos patente 



256 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

remedan, ó bien en atribuirles los mismos oficios ó minis- 
terios que el hombre ejerce. Así, en las vastas regiones á 
que se extiende la cuenca del Plata, hallamos horneros, le- 
ñeros, pedreros, carpinteros, herreros, boyeros, etc. El 
dominico se cubre con una blanquísima vestimenta. Os- 
tenta un rojo copete, semejante al capelo, el erguido y airoso 
cardenal, tan abundante como arisco, de color gris negro 
el cuerpo. IMuy escaso y retirado en el Paraguay, entre sus 
variedades, figura el que llamaron los guaraníes araguird, 
es decir, pájaro del día ó de la luz, con alusión á lo bri- 
llante y subido de su rojo penacho. Con triste y prolon- 
gado acento, á la orilla de los ríos, se lamenta de la pérdida 
de su fortuna el hidcdgo pohre. Vístese de blanco y negro, 
con tanta gracia como modestia, la sencilla monjita. Lleva 
en la cabeza una toca, símbolo del duelo del amor, la no 
menos graciosa viuda. Contemplando al astro majestuoso 
del día, yace el mirasol en los bañados. Echado en el suelo, 
como un haragán enemigo del trabajo, yace el dormilón. 
El negro charrúa hace el nido en las barrancas, y, como 
el indio salvaje del Uruguay, da un fortísimo silbido des- 
templado, algo semejante al relincho del caballo. Entre 
los siete colores que singularizan al naranjero, muestra 
sobre su pecho el anaranjado como distintivo de sus afi- 
ciones: la naranja es su manjar predilecto, si bien gusta 
de otras frutas y de las legumbres, haciendo no poco daño 
en las huertas. Trepado en el árbol, agujerea la naranja 
y come su carne, dejando entera la cascara. El nombre 
indígena de este pájaro es saihohi, denominación que alude 
al color azul predominante en su plumaje. Es pájaro 
de que hay algunas variedades y que no escasea; pero 
es rarísimo el que Azara llama j)7'ecioso, por lo admira- 



CAPÍTULO XVII r. 257 

ble de .su belleza, el cual sólo aparece con nuiclia escasez 
en el Paraguay por diciembre. No liay pala])ras (dice 
Azara, generalmente tan seco en sus descri})CÍones), no hay 
palabras para explicar la hermosura de este pajai'o, ni ima- 
ginación (jue la conciba. Su hermosura es tan rara, que, al 
contemplarla, cuahpiiera diría que la naturaleza no puede 
producir cosa semejante. Sus colores no tienen igual en 
el mundo, y varían tanto según su posición respecto de 
la luz, que no se pueden describir como los denuls. Es me- 
nester una doble descripción: una que llamaríamos en con- 
junción, cuando el pájaro está entre el que mira y el sol ó 
punto de donde viene la luz, y otra en oposición, cuando 
el observador se halla entre aquél y el lugar que envía los 
rayos luminosos ^ ^ \ 

El boyero remeda melodiosamente con el canto el modo 
particular que tienen los labriegos que cuidan l)ueyes de 
hacerse obedecer de estos pacíficos animales. Quieren que 
el hentcvco indique con sus repetidos gritos la acción de la 
persona que está observando lo que otra ejecuta. Azara 
advierte que los españoles le daban el nond)re de viente- 
veo y los guaraníes el de puilaijud; porque á los unos y á 
los otros respectivamente les parecía que pronunciaba con 
claridad estas palabras ^"\ ¿C'uál de los dos intérpretes, el 



(1) AjnnitdiHinifos para la Ilisloria Nal tirnl ile los Pájaros del Pa- 
rnt/Kdf/ 11 lito (Ir la Piala. M;i(lr¡<l, lS(iJ-n. AIikIIciuIo Azara á la errada 
persuasión en (jiie estaha el célebre naturalisila liuíión de (|ue en Anié- 
riea, en ra//)n de ¡nílueneias elinuitolój^ieas, no había pájaros tpio can- 
tasen l)¡en, se expresa así: < I*ero si si* eligiesí- un eoro do cantorc.-' en 
el antiiíuo continente y se comparase con otro de ¡«xual numero reco- 
gido en el Paraixuay, tal vez se disputaría la victoria.» i^Obra citada.) 

(2) Ajatiiiann'í utos para la Ilisloria Salitral de los Pájaros del Pa- 
riujuiui !i I lio de la Piala. 



258 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

español ó el guaraní, tiene mejor oído ó entiende con más 
propiedad lo que este pájaro dice? Cuando el henteveo 
canta á mediodía junto á una casa, significa que viene gente 
de lejanas tierras: una visita inesperada, un huésped pa- 
riente, auiigos 6 personas extrañas que están próximos á 
llegar sin previo aviso. 

El rayador, hacia el amanecer, así como al anochecer, 
volando á flor de agua, va rayando la superficie del río ó de 
la laguna con la mandíbula inferior sumergida, bien abierta 
BU grande boca, á efecto de tragar los pescadillos que en- 
cuentra al paso. La forma del pico no le permite cazar de 
otro modo en tierra ni en el agua^^\ 

El herrero es un pájaro blanco, con la frente verdoso- 
cobriza, del tamaño de una tórtola, pero menos grueso de 
cuerpo, y cuyo canto se asemeja al ruido que hacen la lima 
y el martillo, cuando con ellos están alternativamente 
limando y dando martillazos en un pedazo ó lámina de 
hierro: chriiii tan, chríni tan, chriiii taii. El leñero ó 
espinero, pájaro pequeño, de color pardo, hace un enorme 
nido en los árboles bajos, postes y cercados de las chacras 
y estancias, con multitud de palitos y de largas y recias 
espinas de plantas diversas. Los guaraníes le llamaban 
armnihí ^-\ Conócenle también con el nombre personal de 



(1) *Es un pájíiro desgraciado, á quien la naturaleza, dándole un 
pico el más extraordinario, ha precisado á subsistir de un solo manjar, 
y á cogerlo de un solo modo el más trabajoso.» (Azara, Pájaros del 
rarwiuaij y Uto de la Víala.) 

(2) «Si encuentra un espinillo ú otro árbol no frondoso, ó tuna, 
aislados ó solos en el campo, los prefiere para hacer su nido; y es 
frecuento hallar dos, y hasta seis nidos en el mismo árbol, á veces 
pegados unos á otros. Igualmente le construye en los postes de los 
corrales, en los emparrados y enramadas de las casas campestres, y 



CAPÍTULO XVIII. 259 

Josc Char arría, porque les ha parecido hallar en su 
canto alguna semejanza con la pronunciación de estas 
palabras. 

Es el pedrero un manso pajarillo de unas cinco pulga- 
das de longitud, blanco el pecho y pardo el lomo, de senci- 
llo y triste canto. Solitario, mora en los terrenos pedrego- 
sos, especialmente en los cerritos, donde hace su nido, sus- 
pendiendo al transeúnte con su acento melancólico que 
repite constantemente de rato en rato. 

El carpintero es un pajaro de fuerte y agudo pico, que, 
armado de tres fdos, le permite trabajar en el tronco de los 
árboles, (jue descorteza y agujerea para extraer gusanos 
que apetece y hacer un lugar seguro y escondido donde 
criar sus hijuelos; lo que ejecuta á rapidísimos golpes que 
se sienten de lejos. Tiene unas uñas corvas y no menos 
recias, á favor de las cuales se trepa })erpendicularmente 
por los árboles. Hermosea gallardamente su cabeza un alto 
copete, ora amarillo, ora rojo. Trabaja con su pico en toda 
clase de árboles, algunos de los fpie, como el ceibo, por su 
blandura están llenos de agujeros. También suelen hallarse 
con frecuencia agujeros profundos á lo largo del tronco de 
las palmeras, en cuyo fondo hace el carpintero su nido, 



en las estaca> de los corrales, prefiriendo por lo común las inmediatas 
á la piurta más frecuentada. Los sexos nunca se separan en tiempo 
de amor, y aun todo el año; y si el uno coba, el otro está :i la puerta. 
8i uno lleva un palo para el nido ó (pié cemer á los pollos, le acom- 
paña el otri>, aun(|ue sea de vacío, .-i no encontró «pié llevar. Kl nido 
no parece suyo, porque tiene dos pies de altura, y uno y me<lio de 
diámetro, componióndose de palitos espinosos, más uruesos de lo que 
jíance puede manejar el artista, y nuiy apretados.- (I). Féli.x ile 
A/ara, A¡)unfiiiinrn(os ¡uira la l¡isi<n'i(i Xnfíirul tlr Iths PiiJaro:i del 
Pamtjunu ij l\io de la Plata.) 



260 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

con una entrada lateral bien circular ^^\ El carpintero es 
para el vulgo un pájaro fatal. ¿Quién se atreve á tenerlo 
en su casa? Acarrearía infaliblemente la muerte ú otras 
desventuras á los miembros de la familia. El paisano le 
detesta y le maldice con ira. Cuando una persona penetra 
en un monte, el carpintero alborota con recios gritos los 
contornos. Así aquel que por causa de una desgracia 
(homicidio) se esconde en un monte, fácilmente es descu- 
bierto por su perseguidor. El carpintero entra en la deno- 
minación general de inmundicia, con que designan á todo 
animalejo nocivo por su abundancia y otras condiciones. 
Y ¡qué pájaro gallardo el carpintero! Algunos tienen la 
esbelta cabeza de color rojo encendido como una brasa de 
fuego. Cuando canta cerca de una casa, dicen que anuncia 
que alguno de los que la habitan no tardará en morir. Si 
ya una persona ha fallecido en la casa, pronto se acercará 
á ésta el carpintero y posado en la rama de un árbol ator- 
mentará á sus moradores con destemplados gritos. 

El terutero, llamado teteu en el Paraguay, nombre imi- 
tativo de su modo de gritar, alborota, si no tanto, poco 



(1) «Sus movimientos son prontos, el espíritu y fisonomía espanta- 
dizos, el pico grueso en la base, recto, muy sólido, de cuerno fortísimo, 
y la mitad superior termina en filo vertical, como el de un cincelito, 
teniendo tres aristas afiladas, una en el caballete y otra en cada cos- 
tado. Con él dan golpes en los troncos, que se oyen de lejos, sin que 
se puedan contar por apresurados; pero cuando conocen que hay 
gusano, y no encuentran agujero para extraerle, golpean con más 
fuerza y más despacio. Lo mismo hacen para excavar los agujeros en 
que crían, y tal vez duermen, penetrando los troncos gruesos hasta el 
centro. En el Paraguay se encontró á un infeliz indio muerto, sus- 
pendido por la mano de uno de dichos agujeros, donde la metió para 
extraer los pollos; y no pudiéndola sacar, porque resbalaría, quedó 
colgado de ella.- (Azara, rajaros del Paraguaij ¡j Rio de la Mala.) 



CAPITULO XVIII. 261 

menos que el bullicioso carpintero, cuando ve gente, á la 
que suele seguir buen trecho incomodándola con su alga- 
zara. De noche en las casas (pues se domestica fácihnente) 
y en el campo grita asimismo descompasadamente, apenas 
siente algún rumor 6 advierte una novedad que le causa 
extrañeza. Por eso dicen desde nmy antiguo que el terutero 
es enemigo de los contrabandistas ^^\ 

Nacitrutii es un lechuzón de color acanelado (que es el 
que predomina) y negruzco. Tiene unas plumas á ma- 
nera de cuernos junto á sus escondidas orejas, de donde 
baja una lista negi'a que le circunda la cara, y hacia el 
centro de ella una mancha blanca en forma de cruz ; las 
uñas y pico corvos, éste muy fuerte y agudo; los ojos cas- 
taños, grandes y redondos. Es muy torpe y perezoso. Per- 
manece inmóvil todo el día donde lo pongan; pero de noche, 
apenas oscurece, sube barandas y azoteas y anda callada- 
mente de aquí para allí como un duende. Expresa su ale- 
gría ladrando como un gozquejo, particularmente cuando 
se le acerca ó ve pasar una persona á quien conoce ó que 
le habla. Ante un objeto que le causa pavor, se esponja y 
contonea, erizando el })lumaje y abriendo en forma de aba- 
nico las alas. En esta actitud bufa como un gato y castañetea 
fuertemente con el pico. Tiene un gimoteo semejante al de 
la paloma. Con la voz imita su nombre fuerte y narigal- 
mente, asustando, dice Azara, á los que transitiin de noche 
por los bos(|ues elevados, que son sus palacios ^-K Cría dos 
pollos. Creen que si alguno los IK^va á su casa, los padres 
lo !- visitan infalii)lenK'nte la pi-iniera noche. ^' no liav 



(1) Azara, Pájaros del Pimujuaij y Pió de la Plata. 

(2) Pájaros del Paraguaij ij Rio de la Plata. 



262 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

duda, prosigue Azara, que así será, si los sienten chillar. » 
Tenían por cierto los guaraníes que el contacto con este 
poltrón aveehuclio, de tardo vuelo, les comunicaba el vicio de 
la pereza. Tal idea se habían formado de su poltronería, que 
le juzgaban incapaz de hacer nido para criar sus hijuelos ^^ I 
El chirrido de la lechuza cerca de una habitación, alarma 
á la familia. ¡ La lechuza ! animal fatídico que anuncia la 
muerte! La lechuza llamada ui'ucurcd por los guaraníes 
habita en la cueva de la vizcacha^ cuadrúpedo de quien 
dice el vulgo que las noches de luna tiene sus danzas. Retí- 
nense las vizcachas que habitan las cuevas vecinas, y brin- 
can y retozan, dando gritos particulares que manifiestan su 
contento. Es la vizcacha cuadrúpedo de unos dos pies y 
medio de longitud desde el hocico á la punta de la cola, de 
boca, dientes, rabo, modo de andar y de sentarse semejantes 
á los conejos, orejas cortas, cara mofletuda, atravesada por 
unas listas negras y á sus lados una barba erizada del 
mismo color, larguísima, gruesa y dura, agudas y fuertes 
uñas y un grito á manera de tos enronquecida. Es arisca, 
aunque guacha se domestica, y muy valiente y poderosa, 
defendiéndose bravamente, hasta morir, del hombre y de los 
animales: un perro, ni aun dos, por fuertes y malos que 
sean, no la matan. Instinto de este bicho, terror de las 
mujeres, es cargar con cuanta bosta, huesos, palos y otros 
oljjetos halla en el campo, y rodear con ella y ellos la en- 
trada de su habitación, adonde, por lo mismo, el viajero 
que ha perdido alguna cosa acude en su busca con la pro- 
babilidad de encontrarla. Propónese la vizcacha con esto, 



d) Historia dn la Conrpdsfa del Parafjuai/, Jilo de la Piala y Tactt- 
mún por el P. Pedro Lozano. 



CAPÍTULO xviir. 263 

segíin entiende la gente campesina, tan observadora de la 
naturaleza, desviar de allí á los animales que pasan, para 
que no le desmoronen la cueva con las pisadas. En el 
mismo sitio permanecen casi todo el día, como de centinela, 
un i)ar de lechuzas, del mismo color ceniciento que la viz- 
cacha, en cuya cueva anidan en i>erfecta y nunca internnn- 
pida armonía con sus hos})italarias vecinas. Las ^^zcachas 
hacen de noche sus correrías, siendo su primera diligencia, 
al caer de la tarde, el ir de unas madrigueras á otras, por 
lo cual dice con malicia la gente del campo que se rUifan. 
Estas madrigueras (que hacen en medio del camjx)) 
suelen comunicarse por galerías. En sus inmediaciones nace 
una ortiga diminuta y bravísima, llamada ortiga vizca- 
chera. Los particulares instintos de la vizcacha, su valen- 
tía y poder y el hospedaje (jue conceilc á la lechuza, han 
dado pábulo á la imaginación vulgar para que vea en ella 
y en sus costumbres algo de misterioso, y de ahí las visi- 
tas que se hacen entre sí las que viven en cuevas vecinas, 
sus danzas nocturnas, etc. 

Lleva el nombre de hornero 6 casero un pájaro amigo 
del hombre, cuyas casas busca para construir en sus cor- 
nisas, en los árboles que las rodean ó en los postes de sus 
corrales, un fuerte nido de barro que se asemeja exterior- 
mente á un horno de cocer pan. El pájaro no alcanza á 
tener una cuarta de longitud desde el pico a la punta de la 
cohu Tira esta al color rojo, d ¡íccho es blanco y el resto 
del cuerpo, en general, pardo aciinelailo. Poco más de me- 
dia cuarta tendrá el nido, cuya entrada, más alta que an- 
cha, se halla en un costado. Junto á uno délos lados de la 
entrada hay un labi(|ue, el cual deja en el fondo del eilifi- 
cio una abertura que comunica con el ajHisento en que hace 



264 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

el nido la pareja. El departamento contiguo, 6 que comu- 
nica directamente con la entrada exterior, les sirve para 
guarecerse de la intemperie y para evitar, con las dificul- 
tades que ofrece á los pájaros grandes, que los caranclios 
y otras aves de raj^iña les saquen los hijuelos. 

No hay una casa, en el campo, donde no se vea el casero 
ú hornero en los horcones, y en los postes y estacas de los 
corrales y cercados de los caminos. Hállanse al alcance de 
la mano los nidos del hornero; pero nadie, ni aún los mu- 
chachos, les sacan los huevos. Pájaro tan social y tan ha- 
bilidoso no había de carecer de alguna virtud extraordina- 
ria: en casa con nido de hornero no cae el rayo. Por 
eso y por otros beneficios que acarrea su presencia, suelen 
verse rosarios de nidos de hornero en las cornisas de las 
casas de las estancias. 

Por sus condiciones y hábitos, no por su aspecto, ni por 
la forma de su nido ni por su canto, aseméjase á la golon- 
drina el pájaro de que se trata. Una y otro son mirados de 
toda clase de personas con igual reverencia y cariño, y 
hasta análogas particularidades imaginarias refieren de en- 
trambos ^^\ De las golondrinas dicen que con su piquito 
sacaron las espinas de la corona que los judíos pusieron á 
Cristo en la cruz^-\ añadiendo que enmudecen los días 



(1) Da largas noticias sobre las propiedades y atributos de las go- 
londrinas, según las creencias de los antiguos, el P. Fr. Baltasar de Vi- 
toria en la 2.* parte del Teatro de los Dioses de la Gentilidad. 

(2) Fernán Caballero trae la siguiente canción popular: 

Que en el monte Calvario En el monte Calvario 

Las golondrinas Los jilgucritos 

Le quitaron á Cristo Le quitaron á Cristo 

Las cinco espinas. Los tres clavitos. 



(La Gaviota, novela original de costumbres espaiSolas.) 



CAPÍTUT.o xvrn. 265 

jueves y viernes de hi semana santa ^^\ Corre parejas eon 
esta preocupación la reinante en el Río de la Plata res- 
pecto de los horneros. El hornero, dicen, )io ir abaja en 
domingo. Si por acaso un liornero está trabajando en do- 
mingo, el vulgo alucinado hallará alguna razón que expli- 
que la causa de ello: por ejemplo, que habiendo llovido la 
víspera, durante una sequía, se ve precisado á quebrantar 
su costumbre rehgiosamente observada de antiguo, aprove- 
chando, para hacer su casita, el barro que formo el acci- 
dental aguacero, so pena de quedar sin albergue para sí y 
sus hijuelos. 

La golondrina rioplatense, llamada biyuí por los guara- 
níes, nombre imitativo de su canto, se parece, según Azara, 
á la de España en la modestia de su vestido, en volar con 
violencia, en el modo de beber y de pillar los insectos en 
el aire, en tener la boca ancha, el pico algo corvo, la cabeza 
plana, el cuello gi'ueso y corto, el ala tendida, y en que se 
ausenta en invierno, aunque la hay estacionaria. La domés- 
tica cría en los edificios, haciendo el nido entre sus vigas y 



(1) « — Ante todas cosas, liijo, ¡iitcrriiinpió la tía ^raímela, tenía 
pensamiento de preguntarte á tí, que has estado por allá (que es la 
tierra de las golondrinas), si es verclad que, tan parleras y cantoras 
como son, en llegando el jueves y el viernes santo no abren su pico 
y se están calladas como en misa? 

— bincha verdad que es, contestó el soldado. También yo lo había 
oído decir; y estando en Tetuán por la semana santa, me puse en ace- 
cho y notó que ninguno de esos animal itos, que totioa los días nos te- 
nían atolondrados los oídos (porque allí hay golondrinas para nublar 
el sol), ninguna se dejó oir: estaban tristes. 

— jAnimalitos de Dios! dijo enternecida la tía Manuela, que recor- 
daban y honraban más la pasión del Señor que esos salvajes infícics 
moros!* ( Pronic^a de un Soldado d la Vinjcn del Carmen por Fer- 
nán Caballero.) 



266 SUPEKSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

en los aguji^TOs de las paredes, prefiriendo, como más altos, 
los templos. Se posa con frecuencia en las cruces de las ve- 
letas, en los caballetes y en los alambres de los telégrafos 
y de los cercos. Acomete á todo pájaro que se acerca á su 
nido, persiguiéndolo sin dejarlo hasta que se ahuyenta. 
Aunque representa á la golondrina conn^ni de la península 
ibérica, difiere en el canto, que es más sencillo, y en su ma- 
yor poltronería, pues se posa con más frecuencia ^^\ Pare- 
cido al hornero es el que llaman Alonso García; pero no 
es el mismo pájaro, como Azara supone ^"-\ 

¿Qué aves más caseras y más mansas que la paloma y 
la gallina? La paloma, sin embargo, preocupa á las gentes: 
criada en una casa, no tarda en afligir con alguna desgracia 
á los miembros de una familia. Por lo visto no es la pa- 
loma tan inocente y candida como dicen. Cuando la gallina 
canta como gallo, es inme(hata la ruina del dueño de casa: 
afortunadamente lo hace muy rara vez. Adviértase que la 
fatahdad de que se trata, por lo que respecta á las palo- 
mas, solamente reza con las procedentes de Europa, pues 
las originarias de América son incapaces de hacer daño á 
nadie en ningún sentido. La paloma y la gallina son, en 
América, aves criollas, importadas primitivamente por sus 
nuevos pobladores. De más estará recordar cuánta admi- 
ración causara el 2>i'imer gallo que llevaron los españoles 
en el sencillo ánimo de los vasallos del Lica, quienes cre- 
yeron que su canto era una voz pura y envidiable, tan arti- 
culada y significativa como la que á ellos y á sus extraños 
visitantes les servía para conmnicarse. 

(1) Apiintamie7iios para la Historia Natural de los Pájaros del Pa- 
raguay y Pío de la Plata. 

(2) En la obra citada. 



CAPÍTULO XVIII. 2G7 

El avestruz, por sii magnitud y fuerza, por la particular 
atención con que mini, por sus condiciones y liá))itos no 
comunes, ha sido en diversas formas considerado de los 
indígenas. A parte del uso que hacían en general los indios 
todos de las plumas del avestruz en sus binchas y en otros 
adornos de sus personas, colocábanlas sobre los sepulcros 
de deudos y antepasados ciertas generaciones guaraníes ^^\ 
Los pampas y los aucaes, cuando se pro2^onían invadir las 
poblaciones cristianas y otras tolderías, consultaban, de 
tarde ó de noche, á sus adivinos. Clavaban derechamente 
en el suelo sus desmesuradas lanzas, revestidas hacia el 
hierro de un círculo de plumas de avestruz para espantar 
con su rápido movimiento los caballos del enemigo. Al pie 
de las lanzas sentábanse sus respectivos dueños, á sus es- 
paldas las indias, y al frente de todos presentábase el adi- 
vmo, con un cuchillo en la mano, que movía acelerada- 
mente á la manera del que está picando carne. Al propio 
tiempo entonaba el adivino su monótona canturía, acom- 
pañada por todos los otros, indios e indias. Al cabo de 
media hora, poco más ó menos, empezaba el adivino á 
suspirar y á quejarse clamorosamente, retorciéndose y ha- 
ciendo visajes, al compás del canto de los demás, que no 
cesa, hasta que, á la señal de un f(M*niidable alarido dado 
por el primero, callan todos y se levantan. El caciíjue 
entonces, que con un machete en la mano se halla á la 
derecha del adivino, sin mirarle á la cara, le pregunta lo 
que necesita saber. El adivino le responde, y todos le 
creen, persuadidos de que es (jualicho en cuerpo y alma. 



(1) El V. PchIio Ijozaiu), Historia de la CotuiuiMa del Parai/uay, 
Rio de la Plata y Tucmnán, 

19. 



268 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

quien introducido en su persona habla por su boca. Una 
vez hedías las consultas, ofrecen al adivino un huevo 
crudo de avestruz y agua. El adivino se bebe el agua con 
el huevo. Of récenle en seguida tabaco, y lo fuma. Con 
tales presentes regalan á gualícJio en la persona del adi- 
vino. Simula el adivino fuertes vómitos : es gualicho ; 
gualícJio, que después de haberse regalado con el huevo 
de avestruz y el humo del tabaco, se desprende y sale re- 
giamente del cuerpo del adivino, en medio del regocijo y 
algazara del pueblo reunido, que á gritos y echando fuego 
al aire lo saluda^^l 

Debajo de un algarrobo celebrábcinse los chiquis, que 
eran una de las fiestas ó borracheras de los indígenas 
de Catamarca y otras regiones vecinas á los Andes. Días 
antes de aquel en que tenía lugar la fiesta, salían los 
indios al campo á cazar liebres, guanacos, pumas y aves 
diversas que sacrificaban en torno del algarrobo,- árbol 
de ellos reverenciado, presentándole las cabezas de las 
víctimas. El avestruz ó suri (voz quichua) era el único 
animal que respetaban, exceptuándolo de la caza y del sa- 
crificio^"^. 

El vulgo, en el Paraguay, Misiones y Corrientes, regio- 
nes originariamente pobladas por generaciones guaraníes, 
tiene un avestruz imaginario, rojo, de fuego, que en los 
cerros y otros lugares levanta á veces la cabeza, sacudiendo 
sus alas. Llámanle ñandú tata (avestruz de fuego) ó ñandú 



(1) Diario del Capitán ~D. Juan Antonio Hernández (expedición 
contra los indios tegüelches, año de 1770), en la Colección de Obras y 
Documentos relativos á la Historia Anti(jiia y Moderna de las Provin- 
cias del Río de la Plata por D. Pedro de Ángelis. 

(2) Londres y Catamarca por D. Samuel A. Lafone y Que vedo. 



CAPÍTULO XVIII. 269 

puüd ('cweíitruz colorado), custodio y ministro de los teso- 
ros naturales, ó si no escondidos, que oculta el suelo gene- 
ralmente entre peñascos: mito en que transforma la mente 
vulgar cierta clase de fenómenos ígneos producidos por ac- 
ciones y reacciones químicas de determinadas materias que 
entran en la composición de la tierra en algunos parajes 
y que se manifiastan á través de su superficie ó bien por 
otras causas físicas accidentales. 

El paisano, en general, ve un indicio de buena ven- 
tura en el hallazgo de un huevo rj nacho de avestruz. Dícese 
guacho del animal tierno que no tiene madre, de la que, 
necesitándola aún para su crianza, está privado. Dícese 
igualmente, en sentido familiar, del huérfano, del niño aban- 
donado, ó que ha sido recogido por personas extrañas que 
lo cuidan y protegen. Aplícase también á cosas; y así se 
dice guacho del huevo que se halla solo y abandonado en 
medio del campo. Los primeros huevos que pone el avestruz, 
los deja abandonados en cualquiera parte del campo donde 
se ha visto precisado á desembarazarse de ellos: después 
forma la nidada. Quien, caminando, encuentra un huevo 
guacho en medio del campo, se apea del caballo, lo recoge 
ó alza, se lo lleva á su casa, le extrae el contenido por un 
agújemelo y lo cuelga 6 acomoda en lugar seguro: ése 
tiene la suerte en casa. Aseguran que cuando alguno anda 
con los huevos de la nidada, basta que solo llegue á mi- 
rarlos, })ara que el macho, que es (piien encoba, los abo- 
rrezca y abandone, y que enfurecido los esparza y haga 
pedazos á patadas. Ni hay necesidad, añaden, de que se los 
toquen: la sola acción de detenerse á contemplarlos, es 
causa bastante para (pie el padre los oilie y los desparrame 
y rompa. Para evitarlo, conoce el vulgo varios proce- 



270 SUPEESTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

dimientos simpáticos, en los que cree á pie jimtillas^^l 
El guhapayCy nombre compuesto de dos voces guara- 
níes que equivalen á pájaro hechicero, llamado también 
tingazú, en el Paraguay, donde, con ser su patria, abunda 
poco, no sale casi de las orillas de los bosques, su constante 
morada, ni baja al suelo, ni aun á las ramas inferiores de 
los árboles. La parte superior del cuerpo es de subido color 
de tabaco, el pecho y costados plomizos, negro el vientre, 
parda la punta de las alas y la de la cola blanca. No bebe. 
Tiene un grito alto y desagradable. Nadie come su carne, 
que dicen hace efecto de purgante. Es uno de los pájaros 
de más peregrina historia, por las muchas hechicerías que 
de él ha derivado el vulgo ^^ I 

El tayazugiiirá, del Paraguay y Misiones, es pájaro tan 
arisco, que huye del hombre á una milla de distancia. 
Quieren encontrar semejanza entre su voz y la del cerdo ; 
y de ahí el nombre que lleva, compuesto de dos voces gua- 
raníes que significan pájaro- cerdo. Es pájaro de mal 
agüero : cuando pasa volando por sobre alguna casa y da 
un grito al mismo tiempo, indica que en ella ha de morir 
en breve alguno de sus habitantes ^^ I 

El caburé y el urutaú, urutao ó cacuí, que habitan el 
norte de la cuenca del Plata, son pájaros celebérrimos, pá- 
jaros dotados de virtudes singulares, pájaros obradores de 
maravillas sin cuento. Particularmente en materias de 
juego y amor, el caburé y el urutaú ó cacuí no tienen 
igual en el mundo. 



(1) Véase Cap. XXI y siguientes. 

(2) Azara, Pájaros del Paraguay y Rio de la Plata. 

(3) Azara, Pájaros del Paraguay y Río de la Plata. 



CAPÍTULO xvni. 271 

El juego y el amor lian sido constantemente el asunto 
ordinario de los heclii/os y el princi})al objeto de los talis- 
manes. Ser afortunado significa entre el vulgo, por lo ge- 
neral, ganar con frecuencia en el juego y triunfar con faci- 
lidad en los lances de amor. Bien entendido, por supuesto, 
que, al decir el juego, en este caso, no se alude á los de 
mero pasatiempo ó recreo, ni á los que tienen por objeto 
el desarrollo de las fuerzas corporales ó la soltura y agili- 
dad ; sino al juego á que muchos se aficionan apasionada- 
mente con el fin de ganar dinero ú otras cosas de utilidad 
6 de precio á favor de la caída de un dado ó de la aimrición 
de un naipe, ¡mvando á otro de lo que posee, hasta el 
punto (si á mano viene) de dejarlo arruinado, en la calle, 
en cueros, á la manera de dos duelistas ( como dice un elo- 
cuente jurisconsulto) que procuran recíprocamente quitarse 
la vida^^^. YX paisano ú hombre del campo juega á veces 



(1) D. Joaquín Escriche, Dicciowirio Raxonado de Legislación y 
Jurisprudencia. «Acercaos, añade, una vez en vuestra vida á una casa 
de jueiío, y veréis allí muchos hombres amontonados y silenciosos 
esperando con ansia y terror que sa]<^a un rey, un rey el más arbi- 
trario y déspota de cuantos han existido jaini'is sobre la tierra, un rey 
loco, ciego y sordo-nmdo que rei)arte el bien y el mal sin justicia ni 
razón, un rey, sin embargo, tan desi-ado como el ^íesías, un rey á (luien 
ellos mismos, los mismos que le esperan, enemigos tal vez de todos 
los reyes, han hecho á sabiendas dueño absoluto de sus fortunas y de 
sus vidas, un rey, pues, de inmenso poder por nadie contestado, y 
íí quien nadie ha hecho traición ni usurpádole A trono, un rey, por 
fin, pintado en un cartón, el reí/ de copas ;. ... y lijos y enclavados en 
él los desencajados ojos de la confusa nudtitud, descubre al cabo su 
cabeza el rey abigarrado, con despecho de los unos y sonrisa diabó- 
lica de los otros: aparece el tan esperado cotno ttMuido rey de copas; 
y con sólo aparecer, sin discusión de Cortes ni auxilio de ministros 
responsables, transfiere de golpe ii éstos el oro de aquéllos para (piitái*- 
selo mañana, y despoja á aquéllos del fruto d.- los ahorros y econo- 
mías de sus antepasados para no devolvérselo januís, porque ivsí es 



272 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

hasta la camisa: juega primero sn plata (su dinero); luego 
juega sus pilchas ó prendas, su poncho, su recado de mon- 
tar, su apero (maneador, lazo, boleadoras), su chapcao 
(arreos con chapas de plata), su caballo (que es, para él, 
quedar sin piernas), sus botas, su facón ó cuchillo (que es 
como si le cortasen la mano derecha), su chaleco, etc. ^^^ 
Los más acaudalados comerciantes del Paraguay se vieron 
reducidos á la mendicidad en la luctuosa época de la dic- 
tadura perpetua de D. Gaspar Rodríguez de Francia, por 
causa de las medidas tiránicas y desatentadas y persecu- 
ciones implacables de aquel dés]3ota sombrío y feroz, que 
envilecía á los hombres terrificándolos para siempre. A fin 
de remediar su indigencia, no teniendo otra cosa en qué 



su voluntad y buen placer, conculcando los principios del derecho 
natural y del derecho escrito, que no permiten dar á uno lo que es de 
otro, como ciertos gobernantes conculcan con idéntico resultado la 
Constitución y las leyes que con gritos hipócritas proclaman. Llé- 
vanse á efecto, sin embargo, ejecutivamente los bárbaros decretos del 
inexorable rey de copas; y cien fortunas desaparecen, y cien casas se 
hunden, y cien familias lloran su desgracia; y tal vez los jugadores 
que ya no pueden dar pan á sus hijos, ni vestido á sus esposas, se 
lanzan en la carrera del crimen, 6 acallan sus remordimientos con el 
suicidio, ó se revisten de la máscara de patriotas y asaltan los desti- 
nos públicos para reparar sus descalabros. » 

(1) «Para jugar á los naipes, á que son muy aficionados (los cam- 
pestres del Río de la Plata), se sientan sobre los talones, pisando las 
riendas del caballo para que no se lo roben, y á veces con el cuchi- 
llo ó puñal clavado á su lado en tierra, prontos á matar al que se 
figuran que les hace trampas, sin que por esto dejen ellos de hacerlas 
siempre que puedan. Aprecian poco el dinero, y cuando lo han per- 
dido todo, nmchas veces poniéndolo á una sola carta, se juegan la 
ropa que llevan puesta, siendo frecuente (Quedarse en cueros, si el que 
ganó no le da algo de la suya, si es peor que la del que perdió. Las 
pifl/jcrías ó tal)erMas que hay por los campos son los parajes de reu- 
nión (le esta gente. * ( Descripción á Historia del Paragucuj y del Río 
de la Plata por D. Félix de Azara.) 



CAPÍTULO xvirr. 273 

ocuparse, se dedicarou unos á liilar algodón para hacer 
lienzo, manufactura usual en los pueblos de indios (pie en 
ello se ocupaban de antiguo, y otros, no pocos, se entrega- 
ron al juego de naipes. Habiendo llegado á faltar los nai- 
pes y el papel con que hacerlos, echaron mano, para su- 
pHrlo, (le los libros impresos. Una gran cantidad de obras 
de todo g(jnero de materias, inclusas las que se conserva- 
ban en las Ijililiotecas de los conventos, fueron convertidas 
en cartas de baraja por los harajcros (que así llamaban á 
los fal)ricantes de naipes) de la Asunción ^^\ 

Propende el hombre á considerar en todo hecho, en todo 
lo (|ue ocurre, aunque evidentemente no se deba sino al 
acaso, una razón que lo justifique: un factor consciente, 
una inteligencia, una voluntad superior que otorga ó niega 
los dones que de ella se esperan. El destino y la fortuna, 
la ciega y caprichosa fortuna, son divinidades gentílicas 
que el vulgo, siguiendo su lógica tradicional, baraja y em- 
pastela con los dogmas y preceptos del cristianismo. Por 
eso el jugador, cuando pierde, maldice de la divinidad: re- 
niega de Dios, de la virgen y de los santos. El Rey D. Al- 
fonso X de Castilla dedica la piimera de las disposiciones 
del Onlcnaiiíicnio do las Tafurcrías^ ó casas públicas de 
juego de suerte y azar, al castigo de los blasftnnos. El (]ue, 
dice, jugando á los dados, descreyere, })ague (peche) por 
la primera vez seis maravedís de oro^ por la segunda doce, 
y por la tercera córlenle dos dedos de la leníjua en fra- 
vicso. Si no tuviere con que pagar la multa (tlianiia), jx)r 



(1) Descripción Histórica de la Antiuua Prorincia del Paragnat/ 
por D, Maiiano Antonio Molas, pul)l¡('n(la por v\ Or. 1). Ani^el Jus- 
liiiiaiu) Carranza. 1 hunos Airvs, lyOS. 



274 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

la primera vez denle treinta azotes, por la segunda cin- 
cuenta, y por la tercera córtenle la lengua del modo que 
queda indicado. Siendo ricohombre ó hidalgo el que des- 
creyere en el juego de dados, la tercera de las penas ante- 
dichas no se le aplicaba, quedando al arbitrio del rey su 
castigo. Todos los que concurrían á las tafiirerias ó gari- 
tos, todos sin excepción, cristianos, judíos ó moros, por po- 
bres, por desnudos que fuesen, eran hábiles para declarar 
contra el acusado; puesto que todos, los buenos y los ma- 
los, los mejores y los ^peores, todos eran iguales en cuanto 
tafures, y porque se entiende que tafur debe provar so- 
bre tafur. Al tahúr que testimoniare falso se le condenaba 
á permanecer en la picota, en medio de la plaza principal 
de la villa ó ciudad, desde la mañana hasta el mediodía, 
con dos dedos de la lengua en travieso fuera de la boca ^^\ 
Suaves por demás eran las penas en la décimatercia cen- 
turia. 

Poco seguro de la protección de la divinidad por sus 
pecados, hase entregado buenamente el hombre, aun en los 
pueblos cristianos, á las solicitaciones de la magia. Se ar- 
mará, si tiene feUz ocasión de obtenerla, de una guayaca 
que dicen en el Río de la Plata á una bolsita de cuero ce- 
rrada de un modo impenetrable á los ojos del curioso, la 
cual guarda y oculta un talismán constituido por una nó- 
mina, llamada escrito por el vulgo, y diversos objetos baladíes 
combinados de secreta manera ó comjncestoSj como alumbre, 
mercurio, agujas partidas, plumas de pájaro, etc. Dan el 
nombre de compostura, en la materia de que se trata, al 



(1) Oi-(knamicnto de las Tafurerias hecho por el maestre Roldan 
de orden del Rey Don Alonso X de Castilla. 



CAPITULO xvrn. 275 

arreglo y consagi-ación de un talismán por medios cabalís- 
tico? que usa el vulgo y ha usado el mago indígena de 
America desde una é[)Oca anterior á la conquista, á seme- 
janza de lo que sobre el particular se ha practicado y se 
practica en el Oriente y en el Egipto ^^\ Lo propio tratán- 
dose de la preparación de hechizos y de amuletos. La ex- 
presada voz (juayaca es originaria del Perú, que significa 
bolsa ó costal ^"^; y en la preocupación de que se trata, se 
da especialmente ese nombre al todo, al continente y al 
contenido, ó sea, al talismán. Quien lleva al pocho, pen- 
diente del cuello, una guayaca, ese va ó anda acompa- 
ñado: tiene un compañero que le favorece y patrocina en 
todas las ocasiones y peligros de la vida. Bi va huyendo 
de un enemigo poderoso ó de la justicia, le librará de caer 
en sus manos : le hará, si es necesario, invisible á sus ojos. 
En negocios de juego y amor, no hay para que decir que 
sakh'á siempre victorioso. Pero no todos, sino muy pocos, 
muy privilegiados son los que poseen una guayaca, ¿Cómo 
remediar su falta? Muy sencillamente: con las plumas del 
caburé ó del urutaú. Al encanto que encierran, á la mara- 
villosa virtud de (pie están animadas, se le da el nombre 
guaraní depa?/6' ó el quichua castellanizado de huacanquc 
ó guacanquc. Aun en los países primitivamente poblados 



(1) El talisnuiii tk'hc estar consagrado, que es conuinicarle la 
necesaria eficacia mediante la í)alal)ra y la acción: ceremonia es- 
pecial de la ma^ia. C'ompóneide diversos metales, según los plane- 
tas á que responden. ( Véase Papus, Traite KU'mctitairc de Majic Pla- 
tique.) 

(2) «Y echó canlidad dello en un costalejo ó guanara, que ellos 
dicen. ^ ( Ixclacióu del Cerro de I\)/t>si // su descuhriuiieuto inserta en 
la ohra titulada lielacioues (ieo</ni/iras de Indias publicadas por el 
Ministerio de Fonu'uto. Madrid, 188;').) 



276 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

de generaciones guaraníes, como el Paraguay, Misiones y 
Corrientes, y en donde todavía habla el vulgo (mestizos y 
blancos) la lengua guaraní mezclada con la castellana, una 
y otra estropeadas lo que se puede suponer, acostumbran 
decir huacanque, sin excluir por eso la voz guaraní ])ayé, 
á todo liecliizo, brujería ó cosa de encantamiento. Hitacan- 
qiii (forma primitiva del vocablo), haciendo el oficio de 
verbo, dice relación á los enamorados en cuanto lloran los 
tormentos que en sus pechos ocasiona la pasión que los 
mueve ^^\ Pero como nombre sustantivo significa huacan- 
qui un género de hechizos y talismanes ó nóminas del 
demonio que usaban y daban á otros los hechiceros del 
Perú, á intento de aficionar y rendir mujeres y hombres á 
la voluntad de enamorados corazones. Consistían estos 
huacanquis en ciertas figuras hechas de plumas de pája- 
ros ó de otras cosas varias ^^\ Tenían una guaca 6 dios 
de los amores, á quien hacían sus consultas : formábanle 
de unas pedrezuelas, blanca una y negra la otra, en dispo- 
sición semejante á la de dos personas que están abrazán- 
dose. Decían hallarlas cuando cae con gran estrépito un 
rayo, que era quien las traía á la tierra ó engendraba. Ven- 
díanlas, dando al adquirente las instrucciones que debían 
observar para su uso. Este talismán, además del nombre de 
huacanqui, llevaba el de cuyancarumi. Poníanle en una 
cestilla de plumas azules y verdes del tunqui y del pilco, 
entre harina de maíz, hojas de coca y hierbas olorosas -^^ 



(1) El Inca Garcilaso do la Vega, Comentarios Reales del Perú. 

( 2 ) YA V. Bernabé CoIjo, llisloria del Nuevo Mundo. 

{'6) Memorias Antiguas Historiales y Políticas del Perú por el Li- 
cenciado D. Fernando de Montesinos. «En estos amiUetos (dice 



CAPÍTULO xvin. 277 

Sacrificaban pájaros de la puna ó tierras altas y frías 
de las regiones vecinas á la cordillera de los Andes, pro- 
firiendo en el acto de la ceremonia deprecaciones enca- 
minadas á atraerse los favores del cielo y á alejar el mal 
de sus hogares. « Piérdanse, decían, las fuerzas de las (jua- 
cas de nuestros enemigos. » ^^^ El termino <juacas esta 
aquí usado en el sentido de inteligencias ó deidades repre- 
sentadas por los ídolos, de toda ¡potestad que, ad(jrada 
por generaciones enemigas, era para los conjuradores ma- 
léfica. 

Los indios del Perú adoraban al cóndor, por su gran- 
deza, y de el y de las águilas presumían descender algmias 
generaciones. Adoraban á los halcones, por su ligereza y 
por su industria 2)ara la caza de que se sustentan. Adora- 
ron al Ijulio, cuyos ojos y cuya cabeza los tuvieron por muy 
hermosos. Adoraron al nun-ci^lago, por la sutileza de su 
vista en percibir de noche los ol)jetos^-\ También a la 
gentilidad griega y romana le parecieron muy lindos los 
ojos del buho, ojos singularmente envidiados de las demás 
aves, que se le acercaban para arrebatárselos con el pico. 
El buho ( á pesar de ser ave de mal agüero), del propio 
modo que el })av6n y el ánsar, fueron consagrados á Juno, 
así como el águila á Júpiter. Asimismo, con no menor 
semejanza á las costumbres de latinos y griegos, los indios 
del Perú tenían sus aríolos 6 agoreros (propiamente los 



D. Marcos Jiménez de la Espada en una nota del pasaje á que ?e refiere 
la eita prcn-edentc) entraban, y aun entran hoy, prineipalniente, plumas 
(le <¡inn(is (tominejos ó picaflores).^ 

(1) Kl V. José (le A costa, Iliatoria Xatural v Moral de laa 
In(¡iai<. 

(2) 1^1 ínea Gareilaso, Comcnt. Iical. del rcru. 



278 SUPEESTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

hnahic j los wmis, j también los amantas ó sabios), que 
por la observación del vuelo de las aves y por la de las 
entrañas de los animales predecían los casos futuros y des- 
cubrían los presentes ignorados ú ocultos ^^\ 



(1) Ilelaciüti (anónima) de las Costumbres Antiguas de los Natu- 
rales del Pirú, en la obra Tres Relaciones de Antigüedades Peruanas 
publicadas por el Ministerio de Fomento (Madrid, 1879). 



CAPITULO XIX. 

Maravillosas virtudes del caburé. 



Sumario. — Descríbese el caburé. — Ferocidad y fuerza del caburé. — 
El caburé atrae (terrífica y entuíucce) á los demás pájaros. — 
Condiciones de un caburé enjaulado. — Deducciones que saca el 
vulgo de las cualidades y hábitos del caburé. — El vulgo juzga 
atendiendo á la analogía de causas y efectos. — Fuerza atractira 
del caburé. — Virtudes varias del caburé y sus plumas. — Gua- 
canques ó talismanes indígenas. — Auto -sugestión. — El caburé }* 
laíj jóvenes casaderas. 



El caburé ó cahurcy es una pequeña ave de rapiña, de 
color castaño con algunas manchas blancas, especialmente 
en el pecho y dos oscuras en la parte supeiior del cuello. 
Tiene la cabeza grande á proporción del cuerpo (de unos 
diez centímetros), las patas fornidas, las uñas muy agudas. 
La 2^upila es negra, amarillo el iris, la mirada feroz cuanto 
serena. Hal)ita en los bosques de las regiones septentrio- 
nales de la cuenca del Plata: Entre Ríos, Kío Grande del 
Sur del Brasil, Corrientes, Paraguay, Misiones, Chaco. Su 
nombre guaraní, caburé ó caburcy, hase c<istellanizado, y 
no se le conoce por otro. 

Devora las demás aves que })illa, prefiriendo sin embargo, 
por más tiernas, las más pequeñas. Les come generalmente 
las entrañas y la cabeza; pero eso en estado de libertad, es 



280 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

decir, cuando la abundancia de víctimas le permite har- 
tarse con lo que más apetece de ellas. De lo contrario, 
todo lo aprovecha. Encerrado en una jaula, devora los paja- 
rillos que se le ofrecen, no dejando más que las canillitas 
y algunas plumas á ellas pegadas. Parece gustar mucho 
del chingólo, pajarillo cauteloso. Los hombres del campo 
dicen, para reprender la excesiva prudencia ó meticulosi- 
dad de una persona: j9or desconfiado, mata al chingólo el 
caburé. 

Cuando el caburé quiere saciar su voracidad, pósase en 
la rama de un árbol elevado, da un grito dominador y 
penetrante y mira rápidamente á su alrededor. Los pájaros 
que se hallan al alcance de su voz y todos aquellos á quie- 
nes dirige la mirada, se aterran y entumecen: no pueden 
huir, ni volar sueltamente. Antes al contrario, como atraí- 
dos de un imán, se encaminan hacia el caburé, saltando de 
rama en rama y pasando con torpe vuelo de uno á otro 
árbol, hasta que llegan y se posan en el mismo en que él los 
espera inmóvil. Por eso dice la gente del campo que el 
caburé atrae con su canto y con su vista á los demás pája- 
ros de la selva ó monte en que ejerce sus tiranías. Allí 
donde se ve revolotear y piar en torno de un árbol multi- 
tud de pájaros (centenares á veces), no hay duda de que 
un cabm'é se apresta á sacrificar algunos vivientes. Tan 
luego como los tiene á todos reunidos, se abalanza con im- 
petuosidad al que intenta devorar, y, matándole, le deja 
caer al suelo. Hace esto con dos ó tres pájaros de su pre- 
dilección, y en seguida desciende á comer la cabeza y 
entrañas. 

Los campesinos aseguran qu(} el caburé mata aun á las 
aves mayores y de más fuerza, como el águila, metiéndose- 



CAPÍTULO xrx. 281 

les debajo del ala y arrancándoles las entrañas. Pero tal 
idea no pasará de una ilu.-ion o de una sospecha; pues el 
caburé, que vive en regiones poljladas de aves de todas 
clases, no tiene para qué disputar al águila sus presas, ni 
el águila á él las suyas. Cada uno ha sus gustos y su tea- 
tro y modo de proceder para mantenerse y regalarse '^^l 

Dos pajarillos, por mansos que sean, al encontrarse de 
repente en una jaula, se asustan y tratan de huir ó se 
pelean. Con el caburé sucede lo contrario. El caburé per- 
manece inmóvil é indiferente. El paj arillo se le acerca, se 
para á su lado, lo acaricia, lo expulga, se le sube sobre el 
lomo, lo besa, y hace en suma cuanto puede por merecer, 
digámoslo así, el perdón de la vida, como si abrigara la 
esperanza de moverle á compasión y misericordia. Entre- 
tanto el caburé permanece inmóvil é indiferente, como si 
nada observase. 

El caburé, mientras le miran, parece no hacer caso del 
pajarillo que le acompaña. Mas como se halle sin un tes- 



(1) «^ Nunca lo he visto al sur de los 29 grados. No es muy escaso, 
y habita los bosques grandes, posándose de la medianía para abajo 
de los árboles, prefiriendo ramas tronchadas ó de pocas hojas, sin 
ocultarse, ni huir aunque le pasen muy cerca. Es solitario, sin conocer 
diferencia sexual ; y no hay aquí quien no diga y asegure que tiene 
la habilidad y atrevimiento de introducir>e bajo <lel ala de todos los 
pájaros, sin exceptuar los yacús y caracarás, y de pegárseles y comer- 
les el costado hasta matiU'los. ^luchos hombres de verdad aseguran 
esto, y haberle visto matar á dichos pájaros, y aun á los pavos caseros 
del referido modo. Sin embargo sobé en mi cuarto un yaeú vivo y 
una gallina; pero no los embistió un caburé que tenía suelto y había 
sido cogido adulto, era fiero, y tem'a iiambre. Pero quizás el verse 
encerrado le quitó el atrevimiento. Como quiera yo he mantenido 
algunos, y me parece que no hay pájaro más vigoroso á proporción 
del volumen, ni más feroz é ¡ndomest¡cal)le. » (Azm*a, IMJaroa ílcl Pa- 
raguay y Rio de la Plata.) 



282 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

tigo que pueda obstar á su acción carnicera, no tarda en 
apoderarse de su víctima y en arrancarle las entrañas. Sor- 
prendido en el acto de la carnicería, si está posado en el 
palillo de la jaula, suelta con disimulo la presa. Si en lugar 
de estar posado en el palillo de la jaula, se halla en el 
suelo, entonces, en el acto de sorprenderlo cometiendo el 
delito, tiende rápidamente un ala y oculta tras ella el pa- 
j arillo ya muerto ó moribundo. Si está vivo aún, lo suelta 
también como en el caso anterior, para que vean que no le 
ha hecho mal. El caburé tiene, en suma, todas las trazas 
de un criminal taimado. 

Los instintos feroces del cabure le acompañan hasta el 
último instante de su vida. Podrá estarse muriendo; pero 
siempre tendrá ánimo y fuerzas para cometer un asesinato. 
La presencia de una víctima lo enardece, le hace revivir. 
Un caburé enjaulado había muerto multitud de paj arillos. 
Privósele de esta satisfacción, por lástima de las víctimas. 
El caburé, aunque comía lo que le daban, empezó á en- 
tristecerse á los pocos días. En seguida viósele decaer pres- 
tamente y acoquinarse, encrespadas las plumas, en un rin- 
cón de la jaula. Se le sacó de la jaula y se le puso entre 
unas plantas, á ver si revivía. Nada pudo conseguirse, que 
estaba ya moribundo. Púsosele entonces de nuevo en la 
jaula; y volvió á encogerse en un rincón, cerrados los ojos. 
Tentando todos los medios, echóse un paj arillo dentro de 
la jaula. Sentirlo, incorporarse, abrir bien sus grandes ojos, 
abalanzarse á él y arrancarle las entrañas, fué todo uno. 
Pero no lo comió; pues no tenía fuerzas para más. Tornó 
al rincón de la jaula, muriendo tranquilamente en seguida 
con su víctima en las unas. 

La gente campesina, juzgando por analogía, como acos- 



CAPÍTULO XIX. 283 

tumbra, para formular sus deducciones, atribuye al cabnre 
y ¿í sus plumas Li facultad de atraer personas y cosas. La 
mirada, el grito, la fuci'za, la ferocidad y el [)restigio del 
cabure, que terrífica y entumece los miembros de todas las 
otras aves, que las atrae, como el imíín al acero, son, para 
el hombre inculto, condiciones especiales de un ser raro, 
que sale del orden ordinario á que están sujetos los demás 
de su género. 

El hombre ignaro no concibe los efectos fisiológicos del 
terror, que produciendo el entumecimiento de los miembros 
motores, de las piernas, brazos, patas y alas de los seres 
terrificados, les impide sustraerse á la voluntad ó instinto 
carnicero del agente que los avasalla. Cree que, en el caso 
de que se trata, la acción del caburé envuelve una fuerza 
atractiva irresistible. Sin conocer las teorías del magne- 
tismo animal, que suponen en el agente ú operador una 
fuerza análoga á la del imán, (|ue se desarrolla mediante la 
mirada y los pases, produciendo en el paciente el adorme- 
cimiento y paralización de las funciones vitales, el campe- 
sino rioplatense quiere ver en la acción del caburé á una 
especie de magnetizador que atrae y sujeta á su albedrío 
á todos los otros pájaros. Los fenómenos naturales y psí- 
quicos son en todas partes idénticos. La atracción univer- 
sal, la atracción del imán, la atracción que la voluntad, la 
mirada, la acción del hombre, el instinto, la ferocidad, las 
propiedades de ciertos animales ejer.*en en determinados 
seres vivientes y en las cosas, proceden, á los ojos del vulgo, 
como siempre acaece en las sociedades primitivas, de una 
causa sobrenatural é inconi])rensibl(». Por eso en totlas las 
épocas y en todas las regiones del globo ha usado el hom- 
bre de iguales procedimientos en su modo de aplicar á la 

20. 



284 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

vida liumnna las supuestas virtudes de las cosas en que 
observaba uno de esos fenómenos extraordinarios ó nota- 
bles. La analogía es el procedimiento más sim2:>le, más 
adecuado á una comprensión infantil. Ese es el criterio por 
que se guía el hombre primitivo, el vulgo ignaro. La 
magia y la ciencia oculta del Oriente y del Egipto en el 
estriban, como que su origen no es el análisis ni la obser- 
vación razonada, sino pura y simplemente la perceiición 
material y un concepto intuitivo, verdadero ó falso, de las 
causas y fenómenos naturales. De ahí que se advierta en el 
modo que tienen los campesinos rioplatenses de considerar 
las cualidades e instintos del caburé y en la aplicación que 
hacen de ellos á los casos y accidentes de la vida, una 
completa semejanza con el modo que tienen de pensar y 
de conducirse, en iguales circunstancias, las generaciones 
selváticas, el vulgo inculto de todas las regiones del globo, 
y los magos ó hechiceros ó ministros de la divinidad (gen- 
tilica, se entiende), así del Asia y del África, como de la 
antigua Euroj^a y del Nuevo Mundo. 

El que tiene un caburé, ó solamente tres de las plumas 
del ala, puede darse por satisfecho: todo le saldrá bien. El 
caburé, ó sus plumas, atraen cuanto de bueno hay para el 
hombre. No tardará su venturoso posesor en sacarse la lo- 
tería, si acostumbra comprar números. El pulpero guardará 
en el más elevado de los est mtes de su casa de negocio un 
lío que contenga las susodichas plumas de caburé. Así 
como el caburé atrae y reúne en torno de sí á todos ó á 
la mayor parte de los pájarus de la comarca en que anida, 
de la propia manera el comerciante de la campaña logrará 
ver frecuentada su bien abastecida pulpería de muche- 
dum}>re de vecinos y transeúntes que dejarán su 'plata 



CAPÍTULO XIX. 285 

sobre el mostrador á cambio de un vaso de caña, de yerba, 
de azúcar, de tabaco, de un rebenque ó un cojinillo, de 
un facón,, de unas Ijotas 6 de un cinto, pagados á peso 
de oro. 

Las chinas (indias 6 mestizas), generalmente amance- 
badas, no quieren saber de cal)ure-', cuando se hallan en 
cinta, próximas á dar a luz el fruto de su amor. Están per- 
suadidas de que, en teniendo dentro de su casa un cabure 
ó sus plumas, cuando paren, se les llena la casa de r/auchos, 
ó sea de homl)res del campo más ó menos vagabundos ú 
ociosos. El cabure 6 sus plumas atraen á los curiosos, que 
naturalmente molestan á la paciente, quien, por muy su- 
frida que sea (como lo son las chinas en casos tales), pre- 
ferirá estar sola ó acompañada de su comadre ó de algunas 
amigas. Malicioso \)<^v demás se muestra el cabure con las 
chinas parturientes. 

Las venturosas plumas del cabure, llevadas en el bolsillo 
del chaleco ó en el seno, pendientes del cuello en una gua- 
yaca, con ó sin conipostura, pues ellas por sí solas tienen 
virtud í-uficiente para el efecto, aseguran el triunfo en los 
lances de amor más difíciles 6 imposibles. El afortunado 
que las lleve consigo, por lo (pie al amor atañe, espere ser 
correspondido de la nnijcr que le apasiona: no desdeñará 
sus palabras de afecto la más esquiva de las hermosas. 
Ya se ha visto ^^^ que, al })ropio intento, los hechiceros 
peruanos proporcionaban á los amantes unos talismanes de 
cuyo secreto maravilloso solameníe ellos eran poseedores. 
Llamábanles ¡niacanqni, voz (piichua (pie, castellanizada, 
convirtióse en huacanqiic y gnaca/iquc. L'd (/uayaca, que 

(1) Cap. XVIII, p;í- 270. 



2 86 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

en general significa bolsa ^^^ y en el caso especial de que se 
trata equivale, por sinécdoque, á talismán, guardaba de un 
modo inviolable el Jmacanque, que se componía, entre otras 
cliuclierías, de plumas de pájaros ^'^\ á la vez que de nóminas 
y de signos y figuras, ideado todo por la malicia é industria 
del nigromante. ¿Cómo, habiendo extendido los Incas su do- 
minación, su lengua, sus creencias y sus costumbres al lado 
oriental de los Andes, en las vastas regiones del Chaco 
donde mora el caburé, no habían de entrar en los huacan- 
quis de sus magos las preciadas plumas de este pájaro ma- 
ravilloso? Cierto que las plumas del caburé son mágicas de 
suyo, que no han menester de liuacanque extraño para 
obrar sus maravillas ; pero también es notorio que añadida 
la consagración y compostura será mucho mayor ó más 
cierta su eficacia. Las solas plumas del caburé (y lo propio 
cabe decir de las del urutaú) en muchos casos fallarán, por 
la poca ó ninguna fe de su poseedor. Pues esa fe que le 
falta al dueño de las plumas, la suplirá la guayaca guar- 
dadora del huacanque 6 payé infundido en ellas por medio 
de la compostura, si, ya que no cree lo suficiente en la 
magia de las plumas, cree, cuando menos, en la que encie- 
rra la comp)Ostura. Porque no hay que perder de vista en 
todas estas cosas de brujería y nigi'omancia que la fe desem- 
peña en ellas un papel de superior importancia. Es, en 



( 1 ) Guayaca significa también especialmente en el Río de la Plata 
la bolsita de cuero en que el hombre del campo guarda su tabaco y 
avíos de fumar, su dinero, etc. Tiene asimismo esta voz otras acep- 
ciones comprendidas en el sentido general de bolsa. 

(2) «Eran estos huacanquis ciertas figuras obradas de plumas de 
pájaros ó de otras cosas diferentes.» (El P. Bernabé Cobo, Historia 
del Nuevo Mundo.) 



CAPÍTULO XIX. 287 

C'lla.s, la fe su principal y casi único factor. Efectivamente 
el que lleva consii^o las plumas de cabure, con la fe nece- 
saria, va bien acompañado. Lleva consigo una compostura 
que en la generalidad de los casos le dará la victoria. 

Emprenderá su canq)aña con la seguridad del resultado, 
por la fe que tiene en el huacanquc ó payé que le acom- 
paña. Un fenómeno de auto -sugestión le infundirá con- 
fianza en el éxito, haciéndole más resuelto, más audaz, y 
como en general se trata, por supuesto, de esos amores en 
que se cuenta para el triunfo con la flaqueza del sexo en 
2)ersonas que navegan sin norte seguro en el mar de la 
vida, es cosa indubitable que conseguirá más fácilmente lo 
que and)iciona que aquel que, en igualdad de circunstancias 
personales, formule tímidamente su pretensión, ó ante obs- 
táculos serios, al parecer, pero en realidad sólo ai)arentes, 
retroceda y abandone la enq)resa. Tal es Va fuerza atrac- 
tiva de las plumas del caburé. Dicho se está (pie no siem- 
pre en tan condenables aspiraciones se a2)lica la virtud de 
atracción que tienen las codiciadas plumas. Úsalas asi- 
mismo el (pie está verdaderamente enamorado de la belleza 
y prendas personales de la nuijer á cuya mano aspira; 
pero que teme no ser correspondido, ó sabí» ó presume que 
otro le disputara, tal vez con mejor fortuna, la preferencia. 

]^]1 caburé busca las selvas. Huye de los centros de po- 
blación. Hay que [)eregrinar })ara dar con él, y no pocos 
esfuerzos y constancia ha menester (juien intenta cauti- 
varle. Por eso i-ara vez se le ve en manos del hond)re, y 
quien logra tres dí^ las plumas del ala, guárdalas c(uno oro 
(MI ])ano. ¡Tiástinia grande! Hi tuvit'^ram(V el caburé más á 
mano, no babría bicho vivi(>níe que, (juieras no ipiieras, 
rehusase cMitregar l)on¡tamente el cuello al yugo del ma- 



2SS SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

ti'iiiionio. Las jóvenes solteras no temieran quedarlo para 
siempre, no les alarmara la tristísima perspectiva de con- 
templarse condenadas ala monótona tarea de vestir santos. 
Con las plumas de un caburé, escondidas en el palpitante 
seno, tendrían un novio a pedir de boca. Hasta llegaríamos 
á borrar del diccionario de la lengua castellana el término, 
ya entonces sin aplicación posible, de solterona. ¿ Quién, 
teniendo en su mano el medio fácil de evitarlo, había de 
querer serlo á la postre, por mucho que en la edad de las 
candorosas ilusiones hubiese querido aparecer desdeñosa? 
¿Quién, siquiera alguna vez en su vida, no ha sentido fla- 
mear en su pecho el fuego de la pasión que arrastra y en- 
cadena? ¿Quién, por más que fuere, como de la hermosura 
sin sentimiento dijo el poeta ^^\ 

Estatua muda que la vista admira 

Y que inseijsible el corazón no adora? 

El fuego suave y puro del sentimiento, la magia de los 
afectos en un alma delicada, son el huacanque maravilloso 
que, esmaltando la belleza, cautiva, atrae con fuerza casi 
irresistible las voluntades. 



(1) D. Manuel José Quintana en su oda A la Jicrmosura . 



¿Tanto vale el sentir? ¿Á tanto alcanza 

Su divino poder? Ojos herniosos, 

Sabed que nunca parecéis más bellos, 

Sabed que nunca sois más poderosos, 

Qu(,' cuando en vos se mira 

K\ vivo afán que el sentimiento inspira. 

Sin 61, ¿qu6 es la beldad? Flor inodora, 

Estatua muda que la vista admira 

Y que insensible el corazón no adora. 



CAPÍTULO XX. 

Origen mítico y excelencias del urutaú. 



Stmahio. — Xoainl)iú y Cii¡nil)aé se aman. — Los padres de Neanibiú 
opóneii.-e á «u casamiento. — Desaparece Xeanibiií. — Pierde la 
sensibilidad y el habla. — Hallada en los montes del Iiíiia/.ú, 
esfuerzan se en vano por restituirla al seno de su familia. — Con- 
súltase al adivino Aguará- Payé. — Condiciones de Aguará- Payé. 

— El adivino Aguará -Payé, para evocar á su divinidad inspira- 
dora, bebe la infusión de la yerba y chicha de mandioca. — Des- 
barro> de la crónica á su respecto. — Xeambiií conviértese en uru- 
taú. — Sobre el origen mítico del urutaú. — Sus diversos nombres. 

— Sus caracteres. — Sus condiciones. — Preocupaciones del vulgo 
á su respecto. — Sus excelencias preternaturales. — Imposibilidad 
de aprisionarle. — El cuento de la paraguaya. 



Las agiias del Unigiiav, ominadas por el aire que eiu- 
balsaniado retoza en las regiones que se aveeinan á la 
hoguera de los trópicos, meeieron la einia de Ñeamlái'i, 
tierna joven guaraní, hija iniiea de poderoso eaeique, que, 
después de haber eastigado á los tupíes, pasó á estahleeerse 
con su parcinlidad, atravesando iiuuensos bosques, no lejos 
di'l Iguazil. 

Aniariraba las niguas del liiua/ú eon ardicntrs láirrinias 
C'uinibaé, gallardo moretón generoso, que. prisionero iK'l 
eaeicjue y enamorado de Ñeand)iú, plañía seeri'tanuMite su 
desventiu'a : (jue también el indio siente eon intensidad. 



290 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

también el indio llora. El cacique y la cacica decididamente 
se oponían á la unión matrimonial de dos seres que recí- 
procamente se idolatraban, de dos seres ya naturalmente 
fundidos en una sola alma por el amor. 

El cacique y la cacica no querían ni siquiera pensar en 
que Neambiú, la hija en quien adoraban, pudiese jamás 
separarse de ellos sino con la muerte : arrancarla de su lado 
era arrancarles el corazón. Neambiú lloraba á solas: no 
quería mortificar á sus padres. Ñeambiú callaba y obede- 
cía. Una vez, sin embargo, les dijo: 

— ¿Conque no me dejáis casar con Cuimbaé? 

— Hija del alma, le respondieron sus padres, tú no debes 
casarte aún, y mucho menos con un hombre que pertenece 
á la raza de los tupíes, que ayer no más fueron nuestros 
crueles enemigos y sin duda mañana volverán á serlo de 
nuevo. 

— I Crueles . . . . ! repuso Neambiú. Soislo vosotros con 
esa que decís hija del alma. ¡ Ah! yo soy hija de la desgracia! 

Decir que lííeambiú era por todo extremo gallarda y her- 
mosa, y que á las prendas de la hermosura y gallardía 
juntaba las mucho más estimables de la belleza del alma, 
de una sensibilidad tan delicada, que se traslucía en todos 
los movimientos de la expresión de su faz encantadora y de 
sus ojos hechiceros, está de más. Está de más decirlo; por- 
que en hecho de verdad, por poco que á uno se le alcance 
en materias de amor, el menos experimentado alcanza que, 
si la tierna Ñeambiú no hubiese sido bella y sensible, no 
hubiera podido ser tan desgraciada. /Ay infeliz de la que 
nace hermosa! ha dicho el cantor de la belleza ^^l 

C 1 ) D. Manuel José Quintana, El payiieón del Escorial. 



CAPÍTULO XX. 291 

Un día, cuando menos lo pensaban, desapareció Xeam- 
biú de la casa de sus padres. Los alarmados caciques acu- 
dieron prestamente á la morada de Cuim1)ae, sospechando 
que, de concierto con él, luiljiera tomado Xeambiii la ex- 
trema determinación de escaparse. Cuimbae, sorprendido 
con la noticia, manifestó sinceramente la extrañeza que le 
causaba, juzgando hasta imposible que una joven tan dis- 
creta y amorosa como era Neambiú hubiese salido fugada 
de la casa paterna. Pero dijo: 

— Yo soñé que una mujer muy fiera que representaba 
la desgracia, se había llevado á Xeambiú á los montes del 
Iguazíi, donde mora entre los cuach-úpedos y las aves, que 
ni la ofenden ni huyen de su j^resencia. 

— ¡Al Iguazú! al Iguazú! clamó con delirio el infortu- 
nado cacique, al Iguazú! á buscar á mi hija, que se la ha 
llevado caapord ^ ^ ^' 

— ¡Caapord! caapord! repitieron á una los vasallos 
del dolorido cacique, se ha llevado u Ñeambiíil ¡A buscar 
á Neambiú, que se la ha llevado caapord! á buscar á 
Neambiú! 

El clamoreo de los ipccúcs (carpinteros en castellano), 
pájaros que alborotan nuicho cuando ven gente, excitó la 
curiosidad de la fugitiva, que, saliendo de entre espeso 
monte, hallóse al punto rodeada de los solícitos vasallos 
del desventurado cacique, quienes cariñosos trataron por 



(1) Ente fantástico qiu», en monstruosa fiííura humana (ora ile 
hombre, ora (U' nuijcr), liahita en \o> montes, el cual hace desirracia- 
dos para toda su vida á los que tienen la desdicha de mirarle. Tam- 
bién c(ii¡)orn (Diccionario de ]'()caln{lns IhirJlciros por el Teniente 
General Vizconde (K> Heaurepaire - KoluuO ; pero caá -pora es más 
propio. Caiiy monte: morador ilel monte. 



292 SUrERSTICIOXES DEL RÍO DE LA PLATA. 

todos los medios de persuadirla á que regresase al seno de 
su familia. Mas el exceso del dolor sin esperanza y sin 
consuelo ahogara en el pecho de Neambiú el fuego de los 
afectos, y ya no respondía á las excitaciones de la amistad, 
ni su lengua articulaba una palabra. Neambiú había per- 
dido enteramente la sensibilidad, y junto con la pérdida de 
la sensibilidad perdiera el habla. Insensible y muda, volvió 
las espaldas é internóse de nuevo en el monte. 

Las compañeras de Neambiú, aunque la conocieron her- 
mosa entre las hermosas, no por eso la odiaron. Por el 
contrario, queríanla mucho: ella se hacía querer á fuerza 
de bondad y de indulgencia. Fué cacica, como hija de 
cacique, entre las jóvenes indias; mas, por lo buena y ama- 
ble, gobernaba los corazones con mayor poderío que su 
padre á los sumisos vasallos, con ser tan obedecido por su 
autoridad omnímoda, por su fuerza material. ¡Cuánto más 
puede la fuerza de los afectos! 

Las amigas, pues, de Ñeambiú, viendo frustrada la em- 
presa de los emisarios que tornaron lamentando su mala 
suerte, determinaron unánimes ir en pos de la fugitiva: las 
solicitaciones de la amistad cariñosa y desinteresada debie- 
ran ser más eficaces que las mejores razones de quien 
cumple, al darlas, un mandato. Pero, ¿y si topaban con 
caapord, el horrible demonio de los bosques, que hacía des- 
graciados para toda su vida á los que por acaso le miraban? 

— No importa, se dijeron. Mayor sería nuestro castigo 
por mano del mismo añanga ( el diablo ), si, por temor de 
encontrarnos con caapord, dejáramos de socorrer á una 
desgraciada. Añamja, que todo lo sabe y en todo se mete, 
no quiere más que un pretexto para hacer daño, y á las 
veces, considerados los efectos de sus acciones, parece como 



CAPÍTULO XX. 293 

que cumpliera un ministerio divino. ¡Corramos á ])uscar á 
Neaml)iú ! 

Las antiguas compañeras de la fugitiva volvieron des- 
consoladas. Sus persuasiones lial)ían sido tan inútiles como 
las súplicas de los vasallos que las habían precedido en el 
propio intento. Neambiú permanecía ante ellas como una 
estatua de mármol : ni respondía palabra, ni daba señales de 
sentimiento. La desdicha de Neambiú parecía irremediable. 

Consultóse entonces, como se hacía siempre en casos 
tales, al adivino de la parcialidad. Era Aguará - Payé indio 
espantaljle, por lo feo, y, tanto como feo, sagaz. Bien lo 
publicaba su nombre: Aguará, que quiere decir zorro. Por 
lo sagaz y por lo feo, lo proclamaron adivino. Iba cerrando 
la noche, hora la más á proposito para consultar á los orá- 
culos. Aguará -Pciyé tomo dos enormes mates ó calabaci- 
nos, llenos el uno de infusión de caá (yerba del Paraguay) 
y el otro de chicha ó vino de mandioca. Primeramente 
bebióse el mate de cady y luego, murmurando algo entre 
dientes y con poco sacrificio de sus aficiones, el de la chi- 
cha. Así que hnl)0 bebido la chicha ^^\ empezó á tamba- 
lear, y, haciendo unos visajes horribles, cayó como muerto. 
Reza la crónica que le dieron el vino en una bota, y que él, 
« em})inándola, puesta á la boca, estuvo mirando las estre- 
llas un cuarto de hora, » y que, « en acal)ando de beber, 
dejó caer la cabeza á un lado, y dando un gran suspiro, 
dijo: ¡ OJi Ji¡ deputa bellaco, // cómo ex católico !^^ Pero 
el cronista debió de ser maiichego y algo [o[)ü; pues no 
vio (|ue los indios no usaron para guardar y beber el vino 
las botas (pie usan en España, sino mates ó calabacinos, 

( 1 ) La ehk'ha ó vino dv inaiuüoca riiiborracha taciliuontc. 



294 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

ni considero que, refiriéndose el suceso á una época ante- 
rior á la conquista de America y tratándose de indios sil- 
vestres, lio pudo Aguará -Payé haber calificado de católico 
lo que bebía, por inuclio que le gustase ^^\ 
Vuelto en sí Aguará -Payé, dijo: 

— Neambiú lia perdido para siempre la sensibilidad y 
el habla. Abandonad la empresa. 

— ¡ No ! no ! contestaron los padres de Neambiú ; aban- 
donar la empresa, no : antes morir, que abandonarla ! ¡Al 
Iguazú ! 

— ¡ Antes morir, que abandonarla ! repitieron sus vasa- 
llos. ¡Al Iguazú! al Iguazú! 

Fueron al Iguazú. 

Comprendieron todos que Neambiú necesitaba una pro- 
funda revulsión moral que hiciese revivir en su alma el 
fuego de la sensibilidad, que estaba como extinguido, man- 
teniéndola en un estado de completa indiferencia á todo. 
Simulando la muerte de algunas personas de su amistad, 
se las nombraron una por una. El anuncio de la muerte de 
sus mejores amigas, el anuncio de la muerte de sus mismos 
padres, no fueron parte á conmoverla un punto. Yerta, im- 



(1) Confundió sin duda el cronista con el caso del adivino las 
reminiscencias que tenía de sus lecturas del Quijote de Miguel de Cer- 
vantes, cuyos son los pasajes puestos entre comillas en el texto. En 
cuanto al calificativo de hideputa, es obvio que suena como alabanza, 
al modo que lo hace el vulgo del Río de la Plata y Paragua}', en 
cuya boca es tan frecuente aquella expresión en casos análogos. Des- 
pués de haber Sancho Panza empinádose la bota y prorrumpido en 
la referida alabanza, díjole el Caballero del Bosque: —«Veis ahí cómo 
habéis alabado este vino, Ihuiiándole hideputa?» — «Digo, respondió 
Sancho, que confieso que conozco que no es deshonra llamar Jiijo de 
puta á nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. » 



CAPÍTULO XX. 295 

pasible, muda, permanecía Neamijiíí. Mudo permanecía asi- 
mismo Aguará -Paye, que contemplaba la triste escena. 

— Haz que sienta, le dijeron. 

Obedeciendo Aguará -Paye, adelantase pausadamente y 
dice á Neambiú: 

— Cuimbae lia muerto . . . . 

Una chispa eléctrica no obra con mayor rapidez y efi- 
cacia en un cuerpo inflamable, que las palabras del adivino 
en el alma de Neambiú. Xeambiú, exhalando repetidos 
ayes desgarradores, desaparece instantáneamente á los asom- 
brados ojos de los que la rodeaban, (juienes, ¡penetrados de 
dolor, quedan convertidos en sauces. Neambiú, convertida 
á la vez en el ave que llaman unitaú, elige la más vieja y 
deshojada de las ramas de aquellos saucí s para llorar eter- 
namente su desventura. 

Tal es el origen mítico del 2¿r?¿/azí, pájaro muy celebrado 
en el Paraguay y Río de la Plata, así como en el Brasil, 
por las maravillas que el vulgo le atribuye, á causa del ex- 
traño modo de gritar que le singulariza, semejante al cla- 
moroso lamento de una mujer, que termina con amorti- 
guados ayes^^l Couto de ]\Iagalhaes, escritor muy versado 
en las lenguas indígenas del Brasil y en su historia y cos- 
tumbres, dice categóricamente : « No conozco las tradiciones 
relativas al urutaú ó ii rutad i, y por eso me limito á con- 
signar aquí su nombre, que significa are-fantasma. » ^"^ 



(1) «El rirufaíi os de los pájaros más famosos, por las patrañas sin 
número que de él refieren.» (Azara, Pájaros drl Panujuay y Uto ih J<i 
Plata.) 

(2) O Sclragcm ( Origcns, Costutncs, luiigido Sclvagcm). Río de 
Janeiro, 187G. 

En una interesante eoleeeión de artículos descriptivos de costum- 



296 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

La VOZ guaraní umdaú suele castellanizarse transfor- 
mada en urufao. Al oeste del Paraguay, en el Chaco Ar- 
gentino, hállase también el urutail; pero los moradores de 
las provincias vecinas le dan el nombre de cacui. Para- 
guayos, misioixn'os, correntinos, entrerrianos, orientales ó 
uruguayos y brasileños, danle invariablemente el nombre 
guaraní de urutaú más 6 menos modificado. 



bres rioplateiises, que con el título de Recuerdos de la Tierra acaba 
de publicar D. Martiniano Leguizamón ( Buenos Aires, 1896 ), se hace 
mención del kalaiy, atribuj'^endo, según tradición, á su modo de gritar, 
un sonido semejante á turan, voz quichua equivalente á mi hermano. 
El autor da noticia de la siguiente leyenda, tan diferente de la que 
referimos en el texto. Entre unas quebradas de Tucumán vivían dos 
hermanos, varón y mujer. El uno acostumbraba ir á buscar miel de 
alpamisqui y algarroba á los bosques, mientras la otra se ocupaba en 
los quehaceres domésticos. Un día que el primero volvió á su casa sin 
miel, por no haberla encontrado, su hermana le ocultó la comida, ha- 
ciéndole pasar hambre. Entonces él, por vengarse, dijo á su hermana 
que en un árbol, un mistol, había un gran nido de alpamisqui; pero 
que, siendo delgadas las ramas, no había podido subir hasta el lugar 
donde se hallaba: que ella, como más liviana, sin duda podía ba- 
jarlo. Fueron al bosque, subió la india al mistol y tras ella su her- 
mano. Cuando llegaron á las más altas ramas, descendió el indio, 
desgajando las que quedaban en pos de sí. La triste india, sin ramas 
por donde pudiera bajar al suelo, quedó en el árbol, llamando con 
acento dolorido á su hermano: Jturay! turay ! Tal es la leyenda del 
kakuy, según los datos recogidos del lado de los Andes por el Sr. Le- 
guizamón. Ignoramos si el canto del caciá del oeste del Paraná di- 
fiere en algo de el del urutaú de las vertientes orientales de este río. 
Pero en eso de interpretación de cantos de pájaros y gritos de otros 
animales, hay que tener presente que cada uno y cada pueblo los en- 
tiende á su manera. Recuérdese, sino, lo que dejamos consignado 
( Cap. XVIII, pág. 255 ) con respecto al pájaro cuyo canto, á los 
oídos de la gente de habla española, sonó y suena benteveo, y á 
juicio de los guaraníes quiere decir iñtaguú : \ qué cosas más distintas ! 
En cuanto á la leyenda tucumana, nada de extraño tiene que difiera 
de la guaraní, como cosa dependiente de la imaginación de pueblos 
tan distantes entre sí, distancia mucho mayor en el estado salvaje de 
las sociedades humanas. 



CAPÍTULO XX. 297 

Tiene el nrutaú un pie, 6 poco mus, de longitud, desde 
la punta del pico á la de la cola. Su color es pardo acane- 
lado, con mezcla de negro y oscuro, la cabeza chata, el 
cuello grueso y corto, la boca enorme, grandísimos los ojos. 
Es pajaro nocturno, y j^ertenece, según Azara, a la clase 
de los ihi}jaúes^^\ Hace el nido en los huecos de los ár- 
boles, y su canto (á manera de alaridos rpie hacen estre- 
mecer y que exhala de ti('m[)o en tiempo) es tan vigoroso, 
que se siente claro á más de media legua de distancia. Ha- 
bita los montes del Paraguay, Corriente-^, Misiones, Chaco, 
el norte del Uruguay y Entrerríos y todo ó casi todo el 
Brasil ^-^ 



(1) «La mucha luz les ofusca, y de día se levantan de nuu* cerca 
para volar poco trecho baja y horizontahnente, y dejarse caer de re- 
pente como cuerpos perdidos pleí^ando las alas, donde no es fácil ver- 
los; porque sus colores difieren poco de la tierra ó pasto donde caen, 
y se mantienen como pegados sin enderezar el tarso. Sólo buscan el 
alimento con el crepúsculo y la luna, volando con mucha facilidad y 
poca elevación para pillar los insectos, variando con frecuencia de di- 
rección.» (Pájaros del Pararjuay ¡j Rio de la Plata.) 

(2) «Aunque es bastante escaso, habita en el Paraguay, y aun lo 
he visto en los 33 grados. No vive sino en los bosques muy elevados, 
posándose siempre en árbol grande muy seco, donde con el cuerpo 
vertical se pega como los carpinteros al extremo de alguna rama tron- 
chada, apoyándose con la cola, de modo que sobresale la mitad dtl 
cuerpo al tronco ó rama ; por cuyo motivo, por su color de corteza, y 
ponqué pasa allí en absoluta quií'tud todo el día, es nuiy dificultoso 
verle. Pero cuando se consigue, le suelen pasar por el cuello un la- 
cito acomodado v\\ la punta de una caña. Janui> baja al suelo; y si 
se le pone en 61. ensancha las ala-, y apoyando los remos y coxis 
en tierra, se n)an tiene derecho con el cuerpo vertical siii echarse sobre 
el t;irso como los demás, ni hacer u-o de los pies. Sólo existe por acá 
desde octubre á febrero inclusivr ; en cuya temporada se oye su voz, 
que es un alarido alto, espacioso y nuiy melancólico, y lo ri'pite con 
pausas toda la noche, haciendo creer a los bobos que llora la ausen- 
cia del sol, porijue comienza cuando óste so pone y acal)a cuando 
sale.» (Azara, Pujaron del Para juay y Uto de la Plata, J 



298 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

A lo extraño del modo de gritar del urutaú se une 
la cireunstaneia de encontrársele rarísima vez, y la ge- 
neralidad de los hombres del campo, con ser tan escru- 
tadores, no le conocen, ni tienen la menor idea de su 
forma. Su absoluta inmovilidad durante el día y su co- 
lor parecido al de la corteza de los árboles, así como su 
escasez y el hallarse siempre metido en los montes, di- 
ficultan que se le vea. Así es que muchos le tienen, no 
por mi pájaro real y verdadero, sino por un ente fantástico. 
Xo se empeñan en buscarle, porque suponen que es tarea 
inútil, que nadie le podrá encontrar, que no se deja ver de 
ojos humanos. 

Otros creen en la existencia del urutaú; pero le con- 
sideran un pájaro misterioso, dotado de multitud de 
excelencias preternaturales, entre ellas, la de preservar 
de las seducciones la pureza de las doncellas. Esta vir- 
tud singular debe de estar enlazada al origen mítico del 
pájaro, á la historia de Neambiú. La piel y las plumas 
del urutaú, del ¡propio modo que las del caburé, sirven 
para muchas cosas : | feliz quien las posee ! Azara refiere 
algunas de las singularidades que hacían al urutaú tan 
famoso en su tiempo, como lo ha continuado siendo hasta 
el día de hoy. Helas aquí. Quebrándole los huesos de 
las alas y de las piernas, por la noche, amanece sano al 
día siguiente. Al que remeda su canto, se le quema la 
ropa antes de tres días. El que lleva alguna de sus plu- 
mas, atrae la voluntad de las personas de sexo diferente. 
Consigúese infaliblemente cualquiera pretensión que haya 
sido escrita con una pluma de urutaú. Obtiénese el 
propio resultado, aunque la carta se escriba con la pluma 
de otra ave, como tenga dentro del cañón algunas bar- 



CAPÍTULO XX.' 299 

bas del urutaii. Sus })lumas y cenizas curan no pocas do- 
lencias ^^K 

Mas ¿quien será tan afortunado, que consiga un urutaú? 
¿Cómo ha de hacer para dar con el, si es casi imposible, si 
no imposible del todo hallarle? Y en caso de que tuviere la 
suerte de dar con el paradero de uno y verle con sus ojos, 
¿lograría cazarle? Una paraguaya que vivía en un ranchito, 
no lejos de un arroyo, acostumbraba ir á lavar á sus orillas. 
En uno de los árboles del monte que daban sombra á la 
costa del arroyo donde lavaba, vio algo la paraguaya que 
le llamó la atención. Se acercó más, se fijó bien, y no puso 
en duda que lo que veía era un urutaú, que medio oculto 
en la rama de un árbol parecía como dormido, si bien 
abría de vez en cuando sus grandes ojos. Acompañaba á 
la paraguaya un hijo de corta edad, á quien le dice: 

— ¿Ves aquel animalito? Es el urutaú. Trae mañana 
una cimbra^- \ á ver si lo cazas. Allí mismo lo hemos de 
volver á encontrar mañana. 

— ¿El urutaú? dijo alborozado el muchacho. 



(1) Azara (Pájaros del Paraguay y Rio de la Plata). «De todas 
las referidas maravillas, y otras, se encuentran testigos que las creen 
como EvaiiL^L'lios. » (El ¡nismo.l 

(2) Vara larga, con un lazo corredizo en la punta, para cazar 
ciertos pájaros, como perdices, loros, etc. De la caza de loros por 
medio de ciml)ras, dice Azara: *Los hjtrUaros, y aun los indios de 
las reducciones de San Joaquín y San Estanislao, los pillan de un 
modo que acaso será increíble. Clavan una ó <los estacas junto al 
ári)ol (le la fruta que les gusta, y poniendo un palo atravesailo ó dos 
desde dichas estacas al árbol, forman allí una especie de jaula muy 
clara con ramas de indina, capaz de contiMUM- al cazador. Este ata al 
árbol un individuo doméstico para ([ue llame á los silvestres, que 
acuden infaliblemente y se posan en el árbol, <londe sin perder tiempo 
le^ pasa el caxador jtor el ruello un /</;« corredizo, puesto en la punta 
de una vara, (pie nunu^ja desde la jaula, y si tiene cuj>íro ó seis, coge 

21. 



300 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

— Sí, repuso la madre, no te olvides mañana de la 
cimbra. 

— ¿Trajiste la cimbra? preguntó al día siguiente la pa- 
raguaya á su hijo. 

— I Ay ! que me olvidé, respondió el paraguayito. 

— Pues que no te se olvide mañana, repuso la madre. 

— ¿ Y la cimbra ? dijo al otro día la paraguaya. ¿ Cómo 
te fuiste á olvidar otra vez de traerla ? Es verdad que yo 
misma, que no he estado pensando en otra cosa, también 
padecí el mismo olvido. Pero ¿ y no la tenías pronta ? 

— Sí, la arreglé, la puse arrimada al galpón para to- 
marla (íuando viniésemos, y no sé cómo me olvidé de traerla. 

Veintiúu días consecutivos salieron madre é hijo de la 
oriha del arroyo con la idea de llevar una cimbra para cazar 
el urutau, y veintiuna veces una y otro se olvidaron de llevar 
la cimbra á la orilla del arroyo para cazar el urutau. En 
tanto el urutau yacía tranquilamente en la misma rama del 
árbol en que le había visto la vez primera la paraguaya. 
Al cabo cayó ésta en la cuenta de que era vano su intento. 
El pájaro maravilloso tenía J9a?/c^ es decir, había en él cosa 
de brujería, y en consecuencia serían inútiles y resultarían 
siempre frustráneos cuantos esfuerzos hiciese para cazarlo, 
como recordaba haber oído decir repetidas veces. 



otros tantos loros; porque no tiran de ellas hasta que cada una ha 
asegurado un individuo, ni éstos se escapan hasta que la golilla les 
ajusta. También los cazan á flecliazos; 3^ si los quieren vivos, ponen 
una rodaja li otra cosa en la punta de la flecha, para que el golpe 
los aturda sin ^atarlos. » (Pájaros del Paraguay y Río de la. Plata.) 



CAPÍTULO XXI. 

Simpatía, palabras, etc. (elementos de la 
magia vulgar). 



Sumario. — Simpatía y palabras. — Su importancia á juioio flol cam- 
pesino rioplatense. -- La ciencia y la niaj^ia. — Las doctrinas «le la 
magia en España. — 8u propagación en el siglo decimotercio y 
subsiguientes: judíos, árabes, gitanos. — Lnposible unión de la 
ciencia intuitiva del Oriente á la analítica del Occidente del nunulo 
antiguo. — Introducción de la ciencia oculta del Oriente en el 
Nuevo efundo. — Determínase la naturaleza de la ciencia oculta. — 
Doctrina de los alquimistas. — Doctrina esotérica de la India y el 
Egipto : el universo, el hond)re. — La analofjia y el ternario. — 
Supuesta virtualidad del número. — El .sry>/r//r///o. — Amor y odio 
de las cosas. — Simpatía y antipatía. — 7/;/r//////arfV;/í de la tierra. 
— Cómo se ha explicado la supuesta simpatía y antipatía de los 
objetos de la naturaleza. — Idea á su respecto. — Utiiida»! de su 
estudio. — La oración en la magia. — Palabras ó fórmulas entre 
los gentiles y entre los cristianos. — Concepto que los aruiguos 
formaron de ellas. — Acción simbólica de las manos entre gen- 
tiles y cristianos. — Transformaciones del d¡al)lo para hacer daño 
al hond)re. — Exorcistas. — Conjuros. 



Siínjyafía y palabras son cosas grandeniciitc familiares 
al campesino lioplatt-iise, como lo fueron en Espafur ' . Con 
sinipníía.H y pciliibras ha ol denido nniehos hienes, ha ale- 
jado mnehos daños, se ha precavido contra mnchos [uli- 



(1) ^ Efectos vemos en la naturaleza de <iuien ignoramos la.<s cau- 
sas: adormécense ó entorpécense á unos los dientes, de vt>r cortar con 



302 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

gi'os, lia curado inuelias enfermedades en hombres y en 
animales. ¡Simpatía! .... Palabras! .... ¡Misterio im- 
penetrable! Lo que no alcanzan las ciencias médicas, los 
cálculos mejor concertados, las más sabias providencias, 
las precauciones más prudentes, la fuerza más poderosa, la 
autoridad más ciegamente obedecida, fácil y prestamente 
lo consiguen la simpatía y las p)alahras. Son una mano 
invisible y omnipotente que, movida por la voluntad del 
ser privilegiado que la conoce y sabe gobernar, hace y des- 
hace, ata y desata, cura y enferma, armoniza ó trastorna 
los elementos; pues así sirve para el bien como para el mal. 
/ Simpatía ! .... Palabras ! . . . . \ Líbrenos Dios del 
perverso que con simpatía ó con palabras quiera y pueda 
hacernos mal! 

Las ciencias físicas, dice un escritor de nota, en su ori- 
gen no fueron más que un conjunto de supersticiones y de 
procedimientos empíricos que constituían lo que llamamos 
la magia. Tan persuadido ha estado el hombre de su dis- 



un cuchillo un paño ; tiembla tal vez un hombre de un ratón, y yo he 
visto temblar de ver cortar un rábano, y á otro le he visto levantarse 
de una mesa de respeto, por ver poner unas aceitunas. Si se pregunta 
la causa, no hay saber decirla, y los que más piensan que aciertan á 
decirla, es decir que las estrellas tienen cierta anti'paüa con la com- 
plexión de aquel hombre, que le inclina ó mueve á hacer aquellas ac- 
ciones, temores y espantos, viendo las cosas sobredichas y otras seme- 
jantes que á cada paso vemos. » ( Miguel de Cervantes, Trabajos de 
Pemiles y Sigismunda.) La noción de aniípatia, en boca del campe- 
sino rioplatense, va envuelta siempre en su correlativa de si'mj)atía, 
que es el término consagrado. Una simj)atia, dice, refiriéndose á tal ó 
cual hecho imposible ó inexplicable. 

« Si vuestra merced hubiere menester algún pegadillo para la ma- 
dre, téngolos milagrosos, y si para el mal de muelas, sé unas palabras 
que quitan el dolor como con la mano. » ( El Viejo Celoso, por Miguel 
de Cervantes.) 



CAPÍTULO XXL 303 

posición para dominar las fuerzas de la naturaleza, que, 
desde el punto y hora en que se puso en contacto con 
ellas trató de sujetarlas á su voluntad. Pero en vez de es- 
tudiar los fenómenos para descubrir las leyes y aplicarlas 
á sus necesidades, antojó.^ele que á favor de determinadas 
fórmulas y ceremonias estaría en su mano el reducir los 
agentes físicos al cumplimiento de sus designios. Tal es el 
carácter fundamental de la magia. Su objeto era encade- 
nar á la voluntad del hombre las fuerzas de la naturaleza, 
poniendo en sus manos lo que es obra de Dios : pretensión 
que respondía al concepto (|ue la antigüedad se formara 
de los fenómenos del universo. No fueron estos para ella 
el resultado de leyes inmutables y necesarias constante- 
mente activas; sino un mero efecto del voluble arbitrio 
de los espíritus ó divinidades, cuya acción sustituía á la 
de los agentes naturales. El medio, pues, de someter la na- 
turaleza al hombre, no podía ser dudoso : arrastrar aque- 
llas divinidades ó espíritus al cumplimiento de sus deseos. 
Lo que la religión entendía obtener per medio de la ora- 
ción, de rezos, intentó la magia conseguirlo con encantos, 
fórnuilas y conjuros. La divinidad quedaba sujeta al poder 
del mago, quien, dueño de sus secretos, tenía en su mano 
los medios de trastornar el universo y las leyes (jue lo go- 
biernan .... El conocimiento de las leyes naturales des- 
cubiertas por la observación puso de resalto lo estéril y lo 
absurdo de las operaciones de la magia. Expulsada ésta 
del terreno de la ciencia en orden á los fenómenos celes- 
tes, acudió á refugiarse en el de las acciones físicas. Luego, 
arrojada también, con la luz de la experiencia, del mundo 
material y terrestre, se retiró en el de las acciones fisioló- 
gicas y psicológicas, cuyas leyes, como más obscuras, nu^ 



304 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

nos fácilmente se dejan penetrar del entendimiento: ahí 
se fortiñcó y ahí continúa resistiéndose todavía "^^ I 

La magia y sus doctrinas, originarias del Oriente, del 
Egipto y de la India, cuyos maestros ( cierto número de 
hombres privilegiados), por tradición oral ó consignada 
en símbolos y formas ininteligibles, la conservaron riguro- 
samente oculta á los ojos del vulgo, á quien estaba vedado 
penetrar sus misterios, siempre codiciados de todas gen- 
tes y naciones, han adquirido el día presente, con oca- 
sión de los maravillosos experimentos á que se prestan 
las manifestaciones varias del magnetismo, harto favor en 
Em'opa, donde investigadores ilustrados lianse propuesto 
sistematizar los principios en que se funda la suma de co- 
nocimientos que á tal respecto ha podido reunir su inteli- 
gencia y vincularlos (si cabe) á los que forman el caudal 
científico contemporáneo. Los taumaturgos ó sabios de la 
India y del Egipto enseñaban al pueblo lo que les parecía 
oportuno ^'^ ó convenía á su intento (doctrina exotérica). 



(1) L.-F. Alfred Maury, La Magia d VAstrologie dans VAntiquité 
et au Moyen Age. 

(2) Hase tendido siempre á ocultar las sublimidades de la ciencia 
á los ojos del vulgo ignaro. «Los sabios se guardaron de descobrir 
las verdades de la sabiduría á muchos et procuraron de las encobrir 
á los que non han buen entendimiento ; porque á tales como éstos 
daña el saber en tres maneras : la primera, porque non lo entienden ; 
la segunda, porque, non lo entendiendo, menosprécianlo diciendo que 
non es verdad ; la tercera, porque non les ahonda ( no les basta ó no 
se contentan con ) de que ellos non lo entiendan et lo desprecien non 
lo entendiendo, mas aun quieren que otros del su entendimiento lo 
desprecien et non lo crean así como ellos non lo creen.» (Pasaje de 
las obras astronómicas de Don Alfonso el Sabio, inserto por Don 
Francisco ^lartínez ^Fariña en la Introducción de su Ensayo lüstóríco- 
Crítico s'ohra la Legislación y princÍ2iales cuerpos legales de León y 
Casulla. ) 



CAPÍTULO xxr. 305 

Lo secreto, lo que solo se comiinicaha á determinadas 
personas con grandes solemnidades y pruebas de conve- 
niente predisposición para el efecto ( doctrina esotérica ), 
constituye lo (¡ue se conoce con la resonante denomina- 
ción de ciencia ocidta de la India y el Egipto, rpie más 
bien pudiera llamarse, á nuestro entender, comparada al 
estado actual de los conocimientos humanos, ifjnorancia 
oculta de la India y el Egij)to. Tomando por base de su 
método y sistema la analof/ía, que en todo tiemjx) y lugar 
ha constituido la falsa é infecunda lógica del hombre pri- 
mitivo, la doctrina de que se trata, estancada en una espc»- 
cie de misticismo, carece de las condiciones características 
de la labor propiamente científica. Hoy ha dejado de ser 
ciencia. Fuélo en otras épocas, y de ella se derivaron, 
mezcladas con engendros fantásticos, nociones útiles y 
verdaderas en diversos géneros de asuntos, que, purifica- 
dos luego con la luz de la razón y la experiencia y el es- 
píritu analítico de nuestros tiempos, han llegado á formar 
importantes ramas de conocimientos humanos, como la 
astronomía, la química, la metalurgia, la medicina, las ma- 
temáticas, la física, etc. Don Alonso el Sabio, siguiendo 
las huellas de Don Alonso \^ÍI de Castilla, se esforzó por 
hacer participante á I^spaña de la co})iosa luz intelectual 
(pu" á la sazón irradiaba el Oriente '*'. Los judíos reco- 



(1) «Coiivi'iicido el sal)i() y celoso monarca ^, Don Alonso X de 
Castilla) (le que para hacer felices á sus pueblos era necesario ilus- 
trarlos, desterrar la ¡«inorancia, variar \i\< opiniones púUlicius, cand>iar 
las ideas, dulcificar las costMnd)res y moderar el carácter feroz de los 
castellanos, se propuso introducir ji toda costa las ciencias en España. 
Llama la sabiduría, la convida y la trac desíle las remotas regiones 
donde ú la sa/.ún se hallaba refui^iada : franquea la- puertas del n*ino 
ú los sabios del Oriente y ^lediodía, y abre sus tesi>ros para derra- 



306 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

gieron la herencia de los ái'abes españoles, cuya filosofía 
parece extinguirse con la muerte de Averroes (1198). Tra- 
dujeron y comentaron sus escritos. Eso no obstante, el 
movimiento intelectual filosófico de la raza semítica en Es- 
paña manifestóse cerca de un siglo antes que el de los sa- 
rracenos. Los árabes ofrecieron muestras de su espíritu en 
el particular por el siglo noveno, al paso que los judíos se 
dieron á conocer á mediados del siglo décimo, en que Rabí- 
Moselí y Rabí-Hanoc trasladaron á Córdoba las celebres 



marlos entre los literatos : á todos extiende su protección, en todos res- 
peta y aprecia la sabiduría : el judío y el árabe, así como el cristiano, 
experimentan igualmente su beneficencia. . . Sus dominios se pueblan 
de sabios, y las universidades y estudios públicos, de escolares que 
van en tropas á escuchar los nuevos oráculos de la sabiduría. » ( Don 
Francisco Martínez Marina, Ensayo Histórico - Critico sobre la Legis- 
lación y 2^^'i^'ic-ipalcs cuerpos legales de León y Castilla.) Entre las 
producciones intelectuales de la época ( siglo decimotercero ), menciona 
este erudito historiador las siguientes : Libro del Tesoro, Libro de las 
Formas y de las Imagines que son en los cielos et de las virtudes et 
de las obras que salen deltas en los cuerpos que son deyuso del cielo ; 
Lapidario (trata de las virtudes de trescientas setenta piedras. El 
físico Rabí Yeuda Mosca, en el prólogo de la versión de este libro, 
del arábigo al castellano, dice: «et ovol en Toledo de un judío quel 
teníe ascendido, que se non queríe aprovechar del, nin que a otro 
toviese pro » ); Astrologia Judiciaria ó De los Juicios de la Astrología, 
trasladada del árabe al castellano, de orden de Don Alonso, por Rabí 
Yeuda Mosca, y luego de romance en lengua latina ; Libro del Saber 
de Astrología, « que mandó componer de los libros de los sabios anti- 
guos que fablaron en esta ciencia Don Alonso Rey de Castiella » etc. 
Cumple, no obstante, recordar que desde el reinado de Alfonso VII 
de Castilla, que dispensó generosa acogida á los rabinos proscritos 
de Andalucía por Ja dura persecución de Abd - el - Mumén, hacia me- 
diados del duodécimo siglo, hallábanse organizados en Toledo los es- 
tudios de la ciencia oriental con los más sabios profesores de las re- 
nom])radas escuelas de Sevilla y Lucena. (Historia Social, Política y 
Religiosa de los Judíos de España y Portugal por Don José Amador 
de los Ríos, é Historia de los Heterodoxos Españoles por Don Mar- 
celino Menéndez Pelayo. ) 



CAPÍTULO XXI. 307 

academias de Pombeditali y Siiva^^ . Todo el saber de los 
judíos de Oriente estriba en las tradiciones y doctrinas de 
su Talmud. La cabal n es su filosofía. El espíritu está di- 
fundido en el universo y anima la materia. La luz es la 
causa eficiente de las formas y de la vida : movimiento it 
la vez que calor. Cuando la luz llega á fijarse y á polari- 
zarse en un punto, engendra el ser viviente. Luego atrae, 
paní perfeccionarlo y conservarlo, la substancia plástica 
necesaria. La luz, empero, no es el espíritu, como lo creen 
los hierofantes indios y todas las escuelas de magia goe- 
tica. Es solamente el instrumento del espíritu. Es la })ri- 
mera manifestación física del hálito divino. Dios la crea 
eternamente. El hombre, á semejanza de Dios, la modifica 
y parece multiplicarla ^^\ Pero, acaudalado el saber rabí- 
nico con los conocimientos adquiridos bajo la protección 
de los califas, abasidas v á favor de una inmediata comu- 
nicación con los árabes españoles, que abarcaban la ciencia 
del Oriente, las escuelas de Toledo, señaladamente en la 
época de Alonso X ( siglo decimotercio ) adquirieron alto 
brillo y renombre por el mundo. De ahí penetran en Fran- 
cia los resplandores de la ciencia de árabes y judíos. De 
Francia, de Italia y de Alemania acuden á Toledo los 
amantes del saber. Junto con los conocimientos racionales 
ó los que propiamente revestían un carácter científico, en- 
señábase la mairia diversamente clasificada v naturalmente 
asociada á las más elevadas es])eculaciones de la filosofía. 
La fama de las enseñanzas de la magia en Toledo, creció 
sobremanera. Citábanse unos jóvenes de Suavia y Ba viera 



(1) MeiRMulfz IVlayo, Ildcrodoxos Españoles. 

(2) El ¡fus Leví, líistoirr de la 3íagie. 



308 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

que habían estudiado en Toledo la nigromancia. «Los cléri- 
gos, decía Elinando, van á estudiar á París las artes libera- 
les, á Bolonia los códigos, á Salerno los medicamentos, á To- 
ledo los diablos, y á ninguna parte las buenas costumbres. » 
De Toledo y de Ñapóles vino la nigromancia, dice un 
romance francés. En el libro caballeresco de Maugís y 
Vivían supónese que el héroe había estudiado magia en 
Toledo ^^^. La magia, en suma, pasado el siglo decimocuarto, 



(1) Historia de los Heterodoxos Españoles por Don Marcelino Me- 
néndez Pelayo. Respecto del saber de los árabes, dice este autor : 

«Las artes mágicas de los muslimes ibéricos, como toda su civilización, 
eran de acarreo. Lo de menos era el elemento arábigo. A éste podemos 
atribuir los amuletos y talismanes con signos y ñguras emblemáticas ; 
pero el fondo principal de las supersticiones (fuera de las que son comu- 
nes á todos los pueblos y razas, y las que el Koran autoriza en medio 
de su rígido monoteísmo, v. g., la de ciertos espíritus ó genios, que no son 
ni ángeles ni hombres, el poder de los maleficios, el de las influencias 
lunares, etc.) está tomado de creencias persas y sirias, que en esta 
parte se amoldaban bien al principio fatalista. Influencia oriental, pues, 
y no árabe, ni siquiera semítica (puesto que el poderoso elemento 
persa, la tradición de los Magos, es arya), debemos llamar á la que 
traen á España los musulmanes y propagan los judíos, á pesar de las 
severas prohibiciones de su ley. La Cabala solía descender de sus altu- 
ras metafísicas para servir de pretexto á las artes irrisorias de no pocos 
charlatanes, que profanaban el nombre de aquella oculta ciencia. 

«Copiosa biblioteca puede formarse, si hemos de creer á los arabistas^ 
con las obras de moros y judíos concernientes á artes mágicas, astrología 
judiciaria, días natalicios, interpretación de sueños. Sólo de esta última 
materia se mencionan en algún Catálogo 7,700 autores. Cítase, no sin 
elogio, por lo que hace á España, el poema de Aben Ragel de Córdoba 
sobre la astrología judiciaria; una Demonologia, atribuida al último de 
los Al-Magheriti; los Pronósticos sobre figuras y contemplaciones celestes, 
de Abulmasar; el Juicio de la ciencia arenaria ó geomancia, de Alzanati; 
otro poema sobre el mismo asunto, por Abulkairo ; un tratado De arte 
gentliaca, debido al famoso astrónomo sevillano Arragel ; la Cldroman- 
iia, del cordo))és AIsaid-ben-Alí-Mohamed ; las Natividades, del judío 
toledano Alkhabizi, y varios tratados de anuiletos y encantamientos, 
en lo cual parece que descolló Abulcassin-Alcoschairi do Almería.» 



CAPÍTULO xxr. 309 



era llamada en Europa ciencia toledana ^^\ La adivina- 
ción y astrología judiciaria, tan generalizadas á la sazón 
en toda Europa, llegaron á ser, con el andar del tiempo, 
oficio de gente ociosa, y hasta los zapateros de viejo for- 
maban horóscopos ^■^. A las supersticiones indígenas, á las 



(1) L. -F. Alfrod Maurv, La Mufjie d lAsirolofjic. 
« En sus glosas á la Eneida escribe Don Eiinque : 

«É la cabeza 3' total idat de las vedadas scienciits es la magia, de la 
qual salieron quatro principales, que son : maÜíemática, prestigio, ma- 
leficio, encan/aeión. De niaihcmiilira salieron nueve, que son : ^droman- 
cia, piromancia, gconiancia, spafidwancia, fiilguraria, ciromancia, trc- 
iiularia, sonorítica y auspiciiun. De prestigio salieron seys, que son : 
ahsconsoria, piiUoria, congregaioria, transformaría, pasionaria, Indijhia. 
De maleftf'io salieron diez, que son: mediaria, sopniaria, inrocaioria, 
nigromancia, siricaioria, fibrica, e.rlaria, sortilejo. amatoria, vastatoria. 
De la cncantationc salieron tres, que son : emperica, imprecatoria, li- 
gatoria. De nigromancia salieren f[uatro, que son : atromancia, conO' 
manda, pedoxomancia, urnomancia. De siricaioria salieron dos, que 
son : cursoria y fascinatoria. De conomancia salió una, que es : lUho- 
manda. Y así son cumplidas las cuarenta artes vedadas. - ( Pasaje 
inserto en la Historia de los Heterodoxos Españoles por D(^n ^F. ^^e- 
néndez Pelayo, con ocasión de dar noticia del Tratado del Aoja)nirnto 
ó Fascinación escrito por Don Enrique de Villena en el ano de 1411.) 

(2) Del mono adivino decía Don (¿uijote : 

« Está claro que este mono habla con el estilo del dial)lo. Y estoy 
maravillado cómo no le han acusado al Santo Oficio, y examiiu'idole, 
y saeádole de cuajo en virtud de quien adivina. Porcjue cierto está que 
este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan ni saben alzar estas 
usuras ([ue llaman judiciarias, que tanlo ahora se usan en EspailGy 
(pie no Itaij miijerdlla, ni ]>aje, ni xajiaicro de viejo que no presuma 
de ahar nna figura, como si fuera una sota de naipes <lel suelo, 
echando á perder con sus mentiras é i;!:norancias la verdad maravi- 
llosa de la ciencia. >- (Don (Jnijote de la Mancha por Miiíuel de Cervantes.) 

«La general <lecadencia y barbarie retroactiva del si^lo XI\', el 
continuo trato y comi'rcio con judíos y musidmanes, el contagio de las 
sedas heréticas, todo contribuyó á osi'urecer la noción del libre albe- 
drío y á difundir las artes divinatorias, menos, sin embargo, que en 
otras naciones.* {Don Marcelino Mi'uéndez Pelayo, Ilistoriu délos 
Heterodoxos Espa ñules. ) 



310 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

que tenían origen de la dominación romana, á las que los 
godos arraigaron, á las tradiciones gentílicas similares á 
las mágicas del Oriente, á las de la propia naturaleza in- 
troducidas por árabes y judíos, juntáronse luego los em- 
bustes de los gitanos, que en el jDrimer tercio de la décima- 
quinta centuria aparecieron en España, á la par que en 
otras regiones de Europa (cíngaros, egipcios^ egipcianos , 
egipciacos, bohemios ), diciendo la buenaventura por las 
rayas de las manos y por la fisonomía y vendiendo filtros 
á los amantes desdeñados. 

Preténdese actualmente por algunos partidarios y expo- 
sitores del ocultismo asociar al orden de conocimientos ra- 
cionales y analíticos de la Europa las concepciones intuiti- 
vas de los pueblos del Asia. Quien juntase á las aguas de 
un río las de un estanque, vería desaparecer el estanque: 
las aguas del río se llevarían con su corriente las del es- 
tanque, y sólo quedaría el río. Tal sucedería al quieto saber 
contemplativo de los maestros del Oriente, si por ventura 
le Adncularan al impetuoso movimiento científico contem- 
poráneo de las sociedades cristianas. Sin embargo, tales es- 
tudios no carecen de utilidad ; pues, á parte de que nada hay 
inútil para la ciencia, convidan al espíritu á salir del es- 
trecho recinto en que le aprisionan y anonadan el positi- 
vismo, el materialismo y el pesimismo ^^l Por lo demás. 



(1) Con alusión al género de estudios á que nos referimos en el 
texto, Mr. Ad. Franck (del Instituto) se expresa así: «Las profun- 
didades tienen sus tinieblas y entrañan sus peligros. Pero yo prefiero 
una y mil veces sus audaces especulaciones á la miopia del positivismo 
y á la desesperación más ó menos hipócrita del pesimismo. » Carta á 
Papús, que sirve de prólogo á la obra de éste titulada Traite Métho- 
dique de Science Occulte. 



CAPÍTULO XXI. 811 

para penetrar la índole de las creencias y aprensiones po- 
pulares, 6 supersticiones y errores conuines, es necesario 
hacerse cargo de la lógica del vulgo, que encierra, digá- 
moslo así, dos elementos: el propio (peculiar del hombre 
primitivo) y el adventicio (adventicio tradicional, se en- 
tiende, pues la acumulación actual de nociones similares 
no debe tenerse en cuenta). Así en las creencias populares 
del Río de la Plata hay el caudal indígena y el importado, 
ambos de idéntica naturaleza. El importado, originario de 
Oriente, lo fue por intermedio de españoles y portugueses, 
que constituyeron las nacionalidades que hoy pueblan el 
nuevo continente. Portugueses y españoles, con sus expe- 
diciones y conquistas del Oriente, acabaron de sembrar 
por el nmndo las nociones de ciencia oculta que persas, y 
griegos y romanos, y árabes, ya habían comunicado á mul- 
titud de naciones. En España, aun después de la expul- 
sión de árabes y judíos, continuaron estas razas ihfluyendo, 
por medio de los moriscos y conversos, en el entendi- 
miento y hábitos de los españoles ^^l 



(1) Tratando de los moriscos, un insigne arabista y literato se ex- 
presa de este modo : « La gente común, siempre dada á la curiosidad 
y superstición, pretendía levantar el velo de lo futuro con el ahjuitcb 
( libro ) de los sueños 6 con las sKcrtcs de Dulcarnaní, resto del juego 
ú oráculo de los dardos de los árabes antiguos, y buscaba preserva- 
tivos contra los reveses de fortuna, las calamidades naturales ó la ira 
de los grandes, en diversos conjuros, como anojarcns ó bebe<lizos má- 
gicos, y liiries ó cédulas cabalísticas, mezcladas algunas veces con 
palabras griegas ó bebreas, Hguras misteriosas ó letras enigmáticas.» 
( Don Eduardo Saavedra, Discurso sobre la influencia de los nmsul- 
manes e>i)arioles sometidos al dominio cristiano, inserto en las Mcnio- 
rías de la Real Academia Española.) 

Aconsejada de una morisca, cierta dama principal de Sahunanca 
dio un hecliizo amatorio á un joven licenciado en leyes, que de resul- 



312 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

La suma de conocimientos que componen la ciencia 
oculta de los diversos pueblos y gentes que lian ocupado 
las diversas regiones del globo, viene á ser, en resolución, 
subiendo al origen de las cosas, lo que pudiéramos llamar 
ciencia primitiva ó r/zaíria; del género humano: conjunto 
de nociones reales ó imaginarias que por vía de intuición 
y de analogía forma el hombre sin cultura acerca de los 
fenómenos de la naturaleza y de la vida. Única y soberana 
en su clase, por la riqueza de nociones, por su influencia, 
y por la fama y primacía que ha alcanzado en el mundo, 
ha sido desde tiempos remotos la de la India y el Egipto. 

Los alquimistas, con la tema de transmutar en oro el 
plomo, el hierro ú otro metal de precio relativamente ín- 
ñmo, decían: todo esta en todo. La naturaleza está mode- 
lada por un tipo primitivo, que todos los seres reprodu- 
cen, cuando no en la forma, en su esencia. Esta idea era el 
hilo de Ariadna. Hallarle equivaldría á hallar la piedra 
filosofal, la materia adecuada para convertir el plomo ó 
mercurio en oro. No lo consiguieron; porque no les o cu- 



tas perdió el juicio, dando en la manía de creer que era de vidrio. 
( El Licenciado Vidriera por Miguel de Cervantes. ) 

«Pasé adelante, donde estaban juntos los ensalmadores, ardiéndose 
vivos, y los saludadores, también condenados por embustidores. Dijo 
un diablo: — «Veislos aquí á estos tratantes en santiguaduras, merca- 
deres de cruces, que embelesaron el mundo y quisieron hacer creer 
que podía tener cosa buena un hablador. Si curan con agua y trapos 
la herida que sanara por virtud de la naturaleza, dicen que es por 
ciertas palabras virtuosas que les enseñó un judío. Estos son por los 
que se dijo : lairtan, que es bendición, porque, con la bendición, hur- 
tan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que casi todos los 
ensalmos están llenos de solecismos ; y no sé qué virtud tenga el so- 
lecismo por lo cual se pueda hacer nada.» (Don Francisco de Quevedo, 
Las zahúrdas de Plutón. ) 



CAPITULO XXÍ. 313 

rrió, como á los bancos de emisión favorecidos por el es- 
tado, que para ello podría servir el papel. Pero, como po- 
hrc j)orfiudo saca mcndnir/o, inventaron, de rechazo, la 
pólvora, el fósforo y otras cosas útiles ^^^. El principio fun- 
damental de los alquimistas inf(jrma igualmente el orden 
y la vida de la naturaleza concebidos por las especulacio- 
nes de la magia y la ciencia oculta. 

Practican la maíjia en la India y en el Egipto los indi- 
viduos que, perteneciendo á las clases á quienes está reser- 
vada la dirección de la sociedad, se iniciaron, después de 
rudas pruebas físicas y morales de virtud y constancia, en 
los misterios de sus templos. Sus enseñanzas, que forman 
(como queda indicado) la doctrina esotérica, descansan en 
un concepto orgánico del universo, al modo de los animales 
y plantas. El universo forma un todo animado y consti- 
tuido por tres principios, que son la naturaleza, el hombre 
y Dios, ó sean el macrocosmo, el microcosmo y el arque- 
tipo. Todas las porciones que integran el universo visible ó 
invisible están íntimamente unidas por correspondencias. 
El hombre ó microcosmo (mundo pequeño) contiene en 
sí analógicamente todas las leyes que rigen el universo. 



(1) «Los escrito? de alquimia sólo pueden ser útiles á quien los 
lee, no para instrucción, sino para diversión, como livs novelas de Don 
Bcliaiiis de Grecia y Amadís de Gaula. No por eso condeno aquellos 
autores que, sin jactarse de poseer la i>¡edra, tratan esta materia filo- 
sóficamente. .. . VMg asunto es tan diuno de disquisición seria, como 
otras materias filosófica"^. » ( Feijoo, Teatro CrilicOy Disc. Piedra filo- 
sofal.) «La alquimia, arrastrada por sus mismas ilusiones {\ la inves- 
tigación y, á veces, al descuhrimionto de la venlad, ha preparado la 
regeneración de his ciencias naturales, conduciéndtdas, en cuanto á los 
hechos, por el camino de la exi>eriencia y del análisis, y vinculándolas 
por sus principios a las niás altas es|H'culac¡on«'s de la nu'tatí-icjL > 
( Parare lae et l'Alchimie ait AT/." SUrle \k)t M. Franck, iK' llnsliluU) 



314 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

La naturaleza es el punto céntrico de manifestación gene- 
ral de todos los demás principios. El hombre, poniéndose 
en comunicación con la naturaleza por medio de la acción, 
con sus semejantes por medio de la palabra y con Dios por 
medio de la oración y del éxtasis, forma el lazo que une 
la creación al Creador. Constituyen el ser humano tres prin- 
cipios : el cuerpo, el mediador plástico y el espíritu. El me- 
diador plástico (vida orgánica) equivale á cuerpo astral, 
intermediario del cuerpo y del espíritu ^^ I 

Compónese el ser humano, de elementos idénticos, cé- 
lulas. En cada célula se halla individualizada la vida 
general del ser humano. Constituye la vida la fuerza 
solar transformada: es una forma del calor y la luz 
emanadas del astro del día. El hombre, del propio modo 
que los demás seres vivientes, son, á su vez, células del 
aire, de la sangre de nuestro planeta. El globo terráqueo 
es también, por lo mismo, un ser viviente. El reino mineral 
forma su esqueleto. El reino vegetal representa su vida 
vegetativa. El reino animal, que es la vida sensitiva, cons- 
tituye su sistema nervioso. Su cerebro es la humanidad. 
La tierra, del mismo modo que los demás planetas de nues- 
tro sistema, vienen á ser las células del mundo solar, que 
á su turno es célula del universo ^ '^ \ Todo está en todo, 
todo está formado de elementos idénticos, todo concurre á 
integrar un organismo universal que gravita en torno de la 
unidad ^primera. Siendo la tierra un cuerpo vivo, dotado 
consiguientemente de sensibilidad y sistema nervioso, fácil- 



(1) Papús, Le Diabla et V Occultisme. 

(2) Trailó Móihodique de Science OccuUe por Papús. Carta -prefa- 
cio de Ad. Franck, miembro del Instituto. París. 



CAPÍTULO XXI. 315 

iiiente se concibe como á favor de la luz solar, que todo lo 
penetra, mueve y auna, podrá una fuerza ó substancia co- 
municar desde lejos los efectos de su acción á cualquiera 
de las partes que le conq)onen. La fuerza nerviosa es 
capaz de condensarse y de dilatarse, y, por consiguiente, 
de salir fuera del ser Jiuniano. La magia, en suma, no es 
otra cosa que la aplicación de la voluntad humana dina- 
íiiizada d la evolución rápida de las fuerzas vivientes 
de la naturaleza ^^ '. 

La doctrina esotérica descansa en la analogía, cuya 
clave es el ternario'' ~\ Siendo el hombre un mundo pe- 
queño (microcosmo), del conocimiento délas funciones de 
su or2;anismo se infiere lo que será la circulación de la vida 
en el universo. La natm*aleza entera se gobierna por el ter- 
nario. 

El número carece de realidad objetiva, así en el mundo 
físico como en el moral. Mas el vulgo, de acuerdo con las 
tradiciones de la antigüedad y de la magia, le supone do- 
tado, según las unidades (pie encierra, de una virtud ca})az 
de menoscabar ó de aumentar la perfección de las cosas 
que le incluyen. 

La excelsa virtualidad del septenario nace de ser el re- 
sultado de la unión del ternario y el cuaternario. El ter- 
nario representa el movimiento y la resistencia, engendra- 
dores de la estabilidad y la armonía, simbolizadas por el 
cuaternario. El siete es el número sagrado; representa el 
poder mágico en toda su tuerza: es el espíritu secundado 
por todas las j)()ten(*ias clenicntales '"'^ Su noMe/a y vir- 

(1) Tíipús, ()l)ra filjuhi. 

(2) Papiis, obra citada. 

(3) Papús, obra citada. 

22. 



316 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

tildes han sido largamente ponderadas por gentiles y cris- 
tianos, dando ocasión á que Don Alfonso X de Castilla 
dividiese en siete partes, ó partidas, el dilatado cuerpo de 
prudentes leyes con que intentó mantener en paz y en jus- 
ticia los pueblos de su señorío. 

La idea de que las cosas tienen entre sí vínculos de amor, 
paz y concordia, ó bien de que se repelen impulsadas de las 
pasiones del odio, de la enemistad ó la guerra, á favor de 
causas desconocidas, ó del influjo de las estrellas y cuerpos 
superiores, con su luz y movimiento y otras propiedades, 
conforme á la voluntad soberana, que todo lo tiene orde- 
nado con su infinita sabiduría, privó en todas las épocas, 
desde que los filósofos griegos y romanos la acreditaron 
por el mundo. Lo que Plinio y otros escribieron sobre el 
particular hállase repetido en obras posteriores de la mo- 
derna edad, y España recogió también naturalmente esta 
herencia, cuidando de salvar la libertad moral del hombre 
entre las fuerzas simpáticas y antipáticas que obran sobre 
su ánimo. 

Desde muy antiguo ha creído ver el hombre en las 
cosas, no obstante carecer de alma capaz de afectos, las 
mociones de odio y amor, de aversión y de amistad, de an- 
tipatía y de simpatía. La repulsión y la atracción que el 
combate ú oposición y el equilibrio ó neutralización de 
fuerzas j)arecen manifestar, así como, especialmente, los fe- 
nómenos singulares del imán con relación á determinadas 
substancias ( hierro, acero, níquel, etc. ), llamaron constante- 
mente la atención del hombre primitivo. La paz y la guerra 
de la naturaleza, las amistades y los odios de las cosas, 
aunque materiales é insensibles, hechas todas para el hom- 
bre, describió Plinio en la historia del orbe, donde con 



CAPÍTULO XXI. 317 

claro ingenio reunió cuantos conocimientos alcanzaba su 
época con respecto á la tierra y á sus productos. Los griegos 
llamaron simpatía á esa paz de la naturaleza y amistad de 
las cosas. La naturaleza, madre divina de todas las cosas, 
tiendas dispuestas convenientemente para el servicio y dis- 
frute del hombre hasta en medio de los desiertos, ofre- 
ciendo á cada paso maravillosos ej('m¡)los de antipatía y 
simpatía: plantas de diferentes clases que se buscan y 
viven asociadas : plantas (pie, juntas 6 próximas, desfa- 
llecen y mueren : substancias minerales que se amalgaman 
ó se destruyen, unidas ó en contacto, etc. Las propiedades 
simpáticas ó antipáticas de las cosas, aplicadas al hombre, 
le curan de sus dolencias, y de ahí nació la medicina ^^^ 

Enseña la ciencia oculta que hay un agente mixto, un 
agente natural y divino, espiritual y corpóreo, un inedia- 
dor plástico universal, un receptáculo común, unas vibra- 
ciones del movimiento é imágenes de la forma, un fluido 
y una fuerza que en cierto modo pudiéramos denominar 
la ¡ina(jinaciÓ7i de la tierra. En virtud de ella se conui- 
nican secretamente todos los organismos á favor del sis- 
tema nervioso; y de ahí provienen la simpatía y la a/¿//- 
patía: de ahí los sueños y los fenóaienos de la doble vida 
y de la visión preternatural. No otra cosa es el od délos he- 
breos y de Ilichembach, y la luz astral de los martinistas ^'K 

La idea de la simpatía ó antipatía en los objetos na- 
turales era harto extraordinaria, ruidosa y antigua, para 
que el espíritu investigador y crítico de Fí'ijoo la pasase 
por alto. El término cualidades oculta.^, nada signilica. 



( 1 ) (\ IMiiiü Sccundi Xafuralis líistoruc lux r XX. 
(2) Klifás Ia'VÍ, llistoirc de la Mujie. 



318 SUPERSTlCIOísES DEL RIO DE LA PLATA. 

En las escuelas j en los libros se le quiso dar mayor pre- 
cisión con los nombres de simpatía y antipatía. Donde 
hay efectos preternaturales, raros, admirables, y especial- 
mente donde hay ó se advierte algún género de atracción 
ó de repulsión entre dos cosas, allí hay sinip)atía ó anti- 
patía. Son la simpatía y la antipatía, según Plinio, el 
amor ó el odio de las cosas que carecen de sentido. Otros 
quieren que sean el consenso y el disenso, ó la concordia 
y discordia, que en realidad de verdad es lo mismo que 
decir el amor y el odio. Los que entienden que la sim- 
patía y antipatía consiste en la semejanza ó desemejanza 
de toda la substancia entre dos cosas, enredan más y más 
la esiDccie. Kinguno de tales conceptos da razón de los 
efectos particulares cuya causa se inquiere, y, hablando 
con pro])iedad, no hay simpatía ni antipatía en el mundo. 
La semejanza y desemejanza (y lo propio cabe decir de 
la analogía en que la ciencia ocnlta funda sus deduccio- 
nes) son puras relaciones, carecen de actividad ^^\ 



( 1 ) Teatro Crítico Universal por Fray Benito Jerónimo Feijoo y 
Montenegro. 

AVilliam George Black en su Medicina Popular ( cap. de la Historia 
de la Cultura) trad. por D. A. Machado y Alvarez, menciona, pero 
no define ni explica satisfactoriamente lo que se entiende ó lo que en- 
tiende el vulgo por simpatía. Concrétase á referir multitud de medios 
y formas que en diversos países tiene el vulgo y el hombre salvaje 
de curar las dolencias, añadiendo de pasada que se supone haber una 
misteriosa correspondencia entre los seres humanos y los objetos na- 
turales y que las siqiersticiones médicas tienen por base la asociación 
de las ideas: á los remedios de ellas emanados va siempre unido el 
concepto de la simpatía. La asociación de las ideas puede dar origen 
á un juicio lógicamente bueno, y cabe suponer una correspondencia 
misteriosa en cosas real y efectivamente relacionadas entre sí. La sim- 
patía, de tal manera explicada, ofrece una noción demasiado incierta 
del concepto que envuelve. 



CAPÍTULO XXI. 319 

Algnno«, 6 los niíls, entienden (prosigue Feijoo) por 
simpatía y antipatía un género de determinación se- 
gún la cual se verifuía tal ó cual efecto en un cuerpo dado, 
precisamente porque en otro á quien este dice relación 
simpática ó antipática se manifiesta uuíi correlativa afec- 
ción, accidente ó movimiento, concomitancia de fenómenos 
que se realiza sin (¿ue un medio exterior propague la ac- 
ción de uno á otro objeto. El hierro, por ejemplo, se deter- 
minará á moverse, precisamente porque el imán está pre- 
sente ó á corta distancia. Se restañará la sansrre de la 
herida, precisamente porque se echan en la venda ensan- 
grentada con que estuvo atada los polvos >timpáticos (que 
llaman), aunque aquella y estos, al tienn:)0 de hacer la ope- 
ración, se hallen muy distantes. ¡Quimera filosófica! Las 
modificaciones que un cuerpo experimente no podrán de- 
terminar á otro á cosa alguna, sin que obre sobre él de un 
modo efectivo, y para ello es necesario que le conuinique 
materialmente su acción '^^. 

La idea de la simpatía, en el hombre primitivo y en el 
vulgo, que le sigue generalmente en sus juicios de igual 
manera informados, nace de la supuesta posibilidad de es- 
tablecer una efectiva correspondencia y concomitancia 
entre objetos que ofrecen á los ojos una analof/ía y uny>a- 
ralelixmo de acción, que á veces nada tienen que ver en 
realidad con su respectiva naturaleza y modo de obrar. Las 
pcdahras, en que nunca faltan los v ti meros en una ú otra 
forma, constituyen el elemento dinámico, digámoslo así, 
de este imaginario juego de causas y (afectos. El numero 
ternario (ó sus nulltiplos) es el que figura esencialmente 

( 1 ) Teatro Ciútico Universal. 



320 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

en las símjjafías. Y se comprenderá fácilmente porque en- 
tra el ternario, teniendo presente el significado que la ma- 
gia ó ciencia oculta atribuye á los números 1, 2 j 3. El 
número 1 representa lo activo, el número 2 lo j)asívo j el 
número o la acción de lo activo sobre lo j)ci8Ívo^^\ 

Hay en toda sivipatía un agente, un paciente y un ele^ 
mentó que restablece la alterada armonía de las leyes de 
la vida, que lo son del universo. 

El estudio de las simpatías contribuirá á poner en claro 
algunos pormenores de la magia y á demostrar que la ti- 
tulada ciencia oculta (que no tiene nada de científico) no 
presenta á nuestros ojos otra cosa que las ideas y atisbos 
del hombre en sus primeras edades ante el cuadro y movi* 
miento ordenado de la naturaleza. Una vez que los estudios 
del folk'lore acopien datos suficientes sobre el particular, 
se verá sin duda alguna que la mayor parte de las ideas y 
prácticas supersticiosas que tienen los individuos de una 
nación para curar sus enfermedades y para otros fines, son 
idénticas en lo esencial á las que siguen los individuos de 
otras naciones diferentes en religión, lengua, condiciones 
étnicas y grado de civilización. 

Los efectos de la oración, entre los magos del Oriente, 
se reputan excelsos, extraordinarios, de eficacia infalible, 
así por lo que respecta al mundo exterior, como en lo to- 
cante á la persona que la exhala del fondo del alma. En el 
plan astral, las formas elementales se imantan por la 
acción de la palabra. En el sujeto, purifícase el sentimiento, 
que mueve la voluntad á obrar cosas extraordinarias y es- 
tupendas: el alma parece hallarse en su propio y verda- 

( 1 ) Papús, TraiL Méthod, de Scípjic. OccuU, 



CAPÍTULO xxr. 321 

dero elemento ^^\ Tales, en el fondo, aunque ohseurecido.s y 
toscamente practicados, son los principios que informan la 
magia popular ó creencias relativas á las operaciones .s///¿- 
pdíícafi de que usa el vulgo en sus curaciones y negocios. 
Las tradiciones mágicas, mezcladas entre los cristianos con 
ideas supersticiosas y con rastros de las creencias del indio, 
forman el tema de las fórnudas, conjuros ó palabras que 
acompañan generalmente á toda acción s'nnpdtlca. Lfis 
j)alahraíi, en substancia, incluyen una oración, con la que 
se bendice ó se maldice. Suelen ser una de las formalidades 
de que va acompañada la acción para alcanzar el resultado 
ó efecto que el mago popular se promete de las simpafías 
6 antipatías de las cosas. Las palabras se pronuncian ge- 
neralmente con solemnidad, pero en reserva, sin que nadie 
las oiga, á fin de que no pierdan su virtud y eficacia, como 
la perderían infaliblemente, conocidas del vulgo. El secreto 
de la fórmula ó palabras no puede ser conocido de nadie, so 
pena de j^erder su virtud y eficacia. Algunos, sin eml)argo, 
dicen que puede ser conocido de tres personas, y no más. 
Acabálase la potencialidad de las palabras con símbolos y 
ceremonias encaminadas a merecer de la divinidad que go- 
bierna el mundo el favor ([ue se le pide. Ceremonias, pre- 
ces, símbolos, constituyen, en suma, la forma productora de 
toda manifestación sinipática de las cosas, con respi'cto á 
la persona (jue la pronuieve. Todo esto lo practica á su ma- 
nera el vul^ro en el Río de la Plata, Tara^uav v l^rasil, si- 
guiendo la tradición de jxdiugueses y españoles. J). lOnri- 
que de Villena pondera las obras que por rirtud dr pa- 
labras se hacen y en lo cual alcanzaron (jrandcs secretos 

( 1 ) Papús, Tniif Élñ)i. de Muy. l*mt. : Tmi(. Mrtlt. de Scicm-. (átuU. 



322 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

los hehraiquísfas^^\ Palabras, conjuros, cantos mágicos 
fueron preconizados de griegos y romanos ^^^. 

Las fórmulas ó palabras, así como las ceremonias de la 
magia popular, en sociedades modeladas en la religión del 
Crucificado, como lo están las de la América Española y 
Portuguesa, debían hallar su razón última, su esencial vín- 
culo y virtud activa, en Dios, en la Trinidad, en el símbolo 
de la Pedención, en la virgen María, en cuanto la Iglesia 
enseña. x\sí es en efecto : las palabras envuelven siempre 
alguna bendición (tal vez mezclada con reminiscencias 
gentílicas), en nombre de las cosas santas que el católico 
venera, ó una maldición al enemigo del género humano, á 
Satanás, que no se cansa de perseguirle y de dañarle por 
todos los medios imaginables. La voz de la oración, en 
todo el espacio á que se extiende, quita al rayo su fuerza 
destructora y le desvanece. La pura sonrisa de la inocencia 
arguye que el niño dormido está soñando con los angelitos, 
que descienden, en su imaginación, á la cuna y le acarician 
y divierten. El repentino silencio que sobreviene á una 
conversación mantenida entre varias personas, tiene por 
causa el paso entre ellas de un ángel, cuyas alas comu- 
nican al ambiente que las envuelve un movimiento y 



( 1 ) Tratado del Aojamiento ó Fascinología, citado por D . M. Me- 
néndez Pelayo en la Hist. de los Heterod. Esii. 
(2) 

El canto y el conjuro es poderoso 
A retraer la luna reluciente. 
El rostro demudó Circe, monstruoso, 
Con cantos, de ülises á las gentes. 
De canto rodeada vigoroso, 
Revienta por los prados la serpiente. 
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa, 
Y vuelve de la villa á Dafni á casa. 

(Égloga de Virgilio, trad. por Fray Luis de León.) 



CAPÍTULO xxr. 323 

ruido misterioso?', que infunden respeto y suspensión '^\ 
Los pueblos del (Jriente y los griegos y romanos usa- 
ron, en la curación de sus enfermedades, los remedios de 
yerbas, los que entendieron hallar en las sujniestas simpa- 
tías de las cosas y los que atribuyeron á las pal abráis 6 
fornuilas rogativas, que eran de impetración, de cxpnhión 
y de recomendación. Los más circunspectos reluisaban 
dar asenso á las palabras y encantos mágicos; pero, consi- 
derado el puel)lo en masa, no se dudo de su eficacia en la 
curación de enfermedades. Hechos notorios ponían á cada 
instante la prueba de ello á los ojos de todo el mundo. La 
tradición constante lo corroboi'aba. Creían que el poder 
de las palabras era tanto, que atraían el rayo del cielo. 
Las vestales, con una simple oración, detenían en el acto á 
los esclavos fugitivos que aun no hubiesen salido de Roma. 
Teofrasto asegura que por medio de un encanto se curaba 
la ciática. Homero cuenta que, á favor de uno, detuvo 
Ulises la sangTe que se escapaba de una herida en el muslo. 
Catón hace referencia de una fórmula para las luxaciones 
y Varrón de otra para la gota. César, después de una caída 
de un carro, repetía siempre tres veces, al sentarse en un 
vehículo, cierta fórmula (]ue sabía; con lo que se conside- 
raba libre de accidentes análogos. Creíase que los dioses 
asistían en todos los instantes y en todos los casos á los 
negocios de la vida, mostrándose j)ro})icios á los que pia- 
dosamente solicitaban su [)atr()cinio. De ahí las preces ó 
palabra.^ en la curación de enfermedades, lo proj^io (pie 
en otras ocasiones de peligro, como, \\\y\\ precaver de in- 
cendios una casa, el escribir una fórmula en las paredes 

( I ) Cifcnfos // Porsias J'opularcs Andaluxas por Fornáii Cahallero. 



324 SUPERSTICIOXES DEL RIO DE LA PLATA. 

del edificio. De ahí las felicitaciones de año nuevo; el poner 
á personas v cosas nombres significativos de bienandanza; 
el saludar á los que estornudan; el desear bien á los muer- 
tos, al nombrarlos; el suponer que el zumbido délos oídos 
nos advierte que los ausentes están hablando de nosotros; 
etc., etc. Pero lo más raro, en descrédito de las fórmulas, 
es el uso de voces exóticas e inexplicables ó de términos 
extravagantes; lo que parece tanto más digno de menos- 
precio, de risa, cuanto uno espera algo de grande y so- 
lemne, digno de la divinidad, que la mueva é impulse á 
obrar como lo desea el postulante (i). 

Figura y se distingue, entre las ceremonias mágicas, la 
acción simbólica de las manos. Sea inmediata ó á la dis- 
tancia, con ó sin contacto, en esta ó en aquella forma, la 
acción de las manos, que natm^almente acompaña á la pa- 
labra, tiene en la magia una virtud efectiva en los objetos 
a que se dirige. Por medio de pases, esto es, de ciertos 
movimientos de las manos, el magnetizador transmite (se- 
gún doctrinas disputadas) el fluido que ha de atar á su 
voluntad y restablecer 6 alterar la armonía y juego de las 
funciones fisiológicas de la persona hipnotizada. Efectos 
maravillosos liase atribuido desde las más lejanas edades 
á la mano de hombres privilegiados. Pefiere Grates de 
Pérgamo que cerca de Párium, en el Helesponto, había 
una clase de hombres, llamados ofiógenos, que curaban 
con el tacto la mordedura de las víboras y extraían del 
cuerpo los venenos, imponiendo las manos ('-). Al impo- 
nerlas el mago del pueblo, simboliza que la divina miseri- 



( 1 ) C. Pünii Secundi Naturalis Historim líber XXVIII. 

(2) Pliiiio, Natiir. Histor, lib. VIL 



CAPÍTULO xxr. 325 

cordia ampara l)ajo las suyas al pacionte, que recibe de 
ellas el don de la salud. Poner 6 lí/i/}oncr las manos sobre 
alfinno, es l^endecirle y orar por él, así como dedicarle ó 
consagrarle al servicio de Dios (n. La imposición délas 
manos es ceremonia que se halla en el Antiguo Testamento 
y d(í que hacen uso los obispos en el sacramento de la 
confirmación y al ordenar a los presbíteros, dicióndoles: 
Accípe Spiriíuní Sancfuní etc. Jesucristo dijo que los 
que en él creyeren, pondrían Lis manos sobre los enfermos 
y los dejarían sanos (-). 

Las manos, no solamente ejecutan las determinaciones 
de la voluntad, sino que también se prestan ii interpre- 
tarlas con nuula elocuencia, simbolizando el estado del 
ítnimo y las modificaciones del ])ensamiento. De ahí el pci- 
sonificar tan frecuentemente las manos, calificándolas de 
amenazadoras, suplicantes, crueles, piadosas, airadas, etc. 

Satanás, no pudiendo atraer el hombre á su partido, se 
venga de él, perjudicándole, tocándole en sus intereses, 
cosa que tanto le duele. ¿Cómo lo efectíia? Infinito es el 
incinero de demonios queá manera de microbios revolotean 
])or la atmósfera. Pues bien, los demonios, para hacer 
(laño al liombre, para hacerle creer al mismo tiempo (pie 
el daño procede de las mismas cosas creadas por la divini- 
dad, s(» disfrazan cada v cuando les acom(KÍ:i, tomando Ihs 
l'ormas cpie convienen á sus designios. VA diablo se con- 
vierte, cuando quiere ó se le antoja, en serpiente, cnci-vo, 
toro, puerco, lobo, [>erro negro, rata, mos(.'a ú otro in- 



( 1 ) El (obispo Don Fóüx Torres Aiiiat, La Sagrada Biblia tra- 
ducida de la Vulíjatn. 

(2) Kv;iiijí('l¡(i de San >í:ir('os, ca¡i. X\'I, vers. IS. 



326 SUPERSTICIONES DEL EIO DE LA PLATA. 

secto^^l Se convierte en cualquier cosa. Es tan ingenioso 
y hábil, como astuto y perverso. 

Es más, los espíritus malignos, esparcidos en la atmós- 
fera á manera de animales microscópicos, pueden introdu- 
cirse, por medio de la respiración ó con los alimentos y las 
bebidas, en los órganos del cuerpo humano, á quien siguen 
de continuo en su anhelo de habitarlo. Por eso los exor- 
cistas, á vista de un endemoniado, enderezaban sus con- 
juros á la cabeza, á los ojos, á los cabellos, á la lengua, á 
las narices y oídos, á los brazos y piernas, al pecho y al 
vientre, al corazón, á las venas, á los ríñones, á las manos 
y pies, etc. Proponíanse expulsar del cuerpo los espíritus 
que le atormentaban -^l 

Para destruir los animales útiles, ¿cómo hará el demonio? 
Se transformará en mosca, y, depositando su cresa el demo- 
nio en la primera herida ó llaga que advierta en el cuerpo 
de los animales que constituyen el patrimonio del hombre, 
hará que se forme una gusanera. 

Piadosas leyendas antiguas presentan á los demonios 
convertidos en moscas, y atestiguan á la vez que, no sola- 
mente á los hombres, sino también á los animales, han so- 
lido atormentar de esta manera disfrazados. En la vida de 
un santo aparece una ternera poseída del demonio. El 
hombre ó el animal poseído así, ó en otra forma, de los es- 
píritus malignos, libertábase de tan horrorosa cautividad 
por medio de exorcismos y de amuletos ^^\ 

Los exorcistas fueron los que, á los principios de la era 



(1; La Magie et rAstrologie por L.-F. Alfred Maury. 

(2) La Magie et VAstrologie por L.-F. Alfred Maury. 

(3) Maury, La Magie et VAstrologie. 



CAPÍTULO XXI. 327 

cristiana, libraron al lionibre de la posesión del demonio, 
iinjíoniendo las manos y recitando rogativas. Mas luego se 
observó que la fe y la caridad que animaban á todos los 
cristiáneos, así clérigos como legos, bastaban por sí solas 
para conjurar al espíritu inmundo. Debilitada la fe con el 
andar de los años, la orden de los exorcistas fuese restable- 
ciendo 2^oco á poco ^^ I 

Además de los exorcismos, había los amuletos ó talis- 
manes, que producían los mismos efectos, por la sola virtud 
(le su consagración ó de las fórmulas que contenían. Eran 
estas conjuros análogos á los (jue se pronuncialjan para 
expulsar al demonio del cuerpo de los poseídos. A veces 
contenían las mismas expresiones bárbaras de que usaban 
con el mismo objeto los mágicos de la antigüedad. De esa 
manera entraban en la corriente de las creencias propias 
del cristianismo las ideas de los gentiles á tal respecto, la 
medicina de los ensalmos 'I 



(1) L'al)l)i'' Martijrny, l>irlt(nui(iirc des Aultqiuli.s ihn tuauC'S. 

(2) Mam y, La Mauic ct lAstrulogie. 



CAPITULO XXII. 

La vista en la magia vulgar. 



Sumario. — Importancia de la mirada en las operaciones mágicas. — 
iNíirar sin pestañear. — No mirar para atrás: símbolo de la cons- 
tancia en la fe. — Poder de la mirada. — Fenómenos del magne- 
tismo animal. — Preocupaciones acerca de la mirada del avestruz. 

— El huevo del avestruz en las mezquitas del árabe y en Jas 
iglesias del cristiano. — Efectos de la mirada en el reino animal. — 
Estupefacción que causa la mirada de la víbora y la culebra. — 
Explícase el fenómeno. — El caburé produce iguales efectos. — El 
campesino supone que la víbora y la culebra exhalan un vaho que 
envuelve y atrae á la víctima. — La terrible víbora yarará. — 

— Efectos de su picadura. — El paisano juega con las víboras. — 
Cómo las domina. — Mascadores. — Magnetizadores. — Malas chan- 
zas. — El que juega con víboras acaba por perder la vista. — 
Amistad entre el hombre y la víbora. — Los antiguos encantado- 
res de serpientes. — Iguales cosas entre los indios del Nuevo 
]\Iundo. — El que juega con víboras muere arrastradamente, como 
anda el odioso reptil. 



Figura en multitud de casos, entre los factores más efi- 
caces de la magia vulgar, la mirada, la vista. En la fasci- 
nación, en la curación de enfermedades de hombres y de 
animales, en los saludos á las plantas maléficas, en toda 
operación cabalística cuyo objeto se halle presente, la mi- 
rada del que la ejecuta, entre el vulgo campesino del Río 
de la Plata, es una cosa de esencial importancia. La vista 



CAPÍTüiX) XXII. 329 

acompafía á la intención: sigue al entendimiento ya la 
voluntad, con quienes aparece frecuentemente hermanada, 
como la luz al calor. La mirada, en las í)])eraciones inatíi- 
cas que usa el vulgo lioplatense, tiene que ser fija, intensa. 
Debe mirarse al objeto á que uno dirige su intención, sin 
pestañear : tanta es la atención, tanta la intensidad de es- 
píritu que se requiere, para el buen éxito de la operación 
cabalística, misteriosa, incomprensible, absurda al parecer, 
pero cierta, segura, (pie ejecuta el poseedor del mágico se- 
creto. La fe en su resultado es tan necesaria asimismo, (pie, 
por ejemplo, si de la curación de una enfermedad se trata, 
no debe el agente volver á acordarse de ella. No debe mi- 
rar para afras, al dar la espalda al ol)jeto á (pie hubiere 
aplicado su remedio x'un pático ó cabalístico. Al terminar 
la operación, debe apartar del objeto instantáneamente la 
vista, de])e apartarla con la rapidez del pensamiento, con 
la misma rapidez con (pie se apartaría de el la luz despu(5s 
de apagada la llama que la emitía. No mirar para atrás, es 
símbolo de la constancia en la fe^^l A veces debe no mi- 
rarse el objeto al ejecutar la ()})erac¡ón, y así lo practicó la 
gentilidad ^-\ 



(1) «Xinguiio que, después de liaher puesto su nuuio en el arado, 
vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de Dios.» (Evangelio do 
San Lúeas, trad. i)or el Obispo I). Félix Torres Aniat.) 

Esta coui/n cogr y saca afíion» ; 
Adonde oí a^ua corii- vr ulc«n/.alla ; 
Por las t'spaldas la echa, y vf a ligera : 
No mires, Ainnrilis, al eclialla. 
Con esto tentr.ré a(|iiel nliiia fiera. 
Mas ¡qué canto ó (|ui' Dios ¡lodrá nlilandulla! 
Ve |ir«-!<to, mi conjuro, y In mar Ita^a, 
Y vuelve de la villa :\ l>afni ;i casa. 



(KglcHja de Vlrw'ilio, tmd. por Fray Luis do I>(>óti.) 



330 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

Del poder de la mirada, grande y vario en sus efectos, 
á cada paso ofrece la vida pruebas notorias. Sigue, á la 
par con el gesto, los movimientos de la palabra, y á me- 
nudo mauifiesta patentemente por sí sola, así las pasiones 
más violentas, como los más suaves afectos. Una persona 
hipnotizable, observaba el célebre Charcot, no tarda en 
pestañear, si se la mira fijamente. La vista es recurso pri- 
mario del magnetizador. La acción de la vista semeja la 
del sol, que vivifica la naturaleza ^^ I Cuentan que el fakir 
de la Lidia, desnudo (con sólo un taparrabo), escuálido, 
sentado (á la usanza oriental) sobre sus calcañares, tendi- 
dos los brazos en dirección á una maceta y fijos en ella 
los ojos, en pocas horas hace germinar la semilla que al 
intento se puso en la tierra, y formarse la planta, y crecer 
y desarrollarse, y echar ramas y flores y frutos. Sorpren- 
dida con tales efectos la mente del vulgo, no es mucho que 
la mirada del hombre y de los animales se convierta para 
él en un manantial de encantos y brujerías. 

El magnetismo animal, con sus fenómenos ciertos, sus- 
pende el ánimo del hombre primitivo y del vulgo y sirve 
de apoyo al mago para obrar maravillas. Si hay ó no un 
jluido nervioso ó un fluido magnético, á favor del cual 
una persona produzca en otra los raros fenómenos del hip- 



(1) Por influencia, se entiende. Tratando del basilisco, animal fa- 
buloso que mataba con la vista, dice así el P, Feijoo : «La vista no 
es activa, sino dentro del propio órgano. El objeto le envía especies ; 
pero ella nada envía al objeto.» (Teatro Crítico.) La teoría de la des- 
composición de la luz, cuyos ra3^os forman el color y dibujan en la 
vista las cosas que los reflejan, no era dogma científico en la época de 
Feijoo. Especies, agentes imponderables, fluidos, sustituían á las mo- 
dificaciones del movimiento con que hoy se explican multitud de fenó- 
menos. Pero la observación de Feijoo no por eso es menos oportuna. 



CAPÍTULO XXII. 331 

notismo, no hace al caso. El sabio se desvela buscando las 
causas de los hechos y fenómenos preternaturales de la 
naturaleza y de la vida en el orden natural de las cosas. 

El homljre primitivo y el vulgo nunca han estado dis- 
puestos á romperse la cabeza con tales disquisiciones, 
sobre todo sabiendo, como saben con entera seguridad, que 
semejantes enredos los dispone el diablo, ú otras inteli- 
gencias ó agentes invisibles (fuerzas personificadas). El 
abate Faría, portugués, nuilato, natural de Goa, antigua 
capital del virreinato lusitano de las Indias Orientales, 
adípiirió crédito é inmensa po})ularidad en París, á fines 
del siglo decimoctavo, con públicas disertaciones sobre el 
magnetismo y experimentos análogos admirables. Negó la 
existencia de un fluido magnético, y consiguientemente la 
transmisión de él, como otros pretendían (y pretenden), 
por medio de los pases: demostró que la fijación de la mi- 
rada en un objeto es bastante para constituirse en estado 
de hipnosis 6 sueño nervioso: fonnuló la teoría de la su- 
gestión, y pretendió pasar })or iluminado, por un bracmán 
que desde la infancia había tenido la fortuna de ser ins- 
truido en los misterios de las doctrinas sagradas de los in- 
dios. El sacerdote Faría y el médico Paracelso^^^ entre 
otros hombres célebres ([\w procedieron de la propia ma- 
nera, denuiestran patentemente cuan próximas están en el 
c^mpo de la imaginación, las sublimidades de la ciencia y 
las especulaciones de la magia. 

Entre africanos y asiáticos hay la creencia de que el 
avestruz encoba, mirando lijamcnti» los huevos. Entre el 
vulgo del Brasil y del Kío dv la Plata hállase igual idea. 

(1) Véase Cap. XX Vil. 

23. 



332 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

Observan, no obstante, que el avestruz se echa, aunque no 
la hembra, sino el macho, quien cría y cuida los pol hielos, 
circunstancia que no obsta á que empolle con la mirada. 
Tiene el avestruz una vista extremadamente larga. Es cu- 
rioso, y suele detenerse á mirar con atención los objetos 
que le causan novedad. Una y otra circunstancia, la de no 
encobar la hembra y la de fijar la mirada, han dado, sin 
duda, origen á la creencia de que el avestruz encoba con 
la vista. Los coptos ( cristianos originarios de Egipto, que 
siguen la secta eutiquiana) cuelgan ante el altar dos hue- 
vos de avestruz, poniendo una luz en medio de entrambos, 
para que en ella fije la vista el sacerdote que celebra la 
misa. Los mahometanos ponen también sobre las lámpa- 
ras de sus mezquitas huevos de avestruz, que aparecen 
igualmente en los altares de algunas de las iglesias de Es- 
paña ^^\ Los campesinos rioplatenses labran de diversos 
modos caprichosos la cascara de los huevos de avestruz ó 
ñandií, los que, colgados ó sobre las mesas, sirven de 
adorno en las salas. Del poder maravilloso que supusieron 
en la mirada del avestruz sobre sus huevos, coptos y ára- 
bes sacaron en consecuencia, por una razón de analogía, 
que los huevos del avestruz encerraban una virtud capaz 
de hacer concentrar la atención de una persona en el objeto 
á que dirige su pensamiento. Con el propio modo de razo- 
nar, el campesino paraguayo y rioplatense tiene por cosa 
infalible la eficacia de las plumas del caburé para atraer 
la mirada, la voluntad y los pasos de las personas á quie- 



(1) Fray Martín Saniiicnto, opúsculo sobre CostMmhres etc. da Es- 
paña, inserto en el Refranero General Español por D. José María Sbarbi 
y reproducido en la Monografía sobre Refranes por el mismo autor. 



CAPÍTULO XXII. 333 



ne.s el que las lleva consigo, 6 las posee, endereza sus de- 



signios. 



Los primeros huevos de avestruz que en sus viajes por 
África pudieron lialjer los españoles, dice un insigne nove- 
lista y prolijo observador de costuinljres, depositáronse, á 
fuer de exvotos ú ofrendas, en los altares de las iglesias, 
pendientes de cintas vistosas primorosamente enlazadas. El 
avestruz, según la tradición, imposibilitado de cubrir la ni- 
dada y careciendo de calor bastante á traspasar la dura cas- 
cara, no encoba sus huevos. En cambio, tiene tanto fuego en 
su mirada, enardecido con el anhelo de empollar, que, fijando 
la vista en los huevos con mucha fuerza de voluntad, logra á 
la postre verse rodeado de sus hijuelos. Los huevos de aves- 
truz ante los altares sirven de ejemplo de devoción fruc- 
tuosa al cristiano que asiste al santo sacrificio de la misa^^\ 

El reino animal ofrécenos muestras notorias del poder 
y efectos de la mirada. La culebra y la víbora, por ejem- 
plo, al clavar sus ojos en los de ciertos pájaros y cuadrú- 
pedos, les traba el ejercicio de los músculos con el terror 
que les infunde. El hombre no está libre de los mismos 
efectos fisiológicos, al encontrarse sus azorados ojos con los 
serenos cuanto feroces de una víbora irritada. Esta estu- 
pefacción dimana de la idea que el paciente tiene de lo 
mortal de la herida que pudiera hacer el reptil, si se le 
acercare. Los pájaros, ranas, sapos y otros animalejos, se 
aterrau y entumecen, no sólo en presencia de una víbora, 
sino también de una culebra, que carece de veneno. No es 
en ellos la causa de su terror un concepto (pie tengan for- 



(l) Fernán ( aballcro (scudóniíno de Doña Cecilia liohl ile Fiíber), 
Cucntus u Pocsids Populareis Atidaluccji. 



334 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

mado, como el hombre le tiene, de la actividad mortal del 
veneno que introduce •en el cuerpo del paciente la picadura 
de la víbora ; pues ordinariamente no mueren regularmente 
de esa manera. La causa de su terror y entumecimiento es 
el conocimiento que, por instinto, tienen del peligro ó po- 
sibilidad en que se hallan de ser engullidos por un reptil 
que de ellos se alimenta. Es cosa manifiesta que la fasci- 
nación 6 la facultad que tienen algunos animales de do- 
minar y atraer con la vista, está asociada á alguna otra 
cualidad peculiar suya que les comunica un prestigio capaz 
de avasallar el instinto de aquellos seres inferiores á quienes 
persiguen para sustentarse. La ferocidad, vigor y rapidez 
con que se lanza el pequeño caburé sobre su presa, le hacen 
el soberano y arbitro de todo viviente alado, á excepción 
del cóndor de los Andes, morador de regiones que el no 
habita ; pues al águila misma, con tener unas y pico mucho 
más fuertes que las suyas, acomete (dicen) y mata, me- 
tiéndosele debajo del ala y arrancándole las entrañas. 
A favor de tan raras v temibles condiciones, bástale al ca- 
buré dar un grito, para que todos los pájaros que le oyen 
acudan á su llamado. Piando y revoloteando en el árbol 
donde el caburé ha establecido su trono, permanecen to- 
talmente entregados á su voluntad, hasta que desciende á 
devorar los que, muertos, ha arrojado al suelo para saciar 
su voracidad. Allí donde el viandante divisa un árbol lleno 
de pájaros que revolotean y gritan, sabe de seguro que hay 
un caburé que los encadena á su apetito. Las culebras y 
víboras exhalan por la boca, según entiende el hombre 
del campo, un vaho que envuelve al paciente (rana, ave- 
cilla, etc. ) y lo va atrayendo, tendidas en el suelo ó enros- 
cadas en el tronco de un árbol. 



CAPÍTULO XXII. 335 

Nada tiene de iuci-eíble que, para facilitar la atracción, 
tratase la víbora 6 culebra de adormecer 6 asfixiar con su 
propio hálito á la víctima. El pajarillo fascinado j)ía, revo- 
lotea, salta, al mismo tiempo que se va acercando al tran- 
quilo reptil, cuyas fauces le esperan abiertas para tragarlo 
vivo y humilde. 

Una víbora yarard^^\ asustada con el i^olpe que dio un 
paisano con su guadaña en una mata de paja brava que 
estal)a cortando para componer el techo de un rancho, 
pegó un saho y fue á caer, ¡)Oco más ó menos, á un metro 
de distancia. Enroscóse precipitadamente la víbora, levantó 
en alto la cabeza, y abriendo y cerrando la boca, y sacando 
la lengua al al)rirla, clavó los ojos en los del paisano, quien 
en seguida quedó yerto, inmóvil. Corríale un sudor frío 
por el cuerpo. Quiso pedir socorro ; pero no pudo hablar. 
Estaba mudo y como ])etrificado. La víbora sin embargo 
permanecía quieta y enroscada en el suelo, aunque en 
actitud de saltar. Al cabo de un rato, empezó á sentir que 
la sangre circulaba por sus venas. Se apartó, dio voces, 
y acudiendo con palos, mataron la víbora y la (piema- 
ron. Decía el paisano, refiriendo el hecho, que aun([ue 
se había visto en muchos peligros como hombre decampo 
y como soldado, nunca le había pasado una cosa seme- 
jante. 

Es la yarará víbora tan mala, (pie una persona mor- 
dida por ella no sobrevive más de veinticuatro horas. Vn 
caballo, un animal vacuno, mueren nuiy pronto, d(\sas()se- 
gados, corri(Mido d(^ una parte á otra, buscando las casas. 



(1) Yararaca, dicen muchos, forma brasileña tomada por la in- 
fluencia del tupí, que difiere algún tanto del guaraní. 



336 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

é 

eclianclo sangre por los ojos, por los oídos, por las encías, 
por la corona de. los vasos ó pezuñas é hincliándoseles todo 
el cuerpo. Una víbora yarará mordió en Entre Ríos, fron- 
tera de Corrientes, á un peón de estancia. Se le aplicaron 
en seguida cuantos remedios se conocen en el campo para 
esos males: el cauterio con un hierro ardiente, baldes de 
leche, pieles de venado, tabaco mascado, isipó-curuzíí, etc. 
El individuo sanó al cabo de un mes y medio de penosa 
enfermedad ; pero quedó ciego y loco. 

Pero si las víboras y culebras terrifican al hombre con la 
mirada, también el hombre á su vez con la suya influye en 
ellas y, tranquilizándolas y manoseándolas, llega á domi- 
narlas de tal modo, que se entregan totalmente en sus ma- 
nos. Hay hombres (campesinos los más) que, en hallando 
una víbora ó culebra, á manera de magnetizadores se le 
ponen delante, fijan en ella la vista, tómanla del pescuezo ó 
del mecho del cuerpo, y, con cuidado de que no les pique, le 
pasan la mano por el lomo repetidas veces, la soban, como 
dicen, hasta que desenojada y tranquila, se les entrega. 
Otros hacen primero, estando aún la víbora en el suelo, 
unos pases semejantes á los que usan los magnetizadores. 
Otros la apaciguan con un palito, pasándolo suavemente 
por el lomo, antes de tomarla. Luego se entretienen un 
rato con ella, manoseándola. Finalmente enróscanla en el 
brazo, arróllanla entre las manos, m cítenla en el bolsillo, en 
el seno, debajo del sombrero, ¡en la boca! inflando los ca- 
rrillos. 

Algunos, después ó antes de asirlas, las atontan y ador- 
mecen por medio del tabaco. Así los mascadores suelen 
darse á este entretenimiento. Unos escupen al reptil, cuando 
está aún en el suc^lo. Otros le hosti«:an; v cuando está irri- 



CAPÍTULO xxir. 337 

tado, lo dan á morder un naco^^\ como dicen, de tabaco 
en cuerda. Atontado el reptil, untase el niascador las ma- 
nos con la saliva de la mascada^ -\ y pásaselas [x>r la ca- 
beza. Narcotizado, juegan con él. Generalmente ocultan el 
l)rocedi miento y medios de que se valen, á fin de simular 
que es cosa de brujería, que tienen aliiún poder sobrena- 
tural 6 extraordinario que los habilita ])ara hacer lo (|ue 
quieran de una víbora 6 culebra ^'^. 

Unos y otro?, los magnetizadores y los narcotizadores, 
andan á veces por todas partes y en sus viajes con una 
víbora de las que más teme la gente, como las de la cruz 
ó las de coral, y se divierten en sorprender y dar sustos á 
los amigos y á los que tienen facha de l)uenos, entre los 
que nunca falta quien corrija su imprudencia con la })unta 
de una daga 6 la boca de una pistola. 

Los magnetizadores vienen á serlo en virtud de una 
propensión natural que los conduce, desde nuichachos, á 
imitar á las personas por (juienes han visto ejecutar cosas 
semejantes. A la larga pierden la vista. Quédales como 
nublada. Esto j)rueba (jue su vista, al encontrarse con la 
del r('])til, trabaja de un modo eficaz y poderoso, sin darse 
de ello cuenta. No matan ni dañan á las víboras los que 
juegan con ellas; antes las delienden, si ven (jue alguno las 



(1) PimImzo. Voz portuííuosa, toiDjida del l^rasil. 

(2) Porción (lo tabaco mascado. 

(3) «El viilyo reputa tal {jnwiíada (el meterse cu el pecho las ví- 
l)oras), como una brujería, ¡j;iiorando quizá que para esta operación, 
á diferencia del ju^dar de la India, se rurau con ajos, cuyo olor ale- 
tar^^a :i la víi)ora.» (1). Mariano Antonio Molas, Ih'srri¡)riini Histórica 
(ir la Anliíjna Prorincia del Paraijuaii^ «lada tí luz por el Dr. D. Anjiirel 
J. Carranza. Únenos Airorf, 18158.) Uaucluula: acción arriesgada, (pie 
se ejecuta con presunción, propia de un ¡joúcho. 



338 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

persigue. «Déjela, pobrecita: es un animalito inofensivo,» 
dieen al perseguidor. De ahí que nniclia gente, ya admi- 
rada de lo que hace el magnetizador, le tenga por hombre 
misterioso, por hechicero, por brujo. Algunos tienen una 
víbora en un frasco de aguardiente, de que beben un 
trago de vez en cuando. Aplícanle á heridas de toda clase, 
suponiendo que cicatrizan mejor y más pronto. 

Los encantadores de serpientes, los líbicos ó psilos, tan 
famosos en la antigüedad, procedían seguramente de la 
propia manera que los magnetizadores y narcotizadores del 
Eío de la Plata, indios, mestizos, negros y blancos. Los 
titiriteros y charlatanes egipcios, de que hace mención Pu- 
nió en su Historia Natural, son otro ejemplo semejante. 
Domesticaban una clase de víboras que preferían al intento. 
Les ensenaban diversas habilidades. Las hacían poner rí- 
gidas y tiesas como una caña ó bastón y quedar aparente- 
mente muertas. 

Hechiceras del Perú, bajo el imperio de los Incas, en- 
cantaban las víboras ó serpientes, dejándolas bobas ^^l 
Costumbre debió de haber sido general, no ya en el Pera, 
sino en otras regiones del continente, como que en todas 
partes, en Europa, en el África, en el Asia, de antiguo ha 
habido gentes ocupadas en ese ejercicio. 

La pérdida de la vista, para el campesino rioplatense, no 
es sino un castigo que el cielo impone al que halla gozo en 
jugar con un rej)til cuya abominable figura tomó el demo- 
nio para engañar á Eva. Como que estuviese familiarizado 
con el enemigo del hombre, el encantador de serpientes 



(1) El Cronista Antonio de Herrera, Décadas de Indias, 6 His' 
toria General etc. 



CAPÍTULO XXII. 339 

ofrece á sus prójimos un espectáculo que los llena de ho- 
rror y repugnancia. El que juei^a con víboras, dicen, muere 
arrastradamente (infelizmente). Tarde 6 temprano, lle- 
vará una vida arrastrada como la víbora (miserable, de- 
sastrada, aborrecible, llena de privaciones y dolores, opro- 
biosa). En este caso, como en todos los demás que suponen 
preternaturales, juzgan los campesinos fundándose en razo- 
nes de analogía entre los fenómenos y acciones del orden 
físico y las manifestaciones de la vida moral en el nuuidij. 



CAPÍTULO XXIII. 

De algunas preocupaciones (simpatías y antipatías 

cabalísticas). 



Sumario. — Muchedumbre de preocupaciones, y sus causas. — Herbo- 
larios. — San Antonio. — Prendas maneras. — Fatalidad de ciertos 
días de la semana. — Cruces benditas, sustos, mariposas, trece á 
una mesa, etc. — Preocupaciones varias entre los indios de Amé- 
rica. — Popularidad del número tres entre el vulgo. — Aplícanse 
las doctrinas de la magia al encanto de las plumas del caburé. — 
Casos varios de paralelismo en la simpatía cabalística. — El andar 
del aguará antipático al del cal^allo. — Revulsivos simpáticos del 
curandero. 



Todos cuantos desatinos ha engendrado la superstición 
e ignorancia como recursos ó medios de alcanzar la salud 
ó fortuna ú otros bienes, ó para hacer daño al prójimo en 
su persona ó su hacienda, están fundados en una supuesta 
correspondencia ó enlace simpático ( traído por los cabe- 
llos ) de las cosas que se hallan ó se ponen en acción para 
el efecto, ó bien en la tradición gentílica, mezclada á las 
creencias del cristianismo, que veía la mano de sus deida- 
des, respondiendo á los ruegos de los hombres, en todas 
las acciones humanas y en todos los fenómenos del uni- 
verso. Así, los herbolarios salen en viernes santo á juntar 
las hierljas medicinales que han fama de buenas, como 



CAPÍTÜIX) XXIII. 341 

graniilln, lucera, zarzamora, apio cimarrón, cala^íiiala, giiai- 
curú, llaiitcn, cancorosa, cepacjiballo, carnicera, liierha del 
pollo, etc. De la caña, aparejo ú otro instrumento de i)esca, 
cuelgan una figurilla (pie representa u San Antonio, paní 
rpie atraiga á los peces, á quienes bendijo. También ^irve 
el bueno del santo pescador para que llueva en las secas : 
mientras no accede al i)edido que se le bace, tienenle me- 
tido en el agua de un arroyo 6 laguna, pendiente de la rama 
de un árbol, 6 bien de cabeza en un aljibe ^^^ Es manera 
una prenda (para lo que se elige con preferencia un real 
cortado de los que por casualidad quedan de abora mucbos 
años ) que presentan á un santo á fin de que favorezca en 
todo á la persona que se lo ofrece. La cosa ofrecida viene 
á participar, por simpatía, del sexo del patrono á quien se 
consagra. Si el }) atronó electo es varón, el objeto presen- 
tado será /nacho, y será Iicmbra, si mujer. Así, un real, 
aun(jue pertenece al género masculino, será real Itetnbra, 
si está dedicado á una santa. El agua que resta en un jarro 
ó vaso después de beber, la tiran, á ñn de que no les des- 
cubra sus secretos el que beba después. El inesperado lia- 
llazgo de una herradura da suerte al que la recoge y guarda. 
Contados son los bautismos (pie se efectúan los martes. 
Los casamientos no siguen tan puntualmente el refrán: (/i 
viarte.^^ ni te cases ni te emharques^'\ Lo (pie ]>rueba una 



(1) «Rcfé las lolaiiías y un padii'niu'stn) y avi-maría á San Xavier, 
á (inicn (k' veras cncoiucndé Ia< cinco piniixuas : pendiente <le un ct>nlel 
eché al a^ua su medalla, y nos favoreció el santo, «lue ya ¡han en 
decadencia los huracanes.^ (El Padre José Cíarcía, Diario del Vinjc 
l/rrho (Irsílr su Misión de Cailuí, ni C¡tili)t\ hacia rl sur, cu los años 
17(i(> ii 17(¡7, iniíireso en Santia;;o de Chile, ISSD.) 

(2) «Martes (juiere decir día aciaj^o : sus honis son infaustas 

Hahlad del influjo «juu ejercen sus lu)ras en los deslinos de los hon»- 



342 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

vez más que el amor es niño y ciego, ó que es tan arro- 
jado, que desafía á la fatalidad. Cuando la sequía deja 
yermos los campos y las chacras ó huertas privan del pre- 
ciso alimento al pobre, velan una cruz bendita. Si no tienen 
ima cruz bendita, ó no pueden conseguir que el cura se la 
bendiga, la sacan del campo santo ó de una sepultura. Lle- 
vanla en procesión hasta el río ó el arroyo inmediato, y arró- 
janla al agua, dejando que se la lleve la corriente. Cuando 
los gatos se lavan la cara, va á llover. Un susto ó una sor- 
presa ai^rovecha contra el hipo, sin perjuicio de tomar á tra- 
gos un poco de agua. La aparición de una mariposa negra 
es mala señal ^^\ Gato negro, por el contrario, suerte cons- 



bres ; abrid una discusión amplia, luminosa, y después de charlar toda 
una mañana, toda una tarde ó toda una noche, descubriréis la anti- 
güedad de su origen, lo veréis aparecer entre las supersticiones del 
paganismo, lo explicaréis de mil maneras más ó menos sabias, más ó 
menos eruditas, 3^ al ñn vendréis á parar á estas tres conclusiones di- 
ferentes: preocupación, misterio, fatalidad. La sabiduría de las na- 
ciones no se ha desdeñado de tomarlo en cuenta, é, incluyéndolo en 
el catálogo interjuinable de sus sentencias, ha dicho : en martes, ni te 
cases ni te embarques.» (Don José Selgas, en la novela titulada Día 
Aciago. ) 
Burlóse Quevedo de la preocupación de los días aciagos, de este modo : 
«Días aciagos y horas menguadas son todos aquellos y aquellas 
en que topan al delincuente el alguacil, el deudor al acreedor, el tahúr 
al fullero, el príncipe al adulador y el mozo rico á la ramera astuta. » 
(Don Francisco de Quevedo, El Libro de todas las Cosas.) 
(1) Un delicado poeta embelleció esta preocupación: 

No, como un tiempo, colosal quimera 
Mi atónita atención amedrentaba, 
Mis oídos profundo no aterraba 

Acento de pavor : 
Que fué la aioariciún vaga y ligera. 
Leve la sombra aórea y nebulosa, 
Que filó sólo una negra mariposa 

Volando en derredor. 

(Nicomedea Pastor Díaz, La mariposa negra.) 



CAPÍTULO XXÍII. 343 

tante en casa. Las mariposas blancas que ^iran en t(jnio 
(le la luz, anuncian al<;'0 ])ueno. Trece á una mesa, dee- 
gracia cierta, y ésa en el corto término de un año: alusión 
á la cena de los apóstoles, por la traición de Judas. Co- 
mezón en la palma de la inano, lotería segura. ¡La oreja 
encendida! ¿quién se estará acordando de mí? Si la de la 
izquierda, mal; bien, si la de la derecba. Niño que de nocbe 
no duerme, vestirle con la ropa al revés. Ya que de la nocbe 
liaces día, obligándome a pasar en claro el tiempo nece- 
sario para el descanso, yo te pongo al revés la ropa, á ver 
si te gusta que te pongan lo de abajo arriba y lo de aiTÍba 
abajo. Ya se deja entender que nadie, sino el diablo ó un 
duende, mandinga, anda metido en la danza, y á él se di- 
rige la befa, como sucede en los conjuros contra el daño y 
el mal de ojo. El cliillido ó canto de ciertas aves, cosa de 
mal agüero ^^l Sería cuento de nunca acabar el seguir los 
pasos al vulgo por este sendero, cuyo caudal de estrambó- 
ticas aprensiones es idéntico en ambos numdos, salvas 
excepciones procedentes de particularidades de la tierra en 
el Nuevo. Pero entre todas las aprensiones citadas, y las 
muchas que se omiten en gracia de la brevedad y por muy 
conocidas en Europa al par que en América, ninguna más 
apro^^iada, en su caso, (pie la (|U('se refiere á la herradura. 



( 1 ) Ciiaiitlo el cuervo siiiirslro U; graznan", 

La snl se derniiiian', 
El espojo que luiras se roiui)iere 
O toiuoroso suofu) t»> alligicn", 
Armaraste severo 
Contra las amona/as del agüero 
Y dirás á tu ¡tropio srntiniicnlo : 
No luo tocan los miedos del portento. 

( Dvclriiui lie KpicUto traducida por I>. Francisco 
de (Jucvedo Villegas. ) 



344 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

Porque, en justicia y buena lógica, los que creen en el pres- 
tigio de la herradura, merecen llevarla ^^\ La preocupación 
relativa al acto de sentarse á una mesa trece personas, en 
el Río de la Plata, es cortesana, reciente: aun no ha pene- 
trado en la casa del paisano. ¿ Cuántos, entre la gente culta, 
no temen sentarse á una mesa de trece cubiertos? La trai- 
ción de Judas anunciada por el Salvador en la cena, ¿qué 
tiene que ver con la reunión casual de trece personas en 
torno de una mesa? Dentro del año subsiguiente á la co- 
mida, sin embargo, alguno de los comensales ha de morir, 
tal vez sin saberse de qué, tal vez de un modo trágico : 
preocupación tan pueril como la más candida de las sim- 
plicidades comunes entre la gente campesina, por más que 
se engalane con frac y guante blanco en los comedores ar- 
tesonados de París, de Londres y de Viena^-^'l 



(1) Satirizó D. Francisco de Quevedo algunas de las aprensiones 
vulgares en el Libro de todas las Cosas. Dice, jjor e emplo : 

«Si, al salir de tu casa, vieres volar cuervos, déjalos volar y mira 
tú donde pones los pies. 

« Si, riñendo, se te cae la espada, y te rompen la cabeza, es mal 
agüero para tu salud y bueno para el cirujano y alguacil. 

« Todas las rayas que vieres en las manos, significan que la mano 
se dobla por la palma, y no por arriba. » 

(2) Un escritor de fino ingenio se expresa del modo siguiente 
acerca de la ijreocupación á que se hace referencia en el texto : 

« — ¡ Trece !. • . . exclamaron algunas voces. ¡ Número fatal ! 

— Fatalísimo, añadió una señorita, contando de nuevo el número de 
los circunstantes. Y no hay duda, somos trece. ¡ Esto es terrible ! 

— Señora, le replicaron los incrédulos, estamos al borde de una ca- 
tástrofe, 

— No se burlen Udes., dijo; hay casos, casos desastrosos, y puedo 
citar desgracias ocasionadas por la fatalidad de ese número. En el 
colegio comimos una vez trece, y, antes de cumplirse el año, murió 
una de mis compañeras, que estaba ya para salir de él. 

— Cualquiera, advertí yo, puede morirse después de comer, y mucho 



CAPÍTULO xxiri. 345 

Los indios de America tuvieron preocupaciones seme- 
jantes á los de los pueblos europeos. 

Cantar un ])ulio, mochuelo 6 lechuza, ú otra ave noc- 
turna, en una casa donde hubiere i)osado, era, entre los in- 
dios, señal de que alguno había de morir en ella pronto^' I 
Temblar los párpados, zumbar los oídos, bostezar, toser, 
estornudar, sacar el pie derecho ó el izquierdo, hallar pe- 
leándose los animales 6 trabadas ó combatiendo las cule- 
bras ó sabandijas, ladrar ([)endencias) 6 aullar (muerte) 
perros, auguraban bienes ó males segíln los casos ^"l Sonar 
el fuego, anunciaba próxima llegada de huespedes. Acer- 
carse un remolino de viento, significaba asalto de enemigos. 
Zumbar los oídos era eco de nnn*muraciones. Caer el bo- 
ca lo de la boca, argüía que se estaba acordando de uno 
quien bien le quería. Pasar por cima de una casa un pá- 
jaro, indicaba que al(júíi brujo venía d flechar á sus ha- 
bitantes, esto es, á hacerles un maleficio ^^^. 

Entrar un sapo en una embarcación, entre los guaraníes, 
era señal de que alguno de los que iban en ella había de 



más s¡ tiene un ano delante para coí^er una pulmonía, un tifus 6 cual- 
quiera do las enfernicMlades que matan. 

— Se equivoca Ud., me contestó. Los médicos no supieron decir 
claramente de qué enfermedad nnuió mi companera de colegio. Desde 
entonces le tengo horror al lunnero trece. En Taris no se |X)nen 
nunca trece cubiertos en la mesa.» (Don José belgas, El Xt'nncro 
Trece, novela. ) 

(1) Fr. Juan de Torquemada, hablando de los mejicanos, en su Mo- 
iiarqnia Indiana: Relación (anónima) délas Co.stunibre.s Anliguas de 
los Xaluralr.s del Pin) (Tres licl. de, Antigiied. Peruan. puhl. por el 
^linisterio de Fom. Mad., 1879); etc. 

(2) Peí. (nnón.) de las (hst. Ant. de los X, del Pira (Tres Peí. de 
Antif/iied. Peruan. puhl. por el Minist. de Fom. Mad., 1S71)\ 

(3) Ilisturia Mililar, Cicil u Sayrada de Chile por il P. Migui-l ile 
Olivares. 



o 



46 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 



morir pronto ^^\ Entrando en un lugar un venado, había 
que matarlo. Si no lo mataban, de seguro había de morir 
fatalmente alguno de los que moraban en el sitio por 
donde se hubiere escapado. Cuenta el P. Antonio Ruiz de 
Montoya que en una ciudad de españoles se estaba cele- 
brando en cierta ocasión con una fiesta de á caballo un 
casamiento. Un venado, que venía huyendo de gente que 
le perseguía, pasó por la calle de la casa de los novios, 
donde estaban divirtiéndose sus amigos. El accidente sirvió 
de mayor entretenimiento; pues todos se dieron á querer apri- 
sionar al venado. El venado, sin embargo, se les escapó, y un 
indio que estaba presente, dijo: — « ¿Quién es el que ha de 
morir hoy en esta casa? » Aquella misma noche adoleció el 
novio, y, al amanecer, su cuerpo era cadáver ^^l Murió el 
novio, por lo visto, en fuerza de un fenómeno psico- físico 
de auto -sugestión. La preocupación reinante y la predicción 
del indio impresionaron acaso una naturaleza ya de suyo 
desmedrada, y le causaron la muerte. 

El número tres figura esencialmente en la mayor parte 
de las fórmulas y aplicaciones simpáticas. Cuando se re- 
siente la muñeca, por causa de algún esfuerzo, dicen que 
se abre. Para cerrarla, cí nenia con tres vueltas de una 
cinta colorada (otros negra), sin pecar, esto es, nueva, no 
usada todavía. Para conocer si una criatura tiene mal de 
ojo, dejan caer con el dedo tres gotas de aceite en un vaso 
de agua, acompañando la operación con palabras. Si las 
gotas de aceite se van al fondo, la criatura tiene mal de 

(1) Ruiz de Montoya, Conqiiist. Esp. del Parag., Paran., Urug. y 
TajJ., y Lozano, Jlist. de la Conquist. del Parag., Río de la Plat. y 
Tucum. 

(2) Conquist. Espir. del Parag., Paran., Urug. y Tape. 



CAPÍTULO XXIII. 347 

ojo. La caída de la paletilla se cura con palabras, y iiii- 
dieiido una cinüi que tenga tres tantos desde la mano al 
codo. Si la paletilla está caída, encógese cuatro dedos la 
cinta. El empaclio de las cviaturas se comprueba y cura 
levantando tres veces con las yemas de los dedos el pellejo 
del espinazo á la altura de la boca del estómago y apli- 
cando á este un parche de aceite mezclado con la flor de 
la ceniza. Estando empachada la criatura, suena interior- 
mente la parte del espinazo, al levantarse la piel. Tres gol- 
pes en un mortero con la maza, tirándola en seguida y hu- 
yendo sin mirar para atrás, liarán desaparecer un orzuelo. 
Un puñado de sal arrojado al fuego dará el mismo resultado, 
si el paciente logra huir tan precipitadamente, que no llegue 
á sentir el chisporroteo. Tres cerdas de la cola del caballo 6 
tres hebras del cojinillo, anudadas, evitarán, si se echan en 
el nido de un avestruz, 6 nandú, que este patee y desparrame 
los huevos que está encobando, cuando le sacan alguno. Di- 
cen que el avestruz deshace la nidada, si advierte que le han 
extraído un huevo. Algunos se limitan á echar sobre los 
huevos unas hilachas de la bajera, y otros reparan el agravio, 
orinando en el nido: tras cuernos, palos. Los manosanta.^ y 
tatadiose><, cuando van á hacer sus rezos y santiguaderas, 
encienden /?7'.s' luces delante del crueitljo 6 de la virgen. 
El encanto de las plumas del caburéestil fundado, como 
todas las creencias de este genero, en una relación de ana- 
lofjía que se supone eficaz para causar un efecto real eiUre 
los términos comparados. VA cabuiv, con el leiTor (\\\c in- 
funde, entumece los miend)r()s y end)araza el vuelo de h)s 
pájaros que le rodean y se le acercan ' . 1^1 vulgo, (jue no 

(1) V. Clip. XIX, pág. 238. 

21. 



348 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

se penetra de ello, cree que el caburé atrae á los demás 
pájaros. De aquí deduce que el que lleve consigo ó tenga 
en su casa las plumas del caburé, atrae la suerte en las 
diversas formas con que se presenta y según las aficiones 
ó necesidades de la persona que las posee. El negociante 
atraerá á los compradores de sus mercancías, el hombre 
enamorado á la hermosa que le desvela. Para que el en- 
canto surta efecto, es necesario que el caburé se cace vivo, 
que se le arranquen tres plumas del ala, y que en seguida 
se le suelte. Las tres (núrnero cabalístico) plumas del ala 
quedan ligadas á la acción del caburé. El caburé en los 
bosques sigue atrayendo hacia sí los pájaros todos, á fin 
de regalarse con los que más apetece. El poseedor de las 
plumas del ala, á la par con el caburé, aunque no lo vea ni 
sepa de su paradero, atrae las personas y las cosas que 
desea ó le convienen. Y luego las domina ó las adquiere 
pronta y eficazmente; porque es sabida la rapidez con que 
el caburé se lanza sobre su presa, tan luego como tiene 
reunidos en torno suyo á los pájaros del lugar donde se 
halla. 

Las quebraduras y enfermedades del útero se curan con 
una simpatía del ombú y del higuerón. Un viernes santo, 
antes de amanecer, pone el paciente en el tronco del árbol 
un pie, por el lado en que da el sol. Un muchacho corta 
en torno del pie la corteza del árbol, sin desprenderla. 
Cuando se contrae la corteza, por la falta de comunicación 
con la savia de la que envuelve el tronco del árbol, sana 
el enfermo. Los gusanos que se nutren con la carne des- 
compuesta de la matadura de una caballería, caen, ai se- 
carse la hierba que saca su alimento de la porción de te- 
rreno donde asentara el casco el animal agusanado y que 



CAPÍTULO xxiir. 349 

el curador ha des¡)ren(li(lo del suelo, bendecido con una 
cruz y dado vuelta hacia la tierra. 

El paralelismo es tan exacto, á juicio del vulgo, que en 
deteruu'nadas circunstancias hay la necesidad de sepanir de 
la persona ó del animal que se hallaba enfermo el objeto 
por cuyo intermedio se verifica la curación. Por ejemplo, 
})Mra la gusanera hay una simpatía que consiste en colgar 
del pescuezo del caballo, vaca, etc., mediante un tiento de 
haíjiial (tira delgada de cuero de potro), un palito con 
sendas cruces en sus extremos. Pero, cuando han caído 
los gusanos, es necesario sacar del cuello del animal el col- 
gajo; porque si se le deja, el animal se aniquila, se va con- 
sumiendo hasta el punto de morirse. Con los mismos efec- 
tos, cuélganse del pescuezo del animal agusanado tres ó 
nueve (/arras (pedacitos endurecidos de cuero, que propia- 
mente son las extremidades con ojales por donde se le 
afinuza para estirarlo entre cuatro estacas, á lo que llaman 
estaqueo). En cayendo los gusanos, hay que sacar las 
garras; si no, se aniquila y nuiere el animal. 

El paisano tiene la preocupación de que no se puede 
cruzar al galope j^or donde ha pasado un aguará, so jiena 
de que ruede el caballo. ¿De dónde dimana esta })reocu- 
pación? Los caballos andadores 6 de sobrepaso ruedan 
con facilidad. El aguará se asemeja en el andar, como se 
indica en otro lugar ^^\ á la cabalgadura de sobrejmso, que 
rueda con facilidad. Es posible que una y otra vez, pi>r 
acaso, haya rodado el caballo del paisano, persiguiendo :í 
un animal por donde poco antes hubiere visto pasar un 
aguará. J)e eso, á deducir, juzgando por analogía, como 

(1) Cap. XXXVI. 



350 SUPERSTICIONES DEL KIO DE LA PLATA. 

lo hace el hombre primitivo, el mago, el vulgo, que la causa 
de la caída es el haber cruzado corriendo por donde anduvo, 
el aguará, hay muy corta distancia. La deducción ofré- 
cese clara, fácil. Es género de simpatía. 

La preocupación de que se hace referencia ha podido, 
sin embargo, tener origen del Viejo Muüdo. La aparición 
de un lobo atravesando el camino, era mal agüero para el 
caminante. Como el aguará ofrece bastante semejanza con 
el lobo, es posible que se hubiese aplicado á él la misma 
preocupación que respecto del segundo tuvieron en Europa. 
Hombres de campo que, sin ninguna preocupación, convie- 
nen en el hecho, por haberles acaecido ( dicen ) á ellos mis- 
mos ó por suponerlo posible, lo explican de este modo. El 
aguará es catingoso, hediondo. Por donde pasa queda 
la atmósfera impregnada de la fetidez que el animal ha 
despedido de su cuerpo. El caballo, al cruzar por el camino 
que ha seguido el aguará, se distrae con el olor que siente, 
y rueda. Así también el caballo, al cruzar por donde ha 
pasado un tigre, en sintiendo su olor, pega una sentada, 
se sienta, es decir, se para de golpe, echándose hacia atrás, 
sentándose sobre los garrones ó parte posterior de las 
corvas. 

En la propinación de los remedios de hierbas y demás 
cosas que usan los curanderos, los números tres y siete 
aparecen con frecuencia surtiendo sus mágicos efectos. El 
curandero, que ordinariamente es hombre curtido y baque- 
teado, juzga á los demás por sí, midiendo á todos por el 
mismo rasero. Como, ó es negro, ó tiene mucho del sol- 
dado y del indio, que más de cien veces han curado con 
pólvora y aguardiente sus dolencias, no repara, si á mano 
viene, en administrar, para mi enfermo á quien la fiebre ha 



CAPÍTULO xxiir. 351 

dejado exánime, iiiin dosis regular de aquellos poderosos 
revulsivos. Y si con arreglo á los preceptos de la ciencia 
oculta que profesa, ha de ser, por ejemplo, el numero siete 
quien determine la Ciuitidad ó porciones del medicamento 
que ha de ingerir en sus entrañas el paciente, poco hará al 
caso que la dosis parezca excesiva. Para el intrépido curan- 
dero nunca lo será. Así, entendiendo (pie la enfermedad 
de que adolece el cuitado que se pone en sus manos, debe 
curarse con aguardiente, le mandará echar entre pecho y 
espalda siete buenos tragos de aguardiente ^^\ 



(1) «El enfermo licitó casi muerto i^ ;i Ihicuí, en el ParaLrnay ). 
Los ataques pasados, el no haber podido cenar anoelie, la falta de 
cama y la jornada de hoy, casi acabaron con él. Al momento se lo 
facilitó caldo, que no admitió su estóma.iro, porque le entró una acce- 
sión con vómitos, delirio y mucha calentura, que duró hasta nieilia 
noche. 8e llamó al curandero del valle, quien le recetó sirte tragos 
de aguardifítiír, que no permití (pie le diesen, y desdií dicha hora fué 
á mejor.» (I). Félix de .\zara, l'idjrs inrditos drsdr Santa Fr d la 
Asiiiirión, ni interior del Piinvjntvi ij d los purhlos dr Misiones, publica- 
dos con noticia preliminar y notas por el General 1). Bartolomé Mitre y 
el Dr. I). Juan María Gutiérrez. Buenos Aires, 1873.) 



CAPÍTULO XXIV. 

De otras preocupaciones (fenómenos naturales). 



Sumario. —Apariciones de cometas: su fatalidad. — Terremotos, tem- 
blores de tierra, cometas y eclipses entre los indios de América : 
qué anunciaban. — Pronósticos de un astrólogo guaraní, — Los 
eclipses en la antigüedad y entre los indios del Perú. — Geodas ó 
cocos. — Sus virtudes sobrenaturales. — Descríbense los coco,?. — 
Admiración que causan á los españoles. — Revientan, según tra- 
dición, con gran estrépito. — Cateadores. — Trátase de explicar la 
rotura de los cocos. — Ideas de los antiguos respecto de los geo- 
das. — Otro género de piedras huecas. 



Una de las preocupaciones populares más antiguas y 
comunes que aun subsisten, son los terrores infundidos 
por los cometas, no precisamente en virtud de causas na- 
turales que se presuma puedan manifestarse en el orden 
físico con el contacto ó comunicación mediata ó inme- 
diata de ellos y de nuestro planeta, sino por el solo influjo 
de su presencia en el firmamento á las miradas de los 
hombres. Consideróseles como anuncio de públicas cala- 
midades, como unos siniestros mensajeros de las regiones 
celestes. Entre los sucesos extraordinarios que sobreve- 
nían á la aparición de un cometa, contábanse los destro- 
namientos y muertes de príncipes. A lo que argüía inge- 
niosamente Feijoo : « La ambición del vecino, la queja 



CAPÍTILO XXIV. 353 



del va??allo, íoii los cometa-^ que deben temer los sobe- 
ranos» ^^\ 

Un cometa puede realmente producir alteraciones gi-a- 
ves en el planeta que habitamos, sin chocar el uno con el 
otro, lo que sería un cataclismo que acabaría con todo. 
Puede modificar las condiciones normales de la atmósfera 
terrestre. Un lastro de gases deletéreos, irrespirables, i)uede 
inficionar el aire que rodea el globo ternlqueo, al cruzar 
éste por un punto de la órbita ó camino andado por el co- 
meta. Puede sufrir la tierra, con la aproximación del co- 
meta, un considerable aumento de temperatura, y, junto 
con la alteración del aire atmosférico, ocasionar sequías y 
pestes. La ruina de las cosechan, la mortandad de los ga- 
nados, la desolación de los pueblos, traen en pos de sí el 
malestar, el hambre, la miseria y el robo, los homicidios, 
las discordias, las guerras, las invasiones y conquistas y el 
despotismo de los mandones coronados con el lauro de la 
victoria. De suerte que la supersticiosa ignorancia no an- 
duvo lejos de la lógica realidad en el orden natural de los 
hechos y fenómenos posibles. El engaño estuvo en la idea 
de las causas inmediatas de los temidos acontecimientos. 

Antes de la llegada de los españoles, hubo en el Períi 
gi'andes terremotos y teml)lores de tierra mayores que los 
ordinarios, y cayeron muchos cerros. Aparecieron nmchos 
cometas de formas raras v espantables. Por el color v dis- 
posición de tres cercos que una noche serena apart.H?ieron 
en la luna, los adivinos ó magos llamados Uaicas pronos- 

(1) Teatro Critico Universal. 

«Cometa con cola denota niuehas hocéis abÚTtas; y, si fuere oriniín. 
inorírún sin diula aquel ano todos los reyes ((Ue Dios t|U¡s¡«*n\ » ( I)on 
Francisco de Que vedo, Kl Libro ilc tola.s ios Cosas, i 



354 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

ticaron á Huriina Capac que el supremo hacedor y sus- 
tentador del universo, Pachacamac, amenazaba la sangre 
real y su imperio ^^l Los astrólogos y amantas ó sabios 
que se juntaron de mandato de Huaina Capac con motivo 
de la aparición de unos cometas espantosos y de dos eclip- 
ses de sol y de luna, pronosticaron el fin del mundo ^^l El 
temblor de la tierra, entre los mejicanos, era señal de que 
se había de acabar presto el maíz de los trojes ^"^\ Grandes 
guerras anunciaban los cometas, y muertes de personas 
principales los eclipses del sol y la luna, entre los pegüen- 
ches-^l Entre los cristianos, los terremotos y temblores de 
tierra, las inundaciones, pestes y otras calamidades natu- 
rales han sido castigo del cielo por los j)ecados de los 
hombres. 

El cacique Oberá, célebre mago, intentó libertar á la 
generación guaraní del dominio de los es2:)añoles. Titulá- 
base hijo de Dios y decíase concebido sin obra de varón, 
en el vientre de una mujer que después del parto conser- 
vara su prístina virginidad. Un cometa que apareciera por 
entonces (1577) al occidente, fué la señal espantosa que 
presentó el caudillo guaraní á los ojos de los suyos para 
persuadirles á una rebelión que había de acabar con los 
españoles. El cometa, decía el indio, desapareció repenti- 
namente, porque él así lo había ordenado: era el arma 
principal y más terrible de que liaría uso, cuando llegase 



(1) El Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales del Perú. 
{2) Memorias Antiguas Historiales y Políticas del Pera por el Li- 
cenciado Fernando Montesinos. 

(3) Fr. Juan de Torquemada, Monarquía Indiana. 

(4) Descripción de la naturaleut de los terrenos poseídos ¡wr los 
Pegüenches por D. Luis de la Cruz, en la Colecc. Ángel is. 



CAPÍTULO xxrv. 355 

la ocasión oportuna del exterminio de sns onemií^os, hasta 
entonces invencibles. Con ella incendiaría sus poblaciones 
y perecerían todos abrasados. La confianza que inspirara 
Oberá á los indios no tuvo límites, y el fuego de la rebe- 
lión cundió })or el Paraguay y otras regiones inmediatas 
adonde había enviado emisarios. Juan de Garay, capita- 
neando ciento treinta españoles de los más valerosos, salió 
de la Asunción del Paraguay en busca de los rebeldes, á 
(juienes pronto hizo wv la temeridad de su intento ; á vista 
(le ]() cual, otro cacique, el cruel Ta])uiguazu, disuadió á su 
parcialidad de llevar más adelante la empresa. Uno de sus 
adivinos, el más anciano, llamado Urainliid, manifestó 
(jue antes de la entrada de los españoles habían aparecido 
varios cometas, cuya presencia y el movimiento de las es- 
trellas le convencieran de que nuevas gentes vendrían á 
conquistarlos, conjetura que se conformaba con el rumor 
que ya entonces corría entre ellos en el mismo sentido. 
Los españoles son irresistibles, añadía el venerable anciano, 
el cielo visiblemente los favorece : ante ellos un poder se- 
creto enerva nuestras fuerzas: nuestra ruina es inevitable ^^^. 
Los antiguos griegos y romanos atribuyeron á obra de 
deidades maléficas ó irritadas el fenómeno de los eclipses, 
y á su aparición j)rorrumpían en clamorosos gritos, asor- 
dando á la vez con profuso ruido de instrumentos de toda 
clase, á efecto de impedir que llegasen al eii'lo las voces 
de los encantadores. Turcos y persas hicieron lo mismo, 
intentando desvanecer con el ruido las malas impresiones 
(pie causan los eclipses. 



(1) Barco CentOMoia, J^a Argentina; el P. IVdro I^ozano, Historia 
de la Conquista del raragnay, líio de la ríala y Tucunián. 



356 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

Igual costumbre tuvieron los chinos, continuáudola aun 
después de conocer la verdadera causa de los eclipses ; y 
es que « tanto se arraiga en los ánimos una observación 
supersticiosa, que apenas puede turbarla en la posesión el 
más claro desengaño » ^ ^ \ 

Los eclipses de luna atemorizaban á los indios perua- 
nos, creyendo amenazado de muerte, con la caída del cielo, 
el mundo. Cuando ocurría, apaleaban á los perros, para 
que con sus dolientes aullidos conmoviesen á la amable 
deidad de la noche, despertándola de su letargo y evitando 
de ese modo la ruina del universo. Persuadidos estaban de 
que la luna no desoiría los clamores de los perros, á quie- 
nes nunca podía olvidar, por cierto servicio que le habían 
hecho. Adorábanlos por su lealtad y nobleza, representá- 
banlos en his paredes de sus templos, hacían bocinas ó 
trompas de sus cabezas, que tocaban en las fiestas y en la 
guerra, y en algunas partes comían su carne, que hallaron 
sabrosísima ^''^^. 

Hay un género de geodas, piedras huecas cristalizadas 
por dentro, que, según tradición, cuando están formadas, 
revientan con estruendo, lanzando á larga distancia los pe- 
dazos en que se dividen. Los indios contemplaron el fe- 
nómeno como la obra de un poder sobrenatural, atribu- 
yendo grande virtud á cada una de las fracciones que les 
era dado recoger de la piedra despedazada con la explosión, 
como si la naturaleza brindase á voz en grito con los ce- 
lestiales dones de la felicidad y bienandanza al más solí- 
cito en acudir á su llamamiento. Una poderosa fuerza per- 



(1) Feijoo, Teatro Crítico Universal. 

(2) El Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales del Perú. 



CAPITUIvO XXIV. 357 

so7ial {'d\os 0]Ori del hombre primitivo), que clama y á 
todos vientos arroja considerables partes de su ser que á 
los rayos del .sol resplandecen con hermosura, no podía 
menos de parecer un llamado á las gentes pai*a que se 
apresurasen á recibir de las benéficas manos de la divini- 
dad las prendas de ventura (pie se dignaba ofrecer á sus 
hijos. Las piedras de que se trata recibieron el nombre de 
cocos. 

Son los cocos unas piedras huecas, cuya pared interior 
está cubierta de cristales. Unos son mayores (pie una ca- 
labaza ; otros menores que una avellana y semejantes á 
una semilla u fruta; algunos parecidos, en forma, tamaño 
y color, al fruto de la j^almera ^\ Los no grandes suelen 
tener dentro, á parte de la cristalización que entapiza la 
pared, otros cristales aglomerados y que forman como el 
carozo ó semillas de una fruta. El color de los cristales 
varía según la composición de la piedra á que están ad- 
lieridos: morados (que son los más comunes), blancos, 
rojizos, amarillentos, negros. Hay ciistales mucho mayores 
que una nuez, y otros diminutos como la punta de una 
aguja. Los de grano lino son los más resplandecientes y 
bellos. Algunos ofuscan con la profusión de luces que emi- 
ten ex])uestos á los rayos del sol, y mirados de noche á la 
luz artificial es mayor y más hermosa su esplendidez. Rara 
vez se hallan enteros los grandes. Ilállanse despedazados, 
y, á veces, á largo trecho luias de otras las fracciones en 
(jue aparece dividida la piedra. Los pedazos correspon- 



(1) La piedra nuís extraña do euaiitas han venid») á mi notieia, es 
la (lue llaman coco del Para(juni/. Haide puesto este nombre los espa- 
ñoles, pt)r tener H«j:ura de eoco y eriarse en la provineia d«l Para- 
uiiay. * (101 V. l>t'rnal)ó CoIh), Ilisfon'n ilrl yurro Mundo.) 



358 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PLATA. 

dientes a una misma piedra se hallan, ora en el suelo, ora 
debajo de tierra, á veces á un metro ó más de profundi- 
dad, en cerros ó en campo llano. 

Causaron estas piedras no poca admiración á los espa- 
ñoles que, descubriendo y conquistando, por primera vez 
las contemplaron en la antigua provincia de Guaira, si- 
tuada en las regiones del alto Paraná. « Descubriéronse en 
aquel territorio, dice Ruidíaz de Guzmán, unas piedras 
muy cristalinas, que se crían dentro de unos cocos de pe- 
dernal, tan apretadas y juntas, haciendo unas puntas pira- 
midales, que alumbran toda aquella periferia. Son de di- 
versos y lucidos colores, blancas, amarillas, moradas, colo- 
radas y verdes, con tanta diafanidad y lustre, que fueron 
reputadas por piedras finísimas y de gran valor, diciendo 
eran rubíes, esmeraldas, amatistas, topacios y aun dia- 
mantes. Estos cocos, por lo común, se crían debajo de tie- 
rra en los montes, hasta que, sazonados los granos, revien- 
tan dando un grande estruendo. Y con tanta fuerza, que se 
han hallado algunos pedazos de pedernal más de diez pa- 
sos de distancia de adonde reventó el coco, que con el in- 
cremento que toman dentro aquellas piedrecillas hace tal 
estrago al reventar debajo de tierra, que parece que con 
la fuerza del estruendo estremece los montes» ^^\ Afirma 
igualmente D. Juan de Solórzano que estalla el coco, y 
que los indios del Perú^^^, cuando sentían el estruendo, 
acudían presurosos á buscar los fragmentos de la piedra, 



(1) Argentina. Son lo mismo que las piedras de Francia, dice 
D. Antonio de Alcedo (Dice, Geogr.-histór. de las Ind, Oocid.) . 

(2) El virroinato del Perú extendía primitivamente su jurisdicción 
al Río de la Plata y Paraguay, regiones á que sin duda se refiere el 
autor. 



CAPÍTULO XXIV. 359 

persuadidos de que su liallazgo era indicio de buenaven- 
tura ^^l I). Félix de Azara se expresa así: 'En bastantes 
parajes se encuentra lo que se llama cocos, que son unos 
pedruscones sueltos, que encierran dentro cristales, con sus 
facetas apiñados como los granos de una granada. Los hay 
de varios colores, y los mayores y mas bellos están en la 
serrezuela de Maldonado (Uruguay). Aseguran allí que 
por la costra exterior va penetrando el jugo que forma 
dentro los cristales y que, creciendo éstos y faltándoles 
cavidad, revienta el coco con un estruendo igual al de una 
bomba ó cañonazo » ^-\ « El estampido que hacen al reven- 
tar, decía D. Manuel A. de Flores, es tan parecido al que 
causa un cañón cuando se dispara, que, al oir las primeras 
(piedras), creímos fuese tiro de las embarcaciones que de- 
bían venir de Cuvabá»^^'. Finalmente el General de In- 
genieros D. José María Tleyes, refiriéndose á estas piedras, 
también admite que « revientan debajo de tierra con estré- 
pito» ^^\ 

Los cateadores llevan una barreta, con la que tientan 
en el suelo, donde les parece que puede haber piedras de 
esta clase. Por el ruido y movimiento que hace el suelo, 
conocen si hay ó no piedras debajo. Generalmente las pie- 
dras se hallan partidas, y adheridos en su primitiva dispo- 
sición todos ó la mayor parte de los pedazos que la intr- 
graban. Est«i yuxtaposición es lo que faeiüta al cateador 

( 1 ) PoVdira Indiana. 

(2) Descripción r Historia del Paraf/ua!/ ¡i del Hio de la Plata. 

(3) Carla al ^íaríiués de Valdclirios (ITóG), en la Colerción de 
An.ííeüs. I). Manuel A. de Flores, entonces otieial de la Keal Ar- 
mada, fué después teniente general y virrey <le Nueva (íranada. 

(-1) Descripción Ucográficn del Territorio de la líejmblica Oriental 
del Uruguay. 



360 SUPERSTICIONES DEL RIO DE LA PLATA. 

el hallazgo de la piedra, por el choque y rozamiento de las 
fracciones de ella entre sí, cnando sacude el suelo con el 
golpe de la barreta. La piedra, que es durísima, enterrada 
quizás á un metro de profundidad, ¿porqué está rota en 
dos ó más pedazos? Los movimientos sísmicos ó séismicos 
(temblores) que experimenta de continuo en todas partes 
la corteza del globo, es presumible que, por lo general, sea 
la causa productora de la ruptura. La circunstancia de ha- 
llarse los pedazos de una piedra á cierta distancia unos de 
otros (á cien, doscientos ó más metros), en ó debajo del 
suelo, puede tener por causa las convulsiones que en épocas 
remotas ha sufrido el continente y todo el planeta. ¿Y el 
estallido de los cocos f El estallido de los cocos puede ser 
una cosa semejante al estruendo y estremecimiento de los 
cerros y serranías, citando el tiempo se descompone. El 
agua encerrada en algunas geodas ó cocos, al dilatarse en 
determinadas condiciones atmosféricas, hace que revienten 
con estruendo. El estampido de un cañonazo no es mayor 
que el estrépito que causa la geoda al estallar impulsada 
por el vapor á que una alta temperatura eleva el agua que 
contiene. 

Los antiguos atribuían á las geodas propiedades cura- 
tivas de ciertas enfermedades. Considerábanla excelente, 
en determinadas composiciones, para las enfermedades de 
la vista y de los pechos de las mujeres ^^ I También en el 
Nuevo Mundo atribuyeron á los cocos virtudes medicinales. 
Bebiendo en ellos, quitaban la melancolía. Los polvos de 
los cristales interiores, mezclados con agua de azahar, ade- 
más de quitar también la melancolía, curaban el mal de 

(1) C. Plinii Secundi Naturalis Historian liber XXXVl. 



CAPÍTULO XXIV. * 361 

corazón y la gota coral. Tomados con aguardiente, repa- 
raban los espíritus vitales ^^\ 

Hay otras piedras huecas, que se liallan en las barrancas 
de algunos ríos, excavando en ellas ó cuando las aguas 
pluviales ó de las crecientes las desmoronan. Son estas pie- 
dras más 6 menos redondeadas, chicas y grandes, aun([ue 
no más de un metro las conocidas, duras como el hierro y 
negruzcas. Por fuera están cubiertas de tierra arenisca nj- 
jiza (que es el color de la que abunda en las vertientes del 
alto Uruguay, donde se crían) y sembradas de pedrezuelas 
ó chinas reciamente adheridas. El interior está relleno de 
greda. Como objetos de curiosidad, á modo de macetas ó 
por adorno en los patios y jardines, suelen apreciarse estas 
(jcodas. Al intento, les hacen una abertura, sacándoles la 
greda que contienen. 



(1) El P. Ht'inabé Cobo, Historia del Kuevo Mundo. 



CAPÍTULO XXV. 

Fe en las simpatías. Taumaturgos pedestres. 
(Auto-sugestión.) 



Sumario. — Misterios, simpatía y auto - sugestión. — Acreditada sim- 
patía del color rojo. — Acción de las palabras en los elementos 
simpáticos. — Necesario secreto de las fórmulas. — Cómo se obtie- 
nen y se transmiten. — Taumaturgos populares. — Curaciones á la 
distancia por medios simpáticos. — Auto -sugestión. — Pretensiones 
del mago vulgar. — Sobre los famosos polvos simpáticos de Digby. 
— Cómo explicaba Digby la acción de los polvos simpáticos. — La 
curación por simple contacto de los medicamentos, y á la dis- 
tancia, ante las corporaciones científicas. — Manosantas y tata- 
dioses. — Remedios santos, hierbas santas y manos de santos. — 
Proezas edificantes de un tatadiós del Tandil. — Cómo procede el 
manosanta. — Osadía del manosanta. — Su hombría de bien. — 
Sus letras. — Cómo se forma y populariza. — Cómo la echa á 
perder. 



En personas ignorantes, crédulas, influye poderosamente 
cuanto, á su modo de ver, encierra un 7nisterio. El número 
tres, el número siete, el colocarse del lado del sol, la conco- 
mitancia de la curación con la contracción de la corteza 
de un árbol (la que se va secando por falta de savia), son 
elementos bastantes á producir el fenómeno psico- físico de 
la auto -sugestión y ^uñ resultados fisiológicos. Tiene el 
vulgo en las simpatías fe ciega. Y esta fe, por lo que 



CAPÍTULO XXV. 363 

toca á las personas, es el aírente misterioso que mueve 
la máquina de su ser, haciendo que alcance, en nnichos 
casos, la salud á que aspira. Verifícase á favor de ciertas 
acciones aparatosas, de fórmulas, de preces, de invoca- 
ciones, de santiguaderas, el fenómeno psico- físico de la 
auto-siKjestión, de cuyos efectos fisioló<íicos los experi- 
mentos coetáneos ofrecen notorias nmestras. Por su me- 
dio se restablece el ordenado juego de las funciones del 
organismo, cuyo entorpecimiento alteraba la salud del in- 
dividuo. Muchas, nniy molestas, nuiy graves y nuiy fre- 
cuentes son las enfermedades que pueden desaparecer 
mediante una influencia magnética, hipnótica ó sugestiva. 
Las histéricas y nerviosas, cuyo número es harto crecido, 
se hallan en este caso. El vulgo ignaro, que ve y observa 
y experimenta los efectos maravillosos de las simpatías 
que usa, no titubea en atribuirles uq carácter sobrenatural. 
Kazón tiene el vulgo, en medio de su ignorancia, })ara 
creer hoy lo (|ue en otras épocas tuvieron por cierto los 
sabios. Muchas de las curaciones serán casuales, imagina- 
rias; mas el vulgo, (|ue no discierne en cosas que estiín 
fuera de su alcance, colócalas en el numero de las ciertas 
y comprobadas. 

En medicina dase el nond)re de simpatía á la concomi- 
tancia de fenómenos internos del organismo, ya sean lisio- 
lógicos, ya patológicos, (pie se veriíican en órganos que ca- 
recen de conexión directa entre sí. La simpatía vulgar de 
que se trata, nada tiene que ver con la simpatía médica 
(pie la ciencia deíine. 

El color ;ojo desempeña, entre los medios sinq>áticos, 
inq)ortaiit(» papel curativo. Cuando se aln'r la uun^eca, una 
cinta ó tira colorada sin pecar (nueva, no usatla ), ceñida 



364 srpKiísTirioNbis ükl kio dk la i^lata. 

* 
en ella, la vurlví* á su prístino estatK) ilc >:iirulM(l. A un 

U'nu'ix) ú otm aniuuil ron Ilujo ile vicntro, sr le corta ó 
imnleni la c\)rrentía, atanilole v\\ la raíz tUl tronco de la 
i-ola una tira ci^lorada : y una tira Av luivcla colorada en 
torno del jK*scue/.o de un venadito ó jíaiua (/ttarhos (sin 
madre K l>»j^í t*l dominio di'l liondue, le preserva de la tris- 
teza V malestar que le aconu-te, privado di' su lilícrtad y 
natund compañía, tristeza y privación de lil>ertad (pie k- 
oca^iomín infaliMemeutt' la nuierte^^^ 

Las palahraa (que es jo esencial del sccnto) conuuii- 
caii la virtu<l eficiente á la .^imj)afía. La operación ó la 
acción, el aparato, son la ft>nna, y las palabras el alma. 
Sólo en determinadas ocasiones sah' de la boca del hombre 
de cjimjK) el sei-reto. Vn j)adre, en las postrimerías de su 
existencia terrenal, transmite secretamente á ircs de sus 
hijos la fórmida (pie le sirvió para hacer bien á sus pn')- 
jimos ó ¡Kira la conservación de su hacienda. I ;i hond)re 
pobre, viejo y dcísvalido, que no espera ya jmseer ganados 
cuya pisanera haya de curar por medio de una tórmula 
HÍm|>át¡ca, dámela á conocer á un ami<;o ó ini benefactor. 
Fuera de entos aujos, la fórnuda (pie encierra el secreto sim- 
palicf), pucíle Rer transmitida lícitamente á dos |)ersonas, 
e» decir, í»in (pie las palabras pierdan su eíicacia. Kn tal 
caso, la tran.smisi(>n del secreto se hace con la debida so- 
lemnidad y juramento; de Huerie (pie nunea ha de j)asar de 
trejf el námem de Ion que le posean. El ternario forma una 
unidad «uperíor, envolviendo una i»erfección moral (|Ue im- 
pide denmeri'zca la virtud del secreto. 



Ají. aii liiJt Mimjtftiiajt, no rnAo ú la- pcrj^oiui.'* (en t\\h' puwle veri- 
fiopir U auio-MUfjrMtiónl, niño á lan coHa.'^. V^éajíe Ctip. X.XI y páj^. 'M'á). 



CAPÍTULO XXV. 365 

Obtienese además un secreto simpático, penetrando en 
una salamanca. El que lia tenido suficiente fortaleza de 
ánimo para internarse en una salamanca (cueva encan- 
tada ), de seguro regresa de allí sabiendo algún secreto, no 
sólo para curar enfermedades propias y ajenas, sino para 
salir ganancioso en toda carrera de caballos ó juego de ba- 
raja, ó para rendir á su voluntad á la más esquiva de las 
mujeres. 

Ahora, hay géneros de simpatía ó modos extraordina- 
rios de curar que privativamente aplica un taumaturgo, un 
individuo que presume haber recibido del cielo la gracia 
gratis data, el don de hacer milagros que sólo Dios puede 
otorgar mediante su infinito poder soberano. De ahí, en el 
Río de la Plata, los mañosa n tas, los tatadioses y los sa- 
ludadores. 

Gran j^recio hacen de un género singular de simpatía, 
que consiste en aplicar desde lejos, sin ver ni conocer á la 
persona ó al animal que están enfermos, las operaciones 
y fórmulas de que consta. Llaman á esto curar cí la dis- 
tancia. Rara, muy rara es la persona que tiene la dicha 
de poseer el secreto de esta codiciada simj^atía. Individuos 
hay que guardan y aplican el secreto de curar cí la dis- 
tancia. Basta que un enfermo piense en ellos, de un lugar 
á otro, aunque haya ríos, mares y cordilleras de por me- 
dio, para que sane de la dolencia que le aquejaba. Cual- 
quiera diría que se trata de supuestos espiritistas, ó de 
hipnotizadores campesinos. Pero no hay nada de eso. El 
manosanta ó el depositario de una simpatía, que pretenden 
influir á la distancia, acaso no han oído hablaren su vida de 
espiritismo y nuicho menos de hipnotismo, términos nuevos, 
para ellos exóticos, cuyo sentido ignoran. Tiene, en reali- 



361) -' «'l-'RFTICIÜNES DEL KÍO DK LA Tl^MA. 

iliul de vervlíul Imstante sonujanza con ciertas doctrinas 
nKKlcrnas, de «iníeter científico, la idea y íornia dv curar 
ú la distancia. Viene á ser ni nuís ni ninios qne la aufo- 
siujcitión, cuando el paciente es una persona : la sngestión 
que promueve uno en sí mismo, en el estado de vigilia, á 
favor de un acto de voluntad suficientemente eficaz para 
el efecto. El cíun|>esino del Kío de la iMata, así como el 
bnisileño de Río (¡nuide del*»Sur, quieren ir, sin endjargo, 
c»>n sus simpatías mnclio más adelante que los hipnotiza- 
dores c»»n sus asond)rosos experimentos. Los hombres cicn- 
tílioís tlcl Viejo Mumlo intentan obrai* en el ánimo y or- 
ganismo del paciente, entre otras formas de transmisión de 
la voluntad, ¡>or míM lio de la siKjcstión mrnfdlon el estado 
hipnótico ó de .sueño artificial. Kl mago vulgar rioj)latense 
pretendí* pro«Íucir el mismo efecto en el estado de vigilia. 
El hi¡»notizador sugiere mentalmente sus ideas y designios 
a una |HTsona, á un ser dotado de conq)rensión racional, á 
un individuo capaz de entender el lenguaje en que le hahla 
OOn «>lo el |K'nsaniiento, como lo entendería, si h* hablase 
Clin la emisión corpórea de la voz, con los sonidos articu- 
lados que forman la palabra. 101 mago pedestre de la cuenca 
del l'lala va mas adelante, pretendiendo extender la esfera 
de acción propia de huh ensalmos á las dolencias que pa- 
decen loH animales, y aun á la» cosas inanimadas, como si 
las plantas y la» aguas y los cielos fueran seres dotados de 
entendimiento y voluntad y por ende capaces de obedecer 
sus niandati>H. I^i pretensión de curar á la distancia no es 
cosa reciente, ni se ha fundado solamente en ceremonias y 
pfi//i//ra4 ( fórmulas se<Tetas). IIond>res de ciencia anti- 
;- HHitlernos han as<»mirado e int<*ntado d(;mostrar con 

ex|M rinientoH que un me< linimento puede producir el efecto 



CAPÍTULO XXV. 367 

natural de sus propiedades, sin necesidad de que el en- 
fermo le tome, ni de que se le aplique á la parte da- 
ñada. 

Los polvos simpáticos de Digby alcanzaron no poca 
fama en la Europa de la décimaseptima centuria. Preten- 
díase curar desde lejos con ellos las heridas y llagas. Com- 
poníanse los polvos mágicos de sulfato de hierro, llamado 
comúnmente vitriolo '^\ Aplicábase el vitriolo á un pe- 
dazo de tela, ó a cualquier otro objeto, á la espada, por 
ejemplo, manchada con la sangre de la. herida. Mediante 
esta simple operación, el paciente sanaba. No había nece- 
sidad de aplicar el vitriolo á la herida ó llaga, ni de poner 
en contacto con ella el trapo que le contenía. El vitriolo 
curaba la herida desde lejos, por considerable que fuera la 
distancia á que se hallare de él, ó del objeto manchado de 
sangre y espolvoreado, la persona cuya llaga se trataba de 
curar. Bastaba que se hallasen en contacto la sangre de la 
herida y los polvos simpáticos ^-\ 

Un fraile cai'melita, que había estado en el Oriente, 
donde adquiriera el secreto, conumicólo á Kenelm Digby, 
docto químico y filósofo inglés, quien, después de haber 
hecho algunos experimentos en que pudo convencerse 
de la eficacia del remedio, disertó científicamente á su res- 



(1) Todo sulfato lleva el nombre de vitriolo. El de hierro es propia- 
mente vitriolo verde ; el de cobre, axul ; el de zinc, bhniro. 

(2) «¡Qué decantados fueron los i)oli'o.'< simpáticos, que, echándo- 
los en la venda con que se había ceñido la parte herida, á cualquiera 
distancia, curaban la llaga ó restañaban la sangre, 6 quitaban el 
dolor, aun cuando la venda estuviese en Matlrid y el herido en Roma! 
Todo lo que se ha hallado en ellos es que hacen algún leve efecto, 
estando la herida y la venda dentro del mismo cuarto ó á muy breve 
distancia.» (Feijoo, Teatro Critico.) 



368 ?;i'rKRSTICIONES I>KI- ufo I)K LA TLAIA. 

pivto ante una asamlílea de j^fiito docta A año de ir»r)8^*\ 
Con ni/ón jURnlf aliruiarsc, diiv l)!L;l)y, c|iu> v\ vitriolo 
€S una de las substancias mas excelentes (jiir la iiMturalcza 
ha imnlucido. I^s químicoá enseñan (jue il vitriolo no es 
Otni ii>sa que la ciyrporijtcación del es|>íritii iinivcrsal (|U0 
anima v |>erfei'c¡ona todo cuanto existí* en este mundo 
2iUÍ»lunar. Este espíritu universal vorporijicado es atraído 
eluiamente |>or un ¡mdn apropiado á su forma. La luz 
tnuis|)(»rta los atemos que se desprenden de la sangre mez- 
clada con el vitriolo, difundiéndolos en un espaído de aire 
iimsidenildemente dilatado. í^a llaira de (jue se extrajo la 
sanpn* que se mezcló con el vitriolo, atrae los etiuvios que 
de e:*te compuesto se desprendieron. Kntonceslos cxjn'rditA 
del vitriolo, que es una sustancia balsámica, producen el 
to a|>et<*<-itlo, aliviando y curando la llaica ó herida. 
TihIo este mistado, pues (concluye el ülósoío disertante), se 
gobierna |xjr nuMÜos naturales. Innecesario es, para expli- 
carle, recurrir á la falsa idea de un agente que obra á la 
di.^tancia, sin comunicación real con el sujeto ó cosa a <pie 
»e aplica. Se trata pura y simplemente de una snhsfnnria 
hal/támií^a que se mezcla corjK)ralmente con la materia ó 
carne de la llaga. Nada hay en ello de ensalmo, ni «le ma- 
íria. K«to e« cierto. Mas tampoco debemos creer (pie la es- 
fera de acción de la naturaleza se baile reducida al coito 
í^i.'...;,, á (|iie la circunscriben nuestros sentidos corpu- 



(\) IHMniura fait en una eélibre ÁKHrmhUe parlé ClirrnUrr I)i{¡hi/, 

Ckti ■ ■ ' ;• ,,ir I-Ir., Inurhfint ln (¡tu li- 

aOf, ...... llilllujil 'I'- JCf'f! nini,i/mfr 

Xhot'fXm'Mm riiiuifi <'ii la notii nnUTÍor. 



CAPÍTULO XXV. 369 

En nuestros días (año de 1887), ante la Academia de 
Medicina de París, uno de sus más calificados individuos ^^^ 
se propuso demostrar que los medicamentos producen su 
efecto ordinario en una persona hipnotizada, con sólo poner 
en contacto con su cuerpo, y aun á cierta distancia de ella, 
un tubo de cristal herméticamente cerrado que los con- 
tenga. Xo habría necesidad, por consiguiente, de que los 
medicamentos fuesen ingeridos en el organismo que los 
pide para la curación de sus dolencias. La Academia de 
Medicina, después de varios experimentos, declaró que la 
supuesta curación por medios tan contrarios á los princi- 
pios fundamentales de la terapéutica, era inaceptable. 

Manosantas y tatadioses^^^ llaman en el Río de la 
Plata á cierta clase de taumaturgos populares que recorren 
los campos y las ciudades prometiendo curas maravillosas. 
Así el t atadlos como el manosanta se valen de aparatos y 
ceremonias, de fórmulas ininteligibles, de preces y de pa- 
labras V de santisruaderas. La denominación de fatadiós, 
sin embargo, la aplica con preferencia la gente menuda á 
los negros, que la aceptan y se la dan á sí propios con 
toda modestia. El fatadiós propina también remedios, que 
consisten generalmente en hierbas, y á veces inventan los 
procedimientos y cosas más disparatadas que pueden ca- 
ber en cabeza humana. 

El vulgo, al exornar á este género de curanderos con 
los dictados de tatadiós y de manosanta, no da á enten- 
der propiamente que reconozca en ellos cualidades ó atri- 
butos peculiares de Dios ó de los santos. Ni con la califi- 



(1) El Dr. Luys. 

(2) Tata significa padre. 



t'O SIPFn-íTfriONKS PF.I. KÍO I>K LA IM.ATA. 

i*acióii do mano^fania aliule priH'ismnentt» :il htclio de cii- 
nir iiuiliaiUe la imjKKsii'ióir de \i\< iikiiios, ciMno 1»» Inurii 
algunos; |X)njue esto es ci)sn accidi-ntal, im simple porme- 
nor tle sus o|H'niciones misteriosas. Kl vuli^o, dr :intiu:iio, 
lia cjdifieaido inetafórieamente de santos ciertos remedios y 
hierhas meilieinales tan elieaees, (pie no parererín sino (pie 
hiibie^n recibido esjHTÍalmente del eielo, p:ir:i iuiielicio 
del hombre, la virtud curativa que encierran. VA eampe- 
síiio rit>|>lateiise, generalmente mestizo, dice: Id /narre/a 
es una planta que J)los esparció por el suelo de Ana'- 
rica para remedio del indio, Kl mestizo se titula indio a 
8Í mismo: nadie, en el Río de la Plata, escrupuliza serlo, 
ni n»nani en que de tal le caliliqíien, aumpie tenga más de 
la raza blanra (pie de la cobriza. Paia signilicar la pron- 
titud (on que un remetlio produce su efecto, dícese (pie á 
favor de 6\ dc^saparece el dolor como con ¡a mano dr un 
santo. Comúnmente se expre.^a la misma ¡dea con mayor 
bn»v«Lid: cesa el dolor, ó se quita el mal, como con la 
mano. Cuando un medicamento se considera infalible para 
esta 6 aquella enfermedad, se le recomienda diciendo: 
¡sanio remedio! Por otra parte, mano, en sentido trasla- 
ticio, dignifica la |)er.<ona que obra y los medios de que se 
tAr\i% ai*í como el valimiento y i)atrocinio <pie dispensa. 
I>e HHKloque, habiendo remedios santos y liierhns santos, 
eé natural que haya tambi(^n míanos santas. 

Hay, no olit»tante, gente (jue cree que los m añosa n tas 
efectáan süh curucioncs á favor de una gracia ijratis data, 
que mtw unos Ví»rdadero8 taumaturgos. (Jtros (entienden 
que » ' ro de brujería ó de magia. Otros solamente ha- 
llan tii ello un misterio, cosas veladas al entendimiento de 
lot4 mortales. 



CAPITULO XXV. 371 

En el Tandil, al sur de Buenos Aires, apareció un tata- 
diós que mediante algunas supercherías logró fanatizar al 
gauchaje. Metiósele en la cabeza que allí estaban de más 
los extranjeros, que juntaban mucho dinero en tanto que 
el hijo del país estaba pobre, y se propuso exterminarlos. 
Para el efecto, reunió algunos desalmados y salió por el 
campo matando y robando á cuanto extranjero hallaba y 
asaltando las casas y poblaciones. Perseguido eficazmente, 
no tardó en caer en las garras de la justicia, que le dio su 
merecido. El memorable tatadiós del Tandil era un dios 
bien paternal. 

El inanosanta no deja de aplicar asimismo tal cual me- 
dicamento; pero lo que le distingue y caracteriza es el uso 
de las preces, de la señal de la cruz y de velas encendidas 
delante de un crucifijo ó de la virgen. No pregunta que 
enfermedad tiene el doliente, ni le importa saberlo. Lo 
único que necesita saber es dónde siente el dolor ó la in- 
comodidad, á fin de santiguar oportunamente la parte en- 
ferma ó en que se manifiesta la enfermedad. Pone el cru- 
cifijo ó la imagen sobre una mesa. Enciende delante del cru- 
cifijo ó de la imagen tres velas, ó un número mayor, pero 
siempre cabalístico. Reza con las manos cruzadas. El pa- 
ciente, al mismo tiempo, reza también, fijos los ojos en el 
crucifijo ó la imagen. Finalmente hace con la mano ó con 
el dedo pulgar la señal de la cruz en el propio lugar en 
que entiende hallarse localizada la dolencia. A veces cura 
imponiendo las manos, sin otra ceremonia. 

El magnetizador hace uso de los pases para someter á 
su influencia la voluntad del sujeto ó paciente en quien 
opera. El manosanta no usa de pases; porque no conoce 
ni aplica el arte de la magnetización. Instintivamente, em- 



372 SÜPERSTIOIOXFIS DKL KÍO Di: LA TLA 1 A. 

pero, suele im|><>iuT las manos, (ImikIo a conocer con ello el 
|nirentesii> natural que tienen uno y otro procediiuitnto. 
A Vi»iHS el manosanfa aplica la mano á la jiartc enferma 
6 di»loritla, como sise j>ro|ni>¡er:i transmitir por contactólas 
detenn i naciones ile su voluntad al paci(»nte. A veces cura 
con solo un mandato. Suele iniir ;i las psí< plicas las tiirr- 
ras nfltunik^s. Había un manosanfa que se prej)aral>M 
|mni hacer sus curaciones mentales, mirando lijamente ;d 
sol dunuite un n»to. De ese modo ad()uiría la iiicrza iicce- 
saría ¡Mira obrar sobre la imaiijinación y el cerchro de sus 
adm i raí lorias. Las luces interpuestas ciitn' el crucilijo ó la 
imagen y el paciente, ofuscan sus cqos, (pie les dirigen la 
supliesinte mirada, disponiéndole á recibir la ¡inju'csión 
mental que le va á comunicar el manosanta. á lin de pro- 
mover la auto 'üUfj catión (pie ba de suscitar el fácil jue<j;o 
de las funcit mes cuyo entorpecimiento causaba la dolencia. 

I^ supina ipiorancia del inanosania le ¡idimde esa im- 
|»avi<lez que se necesita para acometer con serenidad y coii- 
tian/a tan arduos empí'Uos como tíuna á su cargo. El aba- 
tido enfermo, pasmado de la osadía <lel /tidtwsanfa, auinpie 
al pronto dudare, acal»a j»or creerle capaz de un milagro, 
mayonnente si se agolpan en a(piel instante á su imagina- 
ción la* curaciones maravillosas (pie de él ba oído coníai*: 
el prestigio avasalla. 

Procura el manoi^an/a ser bombre de bien, no bacer 
malas acríones, |K*rsuadi(lo de (pie la práctica de la virtud 
favíirece el éxito de sus curaciones; en lo (pie se asemeja, 
c*omo en sus procedimientos, á todo mago, ya sea de la 
India, ya de Kgipto, ya de sus imitadores europeos, ya d<* 
lax geti«'raciones m'lvátieiis que poblaban el Nuevo Mundo. 
Uno de los com|Hiñeros de Alvar Ndñez Cabe/.a «le Vaca, 



CAPÍTULO XXV. 373 

eQ la Florida ( America del Norte ), atribuía á sus muchos 
pecados su poca fortuna en la curación de enfermedades 
con santiguaderas y soplos ^^\ 

El manosanta no cobra nada j)or sus curas : recibe lo 
que le dan voluntariamente. 

El manosanta, lo mismo que el tatadiós, por lo general, 
no sabe leer ni escribir. Xo ha aprendido en ningún libro, 
ni en ninguna escuela, su arte. Nadie se lo ha transmitido 
verbalmente, ni ha visto hacer por otro las cosas que él 
ejecuta. Ni se propuso de caso pensado ocuparse en curar 
á los enfermos. Le ocurrió un día ver si sanaba un hombre 
afligido, implorando la divina misericordia, santiguando, so- 
plando ó imponiendo las manos, y le salió bien el pensa- 
miento. Repitió la operación una y otra vez, siendo en todas, 
ó en algunas, feliz. Corrió la voz, y le proclamaron mano- 
santa. Nace, pues, el manosanta del seno de las sociedades 
en determinadas circunstancias, como ciertas hierbas que 
brotan y crecen, sin que nadie las plante ni las cultive, en 
terrenos apropiados á recibir la simiente que las produjo. 
Al emprender inconscientemente su ministerio, responde á 
una vocación, que, ajena de cultivo intelectual, se convierte 
en monomanía. Coinciden sus procedimientos con los que 
usaron los magos, adivinos y hechiceros de otras épocas y 
regiones; porque unos mismos antecedentes, unas mismas 
caucas y unas mismas circunstancias les dieron origen y 
una misma es la humana naturaleza en todas partes. 

Los manosantas la echan á perder, cuando, ufanados 
con sus triunfos, se levantan li mayores. Entonces pierden 
los estribos, y caen. Se meten en un berenjenal en que es 

(1) Véase Cap. XXVI I. 



374 srrF.RSTicioNES i>kl kio dk la plapa. 

preiMSO aiuliir cnm |>¡e>í do plomo, y ellos, ni lui;;ir ilo maii- 
U'iierse ci>n ciuitola en v\ \nuuo adonde su l>iu'iia suerte los 
COiuhijo ilesos, á lü mejor dan una zapateta, (juieren eal- 
zai>e los talares de Mercurio y, entre ti ili'seneanio de los 
unos y la rec*hiHa de los otros, da punto su easi gloriosa 
nim»ra. Sic transí f (floria mum/i. Tal le aconteció a un 
celebre manoitanfa.on Montevideo, que, después de haher 
hecho, scgiín dicen, curas admirables, intimó cierto día á 
un cojo que soltase las muletas y echase ;í andar sin mié» lo. 
El cojo no se atrevía á soltarlas. Pero tantas fueron las 
inst¡*^icioiu*s é insultos del nia/iosanfa, (pie dejó caer las 
muletas, cayendo él á la par con ellas y dándose un porrazo 
Um grande, que |M>r |)oco se queda sin la otra pierna. Ksta 
Uiú la ultima curación que hizo en pril)lico el nianosanfa 
niontcvidi*íino. 



CAPÍTULO XXVI. 

El vulgo médico. 



Sumario. — El diablo médico. — ^lédicos y abogados novatos. — Yerros 
de médicos. — Lógica del vulgo: llágase el milagro, y hágalo el 
diablo. — Curanderos y saludadores estimados del vulgo. — Los 
curanderos del Río de la Plata. — Medicina popular. — Trabajos 
de los jesuítas sobre plantas medicinales, — El famoso médico 
Mandouti. — Remedios caseros. — De medico, poeta y loco, todos 
tenemos un poco. — Carácter del saludador. — El ayuno }' la sa- 
liva : su antiguo crédito y virtudes. — Signo del saludador. — Duda 
teológica. — El saludador, hechura del diablo. — ]\[odo de combatir 
la acción del diablo en el nacimiento del saludadjor. — El salu- 
dador en las cárceles del Santo Oficio. 



Para todo buen cristiano, las curaciones del mañosa nf a, 
del tatadiós j del saludador son obra del espíritu infer- 
nal, son genero de brujería. Y con efecto, al diablo no podía 
ociuTÍrsele una diablura más propia de su condición, que 
meterse á medico. ¿ Quién mejor que él puede ordenar una 
rica farmacopea con los infinitos datos que su 23erspicacia 
y curiosidad ha ido acopiando desde la creación acá? ¿Qué 
profesión está más necesitada de la experiencia, que la me- 
dicina? La abo2:acía también la necesita mucho. Pero no 
ofrece tantos peligros la inexperiencia del abogado como la 
del médico; porque á veces está en mano del juez (y co- 



376 SUrERSTK'IOXES DKL liú) DK I.A Il-AIA. 

iTt»5ijH)iule jí su noblí' oí'u-io) suplir ion oportunas nizones 
las ¡m|H'rliiuiití*s de la iK'ft'nsa. Un antiguo proloijuio dv 
Ih» escuelas aet»iisi'jaba: en ahogado ni m niedin» inicvo 
¡KMigiis tu harionda ó tu vida; (jue i*l uno iiircdará in> \\r- 
giK'ios mus de lo qui' i'stuvicivn y »•! uin» te llivaiá al 
cain¡>0 siuito antes de que lK*gue tu iiora . ;( íuaidal no te 
fíes de imtlie(»s novatos; que, como advierte (¿uevedo, 
c/rajr la cura viene el cura > ^-\ 

El matwnauia, el fatadióa y el saludador son uno^ 
ministros dd espíritu de las tinii'l»las, que, eon el halago de 
ofreivr nada menos (pie el bienestar físico á las gentes, se 
pDípoue dominarlas. íSiendo esto así, j)onerse en manos dr 
uu siduílailor, iHpiivale á ponerse en manos del diablo, l'.ii 
Bubstaneia viene á ser la misma rosa. Kntrcya uno su 
alma al diablo. ¿Qué hará, pues, el hond)re piadoso, cuando 
está viemlo que se mucre, si el saludador, el tatadiós ó el 
mauosanta no lo remedia? ¿Dejarse morir, por no curarse 
en manos iLl diíiblo? Caso es éstx» j»ara cuya solución no 
hay que acudir á los doctores de la Iglesia, sino á la gra- 
mática ¡Kirda, que es la (jue se consulta en lo tocante á las 
precisas como<lidades y necesario gobierno de la vida. VA 
hombre defiende instintivamente su existencia contra las 
cauflas que tienden á destruirla. La naturahza le aguijonea 
0011 laa punzadas del dolor, para «pie no ande lerdo en este 
|Kint<i. Uu |)obre diablo, (pie con un fármaco, () unas hier- 



(\) Son • \n medico tiovOt qtna cmI ¡mmiriila jmrrntttm; 

ntf i/i ft'intrnto norrilo, f¡uia fst confnnftr lilium. 

{'¿) (*• -, en uno de hum eiitrnii*»»!'?*, Hiitiri/.a <ir oU* iikmIo Ion 

rtT' '• - '' • ' '■ •' :.-:_-,V a^í^ i.,* iiinicxtor ({uc h»* o.x den 

u. ..»n) eon jyrrro» de nu'*<l¡roH y l)ol¡enrioH. » 

IKI J. (if UfM J'odrtdosJ 



CAPÍTULO XXVI. 377 

bas, ó con preces y santigiiaderas, ó con soplos y con mi- 
radas y pases y visajes y mojigangas, restituye la perdida 
salud al enfermo, ese es, á los ojos del paciente que recibe 
el beneficio, un interprete de la naturaleza, un ministro de 
la divinidad en la tierra. Que es negocio de brujería, que 
es una cosa imposible, sobrenatural, que sólo Dios puede 

hacer milagi'os, que anda metido en ello el diablo 

Enhorabuena, dice el paciente; pero llágase el milagro, 
mas que lo haga el diablo, y, cerrando los ojos, se pondrá 
en manos de quien le brinda con la salud 6 le libra de un 
gi'ave peHgro^^l La gramática parda así lo prescribe y en- 
seña. Tal modo de pensar y de proceder es muy ^^i'opio de 
la ñaca y deleznable condición humana, y en España y 
en las regiones pobladas de su gente, avezada á comunicar 
con judíos y moros, están todos, á pesar del celo del Santo 
Oficio, curados de espanto. Hágase el milagro, y hágalo 
Mahoma, ha dicho para su capote quien de las doctrinas 
de este profeta aprendió á resignarse estoicamente ante las 
desoladoras llamas de su hogar incendiado: ¡jues que la 
casa se quema, calentémonos todos. El vulgo no está en los 
ápices de la teología, y, cuando lo estuviere, ni aun así sa- 
crificaría á ellos sus conveniencias reales é inmediatas, lo 
que actualmente le apremia. Sobre todo el dolor no en- 
tiende de sutilezas. El dolor va á escape tras el remedio. 



(1) '<En saliendo á la callo, tendió en el suelo mi guiadora su manto 
y mandóme que pusiese los pies en ól. Me dijo que tuviese buen áni- 
mo, que por entonces dejase mis devociones. Lueixo vi mala señal, 
luego conocí que quería llevarme por los aires, y aunque como cris- 
tiano hien enseñado tenia por hurla todas estas hechiccrias (cowo es 
raxón que se tengan), todavia el ¡)eli(jro de la muerte, como ya he dicho, 
7ne dejó atropellar jwr todo.* (Cervantes, Vérsiles /y SiyisnuDida.) 



378 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA ILA lA. 

Eiitri'^se f;u*¡l lí hi mano que le aliviii, la cual es, pnra ó!, 
sania, 8¡ \v riinu 

Auiigiu» ariuu|ue iK'l vulgo ha sido rrcurrir á un curan- 
dero ó á un Siiluihul(U\ para (jue ron yerbas 6 con })alal>ras 
Instituya lí los dolientes la ])erilida salud, particularmente 
cuando los nuxlicos no aciertan con el remedio, si le tiene ^^\ 

Cunnideros han sidí) por lo «general, desde anti<;uo hasta 
el día de hoy, los niethcos de la gente campesina en el Río 
de la Plata. En el Paraguay, cada distrito ó poblado teiu'a 
uno, que tOilos los días de llesta sentábase á la puerta de 
la parroquia, adonde acudían los enfermos y le enviaban 
8U8 aguas en un canuto. \']\ curandero tomaba el cañuto, y, 
vertiendo en la palma de la mano unas gotas, las miraba 
contra el sol y luego las tiraba al aire: operaciones (jue re- 
petía dos ó tres veces. El arrojar al aire las aguas tenía 
jK)r objeto verificar si caían conglobadas 6 sueltas como el 
rocío. En el primero de los casos había indicios de (pie la 
eiifennedad era jirocedente del frío; < n el segundo, tenía 
por causa el ndor. El remedio consistía en unas hierbas, 
que el |)aciente debía tomar en iidusión. Estos curanderos 
ni vinitaban á los enfermos, ni oían la relación de sus do- 
lencias. En los puel>los de indios se elegía anualmente, 
OOino los alcaldes de los cabildos, el indio (pie del)ía hacer 
de niAÜcí), cuya tarea se reducía, |>or lo regular, á ir á 
llamar al cuní para que confesase al enfermo y al sepul- 
lureríi |iani que cubriese con tierra su cuerpo y le pudiese 
una cruz encima ^^\ Eso no obst^nití*, los enfermeros (cu- 



I K' ' '■ ' . una liccliicirn ii «iiíkii umm 

nui'irr !• ' culi' tiiiM Ilija )|ih' «'^t:il»ii 

fft» . ..1. 

A /ir I, J > II I J/tMÍoria del ¡'araijuuy y del iiio de la ¡'lnUi. 



CAPÍTULO XXVI. 379 

ruzuyacs) de las reducciones jesuíticas sabían sangrar y 
aplicar algunos remedios que el cura les indical^a ó que 
ellos tenían por buenos ^^\ Hubo un tiempo, dice un escri- 
tor del siglo decimosexto, en que, no las drogas y la codi- 
cia, sino el amor y la caridad curaban á los enfermos. Cada 
uno decía á su vecino lo que sabía y había experimentado. 
Sacábanse los enfermos á Jas plazas, á fia de que las per- 
sonas que tu^desen conocimiento de algún remedio ade- 
cuado, se lo diese ó aconsejasen"^. 

La población campesina, hoy, á parte de los curanderos, 
conoce un sinnúmero de medicamentos para toda clase de 
dolencias. Los jesuítas hicieron prolijo estudio de las plan- 
tas medicinales del Paraná y Uruguay. Los padres Segis- 
mundo Asperger y Buenaventura Suárez, y el hermano 
Pedro Montenegro, dieron noticias de ellas ^"^1 Las recetas 
y aforismos del padre Asperger andaban en manos y en 
boca del vulgo y tenían más crédito en el Eío de la Plata, 
según Azara, que en Europa los de Hipócrates y Dioscó- 
rides^^l 

A fines del siglo decimoctavo (ano 178o) arribó á Bue- 
nos Aires, precedido ya de alguna fama adquirida en Eu- 
ropa, un médico portugués, natural de Praga, que había 
hecho sus estudios en la ciudad de Coimbra, pero que no 
exhibía títulos debidamente legalizados. El Doctor M«n- 



(1) Memoria délas Misiones de Indios Guaranis jior O. Cfonzalo 
de Dobla?, en la Calece. Ani^elis. 

(2) Diálogos del ¡lustre ca])allero Pedro Mexía. 

(3) La obra de Moiitencaro publicóse eu la lirrisla riüriütica del 
Pasado Arfjentino por D. Mauuel Kieanlo Trelles. 

(4) Viajes Inéditos publieados por D. Bartolomé Mitre y D. Juan 
M. Gutiérrez. 



880 SUPKIÍSTICIONKS PKL Ilío PK I. A PLATA. 

ilouli» que así se llaiual>;i, llego inuv luego á ser en la ea- 
pical ilel virreinato iK'l Río de la Plata, eomo mas adelante 
lo fuera en el alto y bajo Perú, una i'speeie de mago, por 
sus curas sorprt^ndentes, |)or sus pronósticos infalibles, j)()r 
la sencillez v rareza de sus niedieamentos^^l Había en 
Buenos Ain^ dos niínHcos autorizados por la suüeieneia 
de sus diplomas, los cuales (cí^ino es consiguiente y sucede 
sienipiv en nisos tales), se (piejaron de la intrusión, solici- 
tando de la autoridad competente (jue prohibiese al titu- 
lado Dr. Mandouti hacer público alarde de una profesión 
|>ara cuyo ejercicio no estaba legalmente habilitado. Cuen- 
tan tjue el virrey tuvo la humorada de suplir con una sin- 
gular prueba de comi)etencia la falta de título (pie oficial- 
mente la autentica.^e. Fingiéndose enfermo á favor de una 
liebre artificial, hizo ir á su palacio al I )r. Mandouti, y |>i- 
dióle que, para curar ó aliviar mi dolencia, le diese una nie- 
dieina. Mandouti, (pie era tan perspicaz como ingenioso, 
observó un rato al gobernador y con aparente gravedad le 
«lijo: — cComa vuestra señoría buen jamón y buenos pavos 
relleno.-i, l>eba bueiujs vinos generosos y íiime buenos ha- 
llante; que con tales medicinas quedará tan sano como 
antes. » El golK*nmdor, riéndose de la respuesta, le (on- 
teBtó: — « Doctor Mandouti, vuestra merced podrá curar 
enfermos al par am los otros médicos, sin que Galeno se 
sonrojo. » Mandouti anda hoy todavía en boca do todos. 
¿Quií'^n no ha oído una y cien veces nombrar al I)r. Man- 
douti? Su recí'tJirio se exiiende á millaradas. Muchos re- 



(I) Hall. ! .- íMi lili nijiílmio ¡iiifircM), íIi» (¡iw h<* Iiiiii 

MCv> Vílrin- ;j .1 líliilii «If Culccf'"" iimifihlit ilr l.'ictliis 

del f' 'I . M'tiiiJ'niti. 



CAPÍTULO XXVI. 381 

medios extravagantes hay en él, y no por eso dejan de me- 
recer entera confianza á las gentes. 

Las hierbas medicinales estudiadas por los jesuítas y las 
recetas de ellos y de Mandouti han contribuido considera- 
blemente á constituir la ciencia médica del vulgo en el Río 
de la Plata. No hay ciudad 6 pueblo que no tenga sus ven- 
dedores ( negros ó indios ) de hierbas medicinales, que ellos 
mismos van á buscar por cerros, playas, bañados, lomas y 
valles. 

La medicina popular, ó casera, se compone principal- 
mente de hierbas. Es vulgar opinión que no hay planta 
que carezca de alguna virtud curativa. La dificultad está en 
conocerla ; que, por lo demás, toda planta sirve para algo. 
Entre los minerales, utilízanse algunas substancias, como 
la sal. El reino animal, aunque no tanto, ni con mucho, 
como el de las plantas, ofrece bastantes remedios. La gi'asa 
del yacaré (caimán), para el reumatismo: la de la iguana, 
para toda hinchazón: la de la comadreja ó miciLrc, así 
como su carne, comida, para las hemorroides. El hígado de 
zorrino ó yaguané, secado á la sombra, recomiéndanle 
como sudorífico y para el dolor de costado, tomando una 
corta porción de polvo de él desleído en agua ó vino ca- 
liente. El olor de sus orines, excesivamente hediondos, para 
la jaqueca. Las uñas del anta, gran bestia ó mhoreri, to- 
madas en polvo, para curar la alferecía. Abierto vivo el 
zaramagullón ó biguá y aplicado al pecho, para el asma. 
El guirapayé ó ave hechicera, llamado más común- 
mente tingazú, comido, hace el efecto de un purgante ^^l 



(1) Apuntamientos para ¡a Historia Xatnral de los Cnadriqicdos y 
de los Pájaros del Paraguay y Rio de la Plata por D. Félix de Azara. 



382 SUrERSTICIONKS I>EL líío DK \.\ PLATA. 

AiK'iiiás lie las liiorhas v otros nuilicaiuentos racionales, 
UuiuaJos remaiioit caacrosi conoc^e el vulgo iiiliiiito iiu- 
iiuTO do remeiHos simpa ti eos. El laere en il bolsillo sirve 
jmra las hemorroides; los jK)rotos 6 habielmelas en torno 
de los ojos y la frotaeión eoii una barra de azufre, para el 
aire; las rebanadas de papas (patatas) en las sienes, para 
el dolor de cabeza; una llave pendiente del cuello, para 
hacer retirar de los pechos de las madres la h^che; una 
cuita 6 una tira sacatlas de la enagua (pie lleva puesta una 
mujer, paní la retención de la orina, etc. Casi no hay ob- 
jeto natural 6 artificial que no tenga para el vulgo, alguna 
virtud, alguna aj»licaci6n simpática. 

La piel del renado del campo, <]ue dicen mata a la ví- 
bora encerrándola en un círculo de su baba caiin(/Oiia 
(pestilente), es usada como preservativo de la mordedura 
de este reptil venenoso: lo ahuyenta. Los antiguos creyeron 
(y de ellos tiene origen la actual creencia) (pie los ciervos, 
destructores de víboras, tenían virtud contra ellas v su ve- 
neno y que les eran funesto.s. Un diente de ciervo las aliu- 
yeiitaba. Dormía trauípiilo, sin el más mínimo temor de 
que una vílxira se le aproximase, quien se acost^iba sobre 
uiMi piel de cier\'0^*^. El paisano, cuando se echa á dormir 
en un sitio visitado de vílx)ras, pone una piel de venado 
debajo de su recado de montar, (pie le sirve de camíi en el 
suelo. 

Tienen asimismo conjo eficjiz j>reservat¡vo de la morde- 
dura de víUjni el licrjr de Uipó-cnnizú 6 milhoiiicna. 
Toman, ¡mni el efecto, de vez en cuando, una copita de él, 
y H€ crwn inmunes. 

(1) C. PlinU HücuikJí \aiural¿M JJijttoriít IíInt XXVI II. 



CAPÍTULO XXVI. 383 

La camisa de la culebra (ó víbora), colocada entre el 
forro del sombrero, en la parte por donde ciñe la frente, 
quita el dolor de cabeza. 

Con palabras, curan la culebrina, á que llaman tam- 
bién fuefjo de San Antón. Creen que tiene origen del paso 
de una culebra ( ó víbora ) por sobre la pieza de ropa inte- 
rior que, después de lavada, lia sido tendida al sol, reco- 
gida y puesta, sin habérsele pasado la plancha. Suponen 
que la irritación de la piel se va extendiendo al rededor 
del cuerpo hasta que los extremos de la mancha, que re- 
presentan la cabeza y cola de la culebra, se tocan ó juntan: 
entonces muere la persona ^^'. Usan la piel del zorrino con- 
tra el dolor de costado : con una tira cortada á lo largo, se 
envuelven la cintura. El pellón^-^ del agitará- guazil (co- 
múnmente aguará j cura é impide la salida de las hemo- 
rroides. 

De médico, poeta y loco, todos tenemos un poco, según 
nos advierte el refrán ^'''\ cuyo autor, que es el mismo vulgo 
ó sea el hombre experimentado de todos los tiempos, tiene 
examinada á fondo la condición humana. Esta oj^inión que 
de nosotros mismos tenemos, no nos favorece mucho ; por- 
que nos hacemos merecedores de que se nos achaque el 
prurito ingénito de meternos en camisa de once varas. 
Mas el hecho mismo de que todos traigan á cuento el pro- 



(1) D. Antonio de Ulloa describe l;i culebrilla en la liclación His- 
tórica del Viaje á la America Meridional por D. Jorge Juan y D. An- 
tonio de Ulloa. 

(2) ]\[anta de piel (del latín pellis). Alúdese en el texto á la del 
recado de montar. 

(3) De iniUico, poeta y loco etc. en la Monografía sobre los Refranes 
Castellanos por D. José María Sbarbi. 



384 M rKiiiTKio.NES \n:\. mío de t.\ pt.ata. 

verlúo, t'stá tlnnostniíulo (jue tiulos 6 casi todos cdiiIíosmii 
lisa y llanamente el penulo, esto es, (|U(' todos so recono- 
cían ejíiiaet^s de atentar contra la salud, eoiitni l:i Ix'llcza y 
contni las reglas del sentido eomun, eonio (jiie nadie ó 
muy ¡XK'08 ignoran, alumbrados si(|u¡er;i de la lu/ natural, 
que las eosas (jue conoeemos a niedÍMs más dañan (|ue 
aprovechan. í'uando en mío sobresale la jainicia de aijiie- 
llas tendencias de que hace mención el reirán, lo jhx'o <¡r 
imUlico, la cual, en semejante caso, regularmente se pre- 
senta adunada á otro |>oco de simplicidad ó de la cualidad 
ci>ntniria, entonelas resulta el curandero. Www se deja 
entender que, siendo tan conumes á la humanidad los 
flacos (|ue le atril)uye el refrán, forzosamente habrá de 
ser bastante (X)nsidcrable el número de curanderos en el 
mundo. El continente bañado })or las aguas del Atlán- 
tico y del Pacífico, los cobija en abundancia. Del Río de 
la Plata en es|M'cial no decimos nada: blancos, mestizos, 
indios, nnilatos y negros, todos meten la euehaiada eii 
materias de me<licina. Por lo (pie resp(»cta al acierto con 
que lo verifican, bastará con saber (pie l«s chinas y los 
negros son los más aficionados d ello. Kn general ( man 6 
matain, con hierbas; á distineión del médico, que lo hace 
con drogas. 

Drofjrn* también, aunque inmateriales (signos, palabras, 
-antiguadenis) u.san el Halndador, el /ftfadiós y el inano- 
nanta, Kl primero de («tos médicos populares es el más 
antiguo, rhinico en K-paña, de «londe pasé) á América <'on 
bi conquista. Fué el precursor inmediato de los dos últ¡- 
moí». !><»>* tres, en ciertas ocasiones, hacen uso aHÍmisino de 
la ini|M>^iciéiii de las manos y de los soplos. Mas el saln- 
dador difiere del tatadión y del inanoHania en qu(í su espií- 



CAPÍTULO XXVI. 385 

cial ministerio es curar la hidrofobia ó nial de rabia en 
hombres y animales. Distíno:uele Í2:ualniente la condición de 
emplear con preferencia, en la curación de la rabia y otras 
enfermedades, la saliva, por medio de la lengua, y el aliento. 
Elige la mañana para sus curas, en razón de que, á esa 
hora, está aún en ayunas. Ya sea porque, con el nuevo día 
y en ayunas está más libre de la influencia de la materia 
el espíritu, ó ya porque se halle este menos empañado por 
las impurezas del tráfago social, ello es que las primeras 
horas de la mañana son las más favorables al alto minis- 
terio del saludador y de todo mago ó taumaturgo. 

Antiguo y considerable es el crédito del ayuno y de la 
saliva en las supersticiones y en la magia. La saliva de un 
hombre en ayunas reputábase excelente antídoto del ve- 
neno de las víboras. Curaban la lepra y otras enfermedades 
de la piel, frotando en ella con la saliva igualmente en ayu- 
nas. Escupían á intento de preserv^arse de la epilepsia, 
como repeliendo el contagio. Pedíase favor á los dioses en 
una pretensión extraordinaria, escupiendo en el propio 
seno. Acostumbrábase, en la aplicación de toda clase de 
remedios, escupir tres veces, conjurando de esa manera el 
mal y favoreciendo la acción de los medicamentos. El que, 
arrepentido de haber dado un golpe á otro, quería evitar 
que sufriese las consecuencias de él, escupía al punto en la 
palma de la mano con que le pegó. En el acto, el agredido 
dejaba de sentir el dolor. Después de aporrear a una bestia 
de carga, escupían también en la mano inmediatamente, 
para que echase á andar en seguida. Para hacer más dolo- 
roso el golpe, escupían primero en la mano. Expulsaban 
cualquier animalillo (|ue se hubiese introducido en el oído, 
escupiendo en él. Preservábanse de los maleficios, eseu- 



386 SrPKRSTIOIONBS DKL HÍO 1>K LA IM.Al A. 

pioiulo eii la pn>pia orina, liu^ixoQiU' se t'xpelía, ó on el za- 
pnto del pie ilenvho, antes tle calzarlo. Escupían al tieniju) 
lie atnivesjir |H)r tloiule huUieran corrido un peliiíro. Las 
nodrizas tenían cuidado <i(» escupir tres veces á la llcL::atla 
de un extranjero 6 cuando alij:uno se detenía á mirar un 
niño dornuiio, auinjuc ya le hulúeren puesto Kajo la prn- 
teccióu del dios Fascino. Untando los ojos con saliva en 
ayunas, pretendían curar la oftalmía ^'^. La mllrn rn 
ayunan inaia las 8crjncnici<, viene diciendo el vulgo de 
muy atrás'"'. Común es, entre las curaciones con la saliva 
en ayuna.s, la (pie hacen de la v(Truí:;a. HumcdrcíMila con 
saliva tres días consecutivos en ayunas. Algunos disuel- 
ven un |)Oco de sal en la saliva, al mismo tiempo que fro- 
tan en la verniga. 

El nacimiento del manosanta y del (ata(Jió¡< no viene 
aeom|iañado ni preccMlido de ninguna circunstancia nece- 
saria o fatal. El del .saludador sí. Cuando una mujer lia 
tenido siete hijos varones seguidos, el ultimo de ellos nace 
con una cruz en el paladar, sind)olizando (pie, entre otras 
singidaridades, tiene la virtud de curar por medios sobre- 
naturales 6 extraordinarios. 

Fué causa de formales disputas entre los teólogos mora- 
listas es|>añoles, tnitando de la ohacrranda vana, si en 
CBte género de superstición están ó no comprendidos los 
saludadores. Unos tenían por lícUa la curación ejercida 
por los saludadorcj; otros la consideraban supcnticioHa, 
Ixw que la reputaban liclla divergían entre sí, creyendo 



• (* y\\u" ^. u.\: y„f,..„n. /, ia,..r XXVII I. 

- /. / l>ur FraucÍMCü López 

de IbcÜA. Mmirvl, 1. 



CAPITULO XXVI. 387 

unos que procedía de una virtud natural y atribuyéndola 
otros á una gracia gratis data^^\ 

Juzgando con arreglo á la lógica popular y a los sanos 
principios teológicos, lia de advertirse que, no porque el 
saludador nazca, como los ojos de la superstición ven que 
nace, con una cruz en el paladar, deberá creer el buen cris- 
tiano que Dios le envía al mundo dotado de una gracia 
gratis data que le habilite para curar por medios maravi- 
llosos. Quien seguramente le envía de esa manera acondi- 
cionado, es el mismísimo diablo, que, para iludir á las gen- 
tes, le marca en el paladar con un signo representativo de 
la divinidad martirizada en el Calvario. La astucia de Sa- 
tanás da para todo. Que tal es la inteligencia en que están 
á ese respecto los que creen en saludadores, lo evidencia el 
hecho de que, cuando a las madres les parece ver la cruz 
en el paladar del recien nacido, se apresuran, para borrár- 
sela, á conferirle en el bautismo el padrinazgo del hermano 
mayor de la serie septenaria. 

El saludador, según una versión europea, es un individuo 
nacido en viernes santo, á las tres de la tarde, hora en que 
murió Jesús, circunstancia en cuva virtud recibe del cielo 
la facultad privilegiada de curar la hidrofobia en hombres 
y animales, de ver abiertas las sepulturas, de saber de ante- 
mano quienes y cuándo le han de ir á buscar para asistir á 
un enfermo. Entre otras de sus singularidades, puede tener 
en la mano un hierro ardiendo sin quenuu-se. Tres veces 



(1) Feijoo, Teatro Critico. «Mi si'iitir es, decíii el benedieliiio, qiio 
n¡ curan supersticiosamente, ni lícitanionte, ni por virtud sobrenatural, 
ni natural, ni diabólica. 

Sejiíin el mismo Feijoo, el saludador es uu personaje puramente pe- 
ninsular. «Sólo en España, dice, hay esta especie de cui-anderos. » 



S88 siti»ki{sticii)Xf:s dkl río dk i.a i'lapa. 

lloró en el vii'iitro inatoriio. Mus lii mujer (|iu' cu r\ le llcvn, 
giianla abs<»luto sivrrto; |n>n|Uis di» lo coiitrario, }KM(|(»na 
ipso f'nrto ]i\ f^nw'ux qiu' I)¡os le otorpi. Una rniz rn rl 
l^nlaiiar manitVstnnu nacida la iriatura, su i-arácíiT di- 
vino ^ . No |>arcM.t^ divino oso canlotor á inuclios, á la íü^c- 
uenilidtid; pnos on naciciido un hijo saludador, se aj>H'su- 



(1) 1). K«t¡th¡o ( )lav;irría y liuarle, socnMario dil I- ulL- luir cnsk^ 
llano, n* • ' A h\ tnul. de la MtJirina ¡*(t¡>\tUi' «K» (ítH)rjíe lilack por 
1). A. >. ; . y Álvanz. 

l'ii claro in^tiio observador (io las* costumbiTs describe \\A el salu- 
•i el concepto que de él forma el vulgo: «El poder del .sy7- 

■ • « ■ • ' triencia alynuia de ser un poder diabniieo. 

I - - eon (juieiu's viveeii eontiiiua (•oiiiuiiieacMÚn, 

no cau.sa espanto su presencia, ni terror sus miradas, ni pavor sus 
pftlabnu. 

—¿Quién i-."« f^- iiund)rey les preguntaréis. V os contestariin senci- 
llamente: 

— ¡Rah! Eí»e e»» el saludiulor. 

/ replicaréis; bueno. Pero ¿qué quiere decir snÍH- 

ira ipiomncia les causará asombro, y exclauíarán al punto: 

— ¡Toma! Saludador quiere decir que tiene (jracia. 

La gracia de eate hombre cu ven laderamente extraordinaria. Mésmer 
hncfii r- " * • * ii- en <l»'li«'io"<as cííntorsiones, enead«'na- 

díH. al I . '. Du-Potet hacía ver en su rs|MJo má- 

gico díjilMMiaiH viitioneit. Fox hacía danzar los nuieblen al capricho <le 
fdi ' !, y Honie ha he<'ho que los espíritus hablen por el lá{)i/. 

■' ' r' ' ■ 'o hace ver al >on:iml»ulo íi lar^jas dis- 

-. -- ' :.. , , a o?*. Ksta nigromancia, medio eientí- 

fím, iiwiVui ni(»Uca, nie<Iio terrible y burlona á la vez, ha re4di¿ado 
rÜublunis. Puci bien: el saludador hace niái) to- 
' '• «I niyo en medio de las nubes y el 
!r . que riUHi>ende el torrentí' (pie se preci- 

piu y rugo, con «ola su presencia. Kso hace; 

t«> que fletener el furor convulsivo de un aninnd 

iiAal dt> la hidrofobia. Hace más: 

f'i el enfermo acude á él antes «pit; 

. lo« h*- iiedad. Tal et el Halud(ulw\ tal es su 

grat%a.» ( Kl .^ rr, novela, ¡Kir I>. J«i«ó HidgiuJ 



CAPÍTULO xxvr. 389 

ran, como queda indicado, á borrarle la mentida cruz que 
el diablo ha grabado en su paladar, teniéndole, para el 
efecto, en la pila bautismal el mayor de los siete hermanos 
de la serie masculina. Se le tendría por brujo, v ninguna 
madre quiere que su hijo pase por brujo. La simulación de 
los atributos de la divinidad entra por mucho en los pla- 
nes y tramas del común enemigo. Esto lo tiene bien sabido 
una gente, las chinas en especial, cuya educación religiosa 
trae su origen de la que los misioneros jesuítas infundie- 
ron con hondas raíces. 

Aunque el cristianismo no ha rehusado admitir en el 
número siete excelencias notorias, los gentiles fueron quie- 
nes 2)rimeramente ensalzaron, en conformidad á sus ideas, 
las que creyeron ver en él. El séptimo hijo saludador puede 
ser, por consiguiente, artificio del demonio, por más que 
responda á un número celebrado de los cristianos. ¿Y la 
cruz en el paladar? La cruz en el paladar obra puede ser 
asimismo de Satanás, que está interesado en hacerla pasar 
por divina. Lejos está Satanás de querer que se le acha- 
quen á él los escándalos que ha de dar el saludador con 
unas curaciones tan contrarias al orden regular de las co- 
sas, y con la cruz que distingue al escandaloso, consigue 
que sus acciones redunden en daño de la religión del Cru- 
cificado. 

Condenado á salir con una mordaza por las calles y á 
diez años de cárcel fué en Lima por el Santo Oficio de la 
Liquisición un individuo que, entre otras habilidades de- 
moniacas, tenía la de ser saludador, como lo confirmaban 
una cruz en el pecho y otra en el cielo de la l)oca, (pie dijo 
á los inquisidores le identificaban en tal carácter. En la 
prisión, mientras le estuvieron formando causa, veía res- 



390 süPERSTinoxKs dki. nío ni-: i.a plata. 

plaiulores y sentía una suavísima frairancin'^l ¡IVliz con- 
dición iK' un uiortaK que sabía convertir la inortífrra pes- 
tilencia y lobreguez de mazmorras borremlas ep. deliciosa 
mansión i^anidisíaca! ¿Qu<? serían para él los diez anos de 
airee! y la pública exbibición con mordaza? SÍí::1os de li- 
bertad de acción y de libertad de la palabra. Lastima que 
86 trate de un miserable jugador eiitreixado á vicios vci- 
gonzosos, 

S:du<lador ba babido tan prestigioso, que pusiera en cui- 
dado la temida autoridad del general I). Justo José de Ur- 
quiza en la provincia de Entre-Ríos. Con sus maravillosas 
curaciones se iba baciendo demasiado popular, y el general 
Urquiza juzgó o|X)rtuno encerrarlo en una cárcel. Vlu cWñ 
yacía el eximio taumaturgo cuando, asesinado aquel céle- 
bre caudillo, jmdo recuperar la libertad perdida, para ii- á 
inc»»r¡x>rarse á las fuerzas revolucionarias de López Jordán, 
donde sin duda babrá tenido frecuente ocasión de mani- 
festar de nuevo la eficacia de sus recónditas virtudes. ¿Le 
babran muerto? Eát¿d)a rctobado^'\ 



' r,,i., ilr la Inquvríeión de 
J . Chile, l^ST. 

{'J) Véa*e Cap. XXXVI. 



CAPITULO XXVII. 

De algunos taumaturgos célebres (magia, rezos, 

santiguaderas, soplos: 

«sugestión» y «auto-sugestión»). 



Sumario. — Magos, brujos, magnetizadores y médicos, miembros de 
una misma familia. — Obraron maravillas con diversas formas de 
sugestión. — El hipnotizador científico, mago de alta escuela. — 
Nace la magia de la medicina, segiin los sabios antiguos. — Métese 
á mago un médico insigne. — Los indios salvajes hacen magos, á 
la fuerza, á unos españoles. — Intentan comerse á los españoles, 
y dejan los por flacos. — T^xígenles que los curen de sus dolen- 
cias. — Obligados los españoles á curar, rezan, santiguan, soplan, 
y dejan sanos á los enfermos. — Curas sorprendentes. — Un en- 
fermo, que los indios creían nuierto, se levanta y sale caminando. 
— Los españoles convertidos en semidioses. — Fenómenos de auto- 
sugestiónjde sugestión mental. — Un tauniaturgo indígena: cosa 
mala ( del diablo ). — Un conquistador del Tucunuín cura con en- 
salmos, y cae en las manos del Santo Oficio. 



Durante un milenario, en la edad media, el únieo médieo 
del pueblo, dice Mielielet, fué la Ijruja. Los emperadores, 
los reyes, los papas, los más ricos barones, tenían algunos 
doctores salidos de las escuelas de Salerno y de las de los 
moros y judíos. Pero la. masa del pueblo, fuese cual fuese 
la clase á que perteneciere, el mundo todo, digámoslo así, 
estaba en manos de la }ia(ja^^\ 

(1) La Sorcure. 



392 8rrKR.sTicn^Nr>^ t»k.l kío di: la ii.ata. 

El inairo v la saíni, el lurincvro v el mlivino, rl snliula- 
dor V el ountiulen), el nianosanfa v el tatadióa, v liastn A 
magiiet¡z;ulor y el espiritista son miembros de iiiiii misma 
familia. Los priiieipios, aparatos, formulas y proeetlimii'iitos 
de tixloí» ellos tieiíen siempre alguna semejanza, más ó 
menos próxima 6 n*mota, con las doctrinas y las prácticas 
así exotéricas (píihlica.s) como esotéricas (secretas), délas 
escuelas miígiais del Asia y del Egipto. Ilccliicero, adivino, 
sacvnlote, mago, primitivamente fueron minas de un .^olo 
tronco. Toilos ellos curaron con ensalmos ó por la s(jla vo- 
luntad solemnemente manifestada, y valiéronse para el 
efecto de su prestigio y de aparatos, estrépitos, luces, pases, 
gcítículaciones y miradas fascinadoras. Se lian valido, en 
suma, sin sabt'rio, del inllujo magnético, de la sugestión 
hipnótica, de la at(tO'XUf/rsflón, de la sugestión inc/i/d!, 
ó, como otros quieren, potencia dinámica df la idea ri- 
ializa(ia^^\ paní maravillar al i)uei)lo, (pie los reverenciaba 
cual si fueran sertas superiores al resto de los li()nd)res. Del 
seno de tenias las religiones han salido taunuiturgos })()pu- 
lares que, sin propinar ninguna meílicina, han curado á los 
enfermos. Los cjuc hoy pululan por la cuenca del IMata, no 
í|uerien<lo S4*r menos, se titulan talddioscfi y //uuiosantds, 
blancos, indios, mestizos, nujlatos, ])ardos, negros. Unos 
pretenden tener mano de santo para curar enfermedades; 
í»tros intentiin elevarse á mayores: dícense y^a^Z/ví* (tata) 
de bis gentírs, dotados di* atributos divinos, con la particu- 
lari<Lid de ner los negros quienes á tal altura se renutiitan. 
Bi'mejante ¡«renti-scoóconumidad de origen y ascendencia, 
en manera alguna menoscaba ni aplebeya la elevada con- 

(I) Pupas, TraiU FMmeiü. de Magie J*ratit¡iif, 



CAPÍTULO XXVII. 393 

dición jerárquica, en la esfera intelectual y científica, del 
meritorio mago académico de nuestros días, el hipnotizador 
de alta escuela, que, en lo que tienen de verdad sus admi- 
rables experimentos, el mundo aplaude con justicia. Fuera 
de esto, el humildísimo taumaturgo pedestre é ignaro del 
vulgo campesino ni siquiera sospecha que pueda tener pa- 
rientes y antepasados de tanto fuste. 

Que la magia nació de la medicina, nadie duda, según 
Plinio. Atendió primero á nuestra salud, y luego, á pre- 
texto de velai' por ella, atrevióse á cosas mayores: unió á 
sus operaciones el ministerio de la religión, y echó mano 
de la astrología, que ponía en las suyas el destino de las 
personas. Así logró tener encadenados los espíritus por 
medio de un triple vínculo poderoso, privando en gran nú- 
mero de naciones, y con más avasallador imperio en el 
Oriente. Zoroastro, en Persia, siglos antes de la era cris- 
tiana, supónese haber sido el inventor de la magia. Dise- 
minóla por Grecia Ostano, mago insigne que acompañó á 
Jerjes en sus expediciones. El esplendor y fama de la 
ciencia de los magos atraía á cuantos aspiraban á brillar 
en el mundo con la luz del entendimiento. Pitágoras, Em- 
pédocles, Demócrito, Platón, á fin de instruirse en ella, 
atravesaron los mares, haciendo los mayores sacrificios, so- 
portando penalidades sin cuento. Por una coincidencia sin- 
gular, medicina y magia juntamente desarrolláronse en Gre- 
cia: la medicina con Hi])ócrates, la magia con Demócrito 
(que fué quien más ha contri])uído á extenderla), en la 
época de la guerra del Peloponeso, año 300 de Roma. Con 
Alejandro, acom])añado de otro mago del mismo nombre 
que el (jue siguiera á Jerjes en sus con(piistas, la deshnn- 
bradora ciencia de Zoroastro recorrió casi toila la tierra 



394 srrrnsTirioxES DEL iíío dk i. a pi.ai a. 

i*ntoiu*e8 i'Onoí'iiia ^ * ■. Entro los indios del Kuevo Mundo 
h:dlái\>n>e asiniisnio n-unitlos en las manos iK 1 médifo 
los otieios del ni:ijr«\ del sacerdote, del astrólogo, del adi- 
vino ■ . 

El famoso Panicelso, sabio médico suizo de la décima- 
sexta ívnturia, cuyas notaMcs curaciones K» granjeanuí ( \- 



(1) Plinio, Xaturalis liistona v üb. XXX). 

(2; • KI * 'le ndeviiiar, 6 pronosticar las cosas por venir, y 
quantas va; - los rnnhs daban lí enlcmli-r á r.-ta gente ( á los 

indios de la Española ó Santo Domingo ), andaba junto con la medi- 
cina é arto má^ca. Lo qual pari'sce que concuerda con lo (lue (Iícmí 
Plinio en su yatuml !' ' 'i, cunfesando (|ue, bien tjue sra il arte 
máj* íraudulente é en:; «le tridos, ha ávido j^randísinia reputación 

en lotio el mundo y en todos siglos. Ni se maraville alguno aquesta 
arte aver adquirido'tan gnuídísima autoridad; porque ella sola abraza 
- tr»*s artes, los quales Mibrc todos timen el imperio de la 

\ na. Porcpie principalmente n¡n;íuno <lubda este arte aver 

venido <le In me<licina, como cosa más sanctn 6 más excelente que la 
medicina, y en aquesta forma é sus proniesas, nuiy deseadas y llenas 
.' ' ' ' ' ' lai fuerza de la religión. E <lesi)ués (pie 

j con esto el arte matemática. La <pial 

no en los hondires ; porque cada uno es deseoso de saber 

las rosaA futuras é por venir. (: creen que verdaderamente se pue<lc 

Así quí* tal arte, aviendo atado los sentidos de b)S 

íiudoH, ha llegado á tanta sublimidad ó altura, (pío 

.1 la mayor parte de la gentí- y en el Oriente nuuida á 

rey de reye». É sin dulnla allí nació en la región de Persia, y fuó el 

" . en lo (pial todos los e-eriplores 

lo (>s de Plinio, á propósito de lo 

is ípK» el primero de los magos 

fué Vj ' . rey de lo» batrianos. Por manera que en estas partes 

tal vanidad. O junto con la 

' - : pues sus naMicos prinei- 

j . <us religiosos les adminis* 

trmn nuf 'f. noniaj» mfandas y diabólicas.» < ICl (Voni^ta 

< ■ ' (¡rurral // Sutural dr Itis In- 

de la Kp*panola enti^'iidase de 
> ^e Cap. V, págs. 1G y 47, y 
Om>. XIV. páff, 15ir>.) 



CAPÍTULO XXVII. 395 

traorcliiiaria reputaci(5n en toda Eurojia v á quien la medi- 
cina debe la aplicación del opio y del mercurio y la far- 
macia muchas preparaciones, profesaba la astrología y la 
magia, creía haber descubierto el secreto de prolongar la 
vida y de hacer oro, é intentó destronar á Hipócrates, Ga- 
leno y Avicena. ^lanifestó públicamente que todos sus co- 
nocimientos en el arte y ciencia de curar, los había adqui- 
rido de boca del vulgo, en las aldeas, conversando con cu- 
randeros y con los apacentadores de rebaños. Vino á ser, en 
suma, un taumaturgo popular, una especie de manosanta. 
Alvar Xúñez Cabeza de Vaca, que en la epopeya de 
la conquista de América figura entre los conquistado- 
res que la ilustran con mayor brillo y pureza ^^^, vino á 
ser, entre los indios, también un taumaturgo, un mano- 
santa, pero no voluntario como Paracelso, sino á la fuerza. 
El teatro de sus maravillosas curaciones fué la Florida, 
en la América Septentrional, donde Ponce de León, 
Soto, Xarváez y otros héroes, dejaron ilustre memoria 
de sus hazañas, que el yanJccc, incapaz de imitar, no res- 



(1) Alvar Xiínez Cabeza de Vaca, muerto D. Pedro de ^[endoza y 
su lugarteniente Juan de Ayola?, vino en calidad de adelantado al 
Río de la Plata. Su primer hazaña fué la gigantesca travesía desde 
Santa Catalina (Brasil) hasta la Asunción (Paraguay), que dejó 
asombrados á los mismos conquistadores del Paraguay, para quienes 
las proezas mayores eran ordinarias acciones del soldado. Los con- 
quistadores del Paraguay, así los que habían venido con D. Pedro de 
Mendoza, como los que el mismo Cabeza de Vaca hal)ía traído á su 
costa, en gran número conjurados, se le rebelaron y lo tuvieron preso 
en lóbrego calabozo (del que salió enfermo y tullido) un año, mien- 
tras se construía un bergantín para enviarlo á España con un falso 
proceso. Era Cabeza de Vaca celoso de su autoriilad y rígidamente 
austero, humano con los indios y firme represor de abusos : tal parece 
haber sido su delito. 



39t) srpKnsTinoNKs nr.L kío ni: la i'Lata. 

fH»ta ' . CalH'za de N'aca, lu)nil)re ilc alta |)rnsn]»¡a, nuls y 
más iliiínanirnti' eniiohkriila vn su persona pur claras aecio- 
ni»s, |msó it la Floriila, desdo las Antillas, euii IVmlih» ilr 
Narviíe/, cuya expeilieiún, tan heroica euanio desgraeiada, 
se efectuó ¡k)!* el año de ir)28. Los indios (jue ])ol)lal)an 
aquellas regiones enin ferocísimos, muy lulicosos, y he co- 
mían lí la gentr. Narváez llevaba seiscientos españoles, de 
los que el hamlue, la guerra y los trabajos solamentt» dejti- 
ron ci>u vida cuatro, á saber: Alvar Núñez Cabeza de \'ara, 
Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes, y un ne- 
gro alándKs esclavo de .Uvaí* Xuñcz, llamado Estebanico. 
Cuando de los seiscientos expctlieionarios sólo habían (¡iic- 
dado quince, los indios caril)es, reputándolos hombres supe- 
riorí»s, exigiéronles que los curasen di' sus dolencias. Inten- 
taron primero comerlos. Pero los españoles estaban tan 
flacos, que los caribes no hallaron en sus cuerpos nada ca- 
paz de saciar su horrible voracidad: las jx'ualidades y la 
falta tie alimento los tenían reducidos á un saco (\v liucsos. 
Cambiaron, pues, de propósito los indios lloriilenses, pro- 
{Kjniéndose sacar algún otro [>rovecho de sus míseros cau- 
tivos. 

Loí« indios de la Florida y sus islas tenían, como todo 
pueblo salvaje, sus médicos, (pie reunían en sí los ministe- 
rios del sacerdote, del mago, del hechicero. Juzgaron, em- 
pero, que unoH hombres de tanto esfuerzo y valor como 
eran los cj^pañolen que invadieron el país (jue ocuj)aban, m*> 
pcxlían dejar de tener mía facidtad igtial ó superior á la de 



fi"" •• .• I., i/iH i|f Im I"'!"»!-!»!»!, i'nvíiiii (í (iil)« líf'utr 

y xnv, á iiiti'iit') (le Hiixtnu'i'iii ai doiniíiio «le KHiuiñii: 

bi quicn-n libre, |ura Iiiu'«tIíi Cf^'lavu. 



CAPÍTULO XXVII. 397 

sus propios m^^dicos ó hechiceros (denominación que más 
comúnmente se lia dado á los magos indígenas del Xuevo 
Mundo ). Pidieron los indios á los españoles, según queda 
indicado, que los curasen, presentándoles algunos enfer- 
mos. Los españoles, al principio, creyeron que los indios 
clianceal^an ; pero luego vieron que el negocio era serio en 
demasía: morirían de hambre, si no accedían al pedimento. 
Cabeza de Vaca les dijo que ni él ni sus compañeros eran 
médicos, ni entendían nada en la materia, y que por con- 
siguiente nada podrían hacer en su obsequio por lo que se 
refería á sus dolencias. El cacique le contestó que todo en 
la naturaleza, hasta las piedi-as, tenían alguna virtud para 
el bien, y que los españoles, como gente excelsa que era, 
con mayor razón podrían hacerlo. Cabeza de Yaca, en re- 
solución, tuvo que ceder; y, habiéndosele presentado unos 
enfermos, puso en Dios su pensamiento, rezó un padre- 
nuestro y un avemaria, y pidió por la salud de aquellos in- 
felices al mismo tiempo que los santiguaba y les soplaba 
en la parte donde parecía hallarse el mal localizado ^^l El 



(1) «Nos quisieron hacer físicos, sin examinarnos ni pedirnos los 
títulos; porque ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, 
y con aquel soplo 5' las manos echan de él la enfermedad. Y man- 
dáronnos que hiciésemos lo mismo y sirviésemos en altJ^o. Nosotros 
nos reíamos de ello, diciendo que era burla y que no sabíamos curar ; 
y por esto nos quitaban hi comida, hasta que hiciésemos lo que nos 
decían. Y viendo nuestra porfía, un indio me dijo á mí que yo no 
sabía lo que decía en decir que no aprovecharía nada aquello que él 
sabía ; ca y porque) las piedras y otras cosas que se crían por los campos 
tienen virtud, y (lue él, con una piedra caliente, trayéndola por el es- 
tómago, sanaba y quital)a el dolor, y ([ue nosotros, que éramos hom- 
bres, cierto era que teníamos mayor virtud y poder. En tin, nos vi- 
mos en tanta necesidad, que lo hobimos de hacer, sin temer que nadie 
nos llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen en curarse 
es éstii : que en viéndose enfermos, llaman un médico, y después de 



398 srpKR5íTioioNES pi:l kío m: \.\ plata. 

^xito de U\i\ iTÍstiano arbitrio íwv plcnanu'iite satisíjictorio. 
En toilos los aisDs nuevos i[uv sr K» ofrecieron, usó tKl 
mismo prociH-liinifiito : rezar, junlir niiserieonüa, santÍL::uar 
y soplar. Ía)s pacientes, tan luego eonio reeibían la señal de 
ki cniz, cpiedahan, |x>r lo general, buenos y sanos. Ix)s ilo- 
lores de eabiv.a, muy frei'uentes entre aquellos indios, como 
entre los de la Pampa de la Argentin:i (so])ro todo cuando 
reina el viento di'l mediodía), desaj)arecíaii como por iii- 
canto. Lo mismo sucedía con las incomodidades ó dolen- 
cias de otra i)arte del cuer¡H), que á la postre desaparecían 
sin necesidad de recun-¡r á la operación, nada l)landa, de 
las sajaduras y cjuiterios que los mAlicos indios usaban: 
ooea de que se maravillaban. Pero la admiración llegó á 
sa colmo, cuando llevaron á Calx'za de Vaca cinco tulli- 
dos, que estaban nmy malos. Era ya la caída de la tartle. 
A la put*sta del sol los santiguó y encomendó á J )io8, y al 
día siguiente salieron caminando con tanta soltura y i)iza- 
rría como si nunca hubiinuí tenido nada. 



corado, no »«'»lo Ir dnn trwlo lo que posoon, mas entre sus parientes 
bmean cof&n para darle. 1^ que el niódieo hace, es dalle unas sajas 
•donde tiene el dolor, y cliúpanles al derredor de ellas. Dan eaute- 
rioi de fuego, que es coí»n entre ellos tenida por nmy provechosa, y 
jro lo be • ado, y me Husce<lió bien <le ello. Y despu^'s de 

c»to, «opla;. .. ,..: , . .^ar (\u*' les duele, y con e.sto creen «'líos que se les 
quim el mal. I^ manr-ra con que nosotroH curamos era santi^'uándolos 
irk^, y n-zar un ¡mU-rnftntoT y un avenuiría, y rojear lo mejor que 
; ' Miírt» Nm-^tro S-nor qui* les die»e sahnl, y espirase (inspi- 

r-i . qu«' ""- ' •' )• ren aljfán huen tratamiento, (¿uiso Dios Nues- 

^' V »u II ^ lia que to<los aquíllos ¡xjr quien suplicamos, 

lii- -«nlitfiínnKw* decían á los otros que eiitahan sanos y hue- 

hacían huen tratiunicnto, y dejahan ellos 
•" ** ' nos daban cueros y otraH cofillas, » 

( ' . , i /a ()(. Vara y lirltuióu de la .hn- 

nada que huo ti la t'Uirula con el Adrlantndo J'ún/ih de Narvácx.) 



CAPÍTULO XXVII. 399 

Otro caso harto sorprendente acabó de hacer de Cabeza 
de Vaca un dios ])s.yr los indios. En cierta ocasión pidie- 
ron á Cabeza de Vaca que fuese á curar varios enfermos, 
entre los cuales había uno que tenía todas las apariencias 
de muerto. Con oraciones y santiguaderas y soplos, curólos 
á todos. El muerto redivivo se levantó y anduvo paseán- 
dose. Esto causó gran admiración y espanto, y en toda la 
tierra no se hablaba de otra cosa^^l Todos acudían á Ca- 
beza de Vaca y á sus compañeros, para que los curase y 
para que santiguase á sus hijuelos, como preservativo de 
los males á que naturalmente estaban expuestos. Dábanles 
cuanto tenían. Dieronles unas calabazas, símbolo de su 
autoridad mágica ó sacerdotal, las cuales llevaron en ade- 



(1) «Cuando llegué cerca de los ranchos que ellos tenían, yo vi el 
enfermo que íbamos á curar, que estaba muerto; porque estaba mu- 
cha gente al derredor de él, llorando, y su casa deshecha, que es se- 
ñal que el dueño estaba muerto. Y ansí, cuando yo llegué, hallé al 
indio los ojos vueltos y sin ningún pulso, y con todas señales de 
muerto, según á mí me paresció, y lo mismo dijo Dorantes. Yo le quité 
una esíera que tenía encima, con que estaba cubierto, y lo mejor que 
pude supliqué á Nuestro Señor fuese servido de dar salud á aquél y 
á todos los otros que de ella tenían necesidad. Y después de santi- 
guado y soplado muchas veces, me trajeron su arco y me lo dieron y 
una sera de tunas molidas, y lleváronme á curar otros muchos que es- 
taban malos de modorra, y me dieron otras dos seras de tunas, las 
cuales (lí 11 nuestros indios, que con nosotros habían venido; y hecho 
esto, nos volvimos á nuestro aposento, y nuestros indios, á quien di 
las tunas, se quedaron allá, y á la noche se volvieron á sus casas, y 
dijeron que aquel que estaba muerto y yo había curado en presencia 
de ellos, se había levantado bueno y se había paseado, y comido y 
hablado con ellos, y que todos cuantos había curado quedaban sanos 
y nuiy alegres. Esto causó gran admiración y espanto, y en toda la 
tierra no se hablaba de otra cosa. Todos aquellos á (luien esta fama 
llegaba nos venían á buscar para que los curásemos y santiguásemos 
sus hijos.* (Xaufragios y Jornada á la Florida de Alvar Xúñez Ca- 
beza de Vaca.) 



400 SUPERSTICIONES DKL RÍO DE LA l'L.VrA. 

lanto (^>nsij:iK IVlíaiiK'S qiu» on su ausencia se acordasen 
sieinnro de ellos y rogasen por su salud. Decían (jue aíjue- 
Uo8 honil>res maravillosos eran verdaderamente hijos del 
jo/. Ninguno curaban, que no (juedase sano. Llegaron á 
jK»rsuadirse los indios de que muica liarían de morir, mien- 
tras los es|>;iñoles anduviesen \x)v sus tierras. Por donde 
loe peregrinantes pasaban, acudían los indios, con sus hijos 
á cuestas, y las manos llenas de regalos. Rodeábanlos, tocá- 
banlos V volvían á sus casas corriendo. Luego cerc;d)an de 
nuevo á los españoles, y así iban y venían roí^ocijadamente, 
sti^íroá de estar libres del dolor y la muerte. Nada comían 
ni lx»bían, sin que primero los españoles lo san ti licuasen y 
soplasen. Preferían morir de hambre, antes que llevar á la 
boca un bocado <|ue no hubiese sido bendecido ])or ellos. 
Seguíanles ordinariamente millares de indios, y á cada 
paso era necesario satisfacer su exigencia, santiguando y 
soplando lo que habían de comer y beber. Así Cabeza de 
Vaca y sus compañeros se veían im[)ortunados incesante- 
mente, siendo grande el trabajo á que los obligaba la ne- 
cesidad de contentar á los solicitantes, cuyo nCunero lísccn- 
dió muchas veces á tres 6 cuatro mil. La sola señal ile 
enojo de los es|)añoles era causa bastante para acarrearles 
la muerte. Cuando los indios presumían que los españoles 
estaban airados 6 descontentos, no se atrevían á compare- 
cer ante ellos, temerosos de que caerían muertos, con solo 
verlos. Tenían por cierto que los esj)añ(jles los podían nui- 
tar con la sola voluntad de privarles de la vida. Una vez 
que Cal>eza de Vaca y sus compañeros sí; ungieron enoja- 
dos ¡lara Imicítsc olKNleccr, em|>e/.aron á morir muchos in- 
dio». Aunque T añoles trataron de tranquilizarlos, no 
por CHíj dejaban «l<; morir, creyendo que en rwdidad de ver- 



CAPÍTULO XXVII. 401 

dad les deseaban la muerte. Fué tanta la mortandad, que 
los españoles llegaron á temer que se muriesen todos ó que 
espantados se ausentasen y los dejasen solos. En tiempo 
de sequía, rogaban á los españoles que hiciesen llover. 
Pedíanles que los tocasen y santiguasen. Dolientes y sa- 
nos querían estar bendecidos por los españoles. Las ma- 
dres acudían con sus hijos en brazos, para que se los toca- 
sen y santiguasen. Cabeza de Vaca y los suyos, para con- 
servar la autoridad semidivina de que gozaban, trataban en 
toda ocasión de ser lo más graves, y á ese intento les ha- 
blaban pocas veces ^^\ 

Los compañeros de Cabeza de Vaca rehusaban, como él, 
meterse en tales honduras, temerosos de que su mala for- 
tuna alborotase el cotarro; pero importunados por los indios 
cada vez más persuadidos de que los españoles eran hom- 
bres de naturaleza privilegiada, probaron á sacar fuerzas 
de flaqueza y, mal que bien, hicieron sus curaciones. Así 
todos, como dice festivamente el propio Cabeza de Vaca, 
sin previo examen ni exhibición de títulos, fueron recibidos 
por médicos^" I 

Alonso del Castillo Maldonado, uno de los tres últimos 
compañeros de Cabeza de Vaca, no siempre acertaba á cu- 
rar las diversas enfermedades, señaladamente siendo gra- 
ves. Atribuía su mala fortuna á (pie sus pecados debían 
estorbarlo no pocas veces. La sospecha del soldado español, 
bajo el imperio del dogma cristiano, conformábase con la 
doctrina de los magos del Oriente y del Egipto, que pide 



(1) Naufragios de Alvar Xinleí Cabeía de Vara y Relación dr la 
Jornada (¡ac hiw ti la Florida con Pan/ i lo de yarrdei. 

(2) Naufraijios ¡j Jornada á la Florida do Cabeza de X^acn. 



402 SUrKRSTIClONRS PKI. KIO DK la PLAIA. 

un alma jniriíu-aila am la práctica dv la virtud, para obrar 
los priHÜgios (H)n que maravillan á los orcyentes. 

rrocinlía eviiloiuomento Cabeza do Vaca, sin conocer la 
naturaleza del fenómeno psiw-físico que se verilic-aba, i>or 
meilio de la auto -sinjcst ion y de la suirestión ni en tal. Ca- 
bt»za de Vaca en» un hombre superior, y li»> indios le con- 
templaban con la misma admiración y reverencia (jiie se 
tributa á un semidiós. Su condición individual y su pres- 
tigio le permitieron ejercer en el ánimo ile los enfermos un 
ascemliente «ipaz de impresionarlos vivamente cuando las 
circunstancias lo rtH|uerían. Empero, el juicioso historiador 
que moilernamente dio á la estampa los escritos de Cabeza 
de Vaca, no admite la posibilidad de las curaciones que 
^te narra. «La crítica (dice) no puede admitir estos lic- 
choá sobrenaturales, hijos probablemente de la casuali- 
dad >^^^ Cuando el hist<»riador de (pie se hace referencia 
dio á la estampa los escritos de Cabeza de \'aea, ano de 
18r)2, aun no se había demostrado cientííicamente la posi- 
bilidad de curar nudlilud de enfermedades (y en especial 



(1) «En e»ta Inj<limos« HÍtimción en cuando, oblij^ado Alvar Núriiz 
á atístir á Im indicM iMiferiiioM que roí-Iainahiu) su auxilio, comenzó á 
ralcr»* * » 'I<" otros medios fí-ico-, «!«• soplos, oraciones y 

rrrr.- ■ >;-•.• halló íjracia «IcIanU' del Señor para hacer, 

iK* jente maravillosas, sino hasta mila^fros ciertOH, 

puc« iiM>guni quf; cu una ocasión resucitó un indio muerto. La crí- 
tica no p'¡ " '.lín-nalural'H, hijos pr<>l)al)leinente 

ílc U '-*• .. I»'* aludimos, de un error material 

«1«. .{\. ,m' el Mar«|U^*"í de Sorito, en una larjja <IÍHer- 

tmriím, no tmrnnn orudiUi que indiíjesUi y pesaila, dr'fendió con el ma- 

de Alvar NYii^ez, la razón w uu'\íii d 
í). Knriíjue de Vedia, en Ioh I'irlimi- 
iJorcM J'riniiíivoJt de ¡lulias : liiblioicra 
K: rm.) 



CAPÍTULO XXYII. 403 

las que curaba Cabeza de Vaca) á favor de las diversas 
formas de swjestión que hoy se conocen. Las curaciones 
de Cabeza de Vaca, pues, no deben ser juzgadas como he- 
chos sobrenaturales, y, por lo tanto, inadmisibles á los 
ojos de la sana crítica. Cabeza de Vaca refiere hechos de 
que fué autor y testigo: no pretendió hacer milagros ó pa- 
sar por taumaturgo. Quien ve amenazada su vida, 6 la de 
los seres amados, por una grave enfermedad ó un gi*an 
peligro, implora la divina misericordia y en ella espera. Si 
se salva, da gracias á Dios. Esto hizo Cabeza de Vaca. 
Por lo demás, entre los indios era tanto más fácil y 
hacedero el fenómeno psico- físico de la auto -sugestión, 
cuanto su credulidad, en punto á maravillosos efectos de 
supuestas causas sobrenaturales, no tenía límites. Con mo- 
tivo de las curaciones sugestivas que hacía Cabeza de Vaca, 
recordaban la aparición entre ellos de un personaje miste- 
rioso, á que llamaban cosa mala, como quien dice cosa del 
demonio, el cual primero sajaba y destripaba á los indios, 
y luego, poniendo las manos sobre las heridas, dejábalos 
sanos. Cabeza de Vaca les dijo que tal hombre no era sino 
un malo, es decir, el demonio ^^ I El ?Ma/o había preparado 
el camino á Cabeza de Vaca. 



(1) «Éstx)s y los de más atrás nos contaron una cosa muy extraña, 
y por la cuenta que nos fií^uraron, parescía que había quince ó diez 
y seis años que había acontescido, que decían que por atiuella tierra 
anduvo un hombre, que ellos llaman mala cosa, y que era pequeño 
de cuerpo, y que tenía barbas, aunque nunca claramente le pudieron 
vor el rostro. Y que cuando venía ii la casa donde estaban, se les le- 
vantaban los cabellos y temblaban, y luego parescía á la puerta de 
la casa un tizón ardiendo. Y luego aquel hombre entraba y tomaba 
al que quería de ellos, y dábales tres cuchilladas grandes por las 
ijadas con un pedernal muy agudo, tan ancho como una mano y dos 



404 SUPERiH'ICIONK.S DKL RÍO DK LA I'LAIA. 

Por curnr con onsalnios, junto con otros curiaos acumu- 
lados |K)r la niaügniílail ilc enfurecidos émulos, á mediados 
del si^lo decimosexto ahoiíarnn las sombrías prisiones del 
Siuito Oticio el ánimo idtivo de un ilustre soldaik) haza- 
ñoso de la a>nqu¡8ta de Chile y del Tucunu1n^'\ Acusa- 
luiHe, con efecto, it Francisco de Aijuirre dv (|ue cu cierta 
oCM^úón, estando herido un indio, a^lvirtió al cirujano <|iu» 
no tenía pira quc!^ molestarse en ciu-arle, ponjuc el sahía 
un ensidmo á ijue no resistía niuj2:iuia dolencia senu'jaute. 
Añadían los acusadores que en otra ocasión había curado 
Ataiirn* á un hijo suyo de un dolor de muelas, escribiendo 
ciertas letras en el asiento de una silla y clavando sobre 
ella- la punta de su cuchillo. Aguirre confesó que era vci- 
dad que conoí'ía cierto ensalmo para ciu*ar las heridas; 
IH'D) que sólo hacía uso de él en la guerra y á falta de c¡- 



paliiH><< en luoni^, y metía las manos por aqu<'Ilas riK'liill.KliH y sa- 

r<t. .T. - l;i, tripa-*. Y qiio cortaha de una tripa poco más n menos <lo 

iO, y aquello que eortalin echaba en lan brasas. V lue^o lo 

: i *H tr» cuchilladaji en un brazo, y la se^^unda daba por la san);ra' 

lo, y dende á poco se lo tornaba jí concertar. 

¡ ...- ...iM -. -obre las heridas, y decíannos quo lue^^o (pie- 

-. Y que muchas ví'ces, cuando l)ailid)an, aparescía entro 

ell'»-, «-n hábito de mujer una«i vece», y otras como homl)r(\ Y cuando 

icTÍM, loniaba el buido ó cosa y .subíala en alto, y demh? lí un 

i-- ■' "'í V ! :'ri muy jíran golpe. También nos contaron 

que ; • ron de conier, y que nunca jamáx comió. 

Y que le pit-cuntüban dAnde venía y á qué parte tenía su casa, y 
que lea detinra de la tierra, y dijo qutt su cusa era allá 

áthmio, " -i nos decían, nosotros nos reíamos 

mtifho. 1 üio ellos vieron que no lo creíamos, 

•• de aquellon quo decían <|uu él había tonuulo, y vimos 
*^ que él había dado en los lu^nircs en la 

!<••» dijimoH (jui- aquél era un ma/o.» 
!<• .\lvar Núiii/ ( 'abejunle \'aca.) 
(ly Vtaiie «1 Cap. III. 



CAPÍTULO XX Vil. 405 

rujano. Dijo las palabras del ensalmo, mostrando que no 
encerraban nada supersticioso, ni contrario á la fe católica^ 
En cuanto á la curación del dolor de muelas por los pro- 
pios medios simpáticos, confesó igualmente ser cierta la 
denuncia ; pero que cuando lo hacía, lo hacía sólo por ca- 
ridad, sin mira alguna interesada. Además de las penas 
que se le aplicaron, en razón de otros supuestos delitos de 
que se le acusara, siendo gobernador de la provincia de 
Tucumán en la Argentina, prohibiósele tisar más de los 
ensalmos para curar heridas y dolor de miLe¡as^^\ Pa- 
rece, pues, que Aguirre era especialista en la materia. El 
celo de los inquisidores veía en este genero de curaciones 
la mano del diablo. Xi disimulaba que tolerasen prácticas 
tales á los indios reducidos ó prisioneros. El gobernador 
de Chile Martín Ruiz de Gamboa fué denunciado ante el 
Santo Oficio, porque, hallándose en guerra con los indios 
de la frontera, consintió que un cacique prisionero, que es- 
taba muy enfermo, se hiciese curar por una médica do su 
parcialidad, por una machí, que, como era de costumbre, 
invocaba, en el acto de ejercer su ministerio, á la deidad 
infernal causadora de las humanas dolencias ^"^. 



(1) « Fué mucho el rigor que so usó cou este reo, » dice el visitailor 
Juan Ruiz de lirado. (Historia (Ir I Tribunal del Santo Oficio de la In- 
quisición en Chile por I). J. T. Medina.) 

(2) Historia del Tribumil del Santo Oficio de la Inqnisici('fn en 
Chile por D. J. T. Medina. 



CAPÍTrLO XXVIII. 

Curas morales (auto-sugestión»). 



Sl'M ^"•'^ —Curanderos, saliuladores y manosantds. — Vi'iumu'Uo:^ de 
n y dt» auto -suuestiún. — Curas morales. — Vírííoiies inila- 
;:: -.1- del Kío de l:i Platu. — El chuch(t do ^ixUn. — J'romrsantcs 
ú promeseros. — Riiiueza-t <ie \o^ saiituano?*. — El cerro Monje do 
San Javier. — Votos de los canoeros ile Cumanday. — /''//r/i/r.s- m/- 
Ut^osas y aguas santas. — Oñgvw probable de las tradiciones d hu 
rwpecto. — Virtud de lits a^^uas para nuinditicar, no sólo el cuerpo, 
mas el alnui. — Juan Ponce de I^mi, en las Antillas, sale en 

y I" la niaravillo-íu fu<'nte de la juventud // la vida, y, entre 

lantiile-i drl dolor y la muerte, descubre la Florida en la 
América Septentrional. 



Tna enfermedad no puede curarse sino con remedios y 
|)í>r procedí mientes adecuados á su naturaleza y á las c(jn- 
diciones y circunstancias con íjue se presenta. El eiiran- 
dero administra generalmente hierbas mas 6 menos efica- 
ces |iara laü dolencias á que, bien 6 mal, las aplica. Como 
no fial>e pizca de anatonna, ni de fisitjlogía, ni de terapéu- 
tica, pnK*ede á ojo de buen cubero. I'l inc<Heo, por nuiclio 
íjue HejKi, andará no pocas ve<'es á tientas; ptro nunca dirá, 
8Í tiene cíincieneia, allá va cao. El curandero, |H>r mucha 
conciencia ó temor de Dios que tenga, habrá de decirlo íor- 
••ntc en la mayor parte de sus cm'aciouíiH. Lo que le 
»alva cH que, para Huplir mu deficiencia, antei>onc á la propi- 



CAPÍTULO xxviir. 407 

nación de la pócima, junto con su buena intención, la frase 
consagi^ada : este remedio le curará, con la ayuda de Dios, 
como Dios sea servido, si Dios quiere, etc. Para el cu- 
randero, no hay hierba que carezca de alguna virtud; pero 
solamente usa aquellas cuya bondad tiene acreditada la 
experiencia y que conoce por tradición. 

El saludador y el manosanta tienen otras ínfulas. Pre- 
súmense dotados de facultades excelsas, si bien hay algu- 
nos que tienen la sinceridad de manifestar públicamente 
que no á todos los que asisten curan: que á unos curan 
y á otros no curan; y que aun respecto de aquellos á 
quienes curan (que son los más, según ellos), no pueden 
decir porque ni cómo los curan. Estos proceden jui- 
ciosamente. Queda, sin embargo, impresa en su ánimo la 
idea de que la divinidad escucha sus plegarias; para lo 
cual es necesario que de ella hayan recibido mi favor es- 
pecial que les permita hacer las maravillas que otros no 
son capaces de ejecutar, aunqae se valgan de los propios 
medios que él usa al intento. Bueno sería que la divini- 
dad otorgase el don de milagros á Juan, Pedro ó Diego, 
que anduviesen de aquí para allí y de allá para acullá, 
dando traspiés. 

¿Cuántas personas, desahuciadas de los médicos, no se 
curan sin su asistencia, cuando menos lo piensan, como 
por encanto? Si se acude á un manosanta e\\ una ocasión 
semejante ( que es precisamente la ocasión de acudir á la 
mano de un santo ), él, de st^guro, se lleva la palma. Hay 
dolencias que se extinguen mediante la natural tendencia, 
del organismo á restablecer el necesario juego ordenado y 
expedito de sus funciones: médicos y medicamentos, antes 
embarazan su ejercicio, que facilitan la curación. A(pií, del 



408 SUPERSTICIONES DKL KÍO DK LA l'I.AIA. 

prupio iiuhIo que en el caso anterior, viene de perilla el 
manoétanfa, Multitiul dv ilolencias, señaladamente las his- 
UTÍe«s y nerviosas, desaparecen por medio del In'pnolUmo 
6 de In simple suf/cstlón en el estado de viiíllia. La .s'////r,s'- 
tión puinle ser un acto rellejo, nucamente interior, no ema- 
uado de un agente extraño á la voluntad v il entendimiento 
de In jHjrsona en que se efectúa. Esta rnifo- ítui/csfión ó pro- 
pia jtufjt'stió/i del paciente será tanto más eficaz, cuanto ma- 
yor y más poderosa ó viva sea la impresión ó el sentimiento 
que la promueve. Niniíuno más intenso, de mayor fuerza 
dinámic^i, (pie la fe. Este genero de dolencias t*stá j)idionflo 
u voz en cuello un manoj^ania. Curas morales llainal>a 
Fray Martín í^armiento á las que se efectCian mediante 
la propia sugestión ti»* los enfermos, despertada por lu- 
chos exteriores que encienden en el ánimo un sentimiento 
capaz de producirla con vehemencia. Líbese en la obra 
espuria de Galeno Expertis Mcdiciti (pie hubo en otro 
tiempo mé<licos aliarium (de los altares, sagrados), (pie, 
|)ara curar, daban á los enfermos por alimentos medi- 
cinales las ofrendas comestibles que se sacrilicaban á los 
dios4-s'*\ 

Milagros á parte, infinitas curas morales, que menos 
delicatkimente podrían también llamarse curaciones por 
propia u auio-guf/csiión, han hecho y hacen de tontiniio 
( como la virgen de Ix)urdes en ¡'"rancia ) la virgen de Lu- 
jan eii J buenos Aires, la virgen del Rosario en Córdoba, la 
virgen del Valle en Catamarea, la virgen de Itatí en Co- 



r..Jfrr'„',n ,tf I'/^r* y PrüMm I'roverhialfM cxpÜcndaH ¡vir Fniy 
M.i i #•» In Itibliotrra lliatürüa de la Filt)Unjia 

Cd^t' f/j'i t i-.r «1 ( «Mi'W «If la ViAuzA. 



CAPÍTULO XXVIII. 409 

mentes, la virgen de Caacupé en el Paraguay ^^l En Salta 
brota el agua por todas partes, formando charcos y pan- 
tanos, de que se origina el chucho (fiebre intermitente), 
que tanto mortifica á sus moradores. Hernando de Lerma 
fundó á Salta el año de 1582; y desde entonces 11a- 
mósele así, porque (dicen), para andar por sus contornos, 
era preciso ir saltando, á fin de no enlodarse. El chucho 
aflige asimismo á los vecinos de Córdoba, de la Kioja, de 
Jujuy. Todos ellos han debido á la virgen del Valle, por 
esa y otras enfermedades, innumerables favores. Allá van 
los peregrinos, 'promesantes ó promeseros, á cumplir sus 



(1) V. Cap. XIII, págH. 179 5^ 180 sobre la laguna Ipacaray á que 
está enlazada la historia de la virgen de Caacupé. Azara, con su acos- 
tumbrada acerbidad crítica, dice: «De la última demarcación se deduce 
que la laguna Ipacaray tiene 11 \ millas marítimas rectas de longitud, 
y su anciiura media se reputó de dos, y en su extremo septentrional 
tres. Se prolonga de NO. SPl y en la dirección del valle en que está. 
Tiene esteros en sus extremos y bosques en los costados ; pero toda 
ella es limpia, desplayada y sus aguas algo salitrosas. Los animales 
la suelen atravesar nadando únicamente como la tercera parte. Su 
suelo es de arena acarreada de las laderas por las aguas, y no tar- 
dará un siglo en cegarle por los depósitos de acarreo que no tienen 
salida; pues el arroyo Salado, que es el único desagüe, casi carece de 
pendiente y apenas corre. La entretienen los arroyos de Pirayú y de 
las Salinas, con otros chorrillos de las laderas. El vulgo cuenta de 
ella varias fábulas. Dice que antiguamente se llamaba Tapaicoa, y 
que mudó este nombre, porque la bendijo un señor obispo. A esto 
alude su actual nombre. Añade que se tragó un pueblo de indios; lo 
que presumo hace relación á que se apropiaron los religiosos el pue- 
blo, (lando á entender que es otro el que existe, y, para dar salida al 
antiguo, dicen que fué sumergido. Dicen también que en ella se ven 
monstruos y ejércitos de canoas, y se oyen ruidos espantosos, con 
otros disparates.» (D. Félix de Azara, Viajes im ditos desde Sania Fe 
á la Asunción, al interior del Parar/aa// 1/ á los pueblos de Misiones, 
iml)l. con una noticia i)reliminar y notas por el Cieneral D. l^artolomé 
JNIitre y el Dr. D. Juan María Gutiérrez. Buenos Aires, 1873. ) 



410 Sri'F.HSTICIOXfó DKL KÍO DK LA 1»I^\TA. 

votos, con irnin dovooióii y n'fogiinionto. Cojos, inaiiros, 
tulHilos, simaron, y hasta cii'gos luibo i\uc recobraron la 
vista ' . llistmi*os, paralíticos, rengos, nnulos, sordos, e|>i- 
li*|)tií*os, riegiKS nianros, reumáticos, etc. (cuando estas tli- 
versas enfernunlades proccnlen de causas susceptilíles de 
»er nioiÜlicailas á favor di' la siit/c^llón j, no sería milaiiro 
que hallasen renunlio á sus males al pie de la virmii. 
¿Y his fiebres miasmáticas? Deíienden el oriíaiusnio ejer- 
dtod de microbios, ijue acometen y batallan con los ijue 
de afuera vienen á destruirlo. »Si los microbios invasores 
son dermtados, la aulo-auycstión puede favorecer el ex- 
terminio de los disj)ersos, restableciendo con energía el 
descíieiMdo juego de las funciones, á la manera (|ue un ge- 
nend prestigioso reilobla el coraje de sus soldados con íra- 
8e>í o|)ortunas que les llegan al alma^-\ 



.i' A'i l'irjtn delVnllf ;/ la Cotiquista del mnijmj InninriH por 
el rp-b. I*aM*iiul V. Soprano. Buenos^ Aires. 

La Kiojn fué fundiulu en 1591 por Juan Kafnírcz de Vílazco, quiíii 
fundó también á Jujuy en Vfírl: CYírdobn en 1573 por Jerónimo Luis de 
Csbrcru : Cal;» < n lí>S3 iK)r Fernando d»* M<*ndn/ft Matr i\v Luna. 

(1¿; He nqu. .. • <n>curría hobre las ¡nuííjenes ú santuarios niila- 
gnw» un frnile iM^nc^lietino del hí^Io decimoctavo en Espalda: « Kn 
gemrnü lo» habitiuloro!< de cualcpiier territorio donde hny alguna ima- 
grii ' • • ■' , ,', .santuario de íjui<'n se «lecanta al^rún 

coiii ,. .„. . ;L^an ardirntemrnte m f«)mentar hu cré- 

dito, ya por <Y>fitá*niphirlo como gloria del país, ya porque, siempre, 
de la cr>nrurrenr*ta de los devoto«i fomsteroH leM resulta al^nni «inolu- 
meoto. I>» ' 'vrt'w á otra-< tií-rras <*omo teHlipM ocularrs, 

y állinuim' ..: a las plinna.n de varios t-scritores, los cua- 

le», para ánr el \>: X lu estampa, se consideran l)¡en fundados 

en la fama comón.... Cuanto les sucede bien, despuén de im[)lonu' 
d auii' ' '• * \«'n á la intrrc<'HÍón «bd santo, como si, sin 

•íí'» ^ ; ;. ., di- las cnu**aH naturales, no so pudiese con- 

íU» murliUM <iifenn<*<lfules, loj;rar partos feliecs, eonsit^uir v\ 
I. . \' " v\'t en variaa ncKfx'iacioncH etc.» (Feijoo, (kirtttJt KnidiUut. ) 



CAPÍTULO xxvm. 411 

Las wgenes y santos milagrosos han sido recompen- 
sados (si esta expresión profana es admisible) con dona- 
tivos ú ofrendas varias. Algunos, en especial la virgen, 
tienen profusión de alhajas de oro y piedras preciosas. 
Cada cual da lo que puede. El hombre del campo les lleva 
caballos y vacas y ovejas. Santuarios hubo, y hay aún, que 
tuvieron, y tienen, estancias pobladas de ganado vacuno y 
caballar procedente de los animales que les presentaran, en 
cumplimiento de promesas, gentes que debieron á la virgen 
su salvación ó su fortuna en casos graves de enfermedad ó 
de peligro ó en arriesgadas empresas. 

Apariciones y desapariciones de imágenes santas, cruces 
milagi'osas, lugares señalados con algún hecho sobrenatural 
hállanse infaliblemente allí donde el hombre ha fijado por 
algún tiempo su residencia, allí donde un acontecimiento no- 
table ha efectuado una transformación considerable en su 
vida ó suerte futura, ora en las vecindades de I03 Andes, 
ora en las vertientes del Paraná, ó del Paraguay y Uruguay. 

En San Javier (antiguas misiones jesuíticas del alto 
Uruguay) hay un cerro llamado del Monje, muy visitado 
de peregrinos, que van á cumplir votos ó promesas y en 
busca de remedio á sus dolencias. Refugióse, ha tiempo, en 
el cerro de que se trata un fraile que, huyendo de indios ó 
bandoleros, pasara del Brasil á la margen opuesta del Uru- 
guay. Allí mandó el fugitivo construir una modesta ermita 
y colocar una cruz de madera que con el tienqx) había de 
ser muy venerada. Hizo el mismo la cruz, y al cavar la 
tierra para plantarla, a})arecieron })e})itas de oro y Ijrotó 
una fuente de agua maravillosa. Curaba el ermitaño con el 
agua de esta fuente las más graves, antiguas y dolorosas 
enfermetlades, y de entonces más el manantial, pozo ó ca- 

28. 



412 SUrERSTICIONKS DKL RÍO DK LA PLATA. 

chimba del ivrn> ili'l Monje ha vciiiilo liacieiulo curacioiics 
«tUjH'iulas, AilcSnist» vi\ la iTinita al Señor de los I)csicrio,*<, 
i\ quien si» i'ncx)mit'mla ci\ sus triljuiacioues toilo iristiano. 
El Señor dr los JhaitTfoa, el Señor del cerro del Monje, la 
Cruz Milatjroita, las ^i</uaif Sanias de Santa María de 
la Boca del Monte, í}í^ todo imi sulístancia una misma cosa. 

Hallase el eerm de las üijuas ,<üntas ni el término de 
Santa J/arm, junto á la entrada 6 boca del monte im|u'ne- 
tmble que se extiende á uno de sus costados. De aiií la 
denominación con que la fama distinj^uiera al Monje de 
¡ag Af/uas Sanias de Santa Marín de la Boca del Monte , 
cuya resonancia, ]K)r sí sola, es bastante a producir en el 
inimo del paciente el fenómeno de la (into-suijestíón que 
lia lie Bañarle. MUaijro por mllaj/ro, tan niHaijro es curar 
á un enfermo sin renuilios, como hacer .salir hien á uno en 
cuahpiiera empresa ó trance. Así no du<lan los que conocen 
las manivillas obradas por la m¡lai;rosa cruz, ó por el Señor 
de los Desiertos ó del cerro del Monje, ([ue, haciéndole 
una promesa, ganarán, |)or ejemj>l(>, una carrera, ó reco- 
brarán un cahallo ó parejero «pie les ha sido rohado: de- 
ducción lógica de la premi.sa en que se funda el raciocinio. 
Ia corredera ( salto ) de Cumanday, (pie está frente al 
cerro del Monje, y otnis restingas, ofrecen serios peligros á 
la navegación, que ¡wr aípiellas alturas se efectóa en ca- 
noaa. l'ues |X)r eso los amoeros, antes de emprender un 
viaje Uruguay arriba, se encomiendan al Señor de los De- 
»inioi ó éSeñor del cerro del Monje ^ haciendo un voto (pie 
ramplen crm religiosidad á su regreso. La seguridad de su 
patrocinio len infunde más valor y coníian/a. 

OUnerva un erudito liistoria<lor que las sujMírsticiones 
germánícaa resaltan á csida ¡)aHo en la ¡loesía popular por- 



CAPÍTULO xxvni. 413 

tuguesa, pudiendo decirse lo propio de la española en cuanto 
á las tradiciones á que se refiere. Las mujeres encantadas 
aparecen siempre á la sombra del gigantesco roble de 
Igdrasill ó al pie de la fuente de Urda. En la Villa Nueva 
de Toscoa, cuando hacen rogativas á Nuestra Señora para 
que llueva, y no llueve, júntanse nueve doncellas que ten- 
gan el nombre de 3Iaría, van en procesión á un sitio lla- 
mado Lameiro de Azinhate, que está á una media legua, 
y vuelcan una pila enorme de piedra, regresando luego á 
sus casas : agua no ha de faltar. ¿ Qué son, prosigue el his- 
toriador aludido, las fuentes milagrosas y aguas santas 
que hay en el reino ( en Portugal ), sino un resto de la tra- 
dición germánica de la fuente de Urda^^^? 

Es aun costumbre en algunos parajes de las comarcas 
brasileñas y rioplatenses ir la gente en procesión á la mar- 
gen de mi arroyo, y, mediante ciertos ruegos y ceremonias 
supersticiosas, esperar la lluvia apetecida. Lias fuentes mila- 
grosas y aguas santas, ó las que bajo cualquiera otra deno- 
minación han sido reputadas maravillosas, pudieron haber 
tenido su origen de causas más generales que la simple y 
determinada tradición de los pueblos del norte de Europa ^'-^K 

La creencia en la virtud mundificativa y purificatoria 
del agua, material y moralmente, y de las fuentes, es anti- 



(1) D. Teófilo Braga, Ejjopcas da Rara Mosámhe (Historia da 
Poesía Portugucxa). 

(2) Con la fábula de las aguas y fuentes prodigiosas y otras pa- 
trañas por el estilo entreteníase el vulgo. « Esta agua, que con tanta 
priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen 
y principio al río Jordán : toda mujer á quien tocare en el rostro, se 
le volverá como de plata bruñida, y á los hombres se les volverán 
las barbas como de oro.» (El Retablo de las Marabillas, entremés de 
Miguel de Cervantes. ) 



414 SUrKRiíTICIONES DKL KÍO DK LA TLAIA. 

quísiina. Mucho autos do la iustituoióu iKl hautisuio, lo8 
gi»nt¡les croyorou que, así como ol airua (juitalcí l:is man- 
chas dv\ ouorp), oou hi propia oíioacia niuiulilic'al>a il ahna 
de sus jXH^do.^. lU'ivulos bañóse i-n una íiioiito de liil>ia, 
en Africii, á tiu de qutnhu' limpio de las muchas maldades 
que había cometido, uiataiido y afligieudo á las u;outos. 
Teseo conocía una fuente cuyas aguas purilieabaii al hom- 
bre de sus vicios. Eneas no se atrevió á hacer sacrifioio 
alguno, antes de bañar su cuerpo en aguas corrientes y cla- 
ras. Peleo {u6 absuolto de la pena de muerte, jior haber 
sido purgado su delito con as])ersión de agua. I^os sacer- 
dotes se lavaban para cele]>rar sus ritos mayores. Las mez- 
quitas de los árabes tienen alboreas ó tinajas llenas de 
agua, donde lavan sus cuerpos para puiilicarse de sus pe- 
cados. Los indios del Nuevo Mundo tuvieron la misma 
crec»nc¡a, los mismos usos, y su manera de bautismo en el 
nacimiento de las criaturas ^^^ El bautismo y la purifica- 
ción fundábanse en un concepto de analogía entre el mundo 
físico y el moral, que es el que tuvieron formado del mo- 
vimiento y orden del universo los pueblos primitivos ^^l 
Acompañábanle de ceremonias y fórnndas consagradas, 
8olemnidadc»8 esenciales al efecto superior ó sobrenatural 
del baño ó lavatorio, semejantes en la forma al de los cris- 
tianos^^. Si de fuentes maravillosas se trata con respecto 



f\ Tor i.i^ Monarquía Indiana; Aco.'«ta, IliMona Áaíural y 

Mural de . '- m^oij*: iW. V. Cap. III. páífH. '¿Si y 2\. 

(2) V. Cap. XXI. 

Don Alonno el Sabio do«crilx!, ilijfáinoBlo a«í, el hautisnio <lf 
«-.■ ' ro*a í|iií' lava al homc (le fuera 6 w rialiulariunt*! 

al iH.r fii<r/.a de la^ HaiiUiH palabras del 

II- N'u«-fro S<fn>r DioH, (pn; cm Puiln*, é 

Fijo é Espíritu Bfuito, é del <liiiienlo d«l agua (mjii que He ayunta, 



CAPÍTULO xxvni. 415 

al Xuevo Mundo, ofrécese desde luego á la imaginación la 
de Bimini, una de las islas Bahamas, que hacía rejuve- 
necer á los hombres. Los inchos de las Antillas hicieron 
creer en ella al viejo conquistador Juan Pon ce de León, 
quien, peregrinando en su busca, sacó algún fruto de su 
credulidad, pues, tras infinitas contrariedades, el año de 
1512 descubrió la Florida ^^^. Juan de Castellanos pinta el 



quando face el baptismo. É tan grande es la virtud de estas palabras 
é del agua, que tañendo ( tocando ) el cuerpo de fuera, lava el alma 
de dentro é face señal en ella. E fué establescido, quando Nuestro 
Señor Jesucristo quiso ser baptizado de San Juan Bautista en el río 
Jordán. E esto fizo él, por dar exeniplo á los homes que por el bap- 
tisnio se deben lavar. » ( Ley 2.% tít. 4.°, Partida 3.\ ) 

(1) Oviedo, Herrera, etc. Un celebrado escritor contemporáneo se 
expresa así : < Juan Ponce de León entregó el mando de Puerto Rico, 
sin la menor repugnancia. La pérdida del gobierno de una isla sal- 
yaje, era asunto de poca monta entonces, cuando había todo un Nuevo 
Mundo que explorar, en donde un atrevido soldado como él, ceñida 
la espada y embrazado el escu<io, podía conquistarse una fortuna. 
Había además reunido lo suficiente para llevar adelante sus planes, 
y, como casi todos los primeros descubridores, tenía la cabeza llena de 
las empresas más románticas. Encaprichóse en que aun quedaba un 
tercer mundo que descubrir, y esperó ser él el primero que tocase en 
sus costas, adquiriéndose así una fama igual á la de Colón. Mientras 
revolvía en su mente tales ideas, considerando qué camino debería 
elegir para encontrar las desconocidas regiones que le rodeaban, tro- 
pezó con unos indios de edad avanzada que le dieron noticias de un 
país donde no sólo satisfaría sus ambiciosos deseos, sino que realizaría 
el sueño más lisonjero do los poetas. Aseguráronle que nuiy lejos, 
hacia el norte, había un país abundantísimo en oro y en toda clase 
de delicias; pero lo más sorprendente que poseía era un río con la 
singular virtud de rejuvenecer á todo el que se bañaba en sus aguas. 
Añadieron que en tiempos remotos y antes de la invasión de los es- 
pañoles, una numerosa partida de cubanos navegaron en busca de 
aquellos afortunados países y río de la vida, y que como no habían 
vuelto, era de presumir que hubieran recobrado su juventud y que 
se hubiesen detenido allí encantados con los placeres del territorio. El 
sueño de los alquimistas estaba realizado. ¡ No había más que encon- 
trar aquel país maravilloso y entregarse luego á los placeres de sus 



416 SIPF.RSTICIONKS DKL HÍO DK LA TLATA. 

entusiasmo qwv diSjXTti) entro toda clase de personas la 
noticia de la fuente de la juviiitud de la isla de Biniini. 



¡nni«Mi«{t'« riqueza.-» y p«»n^nno juvtMitml I Sin tMul)Mrp:o, aljxuiios am-iniios 
iiulio^ a<^^unil>nti que no eni necesario ¡r tan lejos m husea de aciue- 
Uaí( rejuvenecetloras a^^uas, porque en cierta isla del jj^nipo de las Ha- 
haina», lia' ' !*iin¡n¡. >ituada muy adentro del Océano, lialtía una 

fuente quc , í las niisnuis nuiravillosa.s y apreeiahles enalidades. 

Juan IVnee de Ijcón oía estos cuentos con sin'^ular credulidad. Era 
de e*i«d avanzada y el t4L>nnino onlinario de la vida no le parecía sufi- 
ciente para llevar á cahí) sus colosales proyectos. ¡Qué dicha poder 
baí\ars<> en aquella pro<li«íiosa fuente ó admirable río y salir de sus 
afiuf* dotaílo de toda la fuerza y frescura de la primera juvenlu<l y de 
la práctica y íud>¡<luría de la edad niadura ! ¡Qué de empresas no ve- 
rílicaHa en el transcurso adicional de los vijr'^rosos an<>8 (pie f»e le 
•'- "'-isen! Parecerá incri'íble en la época presente, (jue un hombre 
' y experiencia diese fe á unos cuentos parwidos íl Ijls senci- 
Uai« ficcioneí» de un cuento árabe ; poro entonces las inaravillosa.s no- 
vedad*- in en boj^a, merctnl á los contiíuios <lescni)rimientos que 
casi reiti>#..>i'.>ii las ilusiones déla fábula, y la imaginación délos via- 
jeros españoles había lle^^ado á exaltarse de tal ummIo, (pie creían las 
cosas más absurdas. IMenamente convencido de que existía el país que 
acababan de describirle, aprontó el buen P«»nce á hus expensa»* los 

• - "m que dar principio á la expedición, hallando fácilmente 

"• que le acompafia-en. 
No eran sólo los viajeros y aventureros (piien(»s creían en las fá- 
kmlaa y los maravillosos cuentos indio«*. Hombres de eminentes eslu- 
dicM les daban también crédito. Prueba de ello es (>1 si^^iiiiMite extracto 
de la segunda dt'fiuia de P(>dro Mártir ( de An^d(M-ía ), dirigida á 
Iji^pti X« papa á Ih saz4>n. « PJntre la.s isltts situadas al norte de la Kspa- 
fióla, hay una á .'í*i.'» le^^uas de d¡<itaiieia, se^jun dicen los (pie las han 
exf' - * •ntiene un manantiid perenne de aifua viva, de tan 

mn- I (pie bebiéndoia con na'todo restablece á los aiicia- 

su juventud primera. Y aneífuro á Vuestra Hantidad (pie esto 
no ea un «i m fundmnentfi, fH)r(pie es tan valido en la corte, (pie 

no •/>!• ' le da fe, sino hasta las |>er«*onas euva sabiduría y 

fortan.'i , m del común del pueblo. .Mas m¡ Vuestra Santidad 

dc9M<a Aaber mi opini/ín acerca de este punto, le diré que no rpiiero 
atribuir tan u á la naturaleza ; jK-ro sí que Dios se ha- 

brá r*'-' I* ' nrazón de los hom- 

bre*,» • _. , muntoH (Ir los f'ofn- 

pañero» d ""y ItííÍK, ü<l. ) 



CAPÍTULO XXVIII. 417 

pelitre los más antiguos desta gente 
Había muchos indios que decían 
De la Bimini, isla prepotente, 
Donde varias naciones acudían, 
Por las virtudes grandes de su fuente, 
Do viejos en mancebos se volvían, 
Y donde las mujeres más ancianas 
Deshacían las rugas v las canas. 



Bebiendo de sus aguas pocas veces, 
Lavando las cansadas proporciones, 
Perdían fealdades de vejeces, 
Sanaban las enfermas complexiones; 
Los rostros adobaban y las teces. 
Puesto que no mudaban las f alciones; 
Y, por no desear de ser doncellas, 
Del agua lo salían todas ellas. 



Decían admirables influencias 
De sus floridos campos y florestas ; 
No se vían aun las apariencias 
De las cosas que suelen ser molestas, 
Xi sabían que son litispendencias, 
Sino gozos, placeres, grandes fiestas: 
Al fin nos la pintaban do manera 
Que cobraban allí la edad primera. 



Estoy agora yo considerando. 
Según la vanidad de nuestros días, 
¡Qué de viejas vinieran arrastrando, 
Por cobrar sus antiguas gallardías, 
Si fuera cierta como voy contando 
La fama de tan grandes niñerías ! 
¡Cuan rico, cuan pujante, cuan potente 
Pudiera ser el rey de la tiú fuente! 



¡Qué de haciendas, joyas y preseas, 
Por remozar, vendieran los varones! 
¡Qué grita de hermosas y de feas 
Anduvieran aquestas estaciones! 



Un SrPF.RSTICIONt:s DKL KlO DK l.A l'l.AlA. 

¡Cuan iliforiMitos trají';* y libri-aa 
Viiiienin á pinar i'sios |H*nlonos! 
Cifíio no st' tomaran |H'na tanta 
Tor ir A visitar la lierní santa. 



I^i fama, pues. »li'l agua se vt-nía 
Por los (Kistos cabildos y concejos, 
Y, con imarriinir tiue ya sv vía, 
En mozos >e tornaron nujclios viejos, 
Prosij^nienilo tan loca fantasía 
Sin querer ser capaces <le consejos. 
Y ansí ti>maron muchos el camino 
l)e Uui tlesatinado desatino. 



Al norte, pues, guiaron su corrida, 
No r«in fortunosísimos ritrorcs, 
Hien K'jos tic la fuente ni» rida 

Y de sus prosperados moradores ; 
Mas descubrió la punta que Florida 
LlamA, porque la vio pascua de flores. 
Volvióse hecho tal docuhrinúento, 

Y piili»'»lo por adelantamirnto ( 1 ). 



I Klfjina úf Varón fM íluMlren dt hiiiia*. 



CAPITULO XXIX. 

Gusanera y simpatía. 



Sumario. — El paisano cura con simpatías la gusanera. — Necesario 
secreto del conocimiento de una simpatía. — Solamente tres per- 
sonas pueden ser poseedoras de él. — En el revoltillo de la gusa- 
nera anda metido el diablo. — El paisano, exorcista. — Principal 
industria del paisano. — La gusanera en las regiones del Río de 
la Plata. — Causas y desarrollo natural de la gusanera. — Cómo 
sana naturalmente el animal agusanado. — Las larvas crían alas 
y se van volando. — El paisano asegura que caen en fuerza de 
una simpatía. — Diversas formas de simpatía para la curación de 
la gusanera. — Curación á la distancia. — Bencediira, vocablo bár- 
baro. — El secreto de las palabras y los errores de un historiador 
á su respecto. — La mordaz ironía en las curaciones simpáticas. — 
El diablo destruyendo las sementeras. — Gusanos é insectos. — La 
isoca. — La catanga. — El frailesco ó bicho moro y la vaquilla. — 
Cómo destruyen los sembrados : división del trabajo. — El tambe- 
yuá y la lagarta. — El marandubá. — La langosta. — Modo de ale- 
jar estas plagas : simpatía. 



La curación de la gusanera por medio de la simpatía es 
el fueiie del paisano. Animal agusanado, dice este, si no se 
le cura de un modo ó de otro, muere. Se salvará por ca- 
sualidad alguno. Lo regiüar es que perezca, por causa de 
los gusanos. Remedio más fácil (y, cuanto fácil, infali- 
ble), para curar la gusanera, que la simpatía, no le hay 
ni puede haber. Lo difícil es conocer una simpatía. El que 



420 SüPERSTinONKS PKL KÍo PF I. A IM.ATA. 

la (*oiuHV, la rt'srrvM excliisivanuMito para sí; piios de lo 
contrario |>oriloría su rticaria, su virtud. MI (|uo revela el 
éccreto, quebranta el juramento que prestó al eununiirár- 
8ele, y ya pk'nlo una de sus eondiciones esoneiales la .sim- 
patía. Ha habido una alteración en el orden moral, y no 
pnrece sino que hubiese una potestad invisible que velase 
8obre el cumplimientt) de lui deber tan saujrado como lo es 
la guanla del depi'isito (pie se eoutía á a<piel á (piien s(» le 
comunicji la fórmula maravillosa. La violación del jura- 
mento tiene sanción condiiína : quien falta á él, pierde lo 
que ine«l¡ante el se le da. El perjuro ha menoscabado las 
leyetí que mantienen el cípiilibrio universal, y ])or conse- 
cuencia las leyes del orden moral no responden á la mv/. 
del j)erjuro. Hsta es regla «general. No esta, por supuesto, 
limitada á las .simpatías que se usan en la curación de la 
gusaneni. To<la simjiatía, ya ten^a por objeto la curación 
de los animales, ya se a|)lique á los seres hinnanos, sea 
cual sea la enfermedad para <pie sirva, se halla sujeta a la 
condición fatal, ineludible, del secreto. Lo esencial del se- 
cn*to son las ¡talaln'd^. El que las e()ii()ce puede comiuii- 
cairlas c<m eficacia ( |x*rdii'ndü él consiguientemente la vir- 
tud de curar) á írrn |M'rsonaH no mas. \a\ ciuu'ta ya no ad- 
quirirá, junto con las palabras, virtud alguna, ó mas bien 
dicho, pierden ya su virtud las palabra.s. 

¡La gUHflni^ni! /;Qué clase de enfermedad sera esa ox- 
traordinariu, ó cuál será la causa de una enfermedad <|ue 
tan singulares |)ráeticas requiere para su cinación ? en la 
cual obni con tanta eíicacia la HÍm]>atí(if contra la <pi(í 
ae eatrelhi el ««Hcepi ¡cismo de los más recalcitrantes des- 
pn-í'iadnn-H de la cirnria oculta del canqn'sino? ¿De 
dónde viene ó i\\\\6u la trae? 



CAPÍTULO XXIX. 421 

Bien se deja ver, por el hecho de santiguar invocando la 
Santísima Trinidad, que en el revoltillo de la gusanera 
anda metido el diablo. Este perro enemigo del hombre 
(particularmente del cristiano) encubre sus designios de 
mil maneras, y así se transfigura en ángel de luz, para ten- 
tarle, como en la más repugnante sabanchja, para perjudi- 
carlo. Los indios pampas, con su gualicho, y los guaraníes, 
con su añanga, tienen asimismo que hal)érselas con un 
diablo muy parecido al nuestro en sus maldades y artima- 
ñas. El nuestro, según el criterio vulgar, nos manda, entre 
otras plagas, la isoca, el frailesco, la vaquilla, el tambeyuá, 
la lagarta, el marandubá, la langosta y la gusanera. Des^ 
truye las sementeras del labrador v causa la muerte de los 
ganados del estanciero con epidemias y otros géneros de 
males. El achaque más frecuente ( continuo, mejor dicho ) en 
los animales es la gusanera. 

El ¡íaisano, curando la gusanera \\ otras enfermedades 
con un remedio misterioso y secreto, con una i^lmpatía, 
desempeña, en resumidas cuentas, las funciones de un exor- 
cista, aunque exorcista no consagrado sino por la mano de 
la superstición y la ignorancia. 

El exorcista popular, el paisano, como católico (|ue es, 
conjura necesariamente con hi señal de la cruz. No podía 
menos de ser así. Trátase de correr al diablo, y el diablo 
se espanta con el símbolo del Crucificado. Aun familiar- 
mente se acostum])ra decir: ¡cruz, diablo! para expresar 
el deseo de ver uno alejada de sí á una persona por 
extremo enfadosa 6 molesta, á un muchacho nniy tra- 
vieso, etc., etc. Así el paisano santigua la gusanera. ;. Porqué 
la santigua? Porque la cresa depositada en la herida del 
aniniíd agusanado \\o es otra cosa (pie un conjunto de es- 



422 srPERSTirioNKS pkl uÚ) di: i. a tlaia. 

]>íritud inmuiulos. Dol aiiv doiule monm, Ikiii }):isa(lo i1 es- 
tablecerse en el loiins oiu'llo, ancas »'> pcilio di' la vaca ó 
del caballo, animales (jue lanío preiáa el lioniluv. Si el 
diablo ha sabido volverse niosea en la edad media ^*, ¿por- 
que, en la nioilerna, no había di' hacer lo propio? (^nicn 
hace un cesto, hará eiento. 

La gjuuulería ha sido hasta el día de hoy la industria 
del paisano. Lidiar eon vacas y caballo- h.i sido siempre su 
o<*u|KU-ión favorita. 'rand)ien suele ser chacarero ; pero de 
mala gjuia y sólo en caso de necesidad, como el (]iie, estando 
en \\\\ puesto, no cuenta mas (pie con una majadita'-'', 
|wra el sustento de numerosa i)r()le. Entonces siembra 
maíz, pa|ja.s moniat<»s y aljíuna otra cosa. Pero aun el cha- 
carero, lo es j>or accidente, y no le tallan, á parle de las 
ovejas, unos mafunf/os (caballos viejos y enfermos), un 
jmr de vacas lecheras y ( no hay paia (pié decirlo) media 
docena de ¡cerros. Esta circunstancia de entender conslan- 
temente en <*1 cuidado de animales, ha venido á hacer la- 
mo»! en v\ Kío de la Plata la curaci(')n de la gusanera, á 
laque aplican, eon eficacia indiscutible (segíin ellos), la 
MÍtnpafía. 

Ijü gusanera, particularmenle en las regiones cálidas, 
como lo son la mayor parte de las (pie bañan el Paraná y 
Uruguay, persigue mucho á los ganad(js vacuno y cai)a- 
llar, si bien nuilas, burros, caliras, ovejas y |>erros, toda 
cla>*e ele animales (pie nc» estén revestidos de al;;una cora/a, 
como l(M enculMTtados, están expuestos á sufrirla. Aun 
estos mismos, los encubertados, no están libres de que se 



Unto i '/. hnto, rcbnno. 



CAPÍTULO XXIX. 423 

les agusanen las orejas, el hocico y las patas. Por pequeña 
que sea una herida, basta para que se forme una gusanera. 

Insectos hay (de la clase de los dípteros), como las 
moscas, que depositan sus huevos en las mataduras y otras 
heridas de los animales. Las larvas que salen de estos 
huevos, se alimentan de las materias orgánicas aparentes 
que les proporciona la putrefacción de la carne de la he- 
rida, que en los climas cálidos entra muy luego, si no se la 
cura inmediatamente, en estado de descomposición. Des- 
arróllanse las larvas, crían alas, y, convertidas en insectos, 
toman vuelo, a])andonando el sitio en que, á costa y con 
sufrimiento del animal agusanado, adquirieran la plenitud 
de sus formas. Así que desaparece el insecto, empieza na- 
turalmente la curación de la herida ó matadura por sí sola, 
á no ser que haya ésta interesado algún órgano importante 
del animal agusanado, cuya destrucción le ocasionare la 
muerte. El paisano, sin embargo, quiere ver en la cresa unos 
gusanos que acaban con la vida del animal casi siempre, 
si no le aplica el oportuno remedio. El que usa es la sim- 
pafía. Mediante ella, los gusanos (dice) caen. 

Siguen al animal agusanado (vacuno ó caballar). Obser- 
van dónde asienta la pezuña ó el casco. Apéanse, sin quitar 
la vista de la gusanera, pónense en cuclillas, sacando el 
largo y puntiagudo cuchillo, cortan, soslayándolo, el espacio 
de terreno en que está impresa la pisada, voltéanlo, hácenle 
una cruz con la punta del cuchillo, y se van, sin mirar más 
la gusanera. También hacen lo mismo con los espacios ho- 
llados por una mano y la pata del lado opuesto. Cuando el 
pasto de la tierra desprendida del suelo se seca, caoi (di- 
cen) los gusanos. 

Caen igualmente los gusanos, cuando se secan los ma- 



424 SUrKIWTIClONES DEL KÍO 1>E LA l'LATA. 

nojo8 de jmsto (trc^) que arnuua v\ curiulor y cvlia al 
suelo ú la liiTiH-ha, á la i/íjuicnla y por la ispaUla, lui- 
nuulo lijnnK'iite á la ^cUi^aiuTu. l)i's[>ut\s no se la viulve á 
mirar nuu*, so jK'iia tle frustrarse la euraciún. 

Olro niOilo ile haeer caer los gusanos. Arrancan una 
cenia ile la eriu ó cola ile su caballo, ó una j»ajucla. Dis- 
|Mjiieiila en forma de nudo, lomándola de las puntas. Apli- 
ain el ojo á la gusanera por meilio del lazo y paulatina- 
mente lo van eerrantlo hasta que aquC'lla se deja de ver. 
£ii seguida apartan la vista de la gusanera, tiran la certla 
6 ¡wjuela, y se van. Cieneralmente esUi operación va aconi- 
]tañada de palal)ras. Las anteriores tamiáén se hacen con 
])¿dahras, que muchos omiten, dándoles (por supuesto) el 
mismo resultado. 

(Jomo no vuelven á mirar más la gusanera, por temor 
de (iue la t^impatia pierda la virtud de curarla, suponen 
que los gusanos caen, cuando l(j (pie los gusanos hacen, 
deí*pués de las cruces, miradas, preces, iórnnilas y maldi- 
ciones, es acahar de nutrirse, completar su díísarrollo y 
echar á volar en busca de otros y mejores alimentos. 

AlíTunos (jcuán preciada es esta xiiirp(tt¿al ) curan á la 

. -ia. Consiste la simpatía d la distancia l'w palabras 

y acciones simbólicas. Para curar un animal desde lejos, 

no luin menester verlo, ni conocerlo. 1 «astilles saber qué 

pelo tiene y dónde pasta. 

Huelen llamar hencedura á la sinq»alía. Este es un vo- 
cablo cerril, derivado del verbo iKjrlugnés l)enzcr, bendecir, 
Hantiguar ^ . T^s brasileños riograndenses usan nnicho la 



Inrurrt'fi, pu(*«t, *-i\ uiin iimiiirK'-Ui ¡iiiprop¡c<Iii<l ion qu(% no koh- 
|ii-<-h;in<io quo te traU de un deriviulo búrliiiru (li;l verlxi jx^rUi^uóii 



CAPÍTULO XXIX. 425 

simpatía, y no pocas de las fórmulas conocidas en el Río de 
la Plata y Paraguay han sido comunicadas j)or ellos. Por 
eso asimismo suelen en el Río de la Plata llamar hichera 
(del portugués hicheira) á la gusanera, biclio al gusano, y 
abicharse al acto de agusanarse. Esta commiicación de voces 
extrañas es muy fácil entre gentes vecinas que hablan len- 
guas tan análogas como la portuguesa y la castellana, que 
tienen un origen común y una común historia. 

El necesario secreto de las fórmulas hace difícil su co- 
nocimiento de parte de los curiosos. Por ejemplo, puesto 
un paisano en el compromiso de manifestar de qué pala- 
bras se vale para curar la gusanera, dirá : « Gusanos mal- 
ditos, caed de esa gusanera de once en once, de diez en 
diez, de nueve en nueve, » y así sucesivamente hasta ter- 
minar : « de uno en uno, y no quede ninguno, » haciendo 
con la mano, al pronunciar cada número, la señal de la 
cruz é invocando, por último, el nombre de la Santísima 
Trinidad. Pero en realidad la serie de números de la fór- 
mula verdadera no debe comenzar 2)or once, como engaño- 
samente dijo el interrogado, sino por nueve. De esta ma- 
nera satisface al importuno, y no se priva del uso eficaz de 
una fórmula reservada, que le sirve para impedir que se le 
mueran muchos animales agusanados: perdonable engaño. 



hcnxcr ( btMulecir ), escriben rcnccdura, en higar de hoiccdura. Así un 
escritor motlerno, D. Xavier de Viana, titula Voiccdura una de las 
interesantes narraciones de su libro Campo, en la cual relata las 
ceremonias y fónnulas usadas por el lio Luis en la curación de la 
mordedura de víbora. También nos llama la atención, dada la idea 
que se forma el vulgo de la mujer sin cabello (Cap. Vil de esta 
obra, págs. 80 y 81), (|ue una cliiiia se corte la trenza y la ofrezca á 
su companero, en prenda de amor y íidelidad, como lo vemos en otra 
de las narraciones del libro citado. 



426 SUPERSTICIÜNI^IS DKL KÍO DK 1-.V ri-AlA. 

Víolima iK» un oni::jiño soiiujanto os posible (jiu' luiya 
sido el escritor ( lláwker ) de ijiiiiii W'ílliain (íeor«j;e Blaek 
tomó la i»s|HH*ie relativa al imulo que tieiuii los campesinos 
ingleses ile eurar la monledura de vilíora. Ponen, diee, 
8obn» la herida dos ü'oeitos de aNellan»» dispuestos en íonna 
de cniz, pronuneiando dos recen, en alta voz y con .solem- 
nidad las siguientes palabras: « I^ajo est(» pequeño ave- 
llano hay un jactancioso gusano de garganta inaneliada. 
Es nueve dobla Ahora de nueve doble a ocho doble, de 
ocho doble á siete doble, » y así sueesivameiite liasm decir: 
c de uno doble á ninguno doble »^*\ Desile luego es de 
.sn|K)ner que la fornnda se rej)ita, no r/ox, sino tres veces; 
|)oniue este numero sindxdiza la produeciíni del ('(piilibrio 
de las fuerzas 6 de los seres, al })aso que el })rimero re[»re- 
senta el antaí'onismo v la resistencia, seirini los arcanos de 
la magia y ciencia oculta^^\ Pero lo más notorio de la 
confusión o del engaño es la retaliila de los [/úsanos. Se 
<la |K)r supuesto que el reptil de que se trata, la ríbora, es 
un gusano que se nndtipliea en la berida cubierta pol- 
la cniceciía de avellano, cosa de todo punto inadmisible. 
I^ víl>oni clava los colmillos, inocula su veneno sin for- 
mar llaga, y se va. No deja ni en'a gusanos, como la 
cresia de los dípteros en las mataduras ó llagas de los ani- 
males. Deja su veneno y mata con su veneno. ¡ Fresco es- 
taría el paciente, si hubiese de esjKírar á que desapareciesen 
loH (juMinos de la herida hecha por el venenoso reptil eon 
Hus horadados colmillos ! Lo probal)le es, p<%r eonsecucín ia, 



f^' V'Hiñun Papular í'í'npíliilo di- lii Hislmin dr la ('nlhmi iU- 
Hl n\. itfrr I). Antonio Miirluulo y A i van*/.. 

Í2) l'apús, Traii. MHUímI. de Scinw. (Jccuil. 



CAPÍTULO XXIX. 427 

que las palabras recogidas por Háwker de boca de los 
campesinos ingleses, se refieran á la curación de la gusanera. 

Con ocasión de la picadura de víbora, puede suceder que 
se forme una llaga en la que un díptero ponga su cresa. 
Esto es cosa muy distinta de la picadura. He aquí el caso. 
Sucede con frecuencia que la víbora, cuando muerde con 
rabia, deja clavadas las presas en el cuerpo de la persona 
ó animal acometido. En este caso, si la víbora no es muy 
venenosa, ó estaba en un estado en que el veneno tuviere 
poca actividad, el animal herido no muere ; pero se inflama 
la parte del cuerpo en que están enterrados los colmi- 
llos, hasta que, saliendo éstos, queda una llaga donde pue- 
den los dípteros depositar su cresa. Entonces sale una gu- 
sanera en el sitio en que la víbora clavó sus colmillos. 
En semejante caso ya no es la mordedura de la víbora 
el mal que padece la bestia enferma. El veneno que el 
reptil introdujo en el cuerpo del paciente, no produjo el 
temido efecto. Eso se disipó. Xo es ésa la curación que 
requiere la dolencia. Se trata de curar, no la picadura de 
víbora, sino la cjusanera, caso en que vendría bien la fór- 
mula citada por Black. Pero Black se refiere precisamente 
á la curación del envenenamiento producido por la morde- 
dura de una víbora, caso en el que la fórmula que cita es 
enteramente inadecuada al intento. 

La ironía de buena ley es como una luciente aguja, (pie 
punza sin herir. La mordaz ironía que nace en ánimos 
perversos, del despecho ó la envidia, es saeta enherbolada 
que mataría al hombre de bien, si éste no aprovechara su 
propia superioridad intelectual ó moral para eml)otar los 
enconosos tiros con el seguro de su fama y su conducta, 
enaltecidas en tales casos con el silencio. El escándalo es 

29. 



428 tiurKi{>Ti('ioNF.s DKí- iiío i>i: i.a plata. 

Im atnuVftMa fii quo rospini el inonstruo de i:i diíaiuju'ión. 
El wnmilalo K* anima y ivgocija: pormu», con los insnltns 
n»cMpnK»»*, í»! nada piíTilc y el hombiv «|ne vale se enloda 
y 61» doHgagta. El |^iÍ8ano, en aliijunas de sus simjtah'as, 
usa el arma tle la ironía. ¿Contra (]uién mejor que contra 
un soberbio? Siluro de .«u fuer/a con el arma dt» la fe, el 
paisano, si el eterno enemiüo dd iiondn-c se lia c(mvcr- 
tído (ix>r ejemplo) en larva >ol>i-c el lomo llagado de una 
ealmllería, santiiruará y pronunciará sus palahr^n, termi- 
nando de eííte modo: y que choíí yí/xa/iow aumcnft'n como 
Icuf Zarras rn domint/o. Al levés me las pintas. 

La agricultura lia adcjuirido modernamente en el I vio 
de la Plata un desarrollo consideralíle. 101 espíritu maliuno, 
alerta siempre para dañar al hiunhre vn su jH'rsona y íu 
hw OKsas (pie j>osee, ii vista de un adelanto (pie tanto le me- 
jora, ha formado numeroso ejercito de gusanos e insectos vo- 
raeí*>i, que envía á los send)rados con el objeto de destruirlos. 
1^1 fiioxeni y otros enemigos análogos de la agricultura en 
grande escala, jcuánta desolación no causan I ;, \ los pobres 
chacarero» f El frailesco <'» hicha inaro, la rdíjuil/d, el 
maramiu/iu, la /ai/arfa^ la ¡soctt, el itunbcyuíí, la lan- 
gOéíta voladoni, la langosta saltona, la langosta criolla \ la 
hormiga forman las diversas tropas organizadas de formi- 
dable ejercito de demonios en figura de insectos y de gu- 
sanos que envía el príne¡|M' de las tinieblas á la destruc- 
ción de las hu<*rtas, sí^nbrados ó cbacras. Algunas divisio- 
m*»*. (^1110 las de la langosta y el frailesco, marchan en 
mau^aM ó columnas. 

y^ la ¡Moca un gusano blanco, no mayor (pie el dedo 
ineAM|ue de una criatura, de caU^za naranjada, barriga ne- 
gniz#ti, seis jmtas y dos garlios á ukmIo de colmillos. Sí» 



CAPÍTULO XXIX. 429 

alimenta de las raíces, que roe y corta, de muchas plantas 
útiles. En estos últimos años ha sido tanta la isoca, que 
muchas sementeras ó chacras, y hasta campos de pastoreo, 
quedaron asolados. Sécanse las hortalizas y el pasto, que- 
dando la tierra suelta y como removida en tomo de las 
raíces. Ki la langosta hace más daño que á veces causa la 
isoca. Es larva del escarabajo ó catanga (voz quichua), que 
tan luego como está en aptitud de volar, gana, á la caída de la 
tarde, la región del aire, para caer en las fauces de las lechu- 
zas. Los lagartos, los peludos, los zorrinos y otras alimañas, 
á quienes perseguimos y matamos, también gustan de estas 
larvas é insectos, comiendo todos los que pueden. De ma- 
nera que nosotros destruimos á quien nos hace un beneficio. 

12'c\\\\2in frailesco ó bicho moro á un insecto destructor 
de las huertas, que come las hojas de las plantas, deján- 
dolas enteramente desnudas, con solo el tronco y los ner- 
vios. Por la forma, le dan el nombre de frailesco, como 
que se asemeja á la vestimenta del franciscano, ceñida á la 
cintura. El color es negro, sembrado de puntitos blancos, ó 
sea gris, á que dicen moro en el Kío de la Plata, tratán- 
dose de animales. Irnta la piel de las personas con su pi- 
cadura, dejando ampolla. Estrujado, es un cáustico pode- 
roso. Alginios farmacéuticos le emplean, en lugar de can- 
táridas ó de moscas de Mihin. Las plantas que prefiere 
son el tomate y el pimiento en primer término, hi patata y 
las habas. En acabándose, acude á todas las demás hor- 
tenses, sin desperdiciar la alfalfa: todo lo aniquila. 

La vaquilla es insecto de la propia especie que el bicho 
moro 6 frailesco ; de color overo -negro y un poco mayor 
el tamaño: en voracidad no le cede un ápice. Algunos lla- 
man vaquilla al frailesco ó biclio moro. 



430 SürKRSTICIONKS DKL KÍo DK LA TLATA. 

El bicho moro y la vaquilla, \x\ lanu;osín, A tambcijud 
y la ¡at/arfa, y la i,<oca, son las plniías inayoros. ciitiv las 
del reino animal. (]uo casti'^an :í la nuiiciihura ( n d Kío 
de la Plata. 

Adaní ¡Smith escribió una obra íaniosa, en (juc dosiii- 
traña los medios y eausas que desarrollan y arrecientan la 
rí()ueza de las naciones, viniendo lí ser eomo el fundador 
de la economía política. Pero antes dr (juc Adaiii Smitli 
expusiese, y tlemostrase la conveniencia de observar es- 
trictamente, los princi]»¡os fundamentales de esta ciencia 
tan im|X)rtante, ya el vulgo y el diablo babían aplicado 
aljrunos á divei*sas cosas: el primero instintiva é incierta- 
mente, como (pie aún no se liabía fijado en ellos, y el se- 
gundo con j>erfecto Címocimiento de su eficacia, por el saber 
natural y experiencia que tiene. Lo (pie Adán» Sniiíb pro- 
]K)nía paní enriquecer y hacer felices a las sociedades lin- 
manas, eso mismo ejecutaba el diablo para empobrecerlas 
y martirizarlas. Entre los dogmas económicos más reco- 
mendados jx>r el ci'Iebre escoces y los que le siguieron en 
tales estudios íigura la división del frdlfajo, por lo nuicbo 
que le abrevia y facilita. La división del trabajo, con efecto, 
entre tantos o|K*nir¡os cuantas cosas ú operaciones diversas 
y cwneurrentes á un mismo fin pueden ejecutarse \>ot sepa- 
rado, es uno de los mayores anhelos de la industria moderna. 
Pucí* ewto mismo hizo (»1 diablo, convirti{*ndose, para arrui- 
nar la agricidtura tan necesaria al hombre, en lan<josla, 
bii'ho moro, ijfoca, Uujarla, hor/ni(/a, etc., y distribuyendo 
la tarea de deatnicción entre estos solícitos agentes de sus 
penxTsos designios. W frailesco y la vaquilla encomendó 
la« plantas de tallo. Las rastreras ó de guía, como el /a- 
|iallo y el melón, puso á cargo del lambcyud y de la la- 



CAPÍTULO XXIX. -431 

garta. En roer y cortar las raíces de unas y otras, debía 
ocuparse la isoca. 

El tamheyud'^^ es una chinclie silvestre, de color verde, 
que come las hojas y aun las guías ó tallos rastreros de 
los zapallos, calabazas, melones y otras plantas análogas. 
Ayúdale en esta faena la insaciable lagarta^-', que es un 
gusano, también verde, delgado, de unos cinco á seis cen- 
tímetros de largo; que camina, arqueando el cuerpo hacia 
arriba, hasta juntar la cola con la cabeza apoyadas en el 
suelo, y luego, apoyado en la cola, estirando el cuerpo ha- 
cia delante todo lo que da de sí, y esto con diligencia, de 
modo que en corto rato anda un largo trecho. El tambe- 
yud, lo mismo que el bicho moro y la vaquilla, tampoco 
pierden su tiempo; pues, cuando acaban con una planta, 
pasan volando á otra: para eso tienen alas, y no cortas. 
Si la chacra ó cortijo es de tomates y plantas de tabaco, 
no les faltará tampoco un ministro especial que los con- 
suma. Vendrá á comer sus hojas y tallos el marandubd^'^\ 
que es un gusano verde con manchas negras, del grosor 
del dedo índice. Las hembras extienden en hilera sus hue- 
vos á lo largo de la espalda, y los hijos, cuando nacen, que- 
dan pegados á las hojas de la planta, como en cosa que les 
pertenece por herencia. Después que el marandubd ha 
engordado y })rocreado á su salvo, con perjuicio de tercero, 
se transforma en mariposa y se va á pasear por tierras ex- 
trañas y á libar el néctar de las flores de los jardines. Lo 
merece: ¡cuántos hacen lo mismo! En caso de que los re- 
feridos elementos de destrucción no hayan acal)ado con 

(1) Voz guaraní. 

(2) Voz portuguesa. 

(3) Voz guaraní. 



432 suPEit»<TirioNt:i> dhl kío dk la i'Laia. 

totlo, ó seiin |xx*os |>ani tiinto, vioiie á coojHTar con ellos 
la laiiiíDsia, en ittant/aa tan espesas y lUlaladas (|iie anu- 
blan el sol. Cae en masa sobre plantas y árboles, (|U(' deja 
muertos, como si hubiese babiilo un incendio rn el reino 
vej^tal y caído sobre el una lluvia de ceniza. CrA'se (jue 
etíte ejército asolador tiene su canipanunio en el Chaco, her- 
videro de sabandijas, |H)r lo cálido del clima, sus cerrados 
boscjues y malezales é innu^isos anciradizos^'^ Una vez 
(jue la langosta voladora ha esterilizado los canijios, deja 
eu ellos enterrado un como cartuchito semejante á una 
e«piga de trigo, y va á morir, por lo regular, á las costas 
de los arroyos. Ese eartuchilo ha de dar ciento por uno; 
|)ero no de gr.mos de trigo, sino de la no menos devora- 
dora langostii saltona. I>» la saltona hay dos especies: una, 
la que procede de la voladora; otia, la criolla ó del país. 
Esta, cuando la |)ersiguen, se desparrama, saltando á lar- 
gos treelios i>or sobre la c;d>eza de las j)ersonas. A<juélla 
es fácil de acorralarse como un rebano de ovejas; lo <|ue 
proporciona el meilio de matarla, á luego y echándole tie- 
rra encima, en j)ozos y zanjas. 

El chararcro, amenazado con estas ]>lagas, no pií ide del 
todo la es|X'ranza; pues tiene fe, nuicha 6 poca, en r\ |>on- 
derudo remedio de todos los males incurables (pn* |)ro(M'den 
del rencor del demonio al hombní: el remedio del sahula- 
dor y manosanta: la Jtiiapdlíd. Para el efecto, estudia el 
terreno 6 «nnjNi en <pie va á ejercer el sublime ministerio 
f|ue lia <le dar jK)r resultado la extinción de la )»laga. VA 

' ' •. HiTrora y otro» hi-loriiulorí'f* tic lii coiuiaistn »if*nn lln- 

li:i «•on-(Tvii<lo ha-tn lioy «mi l)ocji ilc 
la I" la IMala. La K«'al Armli-inia Iv-pañ<»la 

DO lo 00 SU diccionario de la Ijcmjua Citjftcliami. 



CAPÍTULO XXIX. 433 

terreno de labranza, á que dicen chacra, es generalmente 
cuadrado ó cuadrilongo. Como dentro de este perímetro ó 
contorno está encerrado el maléfico agente destructor de 
las sementeras y plantaciones, es necesario, para hacerlo 
salir de él, espantarlo por tres de los lados y ángulos, de- 
jando franco uno de éstos por donde pueda escaparse. 
Detiénese el conjurador en cada una de las tres esqui- 
nas de la chacra, por la parte de a fuera, y santigua, diciendo 
sus palabras en voz alta^^\ con solemnidad y prosopopeya, 
puestos los ojos en la causa del mal que combate y el pensa- 
miento en la divina misericordia. Terminan ordinariamente 
las preces con esta execración : — Gusanos c insectos maldi- 
tos, como que d Dios no adordis, él ha de querer que aban- 
donéis estos sembrados. ¡ Salid de aquí! El maldecido ejér- 
cito de Satanás no tarda en levantar campamento y empren- 
derla retirada })or la única salida que se le dejó para su es- 
cape: la esquina que se omitiera santiguar al intento en la 
huerta ó chacra que estaba devastando. Al enemigo que 
huye, puente de plata. 



(1) Caso do hallarrje solo el exorcista; pues, habiendo (estiiros, la 
necesidad dol secreto le oblisíaría :t pronunciar nuntalnicntc la fórmula. 



CAPÍTrLO XXX. 

Hechicería y demonios. 



Sl'M vino. — El iiui;:o y el lu'chiivro quieren srr homl)ros do ciencia.— 
M;i;;ncliáino en la Uía^íia. — Kn qué se (iiferencia el ina;;o del he- 
chicero. — Knfenue<lade> y (lesj^racias : cómo vienen al hombre. — 
El dolor: qué provecho sí» saca de él. — ('ómo sobreviene la de- 
sesperación. — Idt*as del vulgo á tal resp(rl4>. — Kl nnila y los nía- 
Ufiítjs. — Males da daño y malt*8 de (/(/y^a. Perver.-iilad de las 
brujan y hfchicenui. — El diablo entre cristianos é indios. — El 
diablo de lo« indios «lisfrázase de pobre para casiip^ar al que falta 
al d«-lH*r sabido de la limosna.— Tostídos d.l diablo.— Exorcismos. 
— Caso de una nmchaeha endemoniada. — Brebajes y conjuros.— 
Magnetismo, espiritismo. — El espíritu ¡nimmdo. — Su historia.— 
Criterio de la Ijílesia acerca de ciertos fenómenos psico-físicos. — Cua- 
li-' ' ' lob demonios. — El diablo, sc^ún doctrinas heterodoxas. — 
Ii;* .... ...i de criM-ncias entre los indípMias dfl Nuevo Mundo y los 

del Viejo.— El diablo de los indí^jena.^ de América nada tiene que 
envi<iiar al í1«* Io.h pueblos cristianos. — Zrvy/r/// y Viracocha, entre 
h " iU\ IVrú. — rV////, lÜablo dv lits .\ntillas. — El liucrurú 

ó/k . - ... i - '!■ !:i Pampa, de la l*aUi;;onia, <le Arauco. — J/(/m///<í/í/ 
y i»ua ini- Síijro» del a¡jna. — i¿oV^v del diablo. 



La mapa e.s m-^úii b).s ocullistdx, una nrncin que dc- 
claní el mudo cíüi que el liomlnx* (?.s capaz de poner en ac- 
tividad, en ca>4í>« v eircinistaneiuH deternnnadas, la fuerza 
uni vernal que iiifonna el iiniverrio. \a)a novísimos experi- 
mentóte tiel tna^ncti.-ino en hiH diversaH nianifestaeione.'^ 6 
fami* i\v que ch í<iiHe<'pt¡l)le, Ion fenónienoH p.^ico-íiHÍcoH 



CAPITULO XXX. 435 

que ofrece el estado hipnótico ó de sueño nemoso en que 
puede quedar sumergida una persona mediante ciertos pro- 
cedimientos, la acción química de algunas substancias, 
producen efectos análogos ó á veces del todo semejantes 
á los que la magia y la hechicería ostentan como obra ex- 
clusiva y misteriosa de la voluntad é influencia de seres 
privilegiados que han recibido del cielo ó de mía superior 
inspiración la facultad y los medios de hacer maravillas. 
Así las ciencias físicas y químicas están á punto de enga- 
lanar con arreos de fuste al ma^'O v al hechicero. El mas;- 
netizador contemporáneo, dilatando, como pretende, la sen- 
sibilidad ó fluido sensitivo del cuerpo humano hacia fuera, 
y transfundiéndolo en una materia apta para absorberlo, 
para empaparse en él, persuádese á obrar maravillas idén- 
ticas á los célebres hechizos de las imágenes de cera y 
otros temidos efectos ejiísdem farince. Quiere proceder 
como decía Cervantes de los discípulos de Zoroastro, que 
juntando lo activo d lo pasivo, hacen cosas tan estu- 
pendas, que parecen milagros''^'', las cosas inanimadas 



(1) Trabajos de Pérsiks y Sigistminda. 

Es fóruiulíi (le la magia, que mira en el ternario el elemento ac- 
tivo: 1, el jHisiL'o: 2, y el neutro: 3, que resulta de la acción de los 
dos primeros entre sí. Un escritor español de mediados del siglo de- 
cimoquinto la menciona también. Tratando de las artes mágica<?, dice: 
«Aquestas solas artes que usan sangres ó sahumerios, son malditas. 
Mas el ayuntar lo aciiro al pasiro, y el esculpir de las piedras en tal 
signo ó el adivinar en las estrellas, lícito es, si es á buen tin. E otro 
pronunciar de nombres lícitos, que llaman tabla, et constreñir los espí- 
ritus con aquella virtud, lícito es, mientras el fin sea bueno. Bien puede 
el astrólogo hacer una imagen en el signo del Escorpión, para que sane 
los hombres de toda mordedura de serpiente, et lícito sería á un hombre 
hacer una imagen por quitar los lobos ó la langosta de una tierra. 
Y los que dicen que esto no es posible, también confiesan que no saben 
nada. (El Bachiller Alfonso de la Torre, en la ]lsi</n Deleitable.) 



436 süPKKSTinoxES pkl nío dk la ii.ArA. 

ohniiulo iHuno si ostuvii^seii dotiuiius dv vida, la naturaleza 
i'iitrra ol>eiliviemlo al hombro. 

Cimiulo las o|H»rar¡onos ilr i|iu' -c trata sow ('jrc'iiiada.s 
jHir sujetos iiiiriailos en v\ modo de olnar de las fiuTzas 
imturalet? y de enniiiiiiiar la voluntad al \)\ru en la alta 
CKÍeni de la vida univorsid (los nahion, (jue apri'ndit ron vn 
los templos 6 escuelas sagradas), porti'iu'ccn proj>¡:iin(>iite 
(se^iín loe mai^ntros) a la )na(jia. IVnt s¡ (juií'nt's las eje- 
cutan í*«»n profanos, si no saben ó no purdin «gobernar las 
fuerzas natundes para obrar efectos preternaturales, ó ni, 
eonoí'iendo de ello algo, lo utilizan en su personal prove- 
cho y en daño de las gentes, esos tales no son luaijos, sino 
hechiceros. La hechicería, pues, es fruto bastardo de la 
magia goHica, diabólica 6 negra^^ . Por lo demás, tiene 
la hechicería, á semejanza de la ínagia, sus adivinacio- 
mt*, sus éxtasis y sueños nerviosos, sus alucinaciones, sus 
visiones, en suma, su física y su (|uíniica maravillosas, y 
sus dt'itlades coadyutoras é inspiradoras, que son los de- 
monios. Kl hechicero tiene por familiar al diablo, con (juien 
celebra pactos expresos ó tácitos, vendiéndole y entregán- 
dole* su alma, con tid que le ayude y favorezca ( n su odiosa 
tarea. El hechicero liga, 6, como dice también el j)aÍ8ano 
rioplatense, aia á su albedrío la voluntad y la acción de 
lili* {lersonas, evo<*a y trae á su presencia, como los espiri- 
tistas, las almas de los difuntos, y (piierc obrar, en resolu- 
ción, cíimo los sabios y nuigos h'gítiuíos. 

Kl mago e« el nn'nistro de la divini<lad en la tierra. 1*]1 
hechicero loes del dial)lo. El mago, \H)r su instituto, cn- 
auiiina al bien sus acciones, rpiiere enjugar las lágrimas á 

V. («p. VII. páff. 85. 



CAPÍTULO XXX. 437 

los que lloran , quiere hacer felices á los hombres. El he- 
chicero y su hermano carnal el brujo, condiciones que 
suelen estar reunidas en un mismo individuo, se ocupan, 
como su maestro el diablo, en hacer daño á toda alma na- 
cida ^^\ Señaladamente la bruja, todo envidia, todo odio y 
todo venganza, se goza en las ajenas desgracias, se com- 
place hasta en la muerte que ocasiona de los tiernos niños 
bautizados, aunque ella sabe bien que se van al cielo. Lo 
sabe; pero los mata, sin embargo, por sola su inclinación 
al mal y porque al mismo tiempo aflige y hace llorar a los 
padres. Tiene con frecuencia de nuncio al dolor. El dolor 
la estimula, la atrae, como los cuerpos sin vida al cuervo. 
Sabe que á la postre nada puede contra el bueno: sabe 
que el mismo dolor acaba por ser un bien en las almas 
nobles; pero, aunque sepa todo esto, no por eso deja de 
hacer, como en el caso de los tiernos niños bautizados, 
todo el daño que ella concibe que puede causar por el pronto 
á aquellos á quienes odia ó tiene entre ojos. 

El vulgo en general atribuye á un hechizo, á la acción 
fatal e irremediable de una bruja, sus más dolorosas enfer- 
medades, sus mayores desgracias. Sométese á veces, sobre- 
llevando con resignación cristiana sus males. Ni olvida que 
con verdad suele decirse: no hay mal que por bien no 
vcnya. Pei'o con todo, no es el orden universal, no son altos 



(1) «El instrumento de los hechizos es el gran asente ináíiico, ó, 
en términos más llanos, la potencia matínética gobernada por una vo- 
luntad perversa. Lo que los hechiceros y nigromantes buscaban en 
sus invocaciones del espíritu impuro, era esa potencia magnética, que 
es patrimonio del verdadero adepto, usurpado por aquéllos con el fin 
de abusar de él de una manera indigna.» (Papús, Traite Kh'mcti- 
iairc (le Magie Prati/jue.J 



488 6UPERsticionf:s del río dk i.a plaia. 

designios los emisaiitt's do imu'lias do sus d('Si::r:K*ias; sino 
la perversidad, la foroz iinjuiíia de una iimjcr al)()rrecil>lo. 
« Pan\*e que ol bien y el mal, diee Mignrl de Cervantes, 
distan tan \x)co el uno del otro, que son como dos líneas 
wneurn.»ntes, que, aunque parten de apartados v diteivníes 
principios, araban en nn mismo punto ^^ ». La religión con- 
suela al hombre en sus adversidades. Los males (pie le 
atormentan y ipie á vives le dejan abatido y solo en el 
nunido, privado de los seres más ipieridos ijue enfermeda- 
des y desgracias arrebataran de su li(>L:;ir, vienen á ser, 
cuando no castigos que en la tierra purgan sus faltas, |)iue- 
\nis de constancia á (pie la divina voluntad inescrutable so- 
mete al justo, merced á las cuales alcanza este á merecer 
con mayores títulos la gloria y el premi.» en la inmortal 
vida futura, y aun, como en el caso de d(»l), ima crecida 
Huma de bienes en la actual perecedera. jPruebíis son, acer- 
ba.s las que sufren los padres, en presencia de ima inocente 
criatura martirizada jwr larga enfermedad dolorosa (pie le 
ararrea la muertel Dios lo da, y Dios lo (piita. Ni un 
átomo en el mundo se mueve, sin (pn* le impulse una causa 
ó fuerza que obra con \k'ho y medida, concurriendo orde- 
nadamente á la ejecución de los planes y designios del 
Creador, sabios y justos^-". Y con frecuencia sucede «pie, 

'1 Trnh,:,.^ ,h f.'rnles y Siyiitmuwla. 

I- 1" rl nuil ■ 

*4 ■ • onniigo • 

Y qa« rl dolor, rtul evIfloM amigD, 
Me moee en ra rvgajw. 

ífo #• «rto !»» — ''n, no e» nrHflrIo; 

Tributo « Uíl jr dr rv«pclo: 

Vm\\6 to «(K rt<: 

Y u,. 

(D. Jo*é Joftqufo Oh Mora.) 



CAPÍTULO XXX. 439 

mientras el bueno padece, prospera el malo, y vive alegre y 
se regocija, y con insolente satisfacción se complace en las 
desgracias ajenas. ¡Desventurado de él! Es feliz para su 
daño, no ya allá en el centro de las almas (donde una alta 
justicia castiga al malo, así como premia la virtud), sino 
aun aquí en la tierra. 

El dolor es necesario en el mundo, á quien mejora, con- 
tribuyendo poderosamente al perfeccionamiento moral del 
hombre: hácele más benévolo, más tolerante, más justo. 
Fortalece el ánimo, levanta el entendimiento, afina el in- 
genio é induce al más puro ejercicio de la virtud. Es 
un fuego que, disgregando las impurezas del alma y 
ahuyentando de ella el humo de la vanagloria, la hace 
resplandecer acrisolada, y vigoriza y achestra sus facul- 
tades ^^\ 

Quien, desconociendo ú olvidando los saludables docu- 
mentos con que la rehgión mitiga los pesares, suelta de la 
mano el timón y pierde el rumbo que había de conducirle 



(1) Sublimados por el dolor fueron sin duda el ingenio y el gusto 
de quien dijo: 

En lo adverso, constancia so aorodita. 
¡Oh! ejercite yo siempre el sufrimiento, 
Con frente no marchita ! 
Que los valientes ánimos más deben 
A la acerba ocasiiSn, que á la dichosa; 
Porque en el daño su valor se aumetita, 
Como el estéril campo, que acrecienta 
Su virtud, abrasado 
En incendio sonante y dilatado: 
Su vicio se destierra, 
Y la copia de frutos jiroducida 
Debe más á la llama que á la tierra. 
¡ Oh ! cuánto es infelice quien la vida 
Breve pasa olvidado ! 

Siempre igual, cuando nace y cuando muere, 
Yace en alto silencio sepultado. 

( Francisio de Kioja, Á ¡a constaticia.) 



440 SUPERSTICIONES DEL KÍO DK LA PLATA. 

ú juuTti» st^giim. nie en bni/.os dr la (lesi's|H'raoióii, inons- 
tnio quo prt»:<tamente si» a|>oilera de rl v \v dcsjunlaza las 
entrañas, liariiiuloK' doblt'inontt» dosü:rai*¡ad(). Mas la n- 
8Ígiiaoióii no olííjita á qui', siomlo liondo ó invincdiaMi' v\ 
mal presente, las uatuniles penas ilcl corazón MnaiKjiu'n 
vivas iajínmas lí los ojos^*\ 

El vulgo, en venhul }x>r tradicional iloctrina, alcanza, 
aunque insegura y vagamente, estos saludables documentos. 
A veces los practica; |>ero con mayor frecuencia s(^ aparta 
de ellos. V\\ incidente desgraciado, una grave cnícrnicdad 
cuyo origen ignora y que va consumiendo, a la par (pie 
atormentando, al paciente, le |)onen en confusión. No los 
cun:?i<lcra ya como un castigo ó como una prueba á (jue el 
Supremo .Juez le somete, ni menos los admite como efectos 
de causas naturales. Crevendo, como cree, en la acción dí'l 
diablo, al íüablo atribuirá sus desgracias, ya que no direc- 
tamente en muchos crasos, cuando menos á favor de un he- 
chizo que la mano, la intención ó los ojos de una nuijiT 
maléiicji le endereza, Ix>3 supuestos efectos de un hechizo 
»e di.stinguen eu el Río de la Plata e<>n » 1 nombre paili- 
cular de dduo. 

VA diablo, el malo, desempeña y ha de.-enij)eriado siem- 
pn* en todas partes, entre cristianos e indios, un papel 
iin|M>rt¿inte, principal, en materias (K* heehicería. Kl ba 
hÍíIo, y aun e», su autor, ora mediato, ora innudiato. 1^1 ha 
MÍdo, y aun e«, el coautor, el ¡nspinidor de el «'» la imih'- 



( 1 ) <4ur «I áaimo ooonUnU 

No Mimu au fgnkuómnk 
fio nefgkt tk \íM lualc* BrnUniti'uUj, 
Mm «/(lo ra DO abatirM á mi iHft'tviM. 

(Vnadaoo t\f lU'iJB, Á la eomstantia.) 



CAPÍTULO XXX. 441 

fica^^^ por cuya mano el hombre es víctima del daño. Tal 
vez será propiamente un hechizo, que mediante los conju- 
ros del hechicero produce el mal que se deplora. Otras 
veces se causará el daño con bebidas y hierbas, ó yuyos, 
que el maléfico suministra. 

La doctrina ortodoxa ensena, como todos saben, que los 
males y desgracias suelen venir de lo alto, pudiendo suce- 
der, por tanto, que los males y desgracias que sobrevienen 
á los hombres por arte de hechicería, en que el diablo toma 
ingerencia de un modo esencial, en virtud de pacto expreso 



(1) La Real Academia Española en su Diccionario de la Lengua 
Castellana no registra el nombn^ sustantivo maléfico ( del latín mak- 
ficiís ) en el sentido de hechicero. Pero ha sido nombre muy usado, 
especialmente por los escritores de los siglos decimosexto y décimo- 
séptimo. El P. Bernabé Cobo se expresa así: 

« Con nombre de hechiceros comprehendemos á toda suerte de gente 
que usa de supersticiones y artes ilícitos para obrar cosas extrañas y 
que exceden la facultad luiinana, las cuales alcanzan por invocación 
y ayuda del demonio, en cuyo pacto explícito ó implícito estriba todo 
su poder y ciencia. Los teólogos suelen dividir esta superstición dia- 
bólica en cuatro especies: á la primera llaman arte márjica, y es cuando 
por ella se pretende algún efecto ó conocimiento de cosa maravillosa ; 
á la segunda adivinación, y es cuando se procura el conocimiento de 
las cosas por venir, ó de las presentes y pasadas que no se pueden 
alcanzar luituralmente ; la tercera es con que los propiamente llamados 
hechicei'os ó maléficos procuran ser instruidos y ayudados, no para pro- 
vecho, sino para daño de otros, y ésta se dice maleficio ó hechicería; 
y la cuarta y última es la llamada rana observancia, de la cual, sin 
daño ni perjuicio de nadie, usan los que la profesan, para ser ayudados 
en cosas de su propia utilidad ó deleite. De todas estas cuatro especien 
hubo, entre estos indios (del Perú), hechiceros nuiy diestros y ejerci- 
tados. ■» (Historia del Xitero Mundo por el P. Bernabé Cobo, de la Com- 
pañía de Jesús, publicada por I). Marcos Jiménez de la Espada.) 

« La fuerza de los hechizos de los maléficos y encantadores ( que los hay) 
nos hace ver una cosa por otra.» (Cervantes, Pérsiles ¡j Sigismunda.) 

« Maléfico : el hechicero. > ( Tesoro de la Lengua Castellana por el 
Licenciado D. Sebastián de Covarrubias Orozco. ) 



442 surKRSTh'ioNj:s del río dk i.a ri^vxA. 

6 tarilo que t*on el celebni i'l lurliicení, tcniínii i n ocasio- 
nes el mismo orijíen. Así el brujo y rl luilucero vendrán 
á 8er en nuiltituil ile casos instrumento de la justicia di- 
vina. Tna bruja de Cervantes, la Cañizares, insigne en su 
arte, disi'urriendo teolói^icamentr, distin^uf los nudes de 
daiío de los males de rulpu. Males y dcsí^racias vienen á 
las gentes (individuos ó pueblos), (¿ue juuceden del Allí- 
sinio, 6 de su voluntad pernútente: eidernudades extraor- 
dinarias y muertes rej)entinas, nauiragitKs, elioques, caídas, 
incendios espontáneos (no debidos á la mam» del hombre), 
terremotos, etc. Éstos son los males de ({ano ó de juna. 
Los males de culpa se deben al lionduc, (|ue es, en suma, 
su propio autor. Dios, pues, por nuestros pecados, permite 
á veees que las brujas y hechiceras hagan daño con sus 
artes diabólicjis á las gentes. No pi'rniitiendolo, no lo i)ue- 
den hacer: en tal caso, ellas con sus conjuros y el demonio 
con todo su saber y su artería son del todo en todo impo- 
tentes. En cierta ocjisión la Cafuzares intentó destruir una 
vifia de un su enemigo, y por más «^ue hizo, no lo i)udo 
conseguir; |)orque, como le dijo el demonio, Dios no se lo 
permitía. Ni tocar á una hoja de la viña de su enemigo le 
fué dado en esta ocasión á la Cañizares. Sii perversidad 
era corre«¡)ondiente á su olicio: mataba los niños tiernos 
bautizados, no obstante saber que con la nuierle se iban al 
cielo. Movíale á ello su mala índole; pues ¿al /idt/, como 
dice el refrán, ^u/: se quiebra dos ojos, porque su ene- 
mítjo sr quiebre uno, A<leniá>s de satisfacer esta inquina 
dial/flica, complacíiisc' en <lar pesadund)re á los pa<lres, 
matándoles huh hijos, que es lo cpie más lloran ' '. Kl diablo 

(1) Cóioffttio de loM ffrrroÑ Cipión y ífrryafixa por M. de CatmuíU^h. 



CAPÍTULO XXX. -14:3 

de los indios, en esto, como en todo lo demás, no iba en 
zaga al de los cristianos. Y aun era peor, si cabe. Entre los 
pegiienches, todo el que moría, moría de daño. El hechi- 
cero que lo causaba, moría quemado. Siendo mucha la 
mortandad, sobre todo en niños, y bastando una sospecha 
para condenar al supuesto malhechor, era frecuente, por 
tal causa, el suplicio del fuego entre ellos ^^\ Lo propio 
cabe decir de las demás parcialidades de la Pampa, de la 
Patagonia, de Arauco. El mal, las enfermedades, las des- 
gracias todas, son obra de hueciifii ó gualicho. Huecufú 
ó huecuvú, ó bien gualicho, castellanizada la voz, era el 
autor de todos los males. Causábalos directamente, ó por 
intermedio de sus machíes ó ministros y hechiceros, que 
con él se comunicaban. Eran éstos á la vez los médicos de 
los indios, que los suponían naturalmente capaces de curar 
los males causados por ellos mismos. Si tenían en su mano 
la causa del mal, consiguientemente debían tener su reme- 
dio ó el poder de quitarlo. También huecufú se ensañaba 
con los niños tiernos, como la Cañizares y demás brujas 6 
maléficas del Viejo Mundo. Dábales oñapuc (veneno) di- 
rectamente, ó por medio de sus ministros, á fin de hacer 
derramar lágrimas á los padres, afiigiendo á éstos, por sus 
culpas, con la muerte de sus hijos inocentes. Para el efecto 
se metamorfoseaba de diversas maneras según los casos, 
cumpliendo en ocasiones una misión divina. Disfrazado de 
pobre, por ejemplo, llamaba á la puerta del que faltaba al 
deber sagi'ado de la limosna, y, si se le negaba la que pedía 
ó se le despreciaba de algún modo, en venganza daba oha- 



(1) Descripción de los terrenos de los Andes poseídos por los Pegiien- 
ches por D. Luis de la Cruz, en lii Colección An}^el¡s. V. Cap. \\ y \\ 

90. 



444 SUPERSTICIONES I>K1, liío 1>K I. A II. APA. 

put' á sua tiernos hijuelos. l\>r eso ora niuv arriesgado des- 
|»nHMar ó nej^ar linuísiia al |)o1)re, »|ue inulía ser ¡ntccu/ti 
disfni/iult> ^ * \ Dieho se está (|iu' si aíjinl á (iuion (/iialirho 
quería hacer mal earivía di' hijos, no por eso se lihralia dr 
loe efectos de su saña y j>erversidad hahituales: a él, sin 
que lo sintiera, le hacía t raimar el veneno. Si prefería sus 
hijos, era paní herirle en lo que mas podía dolerlc Los 
mocobíes del Chaco ]>erdieron «1 árhol j>or cuyas ramas 
Hubían al cielo, })(>r haber ne«íad»> limosna á una pobre 
vieja, (jue no era sino el diablo (pie se había disfrazado de 
niendijío, como solía hacerlo el (jualicho ó liuecunl de los 
IwmjMS. La virja se transformó en eai)¡i;uara, y, royendo el 
árlxd, acabó jH>r derribarlo ^-\ 

Satanás y sus scí-uaces aiulan nu^tidos, por anti(piísima 
tradición, en muchas de las supersticiones \ ul*^ares. En las 
de que se va á tratar en adelante íi^íuran con harta fn- 
cufiicia, |>oniendo de resalto en no ¡«ocas ocasiones su in- 
humanidad y su barbarie, llanse introducido á veces en 
líw cueqxM humanos y á veces los han rodeado, por algún 
designio in(»scrutable, ó poi- ti solo gusto de estarlos ator- 
roentaiulo. De ahí los posruos o jiosrídos de los espíritus 
malignos, los endcinoniadoH, y más frecuentemente las cn- 
fU'inoniafloJt^^K De ahí los ohseson, ó sean aquellas pci- 
mmas que, sin tener j»rccisamente los demonios dentro del 



(1) V. Cap. IV, páíf. 42. 

(2) V. Cap. XIV, páíjii. lí)8 y TJÍi. 

f3) Ccrvunií-H pu*^) <•» Ihku <le uiiii cmlniííniiada chIji-h palaliniM: — 
« Mi«» iimoro«o« peii>«iini¡pnloí* non Ioh «Iímiioiiíoh que me ntoriiicntaii. 
Tii-o linmlins porqtic (>i>erf) hartiini. IVro, con IímIo cho, la «Ií-hcoh- 
fianza iü • <Ik'«'Ii <•» Castilla, ti los drsdirh/hios 

MÉ Ujt MU . ■' , '< ln Imm/i II la fttatio.» ( 'ña bajos de 

¡' 'drs y Stguonuiuiíi. ) 



CAPÍTULO XXX. 445 

cuerpo, experimentan los efectos de su presencia inmediata. 
Poseídos j obsesos ha habido en el mundo desde los tiem- 
pos más remotos. 

Repetido número de observaciones, libres de resabios 
mentales, unidas á las enseñanzas de la crítica en la inter- 
pretación de los textos bíbHcos, hicieron patente, á media- 
dos del siglo decimoctavo, á los ojos de los hombres de 
claro entendimiento, que los posesos y obsesos, antes que 
personas atoi'mentadas por el espíritu maligno, eran lisa y 
llanamente unos enfermos sujetos á la acción varia y sin- 
gular de accidentes nerviosos ^ ^ \ Mucho antes, pues, de que 
naciera Charcot había sido expulsado el demonio del cuerpo 
de las posesas, por medios naturales, esto es, sin necesidad 
del superior remedio de los exorcismos. Pero Charcot, en 
los hospitales de París, con sólo una mirada hizo huir pre- 
cipitadamente del cuerpo de las posesas á toda la caterva 
de espíritus que durante tantos siglos han estado atormen- 
tando á la humanidad y en especial al bello sexo. 

El vulgo, sin embargo, asombrado á la vista de una mu- 
jer acometida de violentos ataques liistericos que la des- 
figuran é impulsan á acciones inusitadas, ha continuado 
sospechando ver en ella las contorsiones y maniobras del 
demonio introducido en su cuerpo para atormentarla, sin 
perjuicio de rodearla, con el })ropio intento, otra multitud 
de espíritus inmundos. Penetrado el vulgar criterio de esta 
idea, cuando ocurre un caso análogo, en vez de acudir á un 
médico, recurre á las patrañas que la tradicional medicina 
supersticiosa recomienda como apropiadas y eficaces para 



(1) La Marjie et VAstrologie dans V Antiquité et au Moycii Agcpov 
L.-F. Alfred Maury. 



44G srPKKsTicioNKs dkl líio Di: i.a plata. 

ÜlHTtar a la luisiTahlf víctima tlt» los íDniu'ntos (|U(' pa- 
dece. I-#as fuinigac-iones dr la clasica ruda son iiiíalibles 
en casos tales. Ceremonias, v rezos v santi^iriiaderas cons- 
tituyen el fondo de la curación sobrenatural con que se 
remeilia un mal de índole semejante. Kl curandero (que 
lo es cualquiera (jue esta en el secreto) viene á ser hmI y 
venladeramente un exorcista populin*, sin más títul(> u¡ 
consíigración que los que le conlienii la cnduliilad é ¡guo- 
nincia de sus oyentes y espectadores. 

Por el año 1894 tuvo suspenso y aliíorotado á todo un 
vecindario, en un paraje del Uruguay ( Salto, costa del 1 )a¡- 
mán ), cierta nmchacha mestiza, aun no desarrollada, (pie, 
habiendo adolecido sin causa aparente, enq)e//> á ejecutar 
acciones extrañas y ;í ser víctima de accidentes no menos 
raros ; lo que dio lugar á (pie sus parientes y vecinos viesen 
en su imaginación asombrada cosas estuju'udas. lleaípií 
aiáles. De re|)ente conienza))a á gritar la [»aciente, cla- 
mando ípie la llevaban. Estirábase, y, tiesa, j)arecía que la 
arrastraban de las pierna.s, escurrí (endose del asiento. Un 
hombre forzudo no era poderoso ii sujetarla. Se retorcía, y 
gemía y lloraba. Insultaba soezmente á los (pie le dirigían 
hi ¡>alabra ó la miniban con detención. Se arañaba, ha- 
ciendo (Twr que no era ella, sino otro ser invisible quien 
le clavaba las uñas. Cíolpeaba con recios golpes las j)uertjis 
y ventanas, jmreíles y muebles de la casa, sin (pie nin- 
guno fuesí* ca|raz de saber (piién los daba. Chistaba y daba 
HÍlbidos, que parecían scjnar en el techo del cuarto en (jue 
eaUi\m. En el patio, en pleno día ó bien de noche, tiralia 
p¡e«lniH Cí>n tal habilidad, (pie venían á caer en la misma 
comí de donde salían, sin (pie nadie sospechase de (jU(' part(? 
las arrojaban. Añadían los esjHjctíidori^H (¿ue, cuando le daba 



CAPÍTULO XXX. 447 

el ataque, solía ponerse en mo\imiento todo lo que había 
en el cuarto. Se levantaba, como impelida del viento, la 
ropa, desprendiéndose de las perchas y volando. Levan- 
tábanse del mismo modo las tapas de las cajas. Las puer- 
tas zafábanse de las bisagras y, caminando, iban á recos- 
tarse á una pared. Rodaban las camas de hierro. Un facón 
(cuchillo largo de punta), de cabo de plata, y un poncho, 
colocados á los pies de una cama, se dirigieron horizontal- 
mente por el aire, despacio, hacia donde se hallaba la mu- 
chacha, junto á la cabecera, en brazos de un hombre an- 
ciano que la estaba sujetando. Decían que la paciente, 
antes de ponerse en ese estado, no hablaba sino portugués, 
como que hacía poco que llegara del Brasil (Río Grande 
del Sur ), donde era nacida ; pero que, desde que le dieron 
los ataques, se expi'esaba corrientemente en castellano, como 
si hubiera nacido en la tierra, sin que ni en el acento se 
distinguiera de los hijos del país, fenómeno que desapare- 
ció al recobrar el uso normal de sus facultades. Al propio 
tiempo mostraba suma lucidez de entendimiento y notable 
perspicacia. 

Con brebajes y conjuros y fumigaciones de ruda proba- 
ron á expeler y ahuyentar del cuerpo é inmediaciones de 
la paciente los espíritus de que indudablemente estaba po- 
seída y cercada. Clama, hija (le decían ) : — Dios conuiígo, 
y el diablo al infierno. Y la endemoniada respondía: — El 
diablo conmigo, y Dios d la p . . . . ^^^YX exorcista popu- 
lar que la asistía, viéndola tan pertinaz, le dio de mojico- 



(1) Expresión muy frecuente en boca del vulg:o del Río de la Plata, 
la que usa, ora en su sentido natural á fuer de insulto, ora en son 
de alabanza, como queda indicado en la nota de la pá^. 291. 



448 srPKRSTIClÜNES DEL HÍO DE LA TLAIA. 

nee, wn los qiu» la ayiulalm t'ristianainento á vencer á Sa- 
tanás: «yuilii i\ue jK)r el pronto tlió alu;rni resultado; pues 
va liesei'haba al iU*nionio y í^o acOi::ía al Creador, v no hacía 
tantas extravainuieias. Pero volvió á exacerbarse el mal. 
Volvieron, jH>r ende, al Inupieteo de los coiijin*os, etc., y la 
infeliz jxirecía enloqueeei'se : prendida dr una vieja, cu- 
bríase el rostro, como aterrada, con las manos 6 con un 
piho, y con jK?netnintes gemidos manifestaba sn malestar 
y 8U espanto. A la postre, por consejo de ])ersonas sensa- 
tas, acudieron á un medico, y cu jhm'o ticnijK) de asistencia 
qiiwló sana y buena la muchacha. 

Es de notar que los individuos (pie creyeron ver (y eran 
inuebos ) las cosas im|K)sibles de (pie se ha hecho referen- 
cia, tan semejantes á los fenómenos que ofrecen el mau;ne- 
tismo y el espiritismo, ni siquiera conocían el significado 
de estas voces, ni acaso las oyeron pronunciar vn su vida. 
Eran gente destituida de todo genero de cultura, ignorantí- 
sima, que ni sabía leer, sencilla y honrada, como los aldea- 
nos que .se presentaron á San Macario con la (pie imagina- 
ron yegua, siendo su propia hijiu < Eso que decís, les dijo 
el «into, no está en la doncella, sino en vuestros ojo8^'\» 

La casa en cpie vivía la su])Uesta energómena, ya de nni- 
clio antes, sc^íin contaban los vecinos, t(»nía algo de inistc- 
río80, que la hacía mirar con nícelo. Era una casa repetidas 
vea'H castigada con aparic¡on(»s, con fantasma.s, con voces 
pavorosas, cfm aves fatídicos, con luces que vagaban solita- 
rias, con niidoH subterráneos y otras cxwas jx)r el estilo. iOra, 
en suma, lo que llaman comúnmente una casa aMomhrfuhi ^'\ 



(1) VkmCmp. XXXVI 
(2; VéMc Cnp. XXXI. 



CAPITULO XXX. 449 

Digamos, pues, algo de la historia del espíritu inmundo, 
aunque para todo buen cristiano es cosa bien conocida. Di- 
gamos algo de el, ya que de él no podemos desprendernos 
mi solo instante de la vida, pues siempre nos sigue los 
pasos, siempre nos está provocando, y tentando y morti- 
ficando. Todos saben perfectamente que el diablo anda 
suelto. ¿ Quién ignora, por otra parte, que hasta detrás de 
la cruz está el diablo f 

Creado el universo, Luzbel ó Lucifer, príncipe de los 
ángeles rebeldes, quiso obrar por virtud propia efectos se- 
mejantes á los que emanaban de la soberana voluntad om- 
nipotente. Muchedumbre de es2:)íritus celestes, cuyo mi- 
nisterio era servir á su Hacedor, envidiaron también sus 
obras. Llamóles Lucifer : acudieron, proclamólos, y, capita- 
neándolos, trabó reñida batalla con los ángeles buenos, 
fieles. 

San Miguel, arcángel, acaudilló á los ángeles buenos, y 
derribó del cielo al rebelde y sus secuaces. Es el jefe de la 
milicia celestial, y represéntasele hollando bajo sus plantas 
al demonio, simbolizado comúinnente en un dragón ^^\ Lu- 
cifer, Luzbel ó Satanás (diversos nombres de un mismo 
individuo), es hoy el príncipe del mundo, expresión con 
que se alude al espíritu de los hombres viciosos y malva- 
dos que lo pervierten. 



(1) Do Lucifer, vencido por el arcángel San Mij^uol, dice líarto- 
lomé Leonardo do Argensola : 

o fiieso la desgracia de su estado, 
ó pensar que con fraudes libraría 
8u causa del peligro conocido, 
Súbito, de sus artos ayudado, 
En un drajííSn horrible transformado, 
Sill)ando se rt>tira impetuoso. 



450 8l'PERiíTICIONKS DKL RÍO DE LA PLATA. 

I^)S ángeles nmlos arrojados al ahisino constituye*!! el 
diablo. Son esos dt'tnonios (jne nos peisi^nen con enemis- 
tad y oilio inextinguible, liilinito ninnero de espíritus ma- 
lignos qucnlaron en el aire, sin dejar |)or eso de sufrir la 
|vna del fuego eterno á qiu* fuiTon condenados. Moran 
eiitn» nosotros. Tan crecido es su munero, que si los eom- 
j^inWnios con los microhio.^ que tantas molestias, i'ufer- 
inetlades y muertes nos ocasionan, todavía nos quedaríamos 
a^rtos, C4>nio si esto fuera poco, aun los (pie están en el 
iiiüoruo, a veces, por disju^sicion divina, salen de el ( cuyos 
tormentos í*ontiníian, no obstante, sufriendo ), con el per- 
verso designio de tentai-nos de la propia manera que los 
que permanecen en el aire. Tiéntannos con sugestiones, 
aliora interiormente, ahora por uicmÜí^ de los objetos exter- 
nos, L#os demonios que nos tientan, salen de las bocas del 
infierno, chorno los microbios (pie nos infestan con el cí'ilera 
ai<iátieo y la fiebre amarilla, de las del ( íangesy del Misisipí. 

Con el propio designi«> base visto á Satanás hacer cosas 
maravillosa.^ <pie asoml>ran á la v(»z (pie em])aucaii á la 
gente». El ha sido el inventor y ordenador de los artificios 
del brujo y del hechicero, de los portentos «I»' la magia, de 
loí* encantos y adivinaciones, de las nuKpiinaciones de los 
duendes (que con ruido de muebles, silbidos y voces extra- 
Raa allxirotan á los habitantes de una ca.sa), de las apari- 
Honeí*, fantasmas, etc. Autorizados escritores de la Iglesia 
:an que muchos de los feuí'imenos del magnetismo ani- 
mal, muchoH fenómenos del espiritisme» y de hij)notismo, 
son obra, kí no rad y verdaderamente demostraljle, cuando 
menoH po«ib^" ''••] í-r^píritu de las tinieblas '*\ así c(uno en 

M; LI 1'. .]. .1. Tmiiro, /^ ^^jtttUmmr, tnul. n\ fr. i>or .\. Oiitliiir. 



CAPITULO XXX. 451 

otro tiempo tampoco cabía duda en que lo fueran las liis- 
téricas ó posesas. Eso, para diablura, parece demasiado. A 
su acción maléfica (por eso es el malo) está expuesto á 
cada paso el hombre. Cede este en ocasiones, maquinalmente 
ó sin oponer resistencia, á las pérfidas sugestiones del de- 
monio. Pero a veces celebra con él un pacto expreso, fir- 
mándole cédula en que le vende el alma, con tal que le 
ayude y proteja en sus pretensiones, que ordinariamente 
versan ( como cosa de picaros ) sobre lances de amor y 
fortuna. El pacto tácito es mía mera inteligencia y con- 
formidad entre las pretensiones ilícitas del uno y la 
ayuda insidiosa del otro. De estos pactos, y en especial 
del pacto expreso, nacen los hechiceros, adivinos, l}rujOS, 
encantadores, magos, invocadores todos del espíritu in- 
mundo. 

Los demonios, merced á su condición angélica, que no 
han perdido con la caída, conocen por intuición la verdad 
natural de las cosas, se trasladan instantáneamente de una 
parte á otra, por apartadas que estén, ejecutan sus desig- 
nios sin tropezar con las dificultades que se oponen regu- 
larmente á los del hombre, valiéndose de medios extraor- 
dinarios é imprevistos. Su actividad y la eficacia de sus 
voliciones están en perfecta consonancia con su facultad 
intelectiva, que es incompara1)le. Lo es tanto, que Fulton, 
Edison, Charcot, Pasteur, al lado del espíritu de las tinie- 
blas, son unos niños de teta. 

El dia])lo, según doctrinas heterodoxas, carece de perso- 
nalidad. No es sino una idea negativa, lo opuesto al ser 
positivo (la divinidad). Dios es la luz y la verdad, el or- 
den y la armonía ; el diablo lo contrario de todo esto y de 
las cosas que de ello se derivan. El diablo representa el no 



452 srpERSTirioNEs del río de la ru\TA. 

jkt; iKH'ión á i\\\v ropuiíiia toila idea de iiulividiialidad. 
Dtuuli* m> (vtit el ivino de Dios, viono i1 <|U(Hlar el del dia- 
l)ln. IVrsonilieaiido A lioiid)re este jn'iiieipio dil no arr, 
dale el ejinícter de inteligeneia destnietora. De ahí la lueluí 
entre la vida v la muerte, el Mcii v el nial, la luz v las ti- 
nieblas, en suma, entre el srr y el no .sv/*. VA leí^ítimo sa- 
ei»nloie del diablo en la tii-rra, es el iiiati rialista, el ati^», 
¡uira quien las fuerzas espirituales no son otra eosa ijue ti 
resultado ile una debilidatl eerehral, que eonduee al misti- 
eismo ^ . 

liase indieado ya ( y á cada paso, en un estudio de esta 
naturaleza, se ofrece la ocasión de r('|)etirl() ) ([ue la fanta- 
sía humana, en todas las reu;iones del globo, puebla con 
unos mismos elementos y de unos mismos seres ideales el 
mundo de las ilusiones, los espacios imaginarios, el teatro 
de la vida en toilo su curso, en todos sus movimientos v 
accidentes, desde la cuna al sepulcro. Portugueses y espa- 
ñoles, esto es, los heroicos navegantes que abrieron nuevas 
S4*ndas á los descubrimientos \K>r mar en toda la redondez 
de la tierra, tuvieron luego re} metidas ocasiones de recono- 
cía y comprobar la admirable semejanza de creencias y 
ritos de los pueblos más distantes enti e sí y desconocidos los 
unos de Ioh otros. Esta semejanza, por lo regular, era tan 
coniph'ta en sus formas principales y liasta en sus ]>orme- 
non», que forzaba el ánimo á creer ó á presumir que en 
tiein|ios anteriores, más ó menos remolos, hubiese habido, 
no ya una mera comunicación, sino una rom penetrar ion 
de idi-as, de wntimi(»nto8 y de costund)res entre unas y 
Otrai) gente». I^as cre<*ncias del Nuevo Mundo, respecto de 

( \ > Pnpií», /> Pinf/ir rt VOecuUinme. 



CAPÍTULO XXX. 453 

las del Viejo, pueden compararse a las caprichosas figuras 
de una tela mirada por el revés. La religión y sus ritos, las 
supersticiones, los embustes de la hechicería, las preten- 
siones Y cabalas de la magia que conociera el Viejo Mundo, 
constituyen el derecho de la tela, y forman su revés las 
mismas cosas que toscamente dispuestas y acondicionadas 
se hallaron en el Nuevo al tiempo de su conquista. Por lo 
que toca á la religión revelada, historiadores y teólogos 
convinieron en atribuir la coincidencia á industria del de- 
monio, que, remedando las obras de Dios é iludiendo á las 
gentes privadas de la luz del Evangelio, se esfuerza por 
dominarlas y ser de ellas reverenciado ^^l Quiso Luzbel y 
quisieron sus secuaces aparecer en el Nuevo Mundo, en 
todo y por todo, tales cuales eran en el Viejo, y con la pro- 
pia similitud dar vida y forma á un sinnúmero de super- 
cherías. 

El diablo de los indios, con efecto, en punto á sabiduría, 
industria y cualidades estéticas, nada tiene que envidiar al 
de los cristianos. Es tan sabio como picaro, y tan picaro 
como feo. El propio origen es idéntico en entrambos: el 
del indio, como el del cristiano, pecaminoso: dañado fruto 
de la soberbia y rebeldía. Los historiadores todos de la 
conquista, cuya mayor parte eran teólogos, reconocieron en 
el dios más venerado y temido de los indígenas del Nuevo 
Mundo al mismo diablo que conocían en Europa. El zii- 
pay, ó zopay de los indios del Perú es Lucifer en pinta. 
Illa Tecce Viracocha, la luz eterna y gran dios de los 
peruanos, tenía comunicada su divinidad y potencia á di- 



(1) YA P. José Acosta, Historia Natural y Moral ilc las Indioji; 
Fr. Juan (lo Torqueniada, Polifira India)m ; etc. 



454 SUPERSTICIONES DEL RÍO DE LA PI AlA. 

versjis criaturas, que dclu'aii obrar rosjHvtivnnu'nte sojíun 
8U |virlii'ular virtutl y oürio: aa)ni|>:in;ílKmK\ y por lo ge- 
nenil, testaban en il eielo. Unos eran consejeros, y otros 
luenunente servidoivs de su creador. Illa Tvccc Viracocha 
era ¡ttvmbÍt\ é invisibles, por ende, balu'an de ser, y eran, 
sus criailos 6 servidores. Entre los criados (pu' tenía, unos 
IuiIk) que j>ernianmeron leales y sumisos a sn creador 
(ángeles buenos), á quienes los peruanos llamaron liua- 
minea, y otros, |>or el contrario, prevaricaron y se lucieron 
traidores y enemigos (ángeles malos). A estos llamaron 
zupai/es ó zopaycs (demonios). Zupat/ propiamente siu;- 
iiiíica adversarlo maliijno. Adoraron los indios del Perú á 
los huamineas. A zupaij nunca le rindieron adoración. 
Pero zupay inventó nunlios y maneras con (pie fuera ado- 
rado '*'. El ecmi (y |K)r su estilo los demás demonios in- 
iias) de los indios de Santo Domingo era tan Ico y 
«•simntable como suele pintarse al demonio á los pies del 
arrángel San Miguel 6 del apóstol San P>artolome. Reve- 
rencial »anle en lugares obscuros, á donde entraban á pedir 
que los s(K*orriese en sus necesidades, que les diese agua 
¡Kini los cjun|>os y bere<lamientos, y buenas coseclias, y la 
victoria contra sus enemigos. Los boh'Hjues ó hrhiques 
( sacenlotes, ó adivinos y magos) resj)ondían á las consultas 
que les hacían. Era el diablo (piien, por intermedio de 
elloft, halilal)a: eomo as aniiyuo a^irólof/o, decíales el día 
que había de llover ti otras cosas de las que la natura 



1 / (an/iiiima) de Um Costil mhrrs Antif/uaH de Iom yntu- 

rnlft dfi í'tru, i'fi ' ' • Trr/í IfrlarioncM dr Auti<i''^di¡drs Peruanas 

|HibIi- "I !• í-.r .1 \\ . di- Fomi-nto ( .Miulr¡<l, IsTli). KI Jiulor de 

Im y.' .1 f>ni jertiiítA, iK';;ún rebulla dir hu contenido y le 

t¥Áñ i>. MnT'tf .iim^-ijcz de lu KHjtadii. 



CAPÍTULO XXX. 455 

tiene por oficio '-^l Huecuvú, nombre que dan al diablo, 
llamado también hualichuy los indios de la Pampa y de 
parte de la Patagonia, así como los de Arauco, significa el 
vagador. Creen los indios que anda vagando por el mundo 
un infinito número de demonios, autores de todos los ma- 
les, así de aquellos que reciben en sus personas, como de 
los que mortifican á los animales ^-^ 

En realidad de verdad todo esto es cosa de mandinga. 
Jlandinga es duende ó diablillo que, masque en el campo, 
habita en las ciudades ^^l Esta singularidad procede, no 
precisamente de que prefiera mandinga la vida ciudadana 
á la del campo; sino de haber pasado á las Indias en bar- 



(1) Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Xafural 
de las Indias. «Y no he hallado en esta generación cosa entrellos 
más antiguamente pintada ni esculpida ó de relieve entallada, ni tan 
principalmente acatada é reverenciada, como la figura abominable 
é descomulgada del demonio, en muchas é diversas maneras pintado ó 
esculpido, ó de bulto con muchas cabezas é colas é disformes y es- 
pantables é caninas é feroces dentaduras, con grandes colmillos, é 
desmesuradas orejas, con encendidos ojos de dragón é feroz serpiente, 
é de mu}' diferenciadas suertes, y tales que la menos espantable pone 
nmcho temor y admiración.» (El mismo, en la obra citada.) 

(2) Descrijjción de la Patagonia y de las partes adyacentes por To- 
más Falkner, en la Colección de Obras y Documentos para la Historia 
del Rio de la Plata por D. Pedro de Angelis. Véanse los Cap. IV y V. 

(3) Los duendes son unos diablillos revoltosos y chacoteros, que 
molestan y dan sustos á la gente. El P. Fuente de la Peña en el Ente 
Dilucidado sostiene, con la debida seriedad, que los duendes no son 
ángeles buenos, ni ángeles malos, ni almas separadas de los cuerpos ; 
sino cierta especie de animales aéreos engendrados por la putrefacción 
y los vapores corrompidos que inficionan la atmósfera. Los verdade- 
ros duendes son los de carne y hueso. ¡ Cuántos hurtos y cuántas agre- 
siones al honor de las familias se han cometido con la capa de duen- 
des! «La comedia de La dania duende, decía Feijoo, se representa más 
veces que se piensa; porque hay nuichas damas que son duendes, como 
también muchos que se hacen duendes, por las damas. » ( Teatro Cri- 
tico Universal.) 



456 S^PER^TICIOXKS DKL KÚ) DK LA TLATA. 

eos nejrren>s, cuyos tripulaiitos i|iUHlaluin, |u>r lo ivi^ular, ;í 
fuer ilr i'sclavo.s on los centros populosos. Mdudinr/a, i\m 
tal (le no separarse ile una oonijuiñía i[\w auiujue liiuniKle 
y aimtiila le tniía constantemente á la inrinoria los africa- 
nos lares, n\n\ vez salía al campo. De ahí (pie se le halle 
injís en ricos y elegantes salones, (jue hajo el techo pajizo 
del camj)esino. Salta á los ojos que el uso de este termino 
mandinga, que á veces se aplica en sentido de encantamiento, 
no n»sjH)nde á una creencia supersticiosa. Es un trnnim» 
familiar, que regularmente usan las madres para rej)render 
carifiosa mente á sus hijos y en otnis ocasiones. — « A¿ que 
luvic^e^ mandinya en el cuerpo; que siempre has de andar 
con el vestido desarreglado. — No puedo dar con las llaves, 
p»r más que revuelvo y las husco. ¡Parece cosa de nuin- 
dinga!— ¡ E}< cosa de nmnd'uKja! Todo me ha <le salir al 
revés.— Me lleva mandinga, cuando tal cosa veo ú oigo.» 
Tales son los modos más comunes de usar el término man- 
dinga familiarmente, dentro de casa. 

Por gracia fué tomado, sin duda, el nond)re.de mandinga, 
de 1mx*íi <le los negros africanos, que tuvieron de esclavos 
la.H familias de América, desde la época colonial, hasta poco 
deí*pués de la indeiKíndencia. En los desiertos del África 
hal)ita, como es sabido, una casta de negros, de color de 
azidiache, de labios abultados y de cortos y ensortijados ca- 
U'lIoH. Eaíüh negros tienen el nond)re de mandingas. 

Lo« magos, encantadores y hei'hiceros guaraníes tenían 
trato familiar cíjn el demonio, que entre espantoso ruido y 
<'onfusión de elementos se les aparecía en figura de un ne- 
grillo * . Actualmente llama (^1 vulgo negros del agua {ilAtí 

( 1 ; L/zZiiiio, llijit. (U ¡a Conquuit. del Paray.^ Ilio de la Vlat. jj Turum. 



CAPÍTULO XXX. 457 

visiones que desde el fondo de los arroyos, ríos, lagos y la- 
gunas, se ofrecen á su imaginación, nadando, zabulléndose, 
ó corriendo por las orillas, en figura humana y de color de 
azabache. 

La representación, pues, del diablo en figura de negro, 
además de estar en consonancia con la imagen que el cris- 
tianismo se formara del monstruo de la soberbia y rebel- 
día, espantoso en todo sentido, tiene en el Río de la Plata 
su precedente en las tradiciones indígenas. Por lo demás 
cada raza se considera dotada de las mejores cualidades 
físicas y morales que distinguen á la especie humana '^\ Los 
indios salvajes, en constante y cruda guerra con el cris- 
tiano, miraron en el hombre blanco al mismo demonio ^■^. 
En Calicut, antiguo, rico y famoso emporio del Oriente, 
adoraban al demonio representado en una figura de bronce 
de horrible aspecto, á quien ofrecían en sacrificio la sangre 
de un gallo. Como que los aborígenes de Calicut son de 
color ])azo ó pardo oscuro, pintaban negros á sus dioses y 
blanco al diablo ^^\ 

¿Que mucho, por tanto, que en el Eío déla Plata tomen 
familiarmente por tipo del diablo en sus ocupaciones de 
duende á los renegridos mandingas del África? Es de su- 
poner que no sólo en America (pues parece general en ella 
el uso de la voz mandinga en el sentido indicado), sino 



(1) Pinta el blanco, nogro al diablo; 
Y el nogro, blanco le pinta. 

( f^l QaúcliO Martin Fierro por D. José Hernández.) 

(2) V. Cap. Vil, pá-s. 71 y 75. 

(3) Compendio de las Historias de los Descubrimientos, Conquis- 
tas y Guen-as de la India Oriental y sus islas por I). José ^lartíiiez 
de lii Puente. Madrid, IGSl. 



458 SUPKRiíTIClONES DKL KÍO DK LA TLATA. 

t¡iinl»¡iii on las islas Filipinas y otnis regiones coloni/.aihis 
|H.>r es|mi^oles y jK>rtui;ui'sos, ande mamliiuja liaeiendo tra- 
Vi-sunis en las cjisas de familia. 

Maiuliníja, en resnniidas enentas, jurienrei' á la ralea 
de los duendes: nn duende afrieano, criollo en Aniériía. 



CAPÍTULO XXXL 

Demonios, apariciones, fantasmas, etc. 



Sumario. — Lugares asombrados. — Lugares bravos. — Desencanto del 
paso Bravo de San José de Feliciano. — Casas molestadas por 
demonios 5' por almas del otro mundo: en la antigüedad; en los 
tiempos modernos. — Entierros y tapados. — Opiniones de juristas. 
— Piedras tiradas por mano invisible. — Apariciones : su objeto. — 
Fenómenos psíquicos y psico- físicos. — Disposición de la pobla- 
ción castiza rioplatense para los cuentos y leyendas de la mayor 
idealidad. — El ángel de la guarda: leyenda. — Almas en pena ó 
del otro mundo. — Liix^ mala. — F.\ malo. — Fuego de San Telmo, 
6 poder de las puntas. — Agua mala. — Concepto vulgar déla lux, 
mala. — Fuegos fatuos. — El argüid una de Cataluña, ó juego de 
los muertos. — La danza macabra ó de los muertos, — Compadres 
y comadres pagando, después de muertos, la violación del sacra- 
mento. — Ruidos extraños, nocturnos. — Quién muere como u)i 
perro. — Fantasmas. — Almas separadas de los cuerpos. — Doctri- 
na espiritista. — Doctrinas de la magia. — Cem'ies y hupiacs de las 
Antillas. — ^lejicanos y peruanos. — Angucraes y mbaes de los 
guaraníes. — Indios en general. — Ofrendas culinarias en los se- 
pulcros: entre gentiles; entre cristianos. — Los nuiertos comiendo 
•d dos carrillos. — Doctrina do la Iglesia. 



Un sitio asombrado es el teatro ele todas las travesuras 
y á veces maldades que por uiedios extraños v espantables 
puede ejecutar el demonio. Las alma-^ del afro mundo 
asombran también las casas y otros lugares. Se espanta ó 
asombra la gente con los ruidos, voces y visiones con (jue 

31. 



460 srPKRSTIl lONKS DKL RÍO DE I^ PIATA. 

los demonios 6 almas rn pena se nuinirustan: y (K- alií il 
nonihre i\\\v ref¡l>o el lugíir ni (|ue ocuirt'n. Así como hay 
casas (que son nuiehns vn v\ Río de la Plata) (laomhradait, 
hay tanilúeii vatios 6 paso.^, lai^iinas, niiiias ó /aj)rra,'< y 
hasta árl»oles asouihra<fos, ¿(Juit'n pasa tK noelie, sin re- 
celo, sin tt'inor, sin espanto a veees, por lui vado óy>/Vr7í/rt, 
por entre jÚinIhis y ai^uas y árboles asomhraffos/ ¿(¿uii'n 
\n\ á vivir, nitle halde en ocasiones, á una casa asomhradaf 
Un viejo osiserón raro será (pu' no este asombrado. Casa 
{ret'uenteniente desalquilada, casa asombrada. 

Por el estiK) de las casas asombradas, son algiinos de 
los lugares bravos que lia habido y aun se hallan en el Ivío 
de la Plata. En particular los lugares Iwavos enciernin al- 
gún enwinto, albergando ordinariamente, bajo temible cus- 
todia, tesoros ocultos^ '^ Va\ \\\\ concepto más general, es 
bravo todo objeto que maniliesta |»()r medios maléficos y 
aterra<lores, ó, cuando menos, singulares y misteriosos, la 
vida ó fuer/a que lo informa. Son, en uno y otro concepto, 
y se reputan y llaman />/-aro^, los cerros y serranías (pie de 
tarde en tarde se estremecen y braman, bravas las lagunas 
que se anx)roUni y hierven á la presencia de uii ser hu- 
mano, bravos los árboles cuya proximidad causa una en- 
fennedad o la muerte, como suee<le con la arurra^'\ bra- 
vos los pasos (vados) (pie se tragan á la gente. 

Hace una veintena de años era general la creencia entre 
el vulgo cam¡K»s¡no de las provincias argentinas de Kntrií 
Kíos y Corrientes que el puso Uravo de San José de Fe- 
liciano (arroyo caudaloso) se tnigaba á los transeiuites. 



1) XhiM; Cap. XI. 
(2) \huie Cap. XVII. 



CAPÍTULO XXXI. 461 

¿Quién se atrevía á pasarlo de noche? ¡Cuántos no pere- 
cieron en él! Pocos eran los que, habiéndolo pasado de 
noche, contaban el cuento. El paso Bravo de San José de 
Feliciano se tragaba, con efecto, sobre todo de noche, al 
atrevido viandante que intentaba vadearlo. Hundíale en 
un abismo algún genio maléfico que habitaba debajo de 
sus aguas. ¡Cuántas y cuántas víctimas de su ferocidad 
no lloraron las madres, esposas é liijos! El encanto, em- 
pero, del paso Bravo no había de ser eterno. 

Corre el San José de Feliciano por entre el coloso de 
los bosques á que llaman monte de Montiel, que, abar- 
cando una parte considerable de Entre Kíos, se interna en 
Corrientes. No lejos del paso Bravo, por el que forzosa- 
mente han de encammarse los transeúntes, están, como 
acechando, desde el lado de Corrientes, unos ñeros mate- 
zales, de que huye el hombre con espanto. Tenía en ellos 
su apostadero y guarida una gavilla de malhechores, que 
asaltaban, robaban y mataban á todo transeúnte. Escon- 
dían las víctimas entre los matorrales y zanjones, con toda 
precaución, á fin de que no quedase rastro de sus críme- 
nes. Mil veces impunes, confiaron demasiado, 6 bien, como 
suele decirse, les llegó su hora. Sospechas primero, y se- 
ñales visibles más tarde, indicaron el lugar en que el mons- 
truo fantástico se albergaba. Deshecho el encanto, apare- 
cieron los malévolos. Perseguidos á muerte, unos perecie- 
ron en la refriega, y otros desaparecieron espantados hu- 
yendo de su pro})ia sombra. Desde entonces el paso Bravo 
de San José de Feliciano dejo de tragarse á los transeúntes. 

Casas molestadas por demonios y })or almas del otro 
mundo, hul)olas en la antiii'üedad v en la edad media v la 
moderna, como en el día de hoy. Los mismos ruidos, los 



462 surKRSTicioNí:s dkl kío i>k la tlaia. 

inisinos clamónos, las mismas apariciones. Ihihín en Koina 
casas que nadie se atrevía á oeiipar, á cmusm de los taii- 
Uismas, millos, ete., que veían y sentían cu illas los ojos 
del ery^íuito. Combatida ilc ilusiones, y \nn' ello al)aiul«>- 
nada, estaba la easa que Dacio, obispo de Milán, ocupó 
eu Corinto, y si pudo vivir en ella, j^raeias á ipie, eon pa- 
labnis divinas, expulsó de allí al demonio. Con }>alal)ras 
magiais expulsóle asimismo Ai'i«;noto, segiui Luciano, de 
una wisii iidiabitable por causa idéntica, M|>ai*eciendo des- 
pués el Cíuliíver de un hombre en d propio ln,u;ar. Sepnl tó- 
bele, y de entonces más la e-iisa i)ndo ser habitada sin te- 
mor de espantajos'^ . ¿Era el diablo? ó era el alma, (pie 
estaba |K*iiando, del insepidto! Plinio cuenta ijueen Atenas 
luibía ima CJisa nuiy <]:randc, en la (pie durante la noclie 
atemorizaba á sus haiiitadores ((pie acabaron |)or aban- 
donarla) con ruidos de hierros y de cadenas y con golpes 
un viejo flaco y asípieroso de eal)ello y barba horribles. 
Arrendóla Atenodoro, íihVsofo, (pie, sabiendo lo (piei)asaba, 
qu¡8o habérselas con la fantasma. A[)areció ésta en la so- 
Iwlad y silencio de la noche, y, 8Í;;u¡éndola Atenodoro, des- 
apareció. Señaló Atenodoro el sitio en <pie desapareciera 
la fantasma. Al día siguiente hizo cavar en el jiunto seña- 
lado, y Imllaron debajo de tierra, entre grillos y ciidenas, 
los restos de un cadáver. Recogidos y sepultados, quedó 
libre en adelante la casa de esjKíCtros y de ruidos terrorí- 
fiüoa "^ En el Kío de la Platíi las casas de tal modo asoni- 
bradojt arguyen la existencia de tesoros escondidos ó en- 



1 /. V - y loM iMmofiioM por Fray Juan Nydcr (f\- 

"^ ^ '■ wlii'. |M>r I), .JohÓ >íaríii Moiiloto. ( ¡{ihliot. de 

'/. |Hir I). Aiit M;nli:i(ln V Alvanz. ) 
(2) Ohrn riuidji de Nydfr. 



CAPÍTULO XXXI. 463 

tierros. El desasosiego de las almas que penan por causa 
del entierro ó tapado, cesa tan luego como, descubierto el 
tesoro, manda el hallador que digan unas misas por el 
difunto ^^^ 

Los juristas, en los comienzos de la época moderna, se 
vieron forzados á discurrir (en la necesidad de establecer 
una doctrina para la decisión de los casos que se presen- 
taban ) sobre la responsabilidad de los inquilinos que, por 
causa de ilusiones y tumultos fantásticos que de noche y 
aun de día los inquietaran, dejaban las casas que tenían 
arrendadas, antes del plazo señalado para la terminación 
del arriendo. La opinión de los juristas más autorizados 
inclinóse á favor de los inquilinos ^""l 

El tirar de las piedras por mano invisible es cosa harto 
frecuente en el Río de la Plata. Después de nuichas sospe- 
chas erradas, de nuichos sobresaltos y de muchas pesqui- 
sas, en que interviene la autoridad á llamado del dueño de 
casa, resulta casi siempre que una nmchacha, una sirvien- 
tita, una negi^illa, se entretenía en tirar las piedras con pas- 
mosa zorrería y habilidad. Plañía es ésta muy generalizada 
en chicos y grandes, aunque por lo regular son muchachas 
de doce ó trece años los duendes tiradores de piedras que 
turban el sosiego de las familias. 

Las apariciones se verifican de noche ó de día, ahora 
presentando la propia figura del cuerpo que el alma sepa- 
rada tuvo en vida, ahora por medio de la voz natural del 
difunto, con (jue le conocieron y le reconocerán las per- 
sonas á quienes se dirige. La persona á quien se presentan, 



(1) Véaí^e Cap. XII. 

(2) ^[ontoto en las adic. :i la ol)ra citada de Nyder. 



4l>4 srPKlt'^TiriONFlUi DEL Kl(> lU. l.A 11. Al A. 

las RVonfKvnt taml>i(!'n ¡neiiuívooanieníc en ciortos cnsoí^ 
por carai'tores, nisgos y acoioiios que las ¡(Icntilicnn con el 
deudo o amigo que en esa forma sobrenatural lo imioiusta 
ó lia un consejo, ó preconiza y ai^radecr una Imma olna 
meritoria, ó ileplora un acaecimiento, un error, una falta, 
6 anuncia ahora un accidente desgraciado, ahora un suci'so 
feliz que ocurre actualmente en lugar lejano ó (|uc se veri- 
ficará mañana ineludihlementí'. ¡Cuántos casos se cuentan 
de a|xiriciones maravillosas, que coincidieron con sucesos ó 
amdentes inesjxTados, ó los anunciaion, 6 hicieron pre- 
venciones que, aprovechadas, dieron por resultado que se 
cuniplit»se al pie de la letra lo prometido, se evitase nn 
dafto iinuinente, se alcanzase el ohjeto á que rj alma pia- 
dosíi aspirara! Las apariciones, en el Río (1( la Plata, entre 
la gente criolla, vulgar, (^nnpesina, hállanse sienq)re acon- 
dicionadas por el espíritu y los dogmas obscurecidos de la 
religión aitólica que vagamente informa el nunido moral 
en que flota y navega, frecuentemente sin brújula, su ánimo 
y entendimiento ajenos de doctrina. 

Lo manivilloso golpea hoy á las puertas del templo del 
8ul)er, de las cor| oraciones científicas. Las apariciones y 
fantasmas, el movinuento de los cuerpos sin que lo im- 
prima una causíi cierta, los ruidos inexplicables, las )»re- 
dicciones, pre.«entinuentos ó corazón fu/ax, los fenónanos 
¡ní'n*n»le« que suele presentar el espiritismo y el hipno- 
tismo, hanse ya en nuestni (*|)oca s<»meti<lo á la piedra <le 
tCK|UC am que el criterio rigurosamente cien tilico anali/a y 
aimpnieha la buena ó falsa ley de las ¡deas. Esta condes- 
ci-ndeneia inqnirta admitir la )M)sibili<lad de las visiones de 
qiH* fu» trata, hi no en la fornuí y con el origen (pie la su- 
p >n ó el ílesvarítj del entendimiento les atribuye, 



CAPÍTULO xxxr. 465 

cuando menos en calidad de fenómenos psíquicos ó psico- 
físicos dignos de estudio. JjO preternatural entra hoy día 
franca y libremente en los dominios de la ciencia. El fenó- 
meno de las apariciones, dice un escritor contemporáneo -^^, 
aunque parece trastornar las ideas científicas más funda- 
mentales, parece sin embargo un hecho posible. 

Las apariciones desempeñan un papel sobresaliente en 
los cuentos y leyendas del Río de la Plata, que en oposi- 
ción á las estrechas ideas del materialismo pueden aprove- 
char, cual minero de oro fino, las bellas letras. La pobla- 
ción castiza del Río de la Plata guarda en su seno, entre 
grandes preocupaciones tradicionales y exóticas, un fondo 
de poesía oriental y cristiana, empapada en los más dulces 
afectos que el alma humana atesora. Sus primeros proge- 
nitores aun hacían recordar, cuando la conquista, los tiem- 
pos caballerescos. La fantasía cristiana no rehusó tomar de 
la de los árabes cuanto contribuyera á dar mayor brillo y 
lujo de imaginación á sus concepciones poéticas. Tales dis- 
posiciones de la población rioplatense prepáranla á recibir 
como frutos apetecibles los nmy sanos y deleitosos del in- 
genio bien acondicionado que, contemplando la naturaleza 
y la vida, sabe hallai" en ellas toda suerte de materiales 
bastantes á enriquecer y poblar, con esmaltes de luz que 
no quema ni tizna, los vastos dominios del arte. ¿Que 
ejemplo más patético de la ternura infinita que caracteriza 
el amor maternal, puede ofrecer la fantasía creadora, que 
la conmovedora leyenda de la a})arición benéfica que acude 



(1) Lllt/pnolisnir Scirntiflíjiic p:ir le DíX'lcur Crocci V\\^, liiuróat 
de rAcadc'inio dv Médec'mo do licliíiqíu». Ivnpport a M. lo Ministro do 
l'Iiilóriour ot dv rinstriiotion PubliciiU'. Parí-, 189(1. 



466 SUPKRSTICIONKS I>KI. IMO ni'. I. A IM.ATA. 

soliVita a los goiniílos ilel liiu'rfaiio (\uv yaco vu la cuna 
inoinentitneanu'iitc ahaiuloiiaila de la niHlriza? El ])acííicc) 
hogar de dos felict\s e8|)osos, al cabo de algunos años del 
oísaniiento, casi ya |>erdida la esperanza, cólmase do ven- 
tura y alegría con el favor que el cielo los dispensara, en- 
viándoles un fruto de bendición. El pueblo todo, de (piien 
los cxinyuges se habían hecho querer por su iiiueha bon- 
dad, partici|)ó de su júbilo, complaciéndose en el bien de 
los que tanto le merecían. Los acerbos dolores del ]):uto, 
negado á todo recurso, agotaron las fuerzas de la nmdre, 
(juien, entre los delirios de risueña ilusión enluínda con las 
soiubnis de la muerto, entregó su alma a Dios, que puso el 
infortunio en el nunulo para que sirviese de crisol ;d mé- 
rito y la virtud. El desolado padre encomendó a una hon- 
rada mujer C3im|K'sina, (pie á la sazón vivía en el pueblo, 
la crianza del recién nacido. Cuidábalo la nodriza con el 
mayor niriño y esmero, y no se sej)aral)a nunca de su lado. 
l'n día \v vienen a decir que uno de sus lujos estaba muy 
enfenno. I^ nodriza, sola en la casa, no sabe qué hacer. . . ; 
pero, viendo que el niño estaba bií^i dormido, juzgando no 
nerle necesario durante un largo rato, vuela en socorro del 
fruto de sus entrañas. Llega, bésalo, aj)lícalo unos remedios 
y vuelve á la casa del huérfano .... ¡Cuál no sería su sor- 
presa, cuando, al ac<*rcarse al a|H)sonto on quo el niño dor- 
mía, oye una voz fomonil (juo modubiba con dulcísimo 
acento un tienio arrullo I Detiéneso, observa, y descubre 
una nmjer joven y hormo.sa, bien vesti<la, (jue, en pie, con 
una mano mecía la cuna del niño, ¡d |)roj)i() tienqx) que 
con la otra le acomodaba bien la roj>:i. \'¡ó luego con 
a.<aimhro que la elogMiito y amoro.sa dama, que tan dolica- 
damentí* adonn<*cía al huerfanito, le besaba en la frente, y, 



CAPÍTULO XXXI. 467 

al cabo, dejándole gozar del sueño de los ángeles, desapa- 
reció instantáneamente, sin saberse cómo ni por dónde sa- 
liera del aposento. La nodiúza, hincada de rodillas, rezó un 
padrenuestro y un avemaria. El padre de la criatura, hom- 
bre culto y de no vulgares conocimientos, se reía melancó- 
licamente de la candorosa simplicidad de la rústica no- 
driza. Pero empezó á llamarle la atención, sin embargo, 
que contase haber sentido llorar al niño, antes de que 
se oyese el tierno cantar, un vecino formal de la casa. — 
« ¿Y cómo era la mujer que viste? » le preguntó, por se- 
guirle el humor, el padre déla criatura. — «Era esbelta, res- 
ponthó la sobresaltada nodriza, y estaba bien vestida. Tenía 
blanca y medio pálida la tez, un tanto rosadas las mejillas, 
negTOs y grandes los ojos, castaño el cabello, la boca me- 
diana, la nariz un poco respingada, y aquí ( señalando un 
punto de la mejilla derecha ) un lunarcito bien negi*o. » — 
«; Mi mujer I,» exclamó conmovido y pasmado el viudo, 
« ¡era mi mujer!. » Y, bañados los ojos en lágrimas, cubrió 
de ardientes besos el rostro del hijo por quien velaba, desde 
el seno de la eternidad, el infinito amor maternal ^^l 

A parte de las apariciones propiamente dichas, cuenta 
el vulgo del Kío de la Plata en el número de los persona- 
jes de ultratumba que suelen visitarle en este mundo, los 
espíritus de los finados que durante la noche flotan en el 
aire envueltos en un pequeño globo vagaroso de luz azu- 
lada. Dícenles almas en pena, almas del ofro viundo, es- 
2')íritus, luces de la viuda y espantos. Suelen llamarles 
también luz mala, contemplándola con cierto recelo y aun 



(1) Hállase referido este caso en las Narraciones Populares reco- 
ííidas por Santos Vo<;;a ( ^^endóniíno ). 



468 SrPERSTICIOVKS dfl KÍo 1>K la imafa. 

pavor. La luz ile ijur s^ trata es «^oiuTalimnti' azulada ; 
|>ero suele ajmriivr cnlorailo- voi\k)sii, y a veces roja del 
todo. Almnios distinguen luces de luces, asegurando (jiic la 
luz propiamente mala es la colorado- verdosa, v (juc es 
buena la que no presenta nada ile vcrd». FJ mulo, en hoca 
del vulgo del Río de la Plata, s¡L,^nilica el diablo ^'\ Eso de 
nondmir |Kir antonomasia ti malo al espíritu inftTnal pro- 
ce<le de la Península, y es uso antii^uo*-^. El vuhjo de los 
maritierojt, según «•] historiador I >. Tomás Tamayo de 
Vaipis, ac^ostumhraha llamar luz //mAr''' al fenómeno lu- 



'^J ¡ Puc« no lur lie de Hantigiinrl 

CoD <•••• eo«aa no Jupgo. 
l'iTu no iiiipitrla : lo rui'^o 
(Jui- loo (¡mire A rrlatiir 
Kl oSnio l|«>gii ¿ t<>|iar 
Con el maUt. ¡ Virgen HAiita ! 
Sólo i-l iK'Usarlo inc cnpanta. 

( Kl Fausto ( iniprMioni'M del gaTirlio AnA!<taHÍo <•! 
Tollo en la ri'|>n'*eiit«ci<ín de e»ta óirt» ) por 
1>. Ki>Unͫln<> del eurii|M). ) 

(2) • El waiOf que toílo lo iiuilo onlriía, y los muchachos, qu(» son 
niá«* miUcH que el tnalo,» etc. íDon Quijote de la Mancha por Mi^rucl 
<|í* ('«rvanlcí. ) 

• /■' '■'! (Icnionio, l'-a-i- hüIm <ii pliirMl.» ( Diccioimrio <!»• la 

I -A-'.- »aiia í)or la K<?al Acaílcmia K-panohi. ) l'xVc lamliirii 

con artículo numonil. V. pág. 40.3 y nota al fin. 

(3) « .Tuzpibnn \oa quo «le Icjon (lí'scuhritTon la aniuula que, como 
:i.„ ,_._. 1 1^ no<*he, w ¡ha coronando <li* hnninarias á «juc v\ vul^r») 

•«♦ lili i\ nomhre <le (lyua inulu. 'lautas eran las hiccs, 
que (t>n aflmirahh'rt resplnndorcii hc (listiii^aiían en Ííih estolas de las 
naíü: «i bien 6xtj|j», como otra» ¡mpn'HÍoneH nieteorolójíic«'*i ai non ni 
prrjcítlen ile íuejfri verdadero, í»iii<» efe<'t/)s de alj^lln aIi«'iito (K'iinHÍa- 
daní" f.tí- vi.-c*íf^> y ^rut-Mi, (|ue ¡nílamado, ó |H>r cohi^ión, ó por aiili- 
i**, en la fríaldiid del aire lunhiente hace asiento, luciendo sin 
qiK-iiuir, á veoea en lai antenni4 de las naves, otras en lan exLremi- 
díwl*-« d<' Irm pí<*ji^ y a' -ohn* I' ' / i- d»* hm ÍMimhrex, H¡eiidn 

»!• nif.r» fililí* fi;i t\f :i.. I n (Ir ¡.. .,!'/.«, |M»r la oliMervaiMÓn d<| 

i u de lu uiiti^'uediul y con liut diüpulas 



CAPÍTULO XXXI. 469 

niínoso conocido comúnmente con el nombre de fueao de 
San Telmo. Cuando el tiempo está ó ha estado tempestuoso, 
hallándose la atmósfera muy cargada de electricidad y acer- 
cándose mucho á la tierra las nubes, suelen aparecer en 
las extremidades de los objetos elevados y puntiagudos 
unas llamas á manera de penachos. Este fenómeno res- 
ponde á la teoría que se llama en física el poder de las 
piintas, que llevó como de la mano á Fránklin á la inven- 
ción del pararrayos. Suele observarse en los mástiles de las 
embarcaciones, en las picas ó lanzas de los soldados y 
hasta en las cabezas de ¡Dersonas y animales. Xo rara vez, 
estando el tiempo tempestuoso, el paisano del Río de la 
Plata, cuyo oficio es cruzar los campos y lidiar con vacas 
y novillos, ha visto con admiración apuntar por las orejas 
de su caballo fugaces llamas azuladas, á manera de fósfo- 
ros que se encienden y se apagan sucesivamente. Dicen 
que alguna que otra vez se ha visto brillar una chispa en 
el chlatado lazo, al caer sobre el cuello del animal á que va 
dirigido ^^^. San Telmo ha sido el patrono de los navegan- 



de los filósofos, en cuya doctrina son cosas que encerró con razón 
incierta la majestad de la naturaleza: excusa suficiente destos diver- 
timientos.» (Restauración de la Ciudad de San Salvador )¡ líaJiia de 
Todos- Saudos en la Provincia del Brasil por las armas de Don Fe- 
lij)e IV el Chande por D. Tomás Tamayo de Vargas. :Madri(I, 1G28.) 

(1) Fenómenos de la propia índole que los carbu)iclos y faroles 
de que se ha hablado en el Cap. X. 

FA fenómeno luminoso, en los dos últimos casos referidos en el 
t€xto, se verifica i'i favor de la humedad ; pues lo observan cuando en 
tiempos tormentosos ha trabajado mucho el caballo y está sudando, y 
cuando el lazo con la lluvia se ha mojado y atiesado. T.a luz corre 
por el interior de las orejíis hacia la punta, donde, después de arder 
un instante, se apaga, volviendo á manifestarse una y otra vez. En el 
lazo se observa particularmente al cerrarse la armada, que es cuando 
corre la argoUa. 



470 srPERSTinoNF^s dkl kú) dk la tlafa. 

tos, quo lo invooiiron en las teinpostjides. Aiukíiu' el fucfjo 
de San -Telmo iij>aríH?t' tanihii^n v\\ tierra, lo mas fri'cuonto 
ha sitU» manifestarse en el nuir, i-n las iinhareaeiones, en 
las puntas de sus mástiles. Los mareantes i;rieiíos y roma- 
nos tuvieron |K)r feliz augurio la aparición de un ft(('(/o 
que i^ara ellos simbolizaba lí los gemelos Canfor y Púlux, 
quienes, habiéndose distinguido entre los argonautas en la 
omquista del vellocino de oro, solían apareeerseles en 
figura tle dos estrellas, por lo que pajearon á representar imo 
de los signt^s del Zodíaco y viniíMon á ser los protectores 
de los que le invocaban en los grandes ju-ligros que ofrecía 
el mar con sus Imrrascas. Los cristianos tomaron esta ad- 
vocación de los gentiles, bautizando el fenómeno luminoso 
con el nombre de San Tclnio e inventando un episodio 
milagroso enteramente análogo al (pie dio ocasión á (pie 
CiUtor y Pólux mermesen ser convertidos en luminarias 
del cielo * . ¿Cómo, jmes, siendo el fucilo de San Tclnio 
el alma de un síinto que acudía, en las tribulaciones de los 
mareantes, al devoto llamamiento <le sus protegidos, han 
pfMlitlo {''Stos aplicarle el nond)re de atfKa mala, expresión 
que (Li {i entender cjue anda metido en ello el espíritu uki- 
ligno? Sin duda no significó p;^ra todos l:i misma cosa. 
Para los navi*gíuit£»H en general significó indudablemente 
la protección del cielo y la lionanza ; i>ero el vnlf/o de los 
marincroif nunca quiso dejar de ver en C\ una luz víala 
engendrada en el agua |)r>r fuerzas ó por (•s|)íritus que te- 
nían mas de malos (pie de buenos. Tara los marineros de 
1). Fadrique de Toledo (que mandaba la armada de Cas- 



\ ! . Tfotro de Uj/i I}UttieM dr la (¡ndiliiUtd por A V. Kr. 
r «le VíU/rin. ](iin'«'lonn, 1722. 



CAPÍTULO XXXI. 471 

tillu que el año de 1G24 fué enviada junto con la de Por- 
tugal contra los holandeses que se habían apoderado de la 
ciudad de San Salvador y bahía de Todos los Santos en 
el Brasil) fueron luz mala las luminarias que, tras tur- 
bación de aguaceros, coronaron las naves, á pesar de 
que su resplandor era tan vivo que se reflejaba magnífica- 
mente en las estelas • ^ \ 

No toda luz misteriosa, empero, merece tan odioso con- 
cepto á los ojos del vulgo. Con frecuencia no es sino el 
alma de algún finado que pasó á la otra vida sin el auxilio 
de los sacramentos, sin que nadie lo velase ni rezase por él 
una oración, sin que lo enterrasen en sagrado ó cuando 
menos le pusiesen una cruz en su sepultura. Esa alma anda 
penando y lleva el nombre de luz mala^-\ En general, 
toda luz misteriosa, toda luz de origen desconocido para el 
vulgo, es luz mala, es luz que, si derechamente no procede 
del espíritu inmundo, tiene, cuando menos, algo de su incum- 
bencia, y en el supuesto de que se halle enteramente ajena 
de malicia, no es nada prudente acercársele, si bien alguna 



(1) Taniayo ele Vargas, obra citada (pasaje inserto en la nota 3 
de la pág. 4G8). 

(-) Despuós supo i[\\o al fituw 

Ni siquiera lo velaron ; 

Y rctobao en un cuero, 
Sin rezarle, lo enterraron. 

Y dicen que desdo entonces 
Cuando la noche es serena, 
Suele verse una lux mala, 
Como de alma (jue anda en pena. 

Yo tengo intención á veces, 
I'ara que no i)ene tanto. 
De sacar de allí los gücsos 

Y ecliarlos aJ campo santo. 

(El (.íaúchu Martin FUrro por D. José 
líeruáudez. ) 



472 SUrERSTICIONES DKL RÍO DE LA TLATA. 

vez, ctm un iH)qiiiio ile conije, juuhIo uno sacar del dudoso 
tnuKv nada menos que un tesoro escondido, á la par (jue 
de {tenas al que en vitla fue su dueño ^'\ En ocasiones la 
/mi mala vendní á ser el alma endeníoniada de alL:;una he- 
chicvra ó hruja que en vida fue perversa m demasía y que 
aun desjnies de la nuierte anda dando sustos á las gentes, 
foT no haber |>t»rdido del toilo sus liáhitos malignos, bien 
que sufre horriblemente, por los muchos pecados (jue tiene 
sobre su alma, como vemos (pie le suctdií'» á la lamosa 
Montiela (jue tignni en nii:i di ]:\^ un rr/a.^ eje nt piaren de 
Cervantes - . 

Animales y plantas, cuando están privados del movi- 
miento conservador de la vida, se descomponen y disuel- 
ven, despidiendo de sí gases (liidrógeno, fósforo) (pie al 
amtacto del aire se inflaman y vienen á r<>rmar esas luces 
niásónieníKS azuladas (pie el vulgo Waumi J)(('(/os fddios. 
Tómalas ^«ste |X)r almas del otro mundo (pie andan de 
nuevo |x)r acá, movidas de algún estímulo benéfico ó bien 
pagando saldos de cuentas cpie, al desprenderse de la en- 
voltura cor|M»ral (pie las tenía pegadas al suelo, li:iii (h j.ido 
sin arTí-glar convenientemente jíara su traiKpiilidad en la 
vida 8U|HTÍor á que aspiran. La circunstancia d< jiallarse 



(1 - Capítulo XII. 

•.Ni. -o, mili en el nrlí«-ul<» tív la rimcrU', iK'nlnimr á l>i 

í . '"l(fi: i... .... lila <!<• cnt«ra y liriin- cu nu^ crmaH. V<> Ir cerré 

I . y fui con cllu im-tii la B^pultura. Allí la deje parii no verla 

má.*. nunquc no tonffO p<T(l¡(ia la (>iNniir/.a <le verla aiiU*H que muera; 
pr>n|Uc ne ha «Ik-Iio |Kir el lut^ar que la han vinto alt^^uiuis iN^rnoiuiH 
andar por loa ri" - ••'■rifH* y eneni' ■' ■' ■ <n <I¡f«'niile.-« fi^Mira'*, y í|U¡/.ií 
aJtCuna Vfz la t .<> y le pn , h¡ nuimla i|u<- lia^a alguna 

oofta en (Icncargo (le mu conciencia.» ( Ki CJoUjtfuio tic loa pcrroH 0¿* 
jñ'fn y lírrífotiía por Mi;(uel de Ceryatittía.) 



CAPÍTULO XXXI. 473 

regularmente los fiLCfjos fatuos en un cementerio ó en el 
sitio en que se dio una batalla, ó en una tapera, contri- 
buye naturalmente á fomentar en el ánimo de gente in- 
culta la preocupación de que se trata. Los terrenos panta- 
nosos, donde multitud de materias orgánicas, vegetales y 
animales, entran en estado de putrefacción á la continua, 
constituyen igualmente un gran receptáculo de almas del 
otro mundo. Cuando el paisano, á vista de una de ellas, 
pica espuelas á su caballo, para huir de tan misteriosa 
aparición entre la soledadj el silencio y la obscuridad de 
una noche serena en medio del campo, la luminosa pe- 
regrina echa á correr tras él, súbese á las ancas de la 
caballería y abraza por la espalda al aterrado viandante. 
El vacío que va dejando el rápido movimiento de tras- 
lación progresiva del fugitivo, es sucesivamente ocupado 
por la masa de aire adyacente, que se precipita con igual 
rapidez en la propia dirección que lleva el cuerpo que 
se mueve, arrastrando consigo el ligerísimo globo de gas 
inñamable que suspenden sus moléculas. ¿ Cómo no creer, 
en el desvarío de la mente Hesconceilada por el pavor, 
que la luz que va en pos del fugitivo es un ente do- 
tado de entendimiento y voluntad que le persigue? El 
viajero que con más valor ó despreocupado, se abalanza 
hacia la luz, la hace retroceder á su presencia : la lleva 
envuelta la masa de aire impelida hacia adelante por 
el movimiento del cuerpo que á ella aceleradamente se 
dirige. 

Si fuesen á reunirse los nombres raros v misteriosos) 
asociados respectivamente á alguna conseja, de diversos 
lugares de las comarcas rioplatenses, formárrse una lista 
no poco numerosa, casi tan numerosa cc*.:o la (|ue pue- 



474 SUrKRSTICIONKS DKL KÍO DK LA TI^VTA. 

den ofri'cor las n)inantirns rí^ionrs <li'l norte de hi Pe- 
nínsiihi, tan riáis ile tradirii malos levoiulas. Las íf////a.s' 
(it'i otro mundo freciuntoineiite se aparecen, desde nuiy 
aniiiruo, en los eani|>os, sendas y ruinas de la Inslórieu 
Esjuula, con esjH'cialidad en las provincias septentrio- 
naK»s ' . 

En Cataluña llaman al íui'go fatuo art/tilduna: una cla- 
riilad tenue, de color ¡ndelinil»le, entre azulada y blanca, 
que t)srila, que nuida de lugar, (jue no abandona el camino 
ó sitio en que se enciende. A la presencia de ella, asoman 
su rostro sin carne los cadáveres de las srjuilturas yemiun 
y se lanzjín los unos á los otros idénticos globos ígneos, 
romo los j tí ¡/adores de raqueta la pelota emplumada. Es 
el juego délos muertos ^'\ Este rebotar de los anjuidunna, 
á manera del volante en el juego de la raípieta, este ¡i* y 
venir y encuentro y repulsión de las luces emanadas de los 
sepulcros vecinos, tiene en la teología j»oj)ular <l('l vulgo 
rioplatense una signiíicaci«')n más adaptable al estado de los 
espíritus que moran ultratund)a. Cierto que antigua tradi- 
ción generalizada desde la edad media en Europa, presenta 
los esqueletos humanos, en la danza de los muertos, albo- 



(1) «Cataluña ('dice un eru<l¡lo h¡!-t<)na<l(ir y liu-nilo), la Alema- 
nía del MfíliíxHii, tk-iic faiitá^ticHH haliulaK, curioííaH leycndiiH, hoiu- 
hría*» y terríiile»* hwloriaí* y cien nioriíWMií* atalayas, cien fcudalnH ci^^- 
lillfjír- . ' laroH y ni¡.-NT¡<>H)s lian í-njímdrado otras 

f.ií, rara .. ,,;íi«. A(|UÍ eátun ci (a.stillo AVí/,o, el //// 

lo, el (Ir la Muerte, el de la Cinx, el de Ioh trrn líermanos: allí la 
íorrt Hoja, la Trjrre 0/urtira, la de Ion Knfxinlados, la de laa Jirujun, la de 

I ' ^' ' ■ ' [\\{i\i\x ruinas del Inflrntít, 

1 ,..,-. ( . . . / ('irno, hiH <!»• veinte ¡Uh- 

tr. ' ( I). Víílor llalaKuer, l'U CaalUlu de Man- 

1 ^'ycnduj*. ) 

^¿} J#il;i/u«r, en la leyendií cit^ula. 



CAPÍTULO XXXI. 475 

rozados y brincando ^^^. Los restos corpóreos, materiales, 
del hombre, lian podido conservar, desjxiés de separada de 
ellos el alma, la ilícita afición á los divertimientos y pla- 
ceres que fueron parte á que en la vida futura mereciera 
la condenación que sin duda padece por sus pecados. Mas 
el alma pura y libre de la materia, que la vagarosa luz 
indefinible representa, penando, pidiendo sufragios, aspi- 
rando en vano á la gloria celestial, no debe de estar de 
humor para entretenerse en jugar al volante. La gente cam- 
pesina del Kío de la Plata explica ese encuentro y rebote 
de luces, atribuyéndolo á las atracciones y repulsiones de 
las almas condenadas de los compadres y comadres que 
faltaron al sacramento que anudaba más y más la obliga- 
ción primaria de respetarse. 

Las almas de los compadres y las comadres que han te- 
nido comercio ilícito, por más que hagan, no pueden alcan- 
zar la gloria á que necesariamente aspira todo aquel que, 
desligado de la envoltura corpórea que enciende los apeti- 
tos sensuales, llega á conocer perspicuamente lo condena- 
ble y engañoso de los placeres é ilusiones de la vida. Se- 
parada el alma del cuerpo por la mano de la muerte en 
estado pecaminoso, ó queda penando en el nmndo, ó sola- 
mente para penar sale y viene á él del infierno ó del pur- 



(1) Explícase de varios modos el ongeii de la dama tnacabra ú de 
los muertos. Considérase que pudo nacer del sentimiento de desespe- 
ración de la vida que reinó en la edad media, pMrtieuIarmeníe desde 
el siglo XIll; de la sobreexcitación /*/.s7r//ra del siglo XIV, en el que 
todo baila: los brujos en el aquelarre, en las iglesias la fiesta de los 
inocentes, los epilépticos en las plazas; la necesidad de una fórnuiia 
quo recordase á los opresores que la muerte todo lo nivela. (La Macrfc 
¡j el Diablo, lüdoria y /tlosofin dt dos ncyacioíics supremas por Pom- 
pej'O Gener. } 



476 sri'KitsTinoNRs dei. kío db i, a plata. 

giitorio. Kii ol tiiso (le los oompíulrcs inaiiiíirstaso el nhna 
en pena, como en otras diversas oeasÍDiu's y (¡ivuiistaii- 
cias, en forma ile htc(',<. Las /ííccn* representativas de las 
almas de los (^oinpadri's nuc, violaiul»» uno y otro saera- 
niento» cometieron reato, van ;1 encontrarse, ehoean, se w- 
pclen y tinalnu*nte se tlesvaneeen. Vano es sn esfuerzo \n)v 
asi»t»iider á las rejriones celestiales. Obstan á ello los sacra- 
mentos tjuebnnitados. 

Toila voz ó todo mido extrafio, lúgubre ó desapacil)le, 
aun(|ue resjx')ndan visiblemente a un ol>jeto conocido déla 
natundeza, son indicio de malandanza, si los acentúa el si- 
lencio y la soledad y los envuelve y esconde entre sus re- 
vueltos plie<rues el manto obscuro i]o In iiocb(»'^\ Tn\ vez 



(1) Tai le aconteció á Don Quijote, huscaiulo los palacios do Dul- 
cinea en In que 0\ se iniaj^iiiaha jrrnn ciudad del TnhoBo: «MiMÜa no- 
che eni por tilo poco más ó uh'Uor, cumdo D. (¿uijotc y Sancho de- 
jaxx»n el niuntc y entraron en v\ Toboso. Kstahn ti ¡mdtlo en un sose- 
gado trilenrio; porque todon .»*us vecinos dormían V rcpíisahaii :i pierna 
tendida, como nuelc «lecimc. Era la noche cntnrlara, puesto que (aun- 
que) M I Sancho <|U0 fuera del t4)do escura, por hallar en su escu- 
ri«lad '1- - , i tie -u -and«'Z. Xo se (tin en tmlo rl Imjtir sino Inilrnlos 
df jtfTroM, que atronaban los oídos de D. (¿uijotc y turbaban el cora- 
x6ti de .*^ancho. /V citamio en matulo rehuxnulm un jumento, yr uñían 
ptitrn,' ' ,1 yutos, rutfus rores de diferentes stmithts se uunttn- 

t/jÍMttt í .'."lo de la noche: lodo lo ruul turo el enunutrado rahu- 

llero ú mal agüero. Pero con lodo esto «lijo á Sancho: — Sancho hijo, 
guía al iHihicio de Dulcinea; quizá p<Nlrá s4T que la hallemos des- 
pinUL — ¿A quí* pahiiio tenjfo de ífuiar, cuerpo del sol, respondió 
hincho, que en el (pie yo ví á su grandeza no era sino cnt^ii muy pe- 
qiK'An? IVhhi de e»tar retirada entonces, reni>ond¡ó D. (¿uijote, en al- 
gúií peí|ueAo apartamiento de ftu aleiízar solazándoxe á solas con huh 
donoellaa. -o y eo^lundin* de lai* altan -«eHoras y priix ' i 

— HHIor, <í.; ^ , ya que vin-.-a men'cd qui'-n', á pesar mío, cpii ^ .i 

alcAiar la rai*a de mi M^riora Dulcinea, ¿es hora (Vta, |N)r ventura, de 
hallar la puerta abierln? ¿Y M*rá bien (pie demos iddabazos para (pie 
no« oyan y luf* abran, metiendu en ullnmito y rumor toda In ^enle? 



CAPÍTULO XXXI. 477 

esos niidos indefinibles que á manera de rumores percibe 
el atento oído en parajes donde ha solido verse en ocasio- 
nes alguna luz vagarosa, elevándose y abajándose silencio- 
samente á favor de la soledad y las sombras de la callada 
noche, no anunciarán ninguna desventura, ninguna contra- 
riedad en las cosas que emprende el hombre; sino que se- 
rán el lejano y lóbrego clamor de las ánimas que en mecho 
de sus padecimientos nos piden oraciones por su salvación 
ó descanso ^^\ 

Muere como un perro quien, al desasirse el alma de la 
material envoltura, no recibe los santos sacramentos, ó, 
cuando menos, contrito, no se encomienda á Dios en el 
trance de la muerte. Y ¿si por añathdura le dejan ó queda 
tirado como un perro en medio del campo? En semejante 
caso una luz mala indicará que el alma del insepulto anda 



¿Vamos, por dicha, á llamar á la casa de nuestras mancebas, como 
hacen los abarraganado?, que llegan y llaman, y entran á cualquier 
hora, por tarde que sea?— Hallemos primero una por una el alcázar, 
replicó D. Quijote, que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien 
que hagamos ; y advierte, Sancho, que ó yo veo poco, ó que aquel 
bulto grande y sombra que desde aquí se descubre, la dt'be de hacer 
el palacio de Dulcinea. — Pues guíe vuesa merced, respondió Sancho, 
quizá será así, aunque yo lo veré con los ojos, y lo tocaré con las ma- 
nos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día. Guió D. Qui- 
jote, y habiendo andado como doscientos pasos dio con el bulto que 
hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edi- 
ficio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo, y dijo: — Con 
la iglesia hemos dado, Sancho.» ( El hijenioso Hidalgo Don Quijote 
de la Mancha por Miguel de Cervantes.) 

(1) 

En distintas direcciones 
Se oyen nunores inciertos : 
Son las almas de los muertos 
Que uos piden oraciones. 

(El Oaúi'ho Martin Fierro por D. .Tos»^ 
Ueruáudez. ) 



478 SITKKSTICIONJIS DKL RÍO DK I.A PLATA. 

penando |X>r aquellos hisxaris doiulc poivció asesinjulo ó 
por oualquior ari'idento improviso (jue lo impidió morir 
como cristiano. Esa (i/tnn rn pena, osa lii/ vai;an>sa y 
azulaila, pido sufragios, pido misas para su descanso. 

Entes punimentc fantásticos, con aj)aricncia de seres 
ri'ales y verdaderos, presentanse á la mente candorosa, in- 
cult^i, di'l hombre primitivo, del vul*!;o supersticioso. Creen 
el hombre primitivo y el vulgo en la existencia de fantas- 
mas, de seres sol)renaturales. corpóreos e incor[)óreos, (pie 
de noche se presentan en un lugar detcnuinailo, liacicndo 
nial y asustando á las gentes. Pero hay fantasmas (pie no 
proceden iniiea y exclusivamente de la imaginación del 
hombre ignaro ó supersticioso: fantasmas contrahechos por 
la malicia ó el buen humor de gente a.stuta ó desocupada, 
que, aprovechan<lo la ocasión que le ofrece la simplicidad 
de un vecindario por demás crédulo, se aventura á ciu- 
j)rí»sa8 de que, así puede sacar alguna ventaja conforme á 
sus designios, como salir descalabrado ó con una costilla 
rota, fastos fantasmas hechizos son aquellos que de noche 
asustan á la gente sencilla. Las tales fantasmas son ber- 
gantes mal entretenidos. P^nvueltos en una sábana y enci- 
mados en unos zancos para agigantar su persona, rondan 
una casa ó merodean una y otra noche en un barrio ó jjor 
los alretledores de una pol)lación, ora con el lin de robar, 
ó ¡)or sólo divertirse, ó á intento de ejecutar más á su 
Kdvo, de acuerdo con recomendable ninfa, una aventura 
amorosa. 

¡ Una fantasma! ¡ un(L Jantasnui! claman chicos y 
grandep, / a;i^/a una fantasma t Y ruando aiyuno sr tr 
acerca, desaparece. Tal pregonan; mas en realidad nadie 
w le acerca, ú lo menos en los primeros dí;is. Los que sue- 



CAPÍTULO XXXI. 479 

len intentarlo, como preocupados, lo hacen con tal precau- 
ción que dan tiempo al espantajo para que ponga en cobro 
su persona. Entretanto, ó éste ha conseguido ya su objeto, 
ó, temiendo ser descubierto, no vuelve á exponerse á que lo 
maten ó le den una paliza. Y queda la persuasión de que 
anduvo una fantasma. 

La hora que regularmente elige la fantasma para hacer 
sus travesuras es el anochecer, cuando ya ha obscurecido 
bastante; bien que la hora oficial de las cosas del otro 
numdo suele ser la media noche ó de las doce en ade- 
lante ^^'. La noche, con sus sombras y medias tintas, es 
naturalmente la hora oportuna, necesaria, para toda esta 
clase de supercherías. La hora oficial del brujo es después 
de media noche: soledad, silencio, en medio de las tinie- 
blas, atmósfera en que la imaginación despliega, con vista 
de asombro, alas de espanto. El lohisón (zoántropo) hace 
también de noche sus travesuras ó sus maldades. Salta á 
los ojos la causa de elegir fantasmas y lobisonc^ la noche. 
líay gato encerrado^ y de noche todos los gatos son par- 
dos. A uno de estos gatos le costó la vida, en la frontera 
del Uruguay y Río Grande, su audaz empeño: desbalijaba 
á los transeúntes, /acd/i en mano y dispuesto á todo. 

Los doctores de la Iglesia admiten que las almas sepa- 
radas, ora estén en gloria, ora en pena ó purificándose, pue- 



(1) «El faiita.snia aparecía todas las noches. Y se citaba la hora: 
aparecía á las doce en punto. ^íás aún: se tenían todos los detalles 
necesarios para atestiíxuar la verdad del caso. ]']ra una sombra blanca 
que crecía }• nien<:,ual)a. Crecía hasta tocar con la cabeza en los aba- 
ros de los tejados, y menguaba hasta esconderse debajo de tierra. 
Andaba sin pies y volaba sin alas. Aparecía de pronto, y desapiu-ecía 
de repente.» (Don José Selgas, en la novela titulada Raijo de Sol.) 



4S0 SUPKHS-nCIONES DKL UÍO DK LA TLATA. 

den, it fav(»r do t»sjHH:Mjil jh'ÍvíK'ííÍo y disposirióii de l;i divi- 
nidad, volver al nuiíulo, aparocvrse a los hombres y eomu- 
ninirse con ellos sin caminar por eso dv eondieióii. No de 
otra nianeni, conservando pura, ínlema, la naturaleza y 
condición de eápíritns celestiales, cumpKn eon los seres 
humantes sn encjirgo ó nn'nisterio los bienaventurados que 
Dios envía al mundo como angeles custodios ó por nuií- 
sajeros y panniiufos. La poesía no ha dc^sdefíado este re- 
curso ^ ^ \ 

Las apancioncs son almas separadas, (pie en unii u 
otra forma se presentan al hombre. Corregir, por medio 
del terror, la malicia humana, pedir sufrai^ios por las ahnas 
del ])uriratorio, cumplir un voto, expiar nlii^una í;dtn, jKipir 
imn deuda, librar de un daño (pie ÍFijustamente amenaza al 
¡nocente, hacer una piadosa advertencia, compensar por 
mcílio de un consejo oportuno acciones meritorias: tales 
8on los lines con que las almas separadas se aparecen al 
lionibre. 

Kara vez, em|HTo, vuelven al nnmdo, bajo (Miajciuiera 
apariencia, |)ero en alma, los muertos. Tul vez parece (pie 
He presentan ofreciendo los mismos caracteres de las jmi- 
Monas cuyo cuer|M) las albergara en vida. Mas no ha de 
entenderse ¡lor ello que son las almas de los condemidos n 



(1) • Ilajr un mt iti ki mirai) rcIcKiiAlca 

Rn ({ulrn tialUo lot mÍM'm» iiimii¿i1<mi 
fírttérnlo f mmre patrociol-' 



Y rcn trt-iiiuia mano U- pf 

UoroM», aoarcMado y c<*m|M-.. ', 

1>M rurgcM df*| fnf«*rtno y át'\ miilivo, 

íjm á» la tlrma ma'lrv f 4«* la i>«|MtM.» 

(iViti Jif^ Joa<|iifii «l«* Mor», i^ijfnéi.i» h.fjxmín.n,. 
ÍM BatéUa dt Fraga. Ixiiidn*. lH4ii.; 



CAPÍTULO XXXI. 481 

de los santos las que aparecen; sino demonios que toman las 
formas de cuerpos aéreos que semejan las de aquellas perso- 
nas que ellos quieren sinuilar que se aparecen. De suelte 
que serán falsas y echadizas las apariciones que dicen nm- 
clios haber visto de almas que andan en })ena: ilusiones del 
demonio, para desasosegar y espantar á los vivos y hacer- 
les creer cosas contrarias á las que enseña la Iglesia ^^^. 

El vulgo, que así idealiza las cosas materiales como ma- 
terializa las del nuuido invisible é incorpóreo, suele utili- 
zar el agradecimiento de las ánimas en la consecución de 
sus deseos y aspiraciones terrenas. Así á una pobre mu- 
chacha casadera se le aparecen tres ánimas muy hermosas 
vestidas de blanco, y le ayudan á hilar, coser y bordar tan 
primorosamente, en [)ago del mucho bien que les había 
hecho con sus oraciones, que un rico indiano, merced á ta- 
les habilidades, la recibe por esposa y luego le prohil)e de- 
dicarse á esas mismas prolijas tareas, por temor de (pie el 
demasiado esmero que pone en ello perjudique su salud y 
su hermosura ^~\ 

Separada el alma del cuerpo por la muerte, queda pri- 
vada de comunicarse con la jH^r.-oiia humana y do recibir 
las impresiones que ordinariamente causan en el hombre 
los objetos exteriores. A fuer de substancia espiritual, des- 
pn^ndida de su envoltura corpórea, regresa al S(4io de lo 
absoluto, que fué su origen y es su centro, (piedando incor- 
porado su organismo sin vida al incesante movimiento do 
la materia en el numdo, de donde procede. Ni el cuerpo ni 



(1) El Maestro Poro Sáiulic/, niclonero de la santa ¡};lt»s¡a df To- 
ledo, Historia Moral ij Filusujicd. Toledo, !;')!)(>. 

(2) Las Auinids, vw la colección de Cnnilos // Pursins Dipnlnrrs 
por Fernán Caballero. * 



482 SUPERSTI» I«>\KS DKL líío DK LA ILAiA. 

el alma viu'lwii á vivir en iiiiii^mia inaiina ó eondicit'm la 
vida terrenal (jue los constituyera una persona, y sólo la 
imao^inaeión ile los |K>etas, por medio iK» la nrosopo|H'va, 
IhuhIo halílarle-í, esperar sus respuestas v rrpnNentarselos 
en la forma y eon los earaeíeres con ipic fm ron eonoeiilos. 

El espiritismo pretende, sin emi)argo, por diversos me- 
ílios magn</ticos, evocjir los espíritus y poner al honil)re en 
comunicación verbal con ellos, cosa de todo punto inadmi- 
sible, cimtniria á la razón y a la naturaleza, siendo pura- 
mente la imaginación y el sentimiento (piicn (»l)ra las ilu- 
siones que sui>one cosas reales y verdaderas. 

El espiritismo considera tres elementos en el liomhrc: el 
alma y el euer|)0, y el pcricifpíriiu (pie los une, á manera de 
m^f/íWor /^/aV/Vo, que participa de la naturaleza de en- 
trambos. Es el peri('{(jH'riiu una forma del Huido universal, 
que en substancia representa la vida. 101 alma humana 
tiende á la perfección indeíinidamente, y j)ara el efecto se 
enairna y se rcvncarna una y otra vez en el cuerpo. Acom- 
páñale siempre el pcrirapírihi, ílotando, antes de cada una 
<le las encarnaciones (pie efectúa, en los espacios intcrpla- 
netarios. En este estado peregrinante, puede, á jx-ar de 
faltarle el cnerp), comunicarse con las personas que K 
man. Con la muerte, q\ pcricspiritu se deshace poco á poc 
lie la envoltuní corpórea (pie en resolución abandona en la 
tierra como una ya inútil vestimenta. Cuando se ha des- 
prendido ele fl |>or í'omjíleto, muí*re el hombre ]>ara los 
tuibitantCH de la tierra; pero no jiara los (pie ])ueblan el 
i-spacio. I»s vivientf*s de la tierra son, para <^'l, los nnier- 
to«. I>as alma**, pues, de los que desa|)arecierofi corporal- 
mente de la tierra, merccíl al pcricnplritu, continóan vi- 
viendo en ella, ó w» trasladan á otros fnundos. 



( I 



CAPÍTULO XXXI. 483 

El periespírihi de los muertos obra en el perie.^pírifu 
aun encarnado de los vivientes, á favor de un fluido mag- 
nético que con uno v otro se identifica. Foséenle todos los 
hombres en mayor ó menor grado. Los que le poseen en 
alto grado, préstanse, por ende, más que los otros, á comu- 
nicarse con los espíritus ó almas de los muertos. Esos sir- 
ven de médium. Una doctrina moral complementa esta filo- 
sofía. El universo está poblado ab initio de espíritus des- 
tinados á recil)ir la envoltura de los cuerpos que han de 
acompañarle en la vida terrenal, que lo es de prueba y le 
convida á purificarse camino de la bienaventuranza. Diver- 
samente se manifiestan los espíritus. La materialización 
es una de sus formas. Consiste en condensar en torno de 
sí la materia, dando lugar á los ienomeiios fluid i eos. Enton- 
ces sobrevienen los fantasmas, los espíritus en figura cor- 
pórea. Manifiéstanse asimismo los espíritus, dando golpes 
en los muebles y trasladándolos de un lugar á otro sin que 
fuerza alguna aparente lo verifique ^^\ 

He aquí c(Smo se explica al respecto la ciencia oculta, 
la ciencia de los magos. Después de la muerte, el espíritu 
divino que animaba al hombre, vuelve al cielo, dejando en 
la tierra y en la atmósfera dos cadáveres: el uno terrestre 
y elemental; el otro aéreo y sideral: aquél desde luego 
inerte; éste todaA'ía vivificado por el movimiento universal 
del alma del mundo, si bien lia de extinguirse lentamente 
absorbido por las potencias adrales de que procede. El 
cadáver terrestre es visible. El aéreo es invisible á los ojos 



(1) IiCchcrcJics sur Irs PJn'nomrnes du Sj)iri(ualis))ir por WílHaiu 
Crookes, tr. por J. Alidol; Traifé Mcthodique de Science Occulte por 
Papíí:*; Mystcres des Sciences Occnltcs por un Initié; etc. 



484 srpKKSTicioxj>< i>kl kío dk la i'laia. 

lie lo»* vivientes, quieneí^ sóK) poilníii |)en'il>irl() nunliante 
la apliriU'ióii de la luz anfrul al tran.^lúcido, (jiie i'oiniinica 
8U8 imprt'siioiies al sistema nervioso, exteiidii'iido su eíiea- 
cia al ói>(aiio ile la vista hastn el j)unlü Je luuerK' ver las 
fi»rmai» v caraeteres eseritos en i'l I i ¡tro dr ¡a vida lunii' 
nasa. Ciiamlo el lnunhre ha sido bueno, sus tlesj>ojos attim- 
It'^ se evaponin eomo el incienso, aseen» liendo á esferas 
superiores. Pero si su vida ha sido mala, sus restos aafvd^ 
Ivs, durante eierto espaeio de tiempo, le retien(Mi como preso 
en Iji tierra, arrastrad(>s p<u* el objeto ó causas que excita- 
ran sus pasiones. Báñase en los vapores de la sanp*e de- 
rramada, atormenta el sueño de las jóvenes, vela sobre los 
tesoros que jM)seyera y ha enterrado ^^^. 

Los indios del Nuevo Muudo, así los (pie poblaban las 
Antillas como los que moraban tii las tierras maji;alláni- 
cas, UkIos, más ó menos ineiertamente tuvieron ali;una 
idea de la inmortalidad del alma y supusieron (pie ésta, se- 
¡Kinida de los euerj>08 de los difuntos, solía andar de no- 
che en la mansiijn de los vivos. I^os ronírx 6 cernes de 
Santo I)(>ming(j, á ley de mensajeros de la divinidad, aj)a- 
recíanse & la gente, infundiendo esjmnto. Alternaban con 
ellos las almas de los difuntos--^. Eran unos fantasmas, 
llamados hupiae^f, á manera de los en (pie han creído 
y CHíen a(ín, y temen, los pueblos cristianos ^''^ Las almas 
de los (pie morían de enferme<lad, i^{%\\n los mejicanos, an- 
dalian acá en la tierra cierto tiemjM)'. Generaciones in- 



Iktgim fl líHutl (U la Jlautr Maijif pí)r K. \á*\\. X* ed. 
INtlro Nfártir <!<• AiitilíTÍii, Fnrnlen Jlintórif-aM Mohrr Citlón ;/ 
Alt' 'Mul. y (IaíIíu á luz iM)r v\ Dr. I). .Ioiií|»iín TorrcH Ahímimí»». 

{ 1 iv Juan <!•• 'l'op|U<-iMa(lii, Mtman¡um Imli'ind. 

'i) Toniuf'iitiulu, olira iirccMlcMitciiieiite cil4i(la. 



CAPÍTULO xxxr. 485 

dígenas del Perú entendieron que las almas de los difun- 
tos quedaban en este mundo ^^^. Los guaraníes temían mu- 
cho á los angiieraes, almas salidas de los cuerpos de los 
difuntos ^~l Jlhaé también llamaban los 2;uaraníes á los 
fantasmas. Los magos ó hechiceros guaraníes, para ha- 
cerse temer de los indios y obligarlos a proceder conforme 
á lo que les mandaban, los amenazal^an con formidables 
fantasmas que, airados, saldrían de las cavernas, con enor- 
mes espadas de piedra, á tomar venganza. Los ecos eran 
las voces que daban aquellos fantasmas, esperando im})a- 
cientes el mandato de los magos ó hechiceros, para salir á 
destruir á los cristianos^"'. 

Todos los indios, en general, creían que las almas se- 
paradas de los cuer2)0s (que, ora gozosas, ora afligidas, 
andaban vagando solitarias de noche) experimentaban 
las sensaciones del hambre y la sed, y del calor y del 
frío, y del cansancio. Aparecíanse á sus parientes y a 
otras personas, anunciando, por lo regular, que habían 
de morir ó que había de sobrevenirles algún mal^^^ Esta 
era la causa por la que, á parte de las ri(iuezas, pren- 
das, útiles y comidas con que para el día de la resu- 
rrección enterraban á los difuntos ^''^, les ofrecían de tarde 
en tarde viandas, bebidas, ropas y demás cosas adap- 
tables á sus necesidades, las cuales depositaban sobre las 



(1) El P. Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo. 

(2) Carta del P. Alonso de Barzana lí su Provincial, en la Asun- 
ción del Paraguay, 1594. ( Iiclacioues Geográficas de Indias publ. por 
el Ministerio de Fomento. Madrid, 1S>S5.) 

(3) El P. Antonio Kuiz de Montoya, Conquista E¡f¡)iritnal del Pa- 
raguaij, Paraná, Uruijiiaij y Tape. 

(4) Cobo, Historia del Nncro Mundo. 

(5) V. Cap. Xíl, píiü<. iry_> y M^. 



486 6urEKSTicr(»XRs del hío in: la plata. 

sepnltuniíí'*^ Una ct>stuinl»rr siMucjantc á cstn de los 
iiuliüs, tuvieron iU»stlt' imiv nnii^uo iii il X'irjo MmuK) 
los gentili»^, quioni's la roiniuiiraron trailitic mu luiente a 
las .socieihuU's cristianas. Todos los pueblos de la aiiti- 
giietlad, tuce el Abate Martigny, i^ustahan de ornar y 
amueblar, |>or deeirlo así, los sepulcros con todas a(|ne- 
llas cosas que |K>dían servir tanto a las neci'sidades eonm 
21 los placeres de la vida. Era e.-to una especie de ilii- 
8Íón á favor de la que siniidaba |)rolonLíarse la existen- 
cia tem^nal más allá de sus naturales límites. IjOs cris- 
tianos adoptaron esta costumbre; pero santificándola con 
8U intención j)or medio de sínd)olos coidormes á la índole 
y tendencias de la religión luieva, (jue es espíritu y v¡(la^-\ 
Ofrecían .<obre las sepulturas cosas de comer y bebei-, á 
fuer de limosna, para clérii^os y p(jbres, por el alma de los 
difuntos. Pero sin duda nini^una el vuIl^o, á los princij)io?, 
ílió al acto una si<íniíieaeión menos inmaterial, en fueiv.a de 
la tradición jíentílica que le transnútiera ese legado. IJa- 
nuW en Ks|>aña la ofrenda de comestibles que, por suíra- 
gio á los difunto.s, .»<e |)onía .sobre las sej)ulturas, oltlculci, 
voz de origen latino (oblata); pero algunos ^bárbara- 
mente », segAn se expliai 1). Sebastián de Covarrubias, de- 
cían ollada •'. El uso del vocíddo olladd, en sustitución de 
oblada (\ ofrecimiento, patentiza que la nnierte, para aque- 
llos buenos cristianos que de tal manera entendían y trabu- 
caban la forma de las palabras, no era una cosa tan <l¡spli- 



(\; Cobo, ohr» cifmlH, y <•! I*. A(m(* i\(» Aí*oí*tii, Uislnria Natural y 
líornl dr Uu ¡n- 

(2) I* Atélu/mhM l'hnln nncH. 

c.i) 7 .. i.mjun ('fiMteihna. Define a- í \n voz: «Ofrcniia 

qur MC 11 'ff* la lU'iiuUum del difunto.* 



CAPITULO XXX L 487 

cente y nialii como dicen; pues, antes que desganar á los 
difuntos, les abría más el apetito. Comían por olladas, 6 
como quien dice, d dos carrillos, las suculentas viandas 
con que sus deudos y amigos los regalaban: cosa tan 
opuesta al carácter sobrio del español. La costumbre que 
nos ocupa, con respecto á los cristianos, hul)0 de acen- 
tuarse en America, por resultado del contingente análogo 
que aportaban los indios reducidos á la vida de la civili- 
zación europea. Los prelados, en sus sínodos, acordaban se 
recomendase á los sacerdotes que procurasen hacer enten- 
der á los indios que las ofrendas que los cristianos ponían 
sobre las sepulturas no eran comida ni bebida de las almas 
de los difuntos, sino alimentos que se ofrecían en esa forma 
para los pobres y ministros de la Iglesia ^^\ Ya liemos 
visto en otro lugar ^-^ que la gente india que sobrevivió ala 
ruina y dispersión de los pueblos fundados por los jesuí- 
tas en las vertientes del Uruguay (y lo propio debe pen- 
sarse de los del Paraná, Chaco, Santa Cruz de la Sierra, 
etc. ), conservó hasta nuestros días la costumbre ¡piadosa 
de que se trata. 



(1) Kl P. Jcsé íle A costa, Uislon'a Xatural r/ Moral de las Indias. 

(2) V. Cap. VII, pá- ÍJ7. 



CAPÍTULO XXX 11 

Maleficios: daño -. 



Sumario. — Kl Inpiiotismo y la «'.\tr:i<l¡lutac¡nn de la soiisibilidad. — 
Lh exlniílilalaciún de la s^ensibilidad y los maloHcios. — MaK-Hcio 
{t ■ " ;H»r nutiio d(>l retrato del h«'t'li¡zad<>. — Kiit<'rradnres. — 
¡. > y sinijnituis. — Hechizo con li;íuras de cera. — Su aii- 

t¿_ . — Ileclúceras tes:jd¡eiise.s. — Judíos españoles: sus veii- 

gniizas contra los cristianos. — Daño, por nieilio de una prenda 
del nmlcHciailo: en el Viejo y el Nuevo Mundo, antes de la con- 
qui.ota. — Cosiift con que se hechiza. — Kl diahlo, macho caljrío. — 
Malas mujeres. — I» adveneilizo, mezclado ú lo indí;fena, en nia- 
Uria de hechizos. — El rut/ 6 rni en los hechizos. — Sapos, aves- 
inicvs, »eri»ient<'S, entiv lo-* indios. — Como proce<lían en sus ma- 
leík'ios lu- indios <lel Perú. — Su identidad con rl modo «le he- 
chizar en Kuropa. — Ilrchizos usados por los junaran íes : idénticos 
á Ion de Kurr>pa : sinijHiíiaM y ligaduras. — Los mastiucH rcladorcs 
del católico rebaño arremeten contni los Ix-chiceros. 



Kiitn* los e-\jKTÍmentadnre.s (|Uc, incdijinlc el liipnotismo, 
concertiulo cí>ii los fenúinenos «Id in;i<;ii('tisino y csjíiii- 
l¡í*nio V c-on laH doctrinas v practicas de la ina;;¡M, intentan 
Imllar cumplidos, en nuiclios de los encantos y hechizos de 
que la hÍHtoria y la tradición hacen nienioriji, los piopios 
hec'hoH y fenónienos |wico- físicos con íjnc hoy asombran 
al iDurulo, figura en |»r¡nieni línea M. A. de Kocliás. A fa- 
vor de n'petídas exiieriencias en personas hipnotizadas, se 
ba propuesto demostnir y rejínHiucir cirntílicamente la sii- 



CAPÍTUTX) xxxir. 489 

puesta acción á la distancia que antaÍKj presumían ejercer 
( y aun al presente hay quien lo presuma ) aquellos hechi- 
ceros que, por medio de las figiu'as de cera representativas 
de la persona que recibe su influencia, se ocupaban en 
martirizarla^^ I Para ello se vale Rochas de lo que llama 
exterior ización de ¡a sensibilidad ^-\ expresión que pu- 
diera acaso sustituirse con la de extradilat ación de la sen- 
sibilidad, menos dura de pronunciar, aunque también des- 
mesurada. Además no tiene ésta nada de equívoca. Lo que 
sale fuera de una cosa (lo que se exterioriza ) puede des- 
prenderse de ella, y lo que se dilata no sufre solución de 
continuidad, que es lo que se supone en el caso de los ex- 
perimentos de Rochas. Aunque las capas concéntricas que 
califica Aq finido sensitivo están se2:>aradas por zonas in- 
sensibles, no hay entre aquéllas y éstas otra diferencia que 
la cuantitativa, procedente de los movimientos rítmicos del 
corazón y de los pulmones. 

El experimentador hace poner al paciente en un estado 
hipnótico de cierto grado de intensidad, á favor del cual le 
es posible conseguir que se dilate fuera del cuerpo su sen- 
sibilidad, de la propia manera ({ue, segCni la teoría de las 



(1) «Tuviéronse por fabulosas las antigua:-? prácticas de los hechizos. 
Creyóse también que habían desaparecido para .siempre de la historia 
de las ciencias. Las experiencias, empero, de Rochas sobre la cxtcrio- 
rización de la sensihiíidad en los estados profundos de la hipnosis, 
han venido á renovar la ¡dea de la posibilidad de hechos tan extraños 
del dominio de la magia. No siendo un libro de hechicería el que nos- 
otros escribimos, no tenemos para qué entrar en el examiMi de aquellas 
prácticas, dañosas cuando una voluntad malevolente las ejecuta. Cúm- 
plenos solo insistir acerca de la posibilidad cicnüfica de tales fenó- 
menos. » ( Papús, Traite Kknicntaire de Science Occulfe, ) 

(2) U Extdriorimtiün de la Sensibilitc, FAude E.rprrinirnfalr c( ///.y- 
torique. 2." ed., 1895. 



490 Sn'KRSTIOIONES DKL KÍO DK LA 1M.\TA. 

oiulularioiK^s, se propíignii hi lii/, rl sonido y la rliHiricl- 
tlail en el osj>ai'io. La potenria sensitiva, i\\\r rslalía antes 
KK-iilizaila t*n la epiílcrniis, ya fuera ilol iiuTpo, se va coii- 
densaiiJo en nipas ó lechos ei)iuvnt lieos y separados entre 
sí jHir zonas insensibles. Estos lechos sensitivos y zonas in- 
8i»nsiMes ri'presentan il niáxinnnn y el niíninunn de eon- 
ik'iisaeión de sensihilitlail, producido proba! )leniente })or la 
¡nterniiiencia de los dos niovinumtos rítmicos del cuerpo 
humano: la res}>iración y el latir de las arterias. Acer- 
cando al cuerjH) un vaso de ai^ua, se impregna de sensibi- 
lidad, al tiemjHj tic atravesar las capas (pie la contienen. 
Cargada el agua del Huido sensible, ex})erimenla el cueipo 
humano de (pie proceile las sensaciones correspondientes á 
la impresión (pie en ella hiciere cuabjuiera objeto. El fenó- 
meno se verifica, aunque el vaso de agua sensibilizada se 
traslade á mayor distancia de la (jue ocupan las capas ó 
krhos sensibles. Pu(m1c sustituirse el agua con otras subs- 
tiineias grasas y viscosas, iisí como con la cera, de (pie se 
servían (y aun se sirven ) los brujeas y hechiceros [kua mo- 
delar figuras repri»sentativas de la persona á quien se pro- 
|M)nían matar ó martirizar desde lejos, sin necesidad de 
herir directa {^ innunliatamente el cuerpo de la víctima. L:i 
analogía, pues, entre el hechizo de las imageiuís de cera y 
el fenómeno fisiol(')gico de la extradilatación ó exterioriza' 
eián f/e la J^enjiihilidad, (pie Rochas dilucida, es notoria. 
Uoehás modeló una |Kí(jueña íigura de cera, y colocóla 
vertií^lmente delante de un individuo convenientemente 
liipnot¡ZJid(j, a fin de sensibilizarla con los ejl arios ema- 
nados del cucrjH> del j>aciente ó sujefo. Sensibilizada la 
íigurillfl, experimentaba respectivamente el sujetít en la 
partí* HUiM'rior ó inferior de su euer|H) las |»unzadas (pie en 



CAPITULO xxxn. 491 

la cabeza ó en los pies de aquélla daba el autor de la cu- 
riosa experiencia. Los efluvios de las diferentes partes del 
cuerpo hipnotizado se adhieren señaladamente á los puntos 
más próximos á él de la materia que los absorbe. Los efluvios 
se refractan de un modo análogo á la luz. Así un lente que re- 
dujese la imagen del cuerpo hipnotizado, serviría para adap- 
tar á las partes correspondientes de una materia adecuada los 
efluvios de él procedentes. Una placa fotográfica preparada 
por medio de la gelatina y el bromuro y ligeramente vis- 
cosa, es muy á propósito para conseguir el mismo resultado. 
El sujeto experimenta res})ectivamente en cada parte del 
cuerpo las correspondientes impresiones que su retrato i'e- 
cibe : si en la imagen de la mano, en la mano ; si en la de la 
cabeza, en la cabeza ; si en la de su vestido, en el lugar á 
que adhiere ó que 2)or él se halla cubierto. Soplando la ima- 
gen, despiértase el sujeto ó individuo que representa ^ ^ ^. 
La extradilatación de la sensibilidad y su incorporación 
á una materia adaptable que la absorba convenientemente, 
así puede servir para martirizar á una persona, como jxira 
proporcionarle goces y aliviar ó curar sus dolencias. El 
agente nervioso exteriorizado puede transmitir el efecto 
de acciones favorables y de acciones nocivas al individuo. 
Las curaciones á la distancia con remedios simpáticos, dan 
una idea de las operaciones })rimitivas del hombre sobre el 



( 1 ) Rochas, Exicriorisation de la Scnsihilité. 

« El conocimiento del niaiínctismo teiTCiftre, do esta fuerza intrligrntc 
y misteriosa denominada ha astral por los adeptos, es un poderoso 
recurso mágico. Estudiando el auto-hipnotismo, ejercitándose en la 
meditación y en el éxtasis, llegará uno á comprender bien esta fuerza, 
cuyo uso no ha sido nunca ignorado del todo. Tal es el secreto de los 
hechizos. > i^ Papús, Trait. Klán. de May. Prat.) 

3U. 



49*i SrPKItóTiCIONKS DEL RÍO 1>K LA l'LATA. 

jMirticular. Sirvan tle ojoinplo los ¡K)lro{< de itiinpaiía (jiio 
Digby dio á coiKver cifíitílinmuMitc en Kiiropa, doiuK' al- 
caiizanuí inmenso favor en el (leeiniosi'ntinm sij^lo^^^ 

Las observaeiones ile Koehas pudiiTaii ¡iíualiiu*nte aj>li- 
eairse á niuehas de las formas de daño (jue usm r\ vulu;o vu 
el Río de la Plata. Entre la gente más ignorante, reina 
una preoeiijwición resjx^eto ile los retratos. Hay, eon efecto, 
individuos que iH>r nada de este nnnido consienten que los 
retraten. Teme el cnVlulo que, cayendo su retrato en ma- 
nos de una |>ersona capaz de maleíiciarlo, le haga sufrir 
horribles padecimientos y aun acabar lentamente con su 
existencia. Ya de suyo le maravilla el hecho sorprendente 
de salir en un instante fielmente representada una persona 
expuesta á la acción de la luz en las láminas sensibiliza- 
das, y la )K»rsuas¡6n que abriga del daño que con su ima- 
gen pueilen hac*erle, le jMjue en guardia contra una tan fa- 
tal eventualidad y aconseja á sus amigos que tengan cui- 
dado Cí>n sus retratos. Uno de los medios de maleficiar 
con el retrato de una ¡M-rsonji, es enterrarlo en lascjailtura 
de un cadáver que aun est^ en estado <le descomposición. 
A nie«lida que se va secando el cuerj)o del difunto, la j>er- 
Bona retratada va enfermando y consumiéndose, hasta que 
muere. Para es4) el maléfico, al hacer el enterramiento, 
pronuncia su («njuro, imprecando que la ])erson:i (pie re- 
prcucniü i'\ retrato acompañe al finado que está debajo de 
tierra. I^ ¡MTsona cuyo es el retntto, que<la ( mediante el 
entierro y palabnis y demás ceremonias ocultas que usa el 
enterrador) lvj(ula, atfula á la condición <lel difunto, y, 
por razones de auiipatúi, va experimentando los propios 

( 1 ) Rorhá^, ohrn cítiidfi. 



CAPÍTULO XXXII. 493 

fenómenos de descomposición que en él se verifican. Este 
género de daño, como se verá más adelante, era usado por 
los indios guaraníes, y á los que se ocupaban en ello los 
llamaban enterradores. Todos los hechizos se fundan en 
una razón de analofjía, método y sistema característico de 
la titulada ciencia oculta de la India y del Egipto. Las 
sivijyatías y antipatías q\ie se s>upone tienen las cosas entre 
sí y con respecto al hombre y al orden del universo, cons- 
tituyen el fondo de las infinitas formas de maleficio que al 
vulgo alarman, muchas de ellas conocidas, otras (las más) 
ocultas, por la absoluta reserva que guarda el que las sabe. 
Antiquísimo es en el mundo el invento de las figuras 
de cera, para maleficiar á las personas ^^^. Las mágicas de 
Tesalia, en Grecia, pretendían, como todas, dominar los 



( 1 ) Tres cuerdas te rodeo lo primero, 

De su color cada una variada, 
Imagen, y con pie diestro y ligero 
Acerca desto altar y ara sagrada 
Traerte al rededor tres veces quiero ; 
Que el número de tres al cielo agrada. 
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa, 

Y vuelve de la villa á Dafni á casa. 

Añuda, ¡ ob Amarilis! con tres ñudos 
Cada uno destos hilos colorados. 
Añuda ya, y no estén los labios mudos. 
Di en cada ñudo destos por ti dfldos : 
«Nudos de amor estrecbos, ciegos, crudos, 
Nudos de amor doy firmes y añudados.» 
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa, 

Y vuelve de la villa á Dafni á casa. 

Ansí como esta cera torna blanda. 
Ansí como este barro se endurece, 

Y uu mesmo fuego en ambas cosas anda 

Y juntamente seca y enternece; 

Ansí tu amor conmigo á Dafni ablanda, 

Y para las demás le empedcrnece. 
Ve presto, mi conjuro, y la mar pasa, 

Y vuelve de la villa á Dafni á casa. 



(Égloga de Virgilio, trad. por í>ay Luis de León.) 



•494 sri»KRSTicioxt:s i>kl kío de i.a im.ata. 

eleiiK'iitDs, alit'raiuK) A orileii tic la natuniK'za. Usaban vn- 
salmos in)iitni las inoriltHiunis do víl)oras y escorpiones, y 
tenían luvliizos para liirar á los anianti's y ;í los esposos, 
jíara destruir los g;inados, ete. Jlaeían ligaras ile cera, 
echábanles maldiciones, elavábaides alfileres en el corazón, 
y lu8 exponían en ciertos parajes, á íin de (pie, contempla- 
das con ojos tímidos {X)r las personas á (piienes repi-esen- 
taban, crevendo cvrcana la muerte, les abreviaran el tér- 
mino de sus días^^\ Kl ( )riente, el más antiguo, abundoso 
y fértil semillero de su|>ersticiones, indudablemente ha 
sido íjuien primero conociera este y diios ¡nnunieral)les 
hechizos, difundidos luego por el mundo con las invasiones 
de los j)ersas á la Grecia y de los helenos al Asia, las de 
Roma y sus conquistas, la dispersión <le los judíos, las 
emigraciones y los viajes. 

Los judíos, mirados siempre en Esj)aria con malos ojos 
por el pueblo fanático, (pie con frecuencia desahogaba su 
encono y aprensiones cometiendo bárbaros excesos, sufrían 
pacitMitemente su mala suerte, y, si alguna vez se vengaban, 
vengábansí» á las calladas. Acusábaseles, entre otras cosas 
que el vulgo les atribuía no siemj)re con verdad, de (jiic el 
viernes santo, celebrando la muerte del Salvador, cruci- 
ficaban y l>ebían la sangre <le niños ó jóvenes cristianos 
íjue lognilüín robar con arte. A falta de jóvenes ó niños á 
quienes martirizar, valíanse de imágenes de cera represen- 
tativas de Cristo cnicificado. Tal los pintaba la tradiciún 
popular, y tal apan*<'en en romances, poemas y leyes. 
Cuenta Gonzalo de l>erceo, jMieta del siglo decimotercio, 
que hallándow congregada la grey cristiana ante los altares 

(1) Véqjc de Anaoarns á la (Jrccia \yot >]. •!. linrllM'lciny. 



CAPITULO XXXII. 495 

de la catedral de Toledo, en una fiesta de la virgen, oyóse 
una voz del cielo quejumbrosa, que decía: 

Otra vez crucifican al mi caro fijuelo: 

Non entendríe ninguno quand grant es el mi duelo. 

Era el plañido de la Madre de Dios, que denunciaba á 
los cristianos el crimen que en aquel acto estaban come- 
tiendo los judíos en la ¡)ersona de Jesucristo. Los cristia- 
nos, excitados por el arzobispo que oficiaba en la misa, 
acudieron en masa á la judería, donde 

Fallaron en una casa del rabí más onrado 

Un grant cuerpo de cera como ome formado. 

Como don Xripsto s'ovo, sedíe crucificado, 

Con grandes clavos preso e grant plaga al costado (1). 

Los legisladores, siguiendo la corriente popular, prove- 
yeron á las repetidas quejas del clero y de los fieles. Don 
Alonso X de Castilla, sin admitir como éstos indubitable 
el hecho que imputa) )an á los judíos, amenazaba con la 
pena de muerte á los que resultasen autores de él. «E por 
que oymos dezir que en algunos lugares los judíos fizieron 
e fazen el día de viernes santo remembranza de la pasión 
de Nuestro Señor Jesu Cristo en manera de escarnio, fur- 
tando los niños e poniéndolos en cruz, e faziendo ymagines 
de cera e crucificándolas, quando los niños non puc-den ha- 
ver, mandamos que si más fuere de a(][uí adelante en al- 
gund lugar de nuestro señorío tal cosa assí fecha, si se pu- 



(1) Milagros de Nuestra Señora. Véase Historia Social, Política y 
Religiosa de los Judíos de España ij Portugal por D. José Amador 
de los Ríos. 



496 SUPERSTICIONES DKI, RÍO 1)K LA PLATA. 

diere averiixuar, que to<los aijuellos que se acertaron y tu 
aquel fivho. que sean presos e recahdados c duchos ante o\ 
Rey, e después que el Key sopiere la verdad, (lévelos man- 
dar matar ahütailanieute quantos (juier que sean>^^^\ 

l'na priMida del individuo á (juien sf intenta maleficiar, 
es|XH;ialaieute de aquellas que están adheridas á su jut- 
sona, como una pieza de ropa, es uno de los medios más 
socorridos de hacer daño. Este urhIío de /i (jar, tan anti- 
guo y comíin en Europa "\ fué tamhién conocido y puesto 



(1) !>•>• '2.\ título 24." <k* la l\irtida 7.* 

(2) «Halló Antonio A padrt» lí la (Viiotia, (lUc buscaba en la V\\- 
niarn del Koy p«^r lo nu'iios, y en vu'iulola, puesta urui (hvscnvainada 
daga en las manos, con c<'>lera española y discurso ciejío arremetió á 
ella, y asiéndola «Id l)ni/<^ izquierdo y levantada la dapt en alto, la 
dijo: — • Dame, ¡oh hechieerul á mi hijo vivo y sano, y lu('p:o, si no, 
haz cuenta que el punto de tu nuu'rtc ha liejíado. Mira si times su 
vida envuelta en al^^im envoltorio de aj^uj^is sin ojos ó de alfileres 
liin cabezas. Mira, ¡oh i>érfida! si la tienes escondida en al^j^ún quicio 
de puerta ó en alíruna otra parte que sólo tú lo sabes. > Pasmóse (V- 
nocia, viendo que la amena/aba una da^a desnuda en las manos de 
un español colérico, y temblando le prometió de darle la vida y salud 
de su hijo, y aun le prometiera de darle la salud de todo el mundo, 
si se la pidiera: de tal manera se le había «'nlra<lo el temor en el 
alma. V así le dijo:— «Suéltame, espaAol, y envaina tu acero, que los 
que tienen tu hijo le han conducido al término en que está. Y pues 
itabes que la.« mujeres sínnos naturalmente venp:ativas, y más cuando 
not llama á hi ventran/.n el desdén y el menosprecio, no te maravilles 
si la dureza de tu hijo me ha endurecido el pecho. Aconséjale que 
se humane de aí|uí lulelante con los rendidos, y no desprecie á los 
qu#» pi^'da/l le pidieren, y vete en paz, que mai^ann estará lu hijo m 
dí^ipoMción de lev • bueno y sano. » — «Cuando así no sejí, re^^pon- 

di*' \i'í'.»!Ío, ni ú faltJirá industria para hallartí*, ni cólera pan» 

qu i viíla,' Y con ento In «lejó, y <dla quedó tan entregada al 

miedo, que olvidáiidon^' de trnlo nf^ravio, sacó del (piicio de una puerta 
los b*" " "ía fin'parado para consumir la vida jmwo á poco 

dd riy ...... , !•• 'Mt! loH de HU donaire y Kcniile/a la tenía ren- 

dida. hul>o I al < la (Vnotia huh endemoiiiados prepara- 

mentos de la puerta, cuando sidió la r>alud ¡Mordida de Antonio á 



CAPITULO XXXII. 497 

en práctica por los indios de América, sin que entre las 
operaciones de los hechiceros del Viejo y Nuevo Mundo 
haya la más mínima diferencia. Las mujeres maléficas, ó 
bien eiitierran, ó bien conservan amontonadas y húmedas, 
en un rincón obscuro de su cavernoso y sucio albergue, las 
ropas de la persona á quien están martirizando. Renuevan 
ó avivan los padecimientos del hechizado, levantando y 
esponjando aquellos trapos húmedos y revueltos. Remué- 
venlos de tiempo en tiempo, teniendo constantemente mar- 
tirizada á la persona cuya era la ropa. Otras veces forman 
con la pieza de ropa sustraída ó robada una figura repre- 
sentativa de la persona á quien pertenece ó de cualquiera 
de sus órganos. Clavando en estas figuras unos alfileres de 
cabeza grande, le entierran en su cuarto ú otro lugar apa- 
rente según sus designios, y hacen sufrir al paciente do- 
lores acerbos, para los cuales no hay medicina que valga. 
¡Cuántas veces, haciendo un hoyo ó excavando unos ci- 
mientos, se ha dado con un corazón de trapo acribillado 
de alfileres! ¡Qué sorpresa y qué desmayo! ¡Cuánta mal- 
dad! ¿Quién sería la víctima? ¡Horrible atrocidad! ¡Dios 
nos libre de una desgracia semejante! 

Ungiientos, fumigaciones, bebedizos, hierbas ^^\ sabandi- 



plaza, cobrando en su rostro las primeras colores, los ojos vista ale- 
gre y las desmayadas fuerzas esforzado brío, de lo que recibieron ge- 
neral contento cuantos le conocían.^ (Trabajos (le Pérsilc^ // Sigis- 
mnnda por ^liguel de Cervantes.) 

(1) Véase, entre otros pasajes de este libro. Cap, XI\', pág. 209. 
Entre los indios y luego entre el vulgo de la gente criolla y nuevos 
pobladores, hicieron señalado i)apel la coca del Perú y la ITuMba del 
Paraguay. 

De la yerba del Paraguay ó del mate y de la coca del Pi-rú dice 
Ruiz de Montoya: «Conuuímente los hechizos que se hacen llevan esta 



498 SrPKR5TlCIONES DEL UÍt> PK LA 1'1^\TA. 

jaj», plumas do avt»s, tni(X)s, uñas, cnlxllos, huesos de di- 
funteas, nuu1iHX)s de cvra, retnitos de jHTsouas, v cosas 
semejantes, ofriwu los prowsos de la imiuisieión en Am<^- 
ricrt en punto á heehieería. Cuyes y sapos aparecen con 
fnvuencia. Los altileres aplicahanse para herir ó ])unzar á 
los maleficiados, ('la valíanlos, por ejemplo, en la cabeza, el 
|>esouezo, los brazos, el pecho 6 las piernas de un saj>o, a lin 
de que la persona hei'hizada sintiese los efectos de las heri- 
das en las partes del cuerpo y miembros correspondientíN. 
I^ manivillosa eficacia de los h(>chizos debíase nntuial- 
mente a las indicaciones y ayuda del esjuritu mali*;no, (pie 
en diversas formas monstruosas acudía á las invociiciones 
del hechicero. La forma de macho cabrío, animal j)oco mi- 
rado en materias de cíistidad, era, sin duda, la más grata á 
sus devotas. Mujeres generalmente fueron la gente más 
afici<mada á dar bebedizos v hacer todo róiero de heclii- 
cerías. Kso en toda.s partes. E,n el Río de la Plata suelen 
ílecir sencillamente malas mujeres ó mujeres que hacen 
(laño, á las que en ello suelen ocuparse. En el Perú, una 
z^imba, Cecilia de Ca.stro, hechizaba á los galanes, mascando 
la coca, hablando entre sí y haciendo movimientos con la 
calK'za V con las manos. Encen<lía velas formadas con los 
cahelloH de los galanes que intentaba maleliciar. A medio 
arder, las apagaba, echándolas en una olla de aguardiente 
mezclado con zumo de coca mascada, la olla puesta al 
fuego. En seguida, aKÍ la malelic^i como las imijeres (»n cuyo 
provechíi fabricaba el hechizo, prorrumpían en vítores al 

y«rl..i.» • Kii el 11 . <!«• Iiirliir«ríii-, y niiii on v\ olor y 

-íi' • ■ t 'I! í*'-'/ ^ Tiniy Hrmcjnnte á 

U . j ^ .. ,. ,1,1.1 ,-,;.' . iiUiml del raru' 

guay, Pararví, Uruguay y Tape.) 



CAPÍTULO XXXII. 499 

gran chivato, haciendo sonar castañuelas. Repetían á la 
vez: ¡chasque! chasque!^^\ » Los bebedizos y bocados ma- 
léficos han tenido por principal y más frecuente objeto, en 
todas partes, en Europa y América, así (en ésta) los de 
origen exótico como los indígenas ó anteriores á la con- 
quista, remover obstáculos al logro de impúdicos anhelos 
y salir bien en lances apurados, sobre todo cuando por el 
camino lesiítimo está vedada la consecución de los deseos 
del pretendiente. La gente menuda, pero en especial los 
mestizos, pardos y mulatos, y entre ellos las mujeres sobre 
todo, dedicábanse en el Nuevo Mundo á las artes de hechi- 
cería, bajo diferentes formas, mezclado con lo advenedizo 
lo indígena. 

El sapo y el cui 6 cuisito, ó cuy''^\ llamado también 



(1) Relación de proceso? en la Historia del Tribunal del Santo 
Ofieio de la Inquisición de Lima por D. J. T. Medina. 

(2) o-Cori es un animal de cuatro pies é pequeño, del tamaño de 
galapos medianos. Pares^en estos caris especie ó género de conejos, 
aunque el hocico le tienen á manera de ratón, mas no tan agudo. Las 
orejas las tienen muy pequeñas, é tráenlas tan pegadas ó juntas con- 
tinua ó naturalmente, que pares^-e que les faltan ó que no las tienen. 
No tienen cola alguna: son muy delicados de pies ámanos, desde las 
junturas ó corvas para abaxo: tienen tres dedos é otro menor, é muy 
sotiles. Son blancos del todo, é otros de todo punto negros, y, los más, 
manchados de ambos colores. También los hay bermejos del todo, é 
algunos manchados de blanco é bermejo. Son mudos animales é no 
enojosos, é nuiy domésticos, é ándanse por casa é tiénenla limpia, é 
no chillan ni dan ruido, ni roen, para hacer daño. Pasven hierva, é con 
un poco que les echen de la que se les da á los caballos, se sostie- 
nen ; pero mejor con un poco de ca^abi é más engordan, aunque la 
hierva les es más natural.» (Historia General y Xatiiral de las Indias 
por el Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, Primer Cronista del 
Nuevo ^lundo. Publicóla, encomendando la edición é ilustración de 
ella á D. José Amador de los Ríos, la Real Academia de la His- 
toria. ) 



500 SrPF.RSTICUVNKS DKL HÍO DK I. A 11 AIA. 

chanchUo (if la India, por su seincjaiizii a un cerdo (chan^ 
cha en t*l Kío de la Plata) en la forma de todo sii ciktjh), 
entndian en el mencionado hecliizo (v in otros, en las eu- 
^lc¡onl^'< sujH'rsticiosas, j>or ejemplo ) con mucha frecuen- 
cia ^*l El nond)re de ruí (cuij mils conforme á la índole 
del eaiétellano) es imitativo de su modo de gritar: cui\ cuí, 
cin\ cuí, cui, repi^tidos precipitadamente. Propágase do- 
mestico con facilidad y profusión sumas. Su color más ge- 
nenil es nt^o y rojizo, y algunos hay, auii(|ue raros, ente- 
ramente blancos. Los hlancos y los negros son los quepa- 
rece prt^ferían los hechiceros para hacer daño. 

Sapos, avestruces y serpientes üguraii, á fuer de símbolos, 
en las urnas funenirias, en los r//yí/t\s' ó recipientes parecidos 
á ellas y en los platos ó pucos de los indios calcha(|uíes que 
|H>blaban una de las vastas comarcas del antiguo Tucumán. 
Los ídolos ó fetiches y amuletos de la misma generación ofre- 
een diversas formas de j)ersonas y de animales, predomi- 
nando entre las primeras la figura de nuijer, acaso por su 
mayor de<l¡cjición que el hombre al arte de la brujería "^. 

I^»s hechiceros del Perú, con el malelicio amatorio, te- 
nían azonzadas á muchas personas pr¡nci[>alcs. Kl nialeli- 
cio consistía en unas pedrezuelas y ciertas hierbas, con las 
que hacían que tales jM-rsonas, perdiendo el juicio, se rin- 
dioícn con amor vehemente á otras humildes. También se 
valían, ¡wini el mismo efecto, de los cjibellosy vestidos im- 
pH'gruidos del sudor de la jM*rsf)na á (pie perteiHM'ían. 



(1) XtiuMs lliMlonn del Suevo Mumio por d 1*. Jl<Tnubé Cobo. 

I ' <" ' ' •• ¡,ft \arion f |Hr¡«Hl¡co) i\v JIiumum Airen ( juíÍímiIo 

• ••' """y, que Iiu» jMuuiriíMiií'í* m- {Huiíaii Imjo la pro- 

<K.- fiífuní <lf iiiujrr. (Número de 17 de junio 
de 



CAPÍTULO XXXII. 501 

Valíanse asimismo de la saliva v de otras cosas y prendas 
de uso de la j)ersona que querían ligar. Hacíanle padecer 
dolores terribles de corazón y dejábanla atontada de tal 
suerte que, aunque miraba, no veía, es decir, no fijaba su 
atención en cosa alguna. El hechicero, después de media 
noche, con el fin de preservarse del sueño é invocar al de- 
monio, tomaba una gi-an cantidad de coca, de tabaco verde 
y de canela de los Andes. Luego cantaba en voz baja, lla- 
mando al espíritu ó alma de la persona cuyas prendas te- 
nía delante. Luego, oídas las excusas 6 temores que mani- 
festaba el alma de la persona llamada, la reprendía y le 
mandaba que hiciese lo que le ordenaba, ligándola con una 
cuerda de lana. Tomaba en seguida maíz negro y otras co- 
sas, y limpiando las prendas de la persona hechizada, de- 
cía: — «Con esto limpio y quito de todos vuestros actos y 
de vuestros amores la adversa fortuna. » Finalmente, todo 
lo dicho y la coca mascada que ofrecían á la guaca de los 
amores, y alguna chaquira, poníanlo en la olla, que ente- 
rraban en un lugar secreto y apartado, de ordinario en la 
junta de dos ríos^^\ 

(1) Memorias Antiguas Historiales y Polítiras riel Perú por el Li- 
cenciado Fernando ^lontesinos. «Este modo de liecliicería (añade Mon- 
tesinos) dicen los indios que es de tanto efecto, que no puede ninj^una 
persona ligada apartarse del que ama, y casi han (¡uerido decir que 
les fuerza el libre alhedrío, como me dijo cierto amij^o cura, harto afli- 
gido de no poder darles á entender lo contrario ú algunos que usaban 
desto. Y díjome que había hecho toda diligencia, y que hallaba, por 
su cuenta, que estos males de corazón y abreviarse la vida lo causa- 
ban unas yerbezuelas que los hechiceros dan en los manjares después 
del entierro de la olla, de las cuales dicen los herbolarios desta tierra 
que crían cierto humor sobre el corazón, que causa estos accidentes, y 
corrómpese por tiempo, convirtiéndose en humor hipocóndrico, de (lue 
se les sigue á los que h;in t(^mad») estas yerl)as mal de corazón y 
nuiertes pepentinas. 



502 SI'PFIÍSTICIONES !)KL KÍO DK LA TLATA. 

Si»rvíaiist\ paní los inaK«íii*ios, no solo dv una partt' de 
la n>|KU sino ( ct)mo st» ha dicho) ile la saliva, así como tle 
los calH'lIos, ó (Ir la sangix', de la jHTsoiia a ([iiicii se pro- 
|>onían lurhizar. Tamlneii vi'stían con la ropa dr la pi-r- 
8ona iHÜada una figuní que la representase. Colgábanla, 
nialdtvíanla y eseupíanla. Formaban asimismo inulgenes 
de cera, de barro ó de masa, y poníanlas al fuego, a fin de 
que, derritiéndose la cení ó enduncicmlose el barro ó la 
masa, pnKlujesen efectos análogos en las personas Á (jnie- 
nes representaban^^': forma de maletieio bien semejante á 
las de igual índole usadas en Europa''. Slmpafíaa y //- 
gaduras forman su trama. 

!><►> hechiceros guaraníes, después de consultar sus de- 
pravados intentos con el demonio, (pie se les aparecía rui- 
dosamente en figura de negrillo, hacían uso de aípiellas 
cosas que, segini las instrucciones que de 6\ recibían, ofre- 
ciesen alguna relación ó semejanza real 6 imaginaria con 
el objeto 6 índole del maleficio que se projx)nían hacer á 
la jKTsona odiada. Para ocasionar calenturas 6 tos, se va- 
lían de carlx)n(»s muy swos: para cegar, de objetos que tu- 
\ie«en fonna y aspi'cto de ojos: para ciiusar dolores agu- 
dos, de espinas, huesos ó cosas parecidas ^^\ Usaban, en suma, 
el mismo procedimiento 6 m(^todo de analojía que observan 
los magos del Oriente, y se fundaron en conceptos semeJHii- 
tc« á los que la ciencia ocíiUa e.\|Kjne. Las siinpntías y 
antipatía* íjue el Viejo Mundo creyó ver en las cosas, en 



Kl I*. IkTimbé Cobo, Ilintoria del Niievo Muiuln. 

•'» di? 1a niit !. víiwe la UTcorn cHtrofn <lc ion vernos 

wj ... ..,{. 

( i, 1 . I. , '^ de Ui Cow ¡ninfa del I*aragua¡jt 

Rio de la Jlaia y Tucutnún. 



CAPfTUI.O XXXII. 503 

todo el universo, formaron también la base de los conoci- 
mientos cósmicos ( si cabe la expresión ) de los indígenas 
del Xuevo. Hechizaban, por ejemplo, atando al pie de un 
árbol un sapo, una culebra ú otra sabandija, sin darle de 
comer. Con la falta de alimentos, el animal desfallecía, 
acabando por morir. Al propio tiempo íbase consumiendo 
la persona hechizada, quien moría, cuando moría el anima- 
lejo^^l En una palabra, los hechiceros guaraníes, así como 
los de todas las demás generaciones que poblaban el Nuevo 
Mundo (de la propia manera que pretendían hacerlo los 
del Oriente y Em'opa), ligaban, ataban sus víctimas á la 
perversa voluntad del autor del maleficio y á la condición 
y suerte de las cosas animadas ó inanimadas de que se 
servían al intento. 

Semejantes ligaduras ó ataduras, que merced á las su- 
puestas simpatías y antipatías de las cosas entre sí y 
respecto de las personas, creyó poder utilizar el hechi- 
cero en daño de las gentes, con ñ-ecuencia tentaban la ocio- 
sidad y la malquerencia de muchos individuos, por lo 
regular, del sexo débil y de humilde condición, quienes á 
la postre venían á pagar su peligroso entretenimiento des- 
pedazados por los agudísimos colmillos do crueles )nasfi- 
ncs veladores del católico rebano ^'\. 

El 12 de julio de 173¿} salía por las calles de Lima, en 
hábito de penitente, á un ñuto de fe, pintados en el capi- 
rote los emblemas de hi su})erstición y de la mentira, con 
sambenito de media aspa, soga y vela verde, una mestiza 



(1) Lozano, obra precedentemente citada. 

(2) Así llamo Cervantes en su Pirsilrs (como se ha indicado re 
petidas veces en estii obra) á los inquisidores. 



504 Ni'pi-i.^Ti. i.>\r> i»KL RÍO di: la i'Lata. 

hilamii'ni, Sohastiaim de FigiuTon, á (iiiicii A Santo Olioio 
coiulenalm p>r adorailoni del diMuonio, maestro de cuyas 
lecvionei? sai';d>a |>rovtH.'ho para sus artes de heeliicifía, 
pen'irtiendo las costumbres y malelieiando á las *!;t»ntes. 
l^is dañaba en sus jKTsonas y en sus bienes, las ligaba, 
les preilei'ía lo próximo de su muerte. N'alíaso de prácticas 
HupereticiosaH, de medirá mentos, de cierto animnli/lo blanco 
en cuyo vientre introducía unas liierbas prevenida? al efecto, 
con el cual y con las cuales frotai):i el cuerpo de las per- 
sonas. Un negro esclavo de una baeienda de la C\)nij)arna 
de Jesús, llanuido Manuel de Jesús, /r/ív/Aa (refregaba, 
frutaba) los desnudos cuerpos con cuyes (anímales semC' 
jantes d los conejos) y para ejecutar maleficios. Otro negro 
bozal, Francisco Hazaña, acreditado de brujo, curaba los 
nialeticios con palma, romero y olivo tostados en un tiesto 
de greíla, sahumando la ca.sa, as|><'rjand() con agua bendita 
los rincones y aleteando con la punta de la ca[)a como 
f|uien espanta alguna cosa, en dirección ;í la puerta de la 
calle, donde enterraba un cuí prieto, clavado con allileres. 
l'saban, pu(».s al ¡)arecer, el cuí blanco para el hechizo, el 
negro paní deshacerlo. 

A muchas ¡xírsonas quitó la vida la l'^igueroa con sus 
hechizos. A otras les embarazaba el uso de la voz, atrave- 
sando una eí<pina en la garganta de una figura de cera con- 
venientemente dispuest^i al intento. Hacía (pie los maridos 
ó los gidanc>s quisiesen á las nmjeres que solicitaban su 
¡latroí'inio. Vengábase <ie los que resistían á sus sugestio- 
nes, haciéndoles sufrir agudísimos dolores y sumiendohjs 
en un estado de idiotismo, cuyo termino era, al cabo d(* 
muchr> ¡M-nar, la muerte. La aventajada discípula de Sata- 
nás abjuró de vehemcnli, nierwd á lo cual se libró de la 



CAPÍTULO XXXII. 505 

hoguera, limitándose la benignidad de los señores inquisi- 
dores á mandar que le diesen, entre otras saludables y 
edificativas advertencias, doscientos azotes en la forma 
de estilo, á saber: á voz de pregonero que publicase su 
delito, por las calles, montada en bestia de albarda y des- 
nuda de la cintura arriba • ^ \ 

Posteriormente fue también penitenciada en la ciudad 
de los Reyes una vendedora de gallinas, Rafaela Rodrí- 
guez, que, para impedir que un amigo suyo fuese desterrado 
á Valdivia, dispuso tres muñecos que representaban sendas 
personas de autoridad, vestidas la una de escarlata y las 
otras de golilla, soplando después con ellos la llama en que 
calentara un compuesto de aguardiente, coca mascada y 
azúcar, al propio tiempo que, levantada la olla en alto, in- 
vocaban ella y otra nmjer que la acompañaba, quitados 
los rosarios, al demonio, cuya asistencia facilitaban con el 
liumo del cio;arro v con libaciones alcohólicas. Un mulato 
de Moquegua ( Perú ), de nombre Antonio Hurtado, reci- 
bió los oportunos azotes en las calles de Lima, por ator- 
mentar á sus enemigos, ¡linchando con alfileres en el cuerpo 
de un sapo los miembros ó partes de él en que se propo- 
nía que aquéllos experimentasen los efectos de la herida ^-^. 



(1) Relación del auto dr fe celebrado eti Lima el 12 de julio de 
lS7o etc. por el Dr. I). Pedro de Peralta li:iriuievi>, en la Historia 
del Tribunal del Santo Oficio de la Inquuiición de Lima por I). J. T. 
Medina. 

(1) Historia del Tribunal del Santo Oficio de la h^quisición de 
Lima por D. J. T. Medina. 



CArÍTULO XXXI TI. 



Amplíase la materia del anterior. 



Sumario. — Leyes antigua.-* contm Ioíí h»*chizo>. — Hcrhiroría y nui- 
gia. — Astn»logíii jiuüciana. — Doclárax* la íiulolc del daño.- Kl 
daño enin* los indios. — Cómo si* ¡njíim» en el cuerpo un íualr- 
fick). — El cig^arro y el mate. — Modos do prwaverse contra el 
daño. — Guayacas, composturas, acoffijtañannrntos : auto- suges- 
tión. — Efívtos morales <lel daño. — CVmio se liga un caballo de 
carrera. — He<'hizo del lazo y de las boleadoras. — Tow/ío/ín- y 
ntrar. — Varias maneras de hechizo. — El sapo, animal cMsico en 
la magia y hechicería. — Hechizos de los indios. — Los hechiceros 
ino' de América. — (.'ifucin popular en punto á hechicería. 

— .\ ^ama de h) indígena íl lo advenedizo.— La celosa mano del 

Banto Oficio. — Remedios contra el daño. — Mmlo de descubrir á 
i*iw autores. — Similia ttimilibus curantur. — Plantas varias contra 
el daño. — El rapirat't. — El isijió-niruiú ó tHÍlhotnrns. - 101 
tJtipó'jxiy^. — Simpatía. — Kemed¡í)s síiujkUícos contra el veneno 
de la vílK)ni. — El venado del canjiK) (¡/uaiuti) y su hnha niliu- 
poM. — Círculos en el ciunix». — Las víboras y culebras maman<lo. 



Dtiií AloiiKo X de CaHtilla juoliihiú el usu dv lo.s 1il- 
cliizos y (le los filtro» á huh nada aHcrticos vaHallos. € Otrosí 
defendemos ( prohibimoH ), entatuyó, que ninguno non eea 
osado de fazer imaginen de cera, nin de metal, nin otros 
fccliiz4jH pira enamorar los omes con las nmgeres, nin pjirn 
departir el amor que algunos ouiessen entre sí. E aun de- 
fendemos que ningimo non sea osado de dar yemas, nin 



CAPÍTULO xxxrii. 507 

brcuaje a alguiid orne, niii a muger, por razón de enamo- 
ramiento; porque acaesce á las vegadas (á veces ) que des- 
tos breuajes vienen a muerte los ornes que los toman e han 
muy grandes enfermedades, de que fincan ocasionados para 
siempre ^^\» Hechiceros, adivinos, encantadores y otros 
truhanes (sic) de la propia familia debían salir de la 
tierra, á la que nascen de sus fechos muy grandes males ^'^\ 
Acostumbraban los provisores enmelarlos y emplumarlos, 
poniéndolos en una escalera, á la puerta de la casa del 
obispo ó cerca de la iglesia ^^\ Los encantadores, con artes 
y embaimientos, hacían, entre otras cosas, llorar y sudar á 
las imágenes, á fin de sacar dinero á los parroquianos. 

Habráse observado (pie en la primera de las citadas leyes 
del Rey Sabio se distinguen los hechizos de los brebajes ó 
hierbas (filtros) que por razón de enamoramiento propinan 
algunos. Son hechizos propiamente las cosas y operaciones 
ejecutadas por arte de hechicería, es decir, conforme á los 
procedimientos secretos, ó sea indicados por la ciencia 
oculta, aunque no sistematizada ni escrita, que algunos 
sujetos conocen y aplican encubiertamente, viniendo á for- 
mar parte de la magia, general en el mundo, nacida y prac- 
ticada en todos los pueblos, mirada con reverencial temor 
por el h()ml)re primitivo de todas las regiones. Los bre- 



"(1) Ley 2:-\ título 2o.'\ Parthla 1:\ 

(2) Ley 1.", título 23.«, rmiida 7.". 

(3) Política para Corrcf/iilorcs y Señores de Vasallos cu iieiupo de 
])az y de guerra por el Licenciado Castillo de Bovadilla, del Consejo 
del Rey Don Felipe III. «La setena (manera de pena) es quando 
condenan ;i nlíiuno (]ue sea azotado »'> ícrido paladinamente, por yerro 
que fizo, ó lo ponen en desonrra del en la picota, ó lo desnudan, fa- 
ziéndole estar al sol, untándolo de miel, porque lo coman las moscas, 
alguna hora del día.» (Ley 4.=', tít. 31.^', Partida 7.^) 

34. 



508 SUrKHSTU'IOXES DKL HÍO I>K IiA TLATA. 

bajes 6 ¡lirrhaft, aunqiu» asimismo conipucsfn.^ ó urrcujladiis 
oonformr á inaiiipulai'iones serretas, suelen dafiar el orpi- 
nisino, j>or efeeto de las eiialidades n()eiva> <> drl rrnmo 
que contienen naluralmrnte. \' de ahí el iiond>re de mu^- 
ficaj< (Venenosas) cnm que han sido designadas tales póei- 
nias ó (X)midas y las mallu'choras qne las suministran ^^^ 
De ahí también <íUí' la rontrnJiirrlin >(k\ \\\\ (Mjinvalente 
de antíiloto o contraveneno. 

\jOa agori*ros, sorteros, ad¡vin«)s, heehieeros y demás 
truhanes c\WQ obnisen en contra de las prohibiciones esta- 
bleciilas j>or la lev, debían morir por ende, « Pero los que 
fiziessen encantamiento o otras cosas, con intí^nción buena, 
VLA»\ como sacar demonios ile los cuerpos di* ios omes : 
o |>nra dí»slijrar a los (pie faessen marido e nniger <pie non 
pudiessen conuenir: <► |>ara desatar md)e «pie echasse gra- 
nizo o nit'bla, jM)rque non eorronqúcssc Nks frutos: 6 para 
matar langosta, o pulgón, (pie daña el j>an, o las viñas: o 

(1) «Y aní, acoii»<'ja<la (le una iiionsca, en uii inrinhnllo tolcdjmo 

dio á Tomáí» unos <|pí*to« que llaninn hrrhixos, crcyciulo «iiu' le (lal)ji 

' 'orza-o la voluntad á (jurnTln, couio gi luil)i«'S(' en rl 

I-, riicaiitoji ni palal)i'a> -iiliricntrs jí forzai el l¡l)re alhc- 

firío. Y nnU lu^ Que diin vhUxs 1k'I)¡<1]1^ ó coniwias aniatoriaB, kc llani:iii 

renifiruM ; porc|uc no t*»* otra co-a lo que hacen, «¡no dar rrnrno á 

' * orno lo tiene nio-lnulo la ex¡)eriencia en nnielniH y 

.' ( .Mi^^ucl (If (VrvaiUí'K, A7 l/murimlo Vidricrn.) 

" rULH plantiii* y ciertaa HubHtiineiaf* tienen la propiedad de «leln- 

litar ó de exaltar el ^¡«telna nerviono, de producir un delirio pasajero, 

' ■ ■ ' ■ . • ,.,, |„ orononiía, como i>^'rdida de la sen- 

. uiiendjro^ y lUia verdadera Ictiirtcía. KsM^* 
pUnlAii y f«ul)9Uineiiii* cnlrnban en lai4 coinp(HÍe¡oneH de los breluijc^^ 
que admini^Unbaii loit mago». IÍ4put/ibai«cleM, por lo niinnio, Hul)^•tan- 
rii ' ' /J». Laj4 bebídar* que mc cnd*rczal)an á i)roducir 

f«' |Mr-'inaH (xliadaM del hccliiecro ó de aquello» á 

qii , prepurábanm* con taleM intn'edienteH.» (L.-F. Al- 

ÍRii Mnury, ijt Hmjte et i Aulrolouie datut l'Antit¡uHf^ ct nu Mof^ni Áyi.) 



CAPÍTULO X^TXIII. 509 

por alguna otra razón prouechosa semejante fiestas, non 
deuen auer pena; ante dezimos que deuen recebir galardón 
por ello ^^^.» Ni rezaba la prohibición de formar juicios 
sobre los casos futuros, con los hombres de ciencia que 
procedían por medio de la observación de los cuerpos ce- 
lestes ( astrología ). Estos son maestros que entienden ver- 
daderamente el arte de astronomía, mediante el cual se 
dan juicios y asmamientos (pareceres y consejos), cata- 
dos por ( formados según ) el curso natural de las j)la7ie- 
tas e de las otras estrellas, conforme á los libros de Ptolo- 
meo e de los otros sahidores que se trabajaron de esta 
sciencia^^\ Las distinciones que hacía el rey D. Alonso 
son las mismas que hoy hace (como entonces) la ciencia 
oculta entre la magia y la hechicería, entre la astrología 
judiciaria (que á la sazón no era shio la misma astro- 
nomía considerada en una de sus aplicaciones á la vida 
humana ) y las artes vulgares de adivinación que se usaban 
para engañar á la gente y sacarle su dinero. 

Cuantos males dolorosos, graves e incurables suft'e el 
hombre en su persona, ó los animales, pueden ser efecto de 
un hechizo. Pero el daño sinírularmente se manifiesta de 
una manera horrorosa. Caracterízale en especial la supuesta 
existencia de muchedumbre de sabandijas y objetos infor- 
mes, feos y asquerosos, en el cuerpo de la persona malefi- 
ciada. Algunas están agusanadas, y echan gusanos por ca- 
beza, oídos, pescuezo, boca, narices, brazos, etc. Curanderos 
y brujos curan estos males, y por efecto de sus remedios, 
nmltitud de personas han visto por sus ojos ( los ojos de 



(1) Ley 3.^ tít. 23.^ rartida 1:\ 

(2) Ley l.^ tít. 23.°, Partida ~:\ 



510 srpKRSTicioNKs miL Kio ni: la imaia. 

la pnocnpat'iún. uiütlos a las artes del (•uraiuliMO cnihaii- 
c'julor ) salir ilrl iium*|H) del pacimtis atornuntado por lioni- 
l>K*s dolores, una procesión de vastagos del espíritu iu- 
inundo en tii^ura de asquerosas y feas sabandijas, «í saber: 
eucjirachas, cientopies, alacranes, sapos, ranas, escuerzos, 
lapirlijas, nitom^, chinches, vinchucas, y entre ellos asti- 
llas, ojos de gato, agujas, patas de gallin.i, allileres, espinas, 
ct)lnnllos de j>ern), cabellos, cicuta, cahezas de víhora y 
otras i'osas semejantes, l^xpelen materias íedidísimas. To- 
das ó j>arte de estas cosas, reunidas ó distrihuídas {'U las 
entrañas del maleficiado, le muerden, pinchan, roen, sa- 
cuden y retuercen el vientre, el estomago, el hígado, los 
ríñones, la cabeza, el corazón u otra parte delicada del 
cueqH), haciéndole sufrir dolores intensos, extraordinarios, 
niordiumtes, que le tienen aspado, y de vez en cuando for- 
tísimas convulsiones. Kntre los indios ha sucedido lo pro- 
pio: han creíílo en i<lenticos males, por identiciis causas, en 
to<lo y |)or todo ¡guales . Anant/a, añacud ó ayacud 



( 1 I IX' io.-i iii(hVonn>$ de Ciunaiiá y vcriinití-s (h*l río Orinoco dice 
cl I*. F. Antonio Cnulín: 

«Ante;* ík- cDncIuir vAi\ materia, quiero luiccr inenciún <!<• una \\\- 

ní«itiui y peniic¡0}«a oh!*er>'anc¡a, en que kc hallan í^eneral monte com- 

; s no H^ilameiite lo.s indics infíeles y cristianos, sino nuichoH 

' Míe dohienin ensrñar á los indios con <l 

, - y sífuela de nuestra*^ católicas vcr- 

< lAif^go que el indio ú otra ¡KTHona <le los que viven entre elloH, 

a rmeilad exlniordinaria ó dolor vchenjente, hacen 

y. ' no, f|ue !<• ha dado aljíún brujo, (|Uo por 

• -í.> _ ., ; ///,s. AuménUiH"' la dolencia por la falla 

A* II * y %'enladeríw nióflicos que hay en esta tierra, y \\\c{no sin 

I d¡li(;eneia de un brujo para ípu' los cure, prome- 

' !'• (fratiíicaci/ín, si dan id enfrrmo libre <hí 

1 i. 

1. . adivinaciones umui de unoH eij^irros con unos j^runoH de 



CAPÍTULO XXX rii. 511 

entre los guaraníes, (jualícJiO, Jiuecuvú ó Jiuecufú entre 
los 2^ampas, el mismo huecuvú ó huecufil entre los pata- 
gones y los araucanos, zopay entre los peruanos, etc., ha- 
cían las mismas cosas en daño dol hombre 6 de los ani- 
males ^^ , ya directamente, ya por medio de sus ministros 
ó servidores (machíes entre araucanos y pampas, payes 
entre guaraníes ). Entre los indios, del mismo modo que 
entre los cristianos, el espíritu del mal tenía sus ministros 
ó hechiceros, á quienes se aparecía en diferentes formas, 
respondiendo á sus consultas y dándoles instrucciones. El 
cristiano, á juicio del indio, tenía pacto con el diablo. Si en 
las tolderías del indio hal)ía algún cristiano cautivo y se 
presentaba haciendo estragos la viruela, el cristiano era 
quien, de concierto con fjualícho, había traído la viruela 
á la toldería. — «¡Cristiano echando (jualichiL ! y> gritaba 
con espantosa algara la turba enfurecida. Y el cristiano 
era martirizado-"^. 

Toda cosa que se acostumbra comer 6 l^eber, se usa como 
vehículo del maleficio. Pero los más comunes de que en el 
Río de la Plata se sirven los que dan un hechizo, son el 
mate y el cigarro. La naranja, que tanto abunda lui Misio- 
nes, Corrientes y el Paraguay, es otro de los medios oi'di- 

copal, en que ofrecen incienso al demonio para que acepte sus obse- 
quios y oiga sus llamaní ionios ;^ y como con esto se ven temidos y res- 
petados, crece tanto esta maldita zi/ana, que no hay convulsión, sufo- 
cación uterina, alferecía, apostema inti^ior i'i otra rara enfermedad, 
que no se achaque á veneno, maleíicio ú operación diabólica, siendo. ;í 
la verdad, enfermedades que i)ro('eden de causas naturales, y por la 
'ignorancia de la medicina son del todo incóiínitas en la mayor parte 
de los países. » ( Historia Corognificay Xcituml y Evangélica de la 
Nueva Anflaluda. ) 

(1) V. Caps. IV v V. 

(2) V. Cap. IV, pág. 41. 



512 SÜPERSTU'IONES DKL HÍO 1>K I. A IM.ATA. 

narianuiíte Uíyulos. 'ramh'u'n se ¡ntiltm en las venas el ma- 
leficio |>i>r ineilio ilel olfato, y así las llores más bellas y 
fragantes han sido en muelias ocasiones norladoras de eflu- 
vios venenosos. La propinailón di* heclii/os en el Uío dr 
la Plata preocupa it la ícente, sobre todo en ali^unas provin- 
cias, como la de Corrientes, (pie es famosa ;i tal res])ecto. 
Jjfisi correntinas son las tésalas del Kío de la IMata. Es la 
jK>blación rural de Corrientes, en su mayor parte, mestiza. 
Allí se ha cxjnservado el idioma guaraní, (pie habla siem- 
pre el vulgo, mezclándolo con el Ciistellano. Las supersti- 
ciones de la niza guaraní, entreveradas t:iMd)i('n con las d(» 
origen eurojHío, han echado allí igualmente, entre el vulgo 
ignaro, nuces hon(his; y la creencia en el (Idíio y el uso de 
substancias nocivas, á intento de maleliciar, es uno de sus 
más abundantes frutos. 

Nada hay que fav(»rezca tanto la propinación de un he- 
chizo, como el modo de tomar el mate y el cigarro. Las 
nHijert»s ceban el mate y las mujeres hacen el cigarro (siem- 
pre de hoja, (inico (pie fuman). L<> primero que ofrecen á 
un visitíuite, después de hacerlo sentar y de las preguntas 
y sidudos de costumbre, es un cigarro y mi mate" . Ll ci- 
erro en Corrientes y el Paraguay, suele present4U*sc cor- 
tada la punta y prendido y chupado j»or los |)r()p¡os labios 
de la amable obáCHpiiante que br¡nd:i eoii ('1: muestra la 
msls ineíjuívm-:! de complacencia. 

A fin de precavenie del </a///> y de otros males, asi como 
para tener buen ^xito en las empresas 6 ser afortunado, 
muchos llevan escondida, colgada del (lullo, una (fuayaca^'^ 



\(m' Cap. XV, páff. 229. 
(!.'; VénMí Cap. XIX, pilu». !?<-, y 280. 



CAPÍTULO xxxirr. 513 

ó bolsita bien cosida por todos los lados, que contiene un 
amuleto (guacanque 6 payé). Raro será el paisano que 
no cargue j á falta de escapulario, ^ ¿¿a j/at* a. Unos huesi tos, 
una reliquia, una bala extraída del cuerpo humano, una 
cinta colorada que se tuvo en la boca al tiempo de comul- 
gar, cualquier cosa compuesta^ es decir, bendecida por un 
mago ó poseedor de un secreto maravilloso, suelen consti- 
tuir el amuleto que encierra la guayaca. 

El que lleva un anmleto ó guayaca, anda acompañado. 
A ése, que está curado, le irá bien en los peligros y trances 
duros de la vida. ; Cuántas veces, ante la desesperación ó 
prolongada agonía de un hombre herido mortalmente, no se 
ha oído decir: — «Ha de tener guayaca. Sáquensela, para 
que deje de penar! » ; Cuántas veces, sacada la guayaca, ex- 
haló en seguida el último suspiro el moribundo! Sin duda, en 
muchas ocasiones, la posesión del amuleto dio fortaleza de 
espíritu al paciente, que, resistiendo á la muerte, prolongaba 
su martirio. Verificábase en su ánimo un fenómeno psico- 
físico de auto -sugestión, mediante el cual mantenía con 
cierta forzada regularidad el juego ya liondanunte alterado 
de las funciones vitales por efecto de un bala/o ó de una cu- 
chillada. Pero despojado de la guayaca en cuyo podi^r mara- 
villoso para preservarle de la nuierte en cual(|uiera ocasión te- 
nía entera confianza, perdió el herido las fuerzas, con el desfa- 
llecimiento del ánimo, y los elementos destructores introduci- 
dos en su cuerpo no tardaron en producir su natural efecto. 

El daño, no sólo enferma física y niorahnente á una 
persona, no sólo la llena de asquerosas y feas sabandijas 
por dentro y por fuera, no sólo la niortilica con horribles 
dolores en todo el cuerpo, sino (jue también la hace des- 
graciada. El maleficiado un puede nunca arril)ar: vivirá 



514 srrERSTicioNfN ptü. i;i'»> i>r i \ ri.Ar.v. 

siempre eiitristtviilo y como alelado, pobre y !iiisoral>Io^'\ 
Personas híiv, si^nn rl viili::o, encadenadas ¡í la voluntad 
lie una china niiscnihlc, qne las ha cautivado con hnijíMÍas 
6 composiura^^. Xo es la flaqueza culpahle de loca nuijer, 
inliel it ijuien jurara amor eterno y puro ante l(»s altares. 
Eí? el heciiizo, el huacanf¡H(\ de la eliiiia mala (pie la 
acompaña y que hizo huir del hogar á un esposo di»scon- 
solado. Una pieza de ro])a de su vestido, mía parte de sus 
cabellos, un diente, una uña, una porción de su sangro, etc., 
enmeltos, anudados, junto con algún animalejo repugnante 
acretÜtado para el efecto en el arte mágico, la /¡(/(t/t, la 
atan á las jx^rversas intenciones de la mala mujer <jue la 
tiene hechizada. La maléliea hace de ella lo (pie (piiere^^^ 



(1) Improsioniula la ¡rnaí;inac¡ón y alterado el sisti'iua lurvios»), la 
(créxiula) víclima descaece rápit lamente, y el mismo pánico de sus pa- 
ríenttis y de sus ainijíos precipita su ruina. ( I'^lifás L(iví, Doumc, rt 
liitnel de ¡a Ilautr Mngic.l VA cuso que indica í^cví pu<'ile realmente 
%*erificarí»e i>or autn-sufjcüHón. 

(2» «Los hechiceros tratan de consejíuir una porción de los calxí- 
llod ó de loí* vestidos de la persona que se proponen inaldícir. Bus- 
can luego un animal (pie á sus ojos ven^'a ¿i sít la n*|)resentación de 
o*«la persona. l*on«n de-pu6s el animal en relirión mniindica con la 
persona, por nu^lio de los cabellos <'i vestidos que le pertenecieron. 
I>anlc HU nombre, mátanlo de una cuchillada máj^ica, ábreide el 
pecho y .t ile el conizón. Knvuelv«'iM-l corazón paljtitante er» los 

'•■•-" •• idos, y durante tres iIímh, á toda hora, clavan en (•] 

••nrojwidos al fuego, ó bien, larj^as espinas, proli- 
riendo lan maldiciones acostumbradas. Persuádense entonces que la 
víctima de hus per\'ersas manipulaciones experimenta los mismos do- 
lores ':• í--' . ^i |.|| mi propio corazón si* le hubieran clavado las 
c-jipín.'i -, ó clavos, murit-ndo íí la po-tn; de un nitd dcsco- 

ivi- Klifáí* I>;ví, Doytfie ei ItUud de la Jíaute Maffie.) 

• Kl '» (f* má- -«u^uro, hí el autor de í'\ ptie<le consiuuir una parte 

iUrlon ' ' ' ' ' M di(*nte, dda persomunaleü- 

ciada, i. ., . . il: voui acn une dcntcunlrc 

moi (ufted me tiene inquina;. • ^Elifái Loví, Doynve eí JUtuel de la liante 
Mogie.) 



CAPÍTULO xxxirr. 515 

Recae asimismo el maleficio en los animales y en las cosas 
que constituyen el patrimonio de una persona; pues el 
objeto (le los hechiceros es hacer mal á los hombres de 
una manera 6 de otra. Pero en este caso efectuase el daño 
mediante un conjuro, una maldición, ó un juramento que 
el individuo envidioso, vengativo ó malqueriente, ayudado 
del espíritu infernal, profiere ^'. 

He aquí el modo de ¡¡(jar un caballo de caiTcra, para 
hacerle quedar rezagado, por muy ligero que sea. Le roban 
la pisada, es decir, aj^rovechando un descuido del que lo 
guarda, extraen del suelo el terrón en que ha asentado el 
pie. Le arrancan una cerda de la cola. Envuelven terrón y 
cerda en un cuero de sapo, lian dolos con una hebra de seda 
de color de gi-anate ó carmesí. De noche, cuando asoma el 
lucero, lo entierran cerca del lugar donde ha de correrse la 
carrera. Cuando el caballo maleficiado vava corriendo, lo 
tirará de la cola y embarazará su rápido andar el poderoso 
animalejo cuya piel encierra su pisada y su cerda. El ca- 
ballo corredor estará ligado al maldito sapo, que aun 
muerto y desollado puede tanto. Es más aún: á los seis ú 
ocho días empieza á caérsele el pelo, primero del anca 
(({ue es por donde ha sido maleficiado) y luego del resto 
del cuerpo acabando por el encuentro. El temor de una 



( 1 ) < Cual infernal hochi/o, tiuc provoca 

Conjuro iiifando do roijióu maldita, 

Y dócil al perverso que lo invoca 
Sus negras alas horroroso agita, 

Y por las mudas auras se desboca, 
Las plantas y los árboles nuircbita, 
Los verdes tallos vuelve en hilos flojos 

Y viste el prado de ásperos abrojos.» 

(D. José Joaquín de Múi-a, ¿«yendas Espa- 
ñolas. LoudroB, 1840.) 



616 SUPERSTICIONES DKL KÍo I>K L.\ PLATA. 

lipuliini seiuojante hace (|uc los que cuidan caballos ilc 
iiirrcni no se separen de ellos un instante, |K'riuanecienilo 
ile ilía y ile noi'he, con luz enceniliila, á su hulo, siempre 
alerta. 

Componer y curar es enheehi/.ar una cosa, (lisj)ouerla 
convenienteinente paní (¡ue sirva al intento tiel (|ue la j>osi»e. 
Cúranjiv y compóncn,<c cuales» juiera ol)jelos. Hs el lazo un 
instruinento ile traliají» indisjx'nsaMe, y (jue aeoni|)aña 
siempre al paisano, para la aprehensión de animales vacu- 
nos y eahallares. El lazo uíana al hombre de canijx). (lor- 
iarle el lazo, cíjuivale á provocación e insulto grande. 
— «¿Qni^n me ha cortado el la/o?^, prciíuntó un indio a los 
ein'unstantes en una reunión. Como nadie respondiese, 
•'»: — «Mal compañero es el (pie hace un daño, y calla. 
í\nt yo voy á sabtT quién me lia cortado el lazo.» Toma su 
lazo en las manos, deshace la trenza de las puntas corta- 
das, escupe en ellas y trama de nuevo las correas ó tienton 
¡Mira lii:arlo.s. Volviendo á escupir en la parte compuesta 
del lazo, da un tirón para ailrmarla, mirando al mismo 
t¡en)|io á los concurrentes, uno de los cuales salta inopina- 
dumente de su asiento. Tira otra y otra y otra vez, escu- 
piendo, el indio, y vuelve una y (jtra y otra vez á sallar de 
HU asiento el mismo sujeto (pie acababa de condenarse 
por tan singular manera. VÁ damnificado no necesitó más 
pnielm.»*, ¡mra salnT (pie el (pie daba los repentinos saltos 
era (cíimo en sesuda lo confesó todo turbado) el (pie le 
había cortado el lazo. En otni ocasión el mismo indio hi/o 
ir el lazo, Herpenteando por el suelo como una culebra gi- 
gantesca, sin toí-arlo entreümto ni antes de moverse, al lu- 
gar donde (A y otros com|Kiñcros se hallaban. l)e lales 
nianivillais en que el vulgo (Tec sin rebozo, es ca|»a/. (piien 



CAPÍTULO xxxiri. 517 

tiene el arte mágico, ó conserva el preciado secreto de com- 
poner ciertos objetos útiles á sus designios. El indio de 
que se trata, sin duda tenía ¡jayé. 

El lazo se cura con grasa de víbora, al tiempo de tren- 
zarlo. A mediodía v cuando el sol está fuerte, es la hora 
en que el dueño del lazo le hace mover, serpenteando como 
una culebra, sin tocarlo y á distancia de veinte pasos. Cu- 
ran ó componen también las boleadoras, poniendo peda- 
citos de cuero de las manos del león (que tiene nuicha 
fuerza) entre la piedra y el retobo (piel con que se afo- 
rra). Así quedan ligadas las boleadoras á las cualidades 
respectivas del león. Por livianas que sean las boleadoras, 
se enredarán en las patas del animal (toro, caballo, etc.) 
que se trate de aprisionar, con tanta fuerza como si los 
mismos brazos y garras de aqueUa fiera las abrazase y afe- 
rrase. Mediante la compostura, ó curado un objeto de 
cierta manera ignorada de los demás, se supone quedar 
formada una correlación de propiedades y condiciones que 
dan el resultado á que se aspira. Fórmase una atadura, 
un vínculo mágico, una corriente simpática de fuerzas (pie 
producen en la cosa compuesta ó curada (imantada diría 
un ocultista ) efectos análogos á los de que es ca[)az el ser 
animado ó inanimado de que depende.. 

Los hechicei'os usan especialmente, para hacer daho y 
para curarlo, ciertas hierbas, y sajaos, culebras, tortugas, 
gusanos, carne y plumas de señaladas aves^'\ tra[)os, ea- 



( 1 ) « Por verse libro do ustó, 

Lo h.nlm'iii quoriilo ombriijar. » 
De.s|)^u'•^ ino empozó .i pasar 
Una pluma do avestruz. 

( El íiaiicho Martin Fierro por D. .losé 
lliináudej!. j 



518 SUPEItóTlClONKS DKL RÍO DE LA PIATA. 

Ih^IIo ^ » tierní de las sepulturas, etr. Saenu <K' mm st^pul- 
tura rei'iente cinco puñados de tierra: euatn» en j)artes (jue 
formen cruz v uno del tvutn). Keliada esta tierra en el 
fondo del mate, da |K)r resultado (pie a<piel (pie le toma se 
vaya consumiendo, á medida (pie el cuerpo del difunto se 
va sei*juido. Los allileres y agujas se clavan en cruz en d 
objeto que está en acción para malellciar :í una |)ersona. l']n 
suma, han usado, y usan, las mujeres maléücas, además de 
las cosas peculiares de Amériea, cuantas tueron conocidas 
por el mismo estilo en l^uropa. I'Vrnando de Rojas dio 
niinuciosíis noticias de la hechicera en su famosa trai^ico- 
nieilia de Calixto y Mdilu'a -, y I >. Kstebaii Manuel de 
Villejras, el Anacreonte Español, lamlácMi lia referido pun- 
tualmente los males que hacía y sus medios de dañar: (ili- 
naba bocados, cortaba (jirones yfabricaha ideas, es decir, 
valíasi*, en sus malelicios, de composturas (pie (la])a á (•(►- 



( 1 ) Sio que Diogtino soRpcclif, 

(" 11 iH'ifro tn-i» iitoUis (•) 

^ hiTvir «'ii IitIh*. 

^AV (Jaúclio Martin Fierro por I>. Jo»é 
IIrrnáii(l<-r.. ) 

(2) «Y c-n Otro apartiulo tenía para nincdiar aniorcí< y para se (luo- 
rpr l»i«-fi. Tenía huoscís de cora/óri de {-¡rivo, ltMiy:iia de víhora, cabo- ' 
raj* df coíloniicejí, mím^^ íIc a.-^no, U-la d«* caballo, nianlillo de niño, 
haba morlaca, v}\\']\\ marina, HOga de ahorcjulo, flor de h¡(?dra. espina 
de erizo, pie de tejón, gninoH de hele<'ho, la p¡«'(lra del nido del ájruila 
y - " - M. Venían á ella muchos hombres y mujeres; y ñ unos 

ti* . " 'lo monliftti, á otro» de su npjta, ú oíros ilc sus ra- 

bellfjM, i \m en la palma letras con a/afrán, ii otros con 

tMiTiH-llón, á otros daÍMi uhoh roratonfjt de cera Ueiioa de agujas (¡ue- 
hfful ' irro !/ rn pinino lurlms, muy cspant^dilcs á 

ver. i.. . ; ..i palabras entiirra... ¿ (¿ui('n te podrá <le- 

cir lo ip. i hacía, y to<lo era burlu y mentira?» (La Celen- 

(ÚM por Fcniaiiüo de liojai»,) 

(•) Mtié: ptiú nitonunu rindo d« lot Mgrot. 



CAPITULO xxxni. 



519 



mer, de algún pedazo ó pieza del vestido de la ¡persona que 
sufre el daño y de imágenes de cera representativas de 
aquel ó aquella que había de ser sacrificada'^ . 

El sapo es uno de los aninialejos de que más uso hace la 
hechicería criolla. El sapo es elemento clásico de la hechi- 
cería y de la magia. La ciencia oculta le proclama, por 
sus condiciones, uno de los más poderosos auxiliares del 
arte de hacer maleficios ^"\ En las operaciones mágicas 



(1) 



A Gratidia, llccJiicera. 



CANTILENA 



Casada la de Eurito, 
Asquerosa Gratidia, 
Enojosa á las madres, 
Odiosa ú las hijas, 

Y á las tiernas casadas 
No menos enemiga 

Que ¿í los tigres de Ilircania 
Los leones de Libia: 
I*or tí penan los hijos, 
Por tí los padres gritan 

Y los tiernos casados 
Tristemente suspiran. 
Pues no cierto de amores, 
Porque ya en tus mejillas 
Las que antes eran rosas 
Agora son espinas ; 

Sino de aquella fuerza 
Del encanto maligna 
Que vuelve los juicios 

Y revuelve la Estigia. 
Por tí, dura Megera 

Y Tesífone esquiva. 



Se mueven las peleas. 
Se conmueven las iras. 
Tú, robustas niñeces. 
De forta'eza dignas, 
Estragas á la sorda. 
Como si fueras lima ; 

Y de frescas muchachas. 
Amenas lozanías, 

O cual siesta desmayas 
O cual noche marchitas. 
Los ingenios embotas, 
Las memorias descuidas 

Y á los tristes que penas 
Los sentidos avivas. 
Todo por instrumento 

De bocados que aliñas. 
De girones (jue cortas. 
De ideas que fabricas: 
Milagros que á la cera, 
Al paño, á la comida 
Kn vano se le deben 
Donde tú estjis, (Iratidia. 



(2) *riay ciertos animales que tienen la propiedad dv romper las 
corrientes de luz astral (fuerza universal en cuanto i)¡ianla los mun- 
dos) por medio de una absorción sui géneris. Pastos animales nos son 
violentamente antipáticos y tienen en su mirada al^o de faseinador: 
l^or ejemplo, el sapo. Conservados vivos en las hal)itaciones preservan 
de las alucinaciones y otras afecciones mentales, de los presti<íios di' 
la ewhriagucx astral.^ (Klifás Leví, I)<><j)nr ct líUurl de la lian fe 
Mayie. ) 



520 srPERSTiriONi-is dkl río de la plata. 

tiene 8U im|x>rtaiuMa: resjíoiulo á la ¡ulliuiKMa del planeta 
Sttluriu» . Los liechieerDs dv Europa iviurrieroii á r\ cii 
imihiliul íle casos. En Ainériea los proeesos de la hnpii- 
sieióii le pn.*seiitan alternaiulo vtm el eny ' . I*ero i»» más 
sinixular i*s ijue los indios, antes del deseuhri miento y (mui- 
quista de Amériea, usaron taml)i(;»n, con preferencia, el sa|>o 
en sus hechieerías. Tna elase íle lieehieeros <;naraníes, á 
que los í»spañoU»s llamaron CHfrrradorcff, hacían sus male- 
ficios enterrando en la casa de la persona que deseaban 
matar, las sobras de su comida, cascaras de fruta, pedazos 
de «irixin, etc. Enterraban tambicn sapos atravesados con 
alpina (»spina de peecado. El maleliciado con e-te becbizo 
íbase enílaqumendo y consumiendo, hasta (|U(\ sin enh r- 
metlad conocida, moría. Los e/i ferrad ores, para hacer este 
nialefieio, consultaban al demonio, (piien se les ajuirecía en 
fijrnni de negrillo con un cesto en la mano y les daba las 
instnicciones convenientes al cumplimiento de sus desig- 
nios. El entierro se hacía en la casa ó cuarto (pie habitaba 
la víctima; |)ero, si no tenían ocasión ó la posibilidad Ar 
luicerlo allí, verificábanlo en un lugar de ella frecuenladn. 
En una pieza ó galjHMi donde nunca faltaba gente ni de 
día ni de no<;liP, cuan<lo los padres jesuítas andaban rc<lu- 
ciendo y aíloctrinando á los indios del Paraná y Uruguay, 
liallarnn más de trescientas sepnltuias de este genero de 



(\) '\jnm nnininlcn i«oii (Itile* á la iiin^in iii cunatn (IcMprciidcii «1 
fluúü) oMtral (|uc fitifi opcrncioncH nc>ccHÍuui. La luH'hiccrín kc funda en 
el prífinpK> (le aniíiinci/iii de Ion obji'to« coiiHat^radoH, qui* ne uffctúa 
á favor *\t\ nirrjut < ' ' " i». Kl nnpo oh .syí- 

lurnnt * I'.ii/i-, '/; _ ./ . v : it¡tir.) 

i: . íle \triMtnoÉ vuríoM en la IIiMifiria drl Trihunal del 

Oanlo Ofirto de la Jiufuijiinón de ÍJnia por I). •!. T. Mnliini. 



CAPITULO xxxiir. 521 

maleficios ^^\ En las salamancas, ó impenetrables cavernas 
encantadas del Río de la Plata, suele el salamanquero pre- 
sentar á los intrépidos visitantes de sus palacios manadas 
de sapos, que le obedecen y rodean. « Son mis gallinas, » 
dice con sorna el salamanquero -\ Satanás, en los aquela- 
n^es, ha marcado, desde muy antiguo, con la figura de un 
sapillo, impresa á fuego y sin dolor, en la niña del ojo á los 
brujos y brujas, á fin de que se reconociesen entre sí con una 
señal tan singular como diminuta. Les ha dado asimismo 
un sapo vestido, que no es sino el demonio en figiu*a de 
sapo, que hace las veces de ángel de guarda del renegado. 
Los brujos novicios y los aspirantes que aun no han lle- 
gado á la edad de la discreción para renegar en los a(pie- 
larres, se ocupan en cuidar una gran manada de sapos, que 
los brujos ya recibidos por tales juntan, en compañía del 
demonio, por los camj)os, á fin de hacer con ellos veneno 
y ponzoñas para los maleficios. Deben los novicios y as- 
pirantes guardar los sapos con mucho respeto y veneración. 



(1) Conquista Espiritual (Id Faragiiajj, Para?i(í, Uriíguau y Tape 
por el P, Antonio Ruiz de ^[ontoyn. 

Elifás Leví menciona entre los maletirios tradicionales de í^uropa, 
el siguiente idéntico al de los guaraníes. «Toman un sapo corpulento. 
Bautízaido con el nombre de la persona que se trata de maldecir. 
Hácenle tragar una hostia consagrada, ante la cual han proferido fór- 
mulas de execración. Luego lo envuelven en los objetos niagnetixados 
(parte del vestido ó de los cabellos de la víctima por cuyo meilio han 
puesto id sapo en relación magnética con ella). Lían el envoltorio 
con los cabellos de la persona maldecida, en los cuales iiabrá escu- 
pido el autor de la opcM-ación. Finalmente entierran el cnvollorio en 
el umbral de la puerta del maleficiado, ó bien en un lugar adonde 
acostumbre ir todos los días. El r.fpiritu elemental del sapo vendrá á 
ser la pesadilla y el vampiro del hechizado.» (Dogme rt Rititcl de la 
liante MagieJ 

(2) V. Cap. VIH, pág. 'J.-), y Cap. XXXV. 



522 SrPKRSTICIONES ÜKL RÍO DE LA PLATA. 

y para juntarlos, ciiaiulo j^c ajKirta alginio »lc la maniula, 
hachen usi) iK* una varilla tjue se los da ion ese ohjeto: niinra 
los encjimiiiaii con el pie. Los sapos vesti(li»s, (|ue, como se 
ha iliolus !*on demonios en lisura di' sapos, acompañan v 
asisten á los brnjos para inducirlos y ayudarlos lí que come- 
tan siempre mayores maKIades. Susténtanlos con regalo. De 
ellos sacjin el agua con que se untan para ir al aciuelarrc y 
jxira dt»struir los campos y semljrados y frutos, y matar y 
hacer ilaño á las personas y a sus ganailos, y para hacer 
los |X)lvos y ponzoñas eon que maleücian á la gente. Ilar- 
üin al sajK), y azótanle con unas varillas. Enconase el sapo 
é hínchase, Aprietanle luego con el pie, 6 con las manos, 
contra el suelo. Por último el sapo se va reponiendo y k^ 
Yantando, y vomita jx)r la boca y por otros conductos menos 
limpios un agua heilion<la y verdinegra, (pie es la que usan 
¡vara ir al a(pielarre y á otras partes á hacer maldades y 
jmra componer sus hechizos^ . La precedente historia de- 
moniaca del sa|X) concurre a demostrar con la mayor evi- 
dencia que las cuevas encantadas ó sdlamaticd^, no sola- 
mente han sido imaginarias escuelas donde se enseñaban 
las artes mágicas por judíos y árabes introducidas en Es- 
|Kiña y trasladaílas luego á América junto con la concpiista, 
sino (\ue t¿imbién estuvieron habilitadas, como cosa no más 
del diablo á los ojos de los cristianos, para la celebración 
de los aquelarres ó asambleas y conciliálailos y fiestas noc- 
turnas íle brujos y brujas - . Allí, en las cavernas ó sald- 
//i^f/ir/7/f. no f.'dla uadapara el cfrcto: nbs(nr¡(lad,alcjanii('nt(). 



.,. r é-. ./i-. / ,^ miiliul flf I^f/;;roño CU los dntH 7 y f^ 

df .'t con iioia^ |N)r 1). Lcaiidru I'Vnuíii- 

(iez «k* Moraiíri. 
(2> V. Cp. VIH, páK. Oü. 



CAPÍTULO XXXIII. 523 

acceso difícil, frío y calor, y fuego y agua, y ruidos subte- 
rráneos. Allí las manadas de sapos, las gaUínas del sala- 
manquero, así como las culebras disformes, son lo primero 
que se ofrece á la vista del novicio 6 visitante que en ellas 
osa penetrar. En fin, el sapo, que tanta repulsión nos inspira, 
es animalejo de fuste en la historia mitológica ó demoniaca 
de los pueblos del Viejo y del Xuevo Mundo, y lo es 
desde una época muy anterior á la del descubrimiento de 
las Lidias Occidentales, á saber, desde una época muy an- 
terior á la en que el uno y el otro se comunicaron conoci- 
damente, merced al genio inventor y heroico de Colón y 
de la España regida por Isabel la Católica. Y ¿cuántas 
veces DO echa el hombre por la boca sapos y culebras? 
Echar sapos y culebras significa estar uno como ende- 
moniado, encendido en ira y furor, denostando y maldi- 
ciendo á la persona ó })ersonas que ocasionan la desazón y 
el arrebato. 

Los medios que tenían de maleficiar los indígenas de 
América eran semejantes, como ya queda manifestado, á 
los que de antiguo han usado los hechiceros del Viejo 
Mundo: muelas, dientes, cabellos, uñas, conchas de dife- 
rentes formas y colores, sapos, culebras, gusanos y otros 
animalejos y sabandijas vivas y muertas, cabezas de ani- 
males, arañas vivas grandes y peludas que guardaban en 
ollas tapadas, raíces, semillas y liierbas varias, untos, etc. 
El imán era asimismo recurso frecuente en sus manos ''^^. 
Infinito era el número de hechiceros y sortílegos que lia- 



(1) El P. Bornabé Cobo, Historia del Nució Mundo, y c\ P. José 
Guevara, Historia de la Conquista del J^araguaij, lito de la Plata y 
Tucumáu. 

3ü. 



.Vi4 srpKiísTU'ioNKs i>i:l kú» i>k la I'Lata. 

I»ía en loíí vastos ¡in|HTÍo>í de Méjieo y el IVrú al ueinjx) 
ilel ileseulíriniieiito y í»0!U]uist:i. llalu'a criaturas (jiie aun 
no sabían hablar y a|>enas podían tenerse en pie, y en pre- 
pnilándoles eónio se invocaban los nuiertos, lo hacían tan 
dieslnunente, (jue no parecía sino (pie ejercitados en ello 
hul)iesen vivido largos años. Eran sus sacerdotes «grandes 
luagos, encantadores y hechiceros, ciui la ayuda del denu)- 
nio 6 zopaij. Señalóse Tucunuln, en la Argentina, jmm- 
hi fama de gus hechiceros ^ ' ^. 

Los hei'hiceros y hechiceras del Prrú daban ponzo- 
ñas, así para matar con ellas prestt), c«)ino desj)acio y 
lentamente; para sacar de juicio y atontar a las perso- 
nas; jxira afear sus rostros y deformar sus cuerpos, de- 
jándolos albarazados, ó bien, remendados de ])lanco y 
negro, y tullidos sus miembros: oficio mas de ordinario 
ejercitado de las indias, que de los indios. Kjercital)anlo 
además, tratando con el demonio, para imanar reputa- 
ción con hi gente: á manera de sacerdotes ó sacerdo- 
tÍBa><, 6 adivinos, obraban maravillas y predecían las cosas 
|)or venir^" . 

Considerada la ciencia popular ]>rimitiva, mezcla de 
tnulicione.H europc^as 6 indígenas, resulta <pje el liechicero, 
auxiliado |K)r el demonio con quien tiene |)acto expreso ó 
tácito ó en virtud de las facultades íjue le ha conferido su 
innienna cnanto) fatal H2d)iduría, introduce en el cuerfx) del 
¡mciente la« causas perturbad(»raH de su existencia que 
aoerliamente le mol<*stjin y acíiban por privarle de la vida 
á fuer/a de tanto sufrir. Asemejábanse, en jmnto a los do- 



lí) Kl CroiiiiiUi Anloiiio de Hí-rrerii, ¡h-radns dr iiulifut. 

{'Jj VA liicñ ífiimInM) ili* la Vcipi, CommiarioM líe/ilM del J'rrú. 



CAPÍTULO xxxiir. 525 

lores y muertes que generalmente causaban en el hombre 
y en los animales, añanga, gualicho y zopay entre gua- 
raníes, pamj)as, araucanos y peruanos. El diablo, cuando 
no directamente, causábalos por medio de sus ministros: 
por medio de los ^^aye^s^ entre los guaraníes; por medio 
de los machíes, entre araucanos y pampas. Indígenas y 
nuevos pobladores creían y practicaban unas mismas cosa^ 
en el fondo, aunque en la forma y sus accidentes varia- 
sen poco 6 mucho. La diferencia era más cuantitativa 
que cualitativa (disimulando lo pedantesco de la expre- 
sión). La diferencia estribaba en que los cristianos ó nue- 
vos pobladores representaban una civilización que en ge- 
neral desechaba como patrañas cosas tales; mientras los 
indígenas, por su estado primitivo, salvaje ó semisalvaje 
(estados varios en que se hallaban las diversas genera- 
ciones del continente americano al tiempo de su descu- 
brimiento), las admitían en absoluto. Por lo tanto, fácil- 
mente se amalgamaron, como queda advertido en otros 
Capítulos, las prácticas advenedizas con las indígenas. 
El tribunal del Santo Oficio, en America, acudía á ello 
con sus acostumbrados remedios, sin que valiese al in- 
diciado de pacto con el demonio el manifestar que, no 
el demonio, sino su travesura, era el secreto de sus he- 
chizos. 

La historia de los procesos iníjuisitoriales ofrece, entre 
otras causas análogas, la de un mestizo de Cajamarca, en 
el Períí, llamado Alejandro de Vargas, que se presentó es- 
pontáneamente (por temor de denuncia, se entiende) al 
tril)unal del Santo Oficio, manifestando que curaba los 
maleficios mediante una [uedrezuela larga y lisa, de color 
negro, á la que daban el nombre de anchico. Con ella fro- 



526 srpKRSTirioxEs i>kl iíío di. i.a im.aia. 

taba la parto iiift'rnia, aplicaiult) á la voz unturas do soIm) 
lio niaolu», «lue se is|)oiijalm on la mano al pronunciar osta 
¡nvocjieión: — «En ol iiouiImo do 8an l\'dn> y San Pahlo, 
de tí ino valgo». Había comprado Varitas la piodra a un 
indio por vointo j>e.sos, viondo las ouracionos (pío baoía oon 
ella su duoño, quien sacaba del cuerpo del i)acionto gusa- 
nos y otras sabandijas. Esto decía que hacía Vargas ; si 
bien despu^ manifestó (pie llevaba proparadas ile ante- 
mano las i'osas que luego j)resontaba como extraídas del 
cuor|H) enfermo. Sin end)argo se le dio tormento para (pie 
confinase si tenía pacto con el demonio, manteniéndose ne- 
gativo. Salió en auto particular, á 1 1 de diciembre de 
1701), con sambenito do media aspa ó ///.s/V//í/rt.s' de polí- 
gamo (que tandáón lo iTa), y, absuolto a«l canlclam, fué 
destemido á Valdivia, con perdimiento de la mitad de sus 
bienes * . 

Por nuiy |H'rsuadido (pie esté el hombre de (pie una en- 
fermedad í»s incurable, nunca le abandona la esperanza de 
hallar una mejoría, sobro todo si, habiéndose agotado los 
recursos ordinarios, se oí-ba mano de los que en la común 
opinión del vulgo pasan }>or santo remedio, algmios de 
loH cuales descansan on la para él iimogal)le acción de 
potencias sobrenaturales, reacciones ó concomitancias natu- 
ralmente im¡K)HÍbles, pero que no vacila en aceptará favor 
de cen'monias y de palabnis ó fórnndas secretas. Así es 
que el daño ó malolicio se cura ó intenta curar por medios 
tan si-guro» y verdaderos como las causas (pío lo lian produ- 
cido. DÍHtínguenw, entre elKjH, las ronfrahier/nis, los pro- 



'' 1 ; //m/z/tiVi del Trihuunl fifi Santo Oftrio de /// In/fuisirión de 
Ltma por D. J. T. Mc-fliiiii. 



CAPITULO xxxirr. 527 

ccdimientos simpáticos ó antipáticos^^ , y las santiguade- 
ras y mojigangas. 

Uno de los medios que usan los curanderos para reco- 
nocer si hay daño, así como para descubrir al autor 6 
autores de el, es la inspección de las aguas. Suelen mez- 
clarles azaLar; con lo que es más certero el experimento. 
Para descubrir al autor ó autores del daño, ponen las 
aguas del enfermo en un vaso de vidrio cualquiera de boca 
ancha, y mediante ciertas palabras y ceremonias cabalís- 
ticas, hacen creer que aquellos aparecen representados en 
la actitud y lugar en que se hallaban, cuando estuvieron 
preparando el bebedizo, comida ó ligadura que produjo el 
maleficio. Si la operación de descubrir á los maléficos se 
hace en un vaso, por las paredes de él se les verá traba- 
jando en sus nefandas preparaciones. Si se hizo en una 
vasija, 2^or la boca de ella podrá contemplar el horrorizado 
curioso la horripilante escena. El propio experimento se 
hace con agua, y así le usaron los indios. Los de Méjico, 
cuando perdían alguna cosa, hacían sus ceremonias con 
algunos maíces, mirando en un lebrillo de agua. Allí veían 
al autor del robo ó la persona en cuyo poder estaba el 
objeto que buscaban, y la veían en la casa en que moraba. 
Si se trataba de un animal, aparecía éste en el estado y 
sitio en que se hallaba, vivo ó muerto -*. 



(1) So])rc la siinpaih véaso ol Cap. XXI. 

«Paracolso, el más írrando do Io^j nia.íros crisliano.-í, oponía al he- 
chizo un hechizo análor^o. Componía retnedios siiiijhífiros, y lo.s apli- 
caba, no á los miembros atormentados por el dolor, sino á íijruras que 
los representasen, formadas y con.-a;j:radíis con arreglo al ceremonial 
mágico. >> (Elifás Leví, Duíjnic ct Ititiid de la ILintc Magic.) 

(2) Fr. Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, 



528 SüPEIlSTiriONES DKL lU'o DE LA PLATA. 

El daño, |x)r ri'*4la «¡[tMioral, so oonsidiMa ¡rrcnicdiablo. 
A parto lio (Jilo o8to so saho toórioaim'iito, |K)r ol oonooi- 
iniemo tradioional que tioiioii todos do la íiulolo dol daño, 
6 sea do los efectos de los hoohizos ó jHH-¡nias y liiorhas 
suministnidas j>or arto do l>nijoría^*',iio hay (iiiioii so atnva 
á tlosooiuHHTlo anto ol irroousablo tostiiiionio do la ootidiana 
ex|>er¡onc¡a. Inútil i\s por oonsiirinoiito, acudir á un módico 
|)ani curara una persona ondirujada. Hay (juo acudir á un 
eiinindero, a un brujo. Siinilia f<¡mf'/ihi(s cunínfur. Ciertos 
privik^ados vegetales tienen la virtud de preservar del 
daño y de curarle. Estas preciadas plantas son, en el Kío 
déla Plata y Paraguay y en el sur del I>rasil,ol j)¡j)i, la con- 
trahierha,Q\ if^pó-cunizú ó sipo milhoinrns, el rapirafí, 
la htirha del laoarto, ol romero, el abrojo, la clasica riuW'^ 

(1) Aunque Contantes no era te<'>Ioí,'o, merece oírsele, como si lo 
fuorn, en este punto. « H¡p«')l¡ta juíudió lí la judía, íi peílirle i\\\r tem- 
plan' el r¡;,'or <ie los herhizos que eousumíaii á Auristela IIí/olo 

a.*! la juílía, romo s¡ estuviera en su mano la salud ó la enfermedad 
ajena, 6 como si no depeadiernn tolos los males que llaman de pena 

de la \ ] (le Dio» Dios, nhli*;ínidole, si así so pue<le decir, 

""'"'" »s p<'caí|os, para ca>titro dt'llos, jx-rmite que |)Meda qwilar 

la - .1 «'«-ta <|Ue llaman hrr/ticerifi, con lo <|ue hacen las hahirr- 

ras, ufando mezclas y venenos, que con tiempo limitado (juitan la vida á 
la pi-r%*ma qu<» quieren, xin que teiiyn renieflio de excusar este pelif/nt, 
' "' ' . V tut se salte de dnndr jtrorrdr la musa de tan uunlal 

de JVi'silrs tf Sti/ism it ndn Dm ^íi"ll(•I de ( 'rrvaille^, ) 

Y ni<' rpc«-t^ qu«, hloradu 
En ua Iripo do la riiidií, 
Fr«>tit4< & una plan La <l«> ruda 
Iliciria mi* uracioiica. 

( K¡ Gaúrhn Martin Fierro jKir I). J<>»ó 
IffrnAndi'X. ) 

Me trctiá otra ocaiI^So 
que coiDÍ«ni abrojo chin». 

( Kt fiatichti Martin Firmí |m.i I». .I.im' 
n»niAnd'-a. ) 



CAPÍTULO xxxiir. 529 

y el ajo macho. En tisana, solas ó mezcladas, según los 
casos, aprovechan eficazmente contra el daño. La sola pre- 
sencia de algiuia de estas plantas en una casa, libra á sus 
habitantes de un maleficio. 

El sipó-mílhomcns, e\ pipí y la conocida contrahierba, 
son, del propio modo que el capicatí, plantas estimadísimas, 
por las propiedades medicinales que tienen en realidad^ ^', á 
las que se adunan las que á mayor abundamiento les atri- 
buye la voz común entre el vulgo. Tienen además, para éste, 
la propiedad de atraer voluntades. Mujeres hay que, en cier- 
tas ocasiones, darían por algunas de ellas un ojo de la cara. 
¿ Con que dinero se paga lo que vale un sahumerio de estas 
plantas? La mujer que sahume un cuarto con capicatí, 
sipo- iii'dhoniens y contraliicrha, todo junto, no esperará 
en vano al ó á los que desea que la visiten. Los herbolarios 
ó hierheros, siempre que pueden, proveen ^\\^ guayacas de 
tales plantas ; porque las venden á buen precio, sabiendo 
que muchas mujeres dejarán de comer, por compra i'las. 

« La tradición popular, dice Maury, ha aplicado hasta el 
día de hoy la denominación de hierba de /ox hechiceros á 
casi todas las plantas dotadas de propiedades ponzoñosas 
ó narcóticas ^"\ » También las plantas benéficas han reci- 



(1) El propio Montenegro en la obra citiula, y tan)l)¡én D. J. llie- 
rónynius, Plcmuc Diaplioricrr FI(W(P Argentinfr, Buenos Aires, y D. Do- 
mingo Parodi, PlfDitas Usuales del Paraguay, de Corrientes y de Mi- 
sioueSy Buenos Aires. 

El pipí íisanlo coniilnniente, pisado y niezchulo con sebo de riñonada, 
contra el reuniatisnio, y para curar los caballos macetas 6 avejigados. 
Tiene las hojas aovadas, florecitas blancas adheridas en conjunto á lo 
largo de los extremos de las ramas, el tronco leñoso, y el aspecto de 
la diamela. Su olor es desagradable. 

(2) La Magie el l'Astrologie dans rAutiguili ct au Mogen Age. 



530 srPKRSTICIONKS DKL HÍO DK LA PLATA. 

bulo ¡irual ilont>iniii:K'iórL Al capicafí, jH)r cjt'mulo, \h'í)<- 
tuinhnin ilisliiiLCiur i*on v\ iiomhrt» de hierba olorosa drl 
hechicero, tnuliu'cióii litonil di» las voces guaraníes capii 
caií paj// ^ . V no |nietle darse planta nuis estimada pol- 
las virtudes medicinales que se le atribuyen. Usada en ti- 
sanii, ni*oniiendasi' como estinnilante y sudorífica, como 
estomacal y antiespasniódica, contra la disentería, l;i dia- 
beti*s, la retención de orina, etc. - . Su fragancia, ()ue es 
mucha, dice el herlmrizador misionero Hermano Pedro 
Montenqrro, se asemeja á la de la rosa, tirando á la del 
clavel; mas al año tiene algíin parecido con el clavo de es- 
l)ecia: sin duda el capicaft re¡)resenta en América al fa- 
moso esquí na nto de Aral)ia'"''. Bien (pie en las regione